viernes, 29 de febrero de 2008

El retorno del lampista y del sol

Foto: I.N., Autorretrato con nocturnidad, 2007
Ayer, de pronto, se estropeó un enchufe vital (el de la kettle que me regaló JC, el tostador y la máquina del pan), de modo que se ha alterado mi desayuno, la razón por la que me levanto por las mañanas, he tenido modificar el ritual preciso de todos los días. Para rematar, al tirar de la cadena del váter (¿Cómo se decía en inglés tirar de la cadena? me preguntó alguien por sms, e imaginé vagamente una escena con un amante anglosajón descuidado, que olvidaba hacer lo propio, y añadí una broma a la respuesta. To flush the toilet. Flush es otra de esas onomatopeyas convertidas en verbo o sustantivo que tanto usan los ingleses y que sin duda ayudan a los poetas. En realidad, lo preguntaba para su hijo, que hacía sus deberes de inglés), empezaron a sonar las trompetas de Jericó. O algo muy similar. Llamé al lampista y me ofrecieron una hora intempestiva, las 8:30 am de hoy, lo que me obligaba a alterar también mis ejercicios matinales y ducharme antes. G. simplemente se ha quedado durmiendo: hoy no le toca madrugar.
Apenas he salido de la ducha, a las 8:01, ha sonado el timbre y he tenido que vestirme a toda prisa.
"Me dijo a las 8.30", le digo al abrirle, pero él, que no ha leído la definición de impuntualidad de Monzó, según la cual los que llegan antes son también desconsideradamente impuntuales, no cree que deba disculparse, sino que parece tan contento: "Pues he venido antes", dice, exultante y victorioso y con un leve acento gallego. "Ya sabía yo que sería aquí..." Entonces le recuerdo vagamente, aunque no es el hombre del tupé, su compañero con aire de rockero antiguo, el que una vez me preguntó si quería consultar con mi marido el cambio de una tubería. "No hay nada que consultar: Mi marido se fue", le dije, conteniendo la risa, y el hombre me miró un momento, perplejo.
Este lampista necesita feedback constante, pero sólo la gata está interesada y ella no habla. "El depósito pierde agua", anuncia. "Bueno, le digo yo: "¿y qué hay que hacer?". "Cambiar el mecanismo." Hace una pausa cada vez, esperando mi reacción. No comprende que yo pretenda seguir con mis quehaceres matinales. Me habla desde el lavabo, y eso que le he advertido: "Si quiere algo, me llama". Ha bajado tres veces a la calle a buscar un enchufe, un mecanismo nuevo para el váter, qué sé yo. ¿Por qué no trae nada de lo que necesita? Llama y llama a la puerta, empeñado en que le haga caso. Al fin, recuerdo el consejo de un viejo amigo: "A los hombres tenéis que decirnos las cosas muy claras", y aunque mi amigo se refería a un contexto completamente distinto, decido aplicarlo aquí: "Oiga, yo no puedo oírle desde mi mesa, así que cuando quiera algo, avíseme, pero no puedo quedarme aquí escuchándole". Parece que se resigna, pero aburrido, vuelve a la calle y a llamar. Obligo a la gata a retirarse a la terraza, ya llena de sol. "Vés a jugar amb les mosques", le digo (es una gata catalana, del Maresme. Como le intrigan mucho lampistas y operarios, se va de mala gana, aunque ya hay unas cuantas mosquitas precoces que vuelan describiendo círculos en el aire luminoso). "Em pots ajustar la porta?", me pide G. desde la cama. G no cierra las puertas, sino que las ajusta. No abre las persianas nunca hasta arriba, sino que las deja a mitad, para mi exasperación. En ese momento llega J y cuando le digo que está el lampista, entra, le saluda y sigue hasta la sala. "Así verá al hombre de la casa", dice, riéndose. Eso habría afectado al viejo rockero-lampista del tupé, pero el lampista gallego no se altera. J se asoma a mi dormitorio. "La habitación del pecado", bromea. Luego llama desde abajo para decirme que mi peor vecina se va. J siempre lo ve todo: en otra vida debió de ser un detective americano (tal vez el personaje que apuntaba en su libreta en la novela de JPA). Ha visto sus objetos desfilando para una mudanza. Libros de sociología del marido profesor, que sí me saludaba. La marcha de la única vecina que no me saludaba, me miraba con furia y ponía la tv altísima por la noche es una magnífica noticia para empezar el día. Además, J me ha traído los periódicos. Por fin, el lampista gallego acaba su trabajo. Al parecer, el enchufe se ha arreglado mágicamente nada más verlo, lo cual refuerza su aire victorioso. Hasta los enchufes reclaman a veces simple atención. Lo ha desmontado y examinado, pero estaba bien. (Para su sorpresa, había otro enchufe que de verdad se había quemado ¿Habría concluido que yo lo imaginaba todo? Lo arregla sin comprender). Ahora todo funciona y de paso, el nuevo mecanismo del váter es más sostenible y permite ahorrar agua. G sigue durmiendo y yo tengo que traducir. Esta noche cenaré pescado en casa de un editor afín, y su partner traductora (de Silvia Plath por ejemplo; CHM la llama "reina de la traducció"), que me han propuesto conferenciar en abril. Allí veré a unos amigos poetas que siempre están de bolos por ses illes, ses terres de l'Ebre, Aielo de Malferit o ciudades alemanas e italianas. El librero de la calle Berlinès me propuso también participar en las actividades de la Comissió de l'Any Freud, y tenía que elegir psicoanalista para un dueto conferenciante, escritor y psi. Se lo propuse a una de mis favoritas y ayer fijamos el tema, justamente el tema que nos unió y por el que nos conocimos, la memoria histórica. Así que las cosas avanzan, aunque yo quisiera haber acabado mis traducciones más imperiosas y estar escribiendo lo pendiente. Mi brazo aún no se ha quejado hoy, tal vez gracias al buen hacer de mi profesor de yoga o a mi agradable nocturnidad de ayer. O tal vez sólo espera a que me adentre en la traducción para empezar a fastidiar.
Por iniciativa del abogado Borja Querol, hemos vuelto a pedir audiencia a Urbanismo para saber del pobre azufaifo. Según nuestros expertos, necesita una poda terapéutica casi con urgencia y la basura se acumula en el solar, para alegría de los responsables del distrito, misteriosamente contrarios a nuestra causa. De las ratas no hemos sabido más, tal vez han pasado a la clandestinidad, tras la incursión de los arrogantes cow boys de alcantarillado, o han emigrado al templo de Karni Mata.

jueves, 28 de febrero de 2008

Tristi fummo

Foto: el fotógrafo fue Jose Aguirre y ésta era yo en 1987

Yo creo que fue en la época de esa foto cuando descubrí leyendo la Commedia ese lugar del infierno, la laguna Estigia, un pantano gris de agua negra y barro, donde el narrador "vidi gente fangosa in quel pantano", ¡condenados por tristes! Fue una revolución interna: ¡el baudelairiano spleen, la melancolía, vistos como un pecado! Y yo podía ser uno de aquellos que cantaban en el limo, como demuestra la foto.
"Tristi fummo
nell' aere dolce che dal sol s'allegra,
portando dentro accidioso fummo:
or ci attristiam nella belleta negra".
Y deseé no convertirme en uno de aquellos que languidecían fangosos en la charca negra por haber estado tristes aun bajo el brillo del sol. Aunque al final había algo esperanzador en la escena porque la palabra de aquellos tristes fundía el limo. O al menos, eso entendía Ángel Crespo, pues en la versión original parecía decir lo contrario. Y unos años después logré darme cuenta de que incluso cuando volvía a la charca negra lo pasaba medio bien. O que había llegado a aficionarme tanto a vivir que incluso en los malos momentos o en la memoria encontraba ingredientes que cocinar, de los que podía reírme, que intentar comprender lo que iba ocurriendo dentro y fuera de mí compensaba el antiguo sufrimiento, gracias al deseo y la alquimia de la escritura. Y que aún en las épocas más viejas y oscuras, yo nunca había cerrado los ojos, nunca había dejado de observar, maravillada, de descubrir, extasiada, de preguntarme, aun dolorida.
Todo esto se me aparece sólo porque hace un día plomizo y opaco, o como estela de ayer. Yo no resistiría vivir en un país frío, un país gris, como casi todos donde las cosas funcionan. Mientras, mi brazo sigue rebelde contra la presión de la traducción. Pero yo dije que hoy hablaría de la novela de JPA y quiero intentarlo, aunque sin tiempo ninguno. Dice Alberto Manguel que los buenos libros son aquellos que hacen sentir al lector que han sido escritos para él. Yo sentí exactamente eso en las primeras páginas de Los príncipes valientes. O mejor dicho, sentí que hablaba de mí, puesto que esa vibración gozosa y melangée en la que el narrador y su amigo, mientras viven, sienten que están leyendo, y mientras leen, sienten que la vida está ahí, que la vida es eso, esa conexión mágica en la que han desaparecido las fronteras entre vida y literatura o que uno las cruza vertiginosamente todos los días de su infancia también es una sensación mía. Y aunque para mí, sus personajes televisivos son casi desconocidos, porque yo llegué antes al mundo y abandoné antes la televisión (y no recuerdo apenas a ese Colombo que él analiza con tanto brillo), todo se integra bien en el nervio de su novela, llena de médula y de autenticidad. Hay páginas, su relación con las mujeres, o mejor dicho, la mirada que él pone en ellas, en esa madre proletaria y niña republicana que le lee el Quijote y añade sus propias palabras, o esas niñas que fingen no hacerle caso en el ascensor o por la calle y la fascinación que le despiertan, y tantos días de peladuras de habas que caen en la basura como faldas de terciopelo verde, mezclándose con las palabras y su escucha, esa autenticidad burlona y tierna y siempre inteligente con que mira el Besòs, o al padre proletario que vuelve del trabajo... Hay algo suave y a la vez fulgurante, como un crepitar de llamas en una enorme pira donde cada ingrediente es examinado con cuidado burlón antes de arrojarse al fuego, con una palpitación maravillosa, o una fruición vital de esa mirada que puedo reconocer, la forma de resucitar la memoria para explicársela y reentenderla y redibujarla. Y esos príncipes valientes me han hecho pensar en los príncipes y princesas proletarios de los que hablaba una vez Manuel Delgado, de cómo se iluminan los personajes en la ciudad descarnada, de cómo el narrador y su otro yo, su compinche, celebran la vida y los mitos -literarios, televisivos o de cómic- que se entretejen poderosamente para ayudarle a comprender o a contarlo. Y de cómo, más allá del escenario brutal de los años sesenta en los suburbios de Barcelona, los vestigios de la miseria de posguerra, los mutilados, las fábricas, el movimiento obrero, la inmigración llegada de una vida rural pobre pero tal vez más reflexiva o menos despiadada, encajados a la fuerza en esos feos barrios del extrarradio, sólo importan la mente y los sueños del niño fabulador y su mirada, y ese narrador encontrará no sólo en su infancia recobrada y en la amistad y en el fin de esa amistad y en los mitos con los que ha podido explicarse su mundo, la pasión y el motor de su escritura. Quien me la recomendó me habló de una novela favorita mía, Le premier homme de Camus, y es cierto que algo de eso hay (revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri, à ce secret de lumière et de pauvreté chaleureuse qui l'avait aidé à vivre et à tout vaincre), en la mirada a la madre o la atmósfera proletaria, menos brutal y menos trágica vitalmente aquí que en Camus, pero con una luminosidad y una pasión de juego similares; y es inevitable pensar en Proust, en un cierto Julien Sorel o incluso en Marsé, pero todos ellos se unirían a las lecturas, a los personajes míticos que circulan a toda velocidad en el desfile onírico literario de estas páginas.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Algunos lectores se quejan

Foto: Albert Buendia, Bernat pescaire, Delta del Llobregat
...de que no escribo, y es verdad. Héme aquí en galeras, traduciendo a toda velocidad para compensar los estragos de haberme dedicado a mis libros y a presentar el de Slavenka la semana pasada. Tengo tres traducciones pendientes y todos reclaman y preguntan ¿cuándo estará? Y el viernes mi muñeca se rebeló con amago de síndrome metacarpiano: una parte de mí sólo quiere escribir, y abandonar la traducción. Sigo con Nancy Spero para el Macba, y ahora un texto sobre la transformación de la abandonada Detroit, con un escenario de ocupación y de ciudad recuperada por la naturaleza (que devora las fábricas de coches y bloques en ruinas como la selva engullía los templos de Angkor), más otros textos varios, y con visitantes a comer.
Y de pronto, en ese panorama de aceleración traductora y de resistencias mías, me llega la noticia de una muerte familiar, precoz, que ha despertado un montón de fantasmas dormidos, ahora desempolvándose y agitándose a mi alrededor, y entre ellos dibujan con intensidad el momento decisivo de mi adolescencia, en el que me salvé insólitamente, y lo que ha significado mi familia, de la que también me salvé contra todo pronóstico, y esa marea arrastra mis pensamientos, con la conductividad especial del tiempo nublado, a pesar de las piezas guerreras y liberadoras de Nancy Spero y de esas escenas de casi land art y de la historia, y del arroz con alcachofas y de la bella Yelena y sus tulipanes, y de mis lecturas de estos días.
Acabé el libro de Manuel Baldiz, que me permitió reordenar mis ideas del psicoanálisis con su claridad sutil: me produce alivio que alguien escriba un libro tan claro y útil sobre ese tema y restituya un poco la vertiente humanista en este mundo limitado y a veces zafio. Y también la novela de Javier Pérez Andújar, de la que hablaré... mañana, en cuanto tenga un momento, y que ha sido una sorpresa feliz, aunque anunciada. Y ayer me olvidé el libro cuando asistía a una agradable y bulliciosa reunión de cuatro bloggers (donde tramamos algo para mayo) y para el camino tuve que comprarme de emergencia una miniatura genial de Fernando Pessoa, que leí en el metro, de una cena insospechadamente... Y hay más cosas, links y peregrinaciones varias. Esto es sólo para que veáis que aún sigo viva, lectores invisibles, aunque no indemne, sino todo lo contrario -eso sí, traduciendo y tratando de congelar los gérmenes de cuentos que se asoman y desvanecen sin tiempo, intentando preservar mi extraña felicidad libresca de los últimos tiempos de esta ola negra del pasado. Y en ese contexto de Thanatos dolorido, hace falta una conexión especial para que yo me sienta entendida, así que vuelvo a la sabia V, que se pregunta en voz alta por lo que está detrás de mis comentarios, de mi queja, le digo que he decidido que escribiré y lloraré todo el fin de semana y se ríe y me río, y ella prepara su maleta, a punto de partir, y en ese momento llega alguien que se extasía en mi caótica cocina llena de tés, devora el pan negrísimo que hice hoy y casi olvida el objetivo de su visita.
Como antídoto, Jeanne Moureau cantando esa maravillosa canción en Jules et Jim (Le Tourbillon de la vie), que Cacho ha tenido el detalle de linkear en su blog. Él dice que es melancólica, pero también tiene cierta alegría burlona y me gusta cómo ella la canta riéndose y mirando al guitarrista. Y luego, el homenaje que Vanessa Paradis le hizo cantándola con ella me llega como un mensaje dedicado, éste sí, para mis pensamientos negros, restaurador.
En cuanto a la foto, ya le dije a su autor que me encanta ese retrato, parece un personaje excéntrico y libre, amigo de Li Bai, me encantaría hablar con él. En catalán se llama bernat pescaire, y en castellano, garza real: ¡qué distinta manera de ver al mismo pájaro!

sábado, 23 de febrero de 2008

Mi sabatina y dos retratos

Ilustración: El azufaifo de Arimón, retratado por uno de los alumnos de l'Escola Sant Gregori

Esta mañana había quedado con una amiga australiana de veintifú, Christian. La conocí cuando acababa de llegar a Barcelona, estaba algo perdida y llena de dudas y me sorprendió la mezcla de insight y sensibilidad con que hablaba de su vida, y sus escenas a veces iluminadas por la influencia de su tía psicoanalista y sus propias reflexiones e interrogaciones, más allá de las convenciones, pero con la frescura de su edad. Are you a cat person or a dog person? me preguntó. Luego conoció a mi gata Gilda y conectaron, ya que también ella era una "cat person". Enseguida hizo muchos amigos en la ciudad, y antes de volver a Australia a acabar la carrera, dio una fiesta de despedida y me convenció de que fuese; y no me arrepentí. Hoy ha venido con otra australiana a la que conocí en aquella fiesta, Sophie, con su aire de inglesa años treinta que enseguida me gustó por afinidad (yo también tengo algo de esa época y anterior!), que entonces tenía un restaurante en Gràcia, y luego lo cerró para dedicarse a escribir y ver más a sus hijos. En aquella fiesta, mayoritariamente de extranjeros, me gustaron cosas que no son tan corrientes por estos lares (dejando aparte a mis amigos), que las mujeres fueran feministas sin avergonzarse, que la gente fuese amiga a pesar de grandes diferencias de edad, que la conversación inteligente, las afinidades culturales y la discusión reflexiva fuesen los alicientes máximos incluso entre los muy jóvenes, etc. Hoy hemos vuelto a tener una conversación interesante las tres sentadas en la terraza de un bar, y nos hemos contado nuestro momento, antes de que ellas se fueran a comer calçots. Por allí han pasado Cacho y Jorge muy ufanos y se han parado a hablar con nosotras, y luego también el padre de mi hijo, que ha saludado sonriente sin detenerse.

Al volver a casa he acabado la corrección del libro del azufaifo, cada vez estoy más contenta de que salga ese libro. Un amigo escritor que vive en Marsella y enseña en Toulon me ha escrito: Espero con ganas tu libro sobre el azufaifo. Los árboles son la memoria, reconciliando el Sein y el Dasein (mal que le pese a Heidegger). A mí me gusta esa idea de que los árboles son la memoria y que reconcilian esas nociones ontológicas del ser en el mundo, el ser primario, el sujeto, etc., con sus raíces arraigadas en el suelo y sus ramas extendidas en el cielo.
Y después, he sacado de la carpeta los dibujos que los niños de l'Escola Sant Gregori hicieron de nuestro azufaifo. Son dibujos poderosos, exuberantes, magníficos. (Por cierto que al calificarlos así, he recordado que en la presentación de Slavenka Drakulic se me acercó uno de mis alumnos del posgrado de Traducción de la UPF, un chico italiano, y me dijo que había leído mis cuentos de Crucigrama y le habían gustado. "Son potentes", me dijo. Pero no tuve ocasión de preguntarle qué veía. De hecho, me interesaba cómo sería la lectura de alguien tan joven, pero en aquel preciso momento se me escapaba un editor que me hizo una propuesta para el mes de abril, y tuve que interrumpir a mi alumno de octubre.
Después de leer la reseña de Vila-Matas en el Babelia (es una suerte que ocupe ese espacio), mientras escaneaba esos dibujos potentes de azufaifos para ponerlos en el blog, he pensado que quedan mejor todos juntos, se apoyan y refuerzan y multiplican su poderío imaginativo. Me han dado ganas de enmarcarlos y ponerlos en una fila en mi pasillo. Y luego he llamado a Ninca y le he propuesto que los expongamos y hagamos así algo para desencallar el silencio municipal sobre nuestro azufaifo. Y ella ha estado de acuerdo; no es casual que hayamos podido hacer todo esto juntas. Mirando los dibujos, pensaba en esa brutalidad con que los niños (sin constricciones sociales, ni expectativas calvinistas, ni consideraciones represivas sobre cómo deben representarse las cosas) dibujan y se dibujan y representan su mirada pura a lo bestia, nos enseñan el mundo en el que están inmersos con toda su violencia y sin vergüenza alguna, en este caso un mundo fálico, pues son árboles, aunque variadísimo y contradictorio y rico (troncos que ocupan toda la página, hojas como flechas, troncos arrinconados, divididos, árboles como manos, como garras, raíces como patas, ramas como dedos, hojas como cabelleras, pájaros como aviones, troncos como castillos con almenas, geométricos y ondulantes, negros o naranjas, palabras que se encaraman por el tronco o nombres que se afrancesan, animales metamorfizados, geometrizados, multiplicados...), y ese material, esos dibujos son tan valiosos como los sueños para ser analizados, y he llamado a V (que estaba contemplando la idea de volver a ver Mogari no Mori) para decírselo.

Ha muerto Palau i Fabre, amigo de mi amigo Àngel V., y lo más triste es que he ido a leer la noticia en La Vanguardia y he visto los comentarios de unos zafios, ignorantes, estúpidos internautas burlándose de él sin saber siquiera quién era ni poder entenderle ni llegarle a la suela del zapato. Qué sabrán ellos, he pensado hastiada, de la modernidad innovadora y vanguardista y alocada de Palau i Fabre, que era a la vez artista y erudito, aventurero y dandy en París, y con su mirada especial plasmó su pasión picassiana mientras componía sus poemas luminosos, reinterpretaba la tradición y traducía a los franceses, y escribió las metamorfosis de una Ovidia femenina, y dibujó y jugó y brilló y hasta hace poco conservaba su preclara cabeza, aunque hubiera perdido el oído. Y he recordado ese interesante museo suyo en Caldetes que visité hará uno o dos años, y he pensado una vez más que todos los que me enseñaron algo se mueren y lo que queda es la zafiedad analfabeta de esos estúpidos que le insultaban con sus comentarios. "Ustedes no hablan, hacen ruido", dijo una vez un filósofo que salió mucho en televisión y acabó enloqueciendo. Eso quería decirles, pero me he detenido a tiempo: es absurdo hablar con gente así, no sirve de nada.

Por cierto que muy pronto, también en abril, saldrá la antología de narradores ibéricos en Funambulista que recoge también un fragmento de este blog. Y daré tal vez una conferencia sobre traducción con ocasión de un premio: a mí me gustaría vivir de mi escritura, conferencias, clases puntuales y artículos en los medios. Y no traducir más que muy de vez en cuando, siguiendo mi deseo. ¿Me lo concederá el azufaifo? Y ahora me voy a leer.

viernes, 22 de febrero de 2008

La quietud al fin


Foto: Inés Batlló, una garza real en la Tamarita, rezagada en la migración, 2008


Por una coincidencia feliz, mi joven amiga australiana me propuso cambiar nuestra cita de hoy para mañana, lo cual me ha dado la ocasión de quedarme al fin en casa, tras una semana agotadora de agradables cenas y salidas tardías. Ayer vinieron un amigo viticultor convertido en isleño y uno madrileño diplomático al que llevaba años sin ver, y tras una caprichosa confusión mía que en mi descargo atribuiré a la Luna llena, fuimos a uno de mis restaurantes japoneses preferidos, con la particularidad de que nuestro amigo diplomático había vivido en Japón y supo negociar para probar las más interesantes variedades de sake, y además tomamos un erizo maravilloso y unos sashimi de sardinitas muy sugerentes. Tuvimos largas conversaciones, él se sorprendió mucho al saber de mi vertiente balcánica y me contó algunas anécdotas que aún no ha escrito, como su viaje con Solana en el 95 hasta Sarajevo, atravesando la hostilidad de la frontera serbia y el pasillo de francotiradores donde las balas se grabaron en el coche blindado. Pasamos a una vinoteca cerca de Santa Maria del Mar (iglesia que forma parte de mi historia), donde ellos tomaron champagne y yo agua, y acabé dejándoles en el Boadas mientras yo me encaminaba hacia mis aposentos de SG. Quedamos en mandarnos nuestros libros respectivos.
Creo que fue el jueves cuando decidí hacer de mensajera de mí misma y llevé ejemplares de mi libro balcánico a dos editores. Luego se me hizo muy tarde y me dio pereza ir a casa a cocinar algo. No sabía dónde ir, así que mandé un sms a JC diciéndole: "Estoy en tu barrio laboral. ¿Dónde podría comer un pescado una mujer sola con su periódico?" Como no contestaba, aguzando mi cansada mente recordé un lugar donde los dos habíamos comido y me fui para allá. Estaba lleno y me senté en la barra. Entonces me contestó JC: "No había visto tu mensaje hasta ahora. Espero que hayas encontrado restaurante y compañía. Me rompe el corazón que tengas que comer sola", decía. ¡Y a mí que me encanta comer sola por ahí! Todavía ahora se me antoja un gesto alegre y victorioso. En ese restaurante me acogieron hospitalariamente, me cuidaron e invitaron con detalles que no habían tenido cuando fui acompañada. Y además se podía fumar. Me fui con ganas de volver.
Había empezado la semana comiendo con otra vieja amiga, que ahora tiene un cargo importante en la administración, va en coche oficial y me confesó que había pasado los primeros meses preguntándose cómo salir de allí sin dejar en mal lugar al que la había fichado. Luego, pasado el pánico, decidió que era su máster, una experiencia, aunque, dijo: "No es divertido". A mí jamás me elegirían para desempeñar su papel, pero si eso ocurriera, huiría aterrada el primer día y si no, se me desharía todo a pedazos. Su condición de mujer emprendedora, lista, hábil y courageuse le permite asumir esa responsabilidad, con cientos de personas a su cargo, detestándola ya sin conocerla, desde el primer instante, a pesar de su bondad, insólita en esos mundos. Me contó que estaba intentando hacer limpieza, lo cual sólo granjea enemigos, y que algunos allí no comprenden su (¿ingenua?) sinceridad y creen siempre que habla con segundas. Yo le expresé mi admiración por su valor, que ya conocía. Ella me dijo: "Pero, ¿ves? Yo nunca podría irme sola a Kosovo como hiciste tú..." Cada uno tenemos nuestros propios miedos. Ella tiene un sentido del humor admirable y pese a las dificultades, parecía radiante y guapa como siempre o más con su casi-kimono verdoso. Fuimos a un restaurante que eligió ella, donde el comedor de fumadores es más bonito y con mejores vistas que el de no-fumadores. Allí me encontré a un vecino que me preguntó por el árbol.
Hoy he acabado la segunda corrección de mi libro del azufaifo, que ha cambiado de título. Las propuestas de mi editor me parecen muy atinadas, y creo que todo seguirá fluyendo a buen ritmo. He incluido un breve pasaje del libro de Huertas Claveria sobre los barrios de Barcelona, donde cuenta el origen republicano de este pobre barrio, así como los principios de su declive (¡si lo viese ahora!). También habla del árbol de la libertad que plantó el jardinero Argelet en la plaza Frederic Soler, muy cerca del azufaifo, que en periodos de gobierno conservador, los republicanos regaban a escondidas... Y que se cargaron en los hechos de mayo de 1937, como símbolo. No dice qué clase de árbol era, pero como en un cuento de Grimm o por pura justicia poética, el azufaifo le ha sustituido...
Con mi cansancio, no me he visto con fuerzas para traducir, pero mañana lo intentaré. Mi retraso es grande. He hablado un momento con Slavenka, que estaba aún más agotada que yo, con su ritmo de entrevistas non-stop. La veré el domingo, iremos a pasear y a comer antes de despedirnos. G. se ha ido a Londres con P. y le he encargado un chai delicioso que compré una vez en Knightsbridge. En cuanto a la garza sorprendida por Inés, al principio creyó que era una cigüeña ("Por san Blas, la cigüeña verás", le dijo su madre. ¡Y era San Blas! Pero se trataba de una garza real, cansada como Slavenka y como yo, que se había rezagado en la migración y descansaba una noche o dos en la Tamarita, el último reducto verde de este pobre barrio.

jueves, 21 de febrero de 2008

Vibraciones

Ilustración: Kunstformen der Natur (cedido por Nmp)
Intento concentrarme en mis tareas pendientes (y urgentes), pero hay una agitación en mi aire, una vibración interna que me dispersa y confunde o bien me sumerge en una especie de vaga ensoñación.
Ayer presentamos el libro de Slavenka Drakulić en un aula del IDEC (debería haber sido en el cómodo y amplio auditorio, pero los editores tienen ese horror vacui; a mí me parece que no queda mal ese lugar semivacío, todo el mundo sabe que es enorme, mientras que de esta manera algunos no pudieron entrar o no se quedaron porque se agobiaron o no aguantaban de pie y el calor que hace siempre en ese lugar tampoco ayuda; lo cierto es que no se cabía); creo que estuvo bien, aunque yo me aceleré en la lectura y por suerte, allí estaba la editora para avisarme (tal vez sea la misma vibración interna). Slavenka hizo una síntesis didáctica e inteligente de lo que fue la guerra en la antigua Yugoslavia, pensando en la desinformación de la mayoría estudiantil y en la complejidad del asunto. Luego nos fuimos a cenar y Slavenka tenía enseguida una cita para su entrevista en "La nit al dia", que pude escuchar al llegar a casa. Yo disiento sólo en una pequeña nuance, creo en la banalidad del mal, en que todos tenemos las dos opciones y el potencial para ser monstruos o portarnos éticamente (la prueba está en la vida cotidiana: vemos gente que se porta suciamente a la menor ocasión, gente de cualquier ideología, o gente que se declara muy religiosa, espiritual, pues la ética personal puede no coincidir con la máscara social, -una persona sin más ética más que su propio beneficio, que he sufrido de cerca, se considera budista y "terapeuta" de una de esas supercherías de moda con nombre alemán pervertido, un conjunto de recetas superficiales sin fundamento-, y he comprobado que la religión sirve a muchos como coartada interna para cometer todo tipo de bajezas), pero volviendo a la violencia en las guerras, creo que algo tiene que estar roto por dentro para portarse así. Yo pondría siempre el matiz de Claude Lanzmann que citaba la psicoanalista Elisabeth Roudinesco: "No cualquiera es capaz de ese mal". Es decir, el joven que se apunta a un batallón del ejército yugoslavo por necesidad económica (esas penurias que sirven como justificación sociológica de tantos soldados americanos en Irak, por ejemplo) y de pronto se encuentra en Srebrenica obligado a disparar contra centenares de musulmanes, jóvenes y viejos, que llegan en autobuses con los ojos cerrados y le dice a su superior: "No quiero hacerlo" y su superior le responde: "Entonces, dame tu arma y ponte con ellos en el pelotón" y por su vida bebe y dispara y mata a unos ochenta (No pudo soportar la culpa y la repulsión y lo contó todo a un periodista francés, le detuvieron y juzgaron en La Haya y ha cumplido ya su pena), tampoco era completamente ajeno, es decir, tenía sus razones de violencia interna: Uno que se apunta a un ejército o a la policía (o como el verdugo de Berlanga) sabe (por mucho que intente engañarse o que le digan) que tendrá que enfrentarse a la violencia y tal vez matar. Y si no, pues podría haber intentado huir (el bosque estaba a dos o tres minutos, declaró).
En mi texto de presentación quise aludir a lo de aquí, aunque tal vez debería haber precisado que también el nacionalismo (Slavenka, citando a alguien que no recuerdo, definió el nacionalismo como un virus) balcánico sirve como espejo negativo de lo que podría pasar aquí, y con esto englobaría a ambas partes que se retroalimentan, escabulléndose de los verdaderos problemas y utilizando simplemente visceralidades irracionales o heridas de la historia, como allí. Naturalmente, surgió la cuestión de Kosovo y Slavenka explicó su ambivalencia por la razón moral que tiene ese país, que ha sufrido tanto, de reclamar su independencia, y que no coincide con la razón legal, o la imposibilidad de convencer a tantos otros pequeños países que reclaman la suya. Ahí yo tampoco estoy segura. Pienso, como Natalia Ginzburg, que el lema de aquel juez americano "No estamos aquí para que se haga justicia sino para que se cumpla la ley" no es cierto. Que la ley debe servir precisamente para que se haga justicia, que no hay nada más importante que la justicia y los derechos humanos. Y por eso (y porque Serbia no puede mantener económicamente a Kosovo y todo el mundo lo sabe, y por la historia del apartheid y las matanzas en Kosovo y por la responsabilidad europea occidental en no haber intervenido antes en el conflicto balcánico), había que buscar una vía para poder llegar a su independencia, aunque hubiera sido mejor evitar la declaración unilateral.

En estos días todo se concentra y precipita. Las llamadas telefónicas se producen al mismo tiempo y muchos mensajeros llaman a la puerta a la vez. Tengo cenas todos los días de la semana, visitantes del centro, de las islas, de las antípodas o compromisos locales. ¿Qué ocurre? Algo bulle efervescente alrededor. Yo no entiendo cómo hay gente que vive siempre así. Echo de menos mi calma y silencio y concentración, pese a la felicidad de que mis libros salgan. Necesito silencio y comidas frugales y un poco de aburrimiento... Ha venido el ingeniero técnico agrícola a traerme documentos interesantes para el azufaifo y hemos quedado al pie del azufaifo. Mientras hablábamos, hemos visto las ratas, una enorme embarazada y otra con su embonpoint. De Sanitat nos habían notificado una comunicación del Distrito de que habían tapado los agujeros por donde salían, pero hemos visto el agujero abierto y las ratas entrando y saliendo. También en el Distrito le dicen al Cap de Sanitat que ellos no han recibido ninguna denuncia escrita y claro, por eso no han tomado medidas. Es curioso que cuando les llamé, me dijeran que tomarían medidas, pero no me advirtieran que tenía que hacer una denuncia por escrito. Son las perversiones de ese equipo de Sarrià Sant Gervasi, tan contrario a preservar el azufaifo, y tan ansioso por castigarnos.
Yo sigo con la felicidad de haber acabado mi libro de los Balcanes y de estar en fase de edición del azufaifo. Ayer, el editor me llevó al IDEC sus propuestas de poda y hoy me ha propuesto una leve modificación del título que tendría sentido, y a la que voy dando vueltas mentalmente. Un amigo sabio y pensante al que me alegró mucho ver en la presentación (donde estaba mi núcleo duro de amigos, que acuden a mis bolos siempre que pueden y yo me siento muy agradecida porque, como dice Cacho, hacemos demasiadas cosas), me escribe: "Només dir-te que em va agradar molt la presentació del llibre ahir. I vaig pensar que ara cristal·litzen en tu els anys d’esforç i de treball i que en resulta el creixement en caràcter que diria Mill." Me ha hecho ilusión su mensaje porque yo tengo un poco esas sensación de que las piezas empiezan a encajar y lo sembrado a germinar, en esta primavera anticipada (hay una danza de moscas pequeñas en la terraza y ayer mi aletargada gata corría y saltaba en pos de un moscardón nocturno). Aunque por supuesto, en toda celebración hay un hada mala y un resbalón, para que no olvidemos a Némesis ni a los dioses griegos o hindúes que nos observan e interpelan. Me gustaría copiar aquí los jeroglíficos egipcios que encabezan unas efemérides planetarias de la NASA, cuya traducción inglesa dice "The imperturbable stars are under the throne of His face").
Por cierto, que Nmp me ha mandado un link con las fotos de su exposición -él hace las de tierra y su colega las del cielo- y aunque en este caso, mis favoritas son las suyas, retratos de pájaros, de hojas, de ramas, de texturas vivas, las nubes de su colega me han hecho recordar en ese poema en prosa de Baudelaire que siempre me gustó tanto, de ese personaje desconocido que sólo vive por las nubes.

L'Étranger
Qui aimes-tu le mieux, homme enigmatique, dis? ton père, ta mère, ta soeur ou ton frère?
- Je n'ai ni père, ni mère, ni soeur, ni frère.
- Tes amis?
-Vous vous servez là d'une parole dont le sens m'est resté jusqu'à ce jour inconnu.
- Ta patrie?
- J'ignore sous quelle latitude elle est située.
- La beauté?
- Je l'aimerais volontiers, déesse et immortelle.
- L'or?
- Je le hais comme vous haïssez Dieu.
- Eh! qu'aimes-tu donc, extraordinaire étranger?
- J'aime les nuages... les nuages qui passent... là-bas... là-bas... les merveilleux nuages!

lunes, 18 de febrero de 2008

Acabar, acercarse


Foto: I.N. Flores radiantes en mi caos, 2008
He acabado mi libro balcánico, Conversaciones en torno a la guerra. Lo he impreso para llevárselo mañana a la primera editora que quiso leerlo, cuando lo empecé, en 2003 y le dije por azar que le estaba escribiendo desde un cyber de Sarajevo. Voy a dárselo a 5 editores que dicen que quieren leerlo. Me he pasado unos días corrigiéndolo y podándolo. Tal vez mientras lo leen, sienta deseos de podar alguna ramita más. Pero lo he acabado. Cinco años de viajes, de abandonar, de reemprender, de leer y escuchar a mis escritores balcánicos sus historias de la guerra. Algunos de esos escritores son amigos, o al menos, había cierta intensidad en los temas de los que hablábamos y eso generó una corriente afectiva. Haberles escuchado no es cualquier cosa. (Hoy me han escrito sus respuestas algunos kosovares -lo he contado en Polis-, entre la esperanza y cierta inquietud). Acabar este libro me produce una felicidad expansiva y fácil de explicar, pero complicada, porque también me asusta acercarme al borde de esa piscina, en la misma medida que me atrae nadar. On verra bien. Y al mismo tiempo, me hace gracia haberlo acabado justo cuando llega Slavenka Drakulic a presentar su libro, que tiene una intersección con el mío, pues yo la entrevisté en Berlín y leí su libro y logré que se publicara aquí y lo traduje y prologué, porque estoy convencida de que es un libro valiente y necesario. Y al mismo tiempo que la celebración de la independencia de Kosovo (la anulación de su autonomía estuvo en el origen de esa guerra).
Hoy he tenido que trabajar refugiada en casa prestada, ya que cortaban la luz de 8 a 18h en todo el edificio. Ha sido muy agradable y he podido cumplir mi misión. Mis hospitalarios anfitriones me han hecho una comida deliciosa. Al llegar aquí sólo me faltaba incorporar una cita más de Hannah Arendt que recordaba vagamente, y poner a la impresora a trabajar.
Ayer fui a ver una película japonesa que me encantó, El bosque del luto, Mogari no Mori. Es una película sobre la pérdida y el duelo. Se hablaba poco y se escuchaba el rumor del viento en los árboles y la hierba. Era un bosque maravilloso, con esos árboles inmensos con las raíces gigantescas por fuera, como fuerzas de la naturaleza, casi tropical. Íbamos cuatro amigos, uno se durmió y las otras tres llorábamos en silencio. En una cabaña, con un maestro zen, unos cuantos viejuzos y dos chicas jóvenes intentaban hacer su propio e improvisado proceso de duelo. Había un largo paseo extraviado por el bosque donde dos de ellos lo lograban al fin, en un parcours performativo. Salí de allí con una sensación extraña, me despedí de los otros y fui a reunirme con otros dos amigos a un restaurante hindú, donde comí unas magníficas berenjenas picantes y sobre todo les escuché hablar de foto. En cierto momento le conté a mi amigo fotógrafo cómo era aquel bosque japonés y me dijo: "Vayamos, yo haré las fotos, tú escribes un cuento, busquemos un billete barato..." Qué deseo de estar allí...
Pensaba que, de pequeña, después de llorar siempre me veía los ojos brillantes, como si me los hubiera lavado en el nacimiento de un río. Es cierto que me siento más vieja, no sé por qué, desde que me despedí de la casa de mi infancia. Algunos han intentado (en vano, pero dulcemente) convencerme de que no es así. He hablado con mi madre, que parece haberse adaptado enseguida a su nueva casa pequeña, sin su galería de objetos. Tiene unos ventanales grandes y de noche, ve pasar lluvias de luces de coches silenciosos y esa visión la hace sentirse acompañada. Es tan extraño cómo funciona la maquinaria interna. Todo lo que suscita acabar, acercarse a lo que se desea... y dejar atrás un trozo de la propia historia, aunque sea liberador.
Last Minute News:
Hoy MIÉRCOLES 20 presentamos el libro de Slavenka Drakulic a las 7.30 pm en el IDEC/UPF
Y en cuanto a la salvación del falso pimentero, id a Polis...

jueves, 14 de febrero de 2008

Sono stanca


Foto: ? el castaño de Anna Frank

Días agitados, de preparación, de escritura, de obstáculos y absurdo, y en medio de ese ritmo acelerado y agotador, un altercado telefónico con alguien desequilibrado (una de las brujas de Macbeth) se mezcló en mis sueños de anoche a las ratas y a los señores del alcantarillado y a uno de los más oscuros escenarios del maltrato de mi infancia. Al despertar, como en las pesadillas de Nmp, tenía que ir al notario, y aunque el resultado era positivo, me ha sumido en una extraña melancolía, indistinguible del agotamiento y de un conocido burbujeo sanguíneo en la cabeza. Intentaba averiguar las fuentes de mi súbito desaliento: ¿era sólo la aproximación a la violencia de ese personaje familiar antiético? ¿Era una melancolía bancaria y financiera? No congenio con los notarios, ni los Bancos, ni los tipos de interés, que me resultan siempre sospechosos e ininteligibles. Por la tarde me he sentado en un despacho, he mirado a mi alrededor y he pensado: si yo trabajase aquí, me daría una depresión profunda. No eran simplemente la luz, o los cuadros de las paredes, los muebles, sino sobre todo, cientos de carpetas llenas justamente de números, pero no de números pitagóricos, especulativos, brillantes cifras de poética matemática, sino de intereses, ahorros, euríbors, ingresos y abonos y cuentas y libretas. ¿O tal vez se trataba del adiós a la casa de mi infancia, ahora vendida? No por la pérdida en sí, sino por la memoria triste que encerraba. Como si, mientras la casa existía, pudiera corregirse el pasado o descubrirse en él un secreto que le diera la vuelta al horror. Y de pronto esa puerta se cierra y yo compruebo una vez más, en ese altercado, que todos los fantasmas de mi niñez eran ciertos y que en ese lugar no existía la ética, sino sólo la locura, el maltrato, la hostilidad. Que la debilidad y la cobardía dominó definitivamente a los que habrían podido evitarlo y que todo eso acabó llevándoles a una especie de pequeño, silencioso purgatorio cotidiano. Y así se agitaban las ratas de mi sueño, como en el terreno del azufaifo, y de pronto recordé que había un sobrenombre capaz de explicar el jeroglífico...
Y al mismo tiempo, corrijo el final de mi libro balcánico, empiezo a pensar en cómo presentaré el libro de Slavenka Drakulic (el miércoles 20 a las 19:30 en el IDEC Balmes-Rosselló), leo sólo picoteando, apenas, anárquicamente (algo de Barthes, de Baldiz, de Casassas, de Zweig), planeo más conferencias junto con Lydia Oliva... He entrado en la clase de yoga hecha un trapo y he salido resucitada, entre las respiraciones y un dinamismo sostenido hasta el final... Luego ha llegado G., también animado por su clase de foto. Y es hora del retiro...

martes, 12 de febrero de 2008

Yo venía andando

Ilustración: Ingres, Edipo y la esfinge
Por la Diagonal, después de un cogote de merluza (¿imito a Cacho?) en una marisquería gallega (donde incluso dejaban fumar) con mi amigo JC, y de disfrutar de su conversación, sus pensamientos y su ironía, porque su manera de leer y ver el mundo siempre me parece muy particular, dejando aparte su humor. En la calle hacía un frío vigorizante y muy agradable, que unido a mis pensamientos y al movimiento de las piernas me parecía walseriano, y notaba la compañía amistosa de los árboles de invierno, hermosas marañas de ramas secas como cabelleras seniles alocadas, y pensaba que es una suerte que haya árboles caducos, capaces de sufrir tales transformaciones y de llenarse de hojas verdes en primavera.
Hace días le pregunté a JC por qué no escribía, porque tiene una fruición con las palabras polisémicas o las palabras cualesquiera, y una manera de contar que evoca inmediatamente la escritura. Él dice que es perezoso, que no siente esa necesidad, y añade de pronto que su vida, incluso su vida interior, es vulgar. Pero ese es su punto de vista, que naturalmente no comparto. Me contó que un amigo suyo y él se iban pasando en un cuaderno frases que les llamaran la atención o que escribiesen ellos, los dos ávidos lectores, pero hasta eso acabó cansándole, mientras el otro le pasaba frases múltiples reclamando respuesta, él se inhibía. También dice que no tiene mucho que decir, lo cual obviamente es falso, pero el argumento de la necesidad -o del no-deseo- sí me parece definitivo. Yo diría que sobre todo, en el fondo, es intensamente bartlebiano. Lo cual nos obliga a los que le escuchamos, a los que sí nos vemos impelidos por ese viento de escritura -esa maraña seca de los árboles de invierno, viejos pero vivos como yo me siento a veces, aunque la vitalidad siga ahí, con un nervio cambiante-, a registrar algunas de esas historias suyas, a buscarles sitio, aunque sea también perezosamente. Yo le he llevado el Montaigne de Zweig y él me ha traído un sugerente libro de John Donne, traducido pero bien editado del que ya me habló, Paradojas y devociones, aunque JC me advierte que las devociones son mucho mejores que las paradojas.
Al llegar a mi calle me he encontrado con el tema existencialista de Las Ratas. Ninca y yo y la vecina dueña de una tienda frente al azufaifo hemos movilizado al Séptimo de Caballería... para nada. O eso parece. Han venido los Caballeros del Alcantarillado, con sus trajes naranjas, me ha dicho la tendera, y por lo visto, no venían a resolver el problema: no pensaban entrar en la parcela sembrada de ratas, sino que su misión consistía en comprobar que "esas ratas" no eran "suyas", es decir, que no procedían de las cloacas, sino que probablemente, y parecían acusarla, como si ella pudiera fabricarlas con sus abrigos, las generábamos los vecinos. Muy pomposos, los Senyors del Clavegueram se han retirado, sin entrar en la parcela a cerrar la alcantarilla y dejando allí a las ratas. Un momento después he visto una que, al vernos, ha echado a correr y ha trepado rauda por la hiedra y se ha colado en la casa del jardín rodorediano que habita un señor de la calle Berlinès, al que habrá que avisar.
He entrado en casa tras ese encontronazo con la estupidez humana y pese a todo me he puesto a escribir este post, pero he tenido que interrumpirme con otro aterrizaje brusco. Las interrupciones han sido constantes y prolongadas, y en un momento dado, mientras hablaba por teléfono sobre las ratas y el azufaifo y el falso pimentero que quieren talar con viles excusas en el pasaje Méndez Vigo, me he dado cuenta de que una prenda favorita y muy necesaria se me había desgarrado. Al fin, maldiciendo mi tarde y mi falta de tiempo, agravada por la larga interrupción de esta tarde, he salido huyendo a mi clase de yoga, que hoy era especialmente dinámica y he vuelto flotando entre llamaradas azules, a tiempo para hacerle a G. unas supremas de merluza y para comprobar que la gata sigue guiñando los ojos de placer cada vez que la miro y le hablo.
Anoche vino a cenar una amiga inteligente y excéntrica, a la que conozco desde el ochenta y uno, cuando yo vivía en la calle Herzegovina y ella en el Putxet. "¡Qué buena atmósfera, qué cálido y agradable!", dijo al entrar en mi caótica casa. Le había hecho una coca mallorquina de verduras y comentó: "En ninguna parte se puede comer una tan buena". Intercambiamos historias y escuchas y pensamientos en voz alta para iluminarnos en nuestras interrogaciones y me fui a dormir animada por su espíritu. A G. también le gustó verla y luego me dijo: "Yo la creería en lo que me dijera". Luego me puse a leer unas paginillas del libro de Manuel Baldiz, que hablaba del lugar del que escucha y que sigue admirándome por su capacidad de ser preciso y matizado y de afinar así con un formato de supuesta divulgación, con meandros interesantes para pensar. Diría V que tiene una poética lacaniana.
En mi blog de artículos, mi reseña sobre la biografía de Melville, que aparece hoy en el Cultura/s (La Vanguardia)

domingo, 10 de febrero de 2008

El viernes

Foto: Edward Weston, Juniper Tree, Sierra Nevada, 1937
Había quedado con una amiga del pasado. Vimos una película mediocre, de escenario vagamente kenloachiano (lo que uno puede hacer por desesperación ante la miseria globalizada), pero sin la dureza inteligente y crítica de Loach, con resoluciones torpemente reductivas o incluso sentimentaloides(!), aunque haya algo valiente en su autoburla que el director no parece entender o no sabe manejar en su tonto-guión, y el valor está en las imágenes y la gestualidad de Marianne Faithful (me desconcierta que se haya situado en ese lugar tan exageradamente antiglamuroso, ¿por qué necesitará esa distorsión? ¿Por qué elegirá esos papeles? No sé si es un autocastigo, un fantasma, una autocrítica a las consecuencias físicas de sus excesos, qué sé yo. Para mí había algo simbólico, porque en uno de mis antiguos encuentros con la muerte, lo primero que oí al despertar fue su voz ronca cantando una canción). Las imágenes muestran lo que el guión desmiente: la tristeza y lo sórdido. Parece como si el hijo sólo se ofendiera por razones misóginas o sociales y nadie pensara en el peso de esa sordidez que Marianne Faithful sí expresa en sus gestos. O luego, si ese hoyo ayuda a ese personaje a romper hipocresías sociales, o hace que sus antiguas amigas puedan nombrar lo hasta entonces innombrable, se explica su supuesto triunfo como si no existiera también la repulsión obvia en su gesto, o el sacrificio que supone, o el patetismo de la realidad y lo fantasmático de esos hombres que hacen cola ante la pared horadada. La soledad es completa aunque desigual a ambos lados, y ridículo es (me dicen que lo ha comentado indignada Laura Freixas) el comentario del folleto, pretendiendo que la protagonista logra reconstruirse con eso. ¿A quién se le ocurre abordar un tema tan sórdido con un punto de vista tan light?
Luego, en un bar, mi vieja amiga (que conserva su aire de elegante Tigridia) y yo hablamos también del pasado. Me gustó oír su reconstrucción de los hechos, aunque eso incluyera la noticia de algunos finales bruscos, dramáticos, y otros melancólicos, de media vida, pero no tan sorprendentes, pues seguían la lógica histórica (¿o tal vez esa lógica sólo existe como après-coup?). Intercambiamos versiones y pensamientos de ahora sobre lo de antes. Ella me contó una historia suya que me interesó pensar. Pero todo aquello removió cosas y a las cinco de la mañana me desperté de un sueño: Estábamos (supuestamente, porque era una variación de la real) en la casa de la montaña de mi hermana (adonde no he vuelto desde hace una década), y también estaba J, pero por el otro lado de la casa, había acantilados que daban al mar. Todo era oscuro y bonito, con luz sólo de luna o estrellas. J le decía a mi amiga del pasado una frase hiriente y ella venía a refugiarse a donde yo estaba, un lugar demasiado estrecho que daba al mar, y entonces yo recordaba que me había dejado todas las puertas abiertas y que la casa era prestada e iba a cerrarlas, pero andaba con el peso del sueño, y no podía abrir apenas los ojos (dormida) ni lograba apenas ver los contornos, las paredes, los quicios. Lo extraño es que sí veía el paisaje, que era expresionista en cierto sentido, es decir, aquel paisaje estaba tan cargado del pasado y de tantas historias que vibraba con una intensidad y una belleza imposibles de explicar. Era como si todo lo ocurrido estuviera escrito en los árboles, el cielo, las rocas, la casa, el agua. Como si sólo mirando se pudiera saber, leer, comprender. Y nosotros éramos como antes, con la exuberancia física de G. y sus amigos, pero en el sueño yo sabía lo que ahora sé.
Me desperté con una sensación de perplejidad algo melancólica y sólo la llamada de V. me restableció un poco, junto con el sol, porque sus palabras inteligentes y su energía (como diría mi amigo serbio, que estará a punto de venir) siempre me ayudan a reordenar mis signos.
Horas después, aún por la mañana, desafiando todo lo que tengo que hacer, me puse a escribir otra vez una escena de la infancia que llevaba tiempo apareciéndoseme en la ducha. Me pareció que tenía ya el tono, pero la multiplicidad de hilos posibles me asusta. Ni siquiera he acabado de juntar los fragmentos e intentos de esa novela pendiente, que no me atrevo a abordar, pero que me acosa de vez en cuando.
Luego traduje a Nancy Spero, su iconografía femenina rescatada de todos los tiempos, su diosa del cielo egipcia, que se arquea flexible formando un puente y mostrarnos sus estrellas, sus víctimas y sus demostraciones de una guerra muy antigua, que está en todas las guerras.
Y al anochecer bajé hasta casa de la Belle Elaine, que estaba radiante aún convaleciente y nos ofrecía una película balcánica, un documental de su amigo Goran Radovanovic, Chicken Elections (en serbio Pileci Izbori), especie de ironía de la vida rural, el patriarcalismo, la contemporaneidad, bastante curioso. A mí, claro, me gustó ver esos personajes que ya me son familiares (como la vieja campesina que fuma con sus gallinas en el sofá), incluso en su autoburla: "Así somos los serbios", dice el cura a la vieja campesina cuando ella acaba de contarle que sus nietos vienen a robarle la casa. Y el policía, que es sobrino de la viejuza, le enseña a manejar un móvil, con su zafio desdén, y pretende que ella se quede una pistola, y ella lo mira todo bajo su pañuelo y su humo con un quieto descreímiento. Y en la consulta, a la que ella acude porque no puede dormir, con su gallina correteando, la médica le dice que no se preocupe y le canta una canción tradicional serbia "para tranquilizarla", y el policía alto y desgarbado espera fuera, tal vez anhelando al momento de fastidiar a los conductores que encuentra, registrándoles y pidiéndoles papeles y examinando sus coches hasta extremos delirantes. Y la muerte se aborda sólo una brutal elipsis, cuando el cartero le lleva la papeleta de voto y la anciana no contesta y el teléfono suena, y el cartero deja la papeleta en la verja y se va, indiferente.
Chez Elaine estaba el ex-pat Jonathan, que vive en Belgrado y sólo ahora se ha decidido a aprender un poco de serbio, pero lo que muchos atribuíamos a su cultura del viejo imperio, respondía, según él, a que siempre había pensado que moriría al cumplir cierta edad, por un sueño que tuvo, y en ese caso tenía otras cosas que hacer, me dijo, no le daba tiempo de estudiar serbio (al fin y al cabo es una lengua difícil). La última noche del año en que cumplía la edad fatídica pensaba que lo mataría una de esas balas perdidas de los que aún disparan al aire en Zemun. La Belle Elaine, que pasó con él las fiestas en la capital serbia, le dijo en una ocasión: "te mato" y Jonathan, pese al carácter pacífico de ella, pensó que tal vez fuese un signo de que había llegado su hora. Pero no. La Nochevieja ortodoxa pasó y él sigue vivo, así que ahora tendrá que estudiar serbio o buscar otra razón para aplazarlo.
Al salir, estuve hablando un poco con el creyente descreído que es JP (ocioso anticuario y crítico implacable) y su charmante amigo JB, preclaro activista contra el cambio climático en los últimos tiempos. Dijo JP que él no considera la fotografía un arte, pero había visto un documental sobre Edward Weston que le había conmovido, aunque reconoció conmigo que la fotografía del XIX y principios del XX tenía algo más literario o más iluminado, más artesanal también con las sales de plata tal vez (y yo creo que el pequeño formato, porque esos formatos gigantes lo convierten todo en ruidoso y publicitario). Pese a todo, yo no puedo generalizar como él, decir que no me gusta ninguna película narrativa o de ficción, por ejemplo, ni tampoco correspondo a su creencia estereotípica de que a las mujeres les gustan las películas de "chicas que cuentan sus historias". Lo único que no suele gustarme genéricamente es el cine español de ficción, pero sí he visto buenos documentales de por aquí, y hay algún director con imágenes poderosas y sugestivas, lo malo, para mí, es la dicción de los actores locales y sus tonos, que me recuerdan a funciones de fin de curso. Vi que en el Maldà reponen esa película japonesa que yo quería ver, gracias a V., pero con qué horario casi imposible, mamma mia...
Por cierto que ayer dio al fin señales de vida un poeta amigo, siempre agitado en giras europeas y comarcales, y como yo le había hablado de un concierto de campanas en Luxemburgo, me contó de su amigo Llorenç Barber, que ha hecho múltiples conciertos de campanas "als cinc continents", y que hizo uno en Barcelona (junto con ellos), ahora hace más de diez años, en Ciutat Vella, y otro en Girona que paralizó a toda la ciudad, "com fa a tot arreu, incloses ciutats enormes", y que viene de ese pueblo de nombre poético asombroso, donde ha organizado festivales. Y también me contó un encuentro con una poeta mallorquina algo punkie que llevaba mi libro Crucigrama en un restaurante de nouvelle cuisine, y masculló unos comentarios misteriosos al respecto "Quina salivera (sic)! Quin món més estrafolari, el del llibre. Al·lucino bacallans, amb aquestes històries!" Y al día siguiente, en un barucho, él le preguntó si lo había acabado, y ella dijo: "Allò s'ha d'anar paint a despau" (que significa despacio). "Ja li pots dir a la teva amiga (o sea, yo) que el seu llibre..." (y añade él) "aquí va dir una expressió mallorquina que no recordo, però que equivalia a: un bon menjar amb verí a dins." ¡Manjar envenenado! Ya lo dijo Marcel, mirando a su opticien, cada uno pone la lupa en un punto determinado, y lee un libro distinto, que el que escribe sólo puede atisbar.
Y la última noticia es que, oculto en el ciprés de enfrente, ya canta (para mí) el primer mirlo de esta primavera futura, intuida o perversamente anticipada. Empieza a mediodía y sigue por la tarde (cuando los malvados constructores que financian a nuestros políticos y el helicóptero del negocio turístico nos conceden una tregua).

viernes, 8 de febrero de 2008

Anoche

Ilustración: Retrato de Erik Satie, de Santiago Rusiñol (info cedida por el blogger Impromptu)
Alguien me escribió para avisarme de que planean talar un venerable pimentero falso, un magnífico Schinus molle, un lentisco del Perú, un pobre árbol centenario que creció y sigue erguido, pero amenazado, en el Passatge Méndez-Vigo de Barcelona. Me preguntaba si podía ayudarle. Le di algunas recomendaciones y direcciones. Aquí no existe un partido verde (sólo un simulacro que contribuye a la tala antibernhardiana), ni activistas verdes (los de Greenpeace están demasiado ocupados con tanto vertido de petróleo, por ejemplo, y no dan a basto) ni apenas nadie a quien recurrir, sólo a la buena voluntad de algunos. No hay un movimiento ciudadano resistente como los que recuperan jardines en Nueva York o en otras ciudades del mundo. Sólo algunos periodistas y escritores. Eso sí, la gente sigue creyendo que (pese al ruido y el polvo y la destrucción progresiva e implacable) Barcelona es la mejor ciudad del mundo para vivir: esa frase escuché ayer en el centro de yoga. Lo curioso es que nadie sabe dar ninguna razón, aparte del clima. A mí me recuerdan siempre a aquel personaje proustiano que sigue comprando los pastelillos en el mismo lugar, sin darse cuenta de que hace años que dejaron de ser buenos.
Luego estuve leyendo a Zweig sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche, en ese libro dedicado a Freud. Decía: "Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a sus abrazos ardientes... Sólo al que crea algo le es dado trasladar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma. Pero es en los que sucumben en esa lucha en quienes podemos ver más claramente los rasgos pasionales de la misma, sobre todo en el poeta arrebatado por el demonio... cuando el demonio reina como amo y señor en el alma de un poeta, surge, cual una llamarada, un arte característico: arte de embriaguez, de exaltación, de creación febril... el frenesí sagrado que los griegos llamaron mania y que se da sólo en lo profético o en lo pítico."
Pero que nadie crea que Zweig defiende el mito del escritor vencido necesariamente por sus demonios, de hecho contrapone a esas tres figuras a Goethe, como afirmación de la vida e imposición de su sueño al mundo (aún no he llegado a la parte de Nietzsche para saber sus términos; conozco mejor la figura de Hölderlin, leí el magnífico El autor y su editor, de Siegfried Unseld (correspondencia y paseos del editor con Walser, visitas a Hölderlin, cartas de Kafka), y también la terrible correspondencia de H. con su madre, y no coincido con Zweig cuando la llama "bondadosa", sino que me parece más culpable que la de Panero, candidata al concurso de madres malvadas del que hablaba mi amiga escultora. Y todo eso lo leí después del encantamiento precoz que había sido para mí Hiperión, que se ha transformado en un recuerdo de contornos imprecisos pero igualmente intenso, un recuerdo de mi propio émerveillement, leyéndolo en el autobús, el metro, el borde de la cama, hace muchos años, antes de G., justo antes de entrar en Seix Barral(?)). Zweig acoge y comprende todas las opciones, mucho sabe él de esa lucha interna, a la que no sobrevivirá. Su sensibilidad no le permite ser indiferente a esos jóvenes ardientes que se consumen pronto, como Shelley o el hermoso romántico Kleist, pero tampoco a esa otra forma de morir en vida de ese mensajero de los dioses que es Hölderlin. La dedicatoria a Freud es de sincera admiración, Zweig no cree en el pretexto de Rilke de que el psicoanálisis matará a sus demonios y con ellos morirán sus ángeles; sabe que el psicoanálisis no acaba con ellos, sólo da tal vez unos instrumentos para verlos con más claridad, prismáticos o lupas como las de Combray, aparejos para manejarse y negociar.
Sigue Zweig: "Lo primero que salta a la vista en Hölderlin, Kleist y Nietzsche es su alejamiento de las cosas del mundo... Son nómadas por naturaleza, eternos vagabundos, externos a todo, extraños, menospreciados, y su existencia es completamente anónima. No poseen nada en el mundo: ni Kleist ni Hölderlin ni Nietzsche han tenido jamás una cama que les fuera propia; nada es suyo; alquilada es la silla en la que se sientan, alquilada es la mesa en la que escriben... No echan raíces en ninguna parte, ni aun el amor logra atarlos de modo duradero... Sus amistades son frágiles; sus posiciones, poco fijas; su trabajo no es remunerador; están como en el vacío, y el vacío les rodea por todas partes. Su vida tiene algo de meteoro, de estrella errante en eterna caída; no así la vida de Goethe, que forma una línea clara y definida. Goethe sabe arraigar y cada vez más hondas se hunden sus raíces. tiene mujer y tiene hijos, y lo femenino florece siempre a su alrededor."
Y en cambio los que conocieron al Hölderlin joven hablan de "aquella distinción de todo su ser...", todo lo que abandonó en su locura (en esa evolución de la elegancia al abandono, no puedo evitar asociarle a Maeve Brenann).
También, huyendo de la melancolía que me produce el imposible rescate (Hölderlin, pero también Zweig), que me parece hablar de mí (aunque fuera de una yo anterior), leí unas páginas del libro de Manuel Baldiz, El psicoanálisis y las psicoterapias y me gustó comprobar cómo se puede aclarar las cosas desde el principio y hacer difusión sin dejar de ser inteligente y lleno de matices, con referencias que muestran su cultura, su humor irónico y su criterio.
Escribo esto rodeada del ruido de las obras en la escalera, que no se acaban. Leo en el suplemento del New York Times de ayer de unas estruendosas bicicletas caribeñas que proliferan en Queen's con formidables equipos de sonido de montones de decibelios. Acabo preguntándome qué es peor, como aquel juego al que jugaba una antigua amiga, siempre preguntando: ¿qué prefieres? entre dos supuestos siempre indeseables (trabajar en una obra del metro o en una fábrica tóxica, por ejemplo), y yo siempre elegía una tercera opción (ser jardinera), que para ella no valía. ¿Qué será de los que no soportamos el ruido, en esta ensordecedora Barcelona, si además nos talan los árboles, nos quitan la sombra y procuran que no vuelva a llover? Si hasta las bicicletas, que eran silenciosas como gatos, se arman de estrépito...
Confieso que mi rebelión contra mis tareas alimenticias (de traducción) crece. Me parece que pierdo el tiempo traduciendo cuando sólo debería escribir. Y por otra parte, huyo de mis obsesivas inspiraciones y soplos al oído al cerrar los ojos, como una escena que surge en la ducha matinal y que tengo que escribir. Y los remates de mi libro balcánico. No sé qué será de mí, entre el ruido y la carestía y las luchas con mis demonios y una extraña alegría burlona que me posee a ratos (¿será porque mi mirlo favorito ha empezado a cantar todas las tardes desde el ciprés de enfrente, justo cuando se callan las grúas?)
Tengo que ir a ver a ese pobre árbol amenazado, falso pimentero de sombra generosa, del pasaje Méndez Vigo.

martes, 5 de febrero de 2008

Año nuevo chino y cumpleaños


Foto: Marilyn bailando con Truman Capote

Anteanoche fuimos a celebrar el año nuevo chino (de la rata) y un cumpleaños casi chino a un restaurante ídem donde éramos los únicos payos, o gaiyines, o no sé cómo llaman en China a los locos diablos extranjeros. Todo era bullicioso y la delgada maître, que era del Sur, nos repartía sus "No te preocupes" en un tono alegremente arrogante. Me hizo ilusión que en medio de aquella especie de fondue de año nuevo hubiera azufaifas, que junto con un delicioso tofu (¿por qué yo nunca consigo un tofu así?) y unas setas magníficas, casi negras y verdes, fueron mis manjares preferidos. La homenajeada cumplía 35 años, una criaturita, y estaba radiante. Nos dijo que no quería regalos, así que le llevamos unos cuantos. Por mi parte le llevé unas ediciones minúsculas de los Diálogos de Lorca (donde está esa maravillosa conversación con el Amargo), sus Sonetos, un librito de poemas de Gatos de Darío Jaramillo Agudelo, un Stefan Zweig cuyo texto de contraportada hablaba del dilema de una mujer mayor que V, un poco al estilo de su nouvelle de las Veinticuatro horas... y el rabioso y apasionado Fonollosa con su Ciudad del hombre Barcelona, el único que no tenía edición bonita, pero como dice la propaganda de los cosméticos de píldoras, la belleza está en el interior... (yo le perdono a Fonollosa su misoginia, porque se le pasa cuando se enamora, y es siempre un sentimiento abierto, desvelado y no solapado y a traición como en tantos otros...)
Los amigos de V son alegres y lo pasamos muy bien. Yo me senté entre D, que observaba y veía todo lo que ocurría alrededor, tanto en el casting de las otras mesas y sus indumentaria y gestos como en el caldero que miraba con sospecha, y Lola, que venía cansada, pero tan energética y efervescente como siempre.
Al volver, tarde, no pude evitar acabarme la biografía de Montaigne escrita por Stefan Zweig, y me gustó mucho, aunque comprendo que esa extraña trayectoria vital de Sieur M. (y su torre biblioteca y su algo exasperado aislamiento afectivo) no fuera suficiente para salvar a Zweig de la renuncia a la vida. Hay algo muy melancólico y oscuro en esa vida, un lado fallido que no está en sus Essais, aunque la lectura de ese libro, impregnado de la tristeza de Zweig pero también de su pasión, es deliciosa.
Luego he tenido la sensación de aceleración de la Tierra sobre su eje de la que hablan los esotéricos, ayer fue un día de locura, entre extrañas negociaciones disruptivas, contactos familiares (contrarios a mi naturaleza), una comida y cena muy agradables con seres afines, la rebelión del servidor de Internet, devolviéndome los mensajes a paladas, la paranoia del antivirus, el desayuno con un generoso amigo del pasado a quien tal vez he decepcionado con mi presencia ausente, y una marea de agotamiento considerable, que procuraré compensar no saliendo esta noche.
Han empezado a llegar los pájaros. Tendré que pedirle a Nomésploraria que me deje poner aquí a uno encontró junto a la cocina de su casa campestre y retrató por la ventana, ¡es el pájaro loco! Es decir, un pájaro carpintero, the woodpecker. Yo tengo sólo a los mirlos, que han empezado a cantar tímidamente, cuando cesa el estruendo de las grúas y baja un poco la estela de polvo en la que se ha convertido mi barrio. Los pobres amigos negros se refugian en los tres únicos árboles que nos quedan, y que tienen que compartir con las chillonas cacatúas y las contaminadas, mutantes palomas (las mismas que divertían a Maeve Brennan, unos grados más mutantes).
El Año Nuevo Chino me recuerda siempre a Oriol, que me mandaba las rojas ilustraciones y me recomendaba que las imprimiera y las pegara junto a la ventana. Es el primer año chino que empieza sin él. Oriol estaba fascinado por China ya cuando vivía en Japón e intentaba hacer negocios allí. A veces, su muerte me parece tan irreal como si alguien me hubiera engañado, como hace muchos años, cuando sospechaba que mi gato muerto era en realidad el mismo de la portería de la plaza Adriano, tanto se parecía a mi pobre Jasper. Me gusta mucho esa foto de Capote y Marilyn, sin saber por qué me he acordado de ella; ahora ya lo sé, pero no puedo contarlo.

lunes, 4 de febrero de 2008

El tiempo se me escapa


Foto: I.N., Gavines de Sa Conca, Cadaqués, 2007
A veces, mi desorden y mi mala cabeza me llevan a situaciones absurdas, por ejemplo, aceptar varias citas o proponerme ir a tres lugares distintos en el mismo día, lo cual me lleva a pensar que yo debería multiplicar cada día por tres, por ejemplo, vivir tres lunes 4 de febrero distintos, y cada uno llenarlo con las distintas opciones... Y eso significaría tres noches también, en cuyos sueños se reflejarían las variaciones motivadas por las distintas maneras de vivir el mismo día...
Ayer y anteayer logré reunir el valor necesario (no sé qué temor extraño -"síndrome de Jonás", Carlota dixit, y me encantó el nombre, aunque no estoy segura de que signifique eso, ya me imaginaba tan cómoda en el vientre de la ballena, sin querer salir al ruedo, al mundo-, me impide acabar más deprisa ese libro y me ha llevado a perder tanto tiempo pidiendo becas de apoyo simbólico, psicológico o moral, factores externos que me forzaran a acabarlo) para enfrentarme a mi libro balcánico casi acabado. Ese esfuerzo titánico, retrasado hasta la última hora del día, después de la vida social y otros menesteres y lecturas, además de una peregrinación bajo la lluvia por esas partes de BCN que se parecen más a una autopista para los coches que a nuestra antigua ciudad mediterránea (de la Diagonal Carles III a otros cinturones, Mitre, etc.) y de donde me rescató finalmente un autobús 74 (por suerte, ese autobús vuelve a existir los fines de semana, aunque reducido, porque antes nos lo quitaban), ese esfuerzo, como decía, me produce auténtica felicidad. Y al mismo tiempo me llena de dudas que darán lugar a una nueva revisión y una nueva poda, antes de entregarlo. Me gustaría tener otro editor como Melusina, que hiciera ese trabajo por mí, pero no es el caso. Los editores que esperan leerlo se lo darán a lectores, y en este país, los lectores editoriales son crueles y despiadados, lo sé porque yo he sido una de ellos: Es muy duro leer por obligación y por tan poco dinero, con lo cual la impaciencia y el desdén predominan y ninguno te lee como leía Gabriel Ferrater, ni como lee mi editor de La historia del azufaifo. En Alemania, los lectores estudian para desempeñar esa actividad, que se paga dignamente.Yo creo que esa situación injusta y casi miserable de los lectores editoriales en este país tiene la culpa de que muchos editores hayan perdido la capacidad de apostar por nuevos talentos, de que sólo se atrevan con lo que ya ha sido reconocido por el éxito o lo que creen que se le aproxima, cuando la función primera de un editor debería ser descubrir talentos y lanzarlos, aunque también tenga antenas para buscar más allá y memoria para recuperar los mejores clásicos. Siempre hay originales que no pasan ese filtro y que habrían merecido más atención. Recuerdo un informe sobre mis cuentos diciendo que se notaba que era una autora de las nuevas generaciones, cuando ahí se hablaba del franquismo, y era obvio que el lector no me había leído. Pero también recuerdo que Jordi Herralde me pasó un libro de T.C. Boyle sobre el que tenía informes contradictorios y que yo, tras dudar mucho a mi vez, acabé por no recomendar, pero él decidió no hacerme caso y me propuso que "como castigo", lo tradujera. Y lo hice, y al traducirlo (lectura lenta y meticulosa) lo redescubrí, su forma dickensiana, su ingenio crítico, su humor exigían un tempo distinto. Luego se convirtió en "autor mío": traduje aquella parodia suya de una colonia de escritores con sus egos gigantes y sus rivalidades, enmarcada en la vieja dualidad (y el título originalmente kipliniano: se llamaba East is East, de "East is East, West is West and never the twain shall meet", pero Anagrama decidió seguir la idea del editor alemán y la llamamos Oriente, Oriente, pensando que en nuestros lares nadie conocía la famosa frase de Kipling ni sus ecos del supuesto choque de civilizaciones), me dejé hechizar por sus encantos, traduje unos cuantos libros suyos más, pero Herralde acabó renunciando a él porque aquí no se vendía (tiene mucho éxito en el mundo anglosajón y en Francia y Alemania), y más tarde lo rescató Hans Meinke para Galaxia, pero no sé si Mondadori se quedó con él o también le condenaron. Yo le conocí una vez, con su aspecto de viejo hippie y su buen tono al leer, le pregunté por una palabra que nunca había encontrado y me dijo: "La inventé, ¿qué hiciste tú?", me entró la risa: "Inventarla también", y entonces él me dio su dirección terrestre, para que preguntara y le escribiera si tenía más dudas y me dijo que sabía algo de español y que le había gustado cómo sonaba su texto en mi traducción. Pero el mérito era suyo, escribía muy bien, musicalmente, y aunque estaba lleno de palabras raras, que había que buscar, el ritmo me arrastraba e inspiraba. La última novela suya que traduje se me hizo demasiado larga.
De modo que tengo que ser implacable en mi poda balcánica y no esperar ninguna clemencia de quienes me leerán. Por cierto, que alguien me regaló un libro que ya había encargado, pero no me importa, es tan maravilloso que me reservo el derecho de regalar el ejemplar del encargo. Hay editoriales que me mandan libros sin pedírselos, otras me los mandan a petición propia y otras, sólo acceden a mandármelo en el caso comprobado de que vaya a salir la reseña, casi con firma ante notario. Hay una que me mandó galeradas, pero nunca envió el ejemplar editado, aunque la reseña había salido. Yo no suelo pedir libros que no vaya a reseñar, pero he empezado a hablar de ellos en el blog, y si me visitan y leen hasta 460 personas al día (según el contador) creo que esos últimos editores son injustos y no merecerían mi apoyo, ¿pero qué le voy a hacer? Me importan más los libros. Había propuesto reseñar el libro de Zweig en La Vanguardia y en Qué Leer, pero no pudo ser en ninguno de los dos casos y lo encargué al librero de la calle Berlinès. Mientras, me encantó leer El dibujo de la vida, el texto que Vila-Matas hizo en el Babelia. Y anoche empecé a leerlo Stefan Zweig biografiando a Montaigne, en un texto apasionado y dolorido, intentando buscar en su destino renacentista y su actitud, un refugio para el horror y la locura que agitaban Europa y que arrastraron a Zweig a un difícil exilio latinoamericano, para acabar suicidándose allí (bien publicado y bien traducido, con notas que remiten a la edición reciente de los Essais en castellano).
Zweig sitúa a Montaigne, recuerda que fue "maestro de Shakespeare", quien le leyó en inglés, detecta el "ligero matiz de tristeza" que quiebra su voz a veces "por la fragilidad de nuestra naturaleza humana, por la insuficiencia de nuestro intelecto, la estrechez de miras de nuestros líderes, la absurdidad y la barbarie de nuestra época" y la identifica a la tristeza de Hamlet, de Bruto, de Próspero... ¿Cómo no advertir la vigencia de los dos autores, de Montaigne y de Zweig, en este tiempo nuestro? "Sólo aquel que tiene que vivir en su alma estremecida una época que, con la guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, amenaza la vida del individuo y, en esta vida, su más preciosa esencia, la libertad individual, sabe cuánto coraje, cuánta honradez y decisión se requiere para permanecer fiel a su yo más íntimo en estos tiempos de locura gregaria..." Zweig describe muy bien la sonrisa de Montaigne, su forma de introspección y de reserva y de vida sólo hacia dentro, para protegerse de lo que ocurre fuera y mantenerse siempre en un prudente "low profile", e intenta aprender esa actitud que le habría salvado: "Lo externo no puede quitarte nada ni turbarte, mientras tú no te dejes turbar... 'El hombre de entendimiento no tiene nada que perder.'... el desvarío de la época no es una calamidad real mientras conserves tu claridad de ideas. E incluso los peores de estos acontecimientos, las aparentes humillaciones, los golpes del destino, los vives sólo en tanto que te muestras débil ante ellos, pues ¿quién sino tú mismo les otorga importancia, les atribuye placer y dolor?" Ésta es sólo la introducción que permitirá a Zweig dibujar mejor la trayectoria del charmant Sieur de Montaigne, desde sus orígenes familiares y la sorprendente educación que le dio su padre. De nuevo todos necesitamos a Montaigne y a Zweig en esta época nuestra. No pude evitar hacerme enseguida con otro Zweig, La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche), y quién sabe si podré evitar hablar aquí de ese libro.