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martes, 23 de septiembre de 2008

Esta mañana


Foto: Jose Aguirre, G. (en el centro) haciendo escalada en Lisboa, 2008.

Me he despertado con una percepción completamente distinta de la misma realidad. Lo que ocurrió ayer parece otra cosa visto desde hoy. No una cosa, sino todo ha adquirido otro sentido. ¿Significa eso que necesito tiempo y lentitud para valorar lo que ocurre? ¿O bien significa que la grisaille del cielo, el cambio de temperatura, los misteriosos humores hormonales o el precio de ciertos excesos están distorsionando mi visión de lo real? ¿Existe lo real? Por otra parte, no sólo lo ocurrido ayer ha cambiado de color o de significado, sino también lo que ocurrió hace unos días. En general, todo parece más sombrío y complejo con esta luz. Tampoco Peter Hobbs, con sus personajes siempre al borde de la psicosis, parecía una alternativa, pero confieso que me encanta trabajar leyendo y que es justo lo que apetece hoy.
Por cierto, el otro día tuve que hacer por primera vez una reseña sin haber logrado que el editor me mandase el libro. Algún responsable de prensa de esa editorial me llamó diciéndome que le constaba que el libro debía estar ya en mi casa. Pero no era así. Concluyó que me mandarían un ejemplar desde Barcelona (al parecer, lo habían mandado desde Madrid). Seguramente, nada más colgar el teléfono olvidan sus promesas, los libros que deberían mandar y mi dirección. O tal vez utilizan tortugas mensajeras. O bien hay un agujero negro en el camino que devora los libros. Quién sabe. El caso es que yo he sido clemente citando la editorial, he leído el libro en francés, y no he podido valorar la traducción castellana. Pero me sorprende. ¿Se trata de la misma tendencia de los vendedores que no quieren vender? Una vez escribí una pieza sobre ellos. De una ferretería en Castellterçol a la que yo iba una y otra vez, de un hombre que se negaba obstinadamente a vender nada. Yo le pedía, por ejemplo, una sartén. El hombre me decía que no tenía. Yo le señalaba entonces una que veía allí colgada. Él objetaba que aquella estaba rota y no podía vendérmela. La escena se repetía siempre con cualquier pieza. Luego supe que el hombre no quería jubilarse e intentaba retrasar el momento negándose a liquidar sus existencias. Pero Carles Hac Mor me contó de un charcutero de pueblo al que le pedía, por ejemplo, una botifarra negra. "No n'hi ha", decía el charcutero. "Però si la veig aquí...", insistía el poeta. "Ara em faràs aixecar?..." concluía el vendedor, exasperado. Y ayer uno de los editores de mi libro balcánico me aseguró que en Mallorca ocurre algo parecido, pero no es por desidia, ni por jubilación, sino por unas razones otras... que intentaré comprobar este fin de semana en la isla.
Llegué tarde al homenaje a Alexandre Cirici en La Pedrera. No me dejaban entrar, aunque insistí en que soy de la familia: al fin y al cabo, mis sobrinos llevan ese apellido y para mí, Cirici fue una figura especial, que yo admiraba. Pero una empleada de la institución muy preocupada por la seguridad (la sala podía caer o incendiarse, nos dijo a las atónitas seis personas que esperábamos fuera) nos lo impedía. Era difícil entender que 6 personas más pudiéramos ponerlo todo en peligro. Al fin me dejaron pasar, cuando acababa. Alguien que sólo parecía hablar de sí mismo, y erráticamente, nombrando sólo el apellido Cirici, acabó su parlamento aludiendo a una obra de Carlos Pazos que Cirici había sido el primero en comprender y valorar. Miré por los ventanales que dan al Passeig de Gràcia, los plátanos aún en pie. Recordé una escena en la puerta de la Galería Ciento en que Cirici consolaba a un Pazos desanimado por las críticas adversas: "Deberías estar contento", le dijo. "Si esos te apoyaran, ¡significaría que vas por mal camino! Sus críticas demuestran que no te has equivocado..." En ese momento vi, detrás de los oradores, la foto inmensa de un Alexandre Cirici que miraba hacia mí, me miraba como muchos años antes, en una comida sentado frente a mí, y yo, muy joven y tímida, me preguntaba inquieta qué estaría pensando, por qué me miraría así. Pensé en aquel Cirici que, cuando le enseñaban una pieza, enseguida la asociaba a unas figurillas chinas de la dinastía fu o a cualquier momento de la historia del arte, y le daba otro contexto y otros sentidos. Y también en aquel día, tras su funeral, en su casa, en que personajes como Josep Benet (él sí le habría presentado bien) o Francesc Vicens (ayer le vi entre el público) o tantos otros y otras contaban anécdotas y recuerdos y aquel montón de historias entre el humor, la ironía y quizá alguna lágrima privada le iban recomponiendo en una auténtica celebración. Así imaginaba yo lo de ayer...
Me contaron que todos los oradores excepto uno (Raimon Obiols, que sí habló de Cirici) habían hablado sólo de sí mismos. ¡Me remito a lo que me contaron! Mi hermana señaló que ella ya se está acostumbrando. Dice que en los tribunales de tesis, nadie parece haberse leído la tesis y hablan sólo de sus propias investigaciones. D. Cirici me dijo que había esperado que Pujol contara de unas discusiones perennes que él mismo había presenciado, a sus 7 años, tantas veces, volviendo de Queralbs a Barcelona, entre su padre y Pujol (cuando Cirici no tenía coche y Pujol sí). D. era pequeño, pero recordaba algunas frases que se repetían: "Ara és moment de construir, no de fer batalla", decía Pujol. Y Cirici se oponía: era la dictadura y había que batallar. También discutían de iglesia y laicidad. Pero Pujol no recordaba o no quiso recordar. Eso sí, me dijo DC que la biografía es espléndida, que aparece Cirici tal como era, un gran intuitivo, que improvisaba e inventaba cuando no sabía, pero daba en el clavo. Fuimos a tomar algo y hablamos no sólo del Pam a Pam, sino de aquel Cirici que anotaba en su cuaderno las combinaciones de colores que llevaban los gitanos, porque le atraían. Que diseñó los gegants i capgrossos, del publicitario de "Es Búuuufalo", que hacía las ilustraciones del diccionario de latín y se dibujaba a sí mismo en el triclinium. O dibujaba edificios que encontraba (una vez se puso a copiar lo que resultó ser un cuartel o una sede de espionaje militar. Le tomaron por espía y lo encerraron en el calabozo. Veía los pies de la gente que pasaba por la calle y al fin reconoció a alguien y le pidió ayuda...). O cuando, en el frente, haciendo de topógrafo, añoraba a Carme, su mujer e imaginaba conversaciones con ella, imitando su voz que le decía "Sandre, Sandre"... Por cierto, también vi a Carme, que se acordaba de todo como siempre. Dijo una amiga de la familia que parece como si las montañas la reforzaran; cuando vuelve de allí está siempre mejor.
Un poco más tarde tenía yo una cena en Ciutat Vella con dos amigos croatas, un agente literario amigo, una crítica literaria del Babelia que no se presentó (tal vez porque había despedazado la primera novela del escritor croata y prefería no encararse con él; mientras que a él le hacía gracia el encuentro) y una editora. En un restaurante que siempre echo de menos (aunque ahora no dejan fumar. "¡Pide la lasagna de butifarra negra!", me dijeron varios, olvidando que yo no como esas cosas. Pero mi rape estaba delicioso). En el trascurso de la cena, Marijana, hinduísta casada con el autor croata, me dijo algo triste y revelador, que me habría gustado incluir en mi libro balcánico. Pero ya está cerrado, así que lo contaré tal vez en la presentación o en alguna conferencia o exposée.
Dejé a mis amigos buscando un bar y llegué a casa agotada (no estoy acostumbrada a pasar el día por ahí, y lo que para otros es el pan de cada día, para mí es un esfuerzo que me deja resaca), tras un trayecto con un taxista extrañamente afín, que se preguntaba quién nos gobierna y comentaba las obras de infraestructuras como lo que son, chanchullos en los que algunos se enriquecen y el fin de la quietud, la armonía, el verde, la posibilidad de lluvia. Y aquí estaba G., milagrosamente, esperándome para hablar un rato y enseñarme las fotos de Lisboa.
En Polis, sobre memoria histórica... Y Si alguien quiere leer mi reseña en La Vanguardia Cultura/s, la he colgado en mi blog de artículos.

sábado, 30 de agosto de 2008

Acabar lo inacabable

Foto: I.N. Atardecer en el bosque de Sa Talaia de Sant Josep, Eivissa, 2008
Estos días he abandonado un poco el blog porque tenía que terminar y entregar mi libro balcánico. Creo que era Bonnard quien fue sorprendido por el guardián de un museo retocando un amarillo que no le convencía, con el pincel en el bolsillo de la gabardina. Y según me cuenta mi vecino, Balzac acababa sus novelas en la imprenta, para desesperación de los impresores. (me recuerda aquello de Valéry: un poème n'est jamais achevé... mais abandonné). Yo tengo esa misma tendencia, pero sé que hay que cortar en algún momento, abandonar...
Sé que mi editor me dará trabajo (sólo ver la cronología ya encontró sugerencias que hacerme), y tal vez habrá momentos en que eso me pese (saturninamente), pero la sensación de que haya alguien al otro lado, alguien inteligente y minucioso cuidando la edición me tranquiliza. Esa actitud favorecerá necesariamente al libro, un libro que no es fácil, porque las historias que lo llenan están llenas de matices, de voces distintas, paradojas y encuentros cruzados, porque la guerra de los Balcanes no es simple, porque el tema es un campo minado, porque cualquier olvido puede resultar tendencioso. Aunque mi libro no sea un ensayo sistemático y exhaustivo, ni obligadamente riguroso como el trabajo de un historiador, sino algo mucho más libre e inclasificable. Se trata (por si alguien no lo sabe) de mis itinerarios y andanzas por los Balcanes, mis comentarios de crítica literaria de los autores entrevistados y las entrevistas donde ellos contestan a mis preguntas. También ayer hablábamos -la Belle Elaine y yo- del posible montaje del material visual que he reunido, ¡17 cintas de vídeo! Un trabajazo apasionante. Lo cierto es que en este momento de cierre, en que he añadido algunas precisiones al libro y he encontrado algunas citas para encabezar algunos capítulos, me siento tan feliz que tal vez debería poner el disco balcánico que me regaló la poeta Tatjana Gromača (por cierto, hay unos poemas suyos traducidos al catalán por Simona Skrabek en Cafè Central y valen la pena, Què passa res? es el título) y bailar por la casa.
He leído más cuentos de Somerset Maugham, he acabado This is Serbia Calling de Matthew Collin (una interesante historia de una radio alternativa belgradense bajo Milošević que me mandó el editor de mi libro balcánico), he leído más poemas de Lavorare stanca de Pavese (me gusta mucho, casi más sus momentos más negros y melancólicos, y he repescado unos versos para citarlos), he empezado Mujeres de Mihail Sebastian, que J. me recomendó con entusiasmo, y no le habría hecho caso, porque no entendí sus argumentos, pero yo había leído parte de los interesantísimos Diarios de ese autor, que me regaló mi amigo serbio en mi pasado cumpleaños, y sabía que Sebastian no podía defraudarme. Me gustan mucho las primeras páginas, que me recuerdan a Stefan Zweig y Thomas Mann en la atmósfera de la época. Tengo muchas otras tentaciones de lecturas. Y deseos de ir al cine con más suerte que ayer (sólo la compañía de la Belle Elaine me compensó, y una conversación sobre la posible traducción-colaboración de un libro sobre nuestro posiblemente común antepasado, un conquistador que se negó a participar de la brutalidad y se integró en la comunidad india y aprendió de ellos misteriosos poderes curativos, etc, y de su inminente periplo mexicano). Y quisiera estirar las horas para poder integrar lecturas, cine y conversaciones (y bailar por la casa) en una ociosidad que no excluya la escritura...
Porque ahora mis cuentos me reclaman. Pequeñas correcciones de unos y al fin pruebas y valor para zambullirme en esos posibles gérmenes... tras mis días de quehacer balcánico. Tengo ya unos cuantos y empiezo a pregntarme a quién proponérselos. Es una lástima que los dos editores que he encontrado, el de La plaza del azufaifo y el editor de mi libro balcánico no se dediquen también a la ficción contemporánea. Es importante no sólo encontrar editor, sino sentirse comprendida y bien acogida. En el fondo, es mi vieja obsesión de la hospitalidad. Y además, yo siempre escribo lo que no hay que escribir y el 99% de editores españoles detestan los cuentos y no quieren ni leerlos. Pero yo empiezo a estar contenta de los míos...
Todo esto es lo que me consuela de la desesperación de las talas salvajes de árboles, las obras, el polvo y el ruido que han convertido mi barrio en una cantera de fealdad y que amenazan con destruir aún más. Me consuela también de la situación espantosa del mundo. Y mientras leo distintos y siniestros escenarios que me manda mi amiga americana sobre las elecciones de allí (deberían dejarnos vetar a los candidatos, ya que nos gobiernan a todos: si yo pudiera, vetaría a McCain y a su horrible compañera de lista), sigo soñando que un día podré huir a una ciudad francesa, aunque sólo sea puro wishful thinking.

miércoles, 2 de abril de 2008

El cielo está enladrillado

Foto: Manolo Laguillo, Viendo pasar el tiempo 2006
Ayer vi (gracias a mi último asesor cinematográfico) De battre, mon coeur s'est arreté, un extraño western inmobiliario-musical, donde el cow boy parisino contemporáneo se debate entre el sucio y violento negocio inmobiliario (apalizan a los inquilinos que no pagan o a los okupas para echarlos y recuperar los pisos) y los conciertos de piano y su profesora china, que no dice una palabra de francés. Tal vez lo mejor sea la expresividad de Romain Duris, un cruce entre el Alain Delon de Le Samuraï de P. Melville y Pierre Clementi en Belle de Jour, que transmite muy bien esa mezcla de rotura y violencia desesperada con una dulzura infantil.
Anoche, bajo la densa capa de polvo de la descalabrada portería de mi casa tenía guardado un regalo, el libro Les Habitués de café de Joris Karl Huysmans, uno de esos magníficos libritos que se publican en Francia, con las páginas sin abrir, en este caso de Séquences. Era un detalle de mi anfitrión anti-ruidos. La introducción me recordó a un antiguo amigo heredado que desayunaba y comía siempre fuera porque, decía "Yo, si no veo un camarero, no metabolizo". Dice el autor de Au rebours que "ciertos brebajes presentan la particularidad de que pierden su sabor, su gusto y su razón de ser cuando se beben en otro lugar que no sean los cafés. En casa de un amigo o en la propia devienen apócrifos, como groseros, casi chocantes..." Y sigue: "Todo hombre -si no es alcohólico- comprende que una absenta, preparada en un comedor, no procura placer a la boca, es inconveniente y vacía." Lo de la absenta tiene gracia. Yo no he vuelto a probar ese brebaje desde los tiempos en que en el bar Marsella conservaban las magníficas cucharillas largas perforadas art déco, tampoco ahora lo soportaría mi higadillo, pero esa bebida sólo podía tomarse allí. Huysmans prosigue hablando de esa clientela "otra" de los cafés constituida por artistas y escritores, que se reconocen y saludan sin hablarse, como una vez me contó uno de los Sales, que desayunaba en el Melitón de Cadaqués cada mañana estival a la misma hora, y cada año volvía a encontrar en esas fechas a una señora francesa que se sentaba en la mesa de al lado. Si no la veía se preocupaba (obsesionado por la muerte como estaba, le preguntaba al camarero), pero en cuanto la veía, la saludaba y volvía a abstraerse, aliviado, pues si ella le hubiera dirigido la palabra, no habría vuelto al Melitón, y sin embargo necesitaba su compañía silenciosa. Creo que este Sales ya no va a Cadaqués, sino que se limita a su adorada (burlonamente) Vallclara, y probablemente la señora tampoco esté ya en el Melitón ni en este mundo.
He vuelto a casa, a pesar de que los ruidos continúan, a ratos terribles, pero de pronto se detienen y ese silencio se convierte en un placer de dioses. Sigo traduciendo y corrigiendo para los japoneses, no sin obstáculos, pero animada por la idea de que mi libro del azufaifo saldrá pronto. De hecho en la web del editor lo anuncian ya. También vuelve a moverse el proyecto de una versión en audio de mi Crucigrama. Unas chicas emprendedoras han montado una editora de audiolibros, Llibres de veu, y van adelante. Es curioso porque en este país apenas existe la audioliteratura (y hay público: por ejemplo, todos aquellos lectores que ya no pueden leer, por edad y problemas de la vista), a diferencia de lo que ocurre en le pays gabache, donde se edita mucha literatura en cd, clásica y contemporánea, con voces de escritores o de actores y cantantes, pero por lo visto, los editores de aquí tardan mucho en contestarles, se niegan a cederles los derechos para dos años siquiera, con el pretexto de que tal vez un día los usen ellos, ¿y por qué no dejarlas que hagan la prueba? En este país, algunos editores son una gente muy particular. Por ejemplo, muchos no quisieron la versión digital de las traducciones hasta mucho después de que empezara (pero nunca compensaron a los traductores del dinero que ganaron con ello, como en otros países, al contrario, les bajaron las tarifas contando los caracteres con Word; en eso no son especiales). Otros compran derechos de libros que nunca publican, evitando así que otros lo hagan, ¿pero con qué beneficio?. No parecen interesados en publicitarse en los blogs, de 370-400 visitantes diarios deben de parecerles poco, mientras siguen anuciándose en revistas literarias con menos lectores. Todo eso a diferencia de los (editores) franceses y de los anglosajones, que hace mucho tiempo que empezaron a explorar y financiar esos sitios.
La mosca que puse aquí ha generado algunos comentarios interesantes. Yo debo confesar que tengo mixed feelings respecto a las moscas. Naturalmente, no me gusta que me toquen, y comprendo siempre a aquel chico que recorrió toda una larguísima playa corriendo perseguido por un tábano. Los tábanos son aún peores y más difíciles de ahuyentar, excepto fumando. Pero me encantan los estampados de moscas, los grabados, y una vez tuve unos pendientes antiguos de plata vieja en forma de mosca que desgraciadamente perdí. Me acuerdo de un septiembre en una casa hermosa, casi palaciega de Mallorca, entre Deià y Soller, y del porche y la luz magnífica de las tardes donde nos mecíamos, hablábamos y agitábamos paletas antimoscas entre risas y sans résultats. Allí conocí a Esther, si mal no recuerdo. También me producía una melancolía inexplicable aquella cancioncilla que cantaba G de pequeño en el colegio: "Una mosca volava per la llum i la llum es va apagar. La pobra mosca es va quedar a les fosques sense poder volar". La expresión "la pobra mosca" nos daba a él y a mí mucha pena. Como G estaba acostumbrado a hablar con todos los bichos, objetos animados e inanimados que nos rodeaban, y yo a ponerles voz, cualquier cosa era posible.
Acaba de llegar mi manuscrito de La plaza del azufaifo para corregir cambios. Lo ha traído un mensajero con rasgos de esquimal, un castellano impecable y un esparadrapo en la nariz. Ahora me debato entre la traducción y mi urgencia de que ese libro llegue a las librerías. Si ahora tuviera los tres deseos del cuento, o mejor, la lámpara de Aladino, le pediría que durante una semana, los días tuvieran unas horillas más, para acabar a tiempo y holgadamente. Pero tengo tantos deseos que es difícil elegir...
En cuanto a la foto, siempre me sorprende cómo Manolo Laguillo logra detectar y mostrar la belleza aún en el paisaje urbano más dudoso de uralita y melancolía. Tal vez sea como la belleza de las moscas. A mí esa imagen me recuerda también a la historia que conté en mi cuento "Amílcar", sobre una buhardilla cerca de Virrei Amat. Dice Laguillo sobre esa serie suya, Viendo pasar el tiempo: "Se trata de una secuencia, de una serie de fotografías, que dura lo mismo que la pieza del vihuelista en cuestión (Esteban Daza). Son 16 fotos que hice, una tras otra, y sin apenas mover la cámara de sitio, a lo largo de unos minutos en un día de viento, lo que hacía que las nubes se moviesen y que la luz cambiase. En fin, que seguro que te lo imaginas..." Yo, que no sé nada de técnica fotográfica, no me imagino lo que él supone, sino seguramente algo distinto. Pero la imagen me recuerda a lo que veo ahora mismo más allá de la terraza donde la gata duerme y justo debajo del lugar donde los obreros celebran su ritual de cemento y ruido, sin protegerse ni protegernos.

domingo, 30 de marzo de 2008

Ociosidad

Ilustración: John Tenniel, la oruga y Alicia

El fin de semana es una entelequia. Siempre me propongo aprovecharlo y cuando me doy cuenta el tiempo se ha evaporado. Pero qué felicidad ese ritmo ocioso y lento que empieza la tarde de los viernes y se prolonga hasta la noche del domingo. El viernes por la noche hice un poco de vida social. El sábado empecé a leer y a tomar algunas notas para mi conferencia sobre traducción y a medio camino necesitaba unas citas que no tenía, así que me fui a La Central, donde me encontré a una amiga generosa que justamente me había comprado el número de Magazine Littéraire "Les écrivains et la psychanalyse", que pinta muy bien, aunque aún he leído poco, pero el punto de vista no podía interesarme más, sobre todo cuando se habla de autoficción. Debería llevar siempre un ejemplar encima para contestar a todos esos que "no comprenden" lo que escribo y me llaman narcisista o eufemísticamente "muy valiente" e intentan convencerme de mi error o pretenden que les da repelús como si esto fuera un escaparate o una ventana, pero insisten inexplicablemente en leerme. Allí me compré un libro de Octavio Paz sobre traducción. "Pero es una reedición", me dijo Pere Gimferrer, a quien felicité por su conferencia sobre Rimbaud en la Residencia de Estudiantes, le dije que había hablado del librito en este blog y me respondió extrañado que no era una novedad, sino un librito publicado hace años... Estos editores creen que sólo puede hablarse de novedades, pero por suerte, en un blog no estamos sometidos a esa esclavitud del mercado y podemos hablar de libros de cualquier tiempo, aunque hayan desaparecido. Uno siempre puede encontrarlos en iberlibro, en una librería de Cacadelos, León u otra canadiense. Justamente en la puerta de La Central me encontré a un amigo escritor que hablaba con una planetaria. Él le decía que tal vez hubieran destruido los ejemplares de una novela suya publicada hace años en Planeta. "No, le dijo ella, antes recibirás una carta que dice: 'Vamos a destruir las copias de su libro X. Le mandamos 200 ejemplares..." A mí me parece siempre desolador que los editores hagan eso. No comprendo por qué no pueden mandar esos ejemplares a bibliotecas, cárceles. colegios, libreros de viejo... Pero por lo visto sigue siendo una práctica habitual. Mientras estaba en la librería me llamó Bertini, que como siempre se disponía a salir para una de sus múltiples fiestas y cenas, esta vez de cumpleaños. Cuando al fin logré llegar a casa, estuve leyendo un capítulo que Alberto Manguel dedica a una traducción de Rilke en su Historia de la lectura. También leí un trozo de Octavio Paz, otro de Maurice Blanchot, picoteando citas para la misma conferencia.. Más tarde había quedado para ver Jefferson in Paris y Le Divorce, porque mi reproductor de DVD está obsoleto, y se niega a ver películas con formatos raros, pero enseguida le pondré remedio (esos aparatos son muy baratos. Lo que no entiendo es por qué los equipos de música valen tanto en este país y tan poco en USA, una diferencia de 1.000 a 100 euros. ¿Cómo es posible?). Pero antes de salir me llamó un amigo madrileño y artista, que vive en el campo y dice que está agotado de vivir en la encrucijada constante desde hace meses y quería que le echara las cartas. Como salió el tema de mi vida amorosa, le anuncié que estaba pensando en ingresar en las Clarisas de Pedralbes y me preguntó con gran interés si creía que el convento era mixto, en cuyo caso quería que le reservase una plaza. Dijo que si teníamos alguna urgencia de revolcón siempre habría un sacristán, aunque yo pensaba más bien en un jardinero, siguiendo la tradición de lady Chatterley, pero él es mucho más perverso. Yo me imaginaba escribiendo en una bonita celda, como la monja iluminadora Ende, pero él conocía una monja actual, llamada Isabel Guerra, que pinta sin rubor una especie de feos Murillos y así incrementa la liquidez del convento. Las cartas de mi amigo salieron brillantes, Jefferson in Paris me gustó (el artilugio que usaba TJ para escribir con copia! Ivory no deja escapar nunca esos detalles), y también me gustó Le Divorce, dos películas de apariencia clásica o incluso convencional, pero donde todo está contado con una finesse d'esprit y una sutileza sorprendentes, y donde se muestra a los personajes con toda su complejidad y contradicciones como quien no quiere la cosa. La primera era una película histórica, se trataba obviamente de Thomas Jefferson, y la ironía comparativa entre lo americano y lo francés me hizo pensar en una película extraña y poética de Sokurov sobre la caída de Japón y la soledad del emperador y la entrada de los americanos, donde por un lado mostraba el refinamiento rancio y sofisticado y a la vez casi infantil de la vida del emperador, aislado del mundo entre sus servidores, y por otra la brutalidad zafia de los americanos, pero también su sentimiento democrático frente a la decadencia imperial, etc., todo en una atmósfera en penumbra, entre lo claustrofóbico, lo preciosista y una distorsión brutal de las costumbres. Naturalmente, el estilo de Ivory es completamente distinto de Sokurov, pero su Jefferson mantiene esa misma dualidad, hecha de preguntas y dudas y matices: los americanos y su democracia, los americanos y la esclavitud, el clasismo de la Francia prerrevolucionaria, el hambre, y también la repulsión francesa hacia la esclavitud y el racismo. Todo eso en una trama donde las amistades amorosas, las afinidades y la música están siempre en primer plano. Hoy he ido a comer a una tranquila casa en la calle Gomis y al volver he decidido serpentear subiendo y bajando las colinas del Putxet. A pesar de la desolación que me produce ver los horrores construidos, la proliferación de grúas y de feos edificios ganando siempre terreno a las bonitas torres y los jardines, era una tarde tan luminosa que parecía que todo estuviera por venir... Tarde, he leído un artículo genial de Vila-Matas hablando de una especie de fantasma de la ópera catalán y expresando su nostalgia de la invisibilidad. Y lo dejo aquí, de nuevo con extrañas prisas, siempre como el conejo blanco de Alicia.

viernes, 29 de febrero de 2008

El retorno del lampista y del sol

Foto: I.N., Autorretrato con nocturnidad, 2007
Ayer, de pronto, se estropeó un enchufe vital (el de la kettle que me regaló JC, el tostador y la máquina del pan), de modo que se ha alterado mi desayuno, la razón por la que me levanto por las mañanas, he tenido modificar el ritual preciso de todos los días. Para rematar, al tirar de la cadena del váter (¿Cómo se decía en inglés tirar de la cadena? me preguntó alguien por sms, e imaginé vagamente una escena con un amante anglosajón descuidado, que olvidaba hacer lo propio, y añadí una broma a la respuesta. To flush the toilet. Flush es otra de esas onomatopeyas convertidas en verbo o sustantivo que tanto usan los ingleses y que sin duda ayudan a los poetas. En realidad, lo preguntaba para su hijo, que hacía sus deberes de inglés), empezaron a sonar las trompetas de Jericó. O algo muy similar. Llamé al lampista y me ofrecieron una hora intempestiva, las 8:30 am de hoy, lo que me obligaba a alterar también mis ejercicios matinales y ducharme antes. G. simplemente se ha quedado durmiendo: hoy no le toca madrugar.
Apenas he salido de la ducha, a las 8:01, ha sonado el timbre y he tenido que vestirme a toda prisa.
"Me dijo a las 8.30", le digo al abrirle, pero él, que no ha leído la definición de impuntualidad de Monzó, según la cual los que llegan antes son también desconsideradamente impuntuales, no cree que deba disculparse, sino que parece tan contento: "Pues he venido antes", dice, exultante y victorioso y con un leve acento gallego. "Ya sabía yo que sería aquí..." Entonces le recuerdo vagamente, aunque no es el hombre del tupé, su compañero con aire de rockero antiguo, el que una vez me preguntó si quería consultar con mi marido el cambio de una tubería. "No hay nada que consultar: Mi marido se fue", le dije, conteniendo la risa, y el hombre me miró un momento, perplejo.
Este lampista necesita feedback constante, pero sólo la gata está interesada y ella no habla. "El depósito pierde agua", anuncia. "Bueno, le digo yo: "¿y qué hay que hacer?". "Cambiar el mecanismo." Hace una pausa cada vez, esperando mi reacción. No comprende que yo pretenda seguir con mis quehaceres matinales. Me habla desde el lavabo, y eso que le he advertido: "Si quiere algo, me llama". Ha bajado tres veces a la calle a buscar un enchufe, un mecanismo nuevo para el váter, qué sé yo. ¿Por qué no trae nada de lo que necesita? Llama y llama a la puerta, empeñado en que le haga caso. Al fin, recuerdo el consejo de un viejo amigo: "A los hombres tenéis que decirnos las cosas muy claras", y aunque mi amigo se refería a un contexto completamente distinto, decido aplicarlo aquí: "Oiga, yo no puedo oírle desde mi mesa, así que cuando quiera algo, avíseme, pero no puedo quedarme aquí escuchándole". Parece que se resigna, pero aburrido, vuelve a la calle y a llamar. Obligo a la gata a retirarse a la terraza, ya llena de sol. "Vés a jugar amb les mosques", le digo (es una gata catalana, del Maresme. Como le intrigan mucho lampistas y operarios, se va de mala gana, aunque ya hay unas cuantas mosquitas precoces que vuelan describiendo círculos en el aire luminoso). "Em pots ajustar la porta?", me pide G. desde la cama. G no cierra las puertas, sino que las ajusta. No abre las persianas nunca hasta arriba, sino que las deja a mitad, para mi exasperación. En ese momento llega J y cuando le digo que está el lampista, entra, le saluda y sigue hasta la sala. "Así verá al hombre de la casa", dice, riéndose. Eso habría afectado al viejo rockero-lampista del tupé, pero el lampista gallego no se altera. J se asoma a mi dormitorio. "La habitación del pecado", bromea. Luego llama desde abajo para decirme que mi peor vecina se va. J siempre lo ve todo: en otra vida debió de ser un detective americano (tal vez el personaje que apuntaba en su libreta en la novela de JPA). Ha visto sus objetos desfilando para una mudanza. Libros de sociología del marido profesor, que sí me saludaba. La marcha de la única vecina que no me saludaba, me miraba con furia y ponía la tv altísima por la noche es una magnífica noticia para empezar el día. Además, J me ha traído los periódicos. Por fin, el lampista gallego acaba su trabajo. Al parecer, el enchufe se ha arreglado mágicamente nada más verlo, lo cual refuerza su aire victorioso. Hasta los enchufes reclaman a veces simple atención. Lo ha desmontado y examinado, pero estaba bien. (Para su sorpresa, había otro enchufe que de verdad se había quemado ¿Habría concluido que yo lo imaginaba todo? Lo arregla sin comprender). Ahora todo funciona y de paso, el nuevo mecanismo del váter es más sostenible y permite ahorrar agua. G sigue durmiendo y yo tengo que traducir. Esta noche cenaré pescado en casa de un editor afín, y su partner traductora (de Silvia Plath por ejemplo; CHM la llama "reina de la traducció"), que me han propuesto conferenciar en abril. Allí veré a unos amigos poetas que siempre están de bolos por ses illes, ses terres de l'Ebre, Aielo de Malferit o ciudades alemanas e italianas. El librero de la calle Berlinès me propuso también participar en las actividades de la Comissió de l'Any Freud, y tenía que elegir psicoanalista para un dueto conferenciante, escritor y psi. Se lo propuse a una de mis favoritas y ayer fijamos el tema, justamente el tema que nos unió y por el que nos conocimos, la memoria histórica. Así que las cosas avanzan, aunque yo quisiera haber acabado mis traducciones más imperiosas y estar escribiendo lo pendiente. Mi brazo aún no se ha quejado hoy, tal vez gracias al buen hacer de mi profesor de yoga o a mi agradable nocturnidad de ayer. O tal vez sólo espera a que me adentre en la traducción para empezar a fastidiar.
Por iniciativa del abogado Borja Querol, hemos vuelto a pedir audiencia a Urbanismo para saber del pobre azufaifo. Según nuestros expertos, necesita una poda terapéutica casi con urgencia y la basura se acumula en el solar, para alegría de los responsables del distrito, misteriosamente contrarios a nuestra causa. De las ratas no hemos sabido más, tal vez han pasado a la clandestinidad, tras la incursión de los arrogantes cow boys de alcantarillado, o han emigrado al templo de Karni Mata.

domingo, 25 de noviembre de 2007

De la escena originaria y el deseo de escritura

Foto: Guillermo Aguirre, Nou llit de la Gilda, 2007

Espero que me perdonarán que tome dos expresiones robadas para utilizarlas a mi aire, desvirtuándolas, como hacen siempre los periodistas (a los que no hay que hacer mucho caso, según dice un artículo de Las Nubes).
A mí me gusta recordar la falsa escena originaria , acto primero de este espacio. La tarde en que mi ya londinense amiga Esther se empeñó en que yo hiciera un blog y yo me estuve resistiendo y forcejeando con el servidor y repitiendo: "¡No puedo!" y "Es imposible", dos frases habituales de mi padre (Cuando murió, alguien me pasó una carpeta de prensa con todas sus entrevistas y no pude evitar reírme al ver que en varias de ellas salía al menos la más impersonal de las dos. "'Es imposible', dijo Núñez..." Aún me pregunto si esa imposibilidad reiterada que siempre le escuché a mi padre estará asociada a mi atracción por las historias imposibles, en muchos ámbitos, y por los resquicios de sorpresa positiva y generosa que implican. Cuando algo es imposible de entrada, y empieza con un no, hay una corriente libre que domina y todo lo que se genere será un regalo inesperado...). Pese a mi rechazo, acabé consiguiéndolo técnicamente, pero todo el tiempo, durante los primeros meses amenazaba a la pobre Esther con abandonar, y aunque ella no ganaba ni perdía nada, simplemente le entristecía que no lo intentase porque estaba convencida de que yo debía tener un blog, y me hablaba todo el tiempo del blog de un escritor inglés gay y transgresor, que contestaba los comentarios, y cuando yo le decía que nadie leería el mío, me recomendaba que tuviese paciencia... (una virtud que yo nunca he tenido). Y de vez en cuando ella mariposea por aquí y me dice: ¿te acuerdas?
Hice el blog para apoyar a mi pobre libro, que nunca tuvo distribución de verdad y quedó limitado a unas cuantas librerías de esta ciudad, y aunque mis amigos madrileños, isleños y de algunos otros lugares del país lograron hacérselo llegar, la presencia era muy limitada. Así que al principio, éste era un blog de opiniones y artículos de prensa ajenos, y sólo la selección de las imágenes era mía. También lo hice para recomponerme en google, ya que la nueva Vanguardia digital había borrado todos nuestros artículos de la red y de pronto era como si nunca hubiera escrito nada, como si no existiese.
Y luego, poco a poco, guiada sin saberlo por el sueño escrito en El cec de l'Odissea, el bloqueig i un somni d'editors, fui descubriendo este extraño género libre, donde puedo hacer lo que quiero, con la sensación de un titiritero o de saltar de pequeña en una cama elástica, una especie de casa virtual y al mismo tiempo una revisitación de las postales que tanto me gustaba mandar y recibir hace años, en la época del correo terrestre.
En realidad, yo tardé mucho en saber algo de mis lectores. Pensaba que los únicos visitantes eran aquellos que dejaban comentarios, es decir, un puñado de bloggers otros que de esa forma me invitaban a ir a sus blogs/casas. Pero empezaba a encontrarme gente, conocida y desconocida, que decía leer mi blog. Una vez me presentaron a una poeta que me preguntó qué tal tenía el diente. Yo no entendía nada, pero ella había leído que en mi viaje de vuelta de Pristina se me había roto uno en el avión. Luego me llegaban emails: "Bel, he leído que tienes gripe. ¿Quieres que te traiga algo?" Hasta que un día puse el contador y me di cuenta de que entraba una media de 200 a 250 diarios y sentí una ráfaga de felicidad. Tal vez, de esos 250 de entonces (hace tiempo que no compruebo), algunos sólo mirasen las fotos o leyesen las negritas, como si fueran artículos de gossip. Tal vez algunos entrasen por error. Tal vez yo misma entrase en el cómputo. Pero aún eliminando todos esos, a mí me parecía mucha gente leyéndome y la idea me producía un efecto balsámico y excitante al mismo tiempo. Un poco como la radio, donde uno habla en la invisibilidad, imaginando, sin saber quién le escucha (no como la televisión, tan extrañamente obvia). Aún ahora, cada vez que descubro que cuento con otro lector inteligente, vuelve la ráfaga. Y en alguna ocasión, hasta me ha parecido que algunos personajes que me leían se guardaban mucho de decírmelo.
Lo cierto es que yo había propuesto una columna en La Vanguardia sobre la ciudad, que nunca fue aceptada. Incluso me había dibujado a mí misma sentada en lo alto de una columna dórica, o mejor corintia. Quería escribir escenas de mis trayectos, hablar de los vendedores que no querían vender, de la antigua cárcel, de los cementerios, de los transeúntes ruidosos, de tantas conversaciones oídas y escenas observadas en la calle, que siempre generan pensamiento especulativo. Quería hablar de lo que me apeteciera. Y este blog ha sido una manera. Naturalmente, tiene algunos inconvenientes que, como en el catecismo, se encierran en dos: no ser remunerado (¡eso me hace sentir culpable porque pierdo el tiempo!) y recibir visitas indeseadas.
Además, yo sólo escribo este blog para burlarme de mi bloqueo, de mi terror a la escritura, que no sabe convivir con mi deseo desaforado de escribir. Los relatos y las historias se apretujan en mi cabeza y pugnan por salir, pero cuando intento abordarlos, algunos desaparecen, se evaporan o rebelan insidiosamente, o bien me plantean nuevos problemas y una marea interna me lleva a abandonarlos con cualquier pretexto. Por eso, esta casa virtual donde escribir y ser leída me consuela mientras tanto. Y a veces pienso que, cuando pase la marabunta de estos días, en que no tengo tiempo ni de respirar, haré una selección de estas entradas y empezaré a proponérselas a algunos editores. Y si me lo publican, tal vez considere que ha llegado la hora de cerrarlo.
En cuanto a la foto, G le compró a Gilda por Internet una nueva cama muy confortable para su vida en el interior (en la terraza tiene dos más resistentes) y la gata, tras un misterioso proceso de inspección y gestos rituales, la ha adoptado felizmente. Cambia de postura con fruición. Duerme aún más profundamente, y cumple la que según una amiga inglesa es la función primordial de los gatos: dormir e irradiar vibraciones armoniosas y de relax a su entorno.