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viernes, 15 de octubre de 2010

Sábado 16: Encuentros de psicoanálisis, arte y ciencia

Psicoanàlisi, ciències i art “Psicoanàlisi, ciències i arts: confluències vers la complexitat del subjecte” Barcelona, dissabte 16 d’octubre de 2010 10 – 14 h. Auditori Casa del Mar c/Albareda 1-13 Programa 10:00 h. Recepció 10:30 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i ciències: confluències vers la complexitat del subjecte” • Maria Teresa Anguera, catedràtica de metodologia de les ciències del comportament, Facultat de Psicologia, UB. Vicerectora de la UB. • Gabriel Capellà, metge, director del Laboratori d’Investigació Transnacional, director del Programa de Càncer Hereditari i director Científic de l’IDIBELL (Institut d’investigació biomèdica de Bellvitge) • Josep Moya, psiquiatre, psicoanalista, coordinador de l'OSAMCAT (Observatori de Salut Mental de Catalunya) Modera: Carme Grifoll. Psicòloga clínica i psicoanalista, Directora de Fundació Nou Barris S.M. 12:15 h. Taula rodona “Psicoanàlisi i arts: confluències vers la complexitat del subjecte”
• Assumpta Mateu, pintora. Ha exposat en prestigioses exposicions internacionals. Ha efectuat, entre moltes altres obres,“Arbre: interrelació cultural” per a la commemoració dels 50 anys dels Amics de la UNESCO. • Isabel Núñez, escriptora, traductora y crítica literària. Autora, entre d’altres, de: Crucigrama, La plaza del azufaifo, Algunos hombres... y otras mujeres, i Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes • Joaquín Oristrell, director i guionista cinematogràfic. Autor, entre d’altres, de la pel•lícula “Inconscientes” • Teresa Morandi, Psicoanalista. Psicòloga Clínica. Supervisora i Docent Institucional. Membre del Patronat de la Fundació Congrés Català de Salut Mental. Modera: Lluís Farré, psicòleg clínic i psicoanalista. Ex-cap Servei Psicologia Fundació Puigvert. Responsable formació Servei Psicologia de la Fundació Puigvert 13:45 h. Cloenda Aforament limitat Reserva de plaça per e-mail: psicoanalisissigloXXI@gmail.com

martes, 23 de septiembre de 2008

Esta mañana


Foto: Jose Aguirre, G. (en el centro) haciendo escalada en Lisboa, 2008.

Me he despertado con una percepción completamente distinta de la misma realidad. Lo que ocurrió ayer parece otra cosa visto desde hoy. No una cosa, sino todo ha adquirido otro sentido. ¿Significa eso que necesito tiempo y lentitud para valorar lo que ocurre? ¿O bien significa que la grisaille del cielo, el cambio de temperatura, los misteriosos humores hormonales o el precio de ciertos excesos están distorsionando mi visión de lo real? ¿Existe lo real? Por otra parte, no sólo lo ocurrido ayer ha cambiado de color o de significado, sino también lo que ocurrió hace unos días. En general, todo parece más sombrío y complejo con esta luz. Tampoco Peter Hobbs, con sus personajes siempre al borde de la psicosis, parecía una alternativa, pero confieso que me encanta trabajar leyendo y que es justo lo que apetece hoy.
Por cierto, el otro día tuve que hacer por primera vez una reseña sin haber logrado que el editor me mandase el libro. Algún responsable de prensa de esa editorial me llamó diciéndome que le constaba que el libro debía estar ya en mi casa. Pero no era así. Concluyó que me mandarían un ejemplar desde Barcelona (al parecer, lo habían mandado desde Madrid). Seguramente, nada más colgar el teléfono olvidan sus promesas, los libros que deberían mandar y mi dirección. O tal vez utilizan tortugas mensajeras. O bien hay un agujero negro en el camino que devora los libros. Quién sabe. El caso es que yo he sido clemente citando la editorial, he leído el libro en francés, y no he podido valorar la traducción castellana. Pero me sorprende. ¿Se trata de la misma tendencia de los vendedores que no quieren vender? Una vez escribí una pieza sobre ellos. De una ferretería en Castellterçol a la que yo iba una y otra vez, de un hombre que se negaba obstinadamente a vender nada. Yo le pedía, por ejemplo, una sartén. El hombre me decía que no tenía. Yo le señalaba entonces una que veía allí colgada. Él objetaba que aquella estaba rota y no podía vendérmela. La escena se repetía siempre con cualquier pieza. Luego supe que el hombre no quería jubilarse e intentaba retrasar el momento negándose a liquidar sus existencias. Pero Carles Hac Mor me contó de un charcutero de pueblo al que le pedía, por ejemplo, una botifarra negra. "No n'hi ha", decía el charcutero. "Però si la veig aquí...", insistía el poeta. "Ara em faràs aixecar?..." concluía el vendedor, exasperado. Y ayer uno de los editores de mi libro balcánico me aseguró que en Mallorca ocurre algo parecido, pero no es por desidia, ni por jubilación, sino por unas razones otras... que intentaré comprobar este fin de semana en la isla.
Llegué tarde al homenaje a Alexandre Cirici en La Pedrera. No me dejaban entrar, aunque insistí en que soy de la familia: al fin y al cabo, mis sobrinos llevan ese apellido y para mí, Cirici fue una figura especial, que yo admiraba. Pero una empleada de la institución muy preocupada por la seguridad (la sala podía caer o incendiarse, nos dijo a las atónitas seis personas que esperábamos fuera) nos lo impedía. Era difícil entender que 6 personas más pudiéramos ponerlo todo en peligro. Al fin me dejaron pasar, cuando acababa. Alguien que sólo parecía hablar de sí mismo, y erráticamente, nombrando sólo el apellido Cirici, acabó su parlamento aludiendo a una obra de Carlos Pazos que Cirici había sido el primero en comprender y valorar. Miré por los ventanales que dan al Passeig de Gràcia, los plátanos aún en pie. Recordé una escena en la puerta de la Galería Ciento en que Cirici consolaba a un Pazos desanimado por las críticas adversas: "Deberías estar contento", le dijo. "Si esos te apoyaran, ¡significaría que vas por mal camino! Sus críticas demuestran que no te has equivocado..." En ese momento vi, detrás de los oradores, la foto inmensa de un Alexandre Cirici que miraba hacia mí, me miraba como muchos años antes, en una comida sentado frente a mí, y yo, muy joven y tímida, me preguntaba inquieta qué estaría pensando, por qué me miraría así. Pensé en aquel Cirici que, cuando le enseñaban una pieza, enseguida la asociaba a unas figurillas chinas de la dinastía fu o a cualquier momento de la historia del arte, y le daba otro contexto y otros sentidos. Y también en aquel día, tras su funeral, en su casa, en que personajes como Josep Benet (él sí le habría presentado bien) o Francesc Vicens (ayer le vi entre el público) o tantos otros y otras contaban anécdotas y recuerdos y aquel montón de historias entre el humor, la ironía y quizá alguna lágrima privada le iban recomponiendo en una auténtica celebración. Así imaginaba yo lo de ayer...
Me contaron que todos los oradores excepto uno (Raimon Obiols, que sí habló de Cirici) habían hablado sólo de sí mismos. ¡Me remito a lo que me contaron! Mi hermana señaló que ella ya se está acostumbrando. Dice que en los tribunales de tesis, nadie parece haberse leído la tesis y hablan sólo de sus propias investigaciones. D. Cirici me dijo que había esperado que Pujol contara de unas discusiones perennes que él mismo había presenciado, a sus 7 años, tantas veces, volviendo de Queralbs a Barcelona, entre su padre y Pujol (cuando Cirici no tenía coche y Pujol sí). D. era pequeño, pero recordaba algunas frases que se repetían: "Ara és moment de construir, no de fer batalla", decía Pujol. Y Cirici se oponía: era la dictadura y había que batallar. También discutían de iglesia y laicidad. Pero Pujol no recordaba o no quiso recordar. Eso sí, me dijo DC que la biografía es espléndida, que aparece Cirici tal como era, un gran intuitivo, que improvisaba e inventaba cuando no sabía, pero daba en el clavo. Fuimos a tomar algo y hablamos no sólo del Pam a Pam, sino de aquel Cirici que anotaba en su cuaderno las combinaciones de colores que llevaban los gitanos, porque le atraían. Que diseñó los gegants i capgrossos, del publicitario de "Es Búuuufalo", que hacía las ilustraciones del diccionario de latín y se dibujaba a sí mismo en el triclinium. O dibujaba edificios que encontraba (una vez se puso a copiar lo que resultó ser un cuartel o una sede de espionaje militar. Le tomaron por espía y lo encerraron en el calabozo. Veía los pies de la gente que pasaba por la calle y al fin reconoció a alguien y le pidió ayuda...). O cuando, en el frente, haciendo de topógrafo, añoraba a Carme, su mujer e imaginaba conversaciones con ella, imitando su voz que le decía "Sandre, Sandre"... Por cierto, también vi a Carme, que se acordaba de todo como siempre. Dijo una amiga de la familia que parece como si las montañas la reforzaran; cuando vuelve de allí está siempre mejor.
Un poco más tarde tenía yo una cena en Ciutat Vella con dos amigos croatas, un agente literario amigo, una crítica literaria del Babelia que no se presentó (tal vez porque había despedazado la primera novela del escritor croata y prefería no encararse con él; mientras que a él le hacía gracia el encuentro) y una editora. En un restaurante que siempre echo de menos (aunque ahora no dejan fumar. "¡Pide la lasagna de butifarra negra!", me dijeron varios, olvidando que yo no como esas cosas. Pero mi rape estaba delicioso). En el trascurso de la cena, Marijana, hinduísta casada con el autor croata, me dijo algo triste y revelador, que me habría gustado incluir en mi libro balcánico. Pero ya está cerrado, así que lo contaré tal vez en la presentación o en alguna conferencia o exposée.
Dejé a mis amigos buscando un bar y llegué a casa agotada (no estoy acostumbrada a pasar el día por ahí, y lo que para otros es el pan de cada día, para mí es un esfuerzo que me deja resaca), tras un trayecto con un taxista extrañamente afín, que se preguntaba quién nos gobierna y comentaba las obras de infraestructuras como lo que son, chanchullos en los que algunos se enriquecen y el fin de la quietud, la armonía, el verde, la posibilidad de lluvia. Y aquí estaba G., milagrosamente, esperándome para hablar un rato y enseñarme las fotos de Lisboa.
En Polis, sobre memoria histórica... Y Si alguien quiere leer mi reseña en La Vanguardia Cultura/s, la he colgado en mi blog de artículos.