sábado, noviembre 21, 2009

Lectores sabatinos


Foto: I.N. Árboles y farolas en la Place des Vosges, París, 2009
Antes que nada, guarden una fecha en sus agendas aquellos que sientan alguna atracción o interés por mis cuentos: viernes 11 de diciembre en La Central de la calle Mallorca. Sé que el viernes es un mal día para quienes huyen al campo, pero la Navidad se nos echa encima y yo no quiero esperar más. Lo anunciaré mejor cuando sepa más, cuando tengamos invitación.
Y mientras empiezo a recibir noticias de algunos lectores de excepción, que ya han leído mis cuentos y para mí, impaciente de esa circulación y ese feedback que nos permite seguir escribiendo y adentrarnos en otros proyectos, es una felicidad. Todo aún saliendo de mi constipado, de la resaca que me produjo la reunión en la Conselleria Territorial de la Generalitat y la condena de nuestros lledoners, de nuestra hermosa plaza, e inmersa también en la parte de fragilidad interrogativa de las reacciones de unos y otros, con una necesidad de defenderlos en un acto ritual para poder capear lo que venga y alejarme hacia mis otros dos libros.
Uno de esos lectores es además personaje de mis cuentos, pues quise dibujarlo como otros me habían dibujado a mí. En su primera lectura rápida (me anuncia que hará otra, más crítica), me ha mandado un mensaje que empieza con una cita musical:
Maldigo los detergentes,
maldigo la lavadora
que borraron de mi cama
las manchas de tu persona.
(Mártires del compás)

y sigue así (hay alusiones que sólo entenderán los que lo hayan leído, naturalmente, pero se refiere al cuento "Hombres con los que no me he casado", en homenaje a una pieza y poema de Dorothy Parker que yo traduje):
Compré tu libro el jueves en La Central y lo leí de un tirón en tres trayectos de tren. En el último, pasaba por Ocata cuando la nombras en el Iibro, ¡qué coincidencias maravillosas nos depara la Renfe! Por cierto, han cambiado a la locutora de voz sedosa y sugerente. Ahora Ocata es una más, tuvo su momento de gloria, pero parece que alguien habrá decidido que no conviene excitar a la gente cuando va o vuelve del trabajo. Me decepcionó saber que no estábamos casados, y espero no estarlo con otra. Pero, quién sabe, hay tantos libros por ahí que no he leído ni leeré. A lo mejor estoy felizmente casado, y yo sigo aquí frente al mar "solo, desamparado, ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa". En fin, que dejé a mi novia y mi apartamento de Barcelona, y mi salón de lectura principal vuelve a ser el tren y las estaciones.
Ha sido un placer extraordinario leer tus cuentos -¿cuentos?- optimistas, lúdicos y lúcidos, frescos (recién hechos, ligeros, desvergonzados...). La cita inicial de Nabokov, todo escritor es un gran embaucador, creo que le da el tono justo al libro (como la pistola de agua en la primera escena de Charada). Las propias palabras de Nabokov son un gran engaño, no podía ser de otra manera. En el fondo qué más da que un libro sea ficción o realidad, es literatura. Desde luego, al final, un libro se acaba convirtiendo en algo real, un objeto, que acabará formando parte de nuestra vida, de nuestra experiencia, de nuestro cuerpo como una loncha de buen jabugo. Bueno, me pierdo. Me ha gustado volver a la época que describes, reconocerla y reconocer a algunos de su personajes, y mirarla de nuevo con tus ojos y tu sensibilidad, y tu ironía. Incluso creo que me he reconocido, en la realidad y en la ficción. Y me emocionó cerrar el libro, con el regusto que deja en la boca el útimo trago de un buen vino.
En realidad, sólo quería felicitarte por la publicación del libro, al que le deseo un gran éxito.
Un beso.
JC
A mí su comentario me ha alegrado la mañana, tanto como ayer me alegró saber que Carles Hac Mor presentará mis cuentos junto con (si ambos se aceptan en mutua compañía, que está por confirmar) Álvaro de la Rica, que me lo ha ofrecido hoy, y que tenemos un espacio el viernes 11 en La Central de la calle Mallorca.
Y es que yo sigo alternando mi urgencia de presentar ese libro, con la felicidad de que ya esté ahí y la aprensión por la acogida y las reacciones. Y es que siempre hay reacciones inesperadas, ya lo he dicho aquí, incluso en aquellos a los que creemos homenajear en un dibujo, y no sabemos qué les llegará y qué imaginarán. Ni tampoco sabemos si se confundirán y enfurecerán con nosotros por razones que no podemos ni imaginar... o si comprenderá que es sólo una forma de dibujar, y que está hecha con todo el afecto literario.
Yo sigo maravillándome lentamente con los cuadernos de Henry James y los entresijos de su manera de escribir, y a ratos vuelvo al escritor japonés Natsume Soseki, y de vez en cuando a las novelas de amigos y a Cernuda y a Vinyoli, que siempre me reparan. Pero hoy, en mitad de la noche me ha despertado un dolor hondo y agudo, un dolor de alguna muela y sobresaltada, me he sentado en la cama y he pensado: "¿Y ahora qué hago? Porque esto es serio..." Pero luego, con mi remedio homeopático ha desaparecido mágicamente, aunque el lunes tendré que volver a ese lugar que tanto me desagrada y abrir la boca bajo esos focos.
Anoche cené con unos amigos y nos reímos hasta las lágrimas: el tema del malade imaginaire estuvo flotando todo el tiempo en la mesa, no sólo porque uno de los comensales se enfrentaba a una pequeña intervención y eso agitaba sus fantasmas e inquietudes -y por qué no, sus metáforas internas-, y nos hizo partícipes de su rápido proceso de digestión de la idea con su particular humor surreal y excéntrico, sino también porque todos conocemos esos temores y abrigamos en mayor o menor medida el temor no sólo a la muerte sino también a nuestra vulnerabilidad frente a los temibles laboratorios farmacéuticos y a las servidumbres y deshumanización de los hospitales. Y además contábamos con Tigridia, que es médica y conoce bien su oficio, y puede explicarse. Yo recordé que Tigridia me había contado, muchos años atrás, que su profesor de cirugía les solía decir: La carn és com el tomàquet. primer punxar, després tallar. Y a mí esa frase se me quedó grabada intensamente, tanto que cada vez que corto un tomate, pienso en el cuerpo humano y la cirugía. También recordé a un joven médico vasco hipocondríaco cuyo saber se había convertido en su mayor enemigo e imaginaba que le acosaban las más raras enfermedades... Pero hubo otros temas y la cena parecía dominada por el antiguo gas hilarante. Lo cual no impidió esa irrupción del dolor dental en medio de mi metafísica noche...
Continuaré, continuaré...

miércoles, noviembre 18, 2009

Mientras espero

Foto: Sebastián Alcalá, Yo en San Petersburgo, 2004
Mientras espero una respuesta asociada a la presentación de mi libro (que al fin ha llegado a La Central y es de esperar que también a las demás librerías, además del librero de la calle Berlinès, que está también dentro del libro), me ha tocado la suerte de leer para reseñar los Cuadernos de notas de Henry James. Los leo con auténtica fruición; ahora no voy a contar lo que contaré en mi reseña, pero me siento feliz, y mientras preparo para una revista lenta y sólida un artículo más extenso sobre un sugerente escritor japonés, me digo que si pudiera vivir de esa clase de trabajos yo sería feliz. Feliz sólo leyendo y escribiendo, y dando conferencias y clases de vez en cuando, sin más, pasando del sofá al ordenador (y dando largos paseos frondosos y walserianos para desencallar mi escritura, y manteniendo esas necesarias conversaciones con mis interlocutores favoritos), contando a los que quieran leerlo las maravillas de tal o cual libro y lo que yo he encontrado en ellos, y siguiendo mis historias, aunque yo no pueda escribir como Henry James, escritor cerebral, de los que todo lo planifican, como García Márquez, como Iris Murdoch (los míos, los que escriben a ciegas, o siguiendo tan sólo una frase del inconsciente, serían Marguerite Duras, Raymond Carver, Flannery O'Connor, Jeff Noon, Jean Rhys y tantos otros). Aún recuerdo la impresión que tuve cuando, hace muchos años, entré con B. en el estudio un gran escritor latinoamericano que entonces vivía en Barcelona (pero estaba de viaje en Londres) y descubrí sus secretos, su lejanía, su método ajeno a mí, sin que él lo supiera. Yo intenté alguna vez escribir con notas y esquemas, pero me aburría saber tantas cosas de antemano y no me salía nada. Y eso no impide una mezcla de envidia y fascinación por las maneras de mi querido HJ.
No sólo espero esa respuesta, también espero la propia presentación, ese gesto simbólico de poner mi libro en circulación, de dar la cara por él, apoyada por alguien que espero que me diga que sí, para luego poder atender a mi deseo de seguir escribiendo mis otros libros. Y para pasar esa fase difícil y expuesta de las reacciones de algunos, que siguen el abanico contado por Javier Marías en su Negra espalda del tiempo.
Pere Gimferrer me dice que sólo ha podido mirar el libro por encima, recién vuelto de un viaje, pero que por las citas y los agradecimientos se ve "de buena crianza". A mí, que me parece un honor recibir una llamada suya, esa opinión primera me alegró la mañana. La portada también le gustó, dijo que era muy alegre, y es verdad. Yo me felicito de la ironía de los diseñadores de Menoscuarto, que convierten los cuentos en una celebración metafórica y burlona, perfecta para mi ánimo.
En realidad, y según se mire, yo debería estar temblando por mi maltrecha economía, por el panorama difícil de ahí fuera: pero siempre he vivido ajena a las estadísticas, no puedo creer que todo sea absoluto también para mí, que no haya felices excepciones, que no llegue mi tiempo tampoco ahora... Y es que la alegría de mi libro, con toda su aprensión, me impide ponerme en ese escenario. Something good is happenning here, como decía un amigo londinense a quien sigo añorando a veces. This is my letter to the world / That never wrote to me.... Pienso también en la cita de Tsvietáieva, que dijo hace poco Selma Ancira, en su magnífico y luminoso discurso de aceptación del Premio de Traducción Ángel Crespo: "Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"
Y ahora les dejo ya, me espera Henry James, con la gata Gilda: ella querría que yo estuviera siempre en el sofá, leyendo mientras ella ronronea en el respaldo, mostrándome de cerca sus misteriosas rayas de tigresa, ese aire feroz y dulce al mismo tiempo, su mezcla de proximidad y contención, sus ojos transparentes.

domingo, noviembre 15, 2009

He vuelto a caer

Foto: I.N., Gilda en la terraza, primavera 2005
He vuelto a caer por la pendiente de un virus, que G. trajo tal vez al enfriarse los pies con las olas. ¡Yo, que no me constipaba prácticamente nunca! Ayer no pude salir a cenar. Cuando ya estaba en la calle, el peso en el pecho y la congestión me devolvieron a casa. Casi añoraba la fiebre para sumergirme en un sueño más hondo y huir, pero no ha habido fiebre, ni gripe a, sólo un vulgar y ruidoso constipado. Me he pasado todo el fin de semana traduciendo a destajo, un texto que habría querido devolver, porque estaba lleno de terminología de economía financiera y porque era demasiado largo, árido y urgente. Y yo no me encontraba bien y hacía años que no traducía a ese precio ni siquiera para editores, y en esos años, a mi alrededor todos los precios de las cosas necesarias se han triplicado. Pero he acabado, lo he mandado y me he puesto a escribir, más contenta, la reseña de Flores raras y banalísimas, que también he enviado (escribir siempre es otra cosa). Y luego me he leído la novela, el manuscrito (aún no ha buscado editor) vibrante, melancólico y sutil de un amigo que persigue la verdad y la belleza, ese amigo que dice que el mandamiento de los escritores es "Leeros unos a los otros..." Y yo intento seguirlo, tengo un montoncito de libros de amigos que leo cuando puedo y ahora se ha unido Amarillo, de Félix Romeo, que me lo dedicó dibujándose (y yo, que también me dibujo siempre en la firma, me contuve) y que me ha sorprendido nada más empezar. También buscaré otros, un libro que trata de la imposibilidad, otro tema cercano. ¿les he dicho que en el blog de Antón Castro sale una entrevista de mi libro balcánico con Dubravka Ugrešić?
Esta tarde, G. y yo competíamos en un triste concierto de tos, hasta que él, que cree haber mejorado, se ha ido... y ha vuelto. Y ahora me cuesta no mezclar en mi cabeza los retazos melancólicos de las galeras, las tarifas y las dificultades con el malestar físico. He sabido que dos traductores flojuchos han traducido mal a dos autoras excepcionales y me pregunto por qué esos editores no pensaron en mí para eso, y en cambio me ofrecieron mediocridades y se enfadaron cuando no las quise. No importa, me digo, yo seguiré escribiendo y buscaré otras vías. Y me acuerdo del brujo madrileño, que me prohibió traducir y concluyó que tenía que estar agradecida a aquella interlocutora de un museo que poniéndome palos bajo las ruedas acabó por producirme la epicondilitis, y eso me impidió traducir durante un año y medio... hasta que una acupuntora encontró la manera de curarme, horadándome como a Gulliver (eso me recuerda una escena de acupuntura en uno de mis cuentos).
Pero los bacilos invisibles no dejan de trabajar y mi cuerpo forcejea contra ellos. Recuerdo que, cuando G. era un bebé y tenía fiebre, había momentos, cuando se me abrazaba ardiendo, en que sabía que si me abandonaba me contagiaría y notaba el momento en que...
No he podido ir a ver a Selma Ancira y a Elena Frolova en el Llantiol. Me siento como si tuviera un millón de años, como si hubiera pasado mil noches sin sueño, como si... Y tendré que pensar en la presentación de mis cuentos... Pero el artículo de VM sobre Joyce, la lectura de Finnegans Wake y sus oráculos me ha alegrado la mañana, me lo guardé ayer, envilecida como me sentía entre el catarro y el retorno a las galeras.

viernes, noviembre 13, 2009

Sin tiempo

Foto: Plaza San Francisco, Zaragoza
Llegué anoche, tarde, de madrugada, contenta de la hospitalaria acogida en la librería Antígona de Zaragoza, tanto por el carácter y la predisposición entusiasta de los libreros como por el público que vino, no muy numeroso pero sí muy cálido, receptivo y pensante. Me presentó el escritor y crítico Félix Romeo, que había leído el libro con atención, (lo había comentado hacía tiempo en su interesante página del ABC literario, donde por cierto, el sábado pasado descubrí a Karen Dalton) y lo defendió apasionadamente, con su vehemencia y su estilo particular, interrogándose e interrogándonos, y objetó y discutió los puntos de vista de algunos autores entrevistados en ese libro. Me gustó verle entrar en el libro como en una cancha, discutiendo con los autores balcánicos. Yo intenté contestar a sus muchas cuestiones abiertas, aunque olvidé unas cuantas, pero no podía alargarme más... Me faltó contestarle sobre Peter Handke, me faltó hablar de la gente que en contextos de guerra y complicidad colectiva actúa contra corriente, ayudando y arriesgándose... En general, mi impresión fue de un acto muy interesante y vivo, también gracias a la escucha de ese público. Los libreros habían montado un escaparate donde también estaban mi Crucigrama y La plaza del azufaifo. En la librería encontré algunos tesoros y descubrí pequeñas editoriales interesantes que no conocía. Tenían libros que me sorprendieron (todo Foix en catalán, ¿tal vez por los visitantes de "la Franja"?), y podría haberme quedado mucho más tiempo browsing... También vinieron otros libreros muy recomendados y activos, Los portadores de sueños. Conocí al editor patafísico Carlos Grassa Toro y a la psicoanalista Mónica Gorenberg y al joven blogger Daniel Gascón, y otras fuerzas vivas locales. Antes me había entrevistado el crítico y escritor Antón Castro para su programa televisivo Borradores; Castro es otro lector excepcional, también hospitalario; sus preguntas me gustaron y al final pude hablar por primera vez de Algunos hombres... y otras mujeres. El programa saldrá en dos domingos y luego estará en youtube en Aragón TV. (Por cierto que Antón Castro ha incluido mi entrevista a Dubravka Ugrešić en su blog y ha escrito buenas palabras sobre mi libro. Vean aquí.) La metereología también fue favorable, no había cierzo y pudimos disfrutar de ese veranillo en la terraza soleada de la plaza San Francisco...
Por la mañana he podido departir un buen rato con mi editor en La Central, pero al volver a casa, en un momento de prisa y debilidad, por la mezcla de falta de sueño, trancazo y otras razones, he aceptado una traducción urgente y casi imposible para una institución de arte contemporáneo que debo entregar heroicamente el lunes (perdonadme bloggers amigos, os visitaré cuando acabe...). De manera que héme aquí, amarrada al duro banco, traduciendo y esperando que la mecánica de ese trabajo me lleve a otro punto, y aún reforzada por la hospitalidad aragonesa y por los insights de una visita vespertina a mi antigua psicoanalista, que me ha ayudado a ver detrás de las fantasías que rodean el nacimiento de Algunos hombres... y otras mujeres, a hablar de la felicidad y el alivio que me produce que algunos de esos cuentos salgan al aire, algunas frases que necesito decir por las azoteas del mundo, proyectiles metafóricos, y más allá de este libro ya nacido, a desentrañar las telarañas y dolorosos fantasmas que se agitan en la cueva de mi novela en germen. Y mientras, G. sigue buscando olas y mi libro sigue llegando a las librerías.

lunes, noviembre 09, 2009

Presentación balcánica en la librería Antígona de Zaragoza

Ilustración: Mary Stillmann, Antígona, c. 1920
El próximo jueves, 12 de Noviembre, a las 8 de la tarde, presentaremos SI UN ÁRBOL CAE, Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes, escrito por Isabel Núñez y publicado por Editorial Alba.
Para hablarnos del libro contaremos con la presencia de Félix Romeo y la autora.
Os esperamos.
LIBRERÍA ANTÍGONA
Pedro Cerbuna, 25
50009 ZARAGOZA
976 35 30 75

"He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte".
Isabel Núñez recoge esta cita (del escritor Emir Suljagic) en su espléndido libro 'Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes' (Alba), un viaje literario y físico a ese mundo de la ex Yugoslavia arrasado por una de las tragedias más desconcertantes de la última historia europea. Y también una muestra de la desidia de la política continental, siempre presta a retroceder en cuanto se trata de hacer algo en serio. En fin, aquello fue muy triste para los que lo sufrieron y muy vergonzoso para todos los demás.
Dice Slavoj Zizek: "El principal obstáculo para la paz en la antigua Yugoslavia no eran las arcaicas pasiones étnicas, sino la mirada inocente de Europa, fascinada por el espectáculo de esas pasiones".
No, Europa no ayudó. Estados Unidos, sí. Tarde y mal, pero ayudó. Lo que pasa es que luego se puso a cobrarlo y exigió su precio. Después del ataque del 11 de septiembre el gobierno norteamericano pidió a Bosnia y a otros países de la zona que votaran contra la creación del Tribunal Penal Internacional.
En fin, fue una guerra (más bien, guerras) particularmente pérfida y fraticida. Cuenta Marko Vesovic: "Una vez le dije a un periodista, andando por un parque, que si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles. Y eso era exactamente la vida en Sarajevo durante el asedio, eso era el individuo en Sarajevo"... Alejandro Gándara, elmundo.es.
Isabel Núñez es escritora, traductora de Patricia Highsmith, Richard Ford, Dorothy Parker, Andy Warhol y otros autores; crítica literaria (La Vanguardia Cultura/s, Letras Libres, Metrópolis) y profesora del posgrado de Traducción en la UPF. Ha impartido conferencias en la Fundación MAPFRE, el Ateneo Barcelonès, el Institut d'Humanitats del CCCB, Elisava y la UIC. Autora de Crucigrama (Barcelona, h2o, 2006), La plaza del azufaifo (Melusina, 2008, prólogo de Enrique Vila-Matas) y Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (Alba Editorial, 2009) y publicará en breve Algunos hombres... y otras mujeres (Menoscuarto).
Noticias de última hora: empezó la distribución de mi libro ALGUNOS HOMBRES... Y OTRAS MUJERES (Menoscuarto). Ya lo tiene el librero de la calle Berlinès y se encuentra en algunas librerías de Internet...

sábado, noviembre 07, 2009

Yo pensaba

Foto: Árbol seco, Caspar David Friedrich, 1804 (Lápiz sobre papel vitela, mal escaneado por mí)
Que la escritura me llevaría, como el árbol de invierno de Caspar David Friedrich, como la planta de Las habichuelas mágicas del cuento, un poco más deprisa, un poco más cerca del cielo. Y sí, es cierto que en muchos sentidos, la vista es tan distinta desde esta franja de nudos y es más fuerte y bonita esta rama donde ahora me veo sentada, pero el viento aún me azota y vivo en la pura intemperie, lejos de aquellos que sí han obtenido el acceso a las hojitas tiernas (como aquel cuento de un alce enano, que se asociaba con un alce grande y sin cuernos: el pequeño se subía en el grande, le protegía con su hermosa cornamenta y podía al fin saborear las altas hojas tiernas). Yo pensaba que se acabaría antes la incertidumbre inmensa, la necesidad de trabajar en ese lugar donde el granizo duele y se recibe sobre todo el desdén de los mediocres, la envidia de algunos condenados -y aunque a algunas horas alivia e ilumina el encuentro con los amigos o el secreto reconocimiento de otros, grandes y pequeños, y aunque la lectura y la escritura sigan regalándome sus fogonazos y descargas felices, parece que nada sirva, que nada tenga realmente consecuencias, que nada sea suficiente para cambiar las cosas, para estar un poco más a salvo y más lejos de lo mezquino, de lo pringoso y feo.
Pensaba que ese camino de la escritura, que tan extraña felicidad y distintas emociones y sueños me procura a veces, hasta tal punto que me ha permitido renunciar a llenar un antiguo vacío con el alegre samsara relacional de antes, sería suficiente y no me haría flaquear, y en parte sigo asombrada de su potencia, pero a veces...
A veces, ahora que se acerca la distribución de mis cuentos, no sé cuál de las dos inquietudes es mayor, si la de exponer/me y estar ahí, vulnerable y hocicada en la arena pública con mi escritura abierta, o la de que se publiquen estos cuentos y no ocurra nada, y no sea verdad lo que siento, que cada vez la conexión con esos lectores invisibles y afines es mayor, que la intensidad que se produce en el aire en las presentaciones o conferencias no es casual, que algo está ocurriendo que me permitirá acceder a esas otras ramas desde donde quizás ver mejor las nubes, y tal vez un día pueda de verdad echarme en esas nubes, comprobando antes que su densidad sea suficiente para resistir mi peso, y se realice el sueño que tuve a los pocos años durante mi primer viaje en avión con mi padre.
Es verdad que lo que me conmueve de Caspar David Friedrich es su seriedad frente al mundo que dibuja, su manera de situarse frente a cada árbol, barca, ropa tendida, personaje durmiente o soñante, con un respeto y una mirada que me recuerda a lo que la Ginzburg dice de los gatos: "mi guardava con il suo viso serio"...
Ayer fui a la proyección de Frikosal de bichos y estrellas. (Por cierto, el cartel es de Albert Buendia). Como en su blog, las imágenes eran magníficas pero para mí, la clave es la narrativa que las estructura y les da sentido, como en su blog, su literatura: una mezcla de denuncia crítica, humor irónico, poética subjetiva que se esconde tras su posición de ciencia y su vocación didáctica. Yo comparto plenamente su crítica, que es también la mía, la contaminación lumínica y esa añoranza de la noche, porque vivimos en Las Vegas (aunque sin acceso a la suerte, que se reparten los Millets y Prenafetas de turno, y nosotros les regalamos los boletos), prácticamente toda la Tierra convertida en esa pesadilla de luz artificial, los párpados abiertos de la Naranja mecánica, hay que buscar mucho para encontrar el cielo que antes nos pertenecía, la oscuridad que nos dejaba sumergirnos profundamente en el sueño, la iluminación pequeña de las luciérnagas (y aquí en Barcelona, los políticos municipales y el gran cliente de las farolas de autopista se disponen a cambiar todas nuestras preciosas y tenues farolas antiguas por esos focos espantosos, y todos los ciudadanos, como súbditos sumisos, se dejan arrancar árboles y farolas y belleza, y se metamorfizan con esa fealdad impuesta). O los pesticidas o las radiaciones o la energía nuclear o todo lo que destruye la vida natural. Frikosal mostró su mirada hacia las libélulas, nos acercó a ellas y a su mundo de forma emocionante, y a las estrellas, desde sus lugares secretos durandianos de Aragón, pero también desde Tenerife, Chile, la Isla de Pascua. La proyección se celebró (porque fue una pequeña celebración) en un lugar de gran belleza, el IEC, que tiene su sede en la antigua Casa de Convalescència del también antiguo Hospital de la Creu, con ese maravilloso claustro y su zócalo de cerámica (pues bien, apenas hay fotos y referencias a la sede en la red, y cuesta mucho encontrar apenas alguna alusión en la web del IEC a esa maravillosa sede histórica y tan bonita. Tal es el escaso aprecio que esta ciudad concede a la belleza).
Sigo leyendo maravillada a Natsume Soseki, y leo también cuentos de Cristina Fernández Cubas (su universo me acoge sin obstáculos, como si no hubiera pasado el tiempo). Pero me voy ya, con mis prisas, tengo que dejarles, volveré a poner los links, las fundas de los sofás, las cortinas del blog, la sonrisa del gato...

miércoles, noviembre 04, 2009

Desayuno con árboles y libros


Foto: I.N., Jardín Botánico, Madrid, 2009
Ayer estuve en la presentación de Kafka y el Holocausto, de Álvaro de la Rica, en La Central. Xavier Pla y Nora Catelli hicieron brillantes aproximaciones distintas al libro, desde el punto de vista de lo que es el ensayo, de la subjetividad que implica la escritura, de la libertad del género y de su vocación compositiva (Pla) y desde la perspectiva de los cruces entre la literatura, el pensamiento y la teología, o el abordaje cristológico de lo judaico en Kafka (Catelli), todo bien articulado con precisión crítica y humor afectuoso por Sergio Vila-San Juan, y finalmente, esa posición autoburlona, eliottianamente humilde pero cultísima que es la de Álvaro de la Rica, que aconsejó que no se tomara demasiado en serio su libro, citando la frase (Boris Groys?) de que la cultura son sólo rumores y tratando de explicar de dónde había surgido ese ensayo. "Hablar de Kafka es hablar de todos nosotros", escribía Blanchot. Y De la Rica contó una conversación suya con Vila-Matas donde los dos coincidieron en la misma sensación de que leyendo a Kafka, sentían que el libro les leía a ellos.
A ese encuentro tan sugerente siguió una cena magnífica y plagada de buenas conversaciones en un comedor subterráneo de uno de mis sitios preferidos de Ciutat Vella (un delicioso bacalao con tomate confitado), y de esa cena surgió inesperadamente el desayuno de hoy, en la casa de un escritor al que admiro y que fue amigo de mi padre, pero también amigo de Josep Pla, con su biblioteca proustiana para mí mítica y tantas veces descrita por otros, su ironía crítica que no deja títere con cabeza (cómo nos hizo reír anoche y cómo me gustó escuchar sus anécdotas de Josep Pla y el diálogo con XP) y su calidez, y esa casa maravillosa. Hablando del espíritu arboricida de este país y el extraño desdén por los viejos árboles que se veneran en toda Europa, su mujer, que fue coleccionista y marchante de arte africano, me ha contado que cuando el abuelo del escritor (que era un herrero y tenía una preciosa biblioteca: ¡eran otros tiempos!, y la han conservado intacta) compró la casa, le dijeron: "Esta higuera deberían cortarla, porque ya es muy vieja". Entonces, en 1904, ya era centenaria. El herrero no les hizo caso. Cuando el padre del escritor transformó lo que era el antiguo fregadero en la actual biblioteca proustiana, hicieron un pequeño patio para no cargarse la higuera, y ahí sigue, con sus gruesos troncos retorcidos y sus cosechas de higos buenísimos. Así que además del té, de una tienda de Ginebra cerca del musée Barbier-Mueller, y los croissants y la mermelada de moras hecha en casa y las conversaciones, he gozado de la visión de esos árboles, la compañía de los libros de Proust, su correspondencia, la bibliografía crítica, los recuerdos, y he admirado los dibujos originales y grabados de Luis Marsans sobre La Recherche, que penetraron su sensibilidad (hay un retrato del narrador niño enfermo en la cama, encogido y aprensivo, que recuerda al retrato fúnebre del escritor; pero también está Françoise, y Des Esseintes en pleno paseo, y la abuela con su mirada sutil, y alguien que parecía Madame Verdurin...), en ese entorno donde el arte africano, las piezas funerarias chinas de la dinastía han (un perfil de madera precioso y de una delicadeza expresiva que conmueve) y los tapices peruanos acompañan a algunos bien escogidos Tàpies y a los libros omnipresentes (confieso que en el cuarto de baño he leído una carta de Joseph Roth a Stefan Zweig, decidida a comprarme la correspondencia de Roth), con maravillosas ediciones originales y los escultóricos árboles del jardín, un palosanto cargado de frutos, además de la higuera que trepa por el tejado de la biblioteca, o el pino nonagenario que plantó el tío del escritor, enterrando un piñón. Yo les he llevado mi Crucigrama (por si sintieran curiosidad por el retrato de mi padre, al que querían) y La plaza del azufaifo, que ya tenían. "Ven cuando quieras", me han dicho al salir, "llamas y vienes a comer..." Y aunque yo jamás me he presentado en casa de nadie por sorpresa, y menos a comer, esa cortesía hospitalaria me ha alegrado el espíritu.
Al volver, una llamada de la señora octogenaria que lidera la defensa de los almeces de la plaça Joaquim Folguera me ha anunciado que están cortando de cuajo todos los jóvenes almeces de la calle Vinarós, muy cerca de los nuestros, árboles que debieron plantar hace veinticinco o treinta años. Y es que el ayuntamiento ha decidido acabar con la desigualdad que otorgaba un poco más de verde a este barrio que al peor de Barcelona, y del mismo modo que convirtió la zona más silenciosa en el distrito más ruidoso, está logrando que el barrio más fresco y de mejor aire pase a ser el más contaminado de la ciudad, enterrando la memoria de lo que fue, haciendo desaparecer toda belleza, arquitectónica, urbana y natural e invadiéndolo todo de su fealdad de cemento. Todos aquellos que lo asumen y aceptan pasivamente ¿qué son? ¿Gente primitiva y salvaje o gente vencida y triste?
Me he acordado de que al llegar a casa una noche, tarde, del tren de Madrid, en el contestador encontré un mensaje de M completamente delirante: repetía series numéricas sin sentido, me hablaba en plural, decía que ella no tenía dinero y que teníamos que colocar el dinero 9-3-0-2 en el 330 de una calle, "repito", decía, y enumeraba otra serie distinta: 0473, y seguía dictando números que yo copié absurdamente en un papel, y es que a veces no puedo evitar la sensación de que me habla con mensajes cifrados. Me pareció angustioso, pero era tarde para llamarla y cuando hablé con ella al día siguiente no recordaba los detalles, me dijo: "Es que creí que estabas en esta época". Yo bromeé que tal vez había viajado en el tiempo y pensé que es verdad, en cierto modo no me siento de este tiempo o de este lugar, y le conté que venía de Madrid y que en un momento dado, un amigo me llamó al móvil y me preguntó "dónde estás", le dije: "En la Castellana" y cuando fui a mirar a qué altura, estaba en Hermosilla, la calle de la infancia de M.
En el catálogo de Caspar David Friedrich leí que su hermano se ahogó intentando salvarle, de pequeños, y de cómo ese hecho terrible le marcó para siempre. Me hizo pensar en aquella frase de Walter Pater que citaba Wilde, añadiendo que "donde hay un dolor hay un suelo sagrado", y en la capacidad o el talento para exorcizarlo que algunos buscamos, o de cómo ese dolor se convierte a veces en (iluminación) materia de escritura o de creación. Hace unos días, un ejercicio escrito por una alumna de la conferencia de Maeve Brennan había captado esa idea mía obsesiva.
Lean en Polis un artículo de Francesc Arroyo de hace unos días donde se demuestra que la situación de Barcelona respecto a espacios verdes es de las peores del país y está muy por debajo de las recomendaciones de la OMS y es mucho peor a la situación de Madrid, contrariamente a lo que pretendía un autodenominado experto que ha venido a visitar este blog. Esta situación de nuestra pobre ciudad se verá agravada con el plan de talar todos los plátanos de la ciudad que anunciaban pocos días atrás. Ayer un profesor de la Universitat de Girona me dijo: "Yo creo que los socialistas detestan los plátanos". Dice que en Girona los están arrancando todos. Según él, a los socialistas sólo les gustan las palmeras. Yo creo que estos políticos detestan los árboles, la espesura, la frondosidad, la belleza y la historia. Sólo les gusta la fealdad grasienta que tan persuasivamente representa la estación de Sants. Y siguen destruyendo todo lo que no encaja en ese espíritu. Y destruyendo el verde de todo el país. ¿Es que nadie va a rebelarse?
Lean si quieren aquí mi reseña de ayer en La Vanguardia Cultura/s.
Yo me consolaré recordando mi segundo desayuno de hoy, y leyendo a Natsume Soseki para reseñar. He recibido El proyecto Lázaro de mi admirado Aleksandar Hemon, publicado por Duomo, junto con un libro de ensayos de William Boyd, que me inspira curiosidad -por sus cuentos Fascination- y gran reserva (vi una entrevista suya en Arte TV donde hablaba con furia misógina irracional contra Virginia Woolf -eso me pareció- y con gran admiración de Evelyn Waugh). Los pongo a la cola de mi atasco de lecturas erráticas. "Yo sólo he leído caprichosamente", le dije a Claudio Magris. "Es la mejor forma de leer", me dijo él, con esa elegante generosidad suya. Aún tengo para leer la novela de Jordi Bonells, la de Slavenka Drakulic, la de Cinta Arasa. Estos días llevo secretamente conmigo un ejemplar de mis cuentos. No puedo evitarlo. El peso de su presencia invisible en el bolso me alivia de forma misteriosa. La impaciencia de que lleguen a todas partes me agita constantemente, con un temblor interno. A veces siento como si me estuviera convirtiendo en árbol.

martes, noviembre 03, 2009

Volver


Foto: I.N., Árboles poderosos en la calle, Madrid, 2009
Llegué a casa a medianoche. Vi físicamente mi libro y me pareció radiante. Estuve leyéndolo y la excitación de pensar que todas esas historias vibrantes y agazapadas saldrían a la arena pública me sacudió el sueño, unida a un incidente insospechado que supondrá un retraso -una semana, tal vez- en la distribución.
En Madrid, ciudad desventrada, pero ciudad arbórea pese a los ataques, fui a recomponerme a la Fundación March, con los dibujos de Caspar David Friedrich porque su adoración romántica de los árboles, la naturaleza, su posición ante lo que dibuja como sagrado, esa espiritualidad misteriosa y refulgente de su obra ("Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena" y "Una pintura no debe inventarse, sino sentirse" o "El auténtico arte se concibe en un momento sagrado") es justo lo contrario que lo que están haciendo en Barcelona, destruyendo la belleza, arrebatándonos las mejores esculturas, los viejos árboles, la sombra, las plazas humanas, la tierra, las farolas antiguas, todo lo que nos pertenece.
Por la noche había estado en el Café Central (adonde nos llevó precisamente el editor de Cafè Central), escuchando a unos jazzistas daneses rodeada de un público variopinto, unas viejuzas toulouselautrecquianas, un camarero estilo Pierre Clementi, unas chicas vestidas de rojo escarlata que devoraban montañas de ensalada, unos apasionados forofos del jazz y mucho humo (Me dice Alberto H. que el supuesto camarero pierreclementiniano es en realidad un intelectual, se llama Fidel M. y prepara una revista literaria con Borja Casani). A la mañana siguiente teníamos las deliberaciones del jurado, que yo contemplé como una lucha de samurais o una campaña napoleónica. Me gustó poder aportar algo a ese terreno de la traducción e intentar que prevaleciera la ética desde mis humildes posibilidades. Paseé por el Botánico con una amiga que me trajo una especie de picnic de Yellowstone. Y tomé un té con otra, en esa casa suya donde nada rompe la belleza. Y volví en tren, con la reina de la traducció y el editor de CF, yo dormitando entre timbres de teléfono porque la gente de este país, si no le prohíben y multan es incapaz de seguir una norma de consideración: bajar el volumen.
Creo que voy a aceptar una larga traducción que pinta bien. Y en la espera de mi libro y de la traducción, leo Las almas muertas de Gogol en una antigua -lustrosa y llena de gracia- versión castellana de Laín Entralgo y buen prólogo de Valverde. Qué ilusión volver a encontrar a Chíchikov, desde este momento mío, con ese ruido de trompa que hace al sonarse y que le granjea extrañamente el aprecio del criado, y ese criado que lee lo que sea, sin importarle el contenido, por el puro placer de descifrar las acumulaciones de letras y que duerme vestido, y la burla del jardín público y la mentira política, y "el ciego hocico de los cerdos" asomando en el paisaje.
Ayer leí (siempre a fragmentos) el capítulo que Cees Noteboom dedica a la tumba de Mary McCarthy y me pareció maravilloso, se convirtió en uno de mis preferidos de ese libro. Hoy he descubierto otra joya, el texto de Alex Capus que incluye como crónica de la muerte de Stevenson.
Hoy el Districte Sarrià Sant Gervasi había convocado falsamente al grupo de resistentes defensores de los almeces de la plaza Joaquim Folguera. Ha venido el jardinero sabio Joan Bordas, que no entiende que haya que destruir una de las plazas con mejor sombra de la ciudad con mayor densidad de habitantes por metro cuadrado y el menor índice de parques y arboledas de Europa, hemos medido los troncos más gruesos, me ha explicado que esos árboles, si los trasplantaran a un lugar mejor, resistirían tal vez, pero no volverían a ser lo que son y no podrían en ningún caso volver a la plaza (en peores condiciones) y medrar. Me ha vuelto a contar la diferencia de cómo se trabaja en Europa y aquí, donde no se cumplen las normas europeas y se permite que los trabajos que incluyen intervenciones en el arbolado las dirijan empresas de construcción, no elegidas por el gremio de jardinería. Y los hoyos profundos que cavan en Londres o en las ciudades alemanas para plantar, y las razones por las que los árboles enferman aquí. Me ha hablado del azufaifo, que le apasiona, y me ha dicho que él ha plantado miles de azufaifos en los jardines sin que se los pidan, porque para él un azufaifo es un árbol aquí tan importante como el olivo. Y pese a toda esa tristeza de derrota y al horror que anunciaban en El País de ayer, escucharle y aprender un poco de su sabiduría arbórea y humanista me produce una extraña esperanza.
Han muerto el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el escritor Francisco Ayala, más luminarias que se van de nuestro despoblado cielo. Habrá que ir a ver la proyección celeste del doktor Frikosal del viernes, pero antes...
Lean aquí mi artículo de hoy en La Vanguardia Cultura/s.
Miércoles 3 a las 19.30, presentación en La Central (de la calle Mallorca) del libro de Álvaro de la Rica, con Nora Catelli, Xavier Pla y Sergio Vila-San Juan.

domingo, noviembre 01, 2009

Fugaz




Foto: I.N., Gilda en su vigilancia cazadora matinal, 2009
Alguien que vivía en Ciutat Vella solía decir que le costaba más atravesar la ciudad e ir a la parte alta que dirigirse al aeropuerto. Yo recuerdo con nostalgia cómo me gustaba coger aviones cuando no había nadie en los aeropuertos, ni teníamos que pasar esos controles de estilo nazi, ni se sentía uno como parte de un rebaño apretujado en un camión. Aún más, G. comentaba hace poco del tiempo en que Stefan Zweig viajaba por Europa sin necesidad de documentación, ni apenas fronteras. Justo antes de que estallara el horror. Anoche, en una fiesta de cumpleaños, alguien bromeó sobre mi condición (hormiga de Figueres), porque para mí, irme a Madrid ya es un acontecimiento. Lo cierto es que siempre me cuesta más ir a Madrid o a Cadaqués o a Vigo de lo que me preocupaba ir a Sarajevo o a Kosovo, o eso me parece. Y eso que Madrid fue mi ciudad de acogida durante unos años locos, y me refugiaba durante semanas entre mis hospitalarios amigos y recorría el Paseo del Prado y la Morería y aún ahora, cuando logro andar bajo los árboles, rodeada de esos nombres que me recuerdan al Monopoly, recobro aquel espíritu. Siempre añoro quedarme más tiempo, pero no me decido. Las cercanías son relativas, dependen de otras cosas, y por si acaso, yo me llevo el espíritu de Li Bai.
Por suerte existen los trenes, aunque atravesar la fealdad brutal y grasienta de Sants siempre me altera. ¿Cómo refugiarse de eso? Parece imposible. Acabo maldiciendo a esa gentuza que diseñó esa estación y nos arrebató la belleza de las estaciones de siempre, arrinconándolas y olvidándolas, mientras que en toda Europa las conservan. Mañana por la noche estaré de vuelta y espero que el martes recibiré al fin mi libro.
Alguien hablaba de bosques en un blog amigo y en cambio aquí, ayer un ruido siniestro destrozó la mañana y al bajar a la calle tuve que ver cómo desgraciaban en una de esas podas-escabechinas al sauce maravilloso de la escuela de al lado, y cuando me fui, el arboricida estaba encaramado a la magnífica palmera con su ruidosíma sierra. Oí gente que pasaba y siempre repetían, como si nada, para explicar el estruendo: "Es que están cortando los árboles", con la indiferencia de quien ve arreglar la acera, algo lógico y común. En una encuesta sobre la Diagonal se decía que al 38% de la gente consultada no le preocupa que corten los árboles, y añadía misteriosamente: "Quieren un paseo verde". ¿Qué pensará esa gente encuestada, tan posfranquista y antieuropea? ¿Que el verde puede aparecer mágicamente en un día? ¿No les importa esperar setenta años, sin sombra, sin oxígeno, con más ruido -y en vano- a que crezcan esos palitroques? ¿Cómo habrán hecho esa encuesta? ¿O es que sólo interrogan a los más embrutecidos y estúpidos? La democracia no existe sin educación, lo dijo Broggi en sus memorias, y así es. Es tan fácil engañar a la gente, empezando por algunos periodistas...
Dejo a G. y a la gata durmiendo. Qué momento de silencio...

viernes, octubre 30, 2009

Secretos y ficción

Ilustración: Arthur Rakham, Alice
El problema de la autoficción (si el género existe, pero es cómodo pensar que sí) es la tentación constante de integrar muchas de las cosas que ocurren, de ficcionalizar cosas que desde los parámetros de la conveniencia social, la propia trayectoria o el pragmatismo vital nunca deberían aparecer, sino que deberían mantenerse siempre secretas. Y esto se agrava en mi caso por mi impaciencia congénita (lo de congénita es broma, naturalmente, tal vez debería decir intrínseca o inherente) y por la peligrosa inmediatez del blog. Dijo Faulkner que el escritor no debe flaquear en vender a su madre si hace falta -metafórica, literaria, no literalmente-, si el resultado es realmente un buen libro, y así lo creemos muchos de los que escribimos. Tal vez todo sea cuestión de tempo. Muchos fragmentos vitales esperan en la memoria y prueban a aparecer en cuentos y novelas hasta que de pronto les encontramos un sitio, su sitio. A veces son fragmentos externos, una conversación oída en la calle, una frase ajena, alguien a quien hemos visto, como aquel portero de La Pedrera que leía El Quijote cuando yo iba a ver allí a un amigo fotógrafo, hace años, y al que le acabé por dar un papel en mi cuento Crucigrama, trasladándolo a la casa de mi padre con el libro que leía. Otros nunca encuentran su sitio... Y la pregunta es: ¿por qué nos acosan? ¿Qué representan? ¿Por qué quieren salir? ¿Entienden ustedes por qué recordar los sueños consuela a esta escritora mientras no escribe?
En la vida real yo no suelo mentir por pura pereza, porque me aburre la necesidad de estar alerta para mantener una mentira, pero una vez hice caso del punto de vista de una antigua amiga (ahora personaje estelar de uno de mis mejores cuentos) y omití la verdad ante un amigo, y aunque el tema era banal y sólo me afectaba a mí, me creó una incomodidad absurda y un día tendré que aclarárselo y él me dirá que siempre lo supo y que nunca entendió por qué yo mantenía aquella ficción. Estoy acostumbrada a hablar con gente que miente en cosas igual de banales y en otras menos banales y siempre me asombra que no se den cuenta o no recuerden sus contradicciones, y aunque esas personas no pueden ser del todo mis interlocutores -porque la mentira aburre o impacienta a los que son como yo-, sí que puedo convertirlos en personajes, puesto que llevan inherente una interrogación (¿por qué mienten? ¿por qué siguen mintiendo cuando es obvio? ¿creerán de verdad su propia ficción? ¿tal vez porque no tienen la suerte de poder abordar la fabulación de todo escritor, que es un embaucador?).
A veces, cuando al fin puedo revelar cosas o ficcionalizarlas en distintos grados, me siento como aquel personaje de cuento de hadas de Grimm que no podía hablar mientras hilaba (brutalmente, hiriéndose sus blancas manos) unas camisas para desencantar a sus hermanos, convertidos en cisnes por un embrujo, y tenía que soportar las atrocidades de los celos de una reina amarga, que le robaba a sus hijos y hacía que los devorasen los osos y la acusaba de brujería, y sólo cuando iban a encender la pira para quemarla, los siete (¿o eran seis?) cisnes venían volando, se ponían las camisas y revelaban entre todos la verdad que iba a liberarla (creo que el más joven se quedaba con un ala blanca porque la camisa no tenía aún su manga).
Pues bien. Dos de mis cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres, ese libro que saldrá humeante de la imprenta o la encuadernación el lunes (y yo estaré en Madrid, y no podré verlo hasta el martes, por esa crueldad de los hados, especial para impacientes, y no llegaré a tiempo de consolarme), homenajean y se inspiran en personajes a los que conocí hace años, como un director de cine entonces protagonista de la movida madrileña y ahora muy famoso, y una cantante y una actriz que salían en su película primera, o como el dibujante y diseñador que más se identificó con la Barcelona de los ochenta y que me convirtió en personaje -con nariz de ratón- de sus cómics y dibujos; yo no le he puesto nariz de ratón, pero creo que ha quedado también favorecido y ya lo sabe. Y también salen otros amigos, que han aceptado graciosamente colaborar en mi ficción (aunque sea por fuerza après-coup), porque ése es el riesgo que contraemos todos los que nos relacionamos con escritores, que son vampíricos y nos roban las escenas, y sólo nos queda aceptarlo leyéndolas o sin leerlas, depende cómo se presenten. "Le he puesto tu nombre a un personaje de mi novela", me dijo una vez una escritora a la que he perdido la pista, "está inspirada en ti, sólo que en mi libro es más bien fea, fracasa con los hombres y al final se suicida", y un dramaturgo me dijo que se había inspirado en mí y en G., sólo que en su obra se llevaban muy mal madre e hijo y acababan prácticamente a tiros. En esos casos es mejor no leer y tener en cuenta que al margen de las necesidades personales de quien escriba (tales necesidades pueden estropear la calidad de la ficción, pues los resentimientos y todo lo que implique falta de distancia enturbian siempre el resultado; uno de verdad debe simpatizar o empatizar con sus personajes, y acogerlos, incluso aunque huya de sus inspiradores en la vida real), lo que manda es la estructura del cuento. Estructura implacable, que pide recortar aquí y pegar allí, transformar y recombinar. Mostrar sólo lo que encaja en ese cuento y nada más. Y nunca justificar ni victimizar. Y escribir siempre con esa distancia chejoviana, mostrando la propia estupefacción. Al menos, eso es lo que yo he concluido leyendo a mis favoritos. Y por eso me resulta tan difícil escribir la novela de mi infancia, que necesita vías extrañas y mucho pasar el plumero (de momento, como no puedo continuarla hasta que no exista físicamente este libro mío que llegará el lunes y yo veré el martes, le he dado esas páginas a mi amigo serbio, para que me diga algo que arroje luz, aunque duela).
Volviendo a la supuesta verdad y la ficción, yo siempre creo haber homenajeado a mis personajes, y aunque algunos así lo entienden y reciben sus cuentos como un regalo y me los agradecen, al principio me costó comprender las reacciones otras que desataban, o los extraños silencios. Javier Marías hablaba en Negra espalda del tiempo y Woody Allen en Deconstructing Harry de las reacciones de tantos que creían haber salido en el libro y se ofendían o enorgullecían, de aquellos que preferían salir, aunque fuera de modo terrible, con nombres y apellidos, o de aquellos que perseguían al autor para matarle, o de los que se creían retratados y le retiraban el saludo al autor, que nunca había pensado en ellos al escribirlo, y yo podría añadir algunos otros: aquel (mi favorito) que creía salir desfavorecido, pero se moría de risa con sus escenas, compró muchos ejemplares para regalar a todo el mundo y acabó diciéndome que le había hecho darse cuenta de cosas importantes de sí mismo y aquellas ficciones habían sido mucho más claras que ninguna discusión nuestra sobre el supuesto pasado. Aún ahora me pregunta si no escribo sobre él, preferiblemente una novela. O aquellos que modificaban y corregían sus recuerdos creyendo locamente que la letra impresa siempre es más fidedigna que su propia memoria. O alguien que aprobó el cuento donde salía -y que era todo un homenaje, así lo veía yo y así lo vieron muchos otros- con entusiasmo, pero cuando lo vio impreso y alguien le sugirió no sé qué, se enfureció (por una sola frase, una frase que yo habría modificado si me lo hubiera pedido cuando se lo di a leer, una frase que esa misma persona adaptó y usó para sí posteriormente) y me dijo que lo que yo hacía no era arte sino basura. Y otra persona que salía como personaje de mis cuentos nunca me dijo nada, pero le dijo a alguien -que me lo repetía en cada ocasión, con esa perversión de los que no se atreven a decir y utilizan a los otros para matar dos pájaros de un tiro- que mi libro Crucigrama sólo tenía un interés familiar, no era literatura. Y también hubo otros que me confesaron que se habían sentido mal por no salir, como si salir o no salir midiera algo más, o los que se sentían orgullosos, como si tener un papel en la ficción correspondiera a un valor histórico en mi vida, o el amante ocasional que se asustó cuando por cortesía le dije que se había filtrado al final de un cuento y creyó que me había enamorado de él, como si la razón no fuese el propio azar, un personaje o un fragmento que encaja en el hueco del puzzle, la necesidad de la estructura de los cuentos, ese patrón del que hablaba Natalia Ginzburg (y que yo cité en mi conferencia de ayer), que nos obliga a servirle y sólo entonces nos ayuda a mantenernos en pie.
Ayer me decepcionó pensar que mis alumnos no habían entendido esa paradoja vital, esa clave de la literatura de Natalia Ginzburg, ese humor e ironía fuertemente vitalistas que predominan en medio de la melancolía. No comprendían, pensé, que la sensualidad y el humor y la belleza existen casi sólo mezcladas a todo lo demás, al horror, a la tristeza y al dolor de la pérdida, al miedo y a la fantasía. Necesitaría un par de sesiones más para hablar con ellos. Pero tal vez me equivoque (en cambio, todos entendieron muy bien su ética).
Agotada, me fui a la exposición de Manel Armengol en la galería Tagomago. Estaba abarrotada de amigos y admiradores. Las fotos estaban preciosas allí colgadas. Aunque pedían silencio, sobre todo la gran serie en blanco y negro de sus imágenes de Islandia, necesitan un abordaje íntimo, porque recuerdan esa soledad de la Tierra, allí donde el mundo -volcánico, trémulo, burbujeante, abismal- está aún en formación, como dice el texto de Gisbourne (para el catálogo habrá que esperar un poco). En la última sala, sus fotos americanas, en blanco y negro y color, muestran otro mundo, un mundo urbano y poblado lleno de otra belleza, que también corresponde a su mirada. La galería está en un lugar céntrico. No se pierdan la exposición.
Y esta mañana he visto, mientras desayunaba, un fragmento de un maravilloso reportaje en Arte TV sobre los topos y esa brújula interior que les permite orientarse y reconocer inmediatamente la entrada de sus galerías en esos pasos angustiados y rápidos sobre la tierra (pues ellos se desplazan mucho mejor bajo tierra), ese gsm extraordinario que les orienta sin error. Yo recordaba cómo, cuando mi padre luchaba contra los topos de su césped (aquel jardín falsamente americano que inspira otro de mis cuentos, uno de los tres cuentos que yo titulaba burlonamente Vírgenes suicidas, ya que una de las protagonistas de Jeffrey Eugenides contestaría años después a la pregunta estúpida de un medicucho que mi narradora no pudo contestar), a mí me fascinaba que hubiera realmente vida -vida oscura, invisible y heroica, ardiente y fría, vida de la tierra- en aquel jardín ficticio, y la vida eran aquellos topos vigorosos, secretos, efectivamente heroicos e invisibles que se burlaban de mi padre con sus montículos, culminaciones de redes de galerías, como los propios demonios internos de aquella familia, como mi dolor y su cobardía, la falta de valor que le impidió protegerme a pesar de su afecto, a pesar de sus palabras. También he recordado al topo de Almendrita y su pelliza catalana, al que he dado un papel en mi novela, esa novela que aún existe sólo en las nubes.

miércoles, octubre 28, 2009

Plus tard

Foto: I.N., Los dibujos del suelo en St. Enimie, 2009
El otro día me escribió CHM y me dijo que en Ucrania, EC y él habían hablado del colchonero de Arimón. Y es que la infancia de CHM transcurrió por aquí cerca y ese colchonero era entonces tradicional y cardaba la lana, pero a diferencia del tapicero y del bonito local donde se enseñoreaba al sol la gata siamesa en un escaparate art déco vacío de productos (la misma señora gata siamesa que secuestró un día por el patio a mi entonces pequeño Jasper, cuando yo vivía en la calle Pujol) y de tantos otros locales de oficios, todos desaparecidos, el colchonero prosperó durante tres generaciones, dejó de cardar la lana y empezó a vender cochecitos de niño además de los colchones modernos y se extendió por Berlinès y el nieto fue un participante activo en la batalla de nuestro precioso azufaifo y me contó que su padre había entrado en casi todas las casas del barrio y se lo conocía por dentro, como los calcetines vueltos del revés que decía A. Cirici en La Barcelona tendra a propósito de los patios del Ensanche.
Unos días después, cuando salía de casa en una tarde casi deslumbrante quizás de domingo, alguien dijo mi nombre y era EC conduciendo una camioneta blanca que no era suya, y al contarle lo del colchonero, me dijo que lo habían pasado muy bien en Ucrania y que CHM había creído descubrir una nueva palabra, la ictopia, hasta que se dio cuenta de que sólo era historia escrito en cirílico, pero para entonces ya la habían llenado de posibles e interesantes contenidos.
Durante una época, CHM y yo nos escribíamos unos emails llenos de historias: él se había convertido en uno de esos personajes que con sus preguntas, su curiosidad o sus comentarios tiraba del hilo de millones de historias mías apretujadas en mi cabeza y que se desenrollaban inacabables y entonces yo estaba bloqueada, como ahora pero gravemente y sin esperanza ni motivo, sólo era una escritora que no escribía, y él me decía que los publicásemos tal cual eran.
Hoy he ido a comer con JC, que estas navidades se fugará a Argentina con unos amigotes (y él pasará calor mientras que yo estaré en pleno frío europeo) y le he pedido que me certifique si de verdad los taxistas de Buenos Aires siguen siendo tan buenos conversadores y lectores, y que vea por mí esas librerías favoritas de BA, y que me cuente de sus paseos. JC y yo hemos hablado de nuestra fidelidad inquebrantable al libro de papel y de la incertidumbre de esos nuevos lectores que no leen y de cuánto ayudaría a esos adolescentes despistados ver todas las películas de Rohmer y leer a la Ginzburg y a Stefan Zweig y tantas otras cosas, y hemos hablado de Pennac (yo había tenido que leer su Mal de escuela para los premios, donde contaba que cuando él era un zoquete, se refugiaba en los libros, porque en esa época no había más y la lectura de novelas era vista casi como enemiga de los estudios), hemos comido caballa, que es un pescado que me encanta, aunque en muchos puestos del mercado intentan sustituirlo por la perversa perca (pero los que vimos la pesadilla de Darwin no transigimos). Hemos hablado de sueños: creo que JC tomó una vez una medicina para dejar de fumar que le permitía recordar sueños elaborados y con gran riqueza de detalles... Yo no le he recordado que su cuento saldrá con los otros y JC se ha despedido pidiéndome que le avise cuando al fin salga mi libro, que esto es un sinvivir (lo es para ). Al salir, yo andaba por las calles imbuida de ese émerveillement que no sé bien en qué consiste, un burbujeo interior que me hace ver las copas de los árboles y los edificios antiguos por encima de todas las cosas, la Diagonal, esa calle hermosa que el ayuntamiento de Hereuville quiere arrebatarnos con falsas consultas al estilo de los referéndums franquistas (como ninguna ley protege a los árboles de esos políticos arboricidas y de esos súbditos comerciantes que se dejan engañar, todo puede destruirse), esa misma calaña de políticos que aparecen ahora sin máscara con todos sus latrocinios y su desvergüenza, ay... La Diagonal con sus plátanos delgados y desmañados en un baile de sombras y cortezas de tronco tricolor, las flacas y despeluchadas pero altas palmeras, los edificios que no han caído bajo la piqueta (aunque siguen cayendo)...
Al llegar a casa me ha tenido secuestrada el técnico de telefónica, que era un tipo listo, con aire de selva amazónica y antepasados quechuas, y yo no dejaba a G. que se marchara porque me desespera no poder conectarme ni leer en el sofá, ni escribir, con el técnico recorriendo la casa siguiendo sus pistas... Y G. aprovechaba para enseñarme vídeos y cosas suyas, y he leído su último comentario sobre Stefan Zweig, y cuando al fin el técnico se ha ido, dejándome con el dilema de su extraño diagnóstico, y hemos bajado a la calle, G. a sus cosas y yo a las mías, al pasar por el droguero (rodorediano, como todos los drogueros son, aunque éste es relativamente joven y toma el sol en la puerta a mediodía) no he podido resistir la tentación, le he comprado un sobre de tinte iberia (Azul añil, le he pedido, pero él me ha corregido: Querrá usted decir azul eléctrico, y eso me ha recordado una frase de Dubravka Ugresic que no citaré por bien del droguero) y he teñido una camisa de buena marca, que tenía un tono azul cielo demasiado bcbg para mí, y que no quedaba bien con mis colores, y ahora la camisa se ve preciosa secándose, azul añil o azul eléctrico, y me recordará un mono azul de mecánico que yo usaba para casa cuando tenía la edad de G, y toda aquella esperanza desenfrenada y vitalista y mi pasión de entonces impregnará sutilmente la camisa italiana teñida... a menos que fracase y quede alguna mancha, y entonces tendré que olvidarla.
Después me ha llamado un amigo del norte y me ha contado una visita literaria a una casa portuguesa maravillosa, envuelta en una cortesía frondosa como el jardín y el mejor oporto y su descripción me ha recordado a la película donde Tonino Guerra habla con Tarkovski en su vieja casa de Roma y le recita un poema para desayunar, y de la excursión a esa casa del sur donde no les dejan entrar a ver el suelo hecho con flores esparcidas. Y ese amigo, que ha visto la película varias veces, va a presentar pronto su libro magnífico (que yo tuve la suerte de reseñar) en Barcelona, y allí estaré yo para escuchar y celebrarlo.
Y ah, ayer sucumbí a una tentación y hoy he estado leyendo un librito precioso de Yves Bonnefoy, ese primer sueño suyo donde navegaba y llegaba al atardecer a un puerto luminoso y él se interrogaba: ¿Será Tesalónica? ¿Será Esmirna? Pero cuando preguntaba a la gente, nadie sabía contestarle, pues aunque entendían sus palabras, era como si no comprendieran la idea de un nombre asociado a una ciudad, y él probaba de otras maneras: Si usted se fuese luego volvería a... Y ellos sonreían corteses y le esquivaban. Y al despertar se enteraba de que su madre había sufrido un ictus y la habían encontrado en el suelo con una inteligencia reducida, infantilizada, pero conservando toda su cortesía, intentando atender a quienes le hablaban, ofreciéndoles algo, y él se preguntaba si la cortesía de su madre no respondería a un antiguo sentimiento de extranjeridad que nunca había dejado de sentir en esa ciudad ajena, a pesar de los años.
Yo seguiré aquí, esperando (desesperando) que mis cuentos salgan de la imprenta, con esa impaciencia que lo arremolina todo como un viento la hojarasca. Mañana es mi conferencia sobre Natalia Ginzburg en el posgrado de traducción literaria del IDEC (UPF). Ojalá los oyentes oigan algo más que mis equivocaciones.
Y la inauguración de MANEL ARMENGOL en la galería Tagomago. Lean mientras esta magnífica entrevista a Herta Müller que me mandó Eph, donde su visión me recuerda mucho a la de Agota Kristoff. Voy a buscar sus libros.
Y el domingo iré a Madrid, para asistir el lunes 2 a la reunión del Jurado de los Premios Nacionales de Traducción. Mientras, lean aquí mi artículo de hoy en La Vanguardia Cultura/s. Y sobre todo, perdonen mis excesos de escritura de estos días, lectores silenciosos e invisibles, no se sientan obligados a seguirme, todo es producto de mi impaciencia.

martes, octubre 27, 2009

Más cerca


La espera

Foto: I.N. Saint Enimie, 2009
Yo siempre he sido impaciente y tal vez por eso procuro ser puntual. Hago las cosas al momento, porque sospecho de mi falta de tenacidad, también asociada a mi impaciencia. También es cierto que, si no las hago al momento, las olvido, a veces para siempre.
En un libro que yo leí en francés porque lo compré en un viaje (y era una de esas ediciones irresistibles de Rivages poche), decía Kafka que había en el hombre dos pecados capitales, de los que se derivan todos los demás: la pereza y la impaciencia. Según él, la impaciencia provocó la expulsión del Paraíso y la pereza impide que volvamos a él. Y concluye que en realidad, sólo hay un pecado capital y es la impaciencia, que provocó esa expulsión del Paraíso e impide su retorno. Esa lectura me condenó, sin salida, no como aquella condena de Dante que me hizo reaccionar. De todas formas Kafka se extraña de que nos quejemos de la expulsión del Paraíso, ya que eso implicaba no comer del Árbol de la Vida...
Esperar se me hace difícil. No sé si he aprendido gran cosa en ese terreno con los años. Voy alternando la desesperanza más pura con una falsa paciencia, que sólo enmascara distintos estados de parálisis evasiva, ensoñación, suspensión de la incredulidad, paréntesis tramposos que se llenan con otros descubrimientos tangenciales, ocupaciones autoimpuestas y consolaciones diversas, que no excluyen nuevos accesos de desesperación. Pero entre medio estuve leyendo a Turguenev (Diarios de un cazador) y luego a Nabokov sobre Turguenev (maravilloso e implacable, profesor Nabokov). Dice cosas que me hicieron pensar en el Naipaul de Sir Vidia's Shadow. Dice que el peor Turguenev se expresa en palabras de Gorki y el mejor Turgenev (en el paisaje ruso) fue hermosamente desarrollado por Chéjov. O que su punto flaco es una falta de fuerza de voluntad (y cómo lo argumenta). O que fue el primer escritor ruso en advertir el efecto de la luz y la sombra en el aspecto de la gente... Y tras mostrar algunas de las mejores perlas descriptivas de Turguenev en la presentación de sus personajes y momentos, le critica sus fallos en la ficción y dice que cuando va tras sus personajes empieza a cojear, como ese personaje suyo, V. Illarionovich, tan amante de las mujeres, que al perseguir a sus admiradas ¡cojeaba! Y elogia su prosa bien engrasada y sus aleteos de mariposa que la hacen irregular. Es una maravilla asistir a esas clases de Nabokov. ¿Es que ningún editor va a reeditar sus Cursos de literatura europea y rusa? Yo tuve la edición de Bruguera del Curso de literatura europea; no sé si se llegó a traducir el de literatura rusa; si algún editor quisiera, yo misma lo traduciría ahora mismo, y lo prologaría si me dejasen... Por culpa de Nabokov me he encaramado por mis librerías en pos de unas Almas muertas de Gogol que no he encontrado... Su forma de describir la escena de Pavel Chichikov comiéndose el higo del fondo de su vaso de leche o bailando en camisón mientras los objetos de sus estanterías siguen el ritmo me ha producido unas ganas inmensas de releerlo.
Ahora espero, entre otras cosas innombrables, que mi libro salga de la imprenta (hoy he sabido que está en encuadernación: ¡ya casi existe!) para iniciar una gestión y averiguar si quien me gustaría que me lo presentara podrá y querrá, si habrá fechas posibles, si no se retrasará todo terriblemente... Y no logro volver a escribir mientras no se despeje esa incógnita. No me pregunten por qué. Como saben los que me leen y me entienden, yo creo en el inconsciente y en sus modos misteriosos más que en ninguna otra cosa, y en ese terreno estaría la explicación de casi todo. Yo no creo en esos factores externos, ni genéticos, como decía al dorso de mi entrada anterior. No creo que nadie se suicide por un "efecto llamada", ni que algunos bebés se tirasen por la ventana por culpa de Supermán, ni que los bancos de inseminación de genios ayuden a crear nuevos genios. No creo que todo esté fuera, sino que para mí, casi todo está dentro. Creemos que decimos una cosa, pero a quien escucha le llega otra. Creemos que somos iguales tratando a éste y aquel, pero no lo somos y aunque lo fuéramos, ellos nos verían distinto, y no por sus genes, sino por su historial y por su relación con nosotros. Todo es complejo. Yo no culpo a quien busca explicaciones fáciles para las cosas, ni siquiera cuando esas explicaciones coinciden con las que pretenden imponernos los medios de comunicación, pero me impaciento, me exaspero y soy vehemente. Por eso me entienden y disculpan los impacientes y vehementes y los que se paran a pensar y los que aceptan la subjetividad y también los que buscan respuestas en los libros.
Ayer recuperé una fotografía que buscaba para mi novela. El momento en que me llegó coincidió con mi intento apresurado e impaciente de anotar aquella escena de música barroca asociada a mi infancia, de la que hablaba aquí, y todo junto se agitó y desató algo mucho más hondo y mientras miraba la foto sentí el viejo dolor, ese tan difícil de escribir, y recordaba por qué lloré tanto en la adolescencia viendo una película con ese mismo concierto y donde ocurría justo lo contrario a mi experiencia. Fue un momento oscuro de los que pueden extraerse las mejores estalagmitas, pero en este momento de espera no podía aprovecharlo... aún. Me fui a un establecimiento nuevo a hacer un recado y me quedé encerrada en una dependencia minúscula mientras los empleados buscaban la manera de liberarme. Yo apenas dije nada. Pensé que era mala suerte, pero me quedé extrañamente silenciosa, contenta de que hubiera un ventanuco (aunque con rejas) y preguntándome cuánto tardaría el cerrajero. Hasta que un cliente tuvo la genial idea de meter una tarjeta visa por el pestillo y la puerta se abrió. Luego todos me felicitaban por mi paciencia y por no haberme puesto nerviosa. No era paciencia. Simplemente, todo parecía tan irreal...
Mi tiempo se ha terminado y ha llegado el momento de volver a traducir, y a unos precios bastante inferiores de los últimos años. Ese hecho también me resulta espinoso e indigesto porque supone despedirme de mis libros, al menos, de poder dedicarles tiempo. Yo esperaba... tal vez fuese wishful thinking. (Une foi comme une guillotine, aussi lourde, aussi légère, dice mi Kafka afrancesado en ese mismo librito. Es curioso que la fe y el hígado se parezcan tanto en esa lengua. Y sigue: Quoi de plus gai que la foi en un dieu domestique!). Para alimentar mi fe (fortalecer mi hígado) o mis esperanzas, pienso en Marina Tsvietáieva (y en su traductora recién premiada con toda justicia, que me la mandó anteayer): "Yo no creo en milagros. Mas que dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"

domingo, octubre 25, 2009

Ayer fue un día perdido


Foto: I.N., Este verano, cerca de Palamós, 2009
Me encontré mal durante todo el día. Fui a ver a M., que no supo contestar ni a las preguntas más básicas de J. y se excusó diciendo: "Tú no sabes lo que es tener la cabeza así, sin memoria..." La veía tan pequeña y perdida, con esa media vida prolongada. Le pido a J. que me acompañe porque para mí es un escudo, y porque a ella le alegra particularmente la presencia masculina. No recuerda quién es ni de qué lo conocía, ni recuerda seguramente lo mal que se llevaba con él, sólo le importa su belleza (tal vez cuanto más viejo sea uno más importante sea la contemplación de la belleza en los otros, que se ve magnificada, como la vida que se fue) y su actitud alegre y bromista. Yo busqué unas fotos desaparecidas (busco en las fotos su memoria perdida) y vi el desorden asombroso de sus armarios, donde los objetos más dispares e inútiles se mezclan con papeles, carpetas, fotos, trapos... La visión me produjo un vértigo (mi propio desorden multiplicado por mil) y la visita tuvo para mí su peaje, que se ha extendido por la noche como una inundación triste. Para colmo, había olvidado la cámara y no pude fotografiar los lugares que vi para mi libro semiabandonado. Fragmentos de la historia y la belleza de casas que siguen destruyendo en Hereuville, escondidas tras barreras de feos edificios inmensos y de fealdad sin sentido, mala arquitectura mediocre. Tendré que volver sola. No pude trabajar ni avanzar en mis lecturas urgentes porque la cabeza me burbujeaba con la tensión descompensada.
Al llegar me encontré a G., que estaba dormitando en el sofá, agotado de su surf matinal, tras su nuit blanche del viernes. Por la noche descubrí su mensaje de la pizarra en la cocina. Waves! decía.
Vi dos películas de Chantal Akerman, contagiada por el blogger perdido en Marienbad y su definición de la belgitud como actitud cultural de unos cuantos creadores, buscaba un documental (Là-bas) que aún no existe en dvd, y me consolé con Nuit et Jour (por la mañana, tan lejos, pero se veía bien, era un cuento parisino) y La Captive y no caí: de haber sabido que estaba basada en la proustiana prisionera Albertine me habría abstenido, aunque la película estaba muy bien contada y me gustaban las imágenes, la expresión de los actores, la sucesión de imágenes con que narraba era esplendorosa -eso no se aprecia en youtube-, pero esa obsesión que tanto me gustó leída me irritaba ahora vista, con el burbujeo sanguíneo en mi cabeza, tras la visita a esa otra prisionera que es M., y el recuerdo obsesivo de una frase y un gesto...)
He soñado que estaba con G. en Comarruga (donde nunca estuvimos juntos y que ya no existe como yo lo conocí) y unas avionetas con megáfono avisaban desde muy cerca que había que vacunarse obligatoriamente, la casa de Comarruga estaba llena de hileras de lavabos, yo intentaba cambiarme del bañador a la ropa en uno de aquellos compartimentos, pero no tenía luz, no encontraba sitio y los de la avioneta habían llegado a la casa vestidos como blancos astronautas de laboratorio, dispuestos a pincharnos. Y nosotros nos íbamos, cogíamos un avión a Nueva York (¡venir precisamente aquí!, pensaba yo demasiado tarde) y allí nos perseguían con la misma obsesión. Yo le decía a G: "Tenemos que encontrar a un médico razonable que nos ayude" (con un certificado de vacunación falso), pero agotada pensaba que me acabaría vacunando para no ser detenida y renunciando a todo lo que había protestado y que tendría que decir a la gente que no había tenido más remedio, y en ese momento notaba el peso del cuerpo dormido y me asaltaba la pregunta: "¿Y si te da parálisis? ¿Y si no puedes volver a andar por la maldita vacuna?" Y entonces G. me decía: "He encontrado un médico", y nos daba el certificado, pero tenía yo que hacer unos disimulos con unas neveras llenas de vacunas y no sé qué, y cogíamos el avión de vuelta y al salir teníamos que atravesar unas cámaras blancas selladas que parecían las de los submarinos, pero G. encontraba siempre muy deprisa la salida y yo le decía: "Se nota que de pequeño jugaste a tantos videojuegos de lara croft y esos personajes, porque encuentras todas las salidas; es una suerte haber venido contigo", y él se reía. Y luego he soñado que le contaba el sueño.
Está saliendo el sol, han cambiado la hora, me tomo gloriosamente mi té. Hoy tengo visitantes madrileños, pero espero que tendré unas horas en las que podré leer, podar mi conferencia, avanzar.
Cada hora aparece alguien que solicita ser "amigo" en facebook, con 50 o 100 "amigos comunes", que son sólo nombres, desconocidos, algunas editoriales o librerías y nada más. Lo mismo me da aceptar que rechazar y ellos sin duda sólo quieren aumentar ese número de "amigos" desconocidos con otro nombre y ser vistos en sus actividades. Siempre me pregunto si debería borrarme, si se encontrará algún lector de mis libros por ese medio...
Espero que esta semana salgan mis cuentos, aunque será una semana complicada. On verra bien...

viernes, octubre 23, 2009

Over the rainbow

Foto: I.N., Desde la terraza, 2009
Ayer, justo antes de irme hacia Laie vi un arcoiris entero, que mi humilde cámara no pudo captar sino a trozos, y en algunas fotos es tan patética la acumulación de grúas y la construcción sobre el Putxet que no quiero ponerlas aquí para no entristecerme, pero fue un espectáculo digno de verse, y cuando le enseñé las fotos a Dolors Udina me dijo algo que yo ya había dicho aquí a propósito de la luz de Cadaqués: al menos esto no pueden cortarlo para construir. Sí, nos queda el cielo diurno porque la belleza del cielo nocturno ha desaparecido con la contaminación lumínica de las ciudades, y en Barcelona lleva camino de empeorar, ahora que la horrible empresa proeixample, contratada por el ayuntamiento de Hereuville, empieza a sustituir las bonitas farolas decimonónicas por unas de autopista (vayan si no a la Gran Via de Muntaner hacia Villarroell y verán el horror que están haciendo sin que nadie proteste, salvo cartas en los periódicos; y yo miro el paisaje nocturno de la plaça Joaquim Folguera, con sus farolas y almeces y me conjuro a resistir contra esos mamelucos).
El arco iris fue un buen presagio para la presentación del libro de Antoni Clapés, donde sobre todo lo que dijo Ramón Andrés, lo bien que situó la escucha de Toni Clapés, su posición en el mundo, de chejoviano no-saber, y esa descripción suya entre analítica, poética y filosófica me encantó, sobre todo ahora, mientras me pregunto quién podría presentar mis cuentos... Pensé que era una suerte alguien que leyera con tal atención y supiera decir(le) así... Aunque fuese secuestrándole entre dos viajes bálticos.
Antes de irme, alguien me habló de un viaje a Crimea que me hizo soñar. Iba yo releyendo unos cuentos de Chéjov, maravillada igual que la primera vez que los leí, aquella vida triste y gris de un joven tímido y algo encorvado al que besan por error en la oscuridad de una biblioteca y cómo brilla momentáneamente su vida para luego caer de nuevo en su monotonía desesperada, o Agafia, casada con el guardagujas y amante del perezoso y guapo Savka, y hoy me ha tocado Turguénev, sus Memorias de un cazador (por culpa de Maeve Brennan y William Maxwell). Venía pensando en esa atmósfera de isbas y mújiks y batíuskas que me transporta. Dice Turguénev: "era un cazador empedernido y por tanto, excelente persona" (qué extraña idea, hoy imposible), pero también: "Aquel bosque contaba con doscientos o trescientos robles enormes, y gigantescos fresnos. Sus cimbreantes y vigorosos troncos negreaban majestuosamente en el verdor dorado y transparente de los avellanos y serbales, elevándose más y más hacia el azul del cielo, desplegando en forma de bóveda sus anchas y nudosas ramas. Azores, esmerezones, cernícalos volaban silbando bajo las inmóviles copas de los árboles, abigarrados picapinos golpeaban con fuerza las rugosas cortezas; junto al trino de la oropéndola, el sonoro canto del mirlo se escuchaba en la densa espesura; abajo, en los matorrales resonaban petirrojos, pardillos y currucas, los pinzones correteaban raudos por los senderos, la liebre blanca corría por las veredas, zigzagueando cautelosamente; la ágil ardilla saltaba de un árbol a otro, para sentarse de pronto elevando la cola sobre su cabeza. En la hierba, junto a inmensos hormigueros, a la sombra de las hojas recortadas de los helechos, florecían violetas y muguetes, crecía toda clase de hongos: rúsulas, amanitas, agáricos, setas de roble, falsas oronjas; en los claros, entre amplias matas rojeaban las fresas... ¡Y qué sombra había en el bosque! Cuando mayor era el bochorno, en pleno mediodía, parecía ser de noche: qué silencio, qué perfume, qué frescura."
Y como estaba yo aún añorando el luminoso Viva voz de vida de Marina Tsvietáieva, de quien me envían hoy una cita optimista ("Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"), me repongo con estos otros rusos favoritos (me dice Valeria Bergalli que en 2010 saldrá el tercer tomo de los espléndidos Relatos de Kólyma de Shalámov, que cambiaron mi forma de entender los cuentos, y que Ricardo San Vicente ya está traduciendo el cuarto...).
G. ha pasado un momento y me ha contado su odisea ayer en la moto renqueante bajo una lluvia furiosa (como aquella de Somerset Maugham que ya cité: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."), una lluvia en tres direcciones, que atravesó su chubasquero, mochila, tejanos y convirtió agenda y apuntes en pergaminos ondulantes y enloqueció su teléfono. Luego me ha enseñado un vídeo de surf que borraré de mi memoria, para no sufrir, mientras él se dirigía a alguna playa con su personaje de neopreno.
Y ahora me queda decidir si cumplo mi promesa y voy a la fiesta lejana en Palo Alto o me quedo leyendo y podando textos en el sofá...
Al final sí fui a ese gran jardín nocturno, incluso entré con T. en un cine para dos, que era un coche decorado con cortinillas. Vi a algunos conocidos de siempre y a la vuelta nos perdimos por zonas de la ciudad antigua que no reconocíamos, y fue un paseo que recordaba a mis postales viejas de Barcelona, antes de que se convirtiera en hereuville... Y al llegar a casa, ¡qué bonito estaba el azufaifo! Reinaba con su majestuosa humildad en su jardín, tal vez aprovechando los últimos días antes de desnudarse para resistir el invierno.

jueves, octubre 22, 2009

Notas y desalientos

Foto: I.N., La que fue casa de Nabokov, en San Petersburgo, 2002
A mí siempre me gustó dejar notas y encontrarlas. En mi adolescencia, P. y yo nos escribíamos con letras griegas, y yo le dejaba a mi padre notas con ortografía inventada e imposible y muchos años más tarde, cuando ya no podía enseñárselas, me reí al encontrar dos de sus respuestas muy graciosas olvidadas entre las páginas de un libro. Hace poco cambié un pequeño y feo pizarrín blanco colgado en la cocina para apuntar las compras por uno inglés de pizarra de verdad y escribo ahí con tiza. A G. le ha gustado y cada vez que pasa me escribe algo. Hoy ha venido a imprimir un trabajo de sociología y al ir a buscar agua a la cocina he visto que había dejado su rastro en la pizarra: "The West against the rest", había escrito. A mí me alegran esos mensajes no útiles, aunque sean pesimistas y en este caso una sombría frase de ese horrible SH y su teoría del choque cultural...
Ayer pedí a los estudiantes del posgrado que asistían a mi conferencia sobre Maeve Brennan que escribieran una nota (personal, no un resumen), sobre lo que más les había impresionado de la conferencia o del personaje. Y todos lo hicieron, con más o menos inspiración, precisión o gracia. Excepto una persona, que quiso darme una lección. Sólo señaló que dos veces, yo había cometido un error con el apellido de ese famoso personaje de Truman Capote que fue Holly Golithly, a la que a veces (no en la conferencia, pero sí al comentar de memoria, contestando a preguntas sobre si MB inspiró el personaje de Capote) llamo Dolittle (casi como Eliza Doolittle). Es verdad y no es la primera vez que me pasa. La persona que escribía esa nota me aclaraba que se trataba de un lapsus y añadía entre paréntesis "con todas las salvedades". ¿Qué salvedades?, me pregunté yo. Y concluí que esa persona no conoce el significado de lapsus ni de salvedades. Mi error es una asociación entre dos personajes. Estaría bien que me lo hubiera recordado en clase o que al final de su nota dijera: "Por cierto, ¿se ha dado cuenta de que a veces dice Dolittle a la pobre Golithly?". Pero tras una hora de conferencia con imágenes sobre Maeve Brennan, lo único que le impresionó y le quedó a esa persona fue que yo confundiera ese nombre. Ah, y añadió también un estereotipo sobre la literatura irlandesa que no tenía nada que ver con la conferencia. Leer esa nota me desalentó: cuando damos una clase querríamos que les sirviera a todos, pero eso no siempre es posible. Debió de ser horrible para esa persona soportar una hora y media de clase. Otros alumnos supieron dar vueltas a una idea, una cita, un hilo de la conferencia, la mirada literaria de MB, pareció que les había despertado deseos de leerla, y hubo algunos que me agradecieron el formato de la conferencia leída, los textos de MB incluidos en ella, las imágenes que la acompañaron. Yo tengo un recuerdo vivo de algunos profesores que despertaron algo en mí, no se me ha borrado su presencia con los años, pero es posible que algunos de los que iban a esas clases conmigo nunca conectaran con ellos. Dos veces he asistido, por razones varias, a conferencias o presentaciones de una profesora que habla al público como si fuesen niños, utiliza un power point donde sólo se repiten sus mismas frases, como si el público fuera sordo, y sonríe todo el tiempo absurdamente, aun con los temas serios. Y pese a la irritación que me producen esos gestos, ya que estaba allí, escuchándola siempre he descubierto algo o me ha dado qué pensar. Un poco como le ocurría a Maeve Brennan con Nueva York, siempre le daba qué pensar. En cambio esa pobre persona de ayer no encontró nada, sino que mi error le obsesionó y llenó su mente impidiendo que le entrara nada más. Hace años, en una época en que yo estaba muy estresada, alguien me dejó una cinta de relajación (entonces se usaban cassettes y magnetófonos). Lo más difícil para mí fue superar mis prejuicios lingüístico-culturales con aquella voz que intentaba relajarme. Decía: "Si quieres moverte o cambiar de postura, puedes realizarlo sin problemas". Y a mí, aquel uso estúpido de "realizar" me recordaba a la forma en que habla a veces la policía o gente así, empeñada en conquistar palabras que no domina y en ponerlas donde no toca. Y me enervaba en vez de calmarme. Pero al final, pese a todo, lograba relajarme y dormirme. En cambio, la persona que me escribió esa nota no pudo. ¿O tal vez se durmió y por eso no pudo recordar nada más?
Por cierto, he usado la palabra persona (no para imitar a Coleridge y su Person from Porlock) casi como homenaje a un amigo que siempre hablaba así. Decía: "he quedado con una persona", y todo parecía mucho más secreto y misterioso. Como venía del mundo del teatro, su persona adquiría otro sentido. Y a veces también me decía: "Eres una persona extraordinaria". Pero ese amigo está ya homenajeado en uno de mis cuentos, los que un día de éstos llegarán a las librerías...
Esta mañana me han llegado dos malas noticias editoriales du pays gabache y el cielo es aún más opaco y plomizo que el de ayer. Pero no cejaré en mis empeños. Habrá también buenas noticias, digo yo. Como en la frase de Lenin, Un paso adelante, dos pasos atrás... Y ahora tengo que dejarles. Me queda leer y reseñar otro libro urgente, podar y podar mi próxima conferencia del posgrado, leer un poco más para los premios de traducción... Pero mi panorama se va despejando y en algún momento se interrumpirá esta lluvia furiosa (ojalá esté lloviendo también en Daimiel y sean castigados los responsables) y tal vez incluso podamos detener a esos ignorantes políticos corruptos taladores de árboles. En el trabajo de G. había una cita de Sartre sobre la realidad y la utopía. No sé cómo era la cita, pero me recordaba a Habiter l'utopie? de Jacques Ehrmann, algo muy vinculado a esos mis viejos sueños de la izquierda que aún conservo. La idea es: aunque algo suene utópico, hay que habitar la utopía para lograr acercarla a la realidad.