Foto: Alicia Núñez. Una imagen de mi pasado. Creo que yo tenía 18, y posé para una clase de fotografía de Eina, en una casa semiabandonada que ahora se yergue iluminada como un pastel en la ladera del Tibidabo. Anoche, al fin reuní valor para ver la película que había filmado un blogger amigo de la mesa redonda de bloggers en el Ateneo. Sabía que no me gustaría, pero no podía imaginar hasta qué punto. Me quedé petrificada al verme. De pronto comprendí que había envejecido. Tenía cien años más. Y era una visión terrible. Implacable. Espantosa. Yo sé que en el formato digital, una arruga o un defecto de la piel que cae se ven a la misma intensidad que los ojos o la boca. No hay gradaciones. En el espejo, los ojos y la boca o el arco de las cejas de una cara siguen siendo más importantes. Para la cámara digital, todo tiene el mismo valor. De pequeño, G me hacía unos retratos hermosos y alegres, con el pelo hacia arriba como en una tormenta eléctrica, y las pestañas gigantes. Pero su primo S dibujaba a su madre y le hacía unos trazos negros enormes. "Son las arrugas", decía. "Tú también tienes." Recuerdo que me pareció un hiperrealismo distorsionado, le dije que las arrugas no se ven tanto como las cejas y los ojos..., pero era un niño muy obstinado e hipercrítico, a diferencia de G. (¡eran arrugas de 30 años, no de 90!). A mí me gustaba más la imagen romántica y alocada que me daba G. Pero anoche la impresión fue tan terrible que apagué la cámara pensando: "No hay nada que hacer. No es extraño que lo extraordinario no haya ocurrido. En este momento doy fin a mi vida amorosa, me retiraré a la torre de Montaigne y no saldré de casa sin una burka". Lo malo (y perdonen que frivolice sobre eso, pero tenía que burlarme de mí o hacerme el sepukku) es que la única burka que he conseguido es de fibra y asfixiará a quien la lleve. Yo quería una de algodón azul, con bordados, como las que he visto en las películas.
V. me hizo razonar. Dijo que ella no quería verlo y que si alguien lo veía, tendría que morir. Me dijo que pensara en cómo salía ella (que es joven y guapa) y comprendería que esa no es la realidad. G también me apoyó. Dijo que se me estaba repitiendo lo que me ocurría de pequeña, cuando creía ser un monstruo, gracias a las miradas familiares. "I no t'enganyis", me dijo al despedirse.
Hoy yo tenía un día desorbitado. Al menos para mí, acostumbrada a la quietud de la escritura. Primero homeópata, luego editor, luego un encuentro con la poeta Tanja Gromača en la plaza Bonsuccès, pasando primero por el Taxidermista, donde B y su abogado se han reído de mis historias mientras B intentaba en vano hacerme probar un postre muy dulce. Tanja me gusta y tal vez vaya a verla al Festival de Poesía del Palau (me encantó el extracto de su novela Negro sobre la guerra, la leí en francés y se la recomendé a Jaume Vallcorba, pero creo que a él se le olvidó porque hace unos días me preguntó en los FFCC, donde a veces nos encontramos: "¿Hi ha algun escriptor balcànic que jo hauria de llegir?"). Tatjana estaba muy agradecida porque yo la propuse al Festival y me ha traído música croata. Hemos paseado juntas despotricando de nuestros respectivos países, me ha contado que pretendía vivir en un bosque y me ha acompañado a comprarme unas alpargatas de las de siempre, atadas y planas. "Això és un pinxo", me han dicho en la tienda de la calle Avinyó. He vuelto para arriba. Cada vez que pasaba por casa me tapaba los oídos porque los obreros estaban rompiendo el suelo de la entrada con esas máquinas tercermundistas, prohibidas en cualquier país digno, donde sí hay límites de decibelios para las obras.
Pero por la mañana, antes de salir, he recibido un email de EVM, que tiene la maqueta de La plaza del azufaifo para escribir su prólogo. Ese mensaje ha borrado los ecos de mi angustiada conciencia del tiempo como un vendaval se lleva los papeles del suelo y me ha dado ganas de bailar por la casa. Decía así: "El libro es magnífico. Lo imaginaba, pero me gusta mucho la idea de que se prolongue hacia el final con textos que a veces no hablan del azufaifo. (..) Te lo digo muy sinceramente: es un libro estupendo y hasta importante (necesario tal como están las cosas en Barcelona)". He llegado al jardín de la homeópata como si fuese volando... He comprobado una vez más su sabiduría y su pensamiento libre e imprevisible, que me resulta tan afín. Naturalmente, ella se ha reído mucho de mis ideas sobre la vejez ("No veo la relación entre la vejez y el fin de la vida amorosa."). En la editorial, hemos adelantado un poco en la planificación y he visto una prueba de portada, con el delicado e inteligente dibujo de Aurora Altisent del azufaifo verdeando sutilmente, che bellezza!!!
Las frases de Vila-Matas me han acompañado todo el día. Mi editor me ha escrito al final de un email: "Por cierto, no me extraña que a Enrique le guste el libro, es estupendo". Al atardecer, me ha llamado Ninca Lacruz. Venía de hablar precisamente con Vila-Matas y él le había dicho otra frase: "No sé si Isabel sabe lo bueno que es su libro". Aún flotando me he ido a yoga, donde soy confortablemente anónima y nadie sabe ni a qué me dedico, lo cual produce a veces una sensación de irrealidad y la fuerte tentación de ser otra (en la adolescencia, jugaba a ser otra cuando algún taxista me hacía preguntas, e improvisaba una historia, una identidad). Al volver, he recibido el prólogo de Vila-Matas. Es difícil de explicar. Para mí ha sido una lectura emocionante. Es un prólogo guerrero y crítico, como exigía esta ocasión, pero también es un texto fuertemente literario y lleno de su gracia y sus piruetas, y por esa vía que él ha inventado, apoyado en citas luminosas sobre la ciudad y la escritura. En efecto, trata de literatura y de la ciudad, es generoso conmigo, pero además es casi una carta que yo no puedo contestar, porque es una carta de ficción, y me pregunta e interpela, responde a mis comentarios del blog, y creo que un día, cuando el libro esté publicado, podré contestar aquí, en un espacio de ficción. O mejor iré contestando subrepticiamente. Fue él quien me dijo que tenía que publicar esta historia en forma de libro, y también fue el primero que se hizo eco con un artículo de la amenaza sobre el azufaifo y de mi furia por lo que estaba ocurriendo en la ciudad. Fue el primero que me demostró con su crónica, sin saberlo, que yo podía lograr que pasara algo, que había tocado un punto importante, que no era verdad que protestar no sirviera para nada. Así fue cómo empecé a descubrir que yo, que me sentía incapaz de conseguir una beca o un editor, que me creía inconstante y perezosa e incapaz de tenacidad, podía hacer mucho más que eso por un árbol o por mi ciudad. Para mí estaba claro que sólo él podía hacer ese prólogo Nur Vila-Matas! (según yo creía que dijo Todó citando a Goethe y dirigiéndose a Gimferrer, que presentó su libro. Pero Todó me dice que era un latinajo "aut Caesar aut nihil", la divisa de Lorenzo? de Medici. ¡O César o nadie!). Sólo podía ser él.
Y hay otra cosa. Es verdad que cada lector lee según lo que es. Que hay lectores que elogian el humor y la ironía de mis cuentos de Crucigrama, los mismos cuentos que dos personas encontraron tristes, pesimistas y deprimentes. Y hay dos lectores de mi blog que me acusan de odiar esta ciudad, sin comprender que se trata justamente de lo contrario. Una vez dijo Félix de Azúa a quienes le acusaban de pesimista que era justamente al revés, él era un optimista, puesto que creía que todo se podía mejorar, y por eso protestaba y se indignaba. El prólogo de Vila-Matas me ha hecho sentir comprendida, y a la vez rodeada de palabras inteligentes. Pura hospitalidad. Creo que mi editor se va a poner muy contento. Et pour cause!
En cuanto a los dioses griegos, es obvio. Esa teoría del equilibrio y el temor a la visita de Némesis han condicionado mi vida. Lo que está pasando en el terreno literario y editorial con mis libros ("tal vez sí se acerca mi momento", le he dicho a G. Y él, acostumbrado a mi desespoir, me ha dicho: "Si ho dius tu segur que és veritat...") me llena de una felicidad asombrosa. Y una parte de mí teme la venganza de los dioses y me obliga a contemplar el paso del tiempo en una implacable película digital. ¡O prende un fuego en mi brazo!






