Mostrando entradas con la etiqueta Hölderlin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hölderlin. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de febrero de 2008

Anoche

Ilustración: Retrato de Erik Satie, de Santiago Rusiñol (info cedida por el blogger Impromptu)
Alguien me escribió para avisarme de que planean talar un venerable pimentero falso, un magnífico Schinus molle, un lentisco del Perú, un pobre árbol centenario que creció y sigue erguido, pero amenazado, en el Passatge Méndez-Vigo de Barcelona. Me preguntaba si podía ayudarle. Le di algunas recomendaciones y direcciones. Aquí no existe un partido verde (sólo un simulacro que contribuye a la tala antibernhardiana), ni activistas verdes (los de Greenpeace están demasiado ocupados con tanto vertido de petróleo, por ejemplo, y no dan a basto) ni apenas nadie a quien recurrir, sólo a la buena voluntad de algunos. No hay un movimiento ciudadano resistente como los que recuperan jardines en Nueva York o en otras ciudades del mundo. Sólo algunos periodistas y escritores. Eso sí, la gente sigue creyendo que (pese al ruido y el polvo y la destrucción progresiva e implacable) Barcelona es la mejor ciudad del mundo para vivir: esa frase escuché ayer en el centro de yoga. Lo curioso es que nadie sabe dar ninguna razón, aparte del clima. A mí me recuerdan siempre a aquel personaje proustiano que sigue comprando los pastelillos en el mismo lugar, sin darse cuenta de que hace años que dejaron de ser buenos.
Luego estuve leyendo a Zweig sobre Hölderlin, Kleist y Nietzsche, en ese libro dedicado a Freud. Decía: "Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica. Muchos son los que sucumben a sus abrazos ardientes... Sólo al que crea algo le es dado trasladar esa lucha demoníaca desde los oscuros repliegues de su sentimiento a la luz del día, al idioma. Pero es en los que sucumben en esa lucha en quienes podemos ver más claramente los rasgos pasionales de la misma, sobre todo en el poeta arrebatado por el demonio... cuando el demonio reina como amo y señor en el alma de un poeta, surge, cual una llamarada, un arte característico: arte de embriaguez, de exaltación, de creación febril... el frenesí sagrado que los griegos llamaron mania y que se da sólo en lo profético o en lo pítico."
Pero que nadie crea que Zweig defiende el mito del escritor vencido necesariamente por sus demonios, de hecho contrapone a esas tres figuras a Goethe, como afirmación de la vida e imposición de su sueño al mundo (aún no he llegado a la parte de Nietzsche para saber sus términos; conozco mejor la figura de Hölderlin, leí el magnífico El autor y su editor, de Siegfried Unseld (correspondencia y paseos del editor con Walser, visitas a Hölderlin, cartas de Kafka), y también la terrible correspondencia de H. con su madre, y no coincido con Zweig cuando la llama "bondadosa", sino que me parece más culpable que la de Panero, candidata al concurso de madres malvadas del que hablaba mi amiga escultora. Y todo eso lo leí después del encantamiento precoz que había sido para mí Hiperión, que se ha transformado en un recuerdo de contornos imprecisos pero igualmente intenso, un recuerdo de mi propio émerveillement, leyéndolo en el autobús, el metro, el borde de la cama, hace muchos años, antes de G., justo antes de entrar en Seix Barral(?)). Zweig acoge y comprende todas las opciones, mucho sabe él de esa lucha interna, a la que no sobrevivirá. Su sensibilidad no le permite ser indiferente a esos jóvenes ardientes que se consumen pronto, como Shelley o el hermoso romántico Kleist, pero tampoco a esa otra forma de morir en vida de ese mensajero de los dioses que es Hölderlin. La dedicatoria a Freud es de sincera admiración, Zweig no cree en el pretexto de Rilke de que el psicoanálisis matará a sus demonios y con ellos morirán sus ángeles; sabe que el psicoanálisis no acaba con ellos, sólo da tal vez unos instrumentos para verlos con más claridad, prismáticos o lupas como las de Combray, aparejos para manejarse y negociar.
Sigue Zweig: "Lo primero que salta a la vista en Hölderlin, Kleist y Nietzsche es su alejamiento de las cosas del mundo... Son nómadas por naturaleza, eternos vagabundos, externos a todo, extraños, menospreciados, y su existencia es completamente anónima. No poseen nada en el mundo: ni Kleist ni Hölderlin ni Nietzsche han tenido jamás una cama que les fuera propia; nada es suyo; alquilada es la silla en la que se sientan, alquilada es la mesa en la que escriben... No echan raíces en ninguna parte, ni aun el amor logra atarlos de modo duradero... Sus amistades son frágiles; sus posiciones, poco fijas; su trabajo no es remunerador; están como en el vacío, y el vacío les rodea por todas partes. Su vida tiene algo de meteoro, de estrella errante en eterna caída; no así la vida de Goethe, que forma una línea clara y definida. Goethe sabe arraigar y cada vez más hondas se hunden sus raíces. tiene mujer y tiene hijos, y lo femenino florece siempre a su alrededor."
Y en cambio los que conocieron al Hölderlin joven hablan de "aquella distinción de todo su ser...", todo lo que abandonó en su locura (en esa evolución de la elegancia al abandono, no puedo evitar asociarle a Maeve Brenann).
También, huyendo de la melancolía que me produce el imposible rescate (Hölderlin, pero también Zweig), que me parece hablar de mí (aunque fuera de una yo anterior), leí unas páginas del libro de Manuel Baldiz, El psicoanálisis y las psicoterapias y me gustó comprobar cómo se puede aclarar las cosas desde el principio y hacer difusión sin dejar de ser inteligente y lleno de matices, con referencias que muestran su cultura, su humor irónico y su criterio.
Escribo esto rodeada del ruido de las obras en la escalera, que no se acaban. Leo en el suplemento del New York Times de ayer de unas estruendosas bicicletas caribeñas que proliferan en Queen's con formidables equipos de sonido de montones de decibelios. Acabo preguntándome qué es peor, como aquel juego al que jugaba una antigua amiga, siempre preguntando: ¿qué prefieres? entre dos supuestos siempre indeseables (trabajar en una obra del metro o en una fábrica tóxica, por ejemplo), y yo siempre elegía una tercera opción (ser jardinera), que para ella no valía. ¿Qué será de los que no soportamos el ruido, en esta ensordecedora Barcelona, si además nos talan los árboles, nos quitan la sombra y procuran que no vuelva a llover? Si hasta las bicicletas, que eran silenciosas como gatos, se arman de estrépito...
Confieso que mi rebelión contra mis tareas alimenticias (de traducción) crece. Me parece que pierdo el tiempo traduciendo cuando sólo debería escribir. Y por otra parte, huyo de mis obsesivas inspiraciones y soplos al oído al cerrar los ojos, como una escena que surge en la ducha matinal y que tengo que escribir. Y los remates de mi libro balcánico. No sé qué será de mí, entre el ruido y la carestía y las luchas con mis demonios y una extraña alegría burlona que me posee a ratos (¿será porque mi mirlo favorito ha empezado a cantar todas las tardes desde el ciprés de enfrente, justo cuando se callan las grúas?)
Tengo que ir a ver a ese pobre árbol amenazado, falso pimentero de sombra generosa, del pasaje Méndez Vigo.