lunes, 27 de abril de 2009

He vuelto al ruido del mundo

Foto: I.N., Escola Industrial, 2009
El otorrino se ha acercado con una jeringa gigantesca, de dimensiones casi oníricas, me ha pedido que sujetara una bacinilla metálica junto a mi cara y nada más liberarme el oído izquierdo he oído el estruendo fragoroso de una máquina. "¿Y ese ruido?", le he preguntado. Él se ha echado a reír: "Ese ruido ya estaba antes, cuando usted no podía oírlo..." Al liberarme el oído derecho, todo me parecía estridente, como si hubieran subido en exceso el volumen del mundo. "Con la quietud que tenía...", he musitado. "No diga eso. Piense que algunos sordos lo son porque no quieren oír", me ha dicho, con una sabiduría inesperada.
La calle me ha parecido un lugar terrible. En el camino de ida yo andaba maravillada con la luz, aún con el efecto de los mensajes apocalípticos sobre la crisis, la fiebre porcina y nuestro precario futuro, o el realismo inteligente del texto de Zygmun Baumann que traduzco y que muestra no sólo la profundidad de la crisis, sino la realidad de que no se está haciendo nada de nada para corregirla de verdad, sino que sigue el latrocinio de banqueros y grandes fortunas con la complicidad de los gobiernos (por ejemplo, es ya sabido que las ayudas a los Bancos han servido sólo para repartir bonos millonarios a los altos cargos, pagados con nuestros impuestos), y pensaba: "Con esta luz, no puede ocurrir nada realmente malo". Pero el camino de vuelta, ay, como los bebés que llegan al mundo llorando y sacudidos, arrancados de ese universo cerrado y oscuro donde no tienen que estrenar siquiera el aparato digestivo, ha sido irritante. Al llegar a casa he descubierto que todo suena, incluso este teclado me parece ahora estrepitoso; he logrado que G. bajase el volumen de los teléfonos, y para celebrarlo he puesto música, eso sí, música que me envolviera como un chal de seda filtrando los horrores auditivos de esta pobre ciudad abandonada por políticos desaprensivos y corruptos. Música de toda clase, empezando por Ben Harper y acabando con las Sonatas de Beethoven (que ahora me suenan distintas porque pienso en su enclaustramiento auditivo, en cómo debía imaginar la música, casi soñarla), en una celebración privada de mi doloroso retorno al ruido del mundo.
Ayer anduve por la ciudad peligrosamente, recorriendo la calle como si fuera un paisaje fotografiado. En un paseo con un amigo bajo los pinos arrogantes y generosos de Ca N'Altimira (él no me oía, porque yo hablaba bajito y es que mi voz me resonaba con fuerza en mi interior, y apenas le oía a él con mis oídos tapados) señalé la escena y le dije: "Parece un paisaje pintado". Y era verdad, dos perros y un anciano inmóviles nos contemplaban y en mi mundo silencioso nada era real. Por la tarde me fui a la cárcel Modelo, al Hospital Clínico, a l'Escola Industrial; necesitaba hacer unas fotos para mi libro. La Modelo me impresionó, como en otros tiempos, sentí de nuevo que todas las casas de los alrededores están contaminadas de su tristeza, las feas construidas desde los setenta en la más pura mediocridad, y las bonitas, humildes edificios de l'Eixample que viven a la espera, como si estuvieran ocupadas por familiares de presos, por la sombra de ese mundo vuelto al revés (otro calcetín, como mi sonido hacia dentro) y las fotografías mostraban esa construcción decimonónica y foucaultiana donde luego han acumulado alambradas y paneles metálicos con una humildad cutre, tercermundista. "Debería ser un museo del franquismo", pensé yo, recordando mis visitas a un hombre en 1974-75. Dos veces estuvieron a punto de arrollarme, un coche y una moto. El motorista, joven y con un habla precaria, gritó algo como "¡Oye! ¡Que yo estoy aquí!" mientras él y su colega me miraban asombrados. Yo les miré fijamente, estupefacta. Al conductor del coche le pedí disculpas con un gesto. Se lo conté a G. y se enfadó conmigo y me descubrí pensando: "Qué importa, yo he vivido mi vida", como si hubiera cumplido 80 años. Andaba feliz y desconectada del mundo, tanto que empezaba a preocuparme mi desapego vital, aunque tengo alguna pista y se la llevaré a La Esfinge si me decido a llamarla. Me dicen que los sordos viven en esa distancia. Pero qué quietud y qué paz la de estos días pasados. Era casi como si no estuviera del todo en el mundo, como si... (Allá, allá lejos; / Donde habite el olvido... Luis Cernuda) De pronto se puso a llover con fuerza y cogí un taxi al vuelo. El conductor no me oía. Era como si nada tuviese volumen, ni siquiera yo misma.
Luego estuve leyendo El solterón, de Adalbert Stifter, que tiene ese estilo Mann-Zweig, esa época y ese espíritu de La montaña mágica o de Veinticuatro horas de la vida de una mujer, incluso un leve matiz walseriano en el tratamiento del paisaje y el estado de ánimo, aunque tal vez sea más ingenuo. También leí el ártículo sobre la voz de un psicoanalista que sigue leyéndome y me asombró la cantidad de afinidades, coincidencias temáticas y sincronías y de la multiplicidad de voces poéticas y analíticas de su texto (!). Y hoy llegó a la lista del librero de la calle Berlinès la noticia triste de la muerte de otro psicoanalista que también me leyó y animó a seguir.
No puedo evitar preguntarme si este retorno mío significa algo más, si es una prefiguración de otro retorno necesario que sigo postergando misteriosamente, si mi alejamiento de estos días se refería también a ese otro territorio vital extrañamente abandonado en estos últimos tiempos y que temo recuperar, aun sabiendo que sin él estoy entre paréntesis, viviendo a medias, refugiándome, protegiéndome artificialmente... Chissà.
Mientras escribía de la cárcel me acordaba de aquella visita a la cárcel de Quatre Camins en que Carles Hac Mor logró hacerme cantar una canción, canté un poema del Romancero anónimo al que siempre vuelvo y temí que a aquellos presos no les gustara la metáfora, pero les gustó. En realidad, eran un público excepcional, escuchaban cada palabra con todo su peso y una atención intensa y vibrante, era difícil sostener la mirada oscura de algunos (yo no sabía qué miraban en realidad), y recogían cada mensaje. El poema habla de las prisiones interiores, pero Chicho Sánchez Ferlosio le puso música y yo entonces sólo recordaba vagamente (ahora ya tengo el disco), pero logré un efecto gracias a la intensidad que allí flotaba. El otro día se la canté a mi hermana italiana, que está por aquí para dar uno de sus talleres del autorretrato y vino un momento a dejar sus cámaras, y al oírme se echó a llorar, como cuando era pequeña, mientras alguien revoloteaba por aquí, poniendo orden en mi caos (Daniel Baremboin sigue ahí).

7 comentarios:

el objeto a dijo...

Nunca he podido comprender la fealdad de ese lado del ensanche, me fui hasta el fin del mundo, regresé, subí al himalaya, regresé, sigo sin entenderlo.
A nadie parece importarle un carajo.
Como ayer cuando conversábamos con un proveedor que lleva toda su vida en el sector textil y nos confesaba que ahora nadie cree poder llegar a la jubilación en este sector aquí,
a nadie parece importarle otro carajo.
La semana pasada en Franceculture muchos programas trataron el tema de las prisiones en Francia, debido a no sé qué aniversario, fue interesante, discusiones y testimonios. Aquí sigue siendo un tema incómodo y acallado.

Qué gracia ese otorrino observador y sabio, que lee lo sintomático en tantas sorderas cobardes.

Felices retornos varios, unos más inmediatos que otros

zbelnu dijo...

Tienes razón. Sería bueno que en vez de intentar atajar la crisis destruyendo aún más la ciudad con pretextos (plaça Joaquim Folguera, Diagonal, Eixample, Ciutadella, etc) se plantearan reflexionar sobre la fealdad creada y cómo mejorarla. Toda la zona que rodea a la estación de Sants y llega a la Model es grasientamente fea y terrible, pero al ayuntamiento le gusta y sólo se dedica a exportar esa fealdad. El otro día pensé en filmar, claro que con mi torpeza no sé si vale la pena, un documental sobre la destrucción de la ciudad. Tal vez debería proponérselo a alguien.
En cuanto al resto, aquí a veces parece que a nadie le importe nada de nada y cuando hablan de las cárceles o entrevistan a sus habitantes (suplemento dominical hace poco) lo hacen banalizándolo terriblemente.
Ah France Culture. Estoy escuchando ese maravilloso CD de Colette, que son entrevistas, y es genial, y añoro un país con una radio culta y sensible, como también la radio 3 italiana que entrevistaba larguísimamente a Natalia Ginzburg (È difficile parlare di se) no una radio de semianalfabetos donde creen que no vale la pena hablar de los Balcanes (y de mi libro) porque está pasado de moda. Para ellos sólo las últimas novedades y modas cuentan. No saben lo que es la palabra como instrumento d ereflexión, no saben ni en qué se basan, ellos no hablan, hacen ruido...

zbelnu dijo...

Lo que añoro es la reflexión (ay, María Zambrano lo dijo). Me encanta lo de: "me fui hasta el fin del mundo, regresé, subí al himalaya, regresé, sigo sin entenderlo."

frikosal dijo...

Bueno, felizmente retornada al ruido, menos mal que se ha resuelto y yo contento de leer tu entrada con esta descripción de la vida uterina y la breve pero escalofriante referencia a la posible nueva epidemia.

Nada más saberse de la gripe las acciones de las empresas farmaceuticas han subido como la espuma, como lo hicieron las de la Union Carbide cuando se aprobó una compensación económica no solamente irrisoria si no casi nula para los damnificados del desastre de Bhopal, confirmando una vez más que el sistema económico que nos gobierna es absolutamente inmoral.

"Con esta luz, no puede ocurrir nada realmente malo"

zbelnu dijo...

Sí, sí, Frikosal, y el texto que traduzco de Zygmun Baumann analiza esa inmoralidad y todas las perversiones de ese mercado salvaje que nos gobierna. Lo que no entiendo es dónde está el soma que droga y embrutece tanto a la gente, para volverse tan pasiva y seguir votando a estos forajidos (ahora les tocará a los del pp, que son doblemente forajidos, pero verás cómo les votan) y sí, alguien se hará rico como Rumsfeld con la gripe aviar...

Ephemeralthing dijo...

Viviendo en un país de "sordos" a uno se le ocurre que le iría mejor también serlo, por lo menos hasta llegar a La Jonquera o Algeciras. Entonces ahí recobrar el oído y volver a disfrutar de la percepción de los sonidos.
Pero no hay manera, cuando uno decide hacer "oídos sordos" todos se extrañan.

Isabel: ¿puedo decírlo?: te ha salido un "post" que es como una brisa.

zbelnu dijo...

Gracias, Eph! Yo pensé que la inspiración se había ido con la oleada de cera que me tapaba los oídos... De verdad que una parte de mí añora ese silencio, tal vez debería reconsiderar cómo vivir en otro sitio, una ciudad menos destruida, menos ruidosa, con ciudadanos menos sordos, más resistentes, que no se dejaran tomar TANTO el pelo, que no tirasen basura a la calle ni a los árboles... Pero cómo?