lunes, 6 de abril de 2009

Viaje al pasado

Foto: I.N., El jardín de un convento, 2009
Hoy he salido con mi humilde cámara a fotografiar una esquina de mi pasado adolescente, para ese libro-telaraña que intento hilar llena de dudas, o mejor dicho, de desconcierto ante la multiplicidad de caminos posibles, ante las opciones que se abren, a medida que los paisajes de mi pasado coinciden con los paisajes de mis cuentos, de mi literatura, de mis obsesiones, y lo que primero significaba exclusión por repetición ahora empieza a plantearse como primer plano. Chissà.
Antes de llegar a la esquina, he querido entrar en un pasaje que se ha salvado milagrosamente de la plaga del cemento y sigue lleno de su pequeña belleza. La portera me ha pedido credenciales, se las he enseñado, le he dicho que era para un libro, y entonces, como si me conociera, se ha puesto a contarme la historia de los árboles. Este magnolio tiene más de un siglo... esa palmera tiene treinta años, la plantamos con un hueso... ese ficus lo cortaron todo y se recuperó...
He fotografiado la esquina famosa y de pronto, asaltada por mi memoria, he empezado a buscar más allá, ya subiendo cuestas empinadas y atravesando carreteras, en pos de un lugar más intenso e históricamente significante para mí, y perdida en los nuevos y horribles trazados de las Rondas, que destruyeron tanto, no sabía por dónde acceder, y me he encontrado en caminos que sobreviven extrañamente y en terreno descampado y abrupto y luego un vigilante me ha permitido atravesar los magníficos jardines de un convento que he reconocido enseguida (ha cambiado la congregación, me ha dicho). Mientras fotografiaba las glicinias me he cruzado con una monja seglar muy sonriente: "¿Verdad que están preciosas?", me ha dicho, aceptando inmediatamente mi presencia en su recinto privado, "Pues ya verá cuando llegue al otro lado..." Yo iba pensando, a pesar de mi laicidad convencida y de mi rojerío de espíritu, que al fin y al cabo esa congregación preserva el patrimonio y es que, llegados a este punto de destrucción de la ciudad, cualquiera que preserve algo y que contribuya a la belleza merece mi consideración.
Y he encontrado el lugar, una casa donde ocurre uno de mis cuentos de Crucigrama. Y estaba tan contenta y tan triste que al llegar allí no he podido resistir la tentación y he llamado a un protagonista de ese cuento, "¿Sabes dónde estoy?" Y al decírselo, él me ha lanzado una oleada suya de recuerdos comunes, algunos que yo había borrado y que han ido reviviendo, como el depósito de agua desde donde se veía la ciudad, y él decía que era como volver directamente allí, como si no hubieran pasado treinta años, a todos los sueños más alocados, las palabras mágicas que los evocan, a cómo nos reíamos y a la sensación ensoñada de vacaciones que es la época de estudiantes, a aquella ciudad, que nos han ido arrebatando a mordiscos, a dentelladas de hormigón, fealdad y mala arquitectura, y las palabras traían incluso sensaciones físicas -como aquella cuerda invisible que tiraba de nosotros hacia abajo cuando subíamos la cuesta, o un espía repentino que se asomó a nuestra ventana mientras dormíamos y nos despertó sólo con su mirada silenciosa-, y era tan emocionante encontrar los vestigios, y tan duro ver la destrucción, y tan alegre compartirlo y tan dolorida la sensación del tiempo pasado y caído como una losa, pero tan feliz la posibilidad mía de escribirlo... Il faudra tout dessiner!
Los personajes de mis otros cuentos, los que saldrán en otoño, siguen apareciendo o volviendo a mi vida de formas imprevisibles. La otra noche aterrizó uno inesperadamente en el Salambo, con una actitud desconcertante. Otro día fueron dos, casi olvidadas madre e hija, en la calle Mandri y a pleno sol. Al salir de una de nuestras conferencias surgió la recelosa morena de uno de mis cuentos favoritos. Otro día me escribió un antiguo colega de rojerío desaparecido que sale en dos cuentos, y nos reencontramos... Por si acaso, he empezado a corregirlos y estoy segura de que encontrarán su público. Pero mi impaciencia crece y me alegra saber que saldrán pronto...
Anoche fui con un amigo a ver una película francesa y mala que he olvidado. Él se empeñó en traerme un libro de Philip Roth: es uno de esos amigos hombres que (como Eph) admira a Roth y las películas de Clint Eastwood y todas esas cosas que yo dejo aparte por su exceso de virilidad o de americanidad. Pero cogí el libro de Roth (traducido!) ya en la cama y cuando me di cuenta eran las dos y pico y había pasado la página cien. La muerte de los padres. Para mí es un tema. Primero pensé que no podría soportarlo, porque hablaba de enfermedades terribles y porque se acerca mi cumpleaños y la foto de mi último post me hizo sentirme Matusalem (hay cosas que sólo yo diviso en esa imagen, cosas que ya no existen, como los restos destruidos de la pobre ciudad), era la comprobación de algo que fui y ya no soy. Pero luego... me recordó a Los cerezos en flor, al padre de Paul Auster, a las familias de Woody Allen, a las de Grace Paley, a ese legado europeo de los judíos americanos (a esa Galitzia del norte de Soma Morgenstern, de Joseph Roth, de tantos escritores...) y también me recordó al relato sobre su padre de Jonathan Franzen, a quien estuve a punto de llamar en un viaje a Nueva York, porque todo eran coincidencias con su libro, con una librería, con sus temas y los míos, y tenía su teléfono... pero me contuve. Y también, naturalmente, me devolvió a la enfermedad y la muerte de mi padre y a las interpelaciones y la estupefacción que me produce mi madre estos días (y las llamadas se multiplican). Reconocí esos momentos en que nuestros propios gestos nos desconciertan, su mirada analítica sin querer, sin saber... Y me pareció, porque olvidamos la película inmediatamente, que en realidad habíamos ido a ver la muerte del padre de Philip Roth.
Mientras, L.O. y yo hemos seguido proponiendo ciclos de conferencias a instituciones. Nos gustan tanto nuestras propias propuestas que las contrataríamos inmediatamente. Por desgracia, éste es un país lleno de limitaciones, con poca sensibilidad y poca osadía (yo siempre añoro esa libertad y ese olfato con el que los americanos apuestan por todo aquello que les parece talentoso) y en general, la gente que ocupa cualquier pequeña posición de poder no se siente libre para mirar, leer o escuchar, sino rígida por el miedo y la necesidad de demostrar éxito previo y gran comercialidad, y no se atreve a apostar por nada. Veremos; es cierto que hemos tenido algunas respuestas favorables y sorprendentes. Yo sigo pensando que en todas partes puede quedar alguien que no esté completamente embrutecido y pueda apreciar aún las cosas...
En mi barrio se ha hecho ya el silencio. Es maravilloso. He decidido no aceptar la invitación de una casa del bosque e intentar seguir aquí hasta que vuelva la marabunta, e irme cuando todos hayan vuelto...

11 comentarios:

Alvaro de la Rica dijo...

Curiosamente, a mí me parece que entre su escritura (al menos en la del blog) y la de Roth hay muchas cosas en común. Por mencionar algunas que se me hacen patentes en esta entrada, sin ir más lejos, y dejando aparte la difícil cuestión de la virilidad: un cierto grado de autoficción, nostalgia por los lugares perdidos de la infancia (la ciudad cambia más deprisa que nuestro corazón), autoextrañamiento, laicidad.

JML dijo...

Pocas veces los encuentros con el pasado son de una felicidad triste, como la que relatas. Hay que estar a solas, acallar voces, escuchar otras que vienen de dentro y de muy lejos, en definitiva: hacer que el viaje a Itaca sea muy muy largo, como en el poema de Kavafis. Tu post me ha traido su recuerdo, y otros que permanecen dormidos.

No sé si el Roth que estás leyendo es el de "Elegía", un libro que me encanta...

Saludos

zbelnu dijo...

Muchas gracias. Él es un gran escritor con un corpus de obra importante y yo soy sólo una hormiga que ha escrito tres libros tardíos... Pero la verdad es que yo no pensaba, no había tenido suerte con él, que podría conectar así con su escritura. Ya me lo advirtió el librero de la calle Berlinès...

zbelnu dijo...

No, JML, es Patrimonio, es más autoficción, como señalaba Álvaro...

zbelnu dijo...

Y en cuanto a acallar voces, pobre de mí, yo no puedo apenas acallar ninguna, se agitan todas ahí, pidiendo turno o interrumpiéndose, atropelladas, y es que yo ya he envejecido.

Eugenia dijo...

A mí me impresionó mucho El teatro de Sabath de Phillip Roth, especialmente la forma en que trataba el sexo entre los protagonistas ya mayores. Fue a causa de este libro que empecé mi propio blog:http://eugeniacodina.blogspot.com/2008/03/esta-entrada-trata-sobre-la-vida-del.html

nomesploraria dijo...

Tu no ets matusalem. Què més voldria ell.
Les glicines estan precioses i els Cercis (els arbres de Judes)florits de color rosa.

zbelnu dijo...

Vaya, Eugenia, si el libro te movió a empezar un blog...

zbelnu dijo...

Gràcies, Nmp! Jo no sabia que els arbres de Judea es deien Cercis... també n'he vist, avui, ha estat una excursió fantàstica... I la confirmació que els meus contes sortiran a la tardor!!! Estic feliç

Anónimo dijo...

lo curioso de los lugares, es que aunque no los hayamos visto nunca, sí que nos recuerdan a alguno del pasado, aunque sólo sea en su atmósfera, en algo que no sabemos qué es exactamente.
Yo pienso que no todo se debe escribir, o al menos sin ser transmutado en parte (respecto a las voces acalladas o no) hay cosas que tenemos la obligación de olvidar. Tal vez anotar, pero para su destrucción posterior. Como hizo Francis Bacon con mucha obra suya. La literatura sirve en parte para esto, transfigurar.
iluminaciones.

zbelnu dijo...

Yo no hablaba de eso, Iluminaciones, aun que tal vez JML sí. Cada uno sabe (y si no sabe lo va aprendiendo) lo que debe escribir y lo que debe guardar o desechar. Te aseguro que yo elijo y no lo escribo todo. No, no me refería a eso cuando hablaba de múltiples voces. Hablaba de las interpelaciones internas, de todo lo que un lugar y un recuerdo suscita y todo eso debe ser escuchado y atendido. Y de ese proceso dependerá luego una posible escritura, pero sin atender y escuchar todas esas voces del pasado yo no podría saber qué quiero escribir, qué necesita en mí ser escrito.