La luz grisácea y opaca del cielo corresponde perfectamente a mi estado interior, desapacible, agitado, pero al mismo tiempo, arañados por esas nubes están múltiples proyectos, tentativas de escritura que me interesan, sueños que intento desentrañar con cierta fascinación -el de esta noche era una misteriosa mezcla de pesadilla y placer, es decir, una pesadilla con momentos mágicos y de gran alivio que me permitían seguir durmiendo, entre Barcelona y Pristina, el caos y la sensación afectiva de volver simbólicamente a casa en un abrazo imposible-, y pese a todo, me despierto a las 6 como si una voz pronunciase mi nombre muy bajito, y con un martilleo de latidos pulsando en mi cabeza. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo, y no hay síntesis posible o si la hubiera sería de una gran ambivalencia.
Anoche leía un poema durísimo de Sylvia Plath para mi conferencia de mañana y en ese mismo momento me llegó el mensaje desesperado de una amiga lejana, que como ella, ha dejado de comer y de dormir, aunque también conserve su ironía y su talento. Ella me hablaba de su niñez asociándola a la mía, a mi encierro en el cuarto de la caldera, porque su resistencia a emprender un análisis en serio la hace caer en las garras de los adoradores del síntoma. O esa es mi visión inquieta, porque temo por ella y a veces siento la necesidad de que se corrigiera esa injusticia, y de que su talento le permitiera vengar a los villanos, villanos enfermos pero villanos al fin. Un poco como en el testimonio de las mujeres de Ravensbruck: mantenerse con vida era su resistencia, "no lograrán acabar conmigo". Y cuando salieron del campo, contar lo que vivieron, como un deber hacia las que murieron allí. Mi infancia fue mi Auschwitz particular (¡oh, yo sé que exagero! no pasé hambre, pero recibí golpes a diario y estaba siempre encerrada, puedo burlarme de mi percepción de ahora, pero a los 2 años, a los 5, todo es más difícil) y escribirla sin autocompadecerme, contarla como el Kolima de Chalamov, sin quejarme como un lloricoso Soljenitsin, es mi obsesión. "Scrivere è il mio dovere", me dijo Arben Idrizi, un poeta albanés melancólico en Pristina, que hablaba italiano.
Me consuelo un momento con Edna St. Vincent Millay, gracias al sugerente blog de Geo, que empieza con una bonita cita suya. Y repito aquí un fragmento de un soneto suyo que me hace sonreír:
I too beneath your moon, almighty Sex,
Go forth at nightfall crying like a cat...
Acabé mi traducción del libro magnífico de Slavenka Drakulic sobre los criminales de guerra. Sólo me queda corregirla. Después de mi conferencia de mañana.
















