viernes, 25 de mayo de 2007

Días extraños

Ésta es una vieja foto mía de los 18 años (creo que me la hizo mi hermana Malicia) No sé muy bien qué hace aquí. O sí: un amigo me preguntó hace unos días si nunca me gustaba una foto mía. Es un asunto difícil...
La luz grisácea y opaca del cielo corresponde perfectamente a mi estado interior, desapacible, agitado, pero al mismo tiempo, arañados por esas nubes están múltiples proyectos, tentativas de escritura que me interesan, sueños que intento desentrañar con cierta fascinación -el de esta noche era una misteriosa mezcla de pesadilla y placer, es decir, una pesadilla con momentos mágicos y de gran alivio que me permitían seguir durmiendo, entre Barcelona y Pristina, el caos y la sensación afectiva de volver simbólicamente a casa en un abrazo imposible-, y pese a todo, me despierto a las 6 como si una voz pronunciase mi nombre muy bajito, y con un martilleo de latidos pulsando en mi cabeza. Pasan demasiadas cosas al mismo tiempo, y no hay síntesis posible o si la hubiera sería de una gran ambivalencia.
Anoche leía un poema durísimo de Sylvia Plath para mi conferencia de mañana y en ese mismo momento me llegó el mensaje desesperado de una amiga lejana, que como ella, ha dejado de comer y de dormir, aunque también conserve su ironía y su talento. Ella me hablaba de su niñez asociándola a la mía, a mi encierro en el cuarto de la caldera, porque su resistencia a emprender un análisis en serio la hace caer en las garras de los adoradores del síntoma. O esa es mi visión inquieta, porque temo por ella y a veces siento la necesidad de que se corrigiera esa injusticia, y de que su talento le permitiera vengar a los villanos, villanos enfermos pero villanos al fin. Un poco como en el testimonio de las mujeres de Ravensbruck: mantenerse con vida era su resistencia, "no lograrán acabar conmigo". Y cuando salieron del campo, contar lo que vivieron, como un deber hacia las que murieron allí. Mi infancia fue mi Auschwitz particular (¡oh, yo sé que exagero! no pasé hambre, pero recibí golpes a diario y estaba siempre encerrada, puedo burlarme de mi percepción de ahora, pero a los 2 años, a los 5, todo es más difícil) y escribirla sin autocompadecerme, contarla como el Kolima de Chalamov, sin quejarme como un lloricoso Soljenitsin, es mi obsesión. "Scrivere è il mio dovere", me dijo Arben Idrizi, un poeta albanés melancólico en Pristina, que hablaba italiano.
Me consuelo un momento con Edna St. Vincent Millay, gracias al sugerente blog de Geo, que empieza con una bonita cita suya. Y repito aquí un fragmento de un soneto suyo que me hace sonreír:
I too beneath your moon, almighty Sex,
Go forth at nightfall crying like a cat...
Acabé mi traducción del libro magnífico de Slavenka Drakulic sobre los criminales de guerra. Sólo me queda corregirla. Después de mi conferencia de mañana.

lunes, 21 de mayo de 2007

En la Capella del MACBA

Esta tarde tenía una pequeña reunión en el MACBA y mi interlocutora nos ha recomendado que al salir, pasáramos por la Capella, donde hay una instalación de los artistas Janet Cardiff y Georges Bures Miller, The Forty Part Motet, una pieza coral del siglo XVI, Spem in Allium de Thomas Tallis (1575) cantada por 40 voces, cada una de las cuales tiene salida por un altavoz independiente. El efecto es maravilloso. Al menos para mí, sedienta de conciertos de música religiosa y celestial. Y en ese setting perfecto. Yo he sentido efectivamente cierta reparación, como si algunos fragmentos míos se consolidaran escuchando esas voces y mirando la bóveda de la capilla: cierta respiración feliz, unos minutos de auténtica epifanía. Sólo quedan unos días.

domingo, 20 de mayo de 2007

Dimanche toujours

Es gracioso pensar cómo odiaba yo los domingos, no sólo de pequeña, cuando me costaba decidir cuál era mayor tortura, si estar prisionera en mi "casa" o en el horrible colegio del que me expulsaron (que entonces tenía un jardín inmenso), sino después, cuando ya podía fugarme y abandonarme con nocturnidad a esos paréntesis sin tiempo, la tarde del domingo siempre era, por el horror que suscitaba, peor que la temida realidad del lunes. Y luego, muchos años después, odiaba mi prisión de los domingos porque tenía mi espacio ocupado (de fútbol silencioso o de la simple prolongación en el tiempo de algo bueno ya deteriorado) y sólo en las horas laborables volvía a tomar posesión de mi casa.
Y en cambio ahora, este silencio maravilloso de mi barrio (hasta que vuelve la marabunta), me hace desear la reclusión solitaria, y tras la visita de un amigo y el desorden lentísimo de las mañanas, qué felicidad estar escribiendo a trozos mi conferencia y a trozos un libro extraño, y a trozos leyendo, rebuscando y picoteando para componer un recorrido de ideas: Colette, Lo puro y lo impuro, Carver, What We Talk When We Talk About Love, o "Intimidad" (bien traducido por Jesús Zulaika, debo decirlo), Wide Sargasso Sea de Jean Rhys, el Quijote, la Recherche, Aleksandar Hemon, Dubravka Ugresić, un poema de Dorothy Parker, Sarah Waters, Wuthering Heights, Charlotte Perkins, Alice Munro, y tantos otros, para acabar el trayecto con uno de mis cuentos, que debo elegir entre tres... o cuatro.
Qué placer en la lentitud, los tés como rituales, alguna conversación telefónica y luego vuelta a este quehacer maravilloso que sólo puedo permitirme sin la banda sonora de la semana: teléfono, urgencias de traducción, pobre estado de mis arcas, malas noticias, retrasos en los pagos, pesadas negociaciones, maravillosas clases de yoga que a veces me pierdo por presentaciones casi obligadas y vida social que no cabe, como tampoco caben apenas las pasiones nuevas, y dudas mías y ajenas que trenzan cordones nerviosos desconcertantes.
Y en medio de mi retiro silencioso, me llega la noticia de que están inventando unas impresoras en 3D que permiten mandar por email información que se transforma, "imprimiéndolos", en objetos: muebles de cartón, un reloj, qué sé yo qué. Esa idea me encanta. Pronto nos podremos transferir por email todo eso y mucho más, un robot. Y entonces, inmediatamente, pienso con aprensión: cuando ya nadie pueda salir a la calle sin escafandra porque el aire será irrespirable (y no precisamente por el tabaco, ay) y no habrá oxígeno y el sol quemará aún más peligrosamente, dejaremos de tocarnos, de vernos, sólo nos comunicaremos por cables y nos mandaremos objetos por email.

sábado, 19 de mayo de 2007

Un repentino malaise

Arthur Rackham, La pastora de gansos en pleno "Vuela, vuela, viento alado..."

Un malaise ya inesperado, espectacular, aunque sin consecuencias, me atacó con quasi-nocturnidad y me ha retenido en la ciudad, prisionera yo también como las protagonistas de mi conferencia del próximo sábado. Así que poco a poco, en la medida que mis condiciones y languidez lo permitan, recuperaré este tiempo (que había ya entregado al ocio, a ver a mis amigos, a revisitar un mar familiar, a veces plateado y senil, y los plátanos de troncos gigantes que abrazaba de pequeña y el viento antes de que lo conviertan definitivamente en un mar de cemento, tal como está ya anunciado), para mis escritos mecánicos o en cuadernos o los papeles de hacienda o la pura ensoñación a la que en mi mundo sólo tienen derecho los enfermos...

martes, 15 de mayo de 2007

Viento y barridos

Foto: Manel Armengol, Pins de Cap Norfeu, Cadaqués
El viento, el mismo viento que ha tumbado varias veces a mi pobre castaño de Indias en la terraza y que ha roto la maceta del rosal de pitiminí que me regaló Àngels Ribé (es decir, que no es un rosal cualquiera, sino todo lo contrario), me ha sacudido también a mí, digamos que felizmente, llevándose preguntas y telarañas y revelando una peligrosa desnudez de las cosas, arrastrándome a lo realmente aventuroso.
De pequeña, yo vivía en el país del viento y me gustaba (por destructor, por romántico). En la hostilidad que me rodeaba, el viento sólo podía ser -como el resto del paisaje, como los pájaros que cantaban para mí en exclusiva- un poderoso aliado: si era capaz de descarrilar los trenes, si los barcos naufragaban por él, ¿cómo no iba a poder liberarme de mi encierro y de la Bruja que era mi carcelera? Vibraban los cristales y decían: ya viene la tramuntana. A los locos los llamaban "bojos del vent". Había uno que coqueteaba con los coches, bajaba de pronto de la acera, los amenazaba con cruzar y no cruzaba, se reía, los hacía frenar y enfurecerse... Yo me levantaba sonámbula en las noches de tramuntana. Y pese a todo, temía salir volando.
¿Dije ya aquí que en Belgrado, el viento del Sur, el Koshava, lo trastoca todo? La gente olvida las cosas y llega antes o después a las citas. Aunque no sé si es eximente en casos de asesinato, como el Föhn suizo.
Y ese viento de ayer ha dejado un cielo radiante, que parece casi griego, y con las buganvillas de un color mucho más intenso. Y yo traduciendo sobre Milosevic y Mira Markovic y sus perversiones, leyendo a ratos deprisa a Alice Munro y Grace Paley para mi conferencia coreográfica, intentando hilar en mi cabeza, mientras ando, unas ideas para construir una historia, reprimiéndome todo el día para no estar escribiendo en el sofá, y sufriendo por ello. Como no me den la beca, no sé qué será de mí.

sábado, 12 de mayo de 2007

La muerte y la primavera


Foto: Manel Armengol, Borago officinalis

Ese título de Mercè Rodoreda siempre me atrajo. Yo estaba segura de que en la primavera -como en la adolescencia- había una extraña e intensa combinación de Eros y Thánatos. En estos días, la llegada súbita del calor y la luz que lo pone todo en evidencia -la soledad, el deseo, la renovación vital, el reñido espacio de fuga y asfixia de las vacaciones por llegar, y tantas otras cosas- con una obscenidad implacable, que algunos no pueden resistir, llegan atropelladas noticias de inicios y finales.

Hace dos días, un colega de mi hijo se tiró por la ventana de un cuarto piso de la academia donde estudian. El chico resultó ileso, pero su desesperación (y la imagen de su abuelo célebre que se quitó la vida de la misma manera), su tristeza y la escenografía compartida llegaron con mi hijo a casa, en una vibración que se extendía como una onda acuática. Mi eco es mi propia adolescencia, de la que sólo me salvó el azar o el inconsciente, según como se mire. Pero también, en esta época, se reanudan los viejos lazos míos con el paisaje, de una fisicidad que todo lo arrastra, la vibración más brillante de mi oscura niñez.
Una amiga joven me reveló hace unos días su deseo de quedarse embarazada, y hoy, otra me anuncia que lo está, y mi ex me llama en la misma mañana para preguntarme a qué playa debería ir (lo cual no es más que el anuncio de otro inicio) y yo misma me encontraba ya prendida en un inicio otro, con su estela de desconcierto, oscuridad y perplejidades mezclándose a la libre celebración gozosa. Hoy todo el mundo se va a la playa y yo me quedo a escribir mis Coreografías del deseo. Apuntes literarios, una pequeña conferencia que daré el sábado 26 en el Col·legi de Metges, organizada por Invenció Psicoanalítica y que debería cambiar tal vez de título o añadir un subtítulo que sería Las prisioneras. El tema de esa conferencia, o más bien, la conexión interna conmigo, o su vibración inspiradora, por seguir con la misma metáfora del pájaro que levanta el vuelo y deja la rama temblando, o las ondas expansivas en el agua al tirar una piedra, me ha despertado. Es una de mis dos maneras preferidas de despertarme.
Mientras, sobre la banda sonora de las golondrinas vecinas, el rosal silvestre de mi terraza se ha llenado de rosas (de Pitiminí), han florecido las tres buganvillas y he tenido que lidiar con una plaga de caracoles.
En cuanto a la foto maravillosa de Manel Armengol, es una de las protagonistas de su sutil Herbarium, y me parece la imagen perfecta para estos pensamientos.

jueves, 10 de mayo de 2007

De informáticos, psicoanalistas y humanismo

Foto: Gabinete de Freud, Londres
Héme aquí de nuevo esperando al informático. Media vida esperándole y luego, cuando al fin viene, esperando a que se vaya. Con la misma impaciencia. Se lo dije una vez a un amigo y me contestó: "Antes fue el confesor, luego el psicoanalista y ahora el que ocupa ese lugar en nuestra vida es el informático..." Algo de razón tenía. Sólo que resulta mucho más penoso, no que el confesor, que yo por suerte no tuve, pero sí que mi psicoanalista, a la que yo siempre añoro, y cuando estoy muy enmarañada y voy a verla para consultarle algo, sigue maravillándome con su traducción de mis palabras. Querría incluso grabar lo que me dice, porque tendrá que durarme meses... El informático es esa figura ágrafa que no comprende mis manías, le basta con entender al ordenador, y eso ya es mucho. Me dice: "Cuántos libros... yo a veces querría leer, pero enseguida me quedo dormido..." Creo que los psicólogos de orientación no-psicoanalista, tan aficionados a poner etiquetas, han inventado una palabra para definir a esa gente que no ha leído novelas, ha ido poco al cine y no sabe hablar ni elaborar sus emociones. Dicen que esa patología se da mucho entre informáticos. Y encaja mucho con estos tiempos nuestros, de fin del humanismo, fin de la educación tal como se entendía en Europa, fin de la Francia de siempre, fin de tantas cosas. Recuerdo que cuando le pregunté a otro amigo por sus perros, me dijo: "Ah, els meus gossos! Són els últims humanistes!" Pero esos perros han muerto ya también. Incluso la derecha francesa de Chirac, que no renunciaba a ciertas conquistas sociales (como los derechos de las mujeres) y que tenía, pese a todos sus horrores y corruptelas, el poso humanista de haberse enfrentado al fascismo, también se acaba. Y en lugar de En attendant Godot, yo espero al informático. Para que arregle los desaguisados de la compañía telefónica.

miércoles, 9 de mayo de 2007

Pesadilla telefónica

Foto: Habitación de Maiakovski en Moscú
Mi día se ha convertido en una pesadilla gracias a Terra y Telefónica. Me notificaron que debía cambiarme de terra a telefónica o me quedaría sin servicio, pero prometieron que no me cortarían la conexión. Empezaron el día cortándomela, luego estuve llamando y llamando, pero me decían que yo no era de telefónica (los de telefónica) y que yo no era de terra (los de terra), que mis facturas no existían en sus ordenadores, que yo no tenía derecho a tener conexión hasta dentro de ocho días... etc. Todo eso tras repetir cientos de veces mi DNI, mis números y datos de todo y contar la misma historia a muchos empleados, cada uno de los cuales contradecía al anterior. Pero me he puesto tenazmente borde, he preguntado por responsables, me han puesto una coordinadora (que se dirigía a mí llamándome "Doña Núñez") y que finalmente me ha introducido en su ordenador, y ese gesto ha permitido que los del servicio técnico accedieran al fin a ayudarme. Ya tengo conexión, aunque no sin estragos. Tendrá que venir el informático (que cobra) a ponerme los ordenadores en red. Ahora están desprotegidos y yo tengo acceso a un ordenador desconocido, de modo que tal vez otros estén accediendo al mío: esa idea me hace estremecerme. Espero no caer en manos de un desaprensivo... Pero pondré una reclamación a la compañía, que nadie lo dude.

martes, 8 de mayo de 2007

Vecinos

Foto: Isaïes Fanlo
Cada año, en primavera, una pareja de golondrinas viene al patio de mis vecinos, donde anidan -ellos y sus antepasados- hace mucho tiempo. Curiosamente les gusta este patio ruinoso y tan urbano. Tal vez saben que uno de mis vecinos tiene nombre de pájaro. En ese patio de cocinas y lavadoras, hay unas cuerdas de tender, que no utilizo porque la ropa se ensuciaría con los vapores de las comidas ajenas, pero les sirven a las golondrinas. Se ponen una frente a otra y entablan agudas discusiones.. Cuando me asomo, se callan y me miran, moviendo constantemente la cabeza para adquirir una visión más completa. Si salgo al patio, revolotean y se alejan un momento. Y luego vuelven a sus conversaciones. La gata los observa con nostalgia casi sufriente. A veces la encuentro subida al repecho de una ventana, calculando un imposible ataque. Una vez parecía incluso de acuerdo con la gata vecina, frente a la alada presa.
Debería incluir aquí un texto que escribí de pájaros para leer en la cárcel... tal vez. Vuelvo a enterrarme en una montaña de trabajo imposible. No tengo tiempo de contar aquí lo que querría... más tarde. Son tres semanas de frenesí, y al estrés se añade un forzoso cambio de router que tal vez me deje sin conexión: es duro depender de Telefónica. Los cables de todos los teléfonos de esta casa pasan por mi terraza, como en un pueblo africano. Mientras ningún gobierno obligue a esa gente a reinvertir y les deje embolsarse todo lo que nos quitan, sin límites...

sábado, 5 de mayo de 2007

La resaca


Foto: Elena Vilallonga, The Twins, 2007

He puesto esta foto aquí porque me alegra la vista y el espíritu y creo que ejerce un efecto terapéutico sobre mi extraña resaca, que no es una resaca alcohólica, sino tal vez oriental, cinematográfica y también virtual, de una especie de lucha de espadas de pensamientos e impulsos que acabó en humo y en unos posos que aún tengo que analizar, como las brujas que miraban los del té o la vieja lapona que veía el futuro en unos trozos de bacalao seco, en el cuento de Andersen.
Ayer vi dos películas más en el Baaf. Una china, Qinchun ji o Sacrifice of Youth (1985) de Zhang Nuanxin, una narración poética y contenida de una China fronteriza, casi tailandesa, campestre aunque tal vez fantaseada, por lo que me dijo V (mi asesora en temas chinos), con alusiones críticas muy de fondo al régimen maoísta, y estaba yo extasiada y en plena epifanía, pensando en la belleza de todo lo que veía, cuando de pronto surgió un final absurdo e inexplicado y rematado con una canción kitsch.
Después, me disponía a trabajar y concentrarme, pero ese criscrossing de impulsos y pensamientos al que antes aludía, y que parecía un clímax negativo de una especie de escalada de encantamientos, me dejó tan estupefacta que accedí a la proposición de la autora de la foto y me fui a ver la taiwanesa I don't Want to Sleep Alone, del director malayo Tsai Ming Liang, creyendo, en una ingenuidad que sólo se debió a mi confusión momentánea, que podría verla impunemente. Es una película negra y en realidad excepcional, sin apenas diálogos, y se diría una contemplación desnuda de la pura verdad urbana antropológica y asfixiante de nuestro mundo. En Kuala Lumpur, en un edificio abandonado, en plena miseria e intoxicación del aire, se refugian y mueven lentamente unos personajes al margen, entre la compasión y las pasiones perversas, en unos rituales de cuidados -a un comatoso, a un desheredado, a una masajista- físicos y rituales de limpieza en un lugar imposible, que recuerda efectivamente a la India, donde no hay buenos ni malos y todo puede reconvertirse, con un trasiego de grifos que gotean, de colchones transportados de la calle, que hay que lavar y desinfectar, de cuerpos yacentes frotados con ungüentos y energía o con productos insólitos e industriales, de telas arrolladas a la cintura, de una rutina tan hindú de limpieza incansable envueltos en mugre y ruina, esa insistencia eficaz en crear reductos y pequeñas pero potentes atmósferas de refugio con telas y mosquiteras en medio del caos, de ese depósito de agua turbia al que se cae literalmente bajando por las escaleras... Esa sensualidad del agua estancada, esa vida en la putrefacción, esa belleza negra, urbana, palpitante y con un humor que surge en plena oscuridad, me vuelven ahora en forma de resaca porque ayer no pude soportarla. Había una terrible falta de aire y de verde allí dentro, que la escena de sexo ahogado, los dos tosiendo y con las mascarillas puestas y quitadas y vueltas a poner, escenifica con tristeza. Y ahora volvería a verla, tenían razón los demás, que salieron extasiados (aunque tal vez convulsos) de la película y yo discutía con ellos intentando aclarar por qué no podía digerirla. Sólo me faltaba tiempo...

viernes, 4 de mayo de 2007

Del envoltorio


Foto: Carta de Linda Danz
Siempre me pregunto por qué en este país y en esta mal llamada ciutat del disseny, los envoltorios, los rótulos, las señalizaciones, los sobres, los sellos, todo lo que rodea y envuelve tiene que ser tan feo. Aún ahora que casi se ha acabado la correspondencia terrestre, siempre que recibo cartas de mis amigos de por ahí envidio sus sellos, sus matasellos, sus sobres doblados según la necesidad, y cuando tengo que escribirles en vano intento que mi letra hermosee un poco el panorama de sobres feúchos y sellos siempre terribles. A veces me da pena tirar los sobres de las cartas que recibo, que suelo reciclar para envíos otros, y muchas veces había pensado en hacer un gran collage de cartas hasta que vi en el MACBA que un artista lo había hecho antes que yo (fue Muntadas On Subjectivity), y no me refiero simplemente al mail art sino a una reflexión más narrativa. Me encanta ese paisaje del envoltorio epistolar, tan afín a la cultura japonesa del envoltorio... Durante años vi con extrañeza cómo algunos rompían y apartaban los papeles de los regalos sin fijarse -en que eran de seda, de color del té verde, de arroz, que llevaban una firma dibujada, un retrato imaginario del homenajeado, unas cintas de una rara arpillera, una ironía estampada...
Yo siempre fui entusiasta espontánea del arte epistolar. El género me inspiraba. Enric Casassas, cuando yo le explicaba que intentaba escribir, que no encontraba mi voz, siempre me decía A mi m'agradaven les teves cartes... Tenía una caja inmensa de cartas de amigos que en mi adolescencia me escribían y dibujaban, una caja que acepté inexplicablemente que mi madre tirase porque así lo quiso Othello, que estaba conmigo entonces. Nunca me perdoné por esa concesión, más sangrante en alguien que quisiera guardar todo registro del pasado (había proyectado una boltanskiana exposición del armario con la ropa de toda la vida de alguien, ordenada por años... Pero Othello me persuadió de tirar la ropa y las dimensiones de mi casa, a las que nunca me acostumbré, le daban la razón). Una vez, uno de esos amigos reencontrados me enseñó algunas cartas mías de esos 16 años y me dejó estupefacta porque vi que entonces ya estaban en mí, en medio de mi locura de entonces, cosas que creía muy posteriores. Tal vez todo estaba desde el principio, pensé...
Sobre la fealdad: en eso Barcelona no es distinta al resto de este pobre país, parece que hay un empeño en llenarlo todo de fealdad, y esa sería para mí la obra del diablo o del mal que escenifica la política y la economía, el que estropea el paisaje, derruye los edificios que componían una historia, borra los signos de los conflictos que la explicaban y lo convierte todo en galerías comerciales.
Y sobre la correspondencia: en este país, se desdeña ese género, se intenta privatizar correos y se maltrata a aquellos que lo utilizan, mientras en el pays gabache, Correos promueve concursos literarios de cartas y en París hay un pequeño musée des lettres, en un edificio precioso, una callecita tranquila, sin tiendas ni ruidos (algo que aquí casi no existe), maladroite y mal montado pero con cartas maravillosas y dibujadas de escritores y artistas...

miércoles, 2 de mayo de 2007

chinoiseries

En el Baaf he visto Tierra amarilla (Huang Tu Di), de Chen Kaige, con Zhang Yimou de director de fotografía. Era 1984, empezaba algo, un movimiento crítico de nuevo cine chino. Un pueblo en la montaña, personajes que apenas se hablan, apenas se miran, se dicen una pequeña parte de lo que sienten o querrían decirse, los ritos, las texturas de la ropa, las bodas adornadas de rojo, obscenas entregas de niñas a una no-vida, la música vibrante, la esperanza liberadora que parecía el comunismo en plena miseria y esclavitud, irónicamente asociada al sueño supersticioso, la idea de las ciudades lejanas y libres, la desesperación y un paisaje inmenso, la manera de contar, como quien despliega un hatillo de telas chinas, el niño que no hablaba, con la cara sucia y el dibujo sorprendente de la nariz y los labios, las canciones donde sí se decía todo lo no dicho, el agua amarilla, el agua marrón, el agua nunca transparente, la sopa y el .
Una película maravillosa (aunque yo no haya sabido explicarla), de la que apenas existen copias, y que los valerosos organizadores del Baff han logrado traer a Barcelona pese a las dificultades, según me cuenta la presque chinoise V. Ayer, en el festival, vi a un amigo de V. que había hecho full immersion en el festival: aprovechando el puente, veía cada día unas cuantas películas y se sentía completamente transportado a Oriente. Pero cuando intentaba sintetizar algo común en esas películas, las palabras le traicionaban; parecía describir nuestro lado occidental, decía "grandes ciudades implacables, mucha soledad, sálvese quien pueda..." Yo diría que la única diferencia entre Oriente y Occidente es el pasado, y cómo ese pasado late y distorsiona nuestra percepción y nuestra actitud frente al presente (como suponemos que la historia diferenciaría las características morfológicas y vitales de cada extraterrestre de distintos planetas), cómo ese pasado cambia nuestra mirada y la forma en que nos ven.

martes, 1 de mayo de 2007

¿Quiénes son los valientes?


Foto: Dorothea Tanning, Birthday

En la presentación de la biografía de Ricardo Muñoz Suay, Jorge Semprún le traicionó por tercera vez, al menos a mis ojos, tal vez siguiendo la tradición evangélica. Una de las cosas que dijo fue: "Siempre he admirado a Ricardo [Muñoz Suay] por una cosa: no era una persona valiente; era un cobarde, un pesimista filosóficamente hablando, pero siempre estaba en su sitio. Pensaba que detrás, a la vuelta de la esquina, la policía le iba a detener, y a pesar de todo, ahí estaba." Esa idea me irritó. Entonces, según Semprún, ¿los valientes serían aquellos héroes míticos que no pensarían siquiera en el peligro, tan abstraídos estarían en el éxito de su causa? ¿No serían esos los inconscientes? ¿O los que sufren otra clase de enfermedad? He conocido corresponsales y cooperantes con un núcleo enfermo, que necesitaban vivir en el peligro completo para sentirse vivos. ¿Son esos los valientes semprunianos? Yo pensaba que el valor no excluía el miedo. Pensaba que el valor consistía en no dejarse paralizar por el miedo, en que, aún temblando o cubiertos de sudor, nos arriesgáramos y no a cualquier cosa, sino a aquello que nos parece necesario para no avergonzarnos de nosotros mismos. Como el buen persianero del que hablé aquí.


Una especie de cobardía generalizada me asfixió en la infancia. A mi alrededor, nadie tenía valor y las luchas de poder, intestinas, se basaban en el aprovechamiento del miedo de los otros. Casi todos huían en algún terreno y en ese mismo lugar se enseñoreaban sus enemigos. Ante el maltrato, algunos volvieron la cabeza, otros sintieron el goce morboso, el alivio de los celos. Dos personajes se rebelaron para proteger, pero nunca de una forma decidida. Y luego, nadie tuvo el valor de reconocer los hechos ni su propia implicación. Prefirieron el silencio y la negación. Nadie aprendió siquiera a decir: yo fui, yo lo hice, me equivoqué. Nadie corrigió nunca nada, salvo con pequeñas compensaciones nimias, que expresan melancólicamente una culpa codificada.


Cuando al fin mi parte vital ganó la batalla a la otra y decidí que sí quería seguir adelante, me di cuenta de para mí, era muy importante otra clase de valor. El valor de decir, de defender, de no mentir en lo importante, de no engañarme ni enterrar lo conflictivo bajo la alfombra, de mantener una ética personal, de hacer siempre algo, aunque fuese ínfimo, para corregir simbólicamente lo injusto, lo que no soporto, lo que aún me enferma. Aunque cualquier gesto mío de aventura esté lleno de incertidumbres, de ansiedad, de miedo que se mezcla a una extraña felicidad. No me juego la vida como tuvo que hacer Ricardo. No pretendo hacer grandes cosas, sino muy pequeñas (sintiéndome como las figuritas de Giacometti que desaparecían sólo avec un coup de canif). Pero procuro cultivar, al menos de vez en cuando, esa incertidumbre que lo vuelve todo más libre y emocionante, aunque también más incómoda e imprevisible, con momentos duros, y me haga preguntarme muchas veces qué hago ahí ("Elegís caminos tan difíciles...", me dijo una vez mi padre. Pero cuando le pregunté a quién más incluía el plural, se rió levemente y me aclaró que -era su forma sesgada de no molestar, su repentina timidez, insólita en alguien aparentemente tan temperamental- se refería sólo a mí).


He cambiado mi foto por un cuadro de Dorothea Tanning que ya traje aquí y que me resulta muy próximo, más allá de antiguas similitudes y coincidencias.
Ah, pido excusas por autorreferenciarme tanto con los links, pero es la única manera de no repetirme... tanto.

domingo, 29 de abril de 2007

Una película tailandesa

Ayer, apoyándome en impulsos ajenos y en ese festival insólito que es el BAFF, fui a ver Sang Sattawat, Síndromes y un siglo (2006). Fuimos unos cuantos, pero no cabíamos en la misma fila y dos nos sentamos atrás. Vi la película luchando contra la somnolencia que me ataca a traición últimamente, oprimida por una vecina de butaca que se echaba encima de mí y emitía unos ruidos primitivos (algo como ¡Buuu!) cada vez que algo le sorprendía, lo cual era constante, y a veces me tocaba el brazo, sobresaltándome.
Lo que vi me dejó como una de esas olas terribles del Atlántico a finales de verano, que te sacuden y te borran y te tiran en la arena con fuerza, casi haciéndote olvidarlo todo. Al salir, puse la mano en el tronco de un magnífico plátano de la Gran Vía, para reponerme mientras los otros desataban sus bicicletas. Apichatpong Weerasethakul (tal es el nombre del director, del que los demás habían visto Enfermedad tropical) ofrece sus imágenes como hilos de historias que nunca resuelve, esquiva toda resolución, crea atmósferas y moments of being sugerentes, penetrantes, intensos, llena la película de esos personajes que hablan de sus otras vidas y se distancian de "esto" por la vía oriental o prueban lo alternativo o sueñan con lo opuesto mientras soportan el horror industrial, contaminado, esclavo, la blancura aséptica y el reverso de fibra y materiales tóxicos de un hospital, y el mundo entero es ese gran hospital, con un cubo lleno de piernas postizas, la doctora que se emborracha, la chica que besa a su partner laboriosamente, como si estuviera limpiando o desempeñando un oficio manual, y luego le ofrece irse a un lugar tan horrible como Atmósfera Cero, un lugar espantoso que vislumbramos en unas fotos de gigante industria y construcción, y añade que está cerca del mar (y una imagina un mar de residuos, un mar rojizo y maloliente, o nuclear, lleno de mutantes), pero su mirada, al comprender que él no va a ir, da lugar a un silencio que palpita entre los dos y nosotros. O el monje budista que quiere ser dj, conectado al dentista cantante country, o la médica que reparte whisky junto a las piernas postizas y su tentativa de terapia de visualización fallida, o el enamorado sufriente y declarante al que a modo de respuesta le cuentan otra historia anterior.O la repetición con variaciones, en un montaje deconstruido y abierto de la película. O el salto final, tan irónico y festivo, tras la dureza del blanco.
Dos momentos breves me dormí y creí debatirme en la estrechez promiscua y claustrofóbica del avión de la Austrian Airlines, o abrí la boca creyéndome otra vez en manos del amable dentista argentino. Pero fueron, creo, milésimas de segundo.
Luego, en un barecillo oculto tras la cerrada Paloma (ese ayuntamiento que cierra para eliminar los ruidos festivos, pero incrementa todos los días la impunidad por ruidos de obras, ruidos de tráfico, ruidos de ambulancias y bomberos sin control de decibelios, ruidos inhumanos y espantosa música de fondo para arrebatarnos el derecho al silencio), pudimos hablar de la película y yo me fui recomponiendo como la rama de árbol que tiembla cuando un gordo pajarraco levanta el vuelo y sentí una extraña alegría de haberla visto. Y ahora, en esta mañana de bochorno gris, pero felizmente silenciosa de domingo, creo que una parte de esa alegría está asociada a la escenificación de mi mundo, con su -dramática y patética- ambivalencia, con sus imposibilidades de anudar, de rematar, de terminar, con su multiplicidad de posibilidades y sueños y desesperaciones, con su tremenda antigüedad, tan contemporánea.

jueves, 26 de abril de 2007

El sillón del dentista

Mi aterrizaje forzoso al llegar a Barcelona desde Pristina supuso una misteriosa rotura de diente. Hay algo triste y saturnino en el sillón del dentista, algo antisensual, antivital (aunque diría que para ellos, la cosa es distinta), que en este país implica además dispendios importantes.
Con la boca abierta y ese rugido y estruendo de obras ahí dentro, yo me he dormido inexplicablemente, a ratos, tal vez por mi perenne falta de sueño, y sólo me despertaba la voz (argentina y amable) del buen artesano dental de Buenos Aires: "Abrimos", "Cerramos", "Mordemos", decía, implicándose en la segunda persona, para no ser tan imperativo o consolarme como si él también sufriera.
Al salir, en el escaparate de una tienda de electricidad, seguía dormido un guapo gato pelirrojo. La boca y media nariz dormida y esa tristeza dental seguían conmigo. "Si hay que comer..." había dicho el dentista. ¿Comer? ¿Cómo desear comer con el polvo de las obras? Tampoco besar. Eso sí, me han llamado y he descubierto que aún podía hablar...
Ayer, un amigo trajo a casa a un escritor cubano, y entre el jamón y esos tomates maravillosos que compra mi amigo por un precio digno del caviar, hablamos de literatura, de escribir a ciegas (yo le cité a Carver citando a Flannery O'Connor, porque pensé que le gustaría su lado rústico-salvaje, ya que él tiene una abuela completamente agreste...) Luego nos dedicamos los libros y él me dijo que le había parecido detectar una voz de novelista en mis cuentos... Me animó a escribir la novela (ese engendro que intento con gran lentitud, "yo lo llamo libro", como dijo Aleksandar Hemon). Se lo conté a V., hablando de mis dificultades e imposibles y ella me dijo: Pero tu im-posibilidad está llena de posibles derridianos y cixoudianos!!, sí, es verdad, yo escucho también novela en tus palabras, porque tú lo vas anudando todo y todo parece tener una continuidad, una conexión y acabar formando una estructura invisible que sostiene algo que está ahí, así es como parece construirse tu propio relato, tiene razón ese escritor cubano, -bien que llegó- lánzate a la novela, desde el im-posible!
(En cuanto a la foto, no encontraba nada de dentistas, así que servirá este autorretrato con máscara anti-gripe-del-pollo, una enfermedad con bonito nombre en italiano, "la influenza del pollo")

lunes, 23 de abril de 2007

Sant Jordi



Como tenía que seguir el rito arrastrada por mi hijo, que me invitó a que le comprase un libro y esta vez no podía hacerlo secretamente el día antes, le he comprado un Kazuo Ishiguro que tal vez le gustará, y un Henry James que yo misma le había regalado años ha y que cambiaré mañana. Yo he caído por el bien editado segundo volumen de las Completas de Walter Benjamin. Siguiendo con el rito de visitar las librerías favoritas, he ido a ver al librero de la calle Berlinés para llevarme un par de Lacanes porque su pensamiento a veces me inspira. En La Central me he encontrado a la amiga italiana que me introdujo a la Ginzburg regalándome La strada che va in città y le he contado lo mucho que me acompañó Le Piccole Virtú en Kosovo y lo bien que estaba pasándolo ya al empezar Caro Michele, y ella ha comprado Lessico Famigliare en castellano para regalárselo a algún famoso Jordi.
Hace mucho tiempo, yo tenía 18 años y me estaba curando de una gripe cuando supe que en la facultad, en mi ausencia, me habían elegido para representar a Sant Jordi en la primera fiesta de la primavera después de muerto Franco. Como estaba enferma, nunca supe por qué me habían elegido. Tal vez fue porque en los grabados, el santo a caballo tenía rizos rubios. O por mi activo rojerío activista de entonces, siempre luchando contra dragones metafóricos de pasividad y sumisión generalizadas. El resto de la clase formaba un dragón inmenso. Me llamaron para decirme que tenía que improvisar un casco y un escudo para el día siguiente y que no podía negarme. Me acompañó mi ex cuñado y aún recuerdo la expresión atónita del droguero mientras yo me probaba una especie de palangana (o bacinilla!) pequeña para pintarla con spray plateado. No sé cómo lo hicimos al final, pero el disfraz y mi impersonation tuvieron curiosamente un gran éxito, y aunque yo nunca tuve las fotos, todo el mundo conservó copias y muchísimos años después, algún ex profesor o alumno, al verme, aún me llamaban "sant jordi".

domingo, 22 de abril de 2007

Vuelta de Pristina

La foto es de la antigua mezquita, uno de los pocos vestigios de la arquitectura otomana que perdonó el régimen de Tito. La visité bajo una lluvia fina y persistente, y nada más llegar, empezó a cantar el muecín, como si me estuviera esperando. Sólo había dos pares de zapatos fuera. "La religión es un capricho moderno en Kosovo", me dijo un escritor albanés que vive en Barcelona, y es cierto.
El barrio de los bazares de Pristina es como un Estambul afeado, pero conserva su estructura y algo de su atmósfera, junto con algún vestigio.
El resto de la ciudad es un caos: en los últimos años, después de la guerra, la corrupción ha permitido que se construyera sin permiso, sin planificación. Y en medio del mar de cemento, de pronto, entrando por el patio de un gran edificio aparecen callejones ocultos de casitas ajardinadas.
En pocos días he entrevistado a escritores, editores y artistas, que me han contado muchas historias. Es difícil explicar la emoción de explorar un lugar así, feo, polvoriento y agitado, pero existe y es intensa. Una amiga madrileña, cuando trabajaba para la ONU en Pekín y me decía "Pekín es como el barrio del Pilar, pero muy emocionante".
Los edificios cubiertos de parabólicas, que llenan balcones y ventanas. Los coches ocupando todas las aceras. Las terrazas llenas de gente que fuma y toma café con vaso de agua al lado. Las calles llenas de palabras escritas en albanés, que me llaman como jeroglíficos: Stomatolska Ordinaja (dentista) escrito en serbio. O Avokat.
En mi última mañana allí, iba filmando por la calle, distraída, y aceleré el paso para atravesar una calle, sin oír que me daban el alto. Pensando que intentaba escaparme, tres policías de Naciones Unidas, una mujer y dos hombres, los tres de gran formato, vinieron a por mí y me cogieron de los brazos, con lo cual me llevé un buen susto. La mujer policía me preguntó quién era y qué hacía en Pristina, me pidió los documentos, me dijo, ya más amablemente, que esa calle está llena de cámaras y que su trabajo incluye controlar quién filma. Me preguntó por qué no me había acreditado en la ONU (y es que me daba tanta pereza que no lo hice, pensando que no me haría falta). Anotó mis datos, no respondió a la pregunta de si no se podía filmar libremente, y al final me dejaron marchar.
La vuelta ha sido una pesadilla, además de los controles de aeropuertos, me he prometido no volar nunca más con Austrian Airlines: todavía no se me ha quitado el pestazo de la comida, de comedor de orfanato: en lugar de los agradables bocadillos de queso de Lufthansa, en Austrian Airlines dan sólo carne y huele tan mal que parece altamente tóxica. Para los vegetarianos no tienen nada, pero lo peor es tener que estar allí encerrada con ese olor nauseabundo. En el aeropuerto de Viena, yo pensaba en Bernhard y en toda su fobia por los vieneses y austriacos, mientras fumaba en uno de los numerosos cafés. Al menos allí, pagando, se puede fumar.

lunes, 16 de abril de 2007

Calor, memoria y viajes

Creo que el repentino calor es el responsable del sopor que me ha invadido, justo en el momento de concentrarme y hacer una complicada maleta. La calle está sucia y llena de coches y esta temperatura me hace pensar en el verano.
Esta foto es del verano pasado, en Ibiza, y el pájaro chino que aparece era muy parlanchín y no hablaba como los loros, sino exactamente como los humanos, o más bien, como su dueño, provocando el desconcierto de toda la casa. Uno de sus comentarios preferidos era: Vaya, vaya... Lo decía con un tono tan convincente que producía el impulso irresistible de acercarse a averiguar qué estaba viendo.
Hoy no puedo escribir más, ni mejor. Tampoco puedo asegurar que lo haga desde Kosovo. Confieso que soy uno de esos "viaggiatori maledestri" de los que habla Natalia Ginzburg, esos viajeros que creen que se van a dejar algo, que van a perder la maleta en el camino, que difícilmente se toman las cosas con calma, aunque viajen continuamente.
Recuerdo uno de los últimos viajes que hice con mi hijo, cuando aún aceptaba viajar conmigo, a Estambul. Nos peleábamos todo el tiempo. Él estaba obsesionado con la mirada de los mostachudos hombres turcos, pensaba que iban a secuestrarme y sólo quería ir por rutas turísticas y pretendía cenar a las 7 y retirarnos pronto al hotel. Y yo sólo quería buscar sitios recónditos, sin turistas, y demorarnos en Nevizade, visitar los baños viejos o los anticuarios que toman té en banquetas bajas de Beyoglou, con mucha quincalla, extrañas cerámicas y zapatos imposibles, pero él no estaba dispuesto a dejarme escapar. Y por otra parte, lo pasábamos extrañamente bien juntos y a los dos nos gusta acordarnos de nuestros viajes. "No sé per què m'agrada viatjar amb tu", le dije un día, al llegar al Pera Palas y tirarnos a leer cada uno en su cama. Y él me contestó: "A mi em passa el mateix."

sábado, 14 de abril de 2007

Afinidades electivas

Foto: Linda Danz, From Our Room, 2005
Por un momento pensé que la vieillesse (esa de si la jeuneusse savait, si la vieillesse pouvait) caería sobre mí como una losa, a pesar del humor y de mi contentamiento con el avance de las cosas. Pero durante el día, la sensación gozosa y cálida fue apoderándose del aire que respiraba. Ya tarde, al volver a casa, saqué los no-regalos de la bolsa, puse un poco de mi nueva música celestial, el Te Deum de una misa de Bruckner (que me devolvió instantáneamente a una de las casas que mi padre alquilaba en Cadaqués, la de Chermayeff), contemplé algunas de las hierbas ocultas y humildes que la mirada oriental de Manel Armengol ha retratado en su Herbarium, leí cuatro o cinco poemas, afilados, decisivos, extrañamente cercanos, de Blaga Dimitrova, luego el principio del Diario para la prometida del triestino Ítalo Svevo y la introducción que le sitúa en la historia y el mal du siècle, acaricié el papel de arroz del cuaderno chino preguntándome si podría escribir con pluma, guardé mi nuevo cuaderno de notas con el material del viaje, puse el chocolate en la cocina y la música balcánica en un lugar visible, afilé el lápiz. “Esto no es un regalo”, iban diciendo uno a uno, al llegar, excusándose por mi petición de que no me regalaran nada (“un pensiero”, dijo Anna M.).
Pensé en los amigos que habían dejado lo que fuera para venir, pese a la lluvia, a improvisar conmigo la celebración de un año o una década más en la Tierra, y también en todos los que habían llamado y escrito y en los que habrían venido de haberles avisado. Ellos son mis interlocutores, que siguen dispuestos a reanudar conmigo una conversación prolongada en el tiempo.
Hubo un momento en que yo hablaba de Li Bai y su espíritu libre y Manel empezó una frase, dijo algo como “Hay que ser muy libre…” no sé cómo acababa, tal vez dijo “Hay que ser muy libre para andar por el mundo”, o “para entenderlo”, pero de pronto, en esa frase tan simple, que puede parecer un tópico, se me reveló una clave para mi viaje, y mi ansiedad quedó de pronto atrás ante la sensación puntiaguda, áspera, incierta, a veces incómoda pero feliz de seguir buscando en mi proyecto, intentando restituir algo, corregir algo, cambiar aunque fuera simbólicamente el mundo.
Hubo muchas más conversaciones, la última subiendo la cuesta de Muntaner y trazando itinerarios personales en síntesis difíciles como si saltáramos las esquinas a grandes zancadas, con las botas de siete leguas, poniendo en palabras el dolor, el desconcierto y la risa.
Es cierto que la primera parte de mi vida fue antihospitalaria. La pesadilla de la violencia y la desigualdad enmascaradas como normalidad, integradas en un bonito paisaje y en una complicidad nunca reconocida, la ausencia ya no sólo de afecto, sino también de ética o de equidad se instalaron en mí, y yo misma dudé y forcejeé conmigo durante años porque no tenía derecho a estar en el mundo. Nada de eso se puede cambiar, aunque sí la percepción, en la pregunta repentinamente inteligente de mi madre: “¿Y a mí, dónde me colocas?”
Los cambios, incluso los felices, suelen producirse de una manera lenta e imperceptible, por detrás de las cosas, pero cuando llegan a la conciencia tienen la fuerte evidencia de los descubrimientos. Estos días, unas frases de tranquilo reconocimiento de mi hijo, la confirmación de que las viejas relaciones elegidas (incluso las más políticas) han dejado un poso de afecto y afinidad, y de que sigo contando con esos interlocutores elegidos para seguir pensando me fuerzan a darme cuenta de que me he hecho un lugar en este mundo y de que me gusta ese lugar, jardín caótico, desordenado y lleno de glorietas y caminos frondosos, mi propio jardín, con sus brotes, sus plantas enfermas y sus desolladuras, sus fuentes y sus sombras donde guarecerse.

viernes, 13 de abril de 2007

Cumpleaños

La ilustración que Alma y Ed me mandan por mi cumpleaños. Creo que aparecen ellos en el retrato, el caballo que habla, la muñeca (o munieca), con atmósfera festiva... Aunque he desaconsejado los regalos porque no invitar me volvería culpable, me han llegado poemas, rosas virtuales, una canción... Veremos si el cielo se decide a dejar de llover...

jueves, 12 de abril de 2007

Torbellino

Foto: Creo que este autorretrato con la cabeza agachada, como intentando entrar en la imagen, se ajusta bastante a las circunstancias, y la foto de mi niñez justo detrás, como un augurio de la fecha...
Hace días que tengo olvidado el blog y es que creo que me he olvidado también de mí misma y de todo lo demás, sumida en un extraño torbellino que lo devora todo y que me impide encontrar un espacio para cada cosa. Exceptuando algunas páginas de A punto de partir, de Li Bai, que cada vez me gusta más leer y releer, y de la infancia desolada de Natalia Ginzburg, que me devuelve a la mía, no sé si logro nada más. Mañana cumpliré años y la fiesta me pilla tan a trasmano que no he podido organizar una fiesta como habría querido. Pese a todo he tenido un regalo espiritual -ah, les émotions- (inesperado e indescriptible aquí, pero no por eso menos feliz) que me ha compensado de mi estado de confusión mental (y hoy llegará mi regalo material, igual de inesperado y con la estela de felicidad de la gratitud (Oscar Wilde definió ese sentimiento mejor que nadie, inspirado en el gesto de Robbie Ross quien, al ver a Wilde saliendo del juicio por escándalo, mientras la multitud le abuchea, se quita el sombrero ante él, osado y generoso. Por menos que eso muchos han ganado el cielo, escribió Wilde, que se dice feliz de necesitar toda una vida para agradecérselo). En ese maremágnum de caos y gratitud, el martes me voy a Kosovo, si mi inconsciente no me traiciona una vez más y no pierdo aviones, billetes ni cámaras, y si logro rescatar a mi pobre self de este torbellino. Para reavivar el fuego llega un disco viejo de Jacques Brel, que compré en un momento de debilidad y fantasmas del pasado, mientras decidía que, frente a mis amigos contemporáneos de gran cultura musical, para mí siguen contando las fantasías de la infancia y la pura sensualidad a la hora de escuchar música.

domingo, 8 de abril de 2007

Li Bai y la ciudad vacía


Foto: Andrea Resmini, China, 2006.
Ayer, después de tres días grises y otros tantos de lluvia inusual, salió el sol. Había un silencio maravilloso en mi barrio, cada vez más difícil en esta ciudad, yo estaba decidida a no salir, pero interrumpí la escritura de una memoria de mi proyecto balcánico (otra solicitud de beca) para dar un paseo, a s'hora baixa, como dicen los isleños, o la poqueta nit, como contó una vez Pasqual Maragall que decía su abuela (confieso mi nostalgia de la presencia de un político letrado -a pesar de sus errores y de que nunca fui votante de su partido-, que se fijaba en las palabras no sólo para distorsionarlas, vaciarlas de sentido y mentir). Yo iba a visitar brevemente a alguien que vive a las puertas de Gràcia, donde todavía no se nota el hormigueo constante de ese barrio. Al volver fue cuando más pude disfrutar de mi paseo, que a mí me pareció stevensoniano. No había apenas nadie en la calle, apenas algún coche. Descubrí un pequeño parque que no conocía, una de esas antiguas casas (¡de veraneo!) donadas a la ciudad como contrapartida al horror inmobiliario, que parecía limitado por la falta de coches, la Casa Sagnier. Un mirlo estuvo cantando ostentosamente para mí en exclusiva, hasta que llegó un señor con su perro y el mirlo se fue. Por un momento, la quietud silenciosa excepto por la vibración del aire me recordó a la atmósfera de Blow Up y casi esperaba presenciar algo misterioso y cortazariano. También me senté un momento muy por encima de la destrozada estación de Padua, frente a un ciprés escandalosamente fálico por su curvatura, que me hizo pensar cómicamente en la falta lacaniana. Allí, otro mirlo me dedicó un pequeño concierto. Luego, al volver, leí uno de los pequeños poemas de Li Bai que me trajo V:

ACOMPAÑO A MI ESPOSA, QUE PARTE AL MONTE LU EN BUSCA DE LA MONJA TAOÍSTA LI TENGKONG II

ALABADA seas, descendiente de ministros,
que aprendes el Curso y amas la inmortalidad.
Tus pálidas manos alzan brumas azuladas,
la falda de gasa arrastra neblinas purpúreas.
Cuando hayas partido hacia las cumbres de Pingfeng,
con fusta de jade irás a lomos del faisán.

sábado, 7 de abril de 2007

Las desaparecidas

Foto: Anna Maria Ortese
Una traductora a la que aún no conozco, pero con la que comparto la afición lectora a Natalia Ginzburg, me recomienda a Anna Maria Ortese, narradora y poeta napolitana, a la que confieso no haber leído. Busco un poco y veo que tiene una extensa obra y que la crítica la considera una de los grandes en Italia. ¿Y ese silencio? Al parecer, en vida sostuvo una posición crítica e independiente que le valió la enemistad de todos. Siguen reeditándola editores italianos de prestigio, recibió premios y veo que en La Central y en Laie se encuentran cuentos y novelas suyas en italiano. La búsqueda y el rescate de las olvidadas siempre es un valor añadido para mí, si lo que encuentro me gusta. De hecho por ahí va una conferencia que, si las circunstancias no se oponen, daremos Lydia Oliva y yo sobre escritoras y fotógrafas olvidadas en 2008.

jueves, 5 de abril de 2007

Manto de palabras


Arthur Rackham: La Cenicienta
Carlota O. me avisa de que en La Contra de hoy, un neurólogo inusual comparte mi idea de cubrirse con un manto de palabras.
Aunque yo recelo de los neurólogos y psiquiatras, que suelen reducir el alma humana a un conjunto de impulsos eléctricos e intentan adormecer sus malaises históricos con pura química, Cyrulnik, tal vez por su historia familiar (toda su familia murió en los campos de concentración y él, prófugo, vivió en casas de acogida), que le humanizó e iluminó en el sentido que señalaba Pater (Who never ate his bread in sorrow, who never spent the midnight hours, weeping and waiting for the morrow, he knows you not, Heavenly Powers; una idea que nos sirve a los ateos y humanistas, creyentes en el arte, o como decía Cixous “Tout ce qui est plus grand que moi, en bien ou en mal, peut être nommé dieu”), y dice algunas cosas que comparto.
Cyrulnik habla de la resiliencia (suena a resina, a algo cerúleo, ¿será ese otro significante aquí?), la capacidad de transformarse a pesar de lo sufrido. Dice que utiliza la palabra alma "en el mismo sentido que Freud. Somos materia y representaciones no materiales, somos carne y alma…"
"Cada uno de nosotros se construye una película de sí mismo con imágenes y palabras... con los recuerdos y con la imagen que el otro tiene de ti…" "...Podemos intervenir y modificar la idea que tenemos de nosotros mismos. Hay herramientas para no ser un esclavo del pasado..." "La indiferencia es la muerte psíquica y el sufrimiento es la vida. Mientras sufrimos podemos seguir soñando con algo mejor…"
Sólo se puede vivir revestido de un manto de palabras.”
La visión de Cyrulnik, la película de Elisabeth Roudinesco Lacan, réinventer la psychanalyse, la comida plácida en una casa luminosa, de amigos casi familiares, la lectura en el metro, y sobre todo, una breve pero intensa conversación con mi hijo son los elementos restauradores que entretejen mi manto de palabras de hoy, contra la (sí, ya sé, necesaria, pero melancólica nevertheless) lluvia.
Y con todo, el discurso de Cyrulnik, al lado del discurso de Lacan en la película -mucho más literario, lleno de matices y de preguntas abiertas-, me parece reductivo y básico, un poco como comparar el discurso americano, didáctico y aniñado, con el francés, siempre más elaborado y complejo.

lunes, 2 de abril de 2007

El lenguaje es una piel

Ilustración: mi bola de palabras
En el blog de Millán aparece una campaña en favor de la escritura, El abrazo del texto, que me ha recordado a un fragmento maravilloso de Barthes "Le langage est une peau: je frotte mon langage contre l'autre. C'est comme si j'avais des mots en guise de doigts, ou des doigts au bout de mes mots. Mon langage tremble de désir..."
Las palabras en la punta de los dedos para acariciar o doler, raspar, pinchar y lamer, abrazos de palabras, muros de palabras, frases que empujan y atraen, lenguaje que repele, que se estremece, lenguaje que vibra, que tiembla de deseo o de risa, lluvias de palabras componiendo esa sensación de textura pronunciada, verbal e inscrita en el cuerpo.
Alguien, en esta noche de lluvia furiosa, me ha hecho pensar en una escena de Nowhere Man de Aleksandar Hemon en que el pobre desarraigado Jozef tiene un arrebato de desesperación, y en ese momento, una gran mano invisible aparece para consolarle murmurándole palabras en su lengua materna. Yo me acordé muchas veces de esa mano cuando viajaba por los Balcanes, y así se lo dije a Hemon en un café de París (cerca de la rue de la Huchette de la que hablaba Cortázar, muchos años antes, diciendo algo como "Sí, pero quién nos curará de ese fuego sordo, de ese fuego sin color que recorre al anochecer la rue de la Huchette...").
Plus tard...
Cuando empecé este post no sabía hasta qué punto significaría. Hubo una dilación, una separación, un adormecimiento de los sentidos, y sólo horas después, al despertarme, lo he sabido. Hoy soy l'écorchée au vif, así que he puesto encima mi propia bola de palabras, para dibujar lo que tiene que salir, aunque duela, de mi encuentro necesario de ayer con mi pasado más remoto, con el principio de todo, algo que he grabado en dos cintas de vídeocamara, ¿y qué hacer con ello? sólo escribirlo, encontrar la manera, el tono. Y pese a todo, en este extraño estado shambala, sin piel, vestida de palabras como la niña de Rackham que barría un jardín con un traje de periódicos, hay cierta intensa felicidad también, con el sabor de la sangre o como dar a luz o sumergirse en el núcleo palpitante doloroso e hilarante a la vez, ridículo y gracioso y agridulce de lo vital, el túnel de paredes carnosas, los márgenes de la locura en la más pura racionalidad analítica, las palabras que restauran, que restablecen, que restituyen, que permiten seguir viviendo con todo ello. Abrir las costuras, examinar con pinzas, como diseccionando un pobre caracol en el laboratorio de ciencias, airear las heridas, desinfectarlas, dejar que cicatricen de nuevo rescatando la pizca de gasa que quedó dentro la otra vez y lo emponzoñó todo, curarlas con el bálsamo neutro y poético de las palabras. That's it...

Isabel viendo llover en Macondo

Foto: I.N., Baskarsija, Sarajevo
Siempre que veo llover desde mi mesa de trabajo, me acuerdo de ese título de García Márquez, aunque de la historia sólo me queda un rastro vago sinestésico, y la sensación del encantamiento que entonces me producía su escritura, recién descubierta, y del momento en que leí ese relato, incluso lo asocio a una habitación de la casa de mis padres que se mezcla con una habitación de la historia. Es parte de la magia de algunos libros, que se quedan entretejidos con un momento de la vida. ¿O tal vez sólo ocurre cuando se es muy joven?
Llueve y llueve y también llueven mensajes en la lista de traductores, que se consultan múltiples dudas unos a otros, y yo traduzco juicios a criminales de guerra balcánicos, haciendo de tripas corazón y admirando a jueces como Florence Mumba, y sigo organizando poco a poco mi viaje a Kosovo. A trompicones. Con cada una de las tres cabezas del pozo del cuento de Grimm actuando por su cuenta, lo cual multiplica los riesgos e imprevistos. Ayer leí a un periodista de The Guardian, Simon Tisdall, advirtiendo que si los rusos vetan la independencia de Kosovo, podría haber una nueva guerra. Pero mi asesor de El País opina que los rusos no vetarán, y en cualquier caso, los problemas no empezarían a verse hasta mediados de mayo, y no en Pristina, donde apenas hay serbios. Así que mi riesgo principal siguen siendo las maniobras inesperadas de las tres cabezas del pozo.