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miércoles, 30 de mayo de 2007

Memoria, sueño, pensamiento

Foto: Sello de Nicolás Salmerón Es mi único antepasado ilustre y ético en un linaje familiar derechista. Yo le había oído decir muchas veces a mi madre: "Pues don Nicolás no era mala persona, aunque fuera republicano..." Nació en un lugar de luz blanca y nombre bien bonito, Alhama la Seca, en Almería. Presidente de la I República, dimitió por no firmar unas sentencias de muerte. Aquí tiene cierto prestigio (una calle, un monumento), porque se enfrentó al nacionalismo español para apoyar las reivindicaciones catalanas.
Si lo pongo hoy en este blog es por culpa de un visitante gallego-nipón, que ayer, al ver mi foto de pequeña, escribió por aquí algo como: "si sigues remontándote al principio, no sé qué pondrás después..." Tengo mucho trabajo y cierta melancolía. Me gustaría tirarme en el sofá a leer la biografía de Lacan (la parte realmente biográfica es maravillosa, aunque los fragmentos técnicos me aburren) o acabar el abandonado Lessico Famigliare de Natalia Ginzburg (ayer releí ese pasaje en que el hijo detenido por los fascistas adquiere prestigio porque le detienen con Einaudi o con Pavese) o escribir desordenadamente en cuadernillos. Cuando duermo poco, mi estado de ánimo es peligroso, no para los demás, sino para mí misma. Es fácil que me invada la nostalgia de lo que creo haber perdido, o que sienta un mayor apego por proyectos fallidos, o que eche de menos lo que ya no puede ser. Tras una noche de sueño regular, todo se resitúa y entonces puedo analizar mi auténtico état d'âme y distinguirlo de las perspectivas reales, o recuperar energías para escribir algo con más esperanza. De modo que, sin querer, se establece una arriesgada relación entre el sueño, la memoria y el pensamiento.
Plus tard... Un paseo para buscar las liquidaciones de mi editor, en una trabajosa ruta decimonónica, esquivando las grúas y la fealdad, me ha reconciliado con mi mismidad, barriendo los restos de cansancio, hambre y sueño. Lástima que al llegar he visto la casa del azufaifo envuelta en plástico verde: se acabó. Ni siquiera podré hacer ya la foto con mejor ángulo. RIP.

lunes, 16 de abril de 2007

Calor, memoria y viajes

Creo que el repentino calor es el responsable del sopor que me ha invadido, justo en el momento de concentrarme y hacer una complicada maleta. La calle está sucia y llena de coches y esta temperatura me hace pensar en el verano.
Esta foto es del verano pasado, en Ibiza, y el pájaro chino que aparece era muy parlanchín y no hablaba como los loros, sino exactamente como los humanos, o más bien, como su dueño, provocando el desconcierto de toda la casa. Uno de sus comentarios preferidos era: Vaya, vaya... Lo decía con un tono tan convincente que producía el impulso irresistible de acercarse a averiguar qué estaba viendo.
Hoy no puedo escribir más, ni mejor. Tampoco puedo asegurar que lo haga desde Kosovo. Confieso que soy uno de esos "viaggiatori maledestri" de los que habla Natalia Ginzburg, esos viajeros que creen que se van a dejar algo, que van a perder la maleta en el camino, que difícilmente se toman las cosas con calma, aunque viajen continuamente.
Recuerdo uno de los últimos viajes que hice con mi hijo, cuando aún aceptaba viajar conmigo, a Estambul. Nos peleábamos todo el tiempo. Él estaba obsesionado con la mirada de los mostachudos hombres turcos, pensaba que iban a secuestrarme y sólo quería ir por rutas turísticas y pretendía cenar a las 7 y retirarnos pronto al hotel. Y yo sólo quería buscar sitios recónditos, sin turistas, y demorarnos en Nevizade, visitar los baños viejos o los anticuarios que toman té en banquetas bajas de Beyoglou, con mucha quincalla, extrañas cerámicas y zapatos imposibles, pero él no estaba dispuesto a dejarme escapar. Y por otra parte, lo pasábamos extrañamente bien juntos y a los dos nos gusta acordarnos de nuestros viajes. "No sé per què m'agrada viatjar amb tu", le dije un día, al llegar al Pera Palas y tirarnos a leer cada uno en su cama. Y él me contestó: "A mi em passa el mateix."

jueves, 12 de abril de 2007

Torbellino

Foto: Creo que este autorretrato con la cabeza agachada, como intentando entrar en la imagen, se ajusta bastante a las circunstancias, y la foto de mi niñez justo detrás, como un augurio de la fecha...
Hace días que tengo olvidado el blog y es que creo que me he olvidado también de mí misma y de todo lo demás, sumida en un extraño torbellino que lo devora todo y que me impide encontrar un espacio para cada cosa. Exceptuando algunas páginas de A punto de partir, de Li Bai, que cada vez me gusta más leer y releer, y de la infancia desolada de Natalia Ginzburg, que me devuelve a la mía, no sé si logro nada más. Mañana cumpliré años y la fiesta me pilla tan a trasmano que no he podido organizar una fiesta como habría querido. Pese a todo he tenido un regalo espiritual -ah, les émotions- (inesperado e indescriptible aquí, pero no por eso menos feliz) que me ha compensado de mi estado de confusión mental (y hoy llegará mi regalo material, igual de inesperado y con la estela de felicidad de la gratitud (Oscar Wilde definió ese sentimiento mejor que nadie, inspirado en el gesto de Robbie Ross quien, al ver a Wilde saliendo del juicio por escándalo, mientras la multitud le abuchea, se quita el sombrero ante él, osado y generoso. Por menos que eso muchos han ganado el cielo, escribió Wilde, que se dice feliz de necesitar toda una vida para agradecérselo). En ese maremágnum de caos y gratitud, el martes me voy a Kosovo, si mi inconsciente no me traiciona una vez más y no pierdo aviones, billetes ni cámaras, y si logro rescatar a mi pobre self de este torbellino. Para reavivar el fuego llega un disco viejo de Jacques Brel, que compré en un momento de debilidad y fantasmas del pasado, mientras decidía que, frente a mis amigos contemporáneos de gran cultura musical, para mí siguen contando las fantasías de la infancia y la pura sensualidad a la hora de escuchar música.

sábado, 7 de abril de 2007

Las desaparecidas

Foto: Anna Maria Ortese
Una traductora a la que aún no conozco, pero con la que comparto la afición lectora a Natalia Ginzburg, me recomienda a Anna Maria Ortese, narradora y poeta napolitana, a la que confieso no haber leído. Busco un poco y veo que tiene una extensa obra y que la crítica la considera una de los grandes en Italia. ¿Y ese silencio? Al parecer, en vida sostuvo una posición crítica e independiente que le valió la enemistad de todos. Siguen reeditándola editores italianos de prestigio, recibió premios y veo que en La Central y en Laie se encuentran cuentos y novelas suyas en italiano. La búsqueda y el rescate de las olvidadas siempre es un valor añadido para mí, si lo que encuentro me gusta. De hecho por ahí va una conferencia que, si las circunstancias no se oponen, daremos Lydia Oliva y yo sobre escritoras y fotógrafas olvidadas en 2008.