Mostrando entradas con la etiqueta Lacan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lacan. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de abril de 2008

Tiempo que se escapa


Foto: Elena Vilallonga, Belgrado, diciembre 2007
Con el cambio de hora, mi sofisticado reloj enloqueció y no supo encontrar la señal de radio correcta ni el tiempo en que vivimos hasta dos días después. Es lo que pasa con estos relojes modernos. Mientras, tuve que despertarme con la alarma del móvil y descubrí que este aparato no tiene la tonalidad del de antes, que me transportaba inmediatamente a despertares en hoteles balcánicos o por lo menos europeos. Pero anoche, la Belle Elaine me mandó una foto de sus últimas navidades belgradenses, que fueron tan frías como interesantes, y no he podido resistir colgar enseguida la hermosa imagen (me encanta ese árbol resistente en posición heroica y su maraña desmelenada contra el cielo), aunque hoy sea un día soleado y el ruido de los obreros me esté de nuevo rompiendo la cabeza, hasta el punto que temo que caigan sobre mí en cualquier momento, rompiendo el techo y sepultándome en su festival de ruido. Algunas postales han empezado a caer de las estanterías con su vibración y yo he contraatacado con las misas de Bruckner a toda potencia para poder seguir con un prólogo de Taro Igarashi sobre la arquitectura no construida e Isozaki, con una inspiración que asoma a los dominios de lo psicoanalítico.
Una antigua profesora mía de la Universidad, con apellido ilustremente filosófico, me escribe preguntándome si no conservo una foto de la imagen que tiene de mí, dice ella "deslumbrante" (yo diría adolescente), de mi cabalgata en caballo blanco, personificando a San Jordi, en la fiesta de la primavera que siguió a la muerte de Franco, en abril de 1976. Ya me gustaría. Pero olvidé pedirlas entonces y pasó el tiempo y se me borró el nombre del chico de Sabadell que hizo el reportaje, y cambiaron la Facultad de sitio y sé de alguien que había tenido esa foto pero está muerto. Excepto los que componían mi inestable caballo blanco, el resto de la clase formaba un dragón colorido, y yo, con un casco artesanal hecho con una especie de bacinilla y spray plateado, un escudo de disfraz infantil, una espada no muy convincente y tal vez una media de cada color para imitar a Ivanhoe, sobreviví a la gripe luchando simbólicamente contra ellos.
Ayer estuve en la presentación, a cargo de Jorge Chapuis, de la web del grupo de investigación Psicoanálisis y sociedad, donde la sorprendente V brilló con luz propia, presentando la parte que ella inaugura y coordina y que pronto estará actualizada en la web, de pensamiento chino y lacaniano, de Lakhan, como ella dice, y escucharla fue una auténtica gozada y elevó el nivel de atención de la sala con su interrogación, su saber, su actitud inusual e investigativa y lo que dijo de la escritura china y la polisemia, la historia del psicoanálisis allí y un poco de su andadura personal. Alguien debería entrevistarla para que contara su parcours, tan especial, pues ella supo extraer lo extraordinario de su entorno (¿el das Unheimliche heideggeriano y freudiano?), detectar hábilmente el mineral precioso en la ganga sin renegar de nada y en ese reino sigue, con su sabiduría precoz. Cachodepan y yo nos sentíamos orgullosos. Antes, otros componentes contaron sus actividades en ese centro y Alberto Caballero, que lleva la parte de arte y psicoanálisis, cuando supo que yo había traducido los textos del catálogo de Eulàlia Valldosera, me lió para que participase en un acto sobre esa artista. El grupo de traducción de un texto lacaniano inédito (L'Étourdit) me interesó, aunque me contuve. Traducir puede ser una pasión, pero no hay que abusar cuando se vive ya de ello... Había como siempre otros psicoanalistas que me conocían por mis intempestivas intervenciones en la lista de amigos del librero de la calle Berlinès y que, por suerte, miran aún con buenos ojos mis impromptus.
Y al dorso de la entrada anterior ha estallado una guerra por una palabra.

viernes, 8 de junio de 2007

De amigos y complicidades


Algunos amigos pasan por aquí y se ofrecen a firmar contra la muerte del azufaifo. Ninca dejó un cartel en mi portería y he visto con sorpresa las firmas de mis vecinos. Ayer, dos guapas expertas de una tienda dietética de precisión, donde compro algunas hierbas especiales (siempre soñando con el brujo chino de Alice), me ofrecieron quedarse un escrito para que la gente firmase y hoy una de ellas, al enseñarme las firmas, me ha dicho: "Yo no lo hago sólo por el árbol, sobre todo lo hago por ti, porque con ese gesto mereces que todos te apoyemos". Y yo, sumida por el insomnio de ayer en un estado de peligrosa vulnerabilidad, he notado un leve temblor en las pestañas, pero me he ido de allí con ganas de cantar el aria de la reina de la noche.
Ayer apareció una amiga que vive lejos: quiso visitarme para firmar y trajo unos brownies caseros y otras maravillas para celebrar (aun sin tiempo) la supervivencia del azufaifo, o por lo menos, nuestra tentativa firme, con mucho té de gengibre e intrincada conversación, aunque fuese fugaz, mientras mi huésped balcánico dormía.
Hoy, al volver de comer en un chino cantonés helado de vainilla con gengibre!), contuve el aliento bajo el calor al ver la casa destrozada, ya caída, destapando feamente la obra de al lado y la otra, que compiten en su fabricación de polvo y ruido y escombros, y sólo me alivió cerciorarme de la valla protectora que al fin preserva nuestro árbol de los escombros. Cuando se marchan los obreros, el mirlo vuelve a cantar para mí y la gata descansa del polvo.
Plus tard, uno de mis vecinos amigos me ha traído una película de Lacan que empieza diciendo, en su tono vehemente y teatral, Je dis toujours la verité! Cuando la vea, lo contaré aquí... Y después ha llegado otro vecino amigo y se ha llevado formularios de firmas para actores y directores que defiendan nuestro árbol...
Esta capotiana Audrey Hepburn (una Holly Golightly inspirada en la actriz Carol Grace, entonces pareja del escritor William Saroyan) de la foto me recuerda mucho a la guapa amiga radiante que no me dejó pagar la comida china.

lunes, 4 de junio de 2007

Vuelta


Desde la terraza de la casa que me acogía y que tanto me gusta se ve la furia constructora que devora la montaña y amenaza el paisaje, pero también los restos de belleza de Cadaqués y los cambios luminosos del mar, los gatos ociosos, la invasión de las buganvillas y el verde. No he fotografiado a mis árboles favoritos, los que siempre intentaba abrazar de pequeña y que siguen milagrosamente en pie. Ahora los veía de otra manera, aún más cerca, porque mi campaña por el ginjoler me ha situado en otro lugar, aún más apasionadamente arbóreo.
Sigo y seguiré sepultada bajo una montaña de trabajo urgente, y en medio de la imposibilidad lacaniana de todo, imagino salidas y meandros felices. En Cadaqués conseguí trabajar poco, mucho menos de lo que debía, pero tuve la suerte de maravillosas conversaciones y una cena argentina bajo los árboles, y dos veces me bañé en el agua helada sintiéndome casi heroica.
Hoy ha salido mi carta en La Vanguardia, que ahora copiaré en Polis. Es algo derrotista, porque la escribí antes de saber que Parcs i Jardins y el Ajuntament de Barcelona nos daban la razón. Pero la han elegido para el recuadro central.
Algunos escritores ilustres vecinos y ex vecinos, además de artistas y emprendedores, se han ofrecido a firmar contra la destrucción del árbol. La campaña sigue en pie. Uno de ellos me dice que en su barrio van a tirar la última palmera y acaba su mensaje con un "¡Viva el ginjoler!"

miércoles, 30 de mayo de 2007

Memoria, sueño, pensamiento

Foto: Sello de Nicolás Salmerón Es mi único antepasado ilustre y ético en un linaje familiar derechista. Yo le había oído decir muchas veces a mi madre: "Pues don Nicolás no era mala persona, aunque fuera republicano..." Nació en un lugar de luz blanca y nombre bien bonito, Alhama la Seca, en Almería. Presidente de la I República, dimitió por no firmar unas sentencias de muerte. Aquí tiene cierto prestigio (una calle, un monumento), porque se enfrentó al nacionalismo español para apoyar las reivindicaciones catalanas.
Si lo pongo hoy en este blog es por culpa de un visitante gallego-nipón, que ayer, al ver mi foto de pequeña, escribió por aquí algo como: "si sigues remontándote al principio, no sé qué pondrás después..." Tengo mucho trabajo y cierta melancolía. Me gustaría tirarme en el sofá a leer la biografía de Lacan (la parte realmente biográfica es maravillosa, aunque los fragmentos técnicos me aburren) o acabar el abandonado Lessico Famigliare de Natalia Ginzburg (ayer releí ese pasaje en que el hijo detenido por los fascistas adquiere prestigio porque le detienen con Einaudi o con Pavese) o escribir desordenadamente en cuadernillos. Cuando duermo poco, mi estado de ánimo es peligroso, no para los demás, sino para mí misma. Es fácil que me invada la nostalgia de lo que creo haber perdido, o que sienta un mayor apego por proyectos fallidos, o que eche de menos lo que ya no puede ser. Tras una noche de sueño regular, todo se resitúa y entonces puedo analizar mi auténtico état d'âme y distinguirlo de las perspectivas reales, o recuperar energías para escribir algo con más esperanza. De modo que, sin querer, se establece una arriesgada relación entre el sueño, la memoria y el pensamiento.
Plus tard... Un paseo para buscar las liquidaciones de mi editor, en una trabajosa ruta decimonónica, esquivando las grúas y la fealdad, me ha reconciliado con mi mismidad, barriendo los restos de cansancio, hambre y sueño. Lástima que al llegar he visto la casa del azufaifo envuelta en plástico verde: se acabó. Ni siquiera podré hacer ya la foto con mejor ángulo. RIP.

lunes, 28 de mayo de 2007

La casa del azufaifo

La foto es mía, la he hecho esta mañana, como recuerdo de lo que va a ser destruido

Fue V quien me contó que al venir a mi casa se cruzaba un azufaifo que le recordaba a la China. Ella no sabía de mi historia con el fruto de ese árbol. De muy pequeña, antes de los 5 años, en el colegio de Figueres saltaba yo una tapia prohibida con otras niñas y nos colábamos en un pequeño huerto, rodeado de muros encalados que refractaban la luz del sol, deslumbrante. Allí había un azufaifo porque una vez nos dimos tal atracón de esos frutos rojos que al llegar a casa, la Bruja aprovechó para ensañarse. "¡Esto para que no vuelvas a comer azufaifas!", me dijo. Así conocí la palabra, tan árabe como acequia o aljofar. Aún recuerdo la luz del huerto y el olor y vagamente el sabor de aquella especie de cerezas gigantes, que nunca más había vuelto a comer (se ve que el mandato de la Bruja tuvo éxito) ni a ver. ¡Y tenía el árbol en mi misma calle! Lástima que el descubrimiento me llega justo antes de su muerte. En su política de entregar la ciudad al diablo (los constructores), como ya dije anteayer en Polis, este ayuntamiento permite perpetrar el asesinato del paisaje histórico. Alrededor de mi casa están tirando todas las casitas viejas, todo rastro de lo que fue, para construir sólo fealdad y mediocridad sin identidad ninguna.
No me cansaré de repetirlo.
Mientras, he empezado a leer la biografía de Lacan escrita por Elisabeth Roudinesco, y aunque es muy prolija en lo puramente psicoanalítico, y a veces me aburre, otras veces sobresale el personaje, el Lacan joven, odiando tan saludablemente a su familia y la ideología que transpiraba, yendo a ver a Dalí, con su ropa siempre agradablemente extravagante, su extraña mezcla de arrogancia y charme y sus hallazgos, y me subyuga.

lunes, 23 de abril de 2007

Sant Jordi



Como tenía que seguir el rito arrastrada por mi hijo, que me invitó a que le comprase un libro y esta vez no podía hacerlo secretamente el día antes, le he comprado un Kazuo Ishiguro que tal vez le gustará, y un Henry James que yo misma le había regalado años ha y que cambiaré mañana. Yo he caído por el bien editado segundo volumen de las Completas de Walter Benjamin. Siguiendo con el rito de visitar las librerías favoritas, he ido a ver al librero de la calle Berlinés para llevarme un par de Lacanes porque su pensamiento a veces me inspira. En La Central me he encontrado a la amiga italiana que me introdujo a la Ginzburg regalándome La strada che va in città y le he contado lo mucho que me acompañó Le Piccole Virtú en Kosovo y lo bien que estaba pasándolo ya al empezar Caro Michele, y ella ha comprado Lessico Famigliare en castellano para regalárselo a algún famoso Jordi.
Hace mucho tiempo, yo tenía 18 años y me estaba curando de una gripe cuando supe que en la facultad, en mi ausencia, me habían elegido para representar a Sant Jordi en la primera fiesta de la primavera después de muerto Franco. Como estaba enferma, nunca supe por qué me habían elegido. Tal vez fue porque en los grabados, el santo a caballo tenía rizos rubios. O por mi activo rojerío activista de entonces, siempre luchando contra dragones metafóricos de pasividad y sumisión generalizadas. El resto de la clase formaba un dragón inmenso. Me llamaron para decirme que tenía que improvisar un casco y un escudo para el día siguiente y que no podía negarme. Me acompañó mi ex cuñado y aún recuerdo la expresión atónita del droguero mientras yo me probaba una especie de palangana (o bacinilla!) pequeña para pintarla con spray plateado. No sé cómo lo hicimos al final, pero el disfraz y mi impersonation tuvieron curiosamente un gran éxito, y aunque yo nunca tuve las fotos, todo el mundo conservó copias y muchísimos años después, algún ex profesor o alumno, al verme, aún me llamaban "sant jordi".

jueves, 5 de abril de 2007

Manto de palabras


Arthur Rackham: La Cenicienta
Carlota O. me avisa de que en La Contra de hoy, un neurólogo inusual comparte mi idea de cubrirse con un manto de palabras.
Aunque yo recelo de los neurólogos y psiquiatras, que suelen reducir el alma humana a un conjunto de impulsos eléctricos e intentan adormecer sus malaises históricos con pura química, Cyrulnik, tal vez por su historia familiar (toda su familia murió en los campos de concentración y él, prófugo, vivió en casas de acogida), que le humanizó e iluminó en el sentido que señalaba Pater (Who never ate his bread in sorrow, who never spent the midnight hours, weeping and waiting for the morrow, he knows you not, Heavenly Powers; una idea que nos sirve a los ateos y humanistas, creyentes en el arte, o como decía Cixous “Tout ce qui est plus grand que moi, en bien ou en mal, peut être nommé dieu”), y dice algunas cosas que comparto.
Cyrulnik habla de la resiliencia (suena a resina, a algo cerúleo, ¿será ese otro significante aquí?), la capacidad de transformarse a pesar de lo sufrido. Dice que utiliza la palabra alma "en el mismo sentido que Freud. Somos materia y representaciones no materiales, somos carne y alma…"
"Cada uno de nosotros se construye una película de sí mismo con imágenes y palabras... con los recuerdos y con la imagen que el otro tiene de ti…" "...Podemos intervenir y modificar la idea que tenemos de nosotros mismos. Hay herramientas para no ser un esclavo del pasado..." "La indiferencia es la muerte psíquica y el sufrimiento es la vida. Mientras sufrimos podemos seguir soñando con algo mejor…"
Sólo se puede vivir revestido de un manto de palabras.”
La visión de Cyrulnik, la película de Elisabeth Roudinesco Lacan, réinventer la psychanalyse, la comida plácida en una casa luminosa, de amigos casi familiares, la lectura en el metro, y sobre todo, una breve pero intensa conversación con mi hijo son los elementos restauradores que entretejen mi manto de palabras de hoy, contra la (sí, ya sé, necesaria, pero melancólica nevertheless) lluvia.
Y con todo, el discurso de Cyrulnik, al lado del discurso de Lacan en la película -mucho más literario, lleno de matices y de preguntas abiertas-, me parece reductivo y básico, un poco como comparar el discurso americano, didáctico y aniñado, con el francés, siempre más elaborado y complejo.

viernes, 30 de marzo de 2007

Humo, lecturas y traiciones

Estos días he leído exhaustivamente al poeta y ensayista esloveno Aleš Debeljak (que en esta foto recuerda un poco al agente Mulder) y a quien entrevisté ayer en el bar de La Central del Raval (donde aún se puede fumar, algo imprescindible con cualquier autor balcánico y también para mi rebeldía ante esa ley estúpida que todos acatan y que según mi amiga María Amezúa es un test para comprobar la sumisión de los ciudadanos antes de recortar sus libertades en temas más importantes; una normativa a la que se oponían Derrida y Roudinesco en su diálogo ¿Y mañana qué? porque es contraproducente y autoritario reglamentar así la vida cotidiana, diga lo que diga Cachodepan), pero de vez en cuando seguía mi lenta y esporádica pero iluminadora lectura de Bettelheim (The Informed Heart) y en algunos momentos visitaba esas intoxicaciones geniales y esa especie de haikus de Li Bai, pero anoche, agotada de esta semana agitada y semieslovena, vi por casualidad en la pila de libros que se acumulan junto a la cama unos ensayos de Natalia Ginzburg que compré (¿en Laie?) no hace mucho tiempo, y les traicioné a todos con ella. Qué maravilla el primer ensayo, que en realidad es un cuento, La casa. Enseguida recordé que las primeras líneas me habían impulsado irresistiblemente a comprarlo. Cuenta el proceso de búsqueda de una casa, la casa que ella quería, con jardín (su sueño me recordó a la frase de Cicerón, para quien las condiciones de la felicidad consisten en una buena biblioteca que dé a un jardín), la que quería su marido (sin jardín ni patio, donde cae la suciedad de los demás balcones), las ideas de su padre (tenían que comprarse una casa) y las de su suegra (sólo importaba el suelo), los malos humores de uno y las inseguridades del otro y cómo todos sus deseos y proyectos de casa estaban conectados con experiencias pasadas, fantasías infantiles, y cómo la casa que se compran contradice todo lo que pensaban pero se ajusta a otras fantasías. Y su tono sigue justificando todas las traiciones.
Un viejo amigo, J., acaba de enfadarse conmigo porque quería convencerme de que leyese un libro de Antonio Muñoz Molina, Días de diario, donde J., que conoce a AMM, le redescubre y está entusiasmado. Pero yo, que tengo un atasco extraordinario de libros y sólo me guío por mis propios caprichos y obligaciones, siempre me rebelo ante sus impulsos generosos ("Te voy a regalar un libro...", amenaza, y yo: "No, no, por favor...") y casi impositivos, porque su tenacidad es tal que me lo imagino todos los días preguntándome si ya lo he leído, y yo obligada a leerlo para evitar la repetición del mismo intercambio. No es que yo tenga nada en contra de AMM, ni siquiera dudo del criterio de J. como lector, pero siempre pensé que nos gustaban cosas distintas, y aunque pudiéramos coincidir, cada uno tiene sus momentos. Algo en su actitud me rebela. Otras personas me hablan de lecturas y me convencen, tal vez porque no me dicen: "Tienes que leer", sino "me está gustando, aunque...". De hecho, fue LZ, una amiga italiana que lee sin parar, la que me habló de su pasión por Natalia Ginzburg, y cuando le pregunté por dónde empezar, me regaló La strada che va in città. Pero cuando ella me lo dijo, yo ya había sentido curiosidad y atracción por esa autora, que había leído sólo en artículos y entrevistas... Y es que al final, volviendo a Lacan, sólo cuenta el propio deseo...