Mostrando entradas con la etiqueta palabras árabes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta palabras árabes. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de mayo de 2007

La casa del azufaifo

La foto es mía, la he hecho esta mañana, como recuerdo de lo que va a ser destruido

Fue V quien me contó que al venir a mi casa se cruzaba un azufaifo que le recordaba a la China. Ella no sabía de mi historia con el fruto de ese árbol. De muy pequeña, antes de los 5 años, en el colegio de Figueres saltaba yo una tapia prohibida con otras niñas y nos colábamos en un pequeño huerto, rodeado de muros encalados que refractaban la luz del sol, deslumbrante. Allí había un azufaifo porque una vez nos dimos tal atracón de esos frutos rojos que al llegar a casa, la Bruja aprovechó para ensañarse. "¡Esto para que no vuelvas a comer azufaifas!", me dijo. Así conocí la palabra, tan árabe como acequia o aljofar. Aún recuerdo la luz del huerto y el olor y vagamente el sabor de aquella especie de cerezas gigantes, que nunca más había vuelto a comer (se ve que el mandato de la Bruja tuvo éxito) ni a ver. ¡Y tenía el árbol en mi misma calle! Lástima que el descubrimiento me llega justo antes de su muerte. En su política de entregar la ciudad al diablo (los constructores), como ya dije anteayer en Polis, este ayuntamiento permite perpetrar el asesinato del paisaje histórico. Alrededor de mi casa están tirando todas las casitas viejas, todo rastro de lo que fue, para construir sólo fealdad y mediocridad sin identidad ninguna.
No me cansaré de repetirlo.
Mientras, he empezado a leer la biografía de Lacan escrita por Elisabeth Roudinesco, y aunque es muy prolija en lo puramente psicoanalítico, y a veces me aburre, otras veces sobresale el personaje, el Lacan joven, odiando tan saludablemente a su familia y la ideología que transpiraba, yendo a ver a Dalí, con su ropa siempre agradablemente extravagante, su extraña mezcla de arrogancia y charme y sus hallazgos, y me subyuga.

jueves, 5 de abril de 2007

Manto de palabras


Arthur Rackham: La Cenicienta
Carlota O. me avisa de que en La Contra de hoy, un neurólogo inusual comparte mi idea de cubrirse con un manto de palabras.
Aunque yo recelo de los neurólogos y psiquiatras, que suelen reducir el alma humana a un conjunto de impulsos eléctricos e intentan adormecer sus malaises históricos con pura química, Cyrulnik, tal vez por su historia familiar (toda su familia murió en los campos de concentración y él, prófugo, vivió en casas de acogida), que le humanizó e iluminó en el sentido que señalaba Pater (Who never ate his bread in sorrow, who never spent the midnight hours, weeping and waiting for the morrow, he knows you not, Heavenly Powers; una idea que nos sirve a los ateos y humanistas, creyentes en el arte, o como decía Cixous “Tout ce qui est plus grand que moi, en bien ou en mal, peut être nommé dieu”), y dice algunas cosas que comparto.
Cyrulnik habla de la resiliencia (suena a resina, a algo cerúleo, ¿será ese otro significante aquí?), la capacidad de transformarse a pesar de lo sufrido. Dice que utiliza la palabra alma "en el mismo sentido que Freud. Somos materia y representaciones no materiales, somos carne y alma…"
"Cada uno de nosotros se construye una película de sí mismo con imágenes y palabras... con los recuerdos y con la imagen que el otro tiene de ti…" "...Podemos intervenir y modificar la idea que tenemos de nosotros mismos. Hay herramientas para no ser un esclavo del pasado..." "La indiferencia es la muerte psíquica y el sufrimiento es la vida. Mientras sufrimos podemos seguir soñando con algo mejor…"
Sólo se puede vivir revestido de un manto de palabras.”
La visión de Cyrulnik, la película de Elisabeth Roudinesco Lacan, réinventer la psychanalyse, la comida plácida en una casa luminosa, de amigos casi familiares, la lectura en el metro, y sobre todo, una breve pero intensa conversación con mi hijo son los elementos restauradores que entretejen mi manto de palabras de hoy, contra la (sí, ya sé, necesaria, pero melancólica nevertheless) lluvia.
Y con todo, el discurso de Cyrulnik, al lado del discurso de Lacan en la película -mucho más literario, lleno de matices y de preguntas abiertas-, me parece reductivo y básico, un poco como comparar el discurso americano, didáctico y aniñado, con el francés, siempre más elaborado y complejo.

lunes, 2 de abril de 2007

El lenguaje es una piel

Ilustración: mi bola de palabras
En el blog de Millán aparece una campaña en favor de la escritura, El abrazo del texto, que me ha recordado a un fragmento maravilloso de Barthes "Le langage est une peau: je frotte mon langage contre l'autre. C'est comme si j'avais des mots en guise de doigts, ou des doigts au bout de mes mots. Mon langage tremble de désir..."
Las palabras en la punta de los dedos para acariciar o doler, raspar, pinchar y lamer, abrazos de palabras, muros de palabras, frases que empujan y atraen, lenguaje que repele, que se estremece, lenguaje que vibra, que tiembla de deseo o de risa, lluvias de palabras componiendo esa sensación de textura pronunciada, verbal e inscrita en el cuerpo.
Alguien, en esta noche de lluvia furiosa, me ha hecho pensar en una escena de Nowhere Man de Aleksandar Hemon en que el pobre desarraigado Jozef tiene un arrebato de desesperación, y en ese momento, una gran mano invisible aparece para consolarle murmurándole palabras en su lengua materna. Yo me acordé muchas veces de esa mano cuando viajaba por los Balcanes, y así se lo dije a Hemon en un café de París (cerca de la rue de la Huchette de la que hablaba Cortázar, muchos años antes, diciendo algo como "Sí, pero quién nos curará de ese fuego sordo, de ese fuego sin color que recorre al anochecer la rue de la Huchette...").
Plus tard...
Cuando empecé este post no sabía hasta qué punto significaría. Hubo una dilación, una separación, un adormecimiento de los sentidos, y sólo horas después, al despertarme, lo he sabido. Hoy soy l'écorchée au vif, así que he puesto encima mi propia bola de palabras, para dibujar lo que tiene que salir, aunque duela, de mi encuentro necesario de ayer con mi pasado más remoto, con el principio de todo, algo que he grabado en dos cintas de vídeocamara, ¿y qué hacer con ello? sólo escribirlo, encontrar la manera, el tono. Y pese a todo, en este extraño estado shambala, sin piel, vestida de palabras como la niña de Rackham que barría un jardín con un traje de periódicos, hay cierta intensa felicidad también, con el sabor de la sangre o como dar a luz o sumergirse en el núcleo palpitante doloroso e hilarante a la vez, ridículo y gracioso y agridulce de lo vital, el túnel de paredes carnosas, los márgenes de la locura en la más pura racionalidad analítica, las palabras que restauran, que restablecen, que restituyen, que permiten seguir viviendo con todo ello. Abrir las costuras, examinar con pinzas, como diseccionando un pobre caracol en el laboratorio de ciencias, airear las heridas, desinfectarlas, dejar que cicatricen de nuevo rescatando la pizca de gasa que quedó dentro la otra vez y lo emponzoñó todo, curarlas con el bálsamo neutro y poético de las palabras. That's it...