Fue V quien me contó que al venir a mi casa se cruzaba un azufaifo que le recordaba a la China. Ella no sabía de mi historia con el fruto de ese árbol. De muy pequeña, antes de los 5 años, en el colegio de Figueres saltaba yo una tapia prohibida con otras niñas y nos colábamos en un pequeño huerto, rodeado de muros encalados que refractaban la luz del sol, deslumbrante. Allí había un azufaifo porque una vez nos dimos tal atracón de esos frutos rojos que al llegar a casa, la Bruja aprovechó para ensañarse. "¡Esto para que no vuelvas a comer azufaifas!", me dijo. Así conocí la palabra, tan árabe como acequia o aljofar. Aún recuerdo la luz del huerto y el olor y vagamente el sabor de aquella especie de cerezas gigantes, que nunca más había vuelto a comer (se ve que el mandato de la Bruja tuvo éxito) ni a ver. ¡Y tenía el árbol en mi misma calle! Lástima que el descubrimiento me llega justo antes de su muerte. En su política de entregar la ciudad al diablo (los constructores), como ya dije anteayer en Polis, este ayuntamiento permite perpetrar el asesinato del paisaje histórico. Alrededor de mi casa están tirando todas las casitas viejas, todo rastro de lo que fue, para construir sólo fealdad y mediocridad sin identidad ninguna.
No me cansaré de repetirlo.
Mientras, he empezado a leer la biografía de Lacan escrita por Elisabeth Roudinesco, y aunque es muy prolija en lo puramente psicoanalítico, y a veces me aburre, otras veces sobresale el personaje, el Lacan joven, odiando tan saludablemente a su familia y la ideología que transpiraba, yendo a ver a Dalí, con su ropa siempre agradablemente extravagante, su extraña mezcla de arrogancia y charme y sus hallazgos, y me subyuga.


