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domingo, 3 de junio de 2012

Entre los árboles


Foto: J.A., Escultura de Elena e Isabel Pan de Soraluce, 2012
Llegué a Madrid el viernes a mediodía, acompañada y protegida por J., y después de descansar un rato pude visitar la galería de Fernando Herencia, donde mis amigas Elena e Isabel Pan de Soraluce exponían sus últimas esculturas, con el título de Más madera. Todas las piezas son tan sensuales que obligan irresistiblemente a tocarlas y a diferencia de lo que suele ocurrir, ni el galerista ni las artistas (que vinieron a verme con mi amiga Lola M.), intentaban impedirlo, sino que lo comprendían. La galería está en mi barrio preferido de Madrid, enfrente del Botánico y junto a ese bonito lateral del Prado, y un poco más abajo está esa placita preciosa de inmensos magnolios y un cedro gigantesco y maravilloso. Mi condición no me permitió quedarme como me habría gustado más tiempo allí de tertulia, pero me alegré mucho de haber ido. Casualmente supe que pronto expondrá allí otro amigo, Íñigo Villalonga y ojalá esté yo en forma para volver a verlo. 
Al día siguiente logré, no sé cómo, llegar a la Feria del Libro, que era mi misión. Poco antes, un amigo me avisó de que había salido una reseña de Mis postales de Barcelona en el Babelia (no puedo poner el link), breve pero muy bien hecha, por Francesc Arroyo. Era un buen augurio. Mi malestar era considerable y mientras llegábamos tarde a la caseta, alguien que me conocía de facebook me detuvo para saludarme y le contesté bruscamente, porque literalmente no podía con mi alma. Al llegar a la caseta, mágicamente, me transformé y el malestar se desvaneció. Enseguida llegaron los editores de Atalanta, que fueron los primeros, y luego casi no paró de llegar gente, amigos, conocidos y desconocidos, algunos también ilustres, como Gonzalo Suárez y Hélène Girard; él me regaló su libro Yo, ellas y el otro, con una estupenda dedicatoria y se llevó también Mis postales de Barcelona. Una lectora a la que ya conocía del año pasado me trajo recuerdos de EVM, que firmaba su Aire de Dylan en la siguiente hilera de casetas, a la misma hora que yo. En la caseta no hacía calor pero fuera, mis generosos visitantes sudaban y se abanicaban porque la Feria se instala en el llamado "Paseo de los coches", que es el único camino de cemento del parque, y la temperatura es muy distinta que entre la tierra y los árboles. Creo que firmé más libros que nunca antes. Me mantuve agradablemente impertérrita hasta que ya sólo faltaban unos minutos y cuando salí al calor, de pronto, el efecto mágico se evaporó y la carroza de Cenicienta volvió a ser una calabaza tirada por ratones y me encontré con mis miserias. Por suerte, allí estaba J. para rescatarme y tuve que huir con él y dos amigas sin haber logrado visitar otras casetas ni haber saludado a EVM como pensaba.
Ha sido un viaje extraño porque yo me sentía fragilizada y dolorida y porque tantas noches sin sueño y tanta imposibilidad de reponer fuerzas transforman a cualquier ser humano en otra cosa indefinible, fantasmal, exhausta. No habría podido hacerlo sin escolta. Y me he alegrado de ver a mis amigos y de su gesto generoso atravesando la ardiente Feria para encontrarme. 
A la feria también me trajeron un libro de poemas de Perto Peña, con otra estupenda dedicatoria. Estos días leía dos libros deliciosos, Ante la pintura de Robert Walser y Verde agua, de Marisa Madieri. Cuando mi malestar me deja concentrarme. Ojalá me disculpen mis lectores por este crucigrama sin inspiración. He pensado tanto en el dolor estos días y noches. He soñado tanto con recobrar mi antigua forma... A veces es inevitable preguntarse por qué o pensar que es injusto que precisamente ahora... Como si hubiera un sentido o una justicia, ni siquiera poética. Como si los responsables de masacres o de esta crisis enfermaran y se retorcieran de este o algún otro dolor sin poder encontrar alivio. Es difícil no desesperar y sentir que el propio umbral de resistencia está cerca. No sé de dónde sale luego esa pequeña energía que me permite aunque sea ponerme en pie o que me permitió estar tan bien en la Feria del Retiro. Y al mismo tiempo es inevitable no dejarse conmover por quienes intentan siempre cuidarme y estar cerca.
En el tren de vuelta, casi detrás de nosotros en diagonal se sentaba un escritor muy feo autor de best-séllers. J. bromeó sobre el significado de esa coincidencia mientras los paisajes extraños de ese trayecto iban corriendo por las ventanas y empezaba al fin a llover en alguna parte. Una vez aquí, lejos de aquellos árboles, de vuelta a casa, sólo cuento horas y días para los tratamientos con los que a partir de ahora intentaré mejorar mi condición. Rufus se ha alegrado mucho de verme. El silencio sería maravilloso, pero alguien ha dejado a un pobre perro encerrado en un balcón y el animal no para de ladrar. Habría que encerrar a quienes le encierran en el mismo lugar (liberando al perro). Y espero a que llueva en todos los sentidos. También al volver, he descubierto que mi buganvilla roja, que creía fracasada, ha empezado a florecer. Rojas y naranjas son mucho más difíciles que las omnipresentes buganvillas fucsia, y sólo en Canarias las he visto medrar espectacularmente en muros inmensos. Es gracioso que mi buganvilla roja se haya animado ahora que tengo tan abandonado todo, terraza y casa... Ojalá sean también un buen augurio esas flores rojas que han brotado inesperadamente y yo también, como ellas, pueda resurgir y recobrar lo perdido.

jueves, 9 de febrero de 2012

Vuelta a las viejas librerías

Foto: I.N., Hard Times, Dickens, 2012
Anoche se estropeó la conexión de Internet de este edificio y esta mañana seguíamos desconectados. La desconexión irrita y preocupa, pero también relaja y ayuda a entrar en un olvido antiguo, en aquellas sensaciones de antes, en que salíamos a la calle y nadie nos interrumpía por teléfono, y viajábamos a un pueblo cercano y nadie sabía de nosotros hasta que volvíamos. Eso lo escribí en mi primer cuento de Algunos hombres... y otras mujeres. He estado traduciendo los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (para Alfabia) sin diccionario on line, las escenas imprevistas del té de la señora Bagot con el ex obispo misionero en Sudáfrica, al son de una raga magnífica sin asperezas ni carga que me ha pasado mi amigo, y luego hemos salido al día gris y helado y  hemos ido a Charing Cross, donde no sólo quedan algunas maravillosas librerías de viejo, sino que siguen llenas de gente apasionada de los libros. He bajado las escaleras de caracol de una de ellas para descubrir que la zona de ficción y poesía estaba abarrotada de lectores, no de turistas, sino de altos ingleses bibliófilos que rebuscaban en los estantes, dos gigantes agachándose o encorvándose con sus abrigazos hasta los estantes del suelo, gente subida a las escaleras, parecían las silenciosas y reflexivas, soñadoras imágenes de On Reading de Kertész. Qué alegría estar entre tanto espíritu afín... Y sin hablar, sin saludarnos, sólo sintiendo que estaba entre hermanos. Ahí estaba para mí el único reducto de futuro del humanismo y del mundo que yo no quisiera perder... Me he comprado sólo dos pequeñas joyas, una diminuta y antigua edición de Hard Times de Dickens (para celebrar su cumpleaños y la Luna de ayer) y su capacidad de hablarnos de estos hard times de ahora, y una preciosa edición ilustrada de Keats, donde abriendo al azar ha aparecido ese poema a Isabella... Until sweet Isabella’s untouch’d cheek /  Fell sick within the rose’s just domain... Mi amigo se ha comprado un libro maravilloso de 1970 sobre pintura rupestre, con preciosas ilustraciones, y otra joya que no recuerdo.
Más tarde hemos entrado en Chinatown: aún no han terminado las celebraciones del Año Nuevo Chino (del Dragón) y de pronto nos hemos dado cuenta de que estuvimos juntos en el pasado Año Nuevo Chino en el Chinatown de San Francisco; se ve que el año chino nos une en cierta manera. Y yo me recordaba buscando hierbas chinas para dormir con mi jet lag de entonces, mientras que ahora duermo...
Luego he salido pitando para el ICA, donde había quedado con la escritora Londoner Susana Medina, y hemos pasado una hora y media hablando en ese lugar aún mítico, donde el jueves ponen una película interesante, un Marx Reloaded donde participan filósofos y entre ellos Zizec... Y luego Susana me ha acompañado a un lugar prohibido donde tenía que comprar unos chutneys para J. y G... y donde el grupo activista UK Uncut protagonizó una sentada que les costó carga policial y denuncia... Tienen toda la razón. Susana y yo hemos hablado de escritura, de arte, de cómo sobrevivir y resistir, de años salvajes y del desierto cultural de mi país.
Y después ya era de noche, porque aquí el día dura poco y hoy el aire mordía de frío. Anoche estuvimos en un restaurante chino de fusión bastante posh, abarrotado porque aquí la crisis no ha devorado el país y no se ven locales vacíos como en NY y en Barcelona, sino que la vida sigue industriosa y bulliciosa, aunque la Universidad se haya burocratizado y los recortes sociales sigan adelante. Y en aquella atmósfera delicada y alegre, mi amigo intentaba explicarme cómo encajar mejor en el mundo y de pronto me dijo algo, no sé si fue el vino, algo que me produjo una respiración feliz. ¿Qué importa si es verdad o no o lo que realmente pueda significar? Sólo importa lo simbólico y ese aire interno alegre que se abre camino como la música en el cuerpo. Él me preguntó por qué creía que nos abrían las puertas de par en par en las galerías llenas de Matisses y Josef Albers y otras joyas, dijo que era por mí, que yo tenía algo interior principesco y que los porteros lo detectaban. De joven yo siempre enamoraba a los porteros y de pequeña al lechero de Figueres y con los años llegué a pensar que se trataba de mis raíces andaluzas, aunque volvía a ocurrir con la gente campestre de los Balcanes y en la casa de escritores de la Vojvodina todos me pedían que intercediera con el gobernante para que les hicieran otros platos, que aquel hombre gigante sólo accedía a prepararme a mí. También me preguntaba si se trataría de un reconocimiento de afinidad, ya que había sido desheredada. Cuando se lo dije, cada ejemplo le servía para reforzar su graciosa teoría. Se excusó por darme consejos, pero a mí me interesan porque, como le dije, él encaja más que yo en el mundo. Claro que, añadí riéndome, casi todo el mundo encaja más que yo... ¡Entonces estás de suerte!, dijo él, aunque no recuerdo cómo era la explicación. En cualquier caso, la luna estaba llena y al salir el frío arreciaba y anduvimos un poco antes de refugiarnos.
Esta tarde, ya en la oscuridad, al llegar a casa Internet había vuelto y yo no he tenido energía para acompañar a mi amigo a un concierto. He salido a la calle for a brisky walk. El frío te obliga a andar deprisa y a no pararte y hay que ser heroico para pararse a fumar. Pero aquí hay mucha gente resistente al frío, que van a cuerpo por la calle... Yo sueño con una vida aquí, no puedo evitarlo. Incluso lo que venden en los supermercados, donde la comida está pensada para los solitarios y no para las familias, y todo habla de un mundo más abierto y contemporáneo, en lugar de asfixiantemente cerrado, conservador y católico como en mi país. La idea de volver a Barcelona me llena de melancolía. No sólo por mi época de vacas flaquísimas, por ese jeroglífico no resuelto. Por cierto que el otro día escribí en facebook: "Intento contemplar mi problema de liquidez como quien se enfrenta a un jeroglífico." Y vinieron dos a decirme que el 99,9 de la gente pensaba lo mismo. No lo creo. Yo estaba hablando de cómo evitar el lamento y la desesperación, en la máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", pero ellos dos atribuyeron a todo el mundo esa actitud. Yo no les creí, pero como comprendí que no me entendían, borré el comentario. Tal vez la influencia de Spinoza haya crecido tanto...?
A ratos leo ese libro maravilloso de Mandelstam en Armenia que ha editado Helena Vidal. Y picoteo otros libros. Y sigo con Maeve Brennan. Ayer el sol fue una fiesta para los árboles y los jardines londinenses, que estaban llenos de pájaros, perros y patos de cabezas coloreadas. Cómo se nos acercaban pájaros y ardillas, cómo nos miraban perros y patos... Era como si todos nos reconociéramos en un cuento antiguo. Como aquel bosque carrolliano donde las criaturas olvidaban su nombre. Y cómo  danzaban los árboles componiendo su música delicada... Hice muchísimas fotos y vino mucha gente a mariposear por ellas en facebook. No sé si me quedará tiempo de ver los retratos de Lucien Freud, de irme por los canales a un café flotante, de londonear perezosamente o con paso brioso de frío. Tampoco sé si podré volver. Dicen que va a volver a nevar y que podrían volver a cerrar Heathrow....


domingo, 27 de diciembre de 2009

Volver

Foto: I.N., Un joven sin cabeza sentado en un parque, Perpignan, 2009
Se acabó mi fuga navideña, por necesidades presupuestarias y otros requerimientos. Lo he pasado muy bien, andando bajo árboles gigantes, viajando en trenes (cuando la huelga lo permitía) por Languedoc, visitando un museo que monta bien sus exposiciones, saboreando deliciosas ensaladas que aquí no existen, y sobre todo, calmando mi pobre espíritu envilecido en BCN, ya que deambulaba por ciudades donde no hay basura en el suelo, sino sólo aire y lluvia, donde la gente no grita en la calle ni en ningún sitio (el otro día comíamos en un restaurante atiborrado, con esa avaricia del país vecino -eso sí- que les lleva a aprovechar cada milímetro de espacio, de forma que apenas puede uno llegar a su sitio sin empujar al de al lado, y sin embargo, ¡no oíamos las conversaciones ni siquiera de las mesas contiguas! No oíamos a los niños, que los había, pero educados, a diferencia de lo que ocurre por estos lares, donde algunos padres parecen pincharles para que lloren, o bien se rindieron al primer griterío concediéndoles sus deseos y ahora ellos utilizan incansables ese recurso), y ni siquiera los grupos de adolescentes que salían de noche alzaban la voz en la calle, y donde no cortan los árboles como aquí, sino que les dejan crecer a su aire y los cuidan como algo valioso.
Lo he pasado bien refugiada en periódicos franceses (en un artículo de Libé, un arquitecto explica los planes de plantar aún más árboles en París para combatir el cambio climático y explica que han comprobado que en los veranos muy calurosos hay 8 grados de diferencia entre París y la banlieue y sólo se deben a los árboles, la verdure, como dicen ellos, de modo que se proponen plantar más en esos barrios... Yo leía y comparaba tristemente a la política municipal de aquí, que incluye la tala de todos los plátanos -el 70% de árboles de la ciudad-, la tala de la Diagonal, la tala de todas las arboledas elegidas para la ampliación de la línea 9, ya que aquí, al contrario que en París, no hay que preservar árboles, ni patrimonio, sino parkings, lo único que valoran nuestros políticos municipales-, sin poder evitarlo), refugiada en tiendas francesas (yo encuentro tesoros en los supermercados gabachos, tienen las cosas que me gustan a mí... Además de los precios... Curiosamente, las farmacias francesas son más baratas que las de aquí, un paquete de kleenex vale 0,30 euros en una farmacia francesa y 0,70 en una española, ¿por qué?; los medicamentos homeopáticos valen una tercera parte (tres cajas de oscilococcinum por el precio de una española, los productos de herbolario y naturopatía también, y no digamos las verduras: las lechugas y tomates son mucho mejores y con mejor precio, los alimentos biológicos -o ecológicos o dietéticos o como quieran llamarlos- están también en los supermercados, y los panes negros de semillas y levadura madre, y hay mucha más variedad de todo, tés maravillosos, infusiones de verbena en todos los bares...), en librerías; cualquier pequeña ciudad tiene librerías interesantes y hospitalarias donde pasar horas entre libros y en cuanto al paisaje humano, me parece mucho más sugerente. De modo que lo he pasado estupendamente, soñando con vivir autrement, he retratado árboles gigantescos que pondré por aquí, árboles que reinan, se estiran y arquean en danzas asombrosas, árboles que parecen recorrer parques y calles a grandes zancadas en cuanto una se da la vuelta.
Celebramos nuestra no-navidad en un lugar civilizado, donde no era obligatorio someterse a ritos familiares, donde parejas o gente solitaria o amigos cenaban también sin más en la terraza de un restaurante, protegida y caldeada por las estufas, para placer de fumadores...
En cuanto a Perpignan o Perpinyà, era un paisaje de mi infancia. Cuando vivíamos en Figueres, lo comprábamos casi todo allí y era tan distinto el mundo rico y pétillante del otro lado de la frontera del triste y pobretón cutrerío de la España franquista... Para mí aquel era el mundo, el mismo que representaba la televisión, pues sólo veíamos la francesa (L'homme invisible!), el mundo libre y humano, el mundo de la cultura y del chocolate y las galletas... Como aquella visión de Le Boulou, que un día comentaba L.: al lado español, un colmado cutre y triste, con dos o tres productos rancios, estilo el de Manolito de Mafalda, y al lado francés, uno lleno de mil variedades de quesos exquisitos, de galletas y yogures y chocolates y tantas otras cosas con las que soñamos de niños, y yo siempre me preguntaba quién compraría en el lado español... Y más adelante, en la adolescencia, íbamos a comprar los libros del Ruedo Ibérico o a ver películas prohibidas que no pescáramos en aquellos improvisados cine-fórums. ¡Y no había vuelto! Pero algunos lugares despertaron mis recuerdos, como la cúpula acristalada de lo que ahora es la Fnac y antes eran unos almacenes que frecuentábamos, al fondo de la calle que se abre en la estación... Y Montpellier era el lugar donde, a los 16 o 17, visitaba a un amigo poeta y entonces exiliado-desertor, cada vez que yo necesitaba cambiar de aires u olvidarme de alguien (lo conté en un cuento). Cómo me gustaban aquellas calles luminosas y tranquilas (ahora demasiado comerciales, aunque todavía luminosas) y la gente en bici o velosolex, y la Universidad y los gritos contra Pasqua en las manifestaciones...
Y volvimos anoche, por suerte a la aún bonita estación de Francia (a pesar de ese suelo tan feo que le pusieron hace unos años), en lugar de la fea, grasienta y maloliente Sants. Eso sí, llovía a mares y no había un solo taxi. Tuvimos que esperar un buen rato para salir de allí, y yo, con la maleta, una bolsa de papel con mis libros, no me sentía con energía como para echar a andar bajo el agua, sin mano para sostener el paraguas.
En estos días sin ordenador he leído el melancólico e inteligente Botchan (compartiendo con él ese desencaje del mundo y disintiendo de quienes se empeñan a comparar a su narrador con el Holden Caufield de Salinger), y el aún más melancólico Kokoro, donde lo no-dicho, la reserva y el silencio se convierten en la parte más espinosa de la soledad, que acaba siendo dramática, y también he leído Obra suspendida de Evelyn Waugh, con esa deliciosa ironía suya y esa fluidez o ese dominio para contar lo que quiere, y su forma de burlarse del espíritu tacaño y mezquino de sus compatriotas y (a pesar de algunos momentos misóginos) su retrato de la mujer inteligente de la que el protagonista se enamora sin apenas esperanza, la mujer de su mejor amigo (¿que parece inspirado en Orwell?), ya augurando su Brideshead Revisited, una auténtica joya, que he leído bien traducida por María Maestro (con buen castellano, a pesar de algún anglicismo discutible, pero nada molesto, casi a reivindicar, como "puerta francesa" por French Window y en vez de la fea "puertaventana") y editada deliciosamente por Treviana. Quelle merveille. Me he reconciliado con Waugh, que me irritó en sus frívolos Diarios hace unos años. Y leí un trozo del arbóreo Un roi sans divertissement de Giono (me encanta la portada de Mylnikov que han puesto en la edición de Folio), y un poco del gracioso Saki. Reprimiéndome fuertemente, no me compré más que libritos diminutos, de esos que los franceses venden a 1, 2, 3 o 6 euros, algo inexistente en nuestro país, y autorizándome sólo libros que necesitara con urgencia para ayudarme a resolver mis problemas puntuales de escritura. Por ejemplo, La Parure y La Maison Tellier de Maupassant, y tres ensayitos de Stevenson que leeré absurdamente en francés, pero que Rivages poche (me encanta esa colección) había reunido como Devenir écrivain. Mientras, sigo leyendo Sanshiro. Ah y me dieron ganas de comprarme esa serie psicoanalítica en 14 dvd's donde colaboran Elisabeth Roudinesco, François Roustang y tantos otros, Être Psy.
En cuanto a la foto de esta entrada, ¿qué puedo decir? Me cayó muy simpático ese pétreo joven sentado en el parque, melancólicamente descabezado, o con la cabeza en otra parte, tal vez en las nubes, como yo misma ("Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza las nubes, ésa es la alternativa". T.W. Adorno). Dice G. que ayer fue a buscar olas y que el mar estaba helado. En cuanto a la gata Gilda, se puso muy contenta de verme. Ah, cómo me ha gustado el artículo de Joan de Sagarra en La Vanguardia de hoy sobre la navidad y Francia y ese librito precioso de Gertrude Stein... No puedo sentirme más afín y eso me hace gracia. Si hace veinticinco o veintisiete años, cuando coincidí con él en una mesa de banquete de unos premios culturales y se metió conmigo con su extraña ferocidad, me hubieran dicho que iba a compartir sus afinidades, no lo habría creído. Pero luego, su visión de la ciudad, su afrancesamiento, su manera de leer y de contarlo me han ido cautivando, hace un año o dos escribió sobre mi libro de una forma que no podía no gustarme, y aunque no comemos ni bebemos las mismas cosas, su artículo de hoy encaja perfectamente con mis interrogaciones no sólo sobre la navidad como un espíritu asociado a algo no familiar, sino a un país ajeno donde uno puede sentirse libre, o a la infancia. Y ese gato triestino llamado Maurizio, al que le gusta Bing Crosby... No se lo pierdan. Me he reservado para este momento el artículo de su primo Enrique en El País (al final hay un personaje que conecta misteriosamente con esta foto).

lunes, 21 de diciembre de 2009

Lunes de solsticio

Foto: I.N., Hojas bajo la lluvia, 2009
Es un lunes extraño, seminavideño, tal vez la noche más corta del año y yo lo he empezado andando, andando contra mi no-escritura, he visitado una librería donde nunca veo mis libros (les he comprado un Jean Giono, pero no L'homme qui plantait des arbres, esa maravilla de cuento para niños y adultos que debería correr a comprar todo el mundo como pequeño regalo de navidad y que ahora ha publicado Duomo en castellano, una pequeña joya a la altura de Mendel el de los libros de Zweig, sino Un roi sans divertissement, donde empieza hablando de un árbol maravilloso, un haya, y lo hace a la manera de Giono*), aunque me aseguran que han tenido algunos, y luego he llegado a otra que siempre estaba buscando, desde que unas navidades compré allí libros para G. y me gustó la librería y sus libreras, pero no recordaba la calle, y un día me la recomendó Francis, y leí el artículo donde celebraban sus 25 años de vida, y es la Gàbia de Paper. He quedado allí con B., que siempre tiene algún cameo en mis cuentos, como Hitchcock en sus películas, y que antes era mi vecina pero se ha cambiado a ese otro barrio y está feliz, porque a veces la gente necesita cambiar de aires. En la Gàbia de paper sí tenían mis cuentos, a la vista, y verlos allí, además de la hospitalidad de esas expertas libreras me ha alegrado la mañana. Tras comprar sendos libros (ella el mío, yo un Saki carrolliano), nos hemos ido al café de al lado, donde se fuma, y yo le he dedicado a B. mis cuentos y hemos hablado y despotricado. B. se preguntaba adónde iría, yo le he contado de un amigo común, de nombre numérico, que hoy me ha escrito: harto del Born y de Barcelona, se ha ido a vivir a Premià, monta a caballo y avista pájaros y contempla el mar todos los días, y B. me ha contado que su sobrino Johnny encontró unos socios griegos y ha montado un restaurante hispano en Tesalónica y está feliz (aunque Tesalónica es terrible y ruidoso, lo destruyeron con saña, le he dicho yo, pero las razones de cada uno son misteriosas y sé que él ve el mar desde su casa), y de una pareja de traductores que viven ahora en Marsella también con vistas al mar y pagan 400 euros por un piso que en BCN les costaría mil quinientos (aunque un amigo escritor, cansado de esa ciudad me contó que está cada vez más sucia). Luego he visitado la nueva morada de B., que pese a sus lamentaciones ha mejorado y es preciosa como todas sus casas, que ella construye como si fuese un oficio, y al fin la he dejado negociando con su hambrienta perra boxer (habían olvidado comprarle el pienso) y me he ido a buscar mi pan a Gràcia y luego a casa, fotografiando hojas de árboles bajo la lluvia.
Lo cierto es que esta mañana he tratado con un técnico de la calefacción que, pese a su arrogancia (es gracioso que uno pueda considerarse tan sabio y superior siendo técnico de calderas; convencido de que yo nunca podría entender el funcionamiento de un termostato), me ha propuesto un método más "científico": compre un termómetro de mercurio y cuélguelo en su casa y obsérvelo durante tres días, para ver si coincide con la temperatura que marca la caldera. Para eso he tenido que ir a mi ferretería preferida, donde tengo que reprimirme fuertemente para no comprarlo todo, animada por el lugar y la cortesía y eficiencia de los empleados. Pero el termómetro me muestra lo que yo ya sabía, que la caldera necesita mucha más potencia para lograr lo que antes se lograba al mínimo y eso supone más dinero para la compañía del gas y menos aún para mis ya menguadas arcas.
Me he puesto a escribir de Jean Rhys para mi ensayo, mientras cada cinco minutos llegaba una felicitación navideña de editoriales, y al cabo de un rato me ha llamado Gabriela Wiener y me ha propuesto un trabajo inverosímil, porque era para ya mismo: escribir una breve columna sobre un músico que conozco, un retrato personal, que he titulado "Una instantánea de Alfonso Vilallonga" y la he escrito en un tiempo récord: ya aparece colgada en Factual (pone que soy historiadora, no sé por qué será; no hagan caso). Si tengo que ser esclava, prefiero escribir que traducir, he pensado. Lo cierto es que me hacía gracia improvisar ese retrato familiar y contextualizar al personaje. También pueden leerlo aquí.
Y mientras, G. ha aparecido en el chat para decirme que se había comprado un jersey en le marché aux puces y que ha tenido que recurrir a trucos caseros para combatir el frío de París. Él vuelve mañana y yo me voy pasado...
Y volviendo al haya* de Giono, dice: "C'est juste au virage, dans l'épingle à cheveux, au bord de la route. Il y a un hêtre; je suis bien persuadé qu'il n'en existe pas de plus beau: c'est l'Apollon-citharède des hêtres. Il n'est pas possible qu'il y ait, dans un autre hêtre, où qu'il soit, une peau plus lisse, d'une couleur plus belle, une carrure plus exacte, des proportions plus justes, plus de noblesse, de grâce et d'éternelle jeunesse: Apollon exactement, c'est qu'on se dit dès qu'on le voit inlassablement quand on le regarde. Le plus extraordinaire est qu'il puisse être si beau et rester si simple. Il est hors de doute qu'il se connaît et qu'il se juge. Comment tant de justice pourrait-elle être inconsciente? Quand il suffit d'un frisson deu soir, d'un porte-à-faux dans l'inclinaison des feuilles pour que la beauté, renversée, ne soit plus du tout étonnante." (Prometo traducirlo al dorso si Icíar me lo pide, manualmente, tanto me gusta...)
Y la cita de entrada al libro también es maravillosa, sobre todo para mí, que he sido prisionera en la infancia y sé lo que eso significa, aunque nunca estuviera en una cárcel que no fuese interior o familiar:
"Si vous m'envoyez votre cornemuse et toutes les autres petites pièces qui en dépendent, je les arrangerais moi-mème et jouerais quelques airs bien tristes, bien adaptés, puis-je dire, à ma pénible situation de prisonier."

sábado, 25 de julio de 2009

Per un pertuggio tondo

Fotos: Tigridia. Yo, con los árboles del Parco Garibaldi en Piazza Marina, Palermo, 2009
Héme aquí, sumida en una tranquilidad silenciosa tras el frenesí telefónico que esta mañana se ha reanudado (y que ayer por la tarde me hizo preguntarme cómo resistiría, aún con el temor de que algo se estropee nuevamente y me precipite a ese abismo al que estoy asomada, espantando los pensamientos negros (abyssus abyssum invocat, diría aquel hada maligna, con espíritu de Jacques le Fataliste, quien insistió en llamarme una vez más para amenazarme que lo peor estaba por llegar, y nunca comprendí la razón de esa llamada sádica y le dije: "Bien, tú baila sobre mi tumba si quieres, pero hasta entonces no vuelvas a llamarme") como moscas de septiembre, porque llegué y vi, en una visita a la que por fortuna quiso acompañarme J. -alegrando la atmósfera con su vitalidad excesiva, con sus bromas-, y allí comprobé que la mujer que nunca quiso protegerme de la tortura, que nunca quiso ver lo que ocurría, que procuró toda su vida no saber, olvidar, mirar hacia otra parte, vivir sin vivir, tratar bien a quienes la maltrataban y mal a quienes la consideraban, ha logrado terriblemente ese objetivo y ya no sabe ni recuerda ni puede apenas hablar y forcejea buscando palabras sacudiendo un cerebro que no funciona, y como dijo Ll. con su lenguaje tecnológico, encuentra unos pathways que a ella le sirven para decir, aunque a veces nadie más pueda entenderla. Y otras veces sí encuentra palabras otras inteligibles. "¿Y sales de casa?", le preguntó J. "Sí", respondió ella, "pero tengo que ir con cada quien", queriendo decir que no podía ir sola.
Lo peor fue sentir que ya no estaba, que se había ido de su cuerpo, de ese cuerpo frágil y reducido, 43 kilos de peso. No estaba ella, sino una versión medio vacía, infantilizada. Al volver a casa lloré lágrimas amargas, como hacía tiempo, y ese dolor ha seguido ahí, aunque sea apartado o guardado, al desnudo y rabioso en algunos momentos, sordo e insidioso otros. Hace unos años no existía el medicamento que la ha mantenido con vida, al precio de reducirla a un fantasma de sí misma. Hace unos años habría muerto. Y es que la medicina ha producido estos zombis, estas vidas extrañas, alargadas de una forma torpe e indigna, para servir los intereses de los laboratorios. We are being kept alive as experiments for drug companies! dijo Linda, y es verdad.
Yo siempre he intentado ser justa, no hacerle daño, incluso protegerla, pero a distancia. Sé que no le debo nada y contemplar su castigo me llena de una angustia indecible. Así que tendré que velar para que sean otros quienes la cuiden. En eso no estoy de acuerdo con quienes querrían hacer turnos y obligarme a compartirlos. De momento, me esperan quince días difíciles, sin nadie.
Sé que estoy exagerando, pero si no exagerase no escribiría, ¿no es así, Enrique?
Este mediodía he ido a comer con las altas instancias de la cultura, frente al mar, y escuchar sus ideas y su percepción cauta, irónica y despierta sobre las cosas me ha servido para alejarme de este pequeño infierno mío (Luogo è là giú da Belzebú remoto... ahora recuerdo que Manolo Borja-Villel me decía que mi firma de email, Zbelnu, le recordaba a algún demonio, como Luzbel o Belzebú; ese nombre inspiró un poema de CHM y a mí me gustaba cómo lo pronunciaban CHM y Cacho) o de mi purgatorio (Per me si va nella città dolente... Chicho Sánchez Ferlosio cantaba muy bien esos versos de la Comedia (no encuentro el link de algunas canciones favoritas de ese disco maravilloso, una de las cuales canté yo misma ante los presos de Quatre Camins, por "culpa" de CHM; aunque no sé si ese viejo espíritu resistente tan ateo y ácrata le gustaría a un amigo, y qué horribles imágenes le ponen a una de sus canciones en yt). Un día un chico tarareaba una canción suya en la cola de un cine y yo le pregunté y así localicé todo, el disco que había perdido y el vídeo...). Le he llevado un ejemplar de Si un árbol cae (a las altas instancias). Intentaba imaginar yo cómo sería su vida política e hiperactiva. Corría una brisa deliciosa y a J. la luz de los barcos le recordaba a Marsella, aunque para mí fuese ya completamente siciliana, como los balcones de ropa ondulante de la Barceloneta.
Ayer fui al Verdi con un amigo de siempre y caímos en una película vietnamita absolutamente kitsch e insufrible, hasta tal punto que nos salimos y estuvimos andando hasta llegar a la sufrida plaça Molina, y nos sentamos junto a las obras eternas que destruyen la ciudad y dan alivio a los amigos de Toto Riina. Me contó sus proyectos, sus dudas, los dos libros filosóficos que le esperan (uno ya hecho, su tesis brillante ya en bruto, tal vez por corregir, que se publicará pronto, y otro que escribirá durante este año, aunque aún le produzca un cierto vértigo), me habló también de algunos libros que leía y de los pequeños viajes que hilarán su verano, y yo le conté de mi semana siciliana, que tendrá que extender su fulgor en este verano mío desértico y desabrido, sobre todo la primera parte de agosto, agostada por mi soledad frente a la desconexión de ese personaje que se ha sumido en el olvido, en parte por voluntad propia e inconsciente y también gracias a los discutibles avances de la farmacología y sus necesidades de usarnos a todos como conejillos de indias.
Y sí, el fulgor de Sicilia sigue ahí, flotando sobre lo que comíamos, sobre la luz del puerto, sobre la iglesia que J. ha fotografiado en la plaça de la Barceloneta (donde estaba comiendo un arroz uno de los hermanos de Mariscal, y es que los valencianos conectan con la Barceloneta más que con ningún otro barrio). Hoy Tigridia me ha traído las fotos que tuve que hacer con su cámara y las que hizo ella misma. Ella se iba al mar y yo estaba en camisón, pero me he puesto algo para bajar a la calle. En cuanto a G., llegó ayer de madrugada y en seguida se fue a Gràcia, a una especie de bar de un casal semiokupa donde había una celebración y alguien oculto, tal vez la policía, les gaseó con una especie de lacrimógenos, aunque la guardia urbana negó que hubieran sido ellos. Por la mañana G., que está moreno com o un indio tras volver de mi embarcadero favorito de las islas, y que también allí fue interrogado por la guardia civil cuando iba al concierto de The Wailers (y es que nuestra valerosa y eficaz policía se divierte intimidando a los jóvenes, sin importar que sean cívicos e inofensivos como es G., cuyo problema es que no se decide a estudiar ni a utilizar sus recursos, pero eso no entra en las competencias policiales).
En cuanto a las imágenes, es sólo uno de tantos parquecitos de las ciudades sicilianas, pues allí los árboles reinan como fantasmas de los antiguos príncipes de la que fue poderosa corte, y dan sombra generosa y oxígeno y contribuyen a la belleza del paisaje. Justamente Cacho me preguntaba hoy si Sicilia está llena de basura, como le han dicho. No más que España, le he contestado yo, y por lo menos allí no tiran los monumentos ni talan los árboles, aunque sólo sea por falta de dinero, no parece posible que lo que está ocurriendo aquí ocurra allí. Aquella es muchas veces una belleza dejada y polvorienta (otras restaurada y relumbrante) y hay playas que podrían ser maravillosas y están llenas de detritus, como aquí, como en nuestras islas y en nuestras costas, como los papeles y despojos que se arremolinan en las aceras de mi barrio, o alrededor del hermoso azufaifo.

domingo, 1 de febrero de 2009

Un sábado lluvioso

Foto: I.N., Sarajevo, 2003, el primer viaje balcánico de mi libro...
Ayer vi un documental de Heddy Honigman sobre la pobreza en Lima, Perú y salí del cine pensando en poner bombas a banqueros y políticos. La película se llama El olvido, tal vez no sea tan redonda como otras suyas, hay un momento tras el genial principio que me desconcertó o me pareció que decaía (tal vez era mi cansancio o la resaca de una alegre celebración improvisada) en cierto momento, pero enseguida fue tomando fuerza y me arroyó, con la lúcida ironía de los que han visto cómo un presidente tras otro les robaban y mentían, y esas imágenes del inmenso barrio de chabolas, de algunas miradas, de los niños malabaristas en la calle, un niño limpiabotas que parece muerto en vida, de las casas por dentro, del público que mira cantar a una pareja de ciegos con karaoke en la calle, del curtidor que perdió todo en la deflación, de los abrazos de una familia pobre-pobre-pobre, qué rabia y desolación de vivir en este mundo, donde los banqueros (es decir, los forajidos, los sinvergüenzas que junto con los políticos se llevan el botín mientras la gente va a la pobreza) -incluso los banqueros norteamericanos que nos han arruinado a todos- reparten beneficios mientras los demás van cayendo y ahora con la deflación amenazan con un robo mayor. Honigman busca en el gesto poético de esos malabaristas, de esos abrazos, de esas miradas, la belleza que hay en todo, pero no idealiza, sólo muestra y escucha, con esa capacidad que le da la memoria de sus padres, supervivientes del Holocausto. Hoy vuelven a ponerla a las 6 o 6.30 de la tarde, en el Verdi, Docs Barcelona es el festival; me gustó lo que dijo el hombre que había hecho la selección de las películas de Panorama.
Yo había tenido una celebración improvisada y vital con Anne Hélène Suárez, V. y Amaia, la directora del festival asiático Baaff, en un lugar donde todo era delicioso, y la conversación (hacer las cosas por la pura pasión y superar esos obstáculos en un país que nunca apoya, los poetas chinos, el hundimiento de la Universidad, la ciudad, la memoria, no importaba sino esa mirada Li Bai-Du Fu) superaba a los quesos, el vino y el jamón. Luego tambaleante me fui hacia arriba y al cruzar la Diagonal ya lluviosa seguía mirando maravillada a mis árboles amenazados por el Gran Talador, como llaman ya los vecinos de Lesseps a este horrible ayuntamiento. Después pasé por el estudio de P., y me fui hacia el Verdi, donde había quedado con Yelena Caterinova. Y fue ella quien se empeñó en arrastrarme a una cena chez James donde Jonathan celebraba su cumpleaños, al otro extremo de la ciudad, y anduvimos por las calles encharcadas buscando un taxi y yo sólo pensaba en cómo escaparía, pues mi ánimo monacal y antisocial de los últimos tiempos ha cambiado mis costumbres y la idea de ir a un lugar lleno de gente (sin un objeto claro, como una conferencia o la presentación de mi libro), aunque sean amigos, me produce unas ganas de salir huyendo a mi templete (mientras lo tenga, porque todo cae a mi alrededor y no exagero). Pero Yelena me secuestró, y acabé allí, y me gustó poder hablar un rato con algunos amigos en aquel espacio tan bonito de Ciutat Vella en lo alto de una escalerita estrecha, aunque no comí ni bebí y salí huyendo antes del pastel.
Unos días antes vi Entre les murs (o La clase) y también me gustó. Me hizo recordar por qué renuncié hace mil años a enseñar a preadolescentes tras una experiencia asombrosa en La Mina que he contado en uno de mis cuentos, me hizo pensar en la diferencia de recursos, cultura y solidez de los maestros en Francia y este pobre país, y la barrera de violencia y resistencia de esos chicos, y el agotamiento y la empatía y el control de los enseñantes, y sus arrebatos de desesperación.
Esta mañana una mujer argentina, mayor, según ha dicho, ha llamado a mi portero automático para decirme que ella y un grupo de gente quería firmar y ayudarme para defender los árboles de la ciudad. Ella ha vivido en Alemania y sabe que allí los trazados de obras respetan los árboles y están indignados.
No sé qué será de mí ni de nosotros, pero cada vez pienso que el único lugar donde no está todo equivocado en este mundo, donde encuentro sentido, donde no predomina el pensamiento único y falaz, es la literatura; la única verdad empieza a estar en la ficción.

martes, 30 de diciembre de 2008

¡Mi libro balcánico ya existe!

Ha llegado a mi casa en el mismo momento en que salía fugazmente el sol, como una promesa de cambio. Ha quedado precioso, o eso me parece a mí. Estoy feliz de que no tenga tapas duras, confieso que no me atrevía a preguntar a los editores. Y es que yo quería darle justamente la ligereza que ahora tiene, por sus trescientas y pico páginas. El grafista de Alba (P. Moll) ha hecho su trabajo a conciencia, e inteligentemente. Volveré a sacarlo aquí cuando salga en la web de Alba, mejor fotografiado. Cuando llegue a las librerías, el 15 de enero aproximadamente. Ahora sólo quería mostrar aquí mi celebración porque ha culminado el esfuerzo de mucho tiempo, pero vivido como una aventura de búsqueda e interrogación, con toda mi pasión balcánica convertida en un objeto libro, para que otros lo lean. Mi impaciencia para que llegue a los lectores es grande. Ojalá alguien en los medios quiera darle el espacio que necesita para llegar a ellos. En cualquier caso, yo procuraré apoyarlo desde aquí.
Copio aquí un extracto del texto de presentación del libro, para dar una idea:
Isabel Núñez, Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes La autora viajó a Sarajevo, Ljubljana, Zagreb, Belgrado y Pristina, las principales ciudades de la antigua Yugoslavia para hablar con escritores de ficción, poesía o ensayos literarios sobre la guerra, intentando comprender lo que ocurrió y cuáles fueron las razones del único conflicto militar en Europa en la segunda mitad del siglo XX. Por primera vez, un libro da la palabra a escritores para explicar una guerra donde los escritores fueron protagonistas (muchos de los principales actores de la guerra se definían como escritores, poetas, historiadores o intelectuales: Slobodan Milošević, Mira Marković, Radovan Karadžić, Franjo Tudjman, Miroslav Toholj, Ivan Aralica y muchos otros). Es un libro de viajes, pero también de crítica literaria, y conversaciones: Los entrevistados parecen hablar entre sí en esas páginas y en su animada discusión empezamos a comprender cómo es posible organizar una guerra en nuestro mundo. Escritores de tres generaciones componen el paisaje del fin de la era de Tito, con su particular especie de comunismo soft y la fraternidad multicultural que se destruyó con un fiero y sangriento nacionalismo. Vemos cómo algunos intelectuales y políticos, para mantenerse en el poder tras la caída del Muro y del comunismo, se convirtieron en nacionalistas excluyentes y manipularon el difícil legado de la II Guerra Mundial en Yugoslavia, con sus duras historias familiares y las heridas de cada grupo étnico.. Nos interrogamos con ellos sobre la parálisis de Occidente y su responsabilidad en ese conflicto... Y surgen algunos de los hechos que contradicen la visión oficial de las guerras balcánicas, y los estereotipos. Casi nos parece andar por esas ciudades desconocidas, con su combinación de mezquitas turcas, iglesias ortodoxas y católicas, edificios austro-húngaros y urbanismo de estilo soviético, con bosques frondosos y pastelería de tradición vienesa, y el drama que aún humea en los lugares destruidos.
Y al mismo tiempo nos llegan los efluvios de la mejor literatura eslava contemporánea, con su humor negro, su acerada ironía, su mezcla cultural, la visión Östeuropea del siglo XX. Porque la ficción y la poesía pueden ser una fuente de conocimiento para entender cosas que no encontramos en los libros de historia o en la prensa. Entrevistas con: Andrej Blatnik, Grozdana Čvitan, Aleš Debeljak, Slavenka Drakulić, Ferida Duraković, Zoran Ferić, Tatjana Gromača, Aleksandar Hemon, Nerimane Kamberi, Ozren Kebo, Migjen Kelmendi, Igor Lasić, Shzelken Maliqi, Igor Marojević, Jadranka Pintarić, Nenad Popović, Roman Simić, Simona Škrabec, Svetlana Slapsak, Igor Stiks, Flaka Surroi, Vladimir Tasić, Jasmina Tesanović, Miroslav Toholj, Dubravka Ugrešić, Dusan Velicković, Nenad Velicković, Marko Vesović, Vule Zurić.
Tengo que decir que ayer recibí la copia del programa de Sánchez Dragó en el que participé, Las noches blancas, para promover la antología de Funambulista editada por José Ovejero. Aún no me he repuesto del shock. Me alegro de que no se haya emitido aún (espero que será útil para mi libro balcánico y para La plaza del azufaifo) y no pienso avisar a nadie de la fecha de emisión. Y no hablo del contenido, que me pareció interesante, aunque estaba demasiado horrorizada por lo que veía para apreciarlo. Verme en esas imágenes fue terrible. Sólo logré encontrar parecido con aquel monstruo de Star Wars que no tenía contornos ni separación entre cara, cuello y tronco. Humpty Dumpty era una belleza estilizada comparado con lo que vi. Fue espantoso y no sé cómo logré que no se filtrase en mis pesadillas. Creo que, si vuelvo a la televisión, será con burka. Por suerte, yo no me veo así; creo que los espejos son más clementes que ese invento demoníaco del vídeo y la imagen digital. En cambio, dos de los autores se veían impecables. Y es que este formato no perdona la falta de angularidad o de arquitectura, o de aristas en una cara. No pude verlo entero; de haberlo visto, habría pedido hora a Pitanguy. Y es que tal vez ha llegado el momento de ser sólo una voz y mirarme sólo en los espejos más hospitalarios, o en las miradas de algunos.
Por cierto, en cuanto a los árboles, vayan al blog de Manel Armengol. Allí también se puede firmar el manifiesto arbóreo, además de contemplar imágenes de los árboles que nuestros políticos municipales y sus arquitectos pretenden arrebatarnos. Y mucha gente significativa sigue firmando aquí: creo que esto debería hacer reflexionar a nuestros políticos municipales, que se han alejado tanto de la opinión de la ciudad, con esa arrogancia típica en este país de quien lleva tiempo en el poder y cree que el electorado es incondicional.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Retorno belga y pequeño homenaje

Foto: I.N. Árboles enmarañados en Bruselas, 2008
He vuelto de la helada Bruselas. Al llegar al aeropuerto vimos a Trichet, que salía huyendo y quise pararle y preguntarle "Trichet, com ho tenim?", pero él tenía demasiada prisa. Otro día pasamos frente al Parlamento europeo y los edificios de ministerios, rodeando ese inmenso parque de árboles enmarañados y tropezamos con un pelotón de periodistas llenos de micros gigantes que acosaban a un diputado, al que intenté fotografiar, pero se enfadó por una pregunta, agachó la cabeza y se alejó con gracia equina, y tuvimos que preguntar a la pareja de policías de qué partido era: "Mr. Di Rupo, socialiste", nos contestaron. Todo estaba rodeado de camionetas de tv. "¡Un país sin gobierno!" me escribió Tigridia. Pero aunque cuesta concluir algo sobre la idiosincrasia belga, creo que la excentricidad, las contradicciones y las situaciones extrañas son inherentes al espíritu del país. De todas formas, paseábamos siempre por donde ocurrían las cosas. Un día retuvieron a unos rehenes muy cerca de donde estábamos, otro día salimos del ascensor de un hotel para encontrar policías con perros.
La ciudad es una extraña combinación de maravillas arquitectónicas y patrimonio espléndidamente conservado, con árboles y parques maravillosos, e inmensas zonas grises de oficinas sin vida, o barrios llenos de multitudes, con tiendas feas y olor a salchicha perruna. Tuve la suerte de ver el fondo del Musée de la Ville, con Boscos y Brueghels magníficos, que piden una contemplación larga y ensimismada, llenos de todos esos personajes entre la realidad y el sueño, una exposición Cobra montada con inteligencia, buen gusto y sentido común como no suelen verse en nuestro país (oh esos Alechinskys, esas piezas de Asger Jorn, Christian Dotremont, Karel Appel... y las mujeres artistas del grupo, como Else Alfelt, ese espíritu lúdico y colaborativo, de grupo, lleno de ironía poética, sin grandes egolatrías...), y recorrimos los lugares de la Bienal por la ciudad, la estación de tren, un Banco, etc. También fuimos al horrible lugar que es Charleroi (eso sí, con árboles inmensos y bien cuidados que se erguían desmañados como esculturas) al museo de la foto, donde vimos una colección importante y muchas fotos ya conocidas. Por cierto que esa noche, cuando nos fuimos de Charleroi tras una confusión de trenes que casi nos lleva a Essen pasando por Amberes, se celebró allí el concurso de mises y resultó elegida Miss Bélgica una chica turca.
En medio de esa estancia en Bruselas, leí inesperadamente en El País la sentida nota de Corredor Matheos de la muerte de José Luis Giménez Frontín y la noticia me impresionó y conmovió. Tal vez por su manera de ser tan británica, esa cortesía suya civilizada y reservada, yo no puedo decir que le conociera bien, pero siempre tuve la impresión de alguien cálido, empático, además de culto, inteligente y crítico, y sobre todo, algo inusual en el mezquino mundillo cultural de esta ciudad, alguien que era de verdad. Colega de La Vanguardia Cultura/s, amigo de mis amigos, hospitalario y buen conversador, como su mujer, Pilar Brea (y las historias de sus gatos). Ahora no puedo evitar recordarle tal como le vi en la presentación de sus memorias, radiante y agradecido a los amigos que acudimos a arroparle, reconocido y apoyado por personalidades significativas o incluso reconocido por ese mismo mundillo cultural barcelonés que pocas veces apoya a nadie, a menos que haya recibido previamente honores ailleurs, y que a mí me resulta tan árido y alergénico, tan escasamente hospitalario. Creo que alguien lo dijo en su funeral, que José Luis ha sido discreto y considerado incluso en su enfermedad, tan rápida, y en su muerte, como si no hubiera querido cargar a nadie con su sufrimiento. También recuerdo cómo me presentó en la conferencia de bloggers de ACEC, dijo "amiga de la casa y de siempre". Sirva este rinconcito de pequeño homenaje, como aquellos pequeños altares romanos a sus lares y penates, o como el poema de Vinyoli donde aconseja que cuidemos la memoria de nuestros muertos.
En esos días helados y grises de Bruselas (allí, cuando el sol aparece al fin, no sólo no calienta, sino que baja la temperatura y una acaba deseando que vuelva la grisaille), llegaba al hotel agotada y me sumergía en la lectura para mis conferencias. Vi una vieja película del coreano Kim Ki-Duk que me gustó, en la que el protagonista pasa las noches en casas ajenas aprovechando que están momentáneamente vacías y contribuye arreglando algo roto o haciéndoles la colada. Me perdí una película muda que pintaba bien, por el frío brutal. Nos costó encontrar las librerías (antes la ciudad estaba llena, según me han dicho), y fue una alegría llegar al Tropismes de la galerie du Prince, no sólo por el sutil artesonado de los techos sino por la selección maravillosa de literatura francesa y sus ediciones más cuidadas. En las librerías inglesas busqué un libro de Ford Madox Ford que necesitaba para mi conferencia. En la primera, bien dotada y con empleados cultos o más inteligentes, tenían tres o cuatro libros de ese autor, pero no estaba el que me interesaba. Al llegar a Waterstones, en cambio, la empleada no sólo no sabía quién era (Have you ever heard of him? le preguntó a su compañero, pensando que yo estaba loca), sino que intentaba desdeñar lo que no sabía como algo démodé. Es un clásico del siglo XX, le dije, como George Orwell o Virginia Woolf. ¿Tampoco los conocía?, no me contestó. Le hice buscar The Good Soldier en la red para que comprobara que existía Ford Madox Ford, que yo no lo había inventado. Pero ella era imbatible. Dijo con desprecio: This author is completely out of print! Le dije que en la librería inglesa cercana tenían tres libros suyos reeditados y flamantes, que estaba publicado en Penguin. Pero no me creía, o no sabía qué era Penguin, o tal vez pensaba que si uno ha cumplido más de treinta no tiene derecho a la vida. Como insistía en su desdeñosa ignorancia, insinué que tal vez Shakespeare le parecería anticuado. Ella se excusó diciendo que ella sólo había hecho un curso de literatura alemana. Esas situaciones me sacan de quicio. ¿Cómo puede ser que alguien que trabaja en una librería desdeñe autores clásicos y a sus libros maravillosos como si fueran ordenadores obsoletos? En la recepción del hotel había una empleada que no sabía nada de nada sobre su ciudad. Le preguntamos por el museo Horta (es como preguntar en Barcelona por Gaudí) y no sabía quién era, ni dónde estaba el museo, ni cómo se escribía. "Conserva la inocencia", pensé para mis adentros, recordando a una directora de publicaciones siempre empeñada en corregirme y que una vez me preguntó qué era "eso del Santo Grial". Hay gente que logra vivir impermeable a toda noción, a todo concepto, a todo nombre y que se enorgullece de su ignorancia. Por supuesto, la joven empleada, que parecía contenta de sí misma, nada sabía de la tumba de Magritte (tal vez ni siquiera sabía que el trompe l'oeil de la plaza le homenajeaba ni que hasta en los restaurantes aparece su famosa lluvia de siluetas con bombín), ni menos aún de quién era Broodthaers. Por cierto, me encantó ver algunos misteriosos y poéticos Magritte que no conocía y que no encuentro en Internet para mostrar aquí, y no digamos algunos Marcel Broodthaers. Es gracioso que yo tuviera durante años una postal de una pieza suya hecha de mejillones sin pensar que era una alusión a los belgas. Aún recuerdo nostálgicamente cuando le descubrí, su Musée de les Aigles, el catálogo que traduje para la Fundació Antoni Tàpies.
Otra exposición maravillosa que vi fue L'Un pour l'Autre, les écrivains dessinent, en el Musée d'Ixelles, comisariada por J.J.Lebel, con dibujos y cartas dibujadas de Apollinaire, Baudelaire, Proust (un dibujo sin ninguna perspectiva, muy gracioso, seguramente sólo un recordatorio de escena para su escritura), Althuser, Artaud, Breton, Burroughs, Michaux, Merimée, Jarry. Jouffroy, Maupassant, Valéry e tutti quanti... Una gozada. Para llegar al museo pasamos por una pequeña plaza preciosa, concebida sólo como homenaje a un árbol, algo que nuestros políticos municipales se niegan a darle al azufaifo (y amenazan con matarlo construyendo en la parte de abajo del terreno). Los árboles del museo también eran hermosos y sobre todo, esa manera de tratarlos, dándoles espacio para crecer y no considerándolos como en Barcelona mobiliario de quita y pon, maltratándolos y rematándolos constantemente. No, en Bruselas, como en toda Europa exceptuando España, los árboles son considerados patrimonio valioso y crecen a sus anchas, como esculturas extravagantes y libres. L. no se cansaba de mi manía de fotografiarlos, de hecho, los admira tanto como yo, y descubrimos ejemplares asombrosos que iré mostrando aquí. Dice L. que "en invierno los árboles desnudos de hojas toman otra dimensión y otra estética. Yo los veo muy musicales, me parece que bailan, al son de una música muy particular y cada uno a su aire, y con ese cielo gris crean un paisaje muy armónico, que casa muy bien..."
La cuestión es que lo he pasado muy bien estos días con L. en Bruselas, por la afinidad de gustos y costumbres y algunas manías comunes o al menos no incompatibles. A L. se le ocurrió un proyecto de guía europea que nunca se ha hecho y que podríamos proponer a un buen editor de guías, si tal cosa existe por estos lares. Por lo menos, la idea nos hizo reír. Ayer, mientras esperábamos en el aeropuerto, contemplábamos un auténtico desfile de personajes excéntricos y era tan interesante y divertido como una película. Al llegar al aeropuerto de Barcelona vi otra vez la horrible uniformidad de un país enormemente convencional, tradicional y asfixiantemente familiar, donde la mayoría de gente no sólo no lee sino que no sabe hablar, y van vestidos todos iguales. Siempre me resulta duro volver a mi realidad (mi persistente tendinitis, la necesidad de enclaustrarme para acabar lo pendiente, la ciudad sin árboles, llena de obras y ruido), pero esperaba un poco de sol para consolarme... Y es que la única consolación son las conversaciones con los amigos, la visita de V., que ha cuidado muy bien a Gilda estos días (dice G. que creará un grupo en Facebook titulado "Vanessa también cuidó a mi gata en Navidad") o la visita de S. con sus talentosos niños, o algunas conversaciones telefónicas...
En Polis, lean el artículo de Mas de Xaxàs en La Vanguardia sobre Hossein Derajshan.
Lean también sobre Palestina, Israel y la manifestación de esta tarde del lunes 29.
¡Y no olviden firmar el manifiesto arbóreo aquí todos aquellos que se oponen a la tala indiscriminada de plátanos, palmeras y acacias de la Diagonal para que pase el tranvía, la tala de los´almeces en la plaça Joaquim Folguera para ampliar la línea 9 (tala prevista para enero, que convertirá una placita frondosa y tranquila en una pequeña y nueva Lesseps), la tala de diversas especies arbóreas en el parc de la Ciutadella para hacer un aparcamiento. En estos últimos días han firmado Enrique Vila-Matas, Marcos Ordóñez, Sergio Vila-Sanjuan y otros tantos. No dejemos que sigan transformando Barcelona en un parque de cemento.

lunes, 10 de noviembre de 2008

De la vida social y otras cosas

Foto: I.N., Corteza de árbol en Collserola, 2008
Un espíritu riguroso y casi monacal se apodera de mí a veces tras varios días de agitada vida social, con cumpleaños escorpinianos incluidos. Sostiene ese espíritu que todo lo externo es inconsistente, e intenta culpabilizarme por no haberme centrado en la escritura solitaria. Cierto, ayer dediqué la tarde a escribir o intentar escribir mi libro urbano, o pensarlo mientras lo escribía, pero eso no es suficiente para el monje que me habita, que censura mi falta de sueño nocturno y considera que debería haber empezado al menos dos artículos pendientes, uno de memoria histórica y otro de azufaifos y ciudad. Debería haber avanzado más en mis investigaciones de autoras para las conferencias, debería... Todo esto me recuerda a los diarios de Tólstoi: aquel desequilibrio constante entre lo que se proponía hacer y lo que realmente hacía. ¡Pero él escribió Anna Karenina!, pensaba yo incrédula ante la censura férrea de su súper-ego furibundo. Acabó por abrumarme. Dios le da a uno un don, escribió aproximadamente Truman Capote, y se lo da con un látigo. Para autofustigarse. He leído un librito contemporáneo en el que la autora exponía-deconstruía ese proceso suyo de escritura, con fustigamientos mezclados al humor, su búsqueda de un ángulo y de conversaciones imaginarias para no contar o contar sesgadamente y deprisa... Me hizo pensar en aquel libro sorprendente que me prestó V. una vez, La locura Wittgenstein, donde una psicoanalista era visitada por el filósofo, que se le aparecía (como la Filosofía al pobre Boecio encarcelado antes de su ejecución) en las situaciones más difíciles y lanzaba sus frases casi crípticas, que a ella le permitían hacer sus descubrimientos, sin preocuparse por hacer el ridículo...
El sábado, en el Babelia, Muñoz Molina hablaba de los árboles, de una exposición que los defiende en la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid mientras aquí sólo los maltratan y cortan. El artículo era bonito y la foto también, pero su queja parecía presuponer que en todas partes del mundo arrancan y talan los árboles sin límites legales, para construir, y no consideraba que en otras partes del mundo (y en general en Europa) las leyes los protegen, no como aquí, donde predomina el mismo viejo y furioso impulso arboricida que Stendhal atribuía con razón a los españoles, un impulso que se extiende a aquellos que acuchillan los árboles para grabar sus nombres, que les hunden basura en sus huecos, que les atan cables eléctricos y adornos navideños estrangulando sus ramas, que los cortan porque "les tapan la vista", pero sobre todo a aquellos responsables que los podan mal y a destiempo, cuando ya están enfermos o cuando es arriesgado, que mandan cortarlos con cuaqlquier motivo o sin él (tranvía, metro, montaña rusa, bicing, cualquier pretexto es bueno para dejarnos sin su sombra, sin su tierra, sin su oxígeno), y aún más a esos arquitectos antisostenibles (¿cómo se atreven a hablar de sostenibilidad y de ahorro de energía si deciden cortar árboles que han tardado un siglo o medio para crecer y empezar de nuevo con otros? ¿De dónde sale ese desprecio?). Que vayan a Alemania, a Inglaterra, a Francia y propongan sus barbaridades arboricidas y verán cómo se les oponen. Esas talas salvajes que se practican aquí no forman parte de ningún progreso y a mí me sigue escandalizando que nuestras leyes no pongan límites. Por cierto que L.O. me mostró un libro precioso y antiguo de casas retratadas por una fotógrafa americana, FBJ. Allí, los árboles se fundían con la arquitectura, reseguían o contrapesaban sus estructuras formales, entablaban juegos de luces y sombras y reflejos con las fachadas. Todo era tan bonito... Había muchas casas altas de madera combinada con altas y dobles chimeneas de ladrillo formando cenefas, había escaleras y molduras y chimeneas y una amplitud y unos espacios que por comparación, me hacen pensar que vivo en el puro embrutecimiento y la reducción máxima, pero sobre todo el silencio de aquellas casas llenas de viento, árboles y pájaros, sin obras ni griterío ni tráfico ni humos. Tal vez lo más sugerente era eso: la combinación de silencio, murmullo de hojas y juego de luces y sombras de los árboles inmensos que las acariciaban.
A veces, en los periódicos, aparte del suplemento literario y de artículos como el de V.M de ayer, encuentro consolación en la carta de algún lector crítico que no mienta. Ayer había dos cartas que me interesaron: Una hablaba de la vergüenza y tristeza de la plaza Lesseps. La otra de las mentiras y la pasividad sobre el aumento del coste de la vida en estos últimos años, sobre ese atraco a mano armada que nos practican sin que nadie lo limite.
Citaré a V.M. (aunque mi blog no esté entre sus elegidos), que decía el mes pasado: "Se hace difícil volver, pero ya he vuelto. Lo que sucede es que me hago fuerte en casa, me resisto a salir. Temo que hayan iniciado la destrucción de la Diagonal, y eso ya no quiero ni verlo. Que no quiero verla, que decía Lorca. Aunque, de hecho, esa destrucción la iniciaron hace años, cuando la transformaron en intransitable y hasta altamente peligrosa para los paseantes. Pero ahora parece que la cosa va todavía más en serio. Se intenta copiar la ejemplar destrucción de la plaza de Lesseps de estos últimos 40 años. La plaza Lesseps, sí. Ese icono total de nuestra inigualable incompetència."
Dadas las circunstancias, no es extraño que esta noche haya soñado que la fachada de casa se abría a un paisaje urbano distinto, a un escenario como de cuadro de Edward Hopper, y yo seguía en Nueva York. Y qué diablos, es posible que siga ahí. Después de todo, nada nos dice dónde nos encontramos y, como diría Mark Strand, cada momento es un lugar donde nunca hemos estado."
Pasar por ese lugar horrible que es Lesseps es una tortura y produce indignación y tristeza. Los responsables municipales de ese desaguisado quieren ampliarlo a la Diagonal, a la plaza Joaquim Folguera, a todas partes. Se supone que ellos no necesitan oxígeno para respirar o tendrán preparado retirarse a una ciudad francesa cuando acaben de torturar a los envilecidos barceloneses durante años de obras y polvo, dejando la ciudad convertida en una autopista. Y los arquitectos que han diseñado ese horror deberían estar entre rejas.
Otra cosa que me cuesta entender son esas tertulias de gente que no sabe nada. Esta mañana he oído un fragmento de una y daba vergüenza. Si se trataba de decir boutades sobre las noticias centrales, al menos podrían haber sido más ingeniosos. ¿Pero a quién le interesa la opinión de gente que no sabe nada ni parece capaz de pensar? Ayer también, en una sección de El País que me repele tanto como las páginas de sucesos, hablaban de las madres inmigrantes que se ven obligadas a dejar sus hijos en el país de origen: la lista de consejos y recomendaciones (al parecer, de una pedagoga) para superar ese trauma era completamente banal. Pero en este país a los medios ni se les ocurre como en Francia preguntar a un psicoanalista, que al menos vería más allá de sus narices y podría reflexionar en lugar de dar recetas como "hay que usar palabras de amor en las conversaciones telefónicas... La risa es muy útil..." Uno se imaginaba a la madre que intentara reírse al teléfono porque es útil o impostara expresiones amorosas porque se lo han aconsejado. Como si lo importante en cualquier caso, lo que transmitimos, no estuviera debajo y no fuese inconsciente y poderoso. La mediocridad y la estupidez (esto me recuerda a John Malkovich en una película de los Coen, encañonando a un tipo: "Usted representa la estupidez del mundo, contra la que siempre he luchado". En esa película, que debe mucho al Superagente 86, excepto en el para mí insoportable exceso de violencia, también parodiaban las conversaciones telefónicas con un ordenador, que todos sufrimos en estos tiempos) suele tener más éxito que la complejidad y la reflexión o los interrogantes. Ayer V. trataba de algo parecido en su blog respecto a los que hablan de China y los editores que deciden publicar lo mediocre y engañoso antes que lo iluminador.
Hace un sol magnífico, casi calor. Se ha despertado e intensificado el dolor de mi brazo, planteándome nuevas preguntas amargas y desesperación.
En El País, un artículo habla (someramente) de los posibles efectos de la crisis en el mundo de la cultura, los museos, las ventas de libros, las entradas de teatro en NY. Por una parte, se dice que en la crisis necesitamos más libros y más arte, más exposiciones. Los libros son los regalos más baratos que podemos hacernos, añaden. Pero las entradas de teatro son demasiado caras. Ante la crisis, dice El País en esa sección frívola, las drogas se abaratan. ¿Y la comida? Los precios de los productos básicos son astronómicos en este país, y más aún en mi barrio. Es una vergüenza.
Otro elemento que se añade al panorama desolador de desierto cultural, gobierno del mercado y sus lobbies por encima de todas las cosas y destrucción de la enseñanza y el humanismo es el siniestro proceso de Bolonia: lo explica muy bien José Luis Pardo.
Yo sigo picoteando un poema de Lavorare stanca de Pavese casi todas las mañanas. Anoche rescaté a Li Bai y a Alejandra Pizarnik en busca de un poema que hablase de la muerte, por si acaso acabo asistiendo a una sesión poética en Cadaqués, con ese tema. Podría leer uno de mis dos o tres favoritos en ese punto. O tal vez debería escribir algo, ya que para mí, Cadaqués siempre está relacionado con la muerte de mi padre y con la imposibilidad de soslayar su ausencia allí. Y como siempre, dudo si ir. Me entristece la sensación de vacío que me produce el lugar, abarrotado de una gente desconocida, zafia y ruidosa, de coches y motos, sin los viejos conocidos de antes, con la construcción excesiva y descontrolada invadiendo las montañas y la costa, destruidos los antiguos caminos de grillos y muros de tierra seca y sustituidos por más asfalto. Pero hay un paseo hasta el faro de la Sebolla o de Cala Nans que me gustaría tanto repetir, en solitario (si aún montase me gustaría hacer justamente a caballo ese recorrido que ahora hago a pie), cruzando los puentes de piedra, por la montaña aterrazada y con aquella luz... Es la misma luz de los poemas de ese libro de Pavese.

lunes, 13 de octubre de 2008

A veces, un espíritu energético se abre paso...

Rembrandt, paisaje.
Y atraviesa la grisaille celeste. Leo sin querer el fragmento del poema de Pavese que aparece en la portada de Lavorare stanca, no sé qué hace en ese poema que lo que podría ser fatal (cursi o convencional o demasiado clásico) se seque y se someta a la inteligencia o al nervio del poeta. A lo mejor es mi forma de leerlo, quedándome prendida de algunas imágenes, algunas palabras o cosas que me obsesionan, como los muros de piedra seca y la luz, o la idea de respirar la hierba, el tacto del pelo, la fruta, o la palabra sussulto (sobresalto), sussulto del sangue. Se llama "Estate", verano.
C'è un giardino chiaro, fra mura basse
di erba secca e di luce, che cuoce adagio
la sua terra. È una luce che sa di mare.
Tu respiri quell'erba. Tocchi i capelli
e ne scuoti il ricordo.
Ho veduto cadere
molti frutti, dolci, su un'erba che so,
con un tonfo. Cosí trasalisci tu pure
al sussulto del sangue. Tu muovi il capo
come intorno accadesse un prodigio d'aria
e il prodigio sei tu. C'è un sapore uguale
nei tuoi occhi e nel caldo ricordo.
Ascolti.
La parole che ascolti ti toccano appena.
Hai nel viso calmo un pensiero chiaro
che ti finge alle spalle la luce del mare.
Hai nel viso un silenzio che preme il cuore
con un tonfo, e ne stilla una pena antica
come il succo dei frutti caduti allora.
Alguien me ha pedido que contactara con Enric Casassas y como no lo encontraba (yo tengo que hacer las cosas al momento, sino me olvido; eso desconcierta a algunos: si no contesto a los mensajes cuando los leo, se me pierden; si no aprovecho los impulsos iniciales con personas y cosas, abandono sin darme cuenta, me engulle el burbujeo constante del mundo y de mi pensamiento o el sussulto del sangue), he mirado en Internet para ver si veía dónde estaba. Pero en vez de ver ningún bolo del momento, he encontrado esta pequeña entrevista en you tube. Me encanta cómo dice el primer poema y cómo dice (con fuerza) la última estrofa y que rime policia con gelosia. Es algo así como

Cadenes, tot el que neix
cadenes, la policia
Cadenes, tu mateix
Per la puta gelosia.
Pero yo no tengo tiempo ni derecho a escribir aquí. Me esperan las galeradas de mi libro balcánico y la última lectura del libro de Miñarro y Morandi sobre el trauma psíquico de la guerra civil y la dictadura en este pobre país, y reseñar un libro de Daniel Handler que he acabado y... mis cuentos, que empiezan a rebelarse y a levantarse como muertos desenterrados, aunque risueños o hilarantes, pero exigiendo ser escritos. Me convierto una vez más en el white rabbit de la carrolliana Alicia, Oh dear! Oh dear! I shall be too late!... y "Oh my ears and whiskers, how late it's getting!"
Se me olvidaba. Misteriosamente, los artículos de Vila-Matas (aunque yo no esté entre sus blogs) los domingos, ese nuevo Dietario voluble escapado del primer libro, me producen un efecto tranquilizador. Creo que la idea que subyace es que, si alguien que sí se preocupa porque corten los árboles de la Diagonal (perdonen pero hoy un joven arquitecto me ha removido el higadillo con la falacia de que en Bcn hay más árboles. ¡Cómo se deja engañar tanta gente por una frase, con los ojos vendados! ¡Qué listo fue Porcioles con su invención de cómputo falso, que siguen usando sus sucesores municipales!), sigue sumergiéndose en lo literario y en lecturas y pensamientos, no todo está perdido.
Seguiré más tarde. Me he acordado de que un profesor de latín que tuve en Unitec, que era maravilloso (¡¡¡por desgracia he olvidado su nombre!!! si alguien supiera) empezaba siempre la clase con un poema o una frase filosófica porque, decía, eso ayudaba a la concentración y a la reflexión necesarias para traducir. Y tenía razón... Pero yo sigo sin saber por qué estoy contenta de pronto, sin que haya cambiado apenas nada...
Retiro lo dicho. ¡Han vuelto las obras a este edificio! Esta vez con permiso municipal. El fragor nos tiene de nuevo envilecidos. Alguien se ha propuesto expulsarnos de aquí. Mañana emigraré, a trabajar por ahí, ordenador en mano...
Para ver la denuncia de las basuras que rodean al azufaifo en LOCALIA TV, pinchad aquí