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jueves, 9 de febrero de 2012

Vuelta a las viejas librerías

Foto: I.N., Hard Times, Dickens, 2012
Anoche se estropeó la conexión de Internet de este edificio y esta mañana seguíamos desconectados. La desconexión irrita y preocupa, pero también relaja y ayuda a entrar en un olvido antiguo, en aquellas sensaciones de antes, en que salíamos a la calle y nadie nos interrumpía por teléfono, y viajábamos a un pueblo cercano y nadie sabía de nosotros hasta que volvíamos. Eso lo escribí en mi primer cuento de Algunos hombres... y otras mujeres. He estado traduciendo los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan (para Alfabia) sin diccionario on line, las escenas imprevistas del té de la señora Bagot con el ex obispo misionero en Sudáfrica, al son de una raga magnífica sin asperezas ni carga que me ha pasado mi amigo, y luego hemos salido al día gris y helado y  hemos ido a Charing Cross, donde no sólo quedan algunas maravillosas librerías de viejo, sino que siguen llenas de gente apasionada de los libros. He bajado las escaleras de caracol de una de ellas para descubrir que la zona de ficción y poesía estaba abarrotada de lectores, no de turistas, sino de altos ingleses bibliófilos que rebuscaban en los estantes, dos gigantes agachándose o encorvándose con sus abrigazos hasta los estantes del suelo, gente subida a las escaleras, parecían las silenciosas y reflexivas, soñadoras imágenes de On Reading de Kertész. Qué alegría estar entre tanto espíritu afín... Y sin hablar, sin saludarnos, sólo sintiendo que estaba entre hermanos. Ahí estaba para mí el único reducto de futuro del humanismo y del mundo que yo no quisiera perder... Me he comprado sólo dos pequeñas joyas, una diminuta y antigua edición de Hard Times de Dickens (para celebrar su cumpleaños y la Luna de ayer) y su capacidad de hablarnos de estos hard times de ahora, y una preciosa edición ilustrada de Keats, donde abriendo al azar ha aparecido ese poema a Isabella... Until sweet Isabella’s untouch’d cheek /  Fell sick within the rose’s just domain... Mi amigo se ha comprado un libro maravilloso de 1970 sobre pintura rupestre, con preciosas ilustraciones, y otra joya que no recuerdo.
Más tarde hemos entrado en Chinatown: aún no han terminado las celebraciones del Año Nuevo Chino (del Dragón) y de pronto nos hemos dado cuenta de que estuvimos juntos en el pasado Año Nuevo Chino en el Chinatown de San Francisco; se ve que el año chino nos une en cierta manera. Y yo me recordaba buscando hierbas chinas para dormir con mi jet lag de entonces, mientras que ahora duermo...
Luego he salido pitando para el ICA, donde había quedado con la escritora Londoner Susana Medina, y hemos pasado una hora y media hablando en ese lugar aún mítico, donde el jueves ponen una película interesante, un Marx Reloaded donde participan filósofos y entre ellos Zizec... Y luego Susana me ha acompañado a un lugar prohibido donde tenía que comprar unos chutneys para J. y G... y donde el grupo activista UK Uncut protagonizó una sentada que les costó carga policial y denuncia... Tienen toda la razón. Susana y yo hemos hablado de escritura, de arte, de cómo sobrevivir y resistir, de años salvajes y del desierto cultural de mi país.
Y después ya era de noche, porque aquí el día dura poco y hoy el aire mordía de frío. Anoche estuvimos en un restaurante chino de fusión bastante posh, abarrotado porque aquí la crisis no ha devorado el país y no se ven locales vacíos como en NY y en Barcelona, sino que la vida sigue industriosa y bulliciosa, aunque la Universidad se haya burocratizado y los recortes sociales sigan adelante. Y en aquella atmósfera delicada y alegre, mi amigo intentaba explicarme cómo encajar mejor en el mundo y de pronto me dijo algo, no sé si fue el vino, algo que me produjo una respiración feliz. ¿Qué importa si es verdad o no o lo que realmente pueda significar? Sólo importa lo simbólico y ese aire interno alegre que se abre camino como la música en el cuerpo. Él me preguntó por qué creía que nos abrían las puertas de par en par en las galerías llenas de Matisses y Josef Albers y otras joyas, dijo que era por mí, que yo tenía algo interior principesco y que los porteros lo detectaban. De joven yo siempre enamoraba a los porteros y de pequeña al lechero de Figueres y con los años llegué a pensar que se trataba de mis raíces andaluzas, aunque volvía a ocurrir con la gente campestre de los Balcanes y en la casa de escritores de la Vojvodina todos me pedían que intercediera con el gobernante para que les hicieran otros platos, que aquel hombre gigante sólo accedía a prepararme a mí. También me preguntaba si se trataría de un reconocimiento de afinidad, ya que había sido desheredada. Cuando se lo dije, cada ejemplo le servía para reforzar su graciosa teoría. Se excusó por darme consejos, pero a mí me interesan porque, como le dije, él encaja más que yo en el mundo. Claro que, añadí riéndome, casi todo el mundo encaja más que yo... ¡Entonces estás de suerte!, dijo él, aunque no recuerdo cómo era la explicación. En cualquier caso, la luna estaba llena y al salir el frío arreciaba y anduvimos un poco antes de refugiarnos.
Esta tarde, ya en la oscuridad, al llegar a casa Internet había vuelto y yo no he tenido energía para acompañar a mi amigo a un concierto. He salido a la calle for a brisky walk. El frío te obliga a andar deprisa y a no pararte y hay que ser heroico para pararse a fumar. Pero aquí hay mucha gente resistente al frío, que van a cuerpo por la calle... Yo sueño con una vida aquí, no puedo evitarlo. Incluso lo que venden en los supermercados, donde la comida está pensada para los solitarios y no para las familias, y todo habla de un mundo más abierto y contemporáneo, en lugar de asfixiantemente cerrado, conservador y católico como en mi país. La idea de volver a Barcelona me llena de melancolía. No sólo por mi época de vacas flaquísimas, por ese jeroglífico no resuelto. Por cierto que el otro día escribí en facebook: "Intento contemplar mi problema de liquidez como quien se enfrenta a un jeroglífico." Y vinieron dos a decirme que el 99,9 de la gente pensaba lo mismo. No lo creo. Yo estaba hablando de cómo evitar el lamento y la desesperación, en la máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", pero ellos dos atribuyeron a todo el mundo esa actitud. Yo no les creí, pero como comprendí que no me entendían, borré el comentario. Tal vez la influencia de Spinoza haya crecido tanto...?
A ratos leo ese libro maravilloso de Mandelstam en Armenia que ha editado Helena Vidal. Y picoteo otros libros. Y sigo con Maeve Brennan. Ayer el sol fue una fiesta para los árboles y los jardines londinenses, que estaban llenos de pájaros, perros y patos de cabezas coloreadas. Cómo se nos acercaban pájaros y ardillas, cómo nos miraban perros y patos... Era como si todos nos reconociéramos en un cuento antiguo. Como aquel bosque carrolliano donde las criaturas olvidaban su nombre. Y cómo  danzaban los árboles componiendo su música delicada... Hice muchísimas fotos y vino mucha gente a mariposear por ellas en facebook. No sé si me quedará tiempo de ver los retratos de Lucien Freud, de irme por los canales a un café flotante, de londonear perezosamente o con paso brioso de frío. Tampoco sé si podré volver. Dicen que va a volver a nevar y que podrían volver a cerrar Heathrow....


martes, 27 de septiembre de 2011

Traduzco

Foto: I.N., Vuelta de la playa, 2011
Traduzco más despacio de lo que quisiera, los cuentos irlandeses de Maeve Brennan (han sido una sorpresa, porque yo sólo conocía The Rose Garden y éstos son bien distintos) pero sigo ahí, aunque ahora me dispongo a leer de nuevo para reseñar un autor ruso y otro viajero cercano, así que hoy he aprovechado para lanzarme al sofá con ese ruso preferido, y de paso aliviar así mis males, que se habían recrudecido la noche anterior. Por cierto que hoy he recibido mis ejemplares de Un rey sin diversión de Jean Giono. Espero que lean esa maravilla, lectores silenciosos, que les guste mi traducción (no sólo por lo ardua y jeroglífica que ha sido, sino por la pasión y el esfuerzo de bruñido) y que les interese mi prólogo (en la portada no lo pone, pero está ahí pese a todo).
Una vez repuesta (ma non troppo) de mis males indecibles, me he dirigido a mi cita con M., una joven francesa delicada e inteligente dispuesta a abordar la traducción de uno de mis libros, La plaza del azufaifo, y con mi habitual despiste la había citado en el café de la librería La Central sin recordar que había allí un homenaje al excéntrico, particular, malicioso y traductor brillante que fue Martínez Lage. Cuando ha aparecido EVM, que prologó (ese prólogo radiante me sirvió durante un tiempo para consolarme en momentos bajos) ese libro mío porque había sido suya la idea de que yo ya tenía escrita "la novela del azufaifo", me ha parecido un buen presagio. Además, aquello era como una celebración de la traducción, y estaban dos amigas reinas de ese oficio, Selma Ancira y Dolors Udina, a las que me he alegrado de ver. Por cierto, EVM me ha hablado del libro de Maeve Brennan, que había recibido. Es un objeto precioso como libro y todo el mundo lo celebra.
Hoy he tenido una curiosa discusión -limitada, porque discutir por facebook y en otra lengua, para mí algo oxidada, supone restringir mucho las posibilidades de la conversación- sobre el grado de libertad crítica y la impostura. La discusión era al parecer arriesgada porque mi interlocutor me ha retirado la amistad en cierto momento, aunque ha vuelto a concedérmela más tarde, a petición mía. En realidad, para ser completamente libre, diría yo, habría que vivir de otra cosa o haber heredado generosamente o tener en todo caso una independencia material del mundo editorial. De todas formas, una cosa sería el juicio crítico y otra la ferocidad. Yo no creo que necesitara ser públicamente feroz, me basta con poder objetar y decir lo que pienso... Pero cada cual tiene su estilo y reconozco que me divierte leer esos textos ferozmente ingeniosos, tan excesivos como brillantes... aunque a veces disienta del contenido y otras me choquen las formas. Lo que sí es cierto es que en Francia la crítica es bastante más libre que aquí y cuando un autor célebre publica un libro nuevo muchos críticos afilan sus cuchillos, mientras que aquí, un autor célebre casi sólo recibe elogios y son exclusivamente los no-célebres quienes reciben estocadas. Lo cual resulta muy aburrido y más limitado que una discusión en facebook con lengua oxidada.
Y ahora me vuelvo al sofá a leer a uno de mis rusos favoritos y a esperar el libro del viajero con sus imágenes maravillosas. Rufus me espera, algo más hambriento hoy. Y la verdad es que aún no he podido desencallarme en mi novela, aunque anoche, mientras andaba hacia la nueva librería italiana que han abierto en la calle Sant Lluís 11, de Gràcia, Le núvole (se me olvidó contactarles con la revista filosófica Las nubes, y la cita de Adorno sobre el tema: "Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza en las nubes, ésa es la alternativa") al encuentro de la Belle Elaine y para ver un documental italiano sobre el mediterráneo como lugar de conflicto, se me ocurrió una posible vía y mañana la exploraré, lo prometo.

martes, 7 de junio de 2011

Héme aquí

Foto: I.N., Rufus, cerca, 2011
Isabel viendo llover en un Macondo oscurecido, rodeada de papeles para mi declaración de Hacienda, maldiciendo una vez más mi caos y los duendes que esconden mis documentos en el momento clave, con Rufus y el agua que cae y cae y cae... Llevo media tarde desconectada de la red, empapelada en el registro de mis gastos y mis vacas flacas. He pasado el día traduciendo a Giono. No he escrito mi novela, aunque he vuelto a leer un capítulo que ya leí ayer y que necesitaba sólo ser pelado, eliminando lo reiterativo para que quedara desnudo. Hace días que tengo la sensación de que todo se estropea a mi alrededor -se funden las bombillas, la nevera protesta, la lavadora se hace de rogar para ponerse en marcha, la cadena del váter ha perdido su capacidad ahorrativa y sigue echando agua hasta vaciarse, ya no tengo impresora compatible, y mi memoria externa pide ser reformateada para mac o se niega a aceptar información (aunque Steve Jobs ya ha anunciado una nube donde podremos guardarlo todo; ¿será una nube como éstas que ahora lloran sobre nosotros? ¿será una nube de hielo de las que temen los pilotos?). Ayer, cuando acabé de ayudar a G. en un trabajo suyo, mientras hablaba por teléfono temí que se hubiera estropeado otra clase de cosas, me fui a dormir con una desazón y me he despertado aún impregnada de esa grisaille, influida también por el universo despiadadamente misógino de una novela que leía.
Rufus ha venido a reconfortarme. Cuando la tormenta ha empezado en serio, él estaba en su váter de la terracita sur y al estallar un trueno, el pobre gato se ha dado un susto de muerte y ha atravesado el pasillo prácticamente volando para ir a refugiarse bajo mi cama. Luego ha vuelto a dormirse en el sofá, agotado.
Hoy ponían una película del director con quien cené en un italiano maravilloso de San Francisco -aunque sólo fue maravilloso aquella noche, en que todos los platos eran los que debían ser y nosotros empezamos hablando de gatos y ultracuerpos-, pero yo no tengo tiempo de ver nada. Hoy también he vuelto a poner una canción de Lightnin' Hopkins y llevaba sin darme cuenta un chalecillo que compré en un museo de Los Ángeles. Así que me he acordado de aquella música de piano que me envolvía por teléfono y he estado a punto de llamar al músico para decírselo. Sarinagara...
Cafè Central se prepara para publicar en forma de plaquette bilingüe mi texto sobre Denise Desautels, que leeré el 27 de junio en Laie y que Robert Ferrer ha traducido al francés y me ha gustado mucho verlo escrito en esa lengua, con todas sus citas de poemas de todas partes... Y ayer, mi editor del libro de la ciudad me dijo que no me preocupara, que el libro saldrá pronto, en cuanto puedan ponerse a ello... Así que debería sentirme feliz, olvidar la angustia de la pobreza, pensar que todo esto es transitorio y que este mundo viejo e injusto, como dice Galeano, está preñado de otro mejor... Rufus duerme ya en el nuevo y lo dibuja con sus vibraciones gatunas...
El viernes me iré a Madrid, aprovecharé para ver la exposición de Atget y luego iré a la Feria a firmar nuestro SINRAZONES DEL OLVIDO, a la caseta 133, de La Central, no muy lejos del ángel caído. Espero que mis amigos tengan piedad y vengan a verme.
***********
Escribo en la grisaille melancólica de esta mañana siguiente. No se acaba. Me he levantado con mis duelos, cuando creía que habían desaparecido. Han vuelto ayudándose por un youtube de una pequeña rebelión antiberlusconiana en la ópera, con Ricardo Muti y en pleno Nabuco, en presencia del gángster que sigue erosionando ese país e inspirando a nuestros políticos. Mi padre, la ópera, el mundo que se fue y el que duele, mi madre perdida y la gata seria... (un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia).
Dice Lêdo Ivo en "No jardim" (En el jardín):
O sol no jardim.
O jardim dentro na flor
aberta como una grande umbrela
na claridade do mundo.
E o sileêncio das constelaçŏes ocultas
no céu de verāo.
Y anoche leí al fin ese poema de Juan Carlos Mestres que habla de un lugar que está dentro de un poema de Lêdo Ivo, Cavalo morto.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Esta tarde, en el Día Internacional del Traductor

Por iniciativa de Anna Casassas, algunos traductores leeremos textos traducidos a las 20h en el Cafè Salambo. Dolors Udina, Antoni Clapés, Selma Ancira, Rodolfo Häsler, Esther Zarraluki (escritora invitada), Elena Vilallonga, Víctor Sunyol, Teresa Shaw, Jordi Nopca y yo, entre otros.
Mientras, en la Plaça del Rei, bajo el lema Traducir es humano, traductores de Acett, Acec y APTIC leerán fragmentos de la gran literatura traducidos por software, para demostrar que hace falta un ser humano para realizar esa tarea, o se perdería lo mejor de la lengua y la literatura. Hay una estupenda entrevista de Lluís Maria Todó sobre esa iniciativa y sobre la injustamente mísera condición de los traductores en este país (que le hicieron en catalán y aquí aparece con una versión castellana algo precipitada, que no es del autor).

viernes, 9 de julio de 2010

He estado escribiendo

Foto: I.N., Plaça del Diamant, 2010
Un poco todas las mañanas, antes de traducir, y aunque esa escritura de mi novela no es fácil, tiene lentitud de hormiga y a veces es escritura dolorida, me produce también horas felices. Cuando me muevo leo Husos de Chantal Maillard y me sigue maravillando lo que encuentro ahí, sigo pensando que está todo, hay un humor dulce e irónico en ese pensamiento y un peso de las ideas y una exploración que me interesa. Leo también lo que Tolstói escribió de su infancia. Traduzco a Jean Giono y me sorprende su poética lenta y paródica en el invierno helado y montañoso de pueblo amenazado. Traduzco las piezas brillantes de NY de Maeve Brennan y me río con ella y avanzo más deprisa que con sus cuentos, que alterno. Han publicado una carta mía en La Vanguardia.
Mi gata sigue enferma y no lleva camino de curarse. Ha abandonado casi todas sus costumbres, pero a veces se deja acariciar con su respiración fatigada y la cepillamos y le hablamos. Su respiración fatigosa la agota y entristece y a mí me trae otros recuerdos negros. Ha perdido su aliento cazador, deja pasar las palomas y las hormigas y moscas sin siquiera mirarlas. No quiere comer, apenas bebe.
Hoy he comido con la Belle Elaine y dos amigas suyas canadienses. Una tiene un programa de radio cultural, sin cortes, donde ha entrevistado a grandes escritores, entre ellos los Nobel de los últimos veinte años (¡Brodsky! Nadine Gordimer, Doris Lessing, Wislawa Szymborska, Kenzaburo Oè, Harold Pinter, Gao Xingjian, Naipaul, Saramago, Elfriede Jelinek...). Voy a buscar el link que me ha dado para poder escucharlo.Me han dicho que es buenísima. La otra venía investigando sobre bilingüismo y con su mirada inquieta y perceptiva ha descubierto cosas que a otros les cuestan años. Nos hemos reído y hemos hablado de nuestros proyectos y mañana se llevarán mi libro balcánico y mi Azufaifo. Hacía un calor sofocante y ha sido agotador atravesar la ciudad ardiente y húmeda. Luego he tenido que bajar al centro y había hordas de gente ruidosa elevando los grados de la atmósfera.
He sabido que mis cuentos Algunos hombres... y otras mujeres están entre los candidatos al Premio Setenil, junto a cuentistas ilustres, y aunque es una difícil lotería, me ha hecho ilusión estar ahí.
He leído en Babelia cómo EVM buscaba la incertidumbre y las dudas releyendo a Marguerite Duras, y yo, que estos días he recuperado sus Cahiers de guerre para tomar prestado su vigor o su ferocidad, me he alegrado de leerlo.
NOTA ACLARATORIA. Escribí y publiqué este post el viernes de madrugada, es decir, a las 0:59 del sábado. Una lectora del blog ha interpretado que la escribí después de la manifestación del sábado y que al hablar de las "hordas" (de gente analfabeta y compradora, maleducada y ruidosa del viernes por la tarde en Portal de l'Àngel) me refería a los manifestantes, entre los cuales estaban muchísimos amigos míos. Lo cierto es que sólo me refería a las masas consumistas y turísticas del centro en la tarde del viernes. Yo también habría ido a esa manifestación, de no haberla encabezado los políticos que la encabezaban. Toda mi vida consciente, incluyendo mi adolescencia en la clandestinidad, he luchado y apoyado el Estatut, la llengua, l'autonomia y todo lo demás, y natiralmente me opongo a esos jueces de extrema derecha que descalifican esta realidad histórica y justa. Pero en Polis expliqué mi decepción de los políticos nacionalistas, que han usado el sentimiento y el romanticismo para simplemente robarnos con alegría e incluso renunciar a que tuviéramos un acuerdo similar al de los vascos, etc. Que nos han vendido.
Cambio la fecha para que quede claro.

lunes, 12 de abril de 2010

La mujer de la foto

Foto: C. y yo, en Roses, no sé en qué año.

La mujer de la foto se cayó cuando tomaba el sol en la terraza de su casa. Debió de darse cuenta porque le dio tiempo a agarrar un cojín y parar algo el golpe, aunque sus gafas fueron a parar bajo una maceta. Ahora está en la UCi de un hospital. Yo fui a verla precisamente el día de mi cumpleaños. No me pareció casual que precisamente ese día cayera en ese olvido misterioso, esa desconexión que es la embolia. Ella, que guardaba mis rizos cortados de niña, en una vieja adoración que me escandalizaba y tardé mucho en comprender. También ella había tenido una infancia violenta y eso la condicionó. Pero me salvó, a su manera fragmentada y extraña, como pudo, como supo, así que eso le debo.

Seguí un impulso e hice una larguísima excursión en metro. Patricia Highsmith, como buena pragmática americana, daba ese consejo para el bloqueo, decía: haga un viaje y, si no tiene dinero, coja un autobús o un metro a un barrio desconocido o poco habitual. Yo no estaba bloqueada. Es más, al saber la noticia que me devolvía directamente a mi infancia, me puse a escribir este post y me di cuenta de que estaba escribiendo algo de la novela, así que rescaté el texto y me lo llevé de aquí.

C. me reconoció y me sonreía, intentaba hablar, balbuceando, y hacía gestos de desaliento y leve impotencia. A veces me entendía, otras se perdía en las profundidades y repliegues del cerebro semidesconectado. Le dije que había hecho una cosa bien y era escoger a ese hombre que la quiere tanto, y ella sonreía con un gesto de niña y me apretaba la mano. Mientras estaba allí, me llamaban para felicitarme y tuve incluso una llamada tan exótica y ajena que me rescató por completo, así que salí del hospital pensando que por suerte el mundo era sureralista y no me abandonaba nunca su ambivalencia tragicómica. Era extraño verla enmudecida a ella, tan habladora y fabuladora, siempre cargada con su intensa combinación de insight, obsesión de lo que fue y una contradictoria dualidad de resignación cristiana y memoria judía.

Al volver, en facebook tenía una lluvia de felicitaciones, con un misterioso visitante de un pasado no tan remoto que se extrañó de que yo no le reconociera. Y de hecho, mientras andaba por la calle pensé: ¿Quién puede empeñarse en escribir en catalán con esa endiablada ortografía, y al mismo tiempo, atinadamente o trasluciendo algo potente? Y me pregunté si podía ser precisamente el que era, un cineasta al que no he vuelto a ver en treinta años. No sé si volveré a verle, pero ya sabiéndolo, me he fijado en la silueta de espaldas que pone como perfil, con una figura de Giacometti al fondo, y sí, como diría mi amigo serbio, "encaja".

Estoy enmarañada en distintos ámbitos, el sábado tengo la conferencia de Visor en Sant Salvador, mañana tengo que entregar un texto urgente para el museo, sigo organizando un cartel que baila y se mueve constantemente, y al mismo tiempo otro trabajo se complica y a veces dudo si se va a pique. Por otra parte, tenía que escribir una reseña comprometida, que implicaba criticar lo que nadie toca, lo que todos defienden, lo que cada vez se consolida más. Pero yo no podía ya no decir lo que pensaba; sólo podía reflejar mi conflicto con el libro, para que los lectores juzguen y tal vez decidan precisamente comprarlo por la pura polémica, por la intensidad que la crítica afilada presta al objeto de discusión. Y tal vez debería haber pensado en la reina de corazones carrolliana y su mandato implacable cayendo sobre mi cabeza. Así son las cosas. Por cierto que mi amiga americana me dice que le ha entusiasmado la Alice de Tim Burton; así que iré a verla, pese a todo. G. ha venido un momento: ha aprobado el examen de conducir y estaba exultante. Luego se ha ido precisamente al estreno de esa Alicia timburtoniana y me ha mandado un sms entusiasmado, hablando del gato de Cheshire.

No sé cuándo podré escribir más, ni poner más links... Hoy no me he levantado del asiento -salvo media hora de frugal colación, pensaba en MB y su frenesí de máquina de escribir- y hasta las 20h, en que he ido por el periódico, unos pomelos y al librero de la calle Berlinès, a recoger el libro de Gil de Biedma editado por A. Jaume (por cierto, el librero estaba rodeado de una orografía libresca de santjordi, incluyendo mis cuentos). Pero estoy contenta, intentando acabar y con la sensación del deber cumplido... aunque sólo pienso en si mañana corregiré a tiempo para poder revisar mis notas y atreverme a entrar en ese archivo poderoso, ese castillo de irás y no volverás que es mi novela.

Me ha hecho ilusión ver que EVM había puesto una frase mía en esa sección titulada, con elegante autoironía Abrazos a Dublinesca ou la Demande d'amour, donde se reúnen frases de críticos del mundo. Hoy una joven poeta me decía que le gustaron mucho mis cuentos. Y me ha llamado mi editor de Crucigrama para hablarme de ellos con entusiasmo y sensibilidad y explicando con detalle su fruición y el por qué de su entusiasmo, con ese feedback interesante que nos permite comprender qué encuentran los otros, qué leen, qué hemos escrito incluso sin saber, sin más proposición que la inconsciente. Su llamada me ha cogido por sorpresa y me ha alegrado el espíritu. Ah, y al oscurecer, una música que me regaló L.O. me ha repuesto de todos mis esfuerzos, una música sacra, maravillosa, que me transportaba al claustro de un monasterio, la Messe de Notre dame de Guillaume de Machot.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Hace casi una semana que no escribo aquí

Foto: I.N., Paseo por Collserola, con T, marzo 2010
Esta mañana la gata Gilda ha cazado una lagartija. He abierto la puerta de la terracita y allí estaba; me había dejado su pequeño cuerpecillo descabezado y aún con su belleza prehistórica como un trofeo absurdo y mal dirigido porque a mí me gustaría que siguiera habiendo lagartijas y no apoyar a sus depredadores. He pensado en Frikosal y en su comentario reprobador de los gatos domésticos y las flores cortadas y he enterrado a la pequeña criatura, delicada como una joya rota, en una maceta. No puedo explicarle a la gata; son esos restos de felina salvaje que le quedan en su vida domesticada, y eso explica por qué me dirige esa mirada implacable de reina tigresa en algunos momentos. O por qué a veces, inesperadamente, salta por encima de mí mientras leo en el sofá, quizás (como decía B., aquel pintor de gatos y niñas que despotricaba de la modernidad) para demostrar mi inexistencia.
Me gusta mucho Dublinesca, la novela de EVM. La leo a trozos (conteniéndome para no abandonarlo todo y quedarme sólo leyendo) y me admira cómo y con qué naturalidad logra integrarlo todo en esa trama bien trabada, incluso lo que ve en los blogs, cualquier coisa, con ese editor autoirónico y abandonado del mundo que le permite seguir hablando de escritores y libros y a la vez reflexionar sobre todos los aspectos de los editores(como aquel personaje comodín de Nabokov al que el escritor rusoamericano hacía ir a cualquier casa o lugar que quisiera describir, pero a la vez como personaje clave, al que presta cosas suyas y ajenas, caricatura pero también irradiador sutil de tantas cosas) y que viaja sólo para mantener una ficción-conversación con sus padres. O para seguir viviendo su vida como si fuera un libro. Y ese humor y la fraternidad con la locura walseriana (y dolorosamente psicótica) de Spider, la excentricidad que me resulta afín, arraigada en la convencional Barcelona (ex-curso: me desespera ver la ciudad llena de palmones, ¿por qué todo es siempre tan uniforme y romo, tan familiar, con gente ocupada ya sólo de la comida, lo material y entregada a la repetición de unas costumbres sin preguntarse nada?), con su genial caída en las escaleras de La Central o sus paseos impensados bajo la lluvia o las apariciones recurrentes del joven de la camisa estilo Nehru, y sobre todo su postura de hikikomori, aislado del mundo con su despedida alcohólica y atado al ordenador como tantos de nosotros, que se acerca ilusoria y meditativamente a la ventana para acabar precipitándose de nuevo al ordenador con cualquier pretexto. Y esa osadía suya, aun viviendo en medio de lo literario, de construirse un yo narrativo tan autoirónico y tan desprovisto de la tonta arrogancia antichejoviana de nuestros escritores. Les contaré cuando lo acabe, sólo hablo aquí desde mi pura subjetividad de lectora y de crítica intrusa (otros más preclaros han dicho ya sin duda las cosas importantes), y yo soy libre en este espacio, nadie está obligado a leerme ni a hacerme caso; de momento sólo he leído ciento y pico páginas.
Al mismo tiempo leo esas cartas de Giono, J'ai ce que j'ai donné (preciosa edición de bolsillo con fotos) que me entusiasman también -su humor, su generosidad, su pasión por la escritura y el paisaje, los árboles, el afecto que irradia y cómo protege a sus padres de la verdad de la guerra, describiendo ese "petit fort enfouit dans les bois... donde pasa el tiempo à lire, à fumer et manger merveilleusement"... y se ve con disposición para la vida monacal... y esa manera reflexiva de fumar, como en los libros de Soseki, "grâce à la philosophie et à la pipe on arrive à surmonter tout célà". Aunque luego se quedan sin tabaco y empieza a pensar en fumar feuilles de chêne, hojas de castaño- y añoro su Manosque, recibir esa carta que le manda a una amiga en mala racha para invitarla a una casa independiente en su Paraïs ("l'important c'est que vous ayez tout de suite un peu de répit dans votre série de malchance... : à cinquante mètres de chez moi, plein soleil, trois pièces. Voilà ce que je vous offre: trois mois de vacances... à vous soucier de rien, sinon de vivre, de faire de la santé et de reprendre pied... vos amis Capoulad et Delfaud habitent à cent mètres..." Su vivencia de la I Guerra le hará pacifista en la II y le acusarán de desertor y será encarcelado, y dice, como la Ginzburg: "On ne nous consolera jamais de la guerre..." Sólo que a él, eso le lleva a aferrarse al paisaje (algo que yo puedo entender bien), en otra clase de guerra interna: "C'est pour ça que je me suis jeté sauvagement du côté de l'arbre, de la bête et de la neige", y me gusta cómo les habla a sus hijas de lo que escribe y cómo les lee), y encaja muy bien con las películas de Jasujiro Ozu que sigo viendo y su paisaje y su búsqueda de la belleza incluso en lo más pequeño. Otoño tardío, otra vez esas para mí misteriosas hijas felices de vivir con sus madres o padres, que no quieren dejarlos para casarse, esa para mí exótica sensación de pasarlo bien con ellos y no querer otra vida (y sin embargo, ¡ahí se entiende perfectamente por sus sonrisas y sus gestos!). O esos viudos (para mí fáciles de comprender) que prefieren vivir solos con sus recuerdos que volver a casarse. Y cómo llevan todos los kimonos y los calcetines y cómo se sientan y levantan en esas casas maravillosas y tan parcas, y comen siempre platillos deliciosos y toman mucho té y van a esos balnearios donde les dan unos magníficos kimonos idénticos a todos, y contemplan árboles, flores y pájaros. La de ayer era un melodrama y todo salía mal, Crepúsculo en Tokio, con la madre que abandonó a sus hijas, nunca fue perdonada y nada pudo enderezarse, a pesar de ese personaje del padre, tan bien interpretado por un actor también favorito de Ozu. Otra vez salía una actriz que se parece muchísimo a una amiga que tuve y estuve bromeando con L. de lo bien que se manejaba con el kimono y cómo se transformaba en personaje bondadoso, con lo celosa y negativa que era en la vida real.
Yo sigo bebiendo mucho té Lung Ching, Bai Mudan y Sannen Bancha durante las tardes, mientras traduzco. He encargado al librero de la calle Berlinès esa correspondencia de Gil de Biedma, a pesar de... Doy paseos cuando puedo, disfruto del silencio de la ciudad desierta. Hablo con unos pocos amigos refugiados. Pero ¿de quién o de qué libro es la culpa de mis planes de fuga en mayo, de mi aceptación al fin de la invitación perenne de mi amiga americana? ¿Son las piezas neoyorquinas de Maeve Brennan, que traduzco en avanzadilla, a toda velocidad pero maravillada ante desafíos imposibles de su poética urbana en la ciudad de las ciudades, para Alfabia y para el comité irlandés? ¿Es Dublinesca con esos personajes locos por la ciudad? (Después de todo, también sueño con Dublín). ¿Es el viajero inmóvil de Manosque? ¿El viaje de JC? ¿Es esta luz de primavera? Juré que no iría mientras gobernara Bush. Por desgracia no han quitado esos controles humillantes que tendré que pasar, sino que los han extendido a todo el planeta. Pero de pronto, parece... en fin, estoy buscando un billete y mis amigos americanos ya hacen planes de llevarme a Montauk. Tal vez también es mi contención aquí, en la ciudad silenciosa y solitaria, mientras todos se van al mismo tiempo... Y llevo mucho tiempo aquí atada.
Mientras desayunaba he visto en Arte tv unos cuervos choucas, inteligentísimos aunque menguados por la persecución humana, diseñando sus propias herramientas, como sólo se sabía de los primates, e instalados en la nieve y en las ciudades, arraigados en Edimburgo. Ya sólo me queda la tv digital, no hice nada por tener la terrestre y eso agrava tal vez mi falta de toma de tierra, tal vez me desprenda y emprenda un vuelo errático por esos cielos magníficos de estos días, la única belleza que queda en este pobre barrio, masacrado gracias a nuestros políticos municipales, que lo entregaron al cemento. Hace dos días subí de noche a la plaça Narcisa Freixas a ver a los pobres almeces rescatados de la destrucción de la plaça Joaquim Folguera. Son sólo seis o siete de los veintinueve que han sacrificado en una caza absurda, peor que la lagartija de Gilda, sólo para preservar un párking. El ídolo al que adora este ayuntamiento, los párkings y el cemento.
Para contrarrestar, vean Philosophies hablando del tiempo con otro filósofo bergsoniano, Elie During.

jueves, 18 de febrero de 2010

Fui a comer

Foto: I.N., Donde Girona se parece al Grund de Luxemburgo, 2010
Con un caballero del sur, a quien siempre me alegra ver. Estuvimos hablando de las dificultades de estos tiempos, de los cambios en lo digital (me interesó su punto de vista, no sólo de abogado que está en el mundo, sino de caballero pensante y bartlebiano) y le conté de mis propias dificultades para mantenerme a flote en este maremagnum de la escritura sin abandonarla del todo. No estoy descontenta, le dije, "y no deberías estarlo", me dijo él y habló generosamente de este blog y de mi escritura. No sé qué fue, pero salí de allí andando y mirando el cielo y los árboles como si todo estuviera iluminado, y en la parada del bus estuve garabateando unas posibles probaturas para mi congelada novela. On verra bien. Renuncié a los recados y tuve que recluirme a traducir sobre ese artista psicótico (cárcel por dentro, cárcel por fuera) que me ha subyugado con su universo alegre y triste, vital y confinado, y que intento descifrar despacio, con el viejo perfeccionismo que ya no recordaba, buscando cada cuadro para superar la ambivalencia del lenguaje y no equivocarme.
Luego salí otra vez andando hacia una cena china, y por el camino iba pensando y sonriendo y un joven motorista me miró como si estuviera loca. Yo buscaba caminos tranquilos y árboles y huía de las obras y estaba sumida en esos pensamientos felices de la joie paradoxale, así que cuando me encontré a alguien del pasado y habló oscuramente del mundo, tuve que nombrarla.
En realidad, había ocurrido algo más: cuando estaba recluida traduciendo, oí al segundo mirlo de este año. El primero fue hace unos días, en la calle Tavern y me detuve, pensando "se acaba el invierno", envuelta en una sensación especial, que también me devuelve a la infancia. Todos los años se repite, un atardecer, cuando llega esta época, canta un mirlo. Al cabo de unos días aparece otro. No puedo explicar ese eco en el aire que suena a bosque y a humedad y aire en las hojas. Y al fin empiezan a cantar todas las mañanas y todas las tardes y ya es la primavera y en Japón florecen los cerezos (ayer estuve con otro Soseki, más sombrío, pero lleno de esa naturaleza de los haikus, siempre contemplada y cercana, Momo, The Door)
En la cena brindamos por el Año Nuevo Chino y por nosotros y la conversación fue animada y llena de la celebración de nuestras mutuas afinidades y de acogida a un amigo chileno de F, aunque también flotaban ahí estos "hard times" que nos devuelven a lo dickensiano y yo siempre me interrogo, situándome entre los que casi celebran o se aterran por el apocalipsis y los que creen que la crisis es un estado de opinión y que habría que cultivar el buen humor y la esperanza para salir del hoyo.
Al volver releí La Légende du Mont Saint-Michel y leí Sur l'eau, dos diminutas maravillas de Maupassant, la primera con esa pelea genial del ángel (tan humanizado como un dios griego) y el demonio, la segunda esa noche de terror y ensoñación o presagios de muerte en el río.
Por la mañana he tenido una discusión con una funcionaria de correos. Encontré un libro, un clásico de la antropología que necesitaba G. con urgencia, en una librería de Eltx (o Elche), y me lo han mandado por correo hace ya ocho días, pero no llega. La funcionaria me dice que está en tránsito y que puede tardar tres semanas o un mes, le pregunto cómo puede ser que los trenes tarden tres horas y las cartas o paquetes un mes. Cómo puede ser que con la modalidad de correos más barata lleguen los libros de Londres en cuatro días y en cambio de (la Dama de) Elche a Barcelona tarden un mes. ¿Los transportan en burro, andando quizás? Por lo que me ha dicho (no estoy autorizada a decirle cómo los transportan), en su lenguaje repetido de autómata, he entendido que para castigar a los que pagan la modalidad más económica, retienen los envíos hasta acabar con los que han pagado más. Eso cobrando bastante más que los ingleses por un servicio mucho peor.
Después de traducir despacio, he bajado deprisa, porque llegaba tarde, y al rodear el claustro de la catedral, con esos contrafuertes de animales voladizos, hacia la Plaça del Rei, he sentido cómo ese paisaje me restaura, cómo me alivia que aún siga allí. Hace unas noches estaba yo admirando un gran magnolio que crece junto a la muralla (de noche parece susurrar) y la catedral, y mirándolo pensé "al menos a ti no te talarán", pero hoy mi amigo seráfico, con el que he comido, me ha enseñado dos tocones de árboles gruesos y sanos, con su placa distintiva aún en el suelo, que han cortado allí mismo, al parecer para poner una fuente, con ese absurdo espíritu arboricida tan tenaz que reina en esta ciudad.
Hemos comido en un japonés y después tenía una reunión en el MUHBA, para un acontecimiento de esta primavera que tal vez acabe coordinando y que podría ser bonito, sobre todo por el lugar donde se celebra. El martes daré una charla balcánica en L'Alliance Française de Sabadell, en el festival del documental que celebran en este mes. Y ahora llueve y llueve y se oye como una gran respiración oscura.

martes, 3 de noviembre de 2009

Volver

Foto: I.N., Árboles poderosos en la calle, Madrid, 2009
Llegué a casa a medianoche. Vi físicamente mi libro y me pareció radiante. Estuve leyéndolo y la excitación de pensar que todas esas historias vibrantes y agazapadas saldrían a la arena pública me sacudió el sueño, unida a un incidente insospechado que supondrá un retraso -una semana, tal vez- en la distribución.
En Madrid, ciudad desventrada, pero ciudad arbórea pese a los ataques, fui a recomponerme a la Fundación March, con los dibujos de Caspar David Friedrich porque su adoración romántica de los árboles, la naturaleza, su posición ante lo que dibuja como sagrado, esa espiritualidad misteriosa y refulgente de su obra ("Lo divino está en todas partes, incluso en un grano de arena" y "Una pintura no debe inventarse, sino sentirse" o "El auténtico arte se concibe en un momento sagrado") es justo lo contrario que lo que están haciendo en Barcelona, destruyendo la belleza, arrebatándonos las mejores esculturas, los viejos árboles, la sombra, las plazas humanas, la tierra, las farolas antiguas, todo lo que nos pertenece.
Por la noche había estado en el Café Central (adonde nos llevó precisamente el editor de Cafè Central), escuchando a unos jazzistas daneses rodeada de un público variopinto, unas viejuzas toulouselautrecquianas, un camarero estilo Pierre Clementi, unas chicas vestidas de rojo escarlata que devoraban montañas de ensalada, unos apasionados forofos del jazz y mucho humo (Me dice Alberto H. que el supuesto camarero pierreclementiniano es en realidad un intelectual, se llama Fidel M. y prepara una revista literaria con Borja Casani). A la mañana siguiente teníamos las deliberaciones del jurado, que yo contemplé como una lucha de samurais o una campaña napoleónica. Me gustó poder aportar algo a ese terreno de la traducción e intentar que prevaleciera la ética desde mis humildes posibilidades. Paseé por el Botánico con una amiga que me trajo una especie de picnic de Yellowstone. Y tomé un té con otra, en esa casa suya donde nada rompe la belleza. Y volví en tren, con la reina de la traducció y el editor de CF, yo dormitando entre timbres de teléfono porque la gente de este país, si no le prohíben y multan es incapaz de seguir una norma de consideración: bajar el volumen.
Creo que voy a aceptar una larga traducción que pinta bien. Y en la espera de mi libro y de la traducción, leo Las almas muertas de Gogol en una antigua -lustrosa y llena de gracia- versión castellana de Laín Entralgo y buen prólogo de Valverde. Qué ilusión volver a encontrar a Chíchikov, desde este momento mío, con ese ruido de trompa que hace al sonarse y que le granjea extrañamente el aprecio del criado, y ese criado que lee lo que sea, sin importarle el contenido, por el puro placer de descifrar las acumulaciones de letras y que duerme vestido, y la burla del jardín público y la mentira política, y "el ciego hocico de los cerdos" asomando en el paisaje.
Ayer leí (siempre a fragmentos) el capítulo que Cees Noteboom dedica a la tumba de Mary McCarthy y me pareció maravilloso, se convirtió en uno de mis preferidos de ese libro. Hoy he descubierto otra joya, el texto de Alex Capus que incluye como crónica de la muerte de Stevenson.
Hoy el Districte Sarrià Sant Gervasi había convocado falsamente al grupo de resistentes defensores de los almeces de la plaza Joaquim Folguera. Ha venido el jardinero sabio Joan Bordas, que no entiende que haya que destruir una de las plazas con mejor sombra de la ciudad con mayor densidad de habitantes por metro cuadrado y el menor índice de parques y arboledas de Europa, hemos medido los troncos más gruesos, me ha explicado que esos árboles, si los trasplantaran a un lugar mejor, resistirían tal vez, pero no volverían a ser lo que son y no podrían en ningún caso volver a la plaza (en peores condiciones) y medrar. Me ha vuelto a contar la diferencia de cómo se trabaja en Europa y aquí, donde no se cumplen las normas europeas y se permite que los trabajos que incluyen intervenciones en el arbolado las dirijan empresas de construcción, no elegidas por el gremio de jardinería. Y los hoyos profundos que cavan en Londres o en las ciudades alemanas para plantar, y las razones por las que los árboles enferman aquí. Me ha hablado del azufaifo, que le apasiona, y me ha dicho que él ha plantado miles de azufaifos en los jardines sin que se los pidan, porque para él un azufaifo es un árbol aquí tan importante como el olivo. Y pese a toda esa tristeza de derrota y al horror que anunciaban en El País de ayer, escucharle y aprender un poco de su sabiduría arbórea y humanista me produce una extraña esperanza.
Han muerto el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el escritor Francisco Ayala, más luminarias que se van de nuestro despoblado cielo. Habrá que ir a ver la proyección celeste del doktor Frikosal del viernes, pero antes...
Lean aquí mi artículo de hoy en La Vanguardia Cultura/s.
Miércoles 3 a las 19.30, presentación en La Central (de la calle Mallorca) del libro de Álvaro de la Rica, con Nora Catelli, Xavier Pla y Sergio Vila-San Juan.

miércoles, 6 de mayo de 2009

He vuelto felizmente a la escritura

Foto: I.N., una escalera para mí histórica, Barcelona, 2009
Confieso que hace dos días estaba encallada y algo decepcionada de ese libro de mis meandros por la historia de la ciudad. Es decir, los últimos capítulos no me convencían y sobre todo, me faltaba el coraje para enfrentarme a ellos y extirpar y decidir. Me gustaba mucho el principio, esos dos primeros capítulos que L. leyó y definió como lo que hizo Atget con el París que ya no existía y su comparación me llenó de esperanza. Me gustan también otros trozos, y hoy he logrado un capítulo feliz (groseramente, aún sin pulir) y la fuerza para enfrentarme mañana y pasado a todos esos fragmentos dudosos con las tijeras chinas de podar y los ojos internos abiertos para los hallazgos mejores.
En este momento me invade una felicidad universal (aunque sea algo burlona) y con ella pienso retirarme esta noche. Es verdad que no tengo tiempo y que el retorno a la traducción, tras meses de libertad y sólo conferencias, me está matando en cierta manera. Pero todo se andará, aunque tenga que escribir de noche y en fines de semana. Mi informático palestino ha resuelto los problemas del ordenador nuevo y así ha caído una de las barreras que dificultaban ese libro, por el peso de las imágenes. Es una escritura distinta porque cada capítulo parte de una imagen y hasta que no la encuentro no puedo continuar.
Y esta noche ha sido sólo un momento, una pequeña pieza, un atisbo o tentativa, pero qué felicidad y qué agradecimiento a los dioses griegos... Aquí llega G.
Lean mi post político y furioso en Polis

viernes, 30 de mayo de 2008

Vuelta



Foto: I. N. Ses coves, 2008

No voy a decir que no haya echado de menos la conexión con el mundo, ni este espacio donde asomarme, ni la sensación de poderme tomar mi té chino con el agua indicada para desayunar, ni mi movilidad urbana. Pero en vez del ruido espantoso de estas obras interminables (ahora están rompiendo el suelo del portal, lleno de sacos de cemento; mi nombre ha desaparecido de los semidestruidos buzones, el cartero echa las cartas por encima como si sembrara y nosotros tenemos que saltar una zanja para acceder a esos montones), y del polvo y el campo de grúas y fealdad que es ahora esta zona de Sant Gervasi, he comprobado que en esa isla (la parte norte es Reserva de la Biosfera, y eso ha servido para preservarla, a pesar de los terribles polígonos que ahora rodean Maó, y de la contaminación lumínica) aún existe la naturaleza y la quietud, que se puede vivir rodeada de un aire vibrante de pájaros, con caminos luminosos cerrados con "tanques" (las puertas al campo de Octavio Paz) y muros de piedra seca, caballos que se acercaban casi a saludarme en el camino al borde de sus cercados, un dragón precioso gris oscuro, con su arrogancia prehistórica en las ramas de un oleastro, conejos que salían huyendo locamente en una representación del "Br'er Rabbit" de Uncle Remus (arráncame la piel, abrásame vivo, pero sobre todo nunca me arrojes a los espinos, decía el conejo preso, y sus incautos captores le creyeron y le liberaron para que él pudiera reírse del zorro: "Bred and bawn in de briar patch, Br'er Fox, bred and bawn"... Cómo me costó entender esa cita, entonces, sin Internet, en cambio ahora se tarda un momento en identificar el deje afroamericano y sureño que Chandler Harris puso a sus animales: "Nacido y criado en el campo de brezo, hermano Zorro, nacido y criado"), tortugas camufladas con los colores del terreno, árboles arqueados contra el viento, matorrales bajos que a la puesta de sol componían una especie de fisonomía de sabana africana, palmeras desmochadas y mar al fondo, siempre mar de la isla.
He andado bajo la lluvia asombrada de la intensidad de los verdes para llegar a un insólito cibercafé de nombre árabe donde un inglés calvo me propuso que cantara por las noches en su local, y yo imaginaba esa otra vida, desaparecida de la vida urbana, cantando allí para unos cuantos ingleses, en un patio con palmeras. Al volver, un joven payés de ojos verdes y camioneta blanca me ofreció llevarme a casa, y mientras declinaba, detecté esa mezcla de timidez y deseo contenido y pensé que tal vez mi antiguo éxito en el mundo rural se mantenía pese a los años, ¿o es que existe la pura bondad? ¿O tal vez se trataba de aquella versión cristiana de los créditos universitarios, y aquel joven quería ganar indulgencias plenarias para un cielo con música de pájaros? En Vojvodina, en la casa de escritores serbia, todos me pedían que intercediera ante el guardés, al que consideraban un hueso duro de roer, pero que tenía una debilidad conmigo y me preparaba verduras y me traía panes de cominos que la poeta rusa y el nacionalista de Boka Kotorska codiciaban. Y es que, de pequeña, según contaba mi madre, yo era la favorita del lechero de Roses, que decía: "Todas son guapas, pero la rubia se lleva la palma", y a mí me daba mucha rabia oír esa frase, que producía hilaridad general, y juzgaba aquel extraño éxito rústico como los milagros de aquel ángel de un cuento de García Márquez, que no concedía nunca lo que se le pedía, sino otra cosa. Es decir, uno que necesitaba dinero, no lo conseguía, pero le crecían un par de alas. Por ejemplo. Y yo crecí convencida de que lo mejor era oscurecerme el pelo para cambiar aquella condición distinta, que sólo me servía -a mi modo de ver de entonces- para granjearme la hostilidad y las burlas de Anastasias, Drizellas y Rottenmeyer. Alguien (alguien que enloqueció por completo) dijo de mí que era una ilusa y tenía razón.
En esa quietud menorquina, mientras mi anfitrión, que se ha construido con su habilidad y su esfuerzo una gran casa solariega con un terreno que llega casi hasta el mar, trabajaba por ahí, yo empecé a integrar las correcciones que el editor minucioso ha sugerido para mi libro balcánico, y al releerlo, me gustaba, sentía aletear mi deseo de que todas esas conversaciones y viajes y relatos de guerra y reflexiones balcánicas se publiquen por fin, y me sentía agradecida de su buen tino, con rarísimas excepciones (en realidad, sólo disentimos en dos tipos de comas, pero no se puede pedir todo). También leí y reseñé un libro para La Vanguardia que aún no he enviado. Y leí atentamente los periódicos y planeé escribir en Polis muchos artículos sobre cosas que me indignaron y que ya casi he olvidado.
Una tarde, mi amigo de la isla y yo fuimos a buscar a los tres asnos que viven en su tierra. Son preciosos, uno en especial, con el pelo largo y gris, el más simpático de los tres, muy elegante, se quedó conmigo para que le acariciara mientras los otros dos corrían hacia el barreño de hojas de alcachofa y pan seco. Luego les alcanzó con un trotecillo ligero y casi arrogante.
El paisaje y la quietud me han producido momentos de rara felicidad. Otra tarde, al pasar junto a la cerca donde pasta un grupo numeroso de caballos que pastaban distraídamente, uno avisó al otro de mi presencia, y de pronto, todos se volvieron a mirarme y se alinearon muy serios frente a mí. En aquel momento, con todos los caballos observándome en una hilera horizontal, me entró la risa.
Más allá, al otro lado del camino, una yegua solitaria en su cercado, enmarcada por palmeras de fondo, se acercaba cada día y se dejaba acariciar tímida y nonchalante. Un día aprovechó para mordisquear una mata de hinojo. ¡A mí me encanta el hinojo! (Y también el hinojo marino, que vi crecer bordeando Ses Coves). El último día llovía intensamente y la yegua castaña rojiza no quiso salir de su refugio bajo el árbol, pero fue volviéndose poco a poco para no perderme de vista ni un momento. Hay algo mágico en los caballos y su forma de mirar a los humanos, pensé yo (recordaba las historias de aquella "susurradora de caballos" del libro de Jane Smiley, y también esa otra de la que me hablaron por aquí, que no se ducha y duerme con ellos para que confíen en ella, pero eso implica la desconfianza de los humanos!), mientras me alejaba.
El inglés del cibercafé, que tenía horarios libres ("Como es inglés", me dijo la del kiosco, como una japonesa hablaría de un gaiyín, loco diablo extranjero, "tiene otros horarios"...) me preguntó si no tenía ningún libro traducido al inglés, para que él pudiera leerlo. Quería invitarme a algo "to warm you after so much rain", pero yo le dije que tenía calor, sólo le dejé invitarme a agua, pero se empeñó en enseñarme las habitaciones y en anotarme los precios, por si un día quería estar allí, "a 5 minutos del mar". Yo me asomé a esos espacios para imaginar, como siempre, otras vidas posibles.
Y el último día, ayer, expulsada de la casa por razones incuestionables y exiliada en la casa vecina, en las ensoñaciones soleadas de otra piscina, con el aire lleno de pájaros, intoxicada de tanto leer y de tan maravillosa lectura (È difficile parlare di se, Natalia Ginzburg, que leo para mi conferencia del día 12 en el Ateneo, donde Lydia Oliva hablará de Giselle Freund y yo de NG, y también emborrachada de beber con los ojos ese paisaje que parecía dibujado, los árboles bajos acariciando el suelo y los arbustos oscuros y el campo amarillo desmelenado y hasta la palmera desmochada, la que indica hospitalidad para los antiguos musulmanes, parecía cepillada por una mano invisible, empecé a dejar que salieran al fin gérmenes de nuevos cuentos a mi cabeza y los anoté en mi cuadernillo negro, sorprendida de mis temas y mi deseo de rescatarlos. Y mientras los pájaros cantaban con mil voces distintas, unos silbando, otros ululando, unos roncos y otros metálicos o agudos y chirriantes como columpios oxidados y los grillos y el vuelo sutil de los insectos, yo sólo añoraba escribir en una hoja grande, sobre una mesa, o mejor, volver a la ciudad y a mi ordenador conectado a los amigos, o también soñaba con una yo conductora que recorriese la isla y revisitara nuestra vieja casa de Ciutadella, a pesar de aquellas cucharachas voladoras (paneres) que nos asustaban de noche en la cocina. Y anhelaba ya haber pasado la pesadilla de los aeropuertos, soñaba con viajar como la Bella, que para dejar a la Bestia sólo tenía que cambiarse el anillo de dedo en la cama y despertar en la mía, y me veía los colores de mi ropa prendidos del sol poniente y bailando con la música loca de los pájaros. Y los árboles negros se reflejaban en la cocina y la higuera lanzaba ráfagas de ese olor de mi infancia y todo parecía tan calmado y elegante y yo me consolaba pensando que volvía a un lugar feo y ruidoso donde algunos entienden lo que escribo y me leen.
Y también soñé que revisitaba la casa que fue de mi padre, "La Argentina", donde murió su segunda mujer y que acabó malvendiéndose. La casa, que salía muy bien dibujada en los mapas de la isla, seguirá conservando tal vez su belleza, a pesar de que el terreno alrededor se ha degradado irremisiblemente.
Al llegar, en Vasos Comunicantes (la revista de ACETT) me dicen que publicarán en castellano el texto de mi conferencia en La Pedrera. Lo estoy traduciendo y me alegra que salga ya, me reconcilio con ese texto que en su día me pareció difícil de encajar, entre mis extrañas vidas de traductora intrusa y la apoyatura de las citas en las que me columpiaba y lo simbólico que me envolvía como un mantillo. O como un bosquecillo. O una gruta. Fue a raíz de aquella lectura cuando el poeta CHM, tras comentar, "T'han aplaudit molt!" me escribió que había leído demasiado deprisa y él lo interpretaba como una forma de despreciar al público, lo cual me causó desolación y desconcierto porque yo, en cambio, me sentía acunada por la tensión que me producía la presencia del público, y aunque sé que corría demasiado (temiendo ser excesiva), les notaba todo el tiempo allí y no les desdeñaba, aunque les temiera un poco porque no era mi terreno. CHM añadió, generoso, que, de todas formas, si hubiera leído mejor, los aplausos habrían sido tan atronadores que habría caído el techo (de dunas) de la sala, y eso habría sido catastrófico. Y Dolors Udina, a quien CHM llama "la reina de la traducció", me dijo, a propósito de esa misma lectura y de mi ritmo acelerado: "Em sembla que forma part de la teva manera i a mi, personalment, em fa estar molt més atenta per no perdre'm ni una paraula... Per cert que la Montserrat B, una col·lega de la facultat, molt estudiosa, em va dir que normalment pateix quan algú parla de pressa però que en el teu cas va trobar que no podia ser d'altra manera, que el ritme era l'ideal." También una blogger me comentó que ella siempre lee mis textos deprisa y le gustó que yo los leyera al mismo ritmo, como si ésa fuera la forma adecuada. Y es que casi todo es subjetivo.
He visto a mi editor, de Melusina. La publicación de La plaza del azufaifo es inminente. Queríamos presentarlo en la calle, pero el Districte Sarrià - Sant Gervasi nos pone algunos obstáculos. No se pierdan el próximo episodio.
He ido a buscar unos librillos y por el camino me iba leyendo Metis, de Mireia Mur (ella secreta, oculta con ese segundo nombre, sin foto). Al principio iba doblando las paginas donde encontraba algo que me tocaba, pero al cabo de poco he visto que las estaba doblando todas. Y al lado la traducción castellana, de lujo, casi siempre luminosa (Ramon Balasch y Andrés Sánchez Robayna!) Iba reconociéndola con fruición en sus imágenes poderosas, en ese fuego febril que parece recorrerla como un nervio y dibujar su forma delgada y flexible, en su humor negro, que está en esa mirada suya siempre burlona, en la mezcla de dolor, humor y melancolía, en esa energía oscura y llameante, específica suya, entre la desesperación y la carcajada y la construcción materno-cotidiana y la voz que canta maliciosa, en sus múltiples yos: aquella que escucha las palabras que hay detrás de tus palabras, o la que, con las manos en la falda y la cabeza ladeada, pide a ese tú que la deje arrodillarse y morir para volver con las cuencas de los ojos llenas de serpientes y devorar a todos los hombres, o la culpable en el campo de asfodelos, o la que se enroscará en la columna del tú y será su eje, la vertical de su vida, o ¡las larvas del sarcasmo! Su libro es la afirmación de una voz, una voz libre y potente, que se pregunta y asombra y exaspera y burla y apasiona, que interpela al lector, que me ha interpelado a mí y me ha hecho preguntarme, me ha sacudido y por eso sé que es bueno y que Mireia Mur tiene que seguir escribiendo, escribiendo lo que quiera, pero ahora ya no puede ni debe parar. Ha sido un descubrimiento, he vuelto sin querer, directamente, al primer día que hablé con ella por teléfono. Tuve que llamarla para una traducción conjunta y hablamos y hablamos hasta olvidar la traducción aquella, pero no todas las demás, las que fuimos traduciendo en el aire a partir de entonces, para los museos, cuando cada una convencía a la otra de su solución y las cambiábamos simétricamente, cada una admirada del brillo de la otra... Hasta que quien supervisaba aquel trabajo decidió acabar conmigo, descalificándome y retándome a abandonar.
Y ahora vuelvo al sofá a leer, que me queda una hora escasa antes de la tertulia con un amigo...

martes, 29 de abril de 2008

En la Pedrera


Foto: Manel Armengol, Murs fantàstics, La Pedrera, 1983
Ayer había sido un día difícil, con el mismo estruendo implacable de las obras que ahora mismo me rodea y me produce desolación, y sembrado de inconvenientes, así que llegué a La Pedrera con un humor dudoso. Temía que cuando me tocara hablar, la gente ya estuviera cansada o con prisas y empezaran a levantarse. De hecho bromeé con que, si eso ocurría, yo diría: To be... or not to be, como aquel pobre Hamlet de Lubitsch. Pero no ocurrió. Al contrario, la sala estaba abarrotada y hasta al premiado le quitaron su sitio de primera fila mientras hablaba frente al atril. Era una sensación muy sugerente contemplar el techo ondulado, las dunas de yeso de Gaudí (eché de menos a un amigo que había vivido en La Pedrera, en una misteriosa simbiosis con el espíritu de ese edificio mágico-místico de Gaudí, y me ayudó a descubrirlo años atrás. Le nombré en la conferencia, seguramente no pudo venir. Yo no podía evitar recordar aquel otro techo gaudiniano de su casa, con una inscripción enigmática, y las excursiones nocturnas con él al tejado de guerreros medievales ni las fotos que hizo). Creo que esas dunas de yeso son perfectas para escuchar poemas. Leyeron cuatro de ese libro de Kavafis traducido por Eusebi Ayensa, ganador del premi de traducció poètica Jordi Domènech. Ayensa es un helenista de Figueres, que dirige el Cervantes de Atenas y es conseller de cultura de Riudemorts, y pasa la vida en los aviones. Él leyó los poemas en griego (se notaban poetas y traductores en el público, prestando oídos e inclinando la cabeza para captar esa fonética familiar y lejana de los griegos) y Montse Vellvehí, actriz, los leyó muy bien en catalán, de una forma pausada y vibrante al mismo tiempo. Había un poema sobre el remordimiento que me encantó.
Toni Clapès me elogió mucho al presentarme, fue generoso y entusiasta, y también crítico, dijo que la cultura catalana no se sabe, ni sabe valorar lo mejor que tiene y habló de Jordi Domènech y nos dio ganas a todos de que salga al fin el libro de sus poemas reunidos en Cafè Central-Jardins de Samarcanda. Sam Abrams presentó a Eusebi Ayensa como un helenista apasionado e incansable, que había perseguido siempre su pasión de saber.
Yo leí mi texto, y en esa lectura, pude ir mirando a algunos amigos (a pesar de mi miopía) en los momentos en que algo de lo escrito les concernía. Aunque debería haberme pausado (siempre tiendo a acelerarme y cuanto más me agobio, más me acelero en el ritmo), el público era afín y me aplaudió mucho, y al acabar muchos me felicitaron, entre ellos algunos traductores de poesía que se sentían identificados. Me felicitó el cantante Josep Tero, que había interpretado un poema de Kavafis traducido por Ayensa. Tero es de Empúries y bromeábamos sobre los tres del Empordà. De hecho, al llegar a la Pedrera, Eusebi Ayensa me preguntó "Tu ets de Figueres, oi?" Por lo visto, le habían llamado de un periódico ampurdanés que cuenta con un buscador de oriundos del Empordà y le habían advertido: "La conferenciant també és de Figueres", lo cual tenía su gracia. Como decía, Tero me felicitó con su sonrisa romana, o más bien etrusca, y me dijo varias veces "Has treballat molt"... Le dije que no. La verdad es que había gozado escribiendo esa conferencia, surgían muchas reflexiones de tantos años traduciendo (en eso sí que he trabajado mucho, aunque para alguna interlocutora institucional, ese trabajo no tenga valor) y él me dijo: "Aleshores ets molt sàbia", lo cual no es cierto, naturalmente, yo no sé nada, no soy erudita, ni estudiosa y admiro a los que lo son, y mis aprehensiones de las cosas son siempre fragmentadas, caprichosas, sesgadas. De hecho, mi texto de ayer empezaba explicando por qué me siento intrusa. En la traducción, en la escritura, en la lengua catalana, en la crítica literaria y en casi todo.
Luego tuvimos cena en el histórico sagarriano Bauma y tertulia en un bar cercano. Lo pasamos muy bien, con esa combinación de humor, curiosidad, intercambio de pensamientos y entusiasmo. Me tocó un matemático al lado, apasionado de su materia, y cerca estaba la poeta visceral e inteligente Esther Zarraluki y la reina de la traducció (Hac Mor dixit) con quien tengo pendiente un libro sobre el tema. Y resultó que el reflexivo patrocinador del evento, amigo del poeta y traductor desaparecido cuya memoria es la razón de todo eso, era hermano de un amigo mío de la preadolescencia, a quien me habría gustado ver también allí. También apareció un histórico, mi antiguo profesor de matemáticas y física, navegante: creo que no se aburrió.
En cuanto al texto, saldrá publicado por Cafè Central dentro de un año.
Por cierto, qué ilusión me hacía ayer, bajo las dunas del techo y los árboles del Passeig de Gràcia asomando por las generosas ventanas gaudinianas, ver entrar y sentarse silenciosamente a algunos amigos que vinieron a escucharme. Les veía buscar asiento, me daban ganas de hacerles gestos para indicarles que tal o cual estaba por allí cerca. Sus caras entre el público me hacían sentir acogida, en plena hospitalidad. Esa gratitud se queda ahí como un poso feliz de la amistad. Y también estaba G., con la guapa P., los espectadores más jóvenes. Mucho más tarde le mandé un sms a G. para decirle cómo me había gustado verles entre la multitud y me dijo: "M'ho imaginava. Per això intentava mirar-te entre els caps..."

domingo, 30 de marzo de 2008

Ociosidad

Ilustración: John Tenniel, la oruga y Alicia

El fin de semana es una entelequia. Siempre me propongo aprovecharlo y cuando me doy cuenta el tiempo se ha evaporado. Pero qué felicidad ese ritmo ocioso y lento que empieza la tarde de los viernes y se prolonga hasta la noche del domingo. El viernes por la noche hice un poco de vida social. El sábado empecé a leer y a tomar algunas notas para mi conferencia sobre traducción y a medio camino necesitaba unas citas que no tenía, así que me fui a La Central, donde me encontré a una amiga generosa que justamente me había comprado el número de Magazine Littéraire "Les écrivains et la psychanalyse", que pinta muy bien, aunque aún he leído poco, pero el punto de vista no podía interesarme más, sobre todo cuando se habla de autoficción. Debería llevar siempre un ejemplar encima para contestar a todos esos que "no comprenden" lo que escribo y me llaman narcisista o eufemísticamente "muy valiente" e intentan convencerme de mi error o pretenden que les da repelús como si esto fuera un escaparate o una ventana, pero insisten inexplicablemente en leerme. Allí me compré un libro de Octavio Paz sobre traducción. "Pero es una reedición", me dijo Pere Gimferrer, a quien felicité por su conferencia sobre Rimbaud en la Residencia de Estudiantes, le dije que había hablado del librito en este blog y me respondió extrañado que no era una novedad, sino un librito publicado hace años... Estos editores creen que sólo puede hablarse de novedades, pero por suerte, en un blog no estamos sometidos a esa esclavitud del mercado y podemos hablar de libros de cualquier tiempo, aunque hayan desaparecido. Uno siempre puede encontrarlos en iberlibro, en una librería de Cacadelos, León u otra canadiense. Justamente en la puerta de La Central me encontré a un amigo escritor que hablaba con una planetaria. Él le decía que tal vez hubieran destruido los ejemplares de una novela suya publicada hace años en Planeta. "No, le dijo ella, antes recibirás una carta que dice: 'Vamos a destruir las copias de su libro X. Le mandamos 200 ejemplares..." A mí me parece siempre desolador que los editores hagan eso. No comprendo por qué no pueden mandar esos ejemplares a bibliotecas, cárceles. colegios, libreros de viejo... Pero por lo visto sigue siendo una práctica habitual. Mientras estaba en la librería me llamó Bertini, que como siempre se disponía a salir para una de sus múltiples fiestas y cenas, esta vez de cumpleaños. Cuando al fin logré llegar a casa, estuve leyendo un capítulo que Alberto Manguel dedica a una traducción de Rilke en su Historia de la lectura. También leí un trozo de Octavio Paz, otro de Maurice Blanchot, picoteando citas para la misma conferencia.. Más tarde había quedado para ver Jefferson in Paris y Le Divorce, porque mi reproductor de DVD está obsoleto, y se niega a ver películas con formatos raros, pero enseguida le pondré remedio (esos aparatos son muy baratos. Lo que no entiendo es por qué los equipos de música valen tanto en este país y tan poco en USA, una diferencia de 1.000 a 100 euros. ¿Cómo es posible?). Pero antes de salir me llamó un amigo madrileño y artista, que vive en el campo y dice que está agotado de vivir en la encrucijada constante desde hace meses y quería que le echara las cartas. Como salió el tema de mi vida amorosa, le anuncié que estaba pensando en ingresar en las Clarisas de Pedralbes y me preguntó con gran interés si creía que el convento era mixto, en cuyo caso quería que le reservase una plaza. Dijo que si teníamos alguna urgencia de revolcón siempre habría un sacristán, aunque yo pensaba más bien en un jardinero, siguiendo la tradición de lady Chatterley, pero él es mucho más perverso. Yo me imaginaba escribiendo en una bonita celda, como la monja iluminadora Ende, pero él conocía una monja actual, llamada Isabel Guerra, que pinta sin rubor una especie de feos Murillos y así incrementa la liquidez del convento. Las cartas de mi amigo salieron brillantes, Jefferson in Paris me gustó (el artilugio que usaba TJ para escribir con copia! Ivory no deja escapar nunca esos detalles), y también me gustó Le Divorce, dos películas de apariencia clásica o incluso convencional, pero donde todo está contado con una finesse d'esprit y una sutileza sorprendentes, y donde se muestra a los personajes con toda su complejidad y contradicciones como quien no quiere la cosa. La primera era una película histórica, se trataba obviamente de Thomas Jefferson, y la ironía comparativa entre lo americano y lo francés me hizo pensar en una película extraña y poética de Sokurov sobre la caída de Japón y la soledad del emperador y la entrada de los americanos, donde por un lado mostraba el refinamiento rancio y sofisticado y a la vez casi infantil de la vida del emperador, aislado del mundo entre sus servidores, y por otra la brutalidad zafia de los americanos, pero también su sentimiento democrático frente a la decadencia imperial, etc., todo en una atmósfera en penumbra, entre lo claustrofóbico, lo preciosista y una distorsión brutal de las costumbres. Naturalmente, el estilo de Ivory es completamente distinto de Sokurov, pero su Jefferson mantiene esa misma dualidad, hecha de preguntas y dudas y matices: los americanos y su democracia, los americanos y la esclavitud, el clasismo de la Francia prerrevolucionaria, el hambre, y también la repulsión francesa hacia la esclavitud y el racismo. Todo eso en una trama donde las amistades amorosas, las afinidades y la música están siempre en primer plano. Hoy he ido a comer a una tranquila casa en la calle Gomis y al volver he decidido serpentear subiendo y bajando las colinas del Putxet. A pesar de la desolación que me produce ver los horrores construidos, la proliferación de grúas y de feos edificios ganando siempre terreno a las bonitas torres y los jardines, era una tarde tan luminosa que parecía que todo estuviera por venir... Tarde, he leído un artículo genial de Vila-Matas hablando de una especie de fantasma de la ópera catalán y expresando su nostalgia de la invisibilidad. Y lo dejo aquí, de nuevo con extrañas prisas, siempre como el conejo blanco de Alicia.