jueves, 9 de febrero de 2012
Vuelta a las viejas librerías
martes, 27 de septiembre de 2011
Traduzco
martes, 7 de junio de 2011
Héme aquí
jueves, 30 de septiembre de 2010
Esta tarde, en el Día Internacional del Traductor
viernes, 9 de julio de 2010
He estado escribiendo
lunes, 12 de abril de 2010
La mujer de la foto
Foto: C. y yo, en Roses, no sé en qué año.
La mujer de la foto se cayó cuando tomaba el sol en la terraza de su casa. Debió de darse cuenta porque le dio tiempo a agarrar un cojín y parar algo el golpe, aunque sus gafas fueron a parar bajo una maceta. Ahora está en la UCi de un hospital. Yo fui a verla precisamente el día de mi cumpleaños. No me pareció casual que precisamente ese día cayera en ese olvido misterioso, esa desconexión que es la embolia. Ella, que guardaba mis rizos cortados de niña, en una vieja adoración que me escandalizaba y tardé mucho en comprender. También ella había tenido una infancia violenta y eso la condicionó. Pero me salvó, a su manera fragmentada y extraña, como pudo, como supo, así que eso le debo.
Seguí un impulso e hice una larguísima excursión en metro. Patricia Highsmith, como buena pragmática americana, daba ese consejo para el bloqueo, decía: haga un viaje y, si no tiene dinero, coja un autobús o un metro a un barrio desconocido o poco habitual. Yo no estaba bloqueada. Es más, al saber la noticia que me devolvía directamente a mi infancia, me puse a escribir este post y me di cuenta de que estaba escribiendo algo de la novela, así que rescaté el texto y me lo llevé de aquí.
C. me reconoció y me sonreía, intentaba hablar, balbuceando, y hacía gestos de desaliento y leve impotencia. A veces me entendía, otras se perdía en las profundidades y repliegues del cerebro semidesconectado. Le dije que había hecho una cosa bien y era escoger a ese hombre que la quiere tanto, y ella sonreía con un gesto de niña y me apretaba la mano. Mientras estaba allí, me llamaban para felicitarme y tuve incluso una llamada tan exótica y ajena que me rescató por completo, así que salí del hospital pensando que por suerte el mundo era sureralista y no me abandonaba nunca su ambivalencia tragicómica. Era extraño verla enmudecida a ella, tan habladora y fabuladora, siempre cargada con su intensa combinación de insight, obsesión de lo que fue y una contradictoria dualidad de resignación cristiana y memoria judía.
Al volver, en facebook tenía una lluvia de felicitaciones, con un misterioso visitante de un pasado no tan remoto que se extrañó de que yo no le reconociera. Y de hecho, mientras andaba por la calle pensé: ¿Quién puede empeñarse en escribir en catalán con esa endiablada ortografía, y al mismo tiempo, atinadamente o trasluciendo algo potente? Y me pregunté si podía ser precisamente el que era, un cineasta al que no he vuelto a ver en treinta años. No sé si volveré a verle, pero ya sabiéndolo, me he fijado en la silueta de espaldas que pone como perfil, con una figura de Giacometti al fondo, y sí, como diría mi amigo serbio, "encaja".
Estoy enmarañada en distintos ámbitos, el sábado tengo la conferencia de Visor en Sant Salvador, mañana tengo que entregar un texto urgente para el museo, sigo organizando un cartel que baila y se mueve constantemente, y al mismo tiempo otro trabajo se complica y a veces dudo si se va a pique. Por otra parte, tenía que escribir una reseña comprometida, que implicaba criticar lo que nadie toca, lo que todos defienden, lo que cada vez se consolida más. Pero yo no podía ya no decir lo que pensaba; sólo podía reflejar mi conflicto con el libro, para que los lectores juzguen y tal vez decidan precisamente comprarlo por la pura polémica, por la intensidad que la crítica afilada presta al objeto de discusión. Y tal vez debería haber pensado en la reina de corazones carrolliana y su mandato implacable cayendo sobre mi cabeza. Así son las cosas. Por cierto que mi amiga americana me dice que le ha entusiasmado la Alice de Tim Burton; así que iré a verla, pese a todo. G. ha venido un momento: ha aprobado el examen de conducir y estaba exultante. Luego se ha ido precisamente al estreno de esa Alicia timburtoniana y me ha mandado un sms entusiasmado, hablando del gato de Cheshire.
No sé cuándo podré escribir más, ni poner más links... Hoy no me he levantado del asiento -salvo media hora de frugal colación, pensaba en MB y su frenesí de máquina de escribir- y hasta las 20h, en que he ido por el periódico, unos pomelos y al librero de la calle Berlinès, a recoger el libro de Gil de Biedma editado por A. Jaume (por cierto, el librero estaba rodeado de una orografía libresca de santjordi, incluyendo mis cuentos). Pero estoy contenta, intentando acabar y con la sensación del deber cumplido... aunque sólo pienso en si mañana corregiré a tiempo para poder revisar mis notas y atreverme a entrar en ese archivo poderoso, ese castillo de irás y no volverás que es mi novela.
Me ha hecho ilusión ver que EVM había puesto una frase mía en esa sección titulada, con elegante autoironía Abrazos a Dublinesca ou la Demande d'amour, donde se reúnen frases de críticos del mundo. Hoy una joven poeta me decía que le gustaron mucho mis cuentos. Y me ha llamado mi editor de Crucigrama para hablarme de ellos con entusiasmo y sensibilidad y explicando con detalle su fruición y el por qué de su entusiasmo, con ese feedback interesante que nos permite comprender qué encuentran los otros, qué leen, qué hemos escrito incluso sin saber, sin más proposición que la inconsciente. Su llamada me ha cogido por sorpresa y me ha alegrado el espíritu. Ah, y al oscurecer, una música que me regaló L.O. me ha repuesto de todos mis esfuerzos, una música sacra, maravillosa, que me transportaba al claustro de un monasterio, la Messe de Notre dame de Guillaume de Machot.
miércoles, 31 de marzo de 2010
Hace casi una semana que no escribo aquí
jueves, 18 de febrero de 2010
Fui a comer
martes, 3 de noviembre de 2009
Volver
miércoles, 6 de mayo de 2009
He vuelto felizmente a la escritura
viernes, 30 de mayo de 2008
Vuelta
El paisaje y la quietud me han producido momentos de rara felicidad. Otra tarde, al pasar junto a la cerca donde pasta un grupo numeroso de caballos que pastaban distraídamente, uno avisó al otro de mi presencia, y de pronto, todos se volvieron a mirarme y se alinearon muy serios frente a mí. En aquel momento, con todos los caballos observándome en una hilera horizontal, me entró la risa.
El inglés del cibercafé, que tenía horarios libres ("Como es inglés", me dijo la del kiosco, como una japonesa hablaría de un gaiyín, loco diablo extranjero, "tiene otros horarios"...) me preguntó si no tenía ningún libro traducido al inglés, para que él pudiera leerlo. Quería invitarme a algo "to warm you after so much rain", pero yo le dije que tenía calor, sólo le dejé invitarme a agua, pero se empeñó en enseñarme las habitaciones y en anotarme los precios, por si un día quería estar allí, "a 5 minutos del mar". Yo me asomé a esos espacios para imaginar, como siempre, otras vidas posibles.
martes, 29 de abril de 2008
En la Pedrera


