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domingo, 14 de octubre de 2012

Nubes


Foto: I.N., Nubes y chimenea, ayer por la tarde, 2012
Llevo tanto tiempo viviendo prisionera en un cuerpo convertido en una jaula dolorosa que me cuesta creer que podré salir de él, y sin embargo, sarinagara, todas mis esperanzas se centran en una intervención para la que siguen sin darme fecha, y pasan los días y yo contemplo el cielo: de día registro los cambios de las nubes con fotografías, de noche sólo me quedo estupefacta ante la interpelación de las estrellas. Una poeta y escritora que me encanta, Isabel Mercadé, aunque se prodigue menos de lo que algunos quisiéramos, publicaba hace poco un poema como una oración, titulado "Arrancando belleza"

Un poco de belleza
no resignarse
arrancarla
bajo los andamios
o sobre el ruido
danos un poco
                                     Dios
entre el miedo y la sombra
y la luz.


A mí, esa plegaria me fue concedida, tal vez porque, de pequeña, aprendí a buscar en el paisaje lo que me faltaba en mi vida, la hospitalidad que no tenía. Sentía que los pájaros cantaban para mí y atribuía a aquella esplendorosa belleza que entonces me rodeaba promesas de felicidad futura, mensajes del universo de que había algo más para mí en el mundo, otro lugar (y era verdad, o lo fue, quién sabe).
Ante mi malaise, he recuperado la visión de ese espectáculo que, según escribía Virginia Woolf en On Being Ill, la Naturaleza despliega aunque no la miremos y a veces sólo los enfermos tienen el privilegio de contemplar. Eso no significa que no sienta a momentos furia y desesperación, cuando no ataques de melancolía, como ayer por la tarde, cuando volví a empeorar después de dos días de franca mejora, y en esos momentos, mientras además resisto que no me den fecha para la operación y pasen las semanas, no soporto que algunos, que me preguntan cuándo me operan, ante mi respuesta de que no lo sé, me aconsejen "paciencia". Esa palabra venenosa, aunque sea bienintencionada, con su aire de suficiencia monacal, me exaspera. ¿Qué creen que he ejercido desde abril hasta ahora? ¿Acaso saben si ellos resistirían con paciencia vivir sin poder dormir noches enteras durante meses, sin poder respirar hondo, ni andar, ni entregarse apenas a ningún goce físico, intentando olvidar el cuerpo que me aprisiona para poder leer, escribir o soñar, sin poder viajar ni bañarse en el mar ni adentrarse en un bosque, añorando la vieja relación con el propio cuerpo? Me gustan los amigos que me dicen: "qué putada", "es una pesadilla", no te preocupes, verás cómo pronto se acaba", "conozco a tal que se recuperó de lo mismo" o simplemente procuran hablarme de libros y escritura, música y cine, y escuchan mis quejas con un empático silencio. Pero a aquellos que me escriben "paciencia" no los comprendo, aunque sé que tienen buena intención y que es casi algo aprendido, y yo no pueda evitar que me suene tan despiadadamente católico.
Vi una película que me encantó, Les amants réguliers de Philippe Garrel, me la prestó un amigo cineasta a quien mis cuentos más "políticos" ("El día en que mataron a Puig Antich" y "El día que murió Franco") le habían recordado a ella. No había visto yo nunca tan bien contado no sólo el espíritu rebelde del 68 (yo sólo conocí el de los setenta y fu), sino esa mezcla de vitalidad, deseo, rebelión y melancolía de los jóvenes, que aún en su desesperación se muestran con toda esa belleza y energía física desbordante, de la que no son conscientes, y la gestualidad de esos actores es magnífica, y ese París blanco y negro y esas asociaciones a la pintura y la poesía, a la tradición romántica encajada en su contemporaneidad, y los tiempos reales de la espera, en las barricadas, a diferencia de las tramposas narrativas de acción de las películas estándard, y los silencios y la música, todo eso sigue aún conmigo. 
Me hizo gracia que alguien me "acusara" de falta de romanticismo o de emociones en mis cuentos, como si hubiera algo despiadado en Algunos hombres... y otras mujeres, aunque no dijo que le desagradara. Por cierto que le envié a ese alguien el primer capítulo grabado en audio de mi novela, la que está a la espera de salir, y al verlo en el email enviado volví a escucharlo: aunque estaba leído a toda velocidad, al acabar pensé que había algo poderoso en mi escritura de esa historia, me acordé de las opiniones de mis interlocutores y me fui a dormir contenta pese a mis miserias.
J. sigue trayéndome más suplementos literarios extranjeros de los que me da tiempo a leer y además de un luminoso especial Queneau en el Magazine Littéraire, anoche leía en Le Monde des livres un artículo sobre la biografía del cineasta Renoir que descubría tal vez demasiado sus flaquezas, o eso me pareció a mí, pero que sentí curiosidad por leer. 
Leo para La Vanguardia dos Julien Green y un Baudelaire. He tenido que abandonar por ellos a Segimon Serrallonga, el Barcelona de Josep Pla y tantas otras cosas empezadas (unos cuentos de Ingeborg Bachmann) que me traían los amigos o me mandaban editores, incluyendo un Laocoonte salvaje de J. Ribalda que sobre todo me dio ganas  de buscar Luces y sombras del flamenco, de Colita y Caballero Bonald.
Gracias a Itziar González Virós, que vino a traérmelo, pude leer la magnífica "restauración" que esa valerosa y culta arquitecta-restauradora ha hecho con el Barcelona Pam a pam de Alexandre Cirici Pellicer (a quien tanto admiré y cuya figura aquí insólita y heterodoxa, de defensor apasionado del patrimonio y a la vez pionero impulsor de las vanguardias, con su erudita cultura visual y sus excentricidades (arquitecto aunque no quisieran darle el título, historiador del arte, escritor, ilustrador de los diccionarios de latín, diseñador de los cabezudos de la Mercè, publicista moderno, etc), añadiéndole el Per no perdre peu, que es una mirada crítica y a la vez ecuánime e inteligente sobre la ciudad, con la misma pasión barcelonesa de Cirici. Una gozada. Hay que correr a comprárselo, si uno aprecia esta pobre y maltratada ciudad. Itziar González Virós es alguien que yo siempre quise conocer, porque en este país y en esta ciudad hacen mucha falta personajes como ella. Verla fue una alegría, no sólo porque me considera heredera del espíritu de Cirici (esa idea me encantó, ojalá que así fuese) y porque quiso traerme el libro personalmente y me escribió una dedicatoria generosa, sino porque además, su personalidad va mucho más allá de todo lo que ha hecho y está llena de matices insospechados y capaces de iluminar una tarde, ahora que anochece tan deprisa.
Esta mañana, en el intervalo de melancolía que me quedaba como resaca de ayer, ha venido J. y ha tenido que escuchar mi desesperación y se le ha ocurrido hablarme de Rufus, de cómo me ha acompañado en esta época de enfermedad... Y yo he pensado en cómo su compañía ha hecho todo mucho más suave y lleno de belleza (por mi plegaria atendida, porque aprendí a buscarla para escapar del dolor), con sus ronroneos y su proximidad empática, con esa independencia de los gatos, que no exigen atención porque ven lo invisible y están siempre pendientes de otras cosas (a veces Rufus duerme en la habitación de invitados de cara al espejo, como si su imagen le acompañara, pero viene enseguida a reunirse conmigo cuando me oye levantarme en mitad de la noche). Y a veces, llora suavemente porque no puede reunirse con la preciosa gatita del piso de arriba, que se asoma a mirarle desde sus dos terrazas, e intenta escaparse escaleras arriba cuando abro, para maullar a la puerta de encima. "¿Pero no está operado?" me preguntó alguien. "Sí", le contesté yo, "pero es un gato romántico". Por cierto, que hace unos días descubrí que una inteligente y preciosa lagartija vive oculta entre unas tablas en la terracita sur, justamente la que más frecuenta Rufus. Ojalá nunca la encuentre.

lunes, 1 de octubre de 2012

Ondas expansivas


Foto: I.N., Nubes de atardecer, 2012
Pasé una prueba que me produjo un terremoto interior y las ondas aún siguen expandiéndose, de forma que mis noches son agitadas, la inflamación intensa, con su estela de dolor en mi caja torácica y sus consecuencias innombrables y todo se hace difícil mientras espero unos resultados que condicionarán mi futuro y que conoceré como muy tarde a mediados de esta semana. Entre los tres escenarios posibles, uno es ideal, aunque sería más prodigioso, el segundo es más duro, pero aceptable para salir de mi condición de ahora y el otro significaría la nada, y espero que no sea ese tercero en ningún caso. A la prueba me acompañaron Giuseppe y Caterina, dos amigos de siempre alegremente recuperados, e intentaron compensar mi nerviosismo ante aquella estentórea atmósfera del gabinete del Dr. Caligari (JN dixit), con un vozarrón grabado que atronaba como una ogresa: "¡Coja aire! ¡Aguante, no respire!" y cuando ya estaba a punto de estallar, volvía, implacable: "¡Puede respirar, pero no se mueva!", mientras yo sentía subirme a la boca un sabor a borrachera de licor malo del brebaje que me inyectaban. Antes de eso, una enfermera había salido al pasillo y nos había dicho, a otro paciente y a mí: "Cinco vasos cada uno", y nos dio sendas jarras y vasos. Caterina quiso saber, si aquel hombre tenía que beber cinco vasos, yo, que debía de pesar una tercera parte que él, ¿acaso no podría con menos? Pero la enfermera repitió la orden como sonámbula, incapaz de razonar por su cuenta. El hombre se lo bebió sin problemas.  "No puedo ayudarte", me dijo. Yo sentía fuertes náuseas y cada vez daba arcadas más violentas, además de unos gases que subían acelerados. Al acabar el cuarto me quedaba la opción de intentar el quinto y echarlos todos o dejarlo. En ese momento llegó una señora con un sombrero, cogió mi vaso y se dispuso a beber, creyendo que era agua. "¡Alto!", le dije. Estaba tan sedienta que todo le daba igual, de quién fuera el vaso, lo que pudiera contener. Luego me contaron Giuseppe y Caterina que, cuando le llegó su turno, se lo tomó encantada y dijo que estaba bueno. Después, Giuseppe me acompañó a casa y nos detuvimos para celebrar un pequeño ritual compensatorio. Pero mi malestar estaba a punto de empezar. La noche fue endemoniada.
En estos días he vuelto a leer a mi adorado William Blake, de quien yo he leído y releído su "Milton", pues gracias a Casasses me compré una preciosa edición inglesa de sus Complete Works ilustradas por el propio Blake y con unas notas maravillosas para explicar esa contra-cosmogonía tan afín y tan moderna en la que aclara que el alma y el cuerpo no son entidades separadas, que la energía y el deseo no deben reprimirse y que hay que tomar el partido de los demonios y no el de los ángeles, como le ocurría a Milton sin saberlo. Y es que A.C. y la reina de la traducció me trajeron una versión bilingüe  maravillosa traducida por otro demonio blakiano que ha seguido esa tradición iluminada catalana y que es la de Segimon Serrallonga, verdagueriano y complejo, a quienes mis amigos poetas conocían y admiraban (publicada por Jardins de Samarcanda, naturelich!). Y es que cada vez que miraba a ver cómo resolvía él la escritura de Blake (a Blake se le puede leer en inglés más fácilmente incluso que a Shakespeare y a Dickens), siempre encontraba su gracia y su libertad y su afinidad relumbrando como tizones encendidos y con una naturalidad que sólo da el puro genio. Y su prólogo, que empieza con la imposibilidad de traducir, me resultó afín a mi propio espíritu. 
También he visto gracias a ellos Die Frau mitt 5 Elefanten, una película a la vez oscura y luminosa, de una traductora ucrania de Dostoievski al alemán, con una historia trágica y a la vez llena de su pasión por las palabras, de su vitalismo y el afecto que la rodea, la obstinación de un orden cotidiano de cocina y pulcritud, y también las sombras y la interrogación sobre su pasado de traductora para una autoridad nazi, ¿acaso no es el traductor el segundo autor del texto?
Anoche salí a cenar con mi amigo cineasta y el arquitecto humanista. Estuve dudando hasta el último momento, me preguntaba si podría. El día antes había tenido incluso algo de fiebre, con un ataque de frío que me llevó a envolverme en mantas y poner la calefacción mientras llovía y llovía como en el cuento de Somerset Maugham. Anoche me sentía mejor, pero pese a todo tuve que retirarme pronto y bruscamente porque empezaba a notar mis troubles digestivos y la agitación gaseosa me ahogaba. Pero dos preguntas de los dos comensales me llevaron a escribir un poco más, en esta nueva intensidad recobrada. Y es que tras unos días de dudas, en que me parecía escribir pure facts without music, al fin ha vuelto ese nervio de la escritura mía y puedo escuchar la música que me arrastra a seguir. Aunque escribo homeopáticamente, porque escribir del presente es así, no permite avanzar mucho, un pensamiento diario, dos cuando hay suerte... Pero qué felicidad...
Tengo que decir que, a pesar de mis malestares diarios y de los momentos de pura desesperación y nerviosismo que generan, yo me siento aún llena de energía y esperanza. No he perdido todavía el humor. No veo nada admirable en mi resistencia, aunque mis amigos me feliciten, es la única alternativa que tenía, y quién sabe lo que sería de mí si se cumpliera el peor escenario de los tres posibles. Sólo espero con firmeza que eso no ocurra, no puede ser, ¿si no fuera así, de dónde saldría esta fuerza?
A estas horas, los resultados de mi prueba, gracias a J., ya obran en poder del cirujano. No he querido ver ni saber nada antes de que él lo viera. Mi futuro está en juego en este momento, bajo este sol radiante, la hamaca y los estornudos de un Rufus ovillado en la butaca negra...
Incluyo aquí la última Carta india de JP., que he recibido estos días. Es muy larga, pero vale la pena porque permite viajar a Varanasi con la mirada de un escritor connoisseur, que sabe vivir entre ellos con la humildad y la apertura necesaria, en sus estancias allí. Perdonen que no ponga las cursivas o si falta algún acento:

Te envié el texto del que te había hablado, quizás demasiado largo, tu verás. Sigo feliz, me aterra la idea de volver, aunque sé que es necesario. Terminé de leer un libro que creo que te encantará cuando te lo preste, Legends of Khalak de O.J. Vijaya, el escritor de Kerala del que te hablé, este año tengo una extraña conexión con Kerala, hice tres amigos de ese origen, uno en Delhi Santosh, un hombre de izquierdas, que habla español, pues pasó años en EEUU, y en Nicaragua, aquejado de la lepra blanca, esa enfermedad en que uno pierde la pigmentación, otro en Ladhak, un restaurador de obras de arte que asistía a un congreso y que fotografiaba pájaros y por eso nos hicimos amigos y un soldado a punto de casar se y volver a casa en Delhi. En el libro de Vijayan, los niños devuelven a su maestro la fe en los renacimientos. Ahora me puse a leer Crossing the dark waters de Anand, y creo que me está gustando más que The Private Life of an Indian Prince que teóricamente es su mejor novela. Aproveché que puedo disponer durante un rato del ordenador de Rocío para enviarte el texto de modo normal y no como siempre sin acentos y sin eñes.
Ojalá estés mejor. Espero que mi texto sirva para compartir contigo un poco de la felicidad que siento al estar aquí y eso que como paró de llover, y la lluvia es mi musa, quizás lo encuentres árido.
Un beso.

Bengalí Tola
Bengalí Tola es el nombre del barrio donde esta mi pensión. Antes era la zona donde vivían los bengalíes, que a la manera de muchos de los rajás y maharajás de India, tenían una casa en Kashi (Varanasi, Banaras, Benarés) para poder venir de vez en cuando a hacer sus pujas, quemar a sus muertos o simplemente esperar la muerte cuando ya llegaban a cierta edad. Todavía hoy muchos de sus descendientes residen en el barrio y hablan hindi con acento bengalí. En la calle principal un poco alejada del río y los ghats, la que va desde Godaulia a Sonarpura y luego sigue hasta Assi, ya en el extremo sur de Varanasi, se pueden ver todavía algunas de las bellas casas coloniales que construyeron, con columnas en piedra de todos los estilos griegos, graciosas columnitas de hierro en la veranda o galería superior, bellos jardines ahora casi abandonados y pórticos con plataformas de piedra a modo de bancos a los lados. En el interior del barrio las casas son modestas, salvo una muy bien conservada de un juez de Calcutta, ahora convertida en hotel, y alguna otra que ahora se haya dividida en pequeños apartamentos. Muchas de las más bonitas están cayéndose a pedazos y son sustituidas por nuevas construcciones.
   La calle que atraviesa Bengalí Tola y comienza en Sonarpura deslizándose paralela a los ghats y terminando en Dasashmavedhghat, el ghat más importante de Varanasi (significa ghat donde se hizo el sacrificio de los diez caballos, un sacrificio que hacían los reyes en tiempos védicos) es una calle estrecha, a pesar de llevar el pomposo titulo de Main Road, apenas dos metros de ancho. Al principio hay unas cuantas tienduchas donde se fríen en grandes recipientes de hierro las samosas, masalas dosas y otras comidas favoritas de los indios, un poco como nuestras tapas y que sirven sobre todo para cenar. También algunas tiendas de dulces. Luego se llega a un recodo donde hay una gran confitería, no tan famosa como la del cruce de Sonarpura (una de las mejores de Varanasi y donde me gusta refrescarme con los kulfi, los helados de leche y pistachos), pero favorita entre los rickshaw wallas y llena siempre de perros y de vacas que se aprovechan de las sobras. Un zapatero tiene allí instalado su "establecimiento" en el suelo, aprovechando que es un buen sitio de paso y que tanta gente visita la confitería. Después hay un precioso templo shivaísta que han profanado estéticamente al adosarle una caseta de hojalata donde venden verduras y pintarle con pintura plástica roja su bello Nandi (el buey sagrado que siempre se haya en los templos de Shiva frente el santuario), las apsaras que lo circundan (bailarinas celestes)  cumplen la función de ménsulas portando instrumentos musicales y algunas pequeñas figuras infantiles. Luego viene el famoso templo dedicado a Ganesha, el Sri Chintamani Ganesha Mandir, en el que hace poco se celebraron conciertos de música (bhanjan) debido al festival y en su santuario alberga una gigantesca figura del dios. Cerca de él se encuentra una tienda de un artesano que hace los famosos juguetes de madera pintados de colores vivos, como músicos, diversas divinidades, carromatos, elefantes...y enseguida mi tienda favorita de dahi (yoghurt) delicioso, aunque sea de leche de búfala y no de vaca como requieren los más sibaritas o los más ortodoxos. Una de las casas antiguas de este tramo el cual tiene la ventaja de que en uno de sus lados hay un gran asiento de piedra y las casas son bellas construcciones con galerías de piedra labrada, esconde en dos de sus ventanas que dan a la calle sendos lingams que apenas se divisan a través de los barrotes de hierro que las protegen. No son tan grandes e impactantes como los otros dos que están un poco más adelante cerca de mi pensión, pero son mucho mas queridos y como en todos ellos aun en los más gastados y escondidos nunca faltan ofrendas, flores y hojas.
 En esa casa donde  están los grandes lingams hicimos yoga una vez invitados por una especie de ángel caído, un sadhu naga que había abandonado el celibato, se había casado con una sueca, habían tenido un hijo, compraron esa casa y ahora ya separado de ella vivía con una italiana. Estaba muy mal visto, nunca los he vuelto a ver, pero los grandes lingams decorados con malas de rudraks siempre tienen una guirnalda de nardos. Frente a la tienda de dahi, una residencia de jóvenes brahmanes, brahmacharyas, jóvenes bhahmanes célibes, y un taller de tejedor donde en un telar manual jóvenes musulmanes tejen los complicados y ricos saris por los que es famosa Kashi..Y  más allá un alfarero que vende lámparas, pequeñas huchas para los niños, vasijas para las pujas de preciosa decoración hecha con arena que parece de oro y otros cacharros de barro…
    Al llegar al fondo de este tramo, la calle se junta con el río, por un callejón se llega a uno de los dos ghats de las cremaciones que hay en Varanasi, en una zona donde hay un gran templo como los del Sur de la India pues es la zona donde viven los tamiles. En la esquina del callejón hay una casa donde en 1868 se albergó Ramakrishna durante su estancia en Benarés, cuando tuvo la gran visión de Shiva sobre la ciudad, y en la que ahora hay una habitación que conserva algunos objetos usados por él y que me impresionó bastante cuando la visité, por el tipo de energía que se respiraba en ella. Siguiendo ya paralelo al río está el Sri Sankaracharya Chikitsalaya, al lado de un templo con un gran Hanumán en cuyas escaleras recitan sus lecciones los niños brahmanes o un sannyasi lee las gestas del dios mono,y el Sri Vidhya Math. Aquí reside a veces, una parte del año, uno de los cuatros grandes líderes de los monjes de Sankaracharya. La casa de Á., de la editorial Índica también está aquí. Y ahora ya se llega al corazón de Bengalí Tola, el gran templo de Kedhar, donde hay uno de los lingams más sagrados de Varanasi, un lingam brotado de la tierra, una roca gastadísima por la cantidad de pujas que se le han ofrecido durante miles de años, siempre embadurnado de leche, de ghee, de aceite, cubierto de flores y de hojas y donde la procesión de fieles nunca se detiene. A ambos lados de sus puertas en pequeñas plataformas se colocan dos floristas que venden guirnaldas de lotos, de rosas, nardos y gladiolos, hojas de las que se ofrecen a Shiva porque forman grupos de tres, y sobre todo de claveles de moro muy usados por su color anaranjado, que es el color sagrado de India. Uno de ellos siempre me saluda cuando llego con el rikshaw el primer día desde la estación al grito de ¡Mahadev! y me gusta verlo por la tarde con sus tikkas (marcas rituales pintadas sobre la frente) y el pelo recién aceitado, una kurta fresca y limpia y ojos de haberse colocado con bhang. Las esculturas de los dioses del interior del templo parecen las imágenes de una cueva, cubiertas de aceite, de leche, llenas de hormigas. La única manera de acceder a Kedhar Ghat cuando el río está alto y los ghats inundados o cubiertos de barro es atravesar un estrecho pasadizo donde siempre encuentran refugio algunos mendigos. Frente a la puerta del templo, los sadhus y las viudas esperan las limosnas de los devotos.
 Un poco más abajo se halla un templo, Chandeshvar Mahadeva, más pequeño pero de bellísima factura que tiene justo enfrente un par de habitaciones de proporciones admirables y todo el conjunto está separado de la calle por una verja de hierro, es mi casa soñada. La pequeña deidad que desde la cúpula del templo da a la calle es la de una forma de Bhairav, Shiva montado en un perro y portando una maza. Siempre fantaseo que debió de ser construido por alguien de excelente gusto que se retiró a Banarás a rezar. Frente al templo, en un local oscuro y polvoriento, con aire de ruina se halla la que fue en tiempos la mejor confitería de Varanasi y ahora ofrece tan sólo la imagen desolada de una pequeña bandeja de dulces metida en una vitrina de caoba, resto del antiguo esplendor, con las patas colocadas en cacharros con agua para que no suban las hormigas y no le ataquen las termitas. También ahí está la pensión donde solía permanecer en Varanasi hace años y en el jardín, que tiene una admirable vista sobre el río, solía ver jugar a las mangostas al amanecer.
  Más abajo se encuentra uno otras confiterías y se pueden ver en habitaciones tan negras como forjas los enormes cacharros donde hierve la leche entre grandes humaredas. Siempre están llenas de abejas. Aquí hay un callejón que desciende hacia las barcas y las casas de los pescadores. Y luego  se llega  a una clínica, la del doctor Kaudi, a ambos lados de la calle y donde al atardecer puede verse a sus pacientes. También ocupa los dos lados de la calle la tienda que vende frutos secos y donde se ve como los tuestan en un recipiente de hierro con arena negra. Y llegando al final de este tramo recto hay una capilla con varios Ganeshas, y otra de Hanumán, muy respetada. Una tienda de dahi y leche llevada por dos hermanos, uno de los cuales es tremendamente religioso y el otro un amante de la música y antiguo luchador de la lucha libre india la que practican los lecheros en los gimnasios antes de ir a lavar sus cacharros, lavar sus ropas, lavarse ellos mismos y rezar. Una tienda donde sirven té a los peregrinos de una familia muy religiosa y una tienda de paan (betel) que como todas ostenta un espejo y el misterio de por qué en ellas y no en las otras tiendas, el por qué de su utilidad siempre nos ha obsesionado a una amiga y a mí desde que lo notamos y nos lo dijimos. Otro pequeño callejón que va hacia el río donde por la tarde se puede ver a los búfalos bañándose y durante todo el día a los dobhis lavando ropa y a los peregrinos en grandes grupos repitiendo y haciendo lo que les dicta el pujari (el brahmán que se dedica a esta actividad). En el callejón hay pequeños establos llenos de vacas y ternerillos que cuida un chaval que, como todos los lecheros, tiene una apariencia ruda, pero me parece uno de los jóvenes más sanos y simpáticos del barrio. Lo veo ir fustigando a sus búfalos casi siempre solo, jamás me saluda, pues es muy tímido a pesar de que me conoce  desde hace años y parece dedicarse solo a sus vacas. Algún día contaré sobre la vida y costumbres de los lecheros, que me fascinan, y del que un muy querido escritor de Varanasi escribió sus costumbres hará unos 50 años, y yo lo pude leer en las clases de hindi con la ayuda de mi profesor pues está lleno de guiños y términos que solo conoce un nativo de Varanasi.
Todo, desde la ropa, las expresiones o las costumbres es igual que hace 50 años aún en el día de hoy. Toda esta zona está dedicada sobre todo a los peregrinos que acuden al templo y vienen a Varanasi a realizar los ritos ancestrales, por ejemplo, en esta época y estos días que son de luna llena, una iniciación que sólo pueden realizar con los brahmanes del Sur de la India y por lo tanto les cuesta bastante cara y en la que los esposos se "separan", dejan de vivir maritalmente, pueden comer juntos o vivir en la misma casa pero en adelante dormirán separados. La hacen sobre todo los que ya han alcanzado los sesenta. Por cierto que el mes lunar es diferente en el Norte que en el Sur de la India. En el Norte el mes acaba con la luna llena, con la perfección, completeness, como dice mi profesor de sánscrito, mientras que en el Sur la luna llena esta en el medio del mes y el mes termina con la luna nueva.
  La calle se llena ahora de puestos de verdura, de vendedores de flores, más pastelerías y tiendas de objetos religiosos para los peregrinos. La mayoría proceden de Andra Pradesh, es decir, son telugus, muy religiosos y muy devotos. Con los pies descalzos salen de las pensiones, los monasterios y residencias de peregrinos para hacer sus pujas, la primera al alba sumergiéndose en el Ganga a la salida del sol por la otra orilla del río. La residencia más bella, austera como el Escorial, ocupando toda una manzana, en piedra roja con las ventanas situadas a gran altura, es el Sri Kumaraswami Math. Hay decenas de templos, residencias, Maths, capillas y miles de lingams, uno en el interior de cada casa, cientos en la calle en pequeñas hornacinas. Y se llega a la casa de la que antes  hable, la del sadhu naga caído, con los grandes lingams. Y un poco antes hay un callejón que lleva a Narad Ghat y allí está la pensión Kishan donde siempre me albergo, en una habitación que tiene ventanas por dos lados y a las que se asoman los monos para pedirme comida y a veces, si dejo la puerta abierta un segundo, entran y me la roban, veo volar grandes mariposas negras con las puntas de las alas azules o amarillas y vienen también las ardillas y los gorriones, las salamandras, algún cuervo... puedo leer en paz si no hay algún huésped que toque la tabla, lo que gracias a Dios hace años que no sucede, los músicos europeos son mi gran pesadilla en Banaras. Kishán, el propietario, es un hombre religioso y bueno, alegre y poco interesado. En ese ghat hay una casa con un gran triángulo tántrico que es la de un sadhu europeo famoso por sus libros sobre el Tantra y de la que a veces salen sonidos de instrumentos que se pierden en el río.
   Entre los peregrinos y los vecinos, los monos ladrones y fascinantes, las vacas y los enormes toros sagrados, mucho más grandes que nuestros toros y que al pasar, lentos y tremendamente mimados, ocupan todo el espacio de la calle y uno se aparta o los acaricia con nostalgia de no se sabe qué pasan los días en Varanasi, en ciclos de tiempo que sacuden a veces ráfagas de recuerdos de la vida en España, de obligaciones y familia.
La calle continúa hasta Dashsvamedhghat, pero mi relación con ella no es ya tan estrecha, tan íntima, se convierte en una zona llena de restaurantes y tiendas para turistas occidentales y japoneses y solo al final vuelve a tener encanto cuando de nuevo se puebla de cientos de tiendecillas como las que ya he descrito, de betel, de pasteles, de dahi, de panipuri (una especie de buñuelos que rellenan de patata y de una salsa que es como agua especiada) y casi al final está también el único anticuario que conozco en Varanasi, al que se le inunda la tienda de vez en cuando, si llueve mucho o crece el río y donde compré terracotas muy antiguas, y luego se abre y llega al ghat y hay puestos de frutas y verduras, y una vez vi a un vendedor ambulante que tenía los más bellos pájaros que te puedas imaginar, aquí existe la tradición de comprarlos y dejarlos en libertad."

domingo, 23 de septiembre de 2012

Un cielo opaco


Foto: I.N., Chimenea y cielo al amanecer, 2012
Se ha instalado desde hace días. No rompe a llover, no muestra nada y al final se acaba abriendo e incluso acoge nubes esplendorosas como las que ayer por la tarde iban cambiando del rosa moradáceo al azul gris. Mis plantas esperan la lluvia como en una respiración contenida. Esta mañana, mágicamente sin obras, sin estruendo, sin perro prisionero, una invasión de cotorras chillonas se ha enfrentado a la voz ronca y graznante de una elegante urraca, refugiada en los cipreses del único jardín que queda en pie y que consuela mis ojos. 
Anoche vi la primera parte de la Trilogía de Apu, de Satyajit Ray, Pather Panchali, que me trajo JLG: Necesité la ayuda de G. porque yo tengo un bloqueo con los DVDs, olvido cómo funcionan y me irrito tontamente.
 Fue un sábado agotador. De nuevo un tratamiento que antes me ayudaba me hizo daño en mis pobres huesillos y han sido dos noches insomnes y el día de ayer dolorida y agotada, sin saber en qué postura ponerme para respirar bien. La película de Ray me consoló con sus imágenes de naturaleza india y pobreza de una familia de casta alta que se refugia en una vida rural, "demasiado cerca del bosque y de los chacales", dice la madre en su desesperación, todo de una extraña combinación de sencillez y un abarrocamiento que atrapa intensamente, lleno de silencios y de paisaje que respiraba, de complicidad y rivalidad fraternal casi sin palabras, de lluvia, de sueños, de la abuela y sus chales rotos y su encorvamiento y sus cuentos y canciones solitarias, del padre poeta siempre arruinado y sonriente, de la madre amarga con su belleza huraña, la misma belleza de la niña, Durga, y la mirada intensísima del niño, Apu, que parece absorber el mundo en esa sensual melancolía frondosa del paisaje hindú. Una maravilla. 
Una vez más cometí el gesto heroico de ir a cenar y la conversación me alegró el espíritu aunque supusiera un esfuerzo para el cuerpo. Mi interlocutor se fijó enseguida en la iluminación suave y acogedora del jardín del Floral Café, por desgracia tan difícil en esta ciudad donde la luz suele ser hiriente como el ruido, o como él dijo, es otra forma de ruido. Yo, que siempre sigo añorando las noches de antes, cuando todo se apagaba de verdad y el cielo adquiría una realidad majestuosa y llena de misterio, como en el bosque serbio o en el bosquecillo de Rupià, agradezco que al menos en un local se cuide esa penumbra iluminando la comida con unas velas.
Al volver, él quiso conocer el azufaifo. Lástima que le han puesto una fea puerta metálica y ya no se pueda acceder al jardín como en días atrás. Era una suerte poder tocarle el tronco a mi viejo azufaifo. Pero al menos lo vio y me habló de la belleza de lo pequeño, esa belleza de lugares humildes y diminutos que a mí no me  hace falta perseguir, pues parece venir todo el tiempo, acercarse, envolverme a pesar de la saña zafia con que la destruyen los políticos municipales en esta pobre ciudad.
Leí una graciosa y apasionante pieza de Aleksandar Hemon (a quien entrevisté en París para Si un árbol cae) en The New Yorker sobre los Wachowski y su Cloud Atlas. En otro New Yorker un artículo sobre la nueva biografía de Stefan Zweig y sus demonios, ocultos en El mundo de ayer. Una serie de fotografías suyas le dibujaba autrement. Y un cuento triste y denso y memorable de Alice Munro que ya cité, "Amundsen". En esa revista siempre hay al menos una o dos piezas magníficas, que vale la pena leer.
Volví a Hard Times de Dickens, mientras espero que me lleguen mis encargos indios. Por cierto que en algún suplemento literario internacional de los que me trae J (creo que era el del Financial!) leí un interesante y complejo retrato de Dickens con todas sus ambivalencias, sus traumas y también las maravillas de su escritura. "Sus excesos son los excesos de su época", decía el crítico con toda la razón, refiriéndose a su obra. Hard Times parece referirse a esta época nuestra, tan tremendamente injusta, tan equivocada, tan delirante, que tanto daño hace a muchísimos mientras sólo beneficia a unos cuantos y de manera inmediata, destruyéndolo todo a su paso. Dickens sigue hablándome ahora y es un refugio, como Satyajit Ray.
Tuve una "conversación" nocturna con mi amiga cineasta directora de documentales, hablábamos del dolor y de lo que nos salva, a mí la escritura, a ella el cine. Lo mejor de esas franjas de noche insomne que ahora se me imponen por la horizontalidad imposible de la caja torácica, por esas pobres costillas flotantes y las otras, es que me siento a escribir. Esta noche, de tres a cinco. Me había quedado llena de dudas (y aún las tengo) sobre lo prosaico que me parecía lo que estaba escribiendo, y al menos pude introducir cierto fulgor, aunque sin duda tengo que trabajar más. Dos amigos me preguntaron cuántas páginas llevo, yo nunca miro los números, ayer lo miré, eran unas cincuenta y tres páginas escritas, no muchas, pero algo que sí es revelador. 
En cambio me escribió un mensaje una amiga lejana que ni me lee ni me comprende y que había interpretado mi intento de curarme como un abandono a la enfermedad y la muerte. No todo el mundo puede comprender nuestros gestos, aunque a nosotros nos parezcan fáciles, sobre todo sin apenas acercarse y con una carga de prejuicios y de creencias que no aceptan cuestionamiento alguno. Otra vieja amiga, con la que estudié, interpretó mis respuestas a la inversa y empezó a repetirme datos estadísticos que desmienten por completo lo que yo he visto y vivido. No importa. Sin embargo, sarinagara, hay malentendidos que sí me empeño en aclarar porque creo que las palabras deberían poder, que la experiencia común debería servir, que es absurdo hacer tábula rasa como si no nos conociéramos.
Yo sigo pensando en la prueba que permitirá saber si una operación es posible y con qué características. Fantaseo con la vida de después, ya recuperada, en la que podría otra vez  recobrar poco a poco la libertad de mi cuerpo.
JP me sigue escribiendo desde India y me manda imágenes esplendorosas.

Ayer volvió a  realizarse el festival que mas me gusta de todos y el que espero con mas ilusión cada año. Tiene lugar en una kund, una especie de gran pozo con escaleras en sus cuatro lados donde la gente realiza abluciones y ofrendas, se llama Lolark Kund y es de una belleza grandiosa precisamente por su sencillez, un esbelto arco de piedra que se alarga metros y metros hasta hundirse en el agua, aunque es una pena que queriéndolo proteger lo hayan estropeado un poco poniéndole una barandilla de metal y un muro pintado de rojo que ya no deja verlo como antes en toda su simple elegancia. El festival es seguido por miles de devotos venidos de todos los pueblos vecinos, y algunos desde muy lejos, que desde las primeras horas del alba se arremolinan alrededor de la kund rebosando los callejones adyacentes.
Como tenía sanscrito a las ocho, pasé por allí a las siete y media en bicicleta y ya no se podía circular, tuve que dar un gran rodeo para llegar a clase. Están las calles llenas de puestos donde venden frutos redondos y unos espinosos que solo veo este día, así como pepinos, calabazas y todo tipo de frutos de formas fálicas, otros venden baratijas, juguetes de plástico para los niños, o polvos de distintos tonos de rojo para las mujeres (la raya bermellón que llevan las mujeres casadas en el pelo). El agua de la kund tiene una extraordinaria fama para conceder progenie a las parejas y además cura muchas otras enfermedades (de la piel por ejemplo, la famosa lepra blanca), así que todas las parejas, y son centenares, que han sido bendecidas con hijos vienen con sus bebés a los que afeitan la cabeza en señal de gracia, las mujeres estériles o que buscan un hijo se tienen que bañar sostenidas por su marido y a continuación se desnudan y abandonan allí todas sus ropas, sus joyas, zapatos... y se visten con otras nuevas. Al terminar el día hay montañas de saris mojados, de zapatos, de pulseras de cristal rotas en el suelo, cadenas y ajorcas. Los barberos hacen su agosto y en los ghats se pueden ver centenares de Sagradas Familias, parejas jóvenes con un bebé que toman el baño ritual esta vez en el Ganga (y con agua mucho más limpia y no llena de los cientos de frutos que flotan en la pequeña superficie del pozo, aunque algunos brahmanes y empleados de ellos van retirando lo que pueden para dejar algo de sitio). Me paré a tomar el té en el sitio de siempre, muy cerca de la Kund y era el lugar que habían escogido los encantadores de serpientes para exponer sus cobras, u otras serpientes, hipnotizándolas con sus flautas abultadas y atrayendo al público con los tamborcitos de doble cara, como relojes de arena, e iguales al que lleva el Shiva Natarja cuando baila su danza cósmica, los devotos les arrojan monedas o arroz. Las cobras son preciosas y la rapidez con que mueven sus lenguas bífidas, impresionante. Algunas las traen tan solo en pequeñas ollas de barro, como las dos que exhibe una mujer que debió ser bellísima de joven porque aún lo es ahora que el tiempo y el clima la han ajado un poco.
De repente pasa una andadilla sostenida por hombres que recitan un mantra (solo van hombres a las incineraciones) recubierta por una tela y flores.
Volví a pasar por Harmony y entre otras cosas me traje Conversaciones con el grupo de Blomsbury de Mulk Raj Anand, al que siempre te nombro, por el libro, que ya terminé y que me entretuvo mucho, desfilan Elliot, Arthur Whaley, Aldous Huxley, D.H. Lawrence, Keynes, Virginia Woolf que es la que sale mejor parada, Norman Forster, Lytton Strachey, Edith Sitwell etc   al que mas espacio dedica es a Elliot, que aunque es el más estirado, muermo y solemne del grupo es glorificado, a Lawrence también lo deja quedar bien, a Elliot es incapaz de juzgarlo, pero está plagado de bromas de los del grupo sobre "The Pope", me gusta la definición de Huxley sobre la novela "A novel is glorified gossip. Not a lexicon".
Se nota la sombra de Joyce al que todos toman como referencia. A pesar de sus bravatas y sus parrafadas sobre filosofía o teoría de la novela, que me aburren, lo que transparenta de los escritores, de su carácter, manías, prejuicios me intereso mucho. Además como Anand es indio acaban siempre hablando de India, a favor o en contra, nerviosos por la pretendida espiritualidad de esa colonia (aún lo era). Hablando con C.E.M. Joad, el único que desconozco de los que salen, dice:
"I call philosophy inconsequential disabuse of terminology expressely invented for the purpose".
 En el último capítulo en casa de Whaley Uday Sankar (el hermano de Ravi Shankar) baila una coreografía sobre el tema de Shiva teniendo como público entre otros a Keynes.
Guru Nanak, el profeta de los sikh dice "Even snakes shed their skins every now and then".
Termino con un verso que le cita Anand a Elliot de Ghalib. Éste estaba invitado a una mushaira (encuentro poético) de los que se realizaban en la corte del ultimo emperador moghul, Bahadur Shah Zafar, él mismo un estimable poeta, y Ghalib, que no habia preparado ningún poema, solo dijo este verso:
  Ai dil i nadaan, tujhe hua kya hai?
  ¡Ay, mi inocente corazón! que te sucedió?
Por lo visto, Elliot quedó muy conmovido por la tersura y profundidad
apasionada del verso.
Cuídate. Sé feliz.

Y mi respuesta

Qué maravillosas imágenes me habéis mandado, de esa India humilde y majestuosa de Satyajit Ray. Algunas se parecen a las que yo misma tengo de mi viaje de los ochenta, aunque hechas por una fotógrafa mediocre y con una de aquellas horribles instamatic de antes, pero me alegra tanto reconocer aquella India... Y otras son la mejor ilustración  de tus palabras y de la atmósfera de lo que escribes, el festival y los saris caídos, los hombres lavándose en ese agua plomiza, las vacas bañándose, las vendedoras bajo los arcos (yo tengo una muy parecida!), los niños, los shadus, los partidos de cricket con los templos al fondo, las barcas a lo lejos, los personajes solitarios y silenciosos como en los cuentos de Narayan...
Yo sigo con mis males pero también con todas mis esperanzas. El lunes es fiesta (no una fiesta como las que tú describes), y tendré que esperar al martes por la tarde para hablar con el médico. Y es que ahora me han entrado las prisas por saber a qué atenerme y poder operarme si se puede y sólo sueño con esa otra vida de después, una vez recuperada, andando por la ciudad y correteando y bailando y durmiendo boca abajo y de lado en la cama sin dolor, y agachándome sin dolor, respirando sin dolor, recobrando poco a poco un cuerpo de mujer que antes tuve, incluso sueño con mi antigua vida de escritora asistiendo a un acto y leyendo en voz alta mis escritos... Es inevitable soñar. El cirujano me habló de "lo esencial", que según él, era lo que más contaba: quién es usted, qué quiere, qué viene a hacer aquí... y ahora me vuelven sus palabras porque me siento más llena de energía, a pesar del dolor, y sé que esa fuerza interior es lo que podría salvarme. G. ha venido a verme, con su abrigo bolognés, se va el martes y le echaré de menos, sí, pero lo que más ilusión me hace es que se dedique a lo suyo con pasión, que aprenda y que se permita entregarse a su inteligencia y sus talentos, a su mirada, a su sensibilidad y que nada ni nadie le haga desvalorizarse. 
Me gustaría seguir recibiendo siempre estas cartas indias...
Un abrazo desde lejos
Bel