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jueves, 23 de agosto de 2012

Desde este lugar extraño

Foto: I.N. Nubes desde mi hamaca esta tarde, 2012
En que vivo, un mundo aparte distinto del de antes, del de los demás, un mundo óseo sin derecho a lo sensual ni a apenas a lo plácido (aunque a veces, cuando duermo una media hora de siesta con brisa natural o con aire artificial, me he sentido tan bien con la luz filtrada por una cortina naranja que casi podía imaginarme en mi cuerpo de antes y sin moverme experimentar aquella antigua felicidad entonces no sabida), un mundo sin certidumbres, lleno de dudas e interrogaciones sobre la vida y la curación, desde ese lugar extraño puedo aún contemplar las nubes, leer y ver películas maravillosas.
Un amigo cineasta me adivinó el pensamiento y me trajo, en una de esas cenas heroicas de hace unos días, dos películas que quería volver a ver. Fue casi telepático y podría probarlo. Una era The Swimmer, basada en uno de esos cuentos de John Cheever con paisaje suburbano y carga de profundidad. Al leer el cuento recordé que había visto aquella película y quise volver a verla, pero no la encontré. Es maravillosa. La única objeción -la vi con mi amigo músico y él se quejó de inmediato- es una banda sonora absurda, que en la época ni siquiera advertí. Pero las imágenes se quedan grabadas en la memoria. Burt Lancaster, con su pura gestualidad de ese cuerpo atlético a punto de ser vencido, su mirada irradiando una luz que por su pura intensidad ya permite detectar una herida, una disociación, una necesidad compulsiva de ensoñación y negación, sostiene la película con su paisaje radiante y toda su melancolía creciente y amarga hasta el final. 
La segunda película que adivinó quien me la trajo era The River, o Le Fleuve de Renoir, que yo había visto en el invierno de 1981, justo antes de irme a la India y que tanto me conmocionó entonces y que tanto recordé una vez allí. Siempre había querido volverla a ver y la había buscado en vano. Y ese mismo día, por la mañana, al ver que tenía La Règle du jeu de Renoir, había pensado: Pero la que yo quiero ver es El río...
La he visto hoy en una solitariedad feliz. Qué bien lo he pasado viéndola, ese color increíble, la música, esa atmósfera de la vida que fluye como un río, ese espíritu panteísta, el afecto, la tristeza y el absurdo de las heridas físicas y psíquicas de la guerra, y los templos y dioses hindúes y los rituales de belleza y la naturaleza exuberante y una deliciosa sagèsse de un Renoir distinto y más inspirado y apasionado que nunca. En cierto momento, el hombre con una sola pierna, por la guerra, y la mujer mezclada por su condición mixta india y occidental, sin casta, hablan de aprender a aceptar su carga y lo ocurrido y ¿cómo podía yo no asociarlo a mi condición, a lo que a mí me ocurre? El hinduismo respira esa aceptación con el desapego de los que creen que todo está en la mente y a pesar de sus conflictos, el país también tiene ese espíritu flotando en el aire, de una gran y antigua humanidad.
Al mismo tiempo me llegan los mensajes de JP desde India bajo las lluvias del monzón, sin acentos ni eñes, con descripciones de atmósfera que me refresca: 
En la Jama Masjid, la mezquita mas grande de Delhi, a lo lejos las cupulas de los templetes que coronan espaciadamente las murallas de Lal Qila, la fortaleza roja de los moghules, decenas de halcones sobrevolando el cielo… Como todavía están celebrando Eid, el fin del Ramadan, las familias musulmanas vienen a la mezquita a pasar el rato, vestidos con sus nuevas galas, las niñas en horrendos vestidos de colores chillones de gasas y de raso y con todo tipo de volantes encajes y excesos vestimentarios. Los hombres todos con sus kurtas blancas con bordados y sus gorritos de encaje. El ambiente no es nada rigido, una vez pasados los cancerberos de la puerta que tratan de cobrarte lo que sea y de incordiarte un poco, (para mas inri el encargado de hacerlo es un sordomudo)…
La cantidad de halcones  debe de ser proporcional a la cantidad de palomas que cubren parte de las tres grandes cupulas, en forma de capullos de loto a punto de eclosionar. La mezquita es muy elegante, aunque a mi me enamoran poco las mezquitas indias, que encuentro todas parecidas y anyoro las mezquitas afghanas o iranies, que no conozco, con esos azulejos azules que compiten con el color del cielo, pero reconozco que el juego de lineas y colores entre la piedra roja y los marmoles blancos, las escasas pero bellas escrituras cuficas en negro en forma de sellos, sus cupulas y templetes indomoghules, los minaretes rayados de blanco con templetes en su cima y abriendose en forma de columnas egipcias, la fuente para las abluciones en el centro, y sobre todo sus alrededores llenos de restaurantes de comida deliciosa, todo eso la convierte en mi lugar favorito de Delhi. Pero el gentio es tal que aguanto pocas horas y tengo que buscar lugares mas neutros, menos cargados. Ire a comer y a tomarme un cafe luego a la Delhi Coffe House, un sitio con un pequenyo jardin que me gusta porque esta lleno de viejos senyores sikhs, y donde puedo leer a gusto The Hindu, el único periodico indio que trae algo de informacion y no cotilleos sobre el mundo de Bollywood o los jugadores de cricket.
Esta mañana ha venido Aurora, me ha traído una fruta latinoamericana con propiedades mágicas y las verduras que necesitaba. Se ha asustado al verme y se ha ofrecido para traerme lo que sea dos o tres veces por semana. Su visita me ha dejado una estela alegre y generosa, con tanta delicada comprensión. Luego ha llamado Magda, quería traer algo como fuera y he intentado buscar en La Central algún libro de R.K. Narayan, en vano, luego alguno de Satyajit Ray, pero tampoco. Y al fin he seguido el consejo de la librera y le he encargado a Magda una novela de Jhumpa Lahiri (de quien ya leí The Interpreter of Maladies), The Namesake, aunque yo quería una India más antigua y he decidido buscar películas de Satyajit Ray para consolarme. Yo sabía que necesitaba algo de la India (al fin y al cabo sigo tomando la medicación que me han prescrito desde Calcuta y Bengala, aunque no sea exactamente eso, sino una forma de intentar asumir este extraño mundo en el que vivo) y aún no había visto The River desde 1981.
Magda ha coincidido con Cris, que me traía un cartucho de tinta para la impresora (así podré ver lo que he escrito de otra manera o eso espero) y una mezcla deliciosa de aceituna y almendra... Algunos me felicitan por mi forma de llevar lo que me ocurre y eso me desconcierta. No veo nada admirable en mi actitud. ¿Cómo podría hacer si no? Me dice Anne que cuando me cure, podríamos celebrarlo con todos mis amigos en un gran jardín. La idea me ha encantado... Insh'allah.
Y sigo escribiendo. Ya no tan deprisa como antes. Desconcertada ante ese magma que crece sin estructura, con ideas que vienen con cuentagotas, o releyendo y corrigiendo, y entonces surgen otras, y algo perpleja de lo que surge. No sé qué pasará con ese texto, sigo sin saber si serán cuentos o una novela, o qué será exactamente. "Yo lo llamo libro", me dijo una vez autoburlón Aleksandar Hemon cuando le pregunté por lo que entonces estaba escribiendo (luego fue una novela). Yo no sé si me atrevo a llamarlo libro. Todavía son sólo veinte páginas aproximadamente. 
Hoy he soñado y he olvidado mis sueños. The River me ha alegrado el día. Sabía que volvería a encontrar algo allí también esta vez y claramente la película me hablaba a mí. Cuando el niño de la familia protagonista se moría en su aventura intentando encantar a una cobra, el padre (con su propia herida de guerra) decía, dolorido: Deberíamos celebrar que un niño muera niño. Al menos él ha escapado. Nosotros les encerramos en nuestras escuelas, les enseñamos estúpidos tabúes, les atrapamos en nuestras  guerras, masacramos a los inocentes. El mundo es para los niños. El mundo real. Ellos trepan a los árboles y se revuelcan en la hierba, cerca de las hormigas y libres como los pájaros. Son como los animales. No se avergüenzan. Ellos saben lo que es importante. Ha nacido un ratón o una hoja cae en un estanque. Si el mundo estuviera hecho de niños...: We should celebrate that a child died a child. That one escaped. We lock them in our schools, we teach them our stupid taboos, we catch them in our wars, we massacre the innocents. The world is for children. The real world. They climb trees and roll on the grass, close to the ants as free as the birds. They’re like animals. They’re not ashamed. They know what is important. A mouse is born or a leaf drops in a pond. If the world could be made of children…

jueves, 9 de agosto de 2012

Calor

Foto: I.N., mi encina favorita de la casa del bosque, 2012
Hace mucho calor y el estruendo de obras es incisivo, pero yo me pongo esos casquillos de lujo que me prestó J. y la música me embriaga... A veces alguien me manda una canción y es como si la música quebrase unos muros imaginarios de mi espíritu o como si me zambullera en el agua. O en otro tiempo. Un amigo arquitecto humanista que venía a mi curso me ha contagiado estos días su pasión por la chanson française... Una amiga escritora que sólo conozco de facebook me recomienda olvidarme de mi cuerpo (de interna en un campo de concentración) y bañarme en alguna piscina porque dice, y es verdad, que el agua parece curarlo todo, es como si bajo el agua no existieran los males... Ella me habla de una piscina muy agradable, inmensa, donde hay muy poca gente y los que van son variopintos y no se miran ni se juzgan, dice que desde su casa el paseo bajo los plátanos hasta allí es muy agradable, lástima que no sea en mi ciudad...
He pasado días muy malos, pero parece que algo empieza a moverse otra vez hacia delante y que podré seguir mejorando como hasta ahora, aunque sea tan despacio... Una noche hice un gesto revolucionario y cené fuera; podía ser malo para mi cuerpo, aunque comí solo lo permitido, pero el entusiasmo de mi compañero de cena por el cine y por mi escritura me alegró el espíritu y eso también ayuda al cuerpo a curarse. Yo temía molestos encuentros sociales, gente que me preguntase por mi condición, pero por suerte el único encuentro fue precisamente el arquitecto humanista, que me alegró mucho ver allí... Luego, gracias a esa cena he estado viendo algunas películas... Una comedia de Lubitsch, una película triste y extraña, delicadamente expresionista, a veces casi oriental, de Marcel Hanoun, y ahora me toca Chris Marker...
Ayer tuve un momento dolorido viendo triste a G., me sentía tan fragilizada y sin energía como si necesitara otro cuerpo para animarle, aunque luego la conversación cambió y sólo pensé en lo extraordinario que es G. y en lo que llegará a hacer. Después de quedarse plácidamente dormido en la silla de Charles Eames, con esa belleza durmiente que parece tan feliz, y toda la fuerza de su edad y de su pasión deportiva, su tristeza y la mía se fueron volando como las mariposas de la casa del bosque. 
Mucha gente ha venido a decirme cosas por la muerte de A., mis amigos y muchos lectores y gente de fb. Muchos me hablan del texto que escribí y eso me alegra, me transporta allí donde quiero estar, en la escritura. Muchos simplemente comprenden o intuyen lo que es esencial. Pero algunos desconocidos enseguida quieren romper la necesaria tristeza del duelo con frases new age, o tópicos cualesquiera, otros creen saber cómo me siento, como si todos fuéramos iguales, y describen sorprendente y equivocadamente lo que creen que es mi estado de ánimo, o bien creen que sólo pienso en eso o que he desesperado o que no sé que donde está A. ya no sufre. Pero hay que permitirse un momento de tristeza, ¡al menos unos días! Como los tres días del duelo judío tradicional, durmiendo en el suelo... Alguien que sí comprendía sin conocerme me puso el poema de Auden, que es maravilloso y que yo cité cuando murió mi padre, aunque es un poema de amor, pero expresa ese momento de dolor y resistencia a que alguien se vaya, y es sobre todo humano. Tal vez porque ahora mi cuerpo tiene una presencia tan intensa con sus pequeñas miserias, yo he puesto el lugar del duelo en una habitación de mi espíritu, pero no me he aposentado en ella, aunque a veces se asome su cara de pronto o un objeto o un sonido desencadena ese recuerdo, como explicaba Proust en Contre Sainte-Beuve, sólo que aquí la identificación es inmediata. 
Ayer Tigridia me trajo La Vanguardia con el Cultura/s, porque los kioscos cierran y hay que irse cada vez más lejos.  Precisamente Tigridia me regaló hace unas semanas una inmensa buganvilla y ha ocurrido algo curioso. Al lado de donde la pusimos había una pobre pequeña buganvilla en estado precario, era de flores rojas y durante dos años no floreció y al tercero le salieron las fucsias, que son las únicas que se dan bien aquí, pero estaba desnuda sin apenas hojas y muy mustia. Al colocarle a esa exuberante hermana al lado, la pequeña ha cambiado radicalmente, se ha llenado de unas hojas grandes y saludables, como nunca había tenido. No creo que sea cuestión de sombra, sino que realmente las plantas son organismos vivos y se detectan... Una vez leí que algunas plantas "avisan" a otras de la llegada de ciertos parásitos o plagas, de modo que las plantas siguientes ya han desarrollado defensas cuando les llega el bicho... Eso denota cierta comunicación y la idea me gusta mucho, como las hermanas buganvillas (y ahora dos palabras sobre la gran buganvilla y su hermana pequeña me han devuelto de nuevo a A., y a esa frase del cuento: Hermana Ana, ¿qué ves? / Veo el sol que brilla y la hierba que verdea) que P. quiso poner en el recordatorio... Así funciona la memoria. Una noche, la víspera de la muerte de A., en la casa del bosque, donde al oscurecer todo se volvía misterioso y telúrico con los pájaros silbones, el erizo escondido y el cielo plagado de estrellas (por cierto, ¡me había olvidado de las Perseidas!), mientras P. me hacía reiki a distancia, noté que el aire olía al olor de mi padre. Más allá de su colonia y del tabaco canario que fumaba, mi padre tenía un olor particular, que llenaba su habitación cuando se levantaba y que yo de pequeña asociaba a un batín francés muy confortable que llevaba. El olor se hizo más y más intenso y no se desvanecía y me hizo preguntarme si me habría visitado para saber de A. Recordé que, cuando mi madre se puso enferma y la ingresaron, soñé que mi padre, que ya había muerto hacía años, me llamaba por teléfono. 
- Eh... -empezó con su vacilación típica- ¿Cómo está tu madre?
Yo le respondí que estaba bien, mejor, le informé como pude, y al acabar, le pregunté, porque en el sueño yo sabía que él ya no estaba en el mundo:
- Pero tú... ¿dónde estás?
Él soltó una de sus risas leves y carraspeantes y colgó.
Cuando se lo dije a mi madre, que creía en todos los mundos invisibles, me dijo:
-Me alegro de que se acuerde de mí, aunque sea ahora...
Esa noche de la visita olfativa de mi padre tuve insomnio y salí frente al bosquecillo y paseé mirando la luna y el cielo y sintiendo la atmósfera de la espesura y su vida oculta. Al día siguiente llegó la noticia.
He estado leyendo un Diario de John Stuart Mill que me trajo mi amigo Joan, muy subrayado (se lee de otra manera sabiendo lo que le interesa a otro lector), también la novela autobiográfica e inacabada de James Agee, y he vuelto a Vinyoli y a Emily Dickinson a ratos... Intento escribir cuando me encuentro bien, son sólo tentativas, probaturas, estoy en esa fase difícil que requiere mucho coraje y energía y mi salud no ayuda, por eso me embriago de cine y música... Siempre viene alguien a verme y me preguntan antes qué necesito, pero temo los días en que no quede nadie aquí, porque no estoy para peregrinaciones... 
Pero un día surgirá algo al escribir, descubriré mi deseo otra vez y me llevará a algún lugar, aunque a veces parezca imposible.

sábado, 7 de julio de 2012

Días agitados y efervescentes

Foto: I.N. A contraluz, 2012
Cuando acabé Los Maia, me quedé perdida en las lecturas. Es una novelaza, aunque me interesó mucho más la primera parte que el resto, tal vez porque acabé saturada de la teatralidad del ocio portugués, de esos personajes extraviados, de amorío en amorío con damas alocadas, y echaba de menos a don Afonso, que al menos siempre parecía centrarse en un objetivo, y a su hombre de confianza, cortésmente crítico. De pronto todo me aburría, no me atraparon Les Diaboliques de Barbey d'Aurevilly, me daba pereza entrar en el mundo gaucho de Don Segundo Sombra, leí los cuentos de El asesino triste de Gonzalo Suárez, sobre todo la primera parte, su pascaliana entrevista con el diablo, me dieron ganas de enviarle Un rey sin diversión de Giono, que traduje para Impedimenta, pero malheureusement no tengo ejemplares. 
Mi cuerpo ha seguido los vaivenes emocionales que me han rodeado. Las noticias, a veces muy duras, de alguien cercano que está peor que yo, crearon resonancias físicas imprevisibles. Para rematar, dos obras han venido a turbar mi paz. Una es tremenda, pero está enfrente, la otra es un piso del edificio de al lado que están destruyendo entero, con maquinas taladradoras que serían ilegales en cualquier ciudad europea, donde se exigen silenciadores, pero aquí no hay nada que hacer, el cemento siempre manda, por algo somos un país tercermundista y salvaje, gobernado por políticos siempre corruptos. Siempre me sorprende que algunos crean que con la independencia se arreglaría algo, cuando nuestros supuestos partidos nacionalistas son sólo una turba de ladrones que desprecian por completo el país, y cuyo epítome es Millet. Sin embargo, mis análisis mostraron que ando por una buena vía y que mis defensas se han robustecido por primera vez en mucho tiempo.
Ha habido momentos de auténtica locura de ruido. Cuando me disponía a ver una película de filmin con cascos para evitar el horror, me quedé sin línea de teléfono ni conexión. Llamé a telefónica tan furiosa y harta de su mal servicio que el técnico debió de reaccionar y en media hora estaba resuelta la avería, por una vez, milagrosamente.
Ayer P.A. me trajo su estudio sobre La mirada de Ulyses de Angeloupoulos y un libro ardiente de Nikos Kazantzakis, Ascesi, traducido por Montserrat Camps para adesiara, con un prólogo que dibuja muy bien la trayectoria de Kazantzakis. El libro tiene un fulgor algo tarkowskiniano a mis ojos, ese misticismo terrestre, esa poética filosófica, ese camino me ha resonado también. "Sento que l'Univers se m'arrapa a la pell i m'acompanya com un cos". Hay que releerlo y estar ahí dentro.
No encuentro la manera de arrancar a escribir algo nuevo. Hasta ayer estuve corrigiendo el libro ya acabado. Aunque tal vez me queda algo pendiente que resolver en él. Pero no me decido a escribir la novela sobre médicos todavía, tal vez sea demasiado pronto y valga más distraerme en otra cosa, un viejo cuento pendiente de Sarajevo, por ejemplo. Tengo que reunir valor. La directora de la magnífica God Husband, Dear Son me sigue animando.
Hace un calor tremendo, bochornoso. De día el fragor de las obras (incluso esta mañana), de noche los gritos animales de esa gente que habita esta ciudad, que no sabe hablar sin gritar.
Sigo sin apenas sueños y el que tuve sigue siendo un enigma para mí, aunque haya algún indicio, pero el código me parece indescifrable. Se lo conté al hombre que escucha y tras alguna interrogación, me dijo: Vamos a dejarlo aquí.
Me ha llegado la noticia de un libro que tenía pedido en La Central y me he armado de valor (encomendándome a los dioses griegos para no encontrarme a nadie; la verdad es que en esto momento los encuentros sociales me producen alergia) y he ido a buscarlo con J., hemos recorrido un trozo de la Rambla Catalunya y a la sombra corría brisa, al sol era desesperante. Y al llegar, qué maravillosa edición de los cuentos de Ramuz, Histoires, con un dibujo de Matisse en la portada. De paso me he llevado El premio Herralde de novela, de Jordi Bonells, They de Rudyard Kipling y J. me ha obligado a llevarme un libro de la Nothomb, que no me atrae, pero él está convencido de que sí me gustará, Une forme de vie. Luego he tenido una agradable visita inesperada de V., siempre llena de su brillo, vitalidad e interrogaciones. Y luego he acabado en el parque.
Por cierto que A.R. me ha mandado el link de una reseña de Mis postales de Barcelona que mañana colgaré aquí. La firma Frederic Yxart. Me ha hecho mucha ilusión leerla.

domingo, 20 de mayo de 2012

El viento


Foto: I.N., Regalo del gato de Cheshire, que fue mi huésped unos días, 2012
Ha puesto en danza silenciosa a los cipreses de la casa de enfrente. Ha llovido con furia, como en el cuento de Somerset Maugham, pero sólo un momento. He salido a comer con P.R. al Floral Café, y me ha hecho una minientrevista, pero con las preguntas atinadas y precisas que algunas entrevistas más largas no tienen. Por el camino de vuelta nos hemos encontrado a G., que estaba radiante con esa luz extraña de las nubes negras. Mi nuevo malaise -que se originó el viernes, en la tensión y el encuentro del pasado más insidioso- persiste, pero procuro no preocuparme y pensar en su significado simbólico, de esos lazos que tienen que sustituirse, de ese viejo cordón con mi infancia oscura y luminosa al mismo tiempo. P.R. ha vuelto a su novela y se ha sumergido en esa fase feliz en que uno sólo quiere estar allí y todo le suscita nuevas ideas que utilizar en esa mezcla, en cualquier punta de ese tapiz. Yo también descubrí una idea ayer, hablando con la misteriosa Dear Prudence, que debería rescatar para mi novela, uno de esos fogonazos, un pequeño fulgor. 
Fui a ver Un amour de jeunesse y no me gustó tanto como a los dos amigos que venían conmigo. No tenía la ironía ni la capacidad de síntesis ni el ritmo de Rohmer, que ha hablado mucho mejor de esas cosas. Es cierto que los dos personajes estaban bien construidos y que era bonita de ver, con esos silencios de viento del Ardeche y las bajadas al Loire y las escenas hiladas sin rematar. Pero a mí me irritó por algo personal, porque me impacientan un poco esas obcecaciones amorosas de vivir solo a través del otro, de obstinarse en alguien que no puede ser, de sentir que el mundo sólo vale la pena a través de alguien que no quiere estar ahí y se aleja. Me cuesta entenderlo y recordé cómo me dolió ver sufrir a alguien cercano por una razón parecida, sin querer ver que tenía en él todos los recursos y los talentos, desvalorizándose y exponiéndose absurdamente al sufrimiento, a la contemplación casi escatológica, casi pornográfica de la traición en directo. Le dije que fuese a verla, pero no sé si lo hará.
He vuelto a Shakespeare, por una extraña propuesta para octubre, que implicaba elegir a un personaje femenino (pero no me dejaron elegir a Ophelia ni a Gertrude) y después de considerar a Cordelia del Rey Lear, decidí escoger a Desdémona (con su Sancho Panza, esa interesante y pragmática pero también engañada Emilia, ¿pero quién no se engaña en Othello? Shakespeare sabía pescar en una novelita o una pieza mediocre y convertirla en algo grande, distorsionando, reinventando, equilibrando y dejando entrar la profundidad, las complejidades, los juegos de poder y la belleza.
Vuelve a llover, lo que me convierte una vez más en Isabel viendo llover en Macondo, esta vez con fondo de Dear Prudence. Y su frase que anoté para no olvidar.
Rufus sigue durmiendo, despertándose de vez en cuando para sus abluciones. Esta mañana ha venido a despertarme tan cerca que le veía borroso y oía su vibración como la estela de un mantra.
Me gustaría estar escribiendo ya otro libro, pero sólo puedo hacer tentativas de abordaje de una historia que no sé si de verdad deseo contar, y sólo probando puedo averiguarlo. Cómo añoro esa otra fase siguiente, una vez dentro... Si veo que tardo, tal vez me ponga a escribir un viejo cuento que se me quedó pendiente. No sé por qué necesito esos tiempos muertos para que se vaya cociendo algo por dentro o para hacer el trabajo del duelo del libro anterior, o para despedirme de una novela que aún no ha salido al encuentro de los lectores, pero saldrá pronto.
Aún no he acabado la infancia rusa de Sofya Kovalevskaya ni tampoco la Anthropologie de la douleur porque a veces quiero olvidar el dolor y viajar a otra parte, al menos hasta que acabe el dolor físico. Tengo que ponerme ya con los libros de mi siguiente clase sobre Correspondencias. ¡Qué fiesta fue la clase sobre Adorno y Benjamin! Yo iba dubitativa porque no había puesto en orden mis notas, pero el talento maravilloso de mis dos protagonistas dio la clase por mí y de qué manera. No me di cuenta del tiempo y la clase pasó las dos horas. Y es que los alumnos son inspiradores.
Alguien me ha dicho que en Altaïr han puesto Mis postales de Barcelona en un lugar destacado. También en Laie la incluyeron en un escaparate de libros recomendados. Me alegró mucho la recomendación de Màrius Serra en su Lecturàlia. En La Central queda preciosa en esa mesa de novedades junto a la escalera. Si todo va bien, el sábado 2 de junio estaré en la CASETA 207 de la Feria del Libro de Madrid de 12 a 14h firmando ejemplares para quienes quieran venir. Ya lo saben, lectores silenciosos madrileños o gente de paso. Por la tarde haré un trayecto desconocido para ver a Dear Prudence y el día antes iré a ver la exposición de mis amigas Isabel y Elena Pan de Soraluce en la galería Fernando Herencia y espero poder conversar con unos cuantos de mis amigos de allí.
Me escribieron indirectamente unas lectoras para interrogarme sobre un libro maravilloso que traduje y sus preguntas me hicieron pensar que hay gente que lee extrañamente: parece que quisieran entenderlo todo de una forma masticable, saber qué pensaba exactamente el autor cuando escribió cada palabra, pero yo no imagino una literatura sin enigmas ni misterio. Como si la belleza no estuviera justamente en esos interrogantes, en esos enigmas, en esos finales abiertos, en las zonas de sombra del propio autor, que logró ser popular en un país donde la gente sí acepta los misterios y las paradojas, o donde saben que lo poético puede tener una función decisiva en lo literario. Si no, ¿qué sería Quanta, quanta guerra de Mercè Rodoreda, por ejemplo, o incluso El carrer de les Camèlies? Sin ese ingrediente poético y surreal, esos libros no serían lo que son. Esas lectoras no apreciarían la magia fragmentaria y minúscula del universo benjaminiano, esa Infancia en Berlín, por ejemplo, esas bolas de cristal con ciudades donde nieva al agitarlas, Rosebud, que según Adorno tanto gustaban a Walter Benjamin.
Pienso en curarme contra el miedo ajeno y las sentencias médicas, pienso en esos momentos de dolor como en un proceso, pienso en los sueños más oscuros que tendrán que quedar atrás. Tout cela sera balayé, escribió Gide.
Ha salido el sol y el cielo se ve completamente azul, casi Mondrian, o Matisse. No he contado aquí (¿o tal vez sí?) que G. y yo asistimos a un concierto libre, experimental y maravilloso de nuestro mirlo. Se había apostado en un lugar invisible, bien alto, y convertía el patio de la cocina en un bosque oriental.

domingo, 29 de enero de 2012

Me gustaría


Foto: I.N., Jardín botánico, 2012
J'aimerais, mi piaccerebbe... irme de aquí. Si encontrase una manera realista de mantenerme a flote al otro lado de la frontera o del mar, me alejaría de este país mío (Oh, que cansat estic de la meva /covarda, vella, tan salvatge terra, / i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà, / on diuen que la gent és neta / i noble, culta, rica, lliure, /desvetllada i feliç!) y sólo volvería de vez en cuando, a ver el sol y llorar por los árboles desaparecidos, por la costa destruida, por el cemento que todo lo aniquila. Dicen que en la pérfida Albión la industria sigue existiendo y los mercados no impiden que nada continúe, y sin embargo aquí todos los días se anuncian medidas que nos llevarán cada vez más abajo en el hoyo que nos cavan, sin cesar de talar y destruir y sin que nadie se rebele... (O sólo unas manifestaciones convocadas por los mismos que nos han vendido tan barato y a las que se atreven a asomarse incluso con sus pancartas  representantes del partido que empezó con esto). 
Hoy íbamos a ver por segunda vez lo de Miró, pero la cola seguía y T. y yo hemos dado un paseo por Montjuïc, por ese pobre abandonado jardín botánico (en destrucción, como toda la ciudad), que aún conserva algunos rincones, y cuando he mencionado que the evil Gallardón había anunciado el retorno de... T. se ha equivocado y ha dicho "la pena de muerte" y casi me da un vahído, y enseguida se ha corregido y me ha palmeado la espalda, comprendiendo bien mi malestar, y es que todos sabemos lo que viene después de la condena perpetua, y más en un país como éste, de gente tan sumisa que parece dispuesta a dejarse todo mientras le permitan seguir comiendo y viendo el fútbol. El caso es que no he salido de esta tierra cobarde y salvaje desde mi agosto serbio, y ya estaba sintiendo los efectos de la asfixia y la perspectiva de no salir más cuando mi amigo viajero, el mismo que hace un año me protegió de lo peor con su manto de música, ha venido al rescate, de modo que dentro de siete días me iré a la Pérfida Albión durante otros siete, aunque sólo sea por pasear entre esos árboles libres que crecen protegidos por la ley y dibujan alegremente sus formas contra el cielo gris, aprovechando que él aún vive allí, en uno de mis barrios favoritos, donde nadie amigo puede vivir ya, y que apenas le quedan semanas en ese estado. Así que me siento -aun en mis equilibrios para pagar el alquiler, aun en la sombra de esta pesadilla-, salvada. Tal vez, siguiendo el consejo pragmático de Patricia Highsmith en Suspense, pueda desbloquearme, poner la novela en otro lugar mental y seguir escribiendo, aunque algo de eso ha empezado a ocurrir ya. Decía la Highsmith (por cierto que tengo dos volúmenes de cuentos suyos traducidos y libres de derechos editoriales, si un editor quisiera comprármelos, puesto que quien iba a hacerlo cerró) que para romper el bloqueo conviene viajar y si uno no puede permitírselo, siempre puede coger un autobús extraño que se dirija a un barrio insólito para el empobrecido y bloqueado escritor. La cuestión es que un escritor y editor castellano mantiene un blog epistolar maravilloso y hace tiempo que me persigue para que publique una carta allí. Le recomendé que eligiera alguna de nuestro libro de cartas, pero nunca recibió el volumen y la idea no debió de convencerle: él quería sin duda otra cosa, más nocturna o quién sabe qué. Hace poco, antes de emprender un viaje peligroso, me escribió diciéndome que sentía irse sin mi carta. Y se ve que me llegaron sus palabras porque de pronto surgió el destinatario, alguien a quien yo quería hablarle mentalmente, pero ya no directamente, alguien de quien yo me estaba retirando. Y he escrito mi Carta a Luigi, que es una carta nocturna con todas las de la ley. Voy a mandársela hoy mismo a Carlos Morales, o mañana, porque no sé si es demasiado larga y si debería cortarla. Y de pronto, algo ha sucedido y heme aquí planteándome si aunar dos formatos y... En fin, creo que me vendrá bien huir, aunque aún me queda aquí una semana entera laborable y llena, demasiado llena de cosas. El editor francés sigue pidiendo información para mi libro La plaza del azufaifo. On verra bien. Y es que me cuesta romper con mi pobre novela sin tener noticias de ella, sin saber cuál podría ser su camino, si encontrará ese camino y si habrá un editor poderoso capaz de apostar por ella (pagando, no como un gracioso regalo mío que esta vez no puedo hacer) o si todos seguirán el modelo gubernamental de apostar sólo por lo que nos mata y en ese caso ya veremos qué haré con ella. Y seguiré escribiendo sólo a la espera de ser traducida y publicada en un país decente. Der Garten is im Abend. Anochece el jardín, dice un verso de Georg Trakl traducido luminosamente por Jenaro Talens, en un poema que me recuerda a la canción de Rammstein, con esa atmósfera que me resulta tan familiar, sobre todo desde hace un año, cuando M. soltó sus ataduras y se fue.
Hay otras cosas que me salvan aparte de leer y viajar y son muchas veces los amigos y las afinidades encontradas de pronto, al azar. El encuentro con el coreógrafo italiano Moreno Bernardi es una de ellas. Moreno y yo hemos hecho un proyecto y aunque el patrocinador primero se evaporó con la crisis, no cejamos en la idea de encontrar un festival o un productor que nos lo permita. Es una coreografía sobre la memoria y me gustaría mucho que pudiéramos hacerla. Por cierto que en los 5 minutos de entrevista en La Vanguardia Digital (no tenía idea de que tanta gente lo vería) no tuve tiempo de contradecirme y explicar mejor cómo el cine y la música también nos protegen de los horrores del mundo, de un modo distinto que la literatura, pero también definitivo. Y es que hay escenas y cierta luz de películas que vuelven a nosotros obsesivamente, como algunos poemas (ajenos, precisaba Jaime Gil de Biedma). Como esa luz de la primera película de Tarkovski que está en mi novela, aunque nadie más que yo pueda saberlo. Antes de irme al reino unido (y quiero decirlo en minúscula porque soy cada vez más republicana), tengo que pasar dos horas surrealistas enseñando (yo, vegetariana) a unas japonesas a hacer albóndigas por un módico precio. Fue V. quien me lió a ese trabajo e inmediatamente la Belle Elaine dijo que quería venir a filmarlo, pues encaja con un proyecto suyo conceptualmente genial y muy contemporáneo. Con lo cual la cocina de mi casa parecerá un poco el camarote de los hermanos Marx y esa idea me divierte aún más.
Pero tengo que dejarles ya porque se acerca mi hora de visita y quiero adecentar un poco mi espacio y preparar la bandeja del té... 
Acabé de traducir ese cuento tristísimo de Maeve Brennan donde una mujer que ha perdido a su bebé y que no logra ordenar sus pensamientos en palabras, ni puede hablar con nadie, ni comprende por qué los otros dan el hecho por pasado y terminado y aluden a la voluntad de Dios. Y ella está echada en su cama mirando siempre la lluvia y oye una canción celta que ya citaba Joyce en su Portrait of the Artist As a Young Man, con letra de sir Thomas Moore, y ve una manchita que se aleja en el horizonte y que ella tiene que seguir, puesto que es su bebé y ella siente que, como madre, lo menos que puede hacer es acompañarlo con la vista. Cada vez me quedan menos páginas, así que parece que efectivamente acabaré esa traducción un día de estos, aquí o acullá. Oh qué feliz me siento de poder irme unos días... G. se quedará con Rufus (ahora personificado en poeta eslovaco, Milan Rúfus (en esta foto hace honor a la belleza de mi gato), a quien voy a leer pronto, con la recomendación de Albert Lázaro Tinaut.

domingo, 15 de enero de 2012

Vuelvo a escribir aquí



Foto: I.N., Balcones de París, 2009
Está saliendo el sol entre las nubes y Rufus ha decidido quedarse en la terraza. Anoche fui a una fiesta de cumpleaños de un escritor réussi y los asistentes se apretujaban en el amplio bar como en el metro. Luego resultó que había un tropel de desconocidos con una pinza verde en la ropa que pertenecían a una fiesta camionera. Venían conmigo V. e I. y nos tomamos unos vinillos en el bar de aquella fiesta literaria, pero agradablemente alternativa, sin ese arrogante desdén burguesote de los festejos editoriales. Afuera, la gente se apretujaba también para fumar y alguien comentó que con tanta restricción todo era muy difícil, ya que tampoco podía llevarse el vaso afuera y había que renunciar siempre a algo. Comentando la situación económica y política tan odiosa y asfixiante, dos mujeres hablaban de revolución o fuga del país como únicas  opciones posibles. 
La semana había sido difícil. Se cumplió un año de la muerte de M. en el mismo momento en que llegaron noticias duras del malaise de A., junto a la lluvia de pequeñas catástrofes materiales y la falta de dinero. Yo volví a casa de un encuentro con los personajes del teatro de mi infancia llena de dolores, nuevos y viejos, enferma por lo que veía y oía. "Lo que está claro", dijo el hombre que escucha, es que ese contacto te enferma". Todo parecía alarmante y desesperanzado. Volvieron incluso los pensamientos hipocondríacos que me contagiaron los médicos en marzo de 2011, pero pensé: "Y si tengo que morir, ¿qué pasa? Yo quiero seguir aquí, leyendo, escribiendo, paseando, escuchando música y realizando mi deseo, quiero seguir también por G., pero si tuviera que irme, tampoco pasaría nada", y ese pensamiento me tranquilizó. Aunque no lo parezca, hay cosas peores que la muerte. Pero ha sido una semana llena de intensidades de toda clase, negras y luminosas. No quise, no he querido volver al mundo de A.S., porque me inquieta más que otra cosa su negacionismo y a la vez me desconcierta esa nueva fase mía en la que prefiero retirarme a pesar de todo... En este momento necesitaba otra cosa. Me consolaron las llamadas y apariciones de los amigos, el prólogo ilustrado que Mariscal ha hecho para mi libro de Barcelona, con esos mapas llenos de ironía y de historia, un poeta brioso que me escribe e imagina, mi amigo seráfico y su generosidad, los sueños de las cartas del Tarot en los cafés... Y el posible interés de uno o dos editores franceses por La plaza del azufaifo, mi revisión de las páginas que vamos a enviarles, delicadamente traducidas por Mélanie Gros-Balthazar, y el prólogo generoso de EVM que brilla también en lengua francesa, me llenaron de ganas de bailar.
Presenté a una institución un proyecto radical que, si se deciden a financiar, será toda una experiencia para las dos partes, y en la mía incluyo a la Belle Elaine, que filmará todo el proceso.
Se anuló mi curso de Correspondencias en L'Escola d'Escriptura del Ateneu porque no se habían apuntado suficientes alumnos, pero apareció una nueva candidata que me ofreció hacerlo en su casa, donde hay jardín y árboles antiguos. Vamos a ver si encontramos un horario compatible para todos, porque les aseguro que el curso vale la pena, no por mí, sino por esas correspondencias maravillosas y lo que de ellas se desprende, en forma de latidos, de thriller y de fulgor vital y de pensamiento. Así que espero que se apunten.
He salido a buscar pomelos y mandarinas y en ese corto itinerario me he encontrado a J., que iba radiante, como si la crisis, las calificaciones perversas, la amenaza nuclear y la debacle de este país con sus políticos corruptos no fuesen con él, luego a un empresario de hostelería a quien conocí cuando empezaba como coctelero y que fue multiplicando sus establecimientos por la ciudad,  a un amigo ruso al que he visto una vez en treinta años y al fin a una mujer octogenaria, madre de una amiga de la adolescencia y que entonces se parecía a Anouk Aimée, que había desaparecido por completo de mi vista y que reapareció cuando la convertí en personaje de mis cuentos, respondiendo a esas extrañas llamadas de la escritura, y para rematar me preguntó qué podía leer de lo que yo había escrito. No sé qué pasaba esta mañana en ese tramo.
He cometido el error de comprar un periódico, pero al leer en la portada las declaraciones de una mujer empleada en una de esas agencias de descalificación que generan el negocio de unos pocos y el hundimiento de países enteros, que condenan a tanta gente a la pobreza y el trabajo esclavo, diciendo "No lo hacemos por capricho", me ha entrado una furia poco saludable y he decidido que no lo leeré. Mi suscripción se acaba este mes o el que viene, y no voy a renovarla. La tergiversación, la mentira, la alarma injustificada, la falta de reflexión y de salidas que se desprende de esos periódicos, cada vez más la voz de su amo, me enferma literalmente. Creo que prefiero buscar algo más alternativo y leer los únicos artículos serios que incluyen esos periódicos en facebook o en las redes, citados por otros.
El otro día leía a Mary McCarthy diciendo en un prólogo de sus Memorias de una joven católica que nadie la creía, que los lectores estaban convencidos de que los personajes de su infancia eran inventados. En general suele ocurrir lo contrario, los lectores creen que lo que escribimos ocurrió tal como lo explicamos, y los que estaban en el lugar de los hechos -cuando los hubo- llegan a corregir sus recuerdos, persuadidos por el mero poder de la letra impresa. Es un reflejo universal preguntarse cuánto habrá de biográfico en la escritura de un autor, y por eso me hizo gracia que a ella, que escribía sus memorias (tal como recordaba y con esa limitación de la orfandad tan temprana en que nadie o apenas nadie podía matizar o corregir sus recuerdos de niña), nadie la creyera y los lectores pensaran que todo era literatura. Pero es que es verdad que los lectores nos desconciertan e interpelan, algunos porque, como alguien decía en Babelia, querrían que escribiésemos siempre lo mismo, otros porque no saben que existe la subjetividad y que cada lector lee un libro distinto y otros porque de verdad pescan lo que para nosotros es importante o lo era cuando lo escribimos.
Durante esta semana extraña, yo no podía llorar a M., ni tampoco hablar con ella como hago con mi padre ausente, ni tampoco decir moia maika como en mi cuento traducido al serbio, pero mientras desayunaba, ponía Arte tv y lloraba con los perseguidos birmanos o la miseria de unos hindúes o los testimonios de la primavera de Praga y su horrible final, o escuchaba un programa de France Culture sobre Juan Gellmann y volvía a llorar oyendo cómo el lenguaje no le servía para decir su dolor y tuvo que cambiar el género a las palabras, convertir nombres en adverbios, oía a su traductor francés explicándole y lloraba, lloraba apenas un momento porque ya no sé llorar como antes, es sólo el instante de un sollozo semi silencioso, dos lágrimas que no llegan a ninguna parte y se evaporan antes de caer. También pensaba en aquella sensación mía de pequeña en que yo sentía demasiado las cosas, lo oscuro y lo luminoso, y que tenía que hacer algo con aquello que me ocupaba demasiado, que me hacía latir de una forma desbocada, y que tal vez fuese mi piel que decían demasiado transparente, o simplemente pensaba que era una suerte y que tenía que devolverlo convertido en otra cosa, y eso intentaba explicarle a un poeta que no puede conocerme.
Esta mañana escuchaba a Thomas Ostermeier en Arte Tv, en Moscú, hablando del abismo entre las clases sociales en el poscomunismo, y luego del patriarcalismo terrible en Palestina y de Juliano Mer Khamis y de por qué lo mataron; era muy interesante. Yo dejaría siempre esa televisión culta puesta de fondo, en cambio las nuestras no las veo nunca, y alguna vez me pierdo algo, creo que anteanoche pusieron en la 2 un documental de Michael Winterbottom titulado La doctrina del shock que según mi amiga M. todos deberíamos ver y que también recomendaba Hanif K. en su muro de facebook.
Leí Quién es? de Sebastien Doubinsky, y me gustó su poética irónica y leve, y ese Billy el Niño ensoñado, que habla de su infancia y del mundo, de su deseo y de las mujeres, y que retrata los gestos de sus perseguidores y su tristeza dentro de la crueldad y la soledad de todos, la desesperanza del mundo trenzada a la propia felicidad del deseo, y que se deja arrastrar por el azar de las cosas fantaseando con el destino, dibujándolo y dibujándose hasta sus últimas palabras, que son las del título, antes de morir acribillado.
He soñado toda la noche con las redes, pero me he levantado con cierta esperanza cálida que necesitaría todos los días y sintiéndome más ligera, quién sabe por qué, menos alcanzada por la amenaza.

domingo, 8 de enero de 2012

Pequeñas epifanías


Foto: I.N., Villa Urania, de noche, 2012
Anteayer fui a ver Le Havre, de Aki Kaurismaki. Entré en el cine con un humor lúgubre y salí transfigurada, reconciliada con el mundo o al menos con la ficción que podría representarlo. Es una fábula moral y un poeta brioso que no vive muy lejos del Botánico madrileño me había dicho que le recordaba a mi libro La plaza del azufaifo. Precisamente porque habla de la ética o de la bondad (una palabra que a mí no me convence por culpa de mi mala experiencia con el catolicismo, pues las peores personas con las que me he encontrado en mi vida, las más interesadas, las menos generosas, las más mezquinas, eran muy católicas), pero Kaurismaki habla de una bondad laica, de una ética, de algo que me hizo pensar en el Amor mundi de Hannah Arendt, a la que estoy leyendo para mi curso, una preocupación por el mundo que dejaría en segundo lugar al propio self. Kaurismaki lo hace con una suave ironía para evitar  caer en el sentimentalismo, con una economía que le salva, evitando el lagrimeo, utilizando códigos del cine realista francés, para contar su cuento de navidad, casi desprovisto de la negrura que tiene a veces (excepto quizás en ese principio), y todo en estado de gracia. Los personajes rozan la genialidad y sus miradas se ocupan de decir lo que hace falta; los actores son estupendos y tiene gracia que el único personaje malo sea precisamente J-P.Leaud, a quien todo sale mal, al revés de lo que suele ocurrir en lo real, donde los de la fuerza oscura y el kali yuga se están llevando todos los triunfos y ya empieza a ser asfixiante) y la atmósfera (las casas, o ese bar donde unos tipos excéntricos y marginales mantienen siempre apasionadas discusiones sobre si los patos de Alsacia son más gordos o la salsa de mejillones se hace así...), el policía me recordó un poco al de Casablanca, la escena entre la paciente y el médico, en que este último promete hablar comme un ministre es memorable, esa mujer inventiva y amorosa que recuerda al cuento imposible ("Lo que hace mi marido bien hecho está"), la amiga rubia que regenta el bar con la expresión de haberlo vivido todo, la cansada y vital boulangère, los fruteros, la cara esculpida e inteligente del protagonista, la escena en que leen a la enferma un fragmento magnífico de los cuentos de Kafka donde se habla de que los locos no se cansan y en ese momento, esa frase adquiere una significación luminosa, algo como que otra percepción de las cosas permitiría a algunos vivir de otra manera. Yo salí feliz, contagiada de ese encantamiento. Tal vez es que yo necesitaba urgentemente que alguien me contara que aún existe otro mundo dentro de éste, como en las palabras de Galeano, aunque fuese de forma inocente.
La noche antes había salido a dar un paseo sin acordarme de la cabalgata y por suerte pude tomar un camino alternativo. Hacía viento. Por la tarde, estaba escribiendo y notaba una luz escarlata a mi izquierda, cubriéndome, y al alzar los ojos, el cielo estaba rojo y avisé a G. y le hice fotos ("Sol rogent, pluja o vent", dijeron algunos, y en efecto, esa noche hubo un auténtico vendaval y entre sueños me preguntaba si G. habría cogido la moto, pero a las 7 me dijo que vendría más tarde, que dormiría un poco en casa de alguien) y cuando le mandé las fotos a un amigo músico, que está pasando una temporada en Londres, me dijo que allí no había cielo, sólo una grisaille, pero yo sigo añorando estar allí y en otras ciudades europeas. En ese paseo, ya con nocturnidad anticabalgata, fotografié la Villa Urania y el poeta brioso dijo que parecía un cuadro de Velázquez, La tarde, que no parece de Velázquez, pero está lleno de misterio y encantamiento. También tuve unas conversaciones skypianas con mi amiga londinense, con su orquesta de risas y su batalla perenne contra la melancolía y los sueños. 
Y antes había estado en Palo Alto con M, que extendió sus libros de mapas de Barcelona por la mesa y me demostró la dificultad de distinguir entre su humor irónico y su conocimiento verdadero de la historia de esta ciudad y esa noche me mandó los tres primeros mapas, preciosos, para ese prólogo ilustrado de mi libro de Barcelona, que saldrá en Sant Jordi. Estuvimos comiendo en la cantina con dos amigos y paseamos junto al estanque de los peces de colores rodeados de mirlos y petirrojos (ya no migran, me contó M, porque no hace frío) y todos nos hacíamos fotos unos a otros con los teléfonos y yo me escondía y luego M intervino mi cara semioculta con un doble perfil picassiano-garriri y esa noche me retiré contenta a mis aposentos con una sensación generosa, pero el día siguiente me trajo una serie de detalles mezquinos y noticias de tarifas microscópicas, vacas flaquísimas y facturas distorsionadas y yo iba andando por la calle para ahuyentar mi desolación.
Hoy también me he despertado de un humor melancólico y casi desesperado. "Voy a revolcarme un rato en mi desesperación", le decía Flaubert a George Sand en una carta. Sus cartas me han consolado estos días. Los dos ofreciéndose préstamos uno al otro en momentos distintos. Ella explicándole a Flaubert las razones por las cuales sus libros provocan no sólo escándalo sino también odio y condenas que hoy asombran. Luego he pasado a las de Hannah Arendt y Mary McCarthy y otra vez leo las acusaciones que sufrió Hannah Arendt, la polémica a su Eichmann en Jerusalem, las escasas defensas -me gustó que entre las defensas estuviera Al Álvarez, aunque no encontré su artículo de The Statesman. Tengo que mirar si estará en ese libro suyo recopilatorio... Las discusiones y la amistad apasionada entre esas dos mujeres tan brillantes, cada una a su manera y también sus discusiones sobre los hombres, sobre las relaciones, sobre la literatura, la filosofía y el mundo. La preparación de mi curso me salva. Espero que se hayan apuntado suficientes alumnos para que sigamos adelante. Pero hoy he ido con Tigridia e Inés al Caixafòrum (como en mi novela), a ver la colección Clark, los Ballets rusos de Diaghilev y Nijinski, y de paso una pequeña muestra sobre Sagnier, ese arquitecto conservador que construyó un colegio del que me expulsaron y que también sale en mi novela y la casa del Tibidabo donde me hicieron fotos unos alumnos de Eina cuando yo tenía 16. Acostumbrada a los museos americanos, he fotografiado tres cuadros sin saber que no se podía y un vigilante me ha dado tres golpes bastante duros y osados en el hombro, como si quisiera despertarme de un sueño profundo en pleno incendio, para decirme: "¡Señora! ¡Que no se pueden echar fotos!" A pesar de sus maneras y de los comentarios estúpidos que una mujer de aspecto ricachón y convencional le dirigía a su pobre niña, la pintura siempre restaura. En medio de esos Renoir de colores apastelados, había algunos maravillosos y menos conocidos, como un autorretrato nervioso e irritable. Y dos magníficos Toulouse Lautrec. Y Daumier, y Manet... Pensando en mi novela, me he acordado de Bonnard, era Bonnard el pintor que llevaba sus pinceles en el bolsillo para retocar sus cuadros en museos y galerías... Hemos visto unas imágenes maravillosas del Oiseau de feu de Diaghilev, y el vestuario y las escenografías. Aunque estaba todo lleno de gente, como moscas buscando la luz...
Ayer, también mustia con mi brazo doliente (me ha vuelto el dolor, por lo visto, nadie me dijo que cuando estas lesiones tienen un origen postural, siempre pueden volver, y para evitarlo, no hay que dejar de tomar los complementos que yo sí dejé; y ahora, ruinosa, sin recursos para las sesiones seguidas de acupuntura, sin poder descansar como me recomiendan, ¿cómo seguir traduciendo, cómo mantenerme a flote?), acudí a una cita con tres mujeres. Una, joven apasionada y reflexiva como aquel personaje de un cuento de Clarice Lispector, "Misterio en Sao Cristobao", se iba a Chile a hacer un stage y quería que alguien le echase las cartas y acepté hacerlo yo misma como regalo (Giuseppe les dijo que mi lectura sería más literaria que cualquier otra, y que pondría algo en la palabra... Y es que yo aprendí esa técnica hará unos treinta años, en casa de un periodista radiofónico musical con un lado tan esotérico que nadie lo conocía y una escena parecida sale en mi novela. Y algunos amigos transoceánicos me piden tiradas a distancia y les mando la foto con la interpretación. Después de todo, es una forma de pensar como otra y el inconsciente se encarga de proyectar las imágenes, como en un sueño). Quedamos en la terraza del Gallery, con su madre, una activista cultural que había sido hospitalaria conmigo en Saragosse, y una librera valerosa amiga suya y con los ojos de un azul de aguamarina. El espíritu de ese encuentro me reanimó. Remató la librera que, tras unas frases sobre la suerte que parecían hablar de mí sin ella saberlo, contó que había vivido en Guatemala en una cabaña hecha con tablones y que al ver que podía vivir sin apenas nada, estas adversidades de ahora no podían ya angustiarla. Volví a la sensación de Le Havre. Si uno es capaz de encontrar espíritus afines, nada podrá hacernos daño de verdad. Y fueron animándose y acabé echándoles las cartas a las tres (uno sólo tiene aquello que da) e imaginando que podría tal vez echar las cartas en un café de alguien amigo para ganar un argent de poche sin tener que dañarme el brazo, especie de Madame Zorah reconvertida... Mis amigos me animan porque según ellos siempre se cumplen esos augurios... Y en el fondo era como imaginar otra vida dentro de ésta, como cuando un americano dueño de un hotelito en las islas me propuso que cantase allí con su hijo pianista...
También me llegaron los mensajes de una pintora y su poeta, refugiados en el sur, diciéndome de mi escritura, que pocos se atreven a llegar hasta el hueso y que eso tiene un valor...
Luego está G., que estos días vive entre sus series y los libros que devora con una voracidad recobrada y a veces tenemos nuestras conversaciones. Hay algo en G. que me alegra aunque no se apasione suficiente con su carrera y es que le veo tan lleno de insight y de recursos que estoy segura de que un día se decidirá a ponerlo todo como el pájaro de fuego de Diaghilev... G. se hizo unas fotos con la corona del roscón de reyes que me encantaron, pero no estoy autorizada a publicarlas. Le regalé libros, como siempre, y ya les ha hincado el diente. Se han terminado las vacaciones. Aún llegan restos de la intoxicación de felicitaciones como droga para resistir un año que nos vaticinan aciago. Procuro saltarme los periódicos, que siguen convencidos de que alarmar y angustiar aumentará las ventas, o que tal vez así la gente dejará de informarse o quién sabe a qué estúpido plan responde esa política. Ayer le contaba a G. de las disquisiciones de Hannah Arendt, Mary McCarthy (y de las ideas de Kant) sobre la estupidez, el no-pensar y un wicked heart, de si la causa de la mezquindad y del mal era la estupidez, la falta de inteligencia, la incapacidad de establecer conexiones y de pensar o esa era sólo la consecuencia. Qué alivio refugiarse en esas ideas, qué hospitalidad encuentro en esas cartas. Además, mientras leo no me duele el brazo y Rufus, mi Rufus alocado y afectuoso, se pega a mi cuerpo en el sofá o me contempla ronroneante como ese gato de Maeve Brennan cuyo mejor talento era un ronroneo profundo y musical, que le tenía orgulloso. Pero Rufus tiene otros talentos...

jueves, 8 de diciembre de 2011

Mientras


Foto: I.N., Rufus de Bengala, al sol, 2011
Hoy he salido a pasear antes del apocalipsis, para disfrutar de la calma y el sol antes de que mañana seamos expulsados del euro y de que el dinero se devalúe el 40% y nadie pueda sacar lo que tenga en el banco (si es verdad lo que promete M. Castells) y mientras los ricos ya hayan cambiado sus euros por lingotes y divisas o hayan abierto cuentas en Finlandia. He visto a algunos que se resignan al che sarà sarà, muchos simplemente no tenemos nada que salvar e intentamos no imaginar esos escenarios terribles de mis sueños, los periódicos siguen anunciando las peores medidas, las que hunden más a cualquier país (Vicenç Navarro lo explica claramente aquí), he escuchado gente que prefiere culparse y habla en primera persona y gente que prefiere huir o tomárselo con humor mientras pueda.
He estado leyendo una novelita de terror victoriano escrita en los cincuenta que me comprometí a prologar y aún no sé cómo empezaré, cuál será la frase que me arrastre, he seguido preguntándome si tengo algo que decir de un libro de poemas que me pidieron que presentara (esta mañana le dije al poeta que no, pero luego, mientras me duchaba, se me ocurrió una idea), he pasado la mañana corrigiendo lo que ahora escribo, sumida en unas dudas casi metafísicas de las que no sé cómo salir y en un proceso que me hace sentir expuesta a ciertos peligros. Sigo leyendo de forma salteada los cuentos de Alice Munro, y traduciendo textos sobre Dalí. Ayer acompañé a una amiga a la tienda de antigüedades indias de J., que sabe explicar la procedencia, el uso y los mitos que envuelven a cada una de las figuritas. Luego, ella y yo comimos rápidamente y pesé a todo llegué tarde a ver al hombre que escucha, que intentó darme algunas claves para mis dudas de escritura, pero el tiempo corría demasiado. Estuve mirando las sombras de los árboles en algunas fachadas del ensanche. Al pasar por el Arc de triomf lo vi tan airoso y alegre como en mis viejas postales y lamenté no haberlo sacado en mi libro de la ciudad, que por cierto tiene ya avanzado el prólogo ilustrado.
Hoy he dado un corto paseo con C. por la Tamarita, hemos tomado un té por el barrio y al salir había caído una humedad que nos envolvía como un baño de vapor. C. ha escuchado mis problemas de escritura y me ha aventurado distintas posibilidades, con su mentalidad abierta y científica. También hemos hablado del panorama general, naturelich. Ayer tomé otro té con un amigo que piensa en volver a su Buenos Aires. Y le escribí a otro que podría salvarse volviendo au pays gabache, pero se ha empecinado en proseguir su inmersión aquí, para mi perplejidad.
No sé que será de nosotros, pero ha empezado a circular alrededor una fuerte oleada de humor negro. Algunos hablan de comunas, de huertos, de refugios en el campo, otros se niegan a pensar en la cuestión y se abstraen en libros y películas. 
Sé que me estoy ensimismando. Que mi desconcierto me impide seguir aquí, que crece lo que no puedo decir, que... Rufus ha estado ronroneando conmigo en el sofá mientras leía la novelita anglosajona de terror. Todas las noches quiere salir a la terraza a cazar y anoche olvidé volver a abrirle. A las tres de la madrugada me despertaron unos maullidos lejanos. Yo le maldecía entre sueños, pero de pronto me di cuenta de que se había quedado fuera. Por cierto que la gata de mi vecina se cayó del sobreático hasta el patio del colegio que hay al lado y no le pasó nada. La vecina vino a preguntarme, desesperada y yo le dije que en el colegio habían encontrado un gato gris. Su otro gato juega siempre en la terraza sin caerse, pero la gata gris no sé qué hace... Es la tercera vez que cae, "le quedan cuatro vidas", dijo ella. "Ah, cuando son paracaidistas...", le dijo el veterinario.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Otra vez

Foto: I.N., Cipreses en Girona, 2011
Llueve con la furia del cuento de Somerset Maugham, llueve en el pasado como en el poema de Borges que César CB citaba el otro día y que el Cabrero había cantado por bulerías, llueve como en el poema de Edward Thomas que citó Isabel M (Rain, midnight rain, and nothing but the wild rain), llueve con rabia, como decía G., llueve como en las películas de Manila, llueve como si no fuera Barcelona, yo acabo de decir que no a una invitación al bosque del trío cinéfilo para quedarme encerrada en galeras, aún dudo si escapar mañana, y renuncié a aceptar el préstamo de un apartamento fastuoso durante una semana en Londres porque mis arcas están demasiado vacías y no pude improvisar un billete moderado de un día para otro, y otro amigo artista que se iba para allá ayer me manda esta mañana un alegre dibujo rojo de autobús londinense.
Me ha entrado una melancolía como en la canción de Van Morrison, tan fuerte que he estado a punto de ceder a un impulso equivocado. He visto en la prensa un obituario (inexacto) de un amigo isleño y cineasta que ha muerto (espero al artículo que otro escritor isleño le dedicará el domingo). Pensé en él mientras paseaba junto a esos cipreses de Girona que parecen apoyarse en la piedra de la muralla, me acercaba al Bonestruc Sa Porta, miraba el candelabro de siete brazos y la llama eterna. Fue el martes, y estaba tan bonita la ciudad del río...
Me reconcilié con la novela. Quien la había escuchado sistemáticamente hasta un punto determinado reapareció y se ofreció a leer lo que le faltara, le envié los tres últimos capítulos, me puse a leer un artículo magnífico en el TLS de Ruth Scurr sobre Alice Munro, los sueños y el mal en sus cuentos (Don't Ask) y volví a casa en ese estado semihipnótico tan interesante, abrí el archivo de la novela, entré en el último capítulo, empecé a corregir y de pronto volví a verla como antes la veía, con su luz y sus sentidos. Saber que ella estaba leyendo esos capítulos me permitió volver a leerla de ese modo y llenarme de fruición de seguir. 
No es que sepa aún del todo lo que he escrito; no es tan fácil salir de ese lugar del no-saber en que me sitúo hasta el final, pero sé ya más de lo que sabía; se me ha ocurrido intercalar un capítulo más, no sé qué ocurrirá, pero ya estoy en otro lugar. Al día siguiente recibí la respuesta de esa lectora, que ahondó en la fuerza de irradiación de esas páginas, luego fui a comer a casa de un amigo escritor, en el Eixample, que está en el mundo y me dijo cosas para mí valiosas, y al volver andando por la Rambla de Catalunya, la ciudad parecía más plácida y luminosa.
Yo quisiera irme y no estar en quiebra. Echo de menos París y me refugio a veces conversando con amigos franceses.  EVM decía en su artículo que estaba en la librería Tschann de París y le gustaba oír los continuos "pardon", "pardon" de la gente al pasar. A mí también me reconforta la cortesía de los franceses del mismo modo que me descorazona la fea zafiedad de los españoles. Por cierto, cómo me gustó lo que decía J.A. Masoliver de Una vida absolutamente maravillosa de EVM, porque coincide con mi sensación al leerle: esa capacidad extraña de que al revisitar su mundo nos parezca siempre nuevo, aunque sea el mismo. Masoliver también hablaba de esa celebración suya tan gozosa de la literatura, esa locura de citas y lecturas que nos lleva a tantos otros libros, como el tapiz interminable que soñé una vez que era mi escritura. Se lo dije a un crítico francés vilamatiano decidido (el otro día estaba leyendo Chet Baker piensa en su arte y comentó pt'ain que c'est bon!) y me dijo que estaba completamente de acuerdo.
También me refugio en la música. No sé qué me ha pasado ni por qué estoy en esta desolladura material, ni si es transitoria o anuncia algo terrible. No puedo saber nada. Sólo espero que de verdad sea transitoria y lleguen los cambios necesarios y todo vuelva a su sitio...
Alguien en fb me ha recordado el impulso suicida tenaz de algunos pingüinos que salía en la película de Werner Herzog como un interrogante melancólico.
No pienso hablar hoy de lo que está ocurriendo en el mundo ni en este pobre país de políticos cenutrios y corruptos hasta las cejas, que nos siguen llevando al hoyo más y más. No entiendo cómo nadie puede defenderlos ni creer en ellos, cómo alguien puede creer que el candidato de un partido tan siniestro y turbio como el PP es "la luz al final del túnel", ni cómo alguien puede creer en un partido que se llama socialista pero sigue apoyando que los Bancos cobren las hipotecas a la gente después de arrebatarles la casa (algo que no ocurre en ningún lugar del mundo), o cómo alguien va a votar a quienes se llaman de izquierda pero les han apoyado en sus políticas derechistas. Sólo sueño con lograr un salvoconducto para salir huyendo.
Parece que el prólogo de mi libro de rincones de la ciudad lo hará un amigo, un artista visual, por decir sin decir. Se lo propuse el otro día y me dijo, para mi sorpresa, que le hacía mucha ilusión. Volvía de un viaje, se iba a otro y le esperaban un par más, todo era complicado, pero me dijo que sí, aunque todavía tiene que leerlo. He empezado a corregir también ese libro y a arrancar de él hierbajos, pequeñas cosas que no le pertenecen y que son del territorio de la ficción. El lunes iré a seleccionar imágenes a esa editorial de los gatos, las azoteas y el edificio modernista. Y este fin de semana debo acabar de corregir ese texto.
Y ahora vuelvo a la traducción. Me he retrasado estos días y tengo que compensar el tiempo perdido. Voy a atarme para no salir huyendo al bosque de la Belle Elaine con sus cineastas y mi pack de correspondencias. Vuelvo (y traduzco) a Somerset Maugham:  
Y el doctor Macphail contempló la lluvia. Empezaba a atacarle los nervios. No era como nuestra suave lluvia inglesa que cae amablemente sobre la tierra; era despiadada y en cierto modo terrible; se percibía en la malignidad de los poderes primitivos de la naturaleza. No llovía, manaba. Era como un diluvio del cielo y repiqueteaba en el tejado de hierro y zinc con una firme persistencia capaz de enloquecer. Parecía irradiar una furia propia. Y a veces uno sentía el impulso de gritar si no cesaba de llover, y luego de pronto se sentía impotente, como si los huesos se le hubieran vuelto blandos, y se sentía triste, miserable y sin esperanza.

viernes, 28 de octubre de 2011

Llueve


Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio escribió en una columna de El País que una novela que empezase diciendo: "Llovía. Tras los cristales..." había que tirarla a la basura. La lluvia me recuerda a eso, como también a "Isabel viendo llover en Macondo", o al cuento maravilloso de Somerset Maugham, "Rain", y ahora, gracias a I.M., me recordará a un poeta que quiero buscar y que está a punto de publicarse traducido en Linneo.
Anoche estuve en la inauguración de Manel Armengol en Tagomago y me gustaron sus azules. Como yo acababa de recibir, hipnotizada, el catálogo de la exposición de Joan Miró (que tuve la suerte de traducir en una pequeña parte) L'escala de l'evasió, se me ocurrió que Manel participaba de un mismo espíritu, tal vez esa tradición catalana del seny i la rauxa, una mezcla de terrestridad telúrica, espiritualidad a veces mística y un humor y una ironía payeses, con ese silencio metafísico y a la vez ligero de la gente del campo que también encontró Jean Giono en la Provence.
Es maravillosa esa exposición de Miró y también su catálogo. Tiene mucha razón Mercè Ibarz en su artículo de ayer. Es verdad que muestra al Miró más comprometido, republicano, antifranquista, izquierdista, mal que le pese a aquel "artista" anti 15M que me encontré en la inauguración.
Yo esquivo los acontecimientos sociales en Barcelona, sólo voy cuando me siento vinculada realmente a su protagonista o cuando no tengo más remedio por alguna otra razón y esta semana tuve que ir a tres, y esa dispersión melancólica se añade a la desconexión que ha supuesto dejar mi novela en reposo. Ahora temo abandonarla, temo no poder volver a verla como antes la veía, temo rechazarla como las madres pájaro rechazan un polluelo caído del nido. Por eso me ha consolado ver un Apostrophes de Pivot con Julien Green donde el escritor contaba cómo Jouvet le pidió durante años que escribiera una pieza de teatro y él le decía "Es que no sé ni cómo empezar", y Jouvet le insistía y después de la guerra volvió a la carga y le dijo "Écrivez n'importe quoi", cualquier cosa, y Green escribió justamente "n'importe quoi", y se convirtió en Sud, según él compuesta de unas escenas muy oscuras y que sólo cuando la vio representada comprendió de pronto cuál era le sujet de la pièce, y que la gente le decía Mais écoutez, c'est pas mal construit du tout! Pero Jouvet nunca pudo leerla ni verla porque se murió de repente. Y es que esa sensación de escribir sin saber lo que se ha escrito es la mía, y a mí me emociona, si no fuese así no creo que me gustara escribir, pero tiene su contrapartida, ese vértigo de después, y ahora no sé cómo lograr averiguarlo. Antes siempre me servía discutir con otros, lectores de confianza, pero esta vez no me ha servido, esta vez me he sumido en una gran confusión, y ahora de pronto siento que me había engañado el criterio de quien hasta ahora iba escuchando mis anteriores capítulos, que tal vez no decía lo que pensaba con sinceridad o no se daba cuenta del problema, y tampoco acaba de servirme la propuesta de mi amigo escritor östeuropeo, salvo para desalentarme sobre lo escrito, ni la opinión de nadie. Tal vez haya llegado el momento de recurrir a otra clase de lector, o abandonar.
Estas últimas noches he tenido sueños de muerte, sueños sangrientos pero también sueños libres y múltiples que me producen una rara felicidad, aunque sean pesadillescos. El hombre que escucha me ayudó a empezar a descifrar algunos. Fue gracioso cómo el nombre de un poeta que aparecía significaba también muerte, a pesar del humor y la burla que parecía envolverlo todo. Un asesinato que a veces era de dibujos animados. Unas cuchilladas que yo sabía que serían cosidas después. Yo me encontré diciéndole al hombre que escucha que ahora me siento menos vieja que hace unos meses, más cerca de la vida y más lejos de la muerte a pesar de las amenazas.
Ayer estuve en el Ateneo. Creo que voy a intentar dar un curso en l'Escola d'Escriptura en enero, aunque los horarios que quedan libres no son fáciles. Espero que se apunten alumnos suficientes. Por cierto que anteayer, cuando iba corriendo por la calle a una de mis citas tentativas de estos días (intentos de resolver mis dificultades de trabajo), un hombre que estuvo a punto de chocar conmigo me siguió para decirme, de una forma entre tímida, educada y osada, un elogio que me desconcertó. Le di las gracias y seguí corriendo, alegre de que me hubieran visto así y preguntándome si no sería el vestido rojo (la capa de Supermán, dijo luego V.). 
Leo aún a ratos un libro magnífico, Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent. Podría parecer crítica literaria, pero no es exactamente eso, o va efectivamente más allá. Construye una narrativa con esos escritores atópivos o décalés, que no encajaban en el mundo, casi a la manera de Roberto Bolaño en el fascinante La literatura nazi en América; sólo que éstos son reales, aunque a veces el lector llegue a dudarlo, igual que con Bolaño parecían reales. Bonnargent cuenta ese desencaje vilamatiano o bartlebiano en el mundo con un tono fluido y sutil, una narrativa llena de momentos memorables, una visión inteligente e irónicamente comprensiva de sus desarraigados personajes. Los ejemplos podrían aclarar mucho, pero no tengo tiempo, vuelve el espíritu del conejo blanco carrolliano con sus prisas y me arrastra a otro mundo. Tengo que traducir, escribir mi curso, acoger al peregrino que me ha llegado de pronto y después iré al gimnasio alemán y más tarde tendré que salir a la lluvia.

domingo, 23 de octubre de 2011

Al otro lado del espejo

Foto: I.N. Paseando por Balmes, 2011
Este fin de semana lo he pasado al otro lado y ya no recuerdo apenas nada del mundo, aunque esta mañana se me escapó el sueño que había tenido, con su atmósfera algo opresiva y eléctrica, se desvaneció sin más. Pero ya había estado todo el tiempo al otro lado, o bien dentro de mi novela, que ahora lo ocupa todo con correcciones, dudas y probaturas, aun en la cena chez la Belle Elaine seguía en el interior de la novela, o bien en el sofá viendo esas correspondencias fílmicas que le encargué al librero de la calle Berlinès y que recomiendo vivamente. Es un género que parece muy propicio a algunos cineastas, les permite expresar libremente su mirada sobre el mundo y el resultado es una gozada para el espectador. Sólo he visto completas las cartas de José Luis Guerín y Jonas Mekas y las de Isaki Lacuesta y Naomi Kawase, y las dos series espistolares valen la pena. Vayan al CCCB o compren el pack en el librero, no les decepcionará. Los dos primeros homenajean el cine, las marcas de la historia, celebran a sus maestros e inspiraciones, un paseo por el bosque de Thoreau, un retrato fugaz de sus anfitriones, lo que se ve por la ventana en Barcelona, el homenaje vibrante a una joven cinéfila eslovena que murió injustamente, la idea de reaccionar a la vida con cine, una celebración de imágenes japonesas en un momento dramático de Japón y el itinerario de unas hormigas intercambiado con imágenes muy libres de la vida cotidiana en NY, de conversaciones y bailes, de los restos de las películas de toda una trayectoria, que Mekas piensa unir para hacer su última película, un viaje al pasado del genocidio judío en Polonia, la comida como celebración, el paseo de unos amigos con la lavanda y las vicisitudes de una paloma en la calle neoyorquina. Y en cuanto a Isaki Lacuesta, con su poética particular algo surrealista es Banyoles, el lago, los árboles, la idea del desierto, la escritura silenciosa, la intimidad del sueño de su bella durmiente, lo que se ve desde el tren, la infancia del museu Darder, la voz de Casasses con Pascal Comelade y el fragmento irónico de fantasía japonesa de cine primitivo. Y Kawase, desde Nara, arranca con imágenes sutiles de ritos de duelo en el Japón del tsunami y el desastre nuclear, sigue con lo que su hijo vio en Banyoles, retrata a sus colegas de equipo...
También he estado en las redes. Es extraño lo que ocurre allí, ese bullicio alegre y a veces tan receptivo, por qué la recepción allí no se traduce aún en lo real.
Y luego vuelta a la novela: es extraño pensar conscientemente en algo que escribo tan a oscuras; estoy acostumbrada a corregir, pero no a reflexionar sobre lo que escribo, salvo a posteriori, y siempre he escrito ficción corta, lo cual cambia mucho las cosas. Es muy distinto decidir sobre algo que tiene una estructura tan general, no pensar la novela a trozos sino en conjunto, y ocurren cosas misteriosas, como que algo desechado pugna por volver y de pronto recobra el sentido que parecía perdido o en cuestión. Quién sabe lo que ocurrirá después. Quién sabe si volveré a verla como la veía. Mi estado de ánimo cambia con las horas. A veces la veo muy distinta... Tal vez necesitaré leerla en voz alta para comprender lo que he hecho. No me gusta sentirme expuesta antes de hora y esta vez mis interlocutores me han desconcertado un tanto. Tal vez sea ahora el momento de dejarla reposar. De tapar el cuadro y no volver a él hasta que pasen días. Siempre lo pienso, pero luego me despierto con la idea de cambiar una frase, un fragmento, de incorporar o abandonar algo... No estoy segura de lo que estoy haciendo, pero eso tampoco me preocupa. Sé que sabré en cierta manera, que sólo tengo que dejarme llevar por ese estado de semivigilia, por esa escucha al otro lado del espejo. Rufus ha visto las Correspondencias abrazado a mi chal de lana. Mañana volveré a traducir como una hormiga. Tengo que encontrar otra vía material antes de que todo se acabe. Alguien me ha escrito para anunciarme la muerte de un antiguo amigo al que perdí de vista hace muchos años. He preguntado por su hermano, que fue más amigo mío y me han dicho que es fotógrafo en un periódico. Mañana será el funeral en un lugar fronterizo, que sale en mi novela. No sé qué significa el silencio que nos hemos concedido dos iniciales idénticas y yo. O sí lo sé, pero puede haber sorpresas. Espero que Rufus, auténtico djin, interceda por mí antes de volver a este lado del espejo.