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domingo, 4 de marzo de 2012

En el campo

Foto: I.N., almendro en flor, 2012
Se estaba muy bien, pensé en JRJ (Era mayo y el campo estaba lleno de vida y de pasión. Yo iba con mis pensamientos negros hacia el mundo...). Nos perdimos y llegamos tarde, no vimos a Silvestre, el pastor filosófico, ni a sus ovejas. La Belle Elaine me cedió mis aposentos preferidos en la casa, una gran buhardilla que tiene estudio, dos dormitorios y un baño con vistas a tejados y pájaros, donde me siento feliz. Nunca me ha importado subir y bajar escaleras dentro de las casas. Paseamos por los lagos, fuimos a una playa solitaria donde se había parado el viento de siempre, tomamos tés y cafés en el hotel antiguo frente al mar, vimos las ruinas romanas y nos reímos de unas absurdas instrucciones donde se explicaba cómo andar y moverse a los transeúntes como si fueran estúpidos, recorrimos ese pueblo, siempre con nuestras puyas y conversaciones. Vi al fin el documental que Pere Alberó hizo sobre el pueblo de Oliete. La primera parte me pareció, no sé por qué, de una tristeza irresistible, pero luego algo hizo que fuese más allá y se diera la vuelta, con otro pastor que pensaba, con la mujer que recordaba y comparaba y describía las diferencias entre la vida de antes y la de ahora mientras el pastor ladeaba la cabeza para escucharla atentamente, y las imágenes, algunas se quedaron conmigo: un rebaño inmenso de ovejas atravesaba un bosque repoblado; había una película dentro de la película, y una escena en que unos niños contemplaban el desuello de una oveja entre la fascinación morbosa, la excitación, la tristeza y el rechazo; me gustó mucho verla. Había algo de la historia del país aunque se silenciara, algo de lo que no se hablaba y de lo que hablarían más tarde, en otra película. Pero ese no-dicho flotaba en el abandono y el desamparo de la gente de aquella tierra, en la piedra. También vimos una primera película de Castilla de Val del Omar, experimental y loca e interesante, acabé el libro que leía y escribí la reseña en mis aposentos, paseamos esta vez por las lagunas, comimos, nos reímos, escucharon mi reseña, y algo significativo: mágicamente los malaises que tanto me habían desesperado en estos tiempos se redujeron a su mínima expresión, no sé si porque la dieta y los remedios funcionan o por ese sosiego del paréntesis de quietud, árboles y pájaros y conversaciones de amigos tras una semana muy difícil.
A mí no me gustaría ser de esas personas que afirman su pequeño poder cortando el paso a los otros o contribuyendo a sus dificultades en estos tiempos tan salvajes, no me gustaría jugar ese papel de vigilantes del campo de concentración, ni ser de esos incapaces de generosidad ni de empatía, que olvidan que nada es eterno y que ellos también pueden caer sin red. Aunque alguien me decía: esa clase de personas suele remontarse, porque lo que se busca en estos tiempos es justamente esa mentalidad psicopática y esa mediocridad. Pero qué desagradable y triste es el contacto, escuchar algunas de sus frases. Y qué bien lo entendía V. cuando se lo conté. En esa semana oscura tuve que ascender por esas pendientes lanosas o acartonadas de mis sueños y me agoté tanto y me sentía tan mal físicamente y con tanta desesperanza de que se me pasara, que una madrugada llegué a contemplar la vieja idea de irme. Luego, como una mariposa en la quietud de esa hora extraña, se me acercó revoloteando un pensamiento, algo que me decía: no puedes, tienes un compromiso aquí. El hombre que escucha me dio dos claves, una que desculpabilizaba y desdramatizaba, otra que señalaba dos lugares del deseo. Y luego me fui al campo. Ahora leo la biografía de Balthus, también para reseñarla. Estos días hablábamos mucho de sueños. Uno de los niños de la Belle Elaine había soñado que iba en bici acompañado de una luz, a su vez montada en su bici. El camino era difícil pero la luz siempre iba con él. Ojalá me acompañe también a mí esa bici luminosa en esta semana.

martes, 7 de febrero de 2012

El tiempo se escapa

Foto: I.N. Un hombre de nieve sentado en Hyde Park, 2012
También en Londres. Ayer me reconcilié con Waterstones, donde me refugié haciendo tiempo para ir a ver una horrible exposición de Hockney, gigantesca producción de mala pintura (IMHO), con sólo dos maravillosos cuadros de 1956 y unos carboncillos deliciosos. El mundo del arte es tan extraño e irracional... Yo había jurado olvidar esa cadena de librerías tras una experiencia triste en una de Bruselas, pero ayer en Waterstones encontré un tesoro para regalarle a ma cousine V., y un librero guapo, obsesivo, minucioso y lleno de humor hizo lo imposible por encontrar el primer volumen desaparecido. Y allí tenían el Kawabata que yo buscaba (recomendado por una misteriosa facebookiana) y que no quería leer en una traducción dudosa, y un Foster Wallace pequeño y raro que quise leer. Había sofás donde leer y reposar y tenían ediciones estupendas que sólo mi disciplina de hormiga de Figueres me  ayudó a no adquirir. También recorrí callejuelas maravillosas y atravesé esa plaza que sólo me recuerda a Joseph Conrad y su atentado en The Secret Agent. Anduve y anduve y anduve como la niña del cuento con su piel de asno. And she went along and went along and went along. Me sentía llena de una excéntrica felicidad inglesa. Al salir de la Royal Academy of Arts con la exposición de Hockney, donde había quedado con mi amigo, entramos al azar en varias galerías y tenían Matisses y Joseph Albers y otras maravillas en cualquier pequeña galería... Y es que Londres, digan lo que digan esos banqueros que amenazan con irse de la city a los países ahora interesantes desde el feo punto de vista financiero, sigue poseyendo una riqueza inmensa. Los alquileres son absurdos, surrealistas. Pero en pleno Old Bond Street, unos pájaros listos habían conseguido colocar su nido gigante (inmigrantes?), la única vivienda sin renta en el Central London. Un árbol... 
Hoy hacía sol, qué agradable sensación de Londres soleado en invierno... Hemos ido a ver ese museo loco y excéntrico de Sir John Soane, donde al entrar, a las mujeres nos hacían meter el bolso dentro de una pequeña bolsa de plástico y llevarlo así para no rozar o erosionar el mobiliario (!?). Se trata de una casa museo, situada frente a unos maravillosos jardines enmarañados, donde John Soane vivió, junto con su esposa y su perrita Fanny, y estableció que a su muerte la casa se convirtiera en museo, tal como él la había concebido. Abajo, la biblioteca, el salón, las habitaciones pintadas de rojo pompeyano (por lo visto en su visita se llevó un fragmento desconchado como muestra), con algunos retratos familiares. El estudio y la bóveda, una locura de lugares abarrotados del techo al suelo de piezas, fragmentos arquitectónicos y escultóricos de Pompeya, Grecia y Roma, desafiando la gravedad y el espacio, con esculturas de Apolo, Hércules y Diana Efésida maravillosos y espejos que multiplicaban las imágenes y creaban un efecto orsonwellesiano e inquietante, salas de pintura con Canalettos, Piranesis y series completas de Hogarths, con inmensos portones que se abrían y desplegaban para mostrar más pinturas, bóvedas pintadas y esculpidas, tragaluces concebidos para iluminar zonas precisas. Una locura.
Luego, en passant, en la Soas University hemos visto una exposición oriental con algunos budas y libros hindúes interesantes. Cuando mi amigo se ha ido a dar una conferencia a una escuela de música, yo he ido a encontrarme con mi amiga Esther, artista establecida en Londres. Hemos quedado en la Serpentine, pero ella quería aprovechar el sol del día y el parque estaba esplendoroso, y hemos paseado bajo esos árboles gigantes, a la vez majestuosos y humildes, monstruos de belleza, esculturas terrestres, dioses protectores que los ingleses cultivan mientras en mi país los masacran, acuchillan, desprecian y talan con cualquier excusa, los políticos por dinero y la gente por burramia arboricida. Y así hemos descubierto al mejor muñeco de nieve de estos días, sentado elegantemente en un banco, y asediado por todos los perros, que amenazaban sus bonitas piernas orinando encima. Me ha recordado a un poema de Emily Dickinson. Y a un cuento que me fascinaba de pequeña. Y qué perrillos tan preciosos correteaban por el parque... Además de los elegantes y burlones cuervos, de los patos verdes, los pajarillos diminutos de pecho naranja o verde, las palomas que andaban o se posaban en el hielo de los lagos... Y después hemos visto la exposición maravillosa de Lygia Pape, artista brasileña osada que me ha recordado a Àngels Ribé, a Lygia Clark, a Helio Oiticica, a Les plages d'Agnès de la Varda y sobre todo a ella misma, con esa libertad y amplitud de lenguajes y medios, con esa capacidad para buscar un nuevo lenguaje para cada obra, en esa época inocente en que era tan fácil romper y revolucionar. Después, E. y yo hemos hablado de algo que queremos escribir juntas mientras comíamos. Y luego yo he iniciado una peregrinación infructuosa pero feliz y he llegado a casa, cuando de pronto me ha sobresaltado una alarma antifuegos que se ha repetido tres veces. Antes de salir corriendo abandonando mi ordenador, he llamado a recepción: me han dicho que repiten el simulacro todos los martes a esta hora. En fin...
Y ahora me queda poco tiempo. Soy feliz aquí. Sueño con presentar un curso a alguna universidad y quedarme, cuando G. se vaya a su Erasmus. O con ir viniendo a conferenciar. Me gustaría vivir en un lugar excéntrico, arbóreo y afín, y a pesar de la dureza de esta ciudad tan cara, a pesar del cielo gris y la falta de sol (por cierto que hoy he visto dos nubes rosadas del crepúsculo y casi me emociono; me he acordado de J.R.J y lo que contaba EVM) para mí, estar rodeada de belleza y esa libertad que da lo excéntrico, me compensaría. Oh ya sé que algunos lo detestan. En facebook, hay gente que me ha comentado horrorizada que no escogiera estos días tan fríos, o alguno que me ha insinuado cosas peores: como en mi país nadie sabe que existe la subjetividad, hay que explicarlo todo y eso acaba por agotar. ¡Qué falta tremenda de esprit! A mí me gusta estar aquí y me gustan los árboles y la historia, como a otros les gustan los parkings, la familia y el fútbol. Déjenme que yo decida dónde me gustaría estar y con qué quiero soñar. Aunque fuese imposible.
Luego pondré los links y más cosas, ahora me toca prepararme para ir a uno de los restaurantes que recomendó la sabia B.

domingo, 5 de febrero de 2012

Hoy


Foto: I.N., Árboles de Londres, 2012
No hacía tanto frío, y todo Londres estaba lleno de muñecos de nieve con nariz de zanahoria y bufandas de colores. Mientras esperaba a que se me secara el pelo,  he estado traduciendo un cuento irlandés de Maeve Brennan donde la madre preparaba a las niñas para la visita y el té de un ex obispo que les contaría historias de África y las tres estaban muy nerviosas y justo en el momento en que iba a llegar, a la niña más nerviosa y delicada le daba una llantina tremenda que no podía evitar. Luego me he ido andando, andando entre mis árboles favoritos a ver una iglesia con vidrieras pintadas por William Morris y Edward Burne-Jones. Era preciosa y cuando ya me iba, el párroco me ha atrapado. Se llamaba Rob y era muy agradable, me ha preguntado por mi visita y yo le he dicho que no era practicante y que había venido a ver las vidrieras y cuando me ha preguntado cuál era mi impresión, le he dicho que era un sitio precioso y que yo sí podía detectar que en algunas iglesias o en algunos monumentos megalíticos (como esos talaiots maravillosos de Menorca) hay algo dentro y él, muy contento, ha dicho que eran las plegarias, que esa iglesia estaba siempre abierta para que cualquiera pudiese entrar a pedir algo (por un momento, yo me sentía como la mujer rubia de Nostalghia de Tarkovski en aquel monasterio romano de la Virgen del Parto -de cuyo manto o vientre salían palomas!- con tantas velas ardiendo y las mujeres arrodilladas y ella preguntándole al cura: ¿Pero por qué rezan? ¿Qué pueden conseguir? Y él exclamaba: ¡Todo! Y ella estaba a punto de arrodillarse, pero no lo hacía, era imposible) y ha concluido que todos necesitábamos eso. Era un hombre guapo y alegre, sin ese aire torturado y culpable del celibato católico. Su idea encajaba con la mía, yo siempre he pensado que los deseos y las lágrimas concentradas convierten a un lugar en sagrado, es decir, dejan alguna intensidad en el aire que se detecta extrañamente, como se detectaba la inmensa desolación al acercarnos G. y yo a la zona cero sin señalizar, un año después. 
Las aceras estaban llenas de nieve, barro y hielo. Aquí no tienen las máquinas quitanieves de Nueva York, dicen que son muy caras y que no suele nevar, así que se esperaba un colapso en trenes y circulación. Anoche salimos a ver el parque y pisar nieve jamás hollada por el hombre (como en la leyenda de un hombre que vendía arena del desierto) y no había taxis y el frío arreciaba y en las fotos la nieve adoptaba la forma de cañas azules. Vi pasar unas chicas rusas en shorts y con medias, intentando abrirse paso por la nieve con tacones de aguja como si fueran zancos, tan delgadas y casi niñas.
De Barcelona me llegaban mensajes oscuros, algunos incluso beligerantes, pero hace falta dos personas para montar una pelea, y nada más lejos de mi interés que entablar algo tan íntimo como una pelea en ese terreno demasiado asociado a mi infancia, donde preferiría siempre una distancia pacífica o al menos educada. Pero también me escribía un amigo poeta cubano-suizo y amante de los árboles, que se va a México justo el día en que yo vuelvo y la Belle Elaine e incluso G. y J. que sí pueden comprender lo que no puede decirse. Ahora entiendo por qué mi vuelo estaba tan vacío. Horas después ya empezaron a anular todos los vuelos a Heathrow por la tormenta de nieve (por cierto que me releí las tres tormentas de nieve rusas justo antes de venir, la de Tolstói, la de Pushkin y la de Chéjov (ésta última por primera vez).
Después he estado en el Victoria and Albert Museum, dispuesta (en todas partes están cambiando de exposición y no hay casi nada) a ver incluso las fotos que Cecil Beaton le hizo a la reina (a pesar de mi republicanismo feroz, sólo por Beaton, capaz de encontrar belleza en cualquier lugar, incluso en la guerra), pero la inauguraban el miércoles. Y el café estaba abarrotado y he iniciado una peregrinación en busca de una buena ensalada, pero todo estaba lleno de colas de ingleses y turistas hambrientos, así que he renunciado y me he ido a un Paul donde podía hablar francés, para variar, a tomar más té y más sandwich. Y por la tarde he atravesado la ciudad hacia el norte para ir a Hampstead, a unos estudios legendarios que George Martin, productor de los Beatles, montó cuando la Emi se quedó con Abbey Road, ¡en una antigua iglesia! Uno de esos edificios rojos ingleses que tanto me gustan. Y mi amigo (a quien no le gusta esta arquitectura) dirigía al director de una gran orquesta, una orquesta acostumbrada a tocar cosas mucho más difíciles y serias, según me ha dicho, como BRitten, pero aquí ensayando muchísimo para tocar a la perfección una música más sencilla de banda sonora hollywoodiense. A pesar de la nieve y el viento que colapsaban todo, nadie había fallado. Ah, la profesionalidad disciplinada de los ingleses... He podido verlos abarrotando la vieja iglesia desde la barrera y era magnífico. También me ha gustado ver a mi amigo compositor en acción y contemplar la alegría de los músicos al despedirse. Al salir, ya era de noche y otra vez he atravesado Hyde Park en coche y se veía maravilloso en la penumbra y la nieve, los árboles gigantes desperezándose y danzando para nadie.

domingo, 15 de enero de 2012

Vuelvo a escribir aquí



Foto: I.N., Balcones de París, 2009
Está saliendo el sol entre las nubes y Rufus ha decidido quedarse en la terraza. Anoche fui a una fiesta de cumpleaños de un escritor réussi y los asistentes se apretujaban en el amplio bar como en el metro. Luego resultó que había un tropel de desconocidos con una pinza verde en la ropa que pertenecían a una fiesta camionera. Venían conmigo V. e I. y nos tomamos unos vinillos en el bar de aquella fiesta literaria, pero agradablemente alternativa, sin ese arrogante desdén burguesote de los festejos editoriales. Afuera, la gente se apretujaba también para fumar y alguien comentó que con tanta restricción todo era muy difícil, ya que tampoco podía llevarse el vaso afuera y había que renunciar siempre a algo. Comentando la situación económica y política tan odiosa y asfixiante, dos mujeres hablaban de revolución o fuga del país como únicas  opciones posibles. 
La semana había sido difícil. Se cumplió un año de la muerte de M. en el mismo momento en que llegaron noticias duras del malaise de A., junto a la lluvia de pequeñas catástrofes materiales y la falta de dinero. Yo volví a casa de un encuentro con los personajes del teatro de mi infancia llena de dolores, nuevos y viejos, enferma por lo que veía y oía. "Lo que está claro", dijo el hombre que escucha, es que ese contacto te enferma". Todo parecía alarmante y desesperanzado. Volvieron incluso los pensamientos hipocondríacos que me contagiaron los médicos en marzo de 2011, pero pensé: "Y si tengo que morir, ¿qué pasa? Yo quiero seguir aquí, leyendo, escribiendo, paseando, escuchando música y realizando mi deseo, quiero seguir también por G., pero si tuviera que irme, tampoco pasaría nada", y ese pensamiento me tranquilizó. Aunque no lo parezca, hay cosas peores que la muerte. Pero ha sido una semana llena de intensidades de toda clase, negras y luminosas. No quise, no he querido volver al mundo de A.S., porque me inquieta más que otra cosa su negacionismo y a la vez me desconcierta esa nueva fase mía en la que prefiero retirarme a pesar de todo... En este momento necesitaba otra cosa. Me consolaron las llamadas y apariciones de los amigos, el prólogo ilustrado que Mariscal ha hecho para mi libro de Barcelona, con esos mapas llenos de ironía y de historia, un poeta brioso que me escribe e imagina, mi amigo seráfico y su generosidad, los sueños de las cartas del Tarot en los cafés... Y el posible interés de uno o dos editores franceses por La plaza del azufaifo, mi revisión de las páginas que vamos a enviarles, delicadamente traducidas por Mélanie Gros-Balthazar, y el prólogo generoso de EVM que brilla también en lengua francesa, me llenaron de ganas de bailar.
Presenté a una institución un proyecto radical que, si se deciden a financiar, será toda una experiencia para las dos partes, y en la mía incluyo a la Belle Elaine, que filmará todo el proceso.
Se anuló mi curso de Correspondencias en L'Escola d'Escriptura del Ateneu porque no se habían apuntado suficientes alumnos, pero apareció una nueva candidata que me ofreció hacerlo en su casa, donde hay jardín y árboles antiguos. Vamos a ver si encontramos un horario compatible para todos, porque les aseguro que el curso vale la pena, no por mí, sino por esas correspondencias maravillosas y lo que de ellas se desprende, en forma de latidos, de thriller y de fulgor vital y de pensamiento. Así que espero que se apunten.
He salido a buscar pomelos y mandarinas y en ese corto itinerario me he encontrado a J., que iba radiante, como si la crisis, las calificaciones perversas, la amenaza nuclear y la debacle de este país con sus políticos corruptos no fuesen con él, luego a un empresario de hostelería a quien conocí cuando empezaba como coctelero y que fue multiplicando sus establecimientos por la ciudad,  a un amigo ruso al que he visto una vez en treinta años y al fin a una mujer octogenaria, madre de una amiga de la adolescencia y que entonces se parecía a Anouk Aimée, que había desaparecido por completo de mi vista y que reapareció cuando la convertí en personaje de mis cuentos, respondiendo a esas extrañas llamadas de la escritura, y para rematar me preguntó qué podía leer de lo que yo había escrito. No sé qué pasaba esta mañana en ese tramo.
He cometido el error de comprar un periódico, pero al leer en la portada las declaraciones de una mujer empleada en una de esas agencias de descalificación que generan el negocio de unos pocos y el hundimiento de países enteros, que condenan a tanta gente a la pobreza y el trabajo esclavo, diciendo "No lo hacemos por capricho", me ha entrado una furia poco saludable y he decidido que no lo leeré. Mi suscripción se acaba este mes o el que viene, y no voy a renovarla. La tergiversación, la mentira, la alarma injustificada, la falta de reflexión y de salidas que se desprende de esos periódicos, cada vez más la voz de su amo, me enferma literalmente. Creo que prefiero buscar algo más alternativo y leer los únicos artículos serios que incluyen esos periódicos en facebook o en las redes, citados por otros.
El otro día leía a Mary McCarthy diciendo en un prólogo de sus Memorias de una joven católica que nadie la creía, que los lectores estaban convencidos de que los personajes de su infancia eran inventados. En general suele ocurrir lo contrario, los lectores creen que lo que escribimos ocurrió tal como lo explicamos, y los que estaban en el lugar de los hechos -cuando los hubo- llegan a corregir sus recuerdos, persuadidos por el mero poder de la letra impresa. Es un reflejo universal preguntarse cuánto habrá de biográfico en la escritura de un autor, y por eso me hizo gracia que a ella, que escribía sus memorias (tal como recordaba y con esa limitación de la orfandad tan temprana en que nadie o apenas nadie podía matizar o corregir sus recuerdos de niña), nadie la creyera y los lectores pensaran que todo era literatura. Pero es que es verdad que los lectores nos desconciertan e interpelan, algunos porque, como alguien decía en Babelia, querrían que escribiésemos siempre lo mismo, otros porque no saben que existe la subjetividad y que cada lector lee un libro distinto y otros porque de verdad pescan lo que para nosotros es importante o lo era cuando lo escribimos.
Durante esta semana extraña, yo no podía llorar a M., ni tampoco hablar con ella como hago con mi padre ausente, ni tampoco decir moia maika como en mi cuento traducido al serbio, pero mientras desayunaba, ponía Arte tv y lloraba con los perseguidos birmanos o la miseria de unos hindúes o los testimonios de la primavera de Praga y su horrible final, o escuchaba un programa de France Culture sobre Juan Gellmann y volvía a llorar oyendo cómo el lenguaje no le servía para decir su dolor y tuvo que cambiar el género a las palabras, convertir nombres en adverbios, oía a su traductor francés explicándole y lloraba, lloraba apenas un momento porque ya no sé llorar como antes, es sólo el instante de un sollozo semi silencioso, dos lágrimas que no llegan a ninguna parte y se evaporan antes de caer. También pensaba en aquella sensación mía de pequeña en que yo sentía demasiado las cosas, lo oscuro y lo luminoso, y que tenía que hacer algo con aquello que me ocupaba demasiado, que me hacía latir de una forma desbocada, y que tal vez fuese mi piel que decían demasiado transparente, o simplemente pensaba que era una suerte y que tenía que devolverlo convertido en otra cosa, y eso intentaba explicarle a un poeta que no puede conocerme.
Esta mañana escuchaba a Thomas Ostermeier en Arte Tv, en Moscú, hablando del abismo entre las clases sociales en el poscomunismo, y luego del patriarcalismo terrible en Palestina y de Juliano Mer Khamis y de por qué lo mataron; era muy interesante. Yo dejaría siempre esa televisión culta puesta de fondo, en cambio las nuestras no las veo nunca, y alguna vez me pierdo algo, creo que anteanoche pusieron en la 2 un documental de Michael Winterbottom titulado La doctrina del shock que según mi amiga M. todos deberíamos ver y que también recomendaba Hanif K. en su muro de facebook.
Leí Quién es? de Sebastien Doubinsky, y me gustó su poética irónica y leve, y ese Billy el Niño ensoñado, que habla de su infancia y del mundo, de su deseo y de las mujeres, y que retrata los gestos de sus perseguidores y su tristeza dentro de la crueldad y la soledad de todos, la desesperanza del mundo trenzada a la propia felicidad del deseo, y que se deja arrastrar por el azar de las cosas fantaseando con el destino, dibujándolo y dibujándose hasta sus últimas palabras, que son las del título, antes de morir acribillado.
He soñado toda la noche con las redes, pero me he levantado con cierta esperanza cálida que necesitaría todos los días y sintiéndome más ligera, quién sabe por qué, menos alcanzada por la amenaza.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Mientras


Foto: I.N., Rufus de Bengala, al sol, 2011
Hoy he salido a pasear antes del apocalipsis, para disfrutar de la calma y el sol antes de que mañana seamos expulsados del euro y de que el dinero se devalúe el 40% y nadie pueda sacar lo que tenga en el banco (si es verdad lo que promete M. Castells) y mientras los ricos ya hayan cambiado sus euros por lingotes y divisas o hayan abierto cuentas en Finlandia. He visto a algunos que se resignan al che sarà sarà, muchos simplemente no tenemos nada que salvar e intentamos no imaginar esos escenarios terribles de mis sueños, los periódicos siguen anunciando las peores medidas, las que hunden más a cualquier país (Vicenç Navarro lo explica claramente aquí), he escuchado gente que prefiere culparse y habla en primera persona y gente que prefiere huir o tomárselo con humor mientras pueda.
He estado leyendo una novelita de terror victoriano escrita en los cincuenta que me comprometí a prologar y aún no sé cómo empezaré, cuál será la frase que me arrastre, he seguido preguntándome si tengo algo que decir de un libro de poemas que me pidieron que presentara (esta mañana le dije al poeta que no, pero luego, mientras me duchaba, se me ocurrió una idea), he pasado la mañana corrigiendo lo que ahora escribo, sumida en unas dudas casi metafísicas de las que no sé cómo salir y en un proceso que me hace sentir expuesta a ciertos peligros. Sigo leyendo de forma salteada los cuentos de Alice Munro, y traduciendo textos sobre Dalí. Ayer acompañé a una amiga a la tienda de antigüedades indias de J., que sabe explicar la procedencia, el uso y los mitos que envuelven a cada una de las figuritas. Luego, ella y yo comimos rápidamente y pesé a todo llegué tarde a ver al hombre que escucha, que intentó darme algunas claves para mis dudas de escritura, pero el tiempo corría demasiado. Estuve mirando las sombras de los árboles en algunas fachadas del ensanche. Al pasar por el Arc de triomf lo vi tan airoso y alegre como en mis viejas postales y lamenté no haberlo sacado en mi libro de la ciudad, que por cierto tiene ya avanzado el prólogo ilustrado.
Hoy he dado un corto paseo con C. por la Tamarita, hemos tomado un té por el barrio y al salir había caído una humedad que nos envolvía como un baño de vapor. C. ha escuchado mis problemas de escritura y me ha aventurado distintas posibilidades, con su mentalidad abierta y científica. También hemos hablado del panorama general, naturelich. Ayer tomé otro té con un amigo que piensa en volver a su Buenos Aires. Y le escribí a otro que podría salvarse volviendo au pays gabache, pero se ha empecinado en proseguir su inmersión aquí, para mi perplejidad.
No sé que será de nosotros, pero ha empezado a circular alrededor una fuerte oleada de humor negro. Algunos hablan de comunas, de huertos, de refugios en el campo, otros se niegan a pensar en la cuestión y se abstraen en libros y películas. 
Sé que me estoy ensimismando. Que mi desconcierto me impide seguir aquí, que crece lo que no puedo decir, que... Rufus ha estado ronroneando conmigo en el sofá mientras leía la novelita anglosajona de terror. Todas las noches quiere salir a la terraza a cazar y anoche olvidé volver a abrirle. A las tres de la madrugada me despertaron unos maullidos lejanos. Yo le maldecía entre sueños, pero de pronto me di cuenta de que se había quedado fuera. Por cierto que la gata de mi vecina se cayó del sobreático hasta el patio del colegio que hay al lado y no le pasó nada. La vecina vino a preguntarme, desesperada y yo le dije que en el colegio habían encontrado un gato gris. Su otro gato juega siempre en la terraza sin caerse, pero la gata gris no sé qué hace... Es la tercera vez que cae, "le quedan cuatro vidas", dijo ella. "Ah, cuando son paracaidistas...", le dijo el veterinario.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Otra vez

Foto: I.N., Cipreses en Girona, 2011
Llueve con la furia del cuento de Somerset Maugham, llueve en el pasado como en el poema de Borges que César CB citaba el otro día y que el Cabrero había cantado por bulerías, llueve como en el poema de Edward Thomas que citó Isabel M (Rain, midnight rain, and nothing but the wild rain), llueve con rabia, como decía G., llueve como en las películas de Manila, llueve como si no fuera Barcelona, yo acabo de decir que no a una invitación al bosque del trío cinéfilo para quedarme encerrada en galeras, aún dudo si escapar mañana, y renuncié a aceptar el préstamo de un apartamento fastuoso durante una semana en Londres porque mis arcas están demasiado vacías y no pude improvisar un billete moderado de un día para otro, y otro amigo artista que se iba para allá ayer me manda esta mañana un alegre dibujo rojo de autobús londinense.
Me ha entrado una melancolía como en la canción de Van Morrison, tan fuerte que he estado a punto de ceder a un impulso equivocado. He visto en la prensa un obituario (inexacto) de un amigo isleño y cineasta que ha muerto (espero al artículo que otro escritor isleño le dedicará el domingo). Pensé en él mientras paseaba junto a esos cipreses de Girona que parecen apoyarse en la piedra de la muralla, me acercaba al Bonestruc Sa Porta, miraba el candelabro de siete brazos y la llama eterna. Fue el martes, y estaba tan bonita la ciudad del río...
Me reconcilié con la novela. Quien la había escuchado sistemáticamente hasta un punto determinado reapareció y se ofreció a leer lo que le faltara, le envié los tres últimos capítulos, me puse a leer un artículo magnífico en el TLS de Ruth Scurr sobre Alice Munro, los sueños y el mal en sus cuentos (Don't Ask) y volví a casa en ese estado semihipnótico tan interesante, abrí el archivo de la novela, entré en el último capítulo, empecé a corregir y de pronto volví a verla como antes la veía, con su luz y sus sentidos. Saber que ella estaba leyendo esos capítulos me permitió volver a leerla de ese modo y llenarme de fruición de seguir. 
No es que sepa aún del todo lo que he escrito; no es tan fácil salir de ese lugar del no-saber en que me sitúo hasta el final, pero sé ya más de lo que sabía; se me ha ocurrido intercalar un capítulo más, no sé qué ocurrirá, pero ya estoy en otro lugar. Al día siguiente recibí la respuesta de esa lectora, que ahondó en la fuerza de irradiación de esas páginas, luego fui a comer a casa de un amigo escritor, en el Eixample, que está en el mundo y me dijo cosas para mí valiosas, y al volver andando por la Rambla de Catalunya, la ciudad parecía más plácida y luminosa.
Yo quisiera irme y no estar en quiebra. Echo de menos París y me refugio a veces conversando con amigos franceses.  EVM decía en su artículo que estaba en la librería Tschann de París y le gustaba oír los continuos "pardon", "pardon" de la gente al pasar. A mí también me reconforta la cortesía de los franceses del mismo modo que me descorazona la fea zafiedad de los españoles. Por cierto, cómo me gustó lo que decía J.A. Masoliver de Una vida absolutamente maravillosa de EVM, porque coincide con mi sensación al leerle: esa capacidad extraña de que al revisitar su mundo nos parezca siempre nuevo, aunque sea el mismo. Masoliver también hablaba de esa celebración suya tan gozosa de la literatura, esa locura de citas y lecturas que nos lleva a tantos otros libros, como el tapiz interminable que soñé una vez que era mi escritura. Se lo dije a un crítico francés vilamatiano decidido (el otro día estaba leyendo Chet Baker piensa en su arte y comentó pt'ain que c'est bon!) y me dijo que estaba completamente de acuerdo.
También me refugio en la música. No sé qué me ha pasado ni por qué estoy en esta desolladura material, ni si es transitoria o anuncia algo terrible. No puedo saber nada. Sólo espero que de verdad sea transitoria y lleguen los cambios necesarios y todo vuelva a su sitio...
Alguien en fb me ha recordado el impulso suicida tenaz de algunos pingüinos que salía en la película de Werner Herzog como un interrogante melancólico.
No pienso hablar hoy de lo que está ocurriendo en el mundo ni en este pobre país de políticos cenutrios y corruptos hasta las cejas, que nos siguen llevando al hoyo más y más. No entiendo cómo nadie puede defenderlos ni creer en ellos, cómo alguien puede creer que el candidato de un partido tan siniestro y turbio como el PP es "la luz al final del túnel", ni cómo alguien puede creer en un partido que se llama socialista pero sigue apoyando que los Bancos cobren las hipotecas a la gente después de arrebatarles la casa (algo que no ocurre en ningún lugar del mundo), o cómo alguien va a votar a quienes se llaman de izquierda pero les han apoyado en sus políticas derechistas. Sólo sueño con lograr un salvoconducto para salir huyendo.
Parece que el prólogo de mi libro de rincones de la ciudad lo hará un amigo, un artista visual, por decir sin decir. Se lo propuse el otro día y me dijo, para mi sorpresa, que le hacía mucha ilusión. Volvía de un viaje, se iba a otro y le esperaban un par más, todo era complicado, pero me dijo que sí, aunque todavía tiene que leerlo. He empezado a corregir también ese libro y a arrancar de él hierbajos, pequeñas cosas que no le pertenecen y que son del territorio de la ficción. El lunes iré a seleccionar imágenes a esa editorial de los gatos, las azoteas y el edificio modernista. Y este fin de semana debo acabar de corregir ese texto.
Y ahora vuelvo a la traducción. Me he retrasado estos días y tengo que compensar el tiempo perdido. Voy a atarme para no salir huyendo al bosque de la Belle Elaine con sus cineastas y mi pack de correspondencias. Vuelvo (y traduzco) a Somerset Maugham:  
Y el doctor Macphail contempló la lluvia. Empezaba a atacarle los nervios. No era como nuestra suave lluvia inglesa que cae amablemente sobre la tierra; era despiadada y en cierto modo terrible; se percibía en la malignidad de los poderes primitivos de la naturaleza. No llovía, manaba. Era como un diluvio del cielo y repiqueteaba en el tejado de hierro y zinc con una firme persistencia capaz de enloquecer. Parecía irradiar una furia propia. Y a veces uno sentía el impulso de gritar si no cesaba de llover, y luego de pronto se sentía impotente, como si los huesos se le hubieran vuelto blandos, y se sentía triste, miserable y sin esperanza.

sábado, 21 de mayo de 2011

Mientras

Foto: I.N., Caminos del Montseny, 2011
Hace tanto tiempo que no escribo aquí que ya no recuerdo cómo era. Hoy he vuelto a andar por un camino del Montseny completamente solitario y silencioso, y brillaba el agua del arroyo sagrado entre los árboles y las rocas lavadas y a veces se abría un claro con una cascada y el aire estaba lleno de pájaros. Iba con MP, la que bautizó esta ciudad como Dogville (oh, ya sé que el director de esa película ha caído en desgracia por sus estúpidas declaraciones, la misma enfermedad interna que se veía en su cine, y me admira la reacción fulminante de los franceses ante esas cosas, pero esto no tiene nada que ver, la palabra sirve para definir una atmósfera predominante) y que encontró otra vida lejos de aquí, en un lugar más boscoso y amable, pero a veces viene a pasar una semana y la ciudad le encoge el espíritu. Un buen paseo por el bosque es la mejor manera de hablar y pensar, un poco a la manera de Stevenson y Hazlitt en aquel libro de los paseos, o con el espíritu de Walser.
Ayer por la tarde fui a ver a los acampados. Ya sé que alguna gente se burla de este movimiento, vaticina que será inútil o que beneficiará a la derecha. Yo sigo creyendo que en cualquier caso, la expresión de la indignación por parte de la gente es positiva. Creo que es importante el mensaje de que no n dejará pisar indefinidamente, que no seguirá sometida a todo. También me parece útil que ellos mismos se den cuenta de su fuerza. Aunque no sepamos si esto podrá vertebrarse y convertirse en algo permanente, incidir en la historia, contener una tendencia perversa e invertirla de alguna manera. Podría ser el principio de algo histórico o desaparecer, pero permite tener alguna esperanza en este país. Ayer en la plaça Catalunya me pareció ver que los que llegaban iban discutiendo entre sí. No iban simplemente a mirar, sino que discutían. Y en un país en el que no se habla de nada más que de fútbol o de comida, eso ya es algo. A veces hemos discutido hasta dónde se dejaría la gente pisar y asfixiar y este estallido es simplemente un "hasta aquí hemos llegado". Lo difícil será darle continuidad, pero también ayuda que se propague por otras ciudades.
Mientras, escribí alegremente el prólogo de las Crónicas de Nueva York de Maeve Brennan, y releyendo a Nabokov sobre Tolstói para una clase que suspendimos (yo fui a ver a Juan Gellman y me gustó verle, aunque algunas palabras se perdían en su abstraímiento -¿será esa desconexión última, como aquel abstraímiento en la escritura de Colette en Le pur et l'impur?-, me quedó aquel poema de su tío Juan, que murió como un pajarito y sus cenizas seguían piando...), y aún me ha alegrado más la reacción del editor que me encargó un texto para la presentación de un libro -Tomba de Lou de la poeta canadiense Denise Desautels, el 27 de junio en Laie- y va a publicarlo en forma de plaquette. Yo había decidido no escribir ese texto, pero cambié de opinión y descubrí que podía apropiarme de aquello y convertirlo en un espacio para decir algo que latía con fuerza, y así lo hice. Cuando se lo leí a la Otra Bel, ella calificó mi escritura de hipnótica, dijo textualmente que la había hipnotizado, luego lo leyó CHM y lo elogió generosamente. Y por fin lo leyó el editor (y poeta) y concluyó que era extraordinario y que sería una plaquette majestuosa y decidió traducirlo también al francés. Y yo, que tuve tantas dudas y que, mientras se lo leía a la Otra Bel sentí que si leía algunas de aquellas palabras me moriría después, la femme foudroyée, por haber desafiado a los dioses...
No he seguido del todo con la novela y ese vacío duele y casi nada puede sustituirlo. He pescado apenas retazos de sueños, estaba madrugada soñé que me había dejado mi cuadernillo gris en un seiscientos que estaba en la terraza pero habían aparcado dentro de la casa, una casa grande y destartalada donde la gente entraba y salía, justo después de que se fuera una coscolina rusa de ojos negros y piel muy blanca que podía parecerse un poco a un personaje trágico de mi novela o a Anna Karina en Vivre sa vie con sus sospechosos acompañantes se , y yo me sentía terriblemente perdida, desesperada sin el cuadernillo, pero luego me preparaba para expresar mi desesperación ante los demás -personajes de mi novela, personajes oscuros de mi infancia- como si fuese una pieza teatral. Cómo me fascina el lenguaje de los sueños. Por cierto que cuando acabe de reseñar a un autor considerado como el más interesante de la narrativa alemana contemporánea, Clemens Meyer, me pondré con el Cuaderno de noche de Inka Martí para Turia.
Ayer leí en un momento ese librito precioso, Gatos, de Darío Jaramillo, que también les gustarán a aquellos amigos de los gatos abisinios, la piedra y el verde. Aunque ellos, como yo, disentirán de Darío Jaramillo en que los gatos no aman o no quieren ser acariciados. Todos mis gatos me han demostrado lo contrario, pero Rufus es una prueba aún más irrefutable. Cuando me sigue a todas partes y adopta sus poses majestuosas junto a mí en la cocina o el baño, cuando aprovecha que hablo por teléfono o leo en el sofá para adherirse a mí adaptándose a la forma de mi cuerpo, cuando me despierta mirándome o entierra la cara entre mi brazo y la cintura, en los pliegues de mi ropa, la extraña relación del poeta Jaramillo con esos gatos que dibuja tan maravillosamente pour le reste se vuelve evidente. Dice el primer poema:
La luna dora los techos.
Inesperadas, aparecen las sombras de los gatos.
Son tan sigilosos
que son solamente sus sombras.
Ellos ven todo sin ser vistos
y todo debe estar quieto mientras se mueven
para que ellos puedan sentirse inmóviles,
los gatos, sus sombras.
Esta noche me habían invitado a una excursión emocionante para ver una mariposa en pleno proceso de transformación, pero no me he decidido, aun sintiéndome halagada por ese honor. Tengo conmigo una prometedora biografía de María Moliner, El exilio interior, de Inmaculada de La Fuente. Parece imposible no sentir curiosidad hacia esa mujer valerosa que se dedicó sin apoyo a las palabras y construyó un diccionario tan distinto e interesante, sin que la misógina RAE quisiera aceptarla. Un traductor le ha dado una versión inglesa a uno de mis cuentos de Algunos hombres... y otras mujeres, "La noche que murió Franco", seleccionado para una antología internacional, y me ha alegrado leerlo así, sin tener que pelear por las palabras, fluido y brillante en sus hallazgos.
Mañana votaré Escons en blanc. El 10 de junio firmaré Sinrazones del olvido en la caseta de La Central de la Feria de Madrid, de 19 a 21horas. Y pasado mañana, martes 24 de mayo, presentaremos Sinrazones en La Central de Mallorca 237, a las 19.30. Espero que vengan, lectores silenciosos.

lunes, 21 de marzo de 2011

Hace dos noches

Foto: I.N., Ayer, 2011
Hace dos noches dormí inquieta y soñé que me despertaba y pensaba con terror: "Hoy es el día que tienen que cortarme la cabeza", pero enseguida pensé: "No, no van a cortarme la cabeza, sólo tengo que viajar, tengo que llegar a tiempo al aeropuerto". Y al fin me desperté de verdad y pensé: "Sólo he quedado para ir de excursión". Luego, dejé que entrase Rufus el ronroneador, y dormí artificialmente un poco más, hasta que llegó la hora de despertarme. Viajamos en tren, atravesando ese horror de basura industrial y construcciones espantosas en que han convertido Catalunya los que tanto pretenden defenderla y tanto la nombran. Y llegamos, con nuestras conversaciones, a un pueblo que milagrosamente conserva aún unas cuantas casas modernistas y novecentistas y tiene algunos senderos que recorren rutas de la ladera del Montseny. Como había llovido, los arroyos bajaban con una furiosa alegría de agua y espuma y las cascadas parecían irradiar esos iones tan benéficos que dicen que emanan los manantiales. Era muy bonito, el aire fresquísimo, el sol radiante, los árboles de mimosas apareciendo como fuego amarillo en los recodos y no se veía -extrañamente en este país mentecato e ignorante- basura en el suelo del bosque. Luego recorrimos un poco el pueblo (que años atrás dio nombre a una productora) y finalmente volvimos a coger el tren, ya con un aire más frío, atravesando los obstáculos de desinformación, pues la estación estaba cerrada y vacía y sólo lo logramos gracias a un lugareño avispado. Y fue como en el día de la marmota o como si hubiéramos entrado en un extraño loop, porque al volver al tren, las dos corpulentas pasajeras sáficas de la ida estaban también allí y el mismo revisor de antes, aunque hubieran pasado unas horas y anduviéramos en la dirección contraria y aunque todos hicieran como si nada.
Mientras andábamos por el bosque, recibí otras dos invitaciones para paseos más urbanos, que espero poder aceptar otro día, de la Belle Elaine y de C., también andariega y literaria. El paseo nos permitió olvidar un rato la mezquindad y la dureza de todo. Luego, yo estuve leyendo un poco más para un curso que seguramente se acabará, y descubrí algunas cosas de Carson McCullers. Y me puse a corregir mi último texto para el catálogo de Joan Miró, y a mirar sus cuadros llenos de su ironía, su pasión, su capacidad de encantamiento, su rabia libre contra la tiranía que acabó venciéndonos para siempre. Encontré unos mensajes sombríos en mi bandeja, que sólo añadían a la desolación por la muerte de M.
Esta noche he soñado que volvía a la casa de la Diagonal, donde viví mi infancia barcelonesa, la que luego fue casa de M tantos años y que aún sigue acudiendo a mis sueños. Era en el office, aquel espacio luminoso que tal vez hayan destruido (en este país la gente no valora la belleza de las cocinas y cuartos de baño de antes y enseguida los destruye para afearlos) los nuevos propietarios. Allí estaba mi Evil Aunt, que había recuperado la vida y su movilidad, incluso tenía un aspecto juvenil sin canas. Yo me extrañaba de que nadie me hubiera avisado de su recuperación, y la abordaba para preguntarle por qué había sido tan violenta y cruel en mi niñez. Ella, acorralada, apoyada en el friegaplatos, respondía con una retahíla de palabras sin sentido, y yo me enfadaba más y le repetía: "Todo aquel maltrato, ¿por qué?"
Después he decidido incorporar esos dos últimos sueños a un libro de sueños que había abandonado y al leer la última entrada me han entrado escalofríos. Cómo pude adivinar... Algo en nosotros sabe siempre sin que sepamos, y de vez en cuando, nos lo recuerda en un fogonazo.
Esta mañana he roto mis costumbres para desayunar en casa de J., y probar su exótica receta de zumo restaurador y sus tostadas con speisequark. G., que en mis peores semanas se encargó de consolarme y ahorrarme preocupaciones, estaba ahora con fiebre y anginas. Al volver a casa, Rufus estaba quejoso, porque le gusta repetir ciertos rituales de mañana y hoy no había podido ovillarse conmigo mientras desayuno. Y al fin he vuelto a Giono, y a su vocabulario intrincado y misterioso, a su ingenio y sus búsquedas, que desafían mi capacidad traductora. Hoy en el pueblo helado y umbrío, donde todos gozan la belleza de los árboles en lugar de cortarlos, se despertaban con terribles descubrimientos:
Una noche, el saco de heno que obstruía el tragaluz de la cuadra de Fulgence apareció caído, desmigajado, y al llegar la mañana, ¡vaya espectáculo! El caballo y la vaca degollados y alguien se había comido un poco de uno y otro. Trece ovejas aparecieron desventradas, al parecer por el mero placer de frotarse los dientes con la lana. A una cuadragésima se la habían llevado. Las heridas del caballo y la vaca denotaban una potente mandíbula y una feroz determinación. Ya no se trataba de lobeznos. Estábamos ante alguien a quien no le importaba figurar o no en las fábulas de La Fontaine. Era un trabajo de veterano trotamundos. Incluso de trotamundos veterano que tiene a quien alimentar. Y, a juzgar por el salto que había tenido que dar, con la oveja en los dientes, para trepar de nuevo por el tragaluz, era ciertamente un tipo con quien no convenía cruzarse en un rincón del bosque. Sin olvidar que todo el asunto había ocurrido sin un ruido, lo que indicaba, además, una prodigiosa confianza en sí mismo. Por cierto que el próximo número de la revista TURIA publicará unos fragmentos de Giono que traduje y seleccioné para la ocasión, además de mi reseña de Jin Ping Mei.
Todos los días a esta hora de après-midi viene a verme un mirlo macho, con su pico rabiosamente naranja, y me hace curiosos comentarios desde la barandilla de la terraza. Rufus recobra su apostura de tigre silencioso y parece creer que de verdad lo atrapará. El otro día, G. y yo vimos a un gato gordo y precioso que intentaba cazar a otro mirlo más pequeño y desdeñaba al que tenía más cerca, todo sobre el tejado de ponzoñosa uralita del garaje, que nadie se molesta en retirar, a pesar de ser altamente tóxica. El mirlo pequeño miró al felino y cuando se cansó, salió volando majestuoso y fue a posarse en un lugar lo bastante alto para humillar al gato.
A veces leo algún fragmento de un libro que me consuela muchísimo, porque contrarresta las amenazas que he recibido, y opone a ese discurso de big pharma otras maneras de pensar la salud y la enfermedad, más acordes con mi espíritu.
Una característica de estos tiempos es que todo lo que ya sabíamos y temíamos, todo lo que los expertos independientes predecían hace años, se está cumpliendo y destapando dramáticamente en el mundo. Aquí no les importa, siguen cortando árboles y cubriendo la ciudad de cemento y parkings. Yo sueño con Islandia. Y en cuanto a la tristeza y la aridez de los periódicos, de vez en cuando aparece algún artículo donde brilla el pensamiento, esas columnas que necesitamos cada vez más, en medio de la complejidad, la dificultad y la dirección equivocada del mundo.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Anoche

Foto: Tigridia, Yo en el jardín botánico de Palermo, en julio de 2009 (allí llaman bomba a esos árboles)
Fui andando a mi cita para cenar con L. Al salir de casa estaba pensando con tristeza en mis perennes encallamientos con la novela, pero mientras andaba, ese engranaje en que el movimiento de los pies y los brazos conecta misteriosamente con los pensamientos se puso en marcha y me surgieron tres ideas en las que la música fluía otra vez y hoy las he escrito. Si yo pudiera andar por la ciudad sin tantas obras, tantos árboles talados, tantos edificios históricos derruidos, tanta dirección equivocada, tanto estruendo y contaminación, si la ciudad fuera como antes, cuando podía huir del estruendo y de los tubos de escape tomando atajos y callecitas, pero ahora incluso esas callecitas están desventradas... Si pudiera, entonces mis pensamientos avanzarían, porque andando se mueve algo, se desencallan las cosas, fluyen las frases. Además, en la oscuridad no se veía tanto la cara de Mas, que me remueve el higadillo. Ni todos los carteles mentirosos de las elecciones. Por cierto, qué estupendo artículo de Gregorio Morán el sábado en La Vanguardia explicando por qué no votará... Yo tal vez vote esos Escons en blanc, ¿los conocen? Son votos que intentan acaparar escaños que nadie ocupará. Es una forma de protestar y de mostrar el descontento ante las mentiras, corrupción y horrores de nuestros políticos. Qué idea interesante... También me gustó mucho un artículo de Xavier Antich, donde explicaba que los partidos políticos siguen sin considerar que la educación es prioritaria. ¡En este país! No es extraño: pensarán que con gente más analfabeta pueden seguir robando y mangoneando...
Pues bien, esta mañana he podido escribir esas frases en mi novela, seguirlas y ver otra vez un huequecillo por donde continuar, una música...
Después he tenido que ir a Sant Cugat y a pesar del horror construido, allí aún se respira mejor. Olía a chimenea y yo recordaba mi recorrido diario cuando estudiaba y mi facultad estaba allí, y no en Bellaterra. Iba sorteando las caras de los políticos, mirando las hojas de los árboles que se movían (como anoche un tilo en la Rambla Catalunya, que parecía murmurar secretamente) con el viento. He vuelto sin resolver el problema que me llevaba allí, tal vez con más esperanza que cuando iba. Intento ser estoica y paciente. Y otras veces me invade esa rara felicidad que sólo puede explicar el misterio... (o la futura temporada de las lagartijas!) Ayer estuve leyendo un poco Lo que quiero es comprender de Hannah Arendt, me encantó su Carta a Scholem y la primera entrevista, me impresionó (que incluso ella fuese tan mal comprendida y juzgada...) saber a lo que había tenido que enfrentarse, cómo fueron a por ella tras su libro de Eichmann, y me gustó mucho su actitud vital. Cuando le preguntaban sobre su legado, ella decía que ésa era una idea masculina, que ella no pensaba en lo que dejaba, sólo quería comprender, y se sentía feliz cuando alguien comprendía como ella. O cuando le preguntaban si amaba al pueblo judío, ella respondía que para ella ser judía era algo natural, pero que ella no amaba a países ni pueblos, ella amaba a sus amigos. Me gustó con qué mezcla de duda y precisión respondía a las preguntas y la pasión y la vehemencia. Es una bonita edición de Trotta y merecería una reseña en todos los suplementos.
Ha salido ya el número 96 de la revista TURIA con mi artículo Natsume Soseki, escuchar el rumor del mundo. Lo he recibido hoy. Está llena de artículos prometedores... para un viaje en tren. Por cierto, hoy Lydia Oliva y yo hemos estado eligiendo con la diseñadora de Icaria dos posibles fotografías para la portada de nuestro ensayo de escritoras y fotógrafas. Ojalá sea posible la foto maravillosa que hemos elegido... o la segunda. Me haría muchísima ilusión.
Rufus parece feliz.
El jueves 2 de diciembre, a las 19h, en La Central del Raval, presentaré la novela de Deborah Puig-Pey Stiefel, Donde hay Nilad (Menoscuarto), junto con la autora.

domingo, 14 de febrero de 2010

Sumergida

Foto: I.N., Cerca de los baños árabes, Girona, 2010
Ayer llegué a Girona en pleno après-midi y el Call se veía precioso y solitario en la luz grisácea. No me dio tiempo de echarle un vistazo a la exposición de Wifredo Lam (que nunca fue my cup of tea, pero de haberme sobrado tiempo habría espiado un poco). Había viajado en tren, añorando la época en que no había móviles en los trenes de este país (al atravesar cualquier frontera, la gente baja el volumen del timbre y de la voz, pero aquí parece que lo suban todo para exhibir su banalidad tediosa, de la que se enorgullecen, teatralizando su vida laboral, sus relaciones o incluso informando cansinamente de cada estación por donde pasan), leyendo y dormitando. Y antes de coger el tren me encontré a Friks, que iba con su amigo chileno, a quien le había recomendado con éxito que comprase mis cuentos.
Al fondo del barrio viejo de Girona, en una zona que han empezado a restaurar, está ese café librería tan agradable llamado Cafè Context, muy bien surtida de libros, llena de tentaciones y luminosa, donde di mi charla balcánica, que estaba planteada como una conversación, con un público que no puede ser muy numeroso, sino suficiente para formar un grupo y poder hablar tomando un café. Era gente receptiva, crítica y participativa, así que hablé de mis viajes balcánicos, de los escritores entrevistados, de lo que me contaron y leí, de cómo fue aquella guerra, de cómo surgió el libro, lo pasamos bien y acabé firmándoles libros a casi todos, la mayoría balcánicos, pero también mis cuentos.
Volví en coche y estaba tan cansada (de hablar) que acabé volviendo a ver El fantasma y la sra. Muir, esa película de Mankiewicz y Gene Tierney que le gusta tanto a Javier Marías y ayer me hizo más gracia verla, por razones varias, a pesar de esa tranquilizadora misoginia de la mujer maternal, que no es capaz de escribir ni una carta (sólo transcribe las aventuras que él le dicta, y a la forma del libro -responsabilidad de ella, podría deducirse- la desdeñan como "cosas de la gramática") y que opta por relacionarse sólo con un espiritu, en lugar de dar espacio a pasiones malsanas que nunca ha podido realizar. Su único talento es la belleza, la sincera tozudez y su instinto hacia una casa. Cómo consuela a muchos imaginar un mundo donde las mujeres fueran sólo eso, seres encantadores y fuertes que respaldaran y admiraran a sus hombres -únicos creadores y emprendedores-, y se entregaran sólo al amor y la ensoñación, inspirándoles a ellos. En un café de Girona había leído en Le Monde de un libro de Elisabeth Badinter donde critica la regresión cultural que obligaría a las mujeres a tener hijos (o a amamantarlos o a usar pañales de tela, por mandato supuestamente ecológico) y censuraría a las que no los tienen, considerándolas problemáticas o raras. También en le Monde comentaban el libro del psicoanalista y filósofo Jean-Pierre Castel enfrentándose al concepto deshumanizador de las neurociencias, que quisieran atribuirlo todo a la química y la neurofisiología sin dejar espacio a la historia personal, la subjetividad y los modos del inconsciente. Y en Babelia me gustó leer esa ensoñación stevensoniana de EVM con título tan sugerente, me hizo pensar en todos esos personajes (como el dúo Jeckyll-Hyde o el hermano maligno de The Master of Ballantrae; o como Betteredge, o Ahab, o Emma de Austen y Emma Bovary o Isabel Archer o el narrador niño de Le premier homme, o tantos otros que viven mezclándose con nuestra vida y pensamientos) importantes de nuestras lecturas que vuelven siempre en forma de situaciones y gente que conocemos. El otro día, en Fb, hablando con mi primo, fino retratista, en Fb., de cómo los buenos retratos, como los suyos, los que él pinta, se quedan impresos en nuestra memoria, le conté de una exposición que vi en Milán del retrato a través de toda la historia de la pintura y de cómo, al salir, y durante unos días, estuve reencontrando a la gente retratada en gente del metro o en desconocidos que me presentaban, tal era la fijeza e intensidad con la que me habían mirado desde sus cuadros.
En la charla balcánica y literaria de ayer, alguien acabó preguntándome por mis otros libros y sondeando cómo me enfrentaba a la escritura, cómo escribía, cuáles eran mis obstáculos o mis bloqueos, cómo utilizaba lo autobiográfico y lo integraba en una ficción.
Al salir de allí el frío era salvaje, pero la quietud y el cielo restauraban el espíritu.
El viernes tuve que saltarme un acto al que pensaba asistir porque el encuentro con M. (pese a que ella estuvo bien, y es que en situaciones sociales recobra cierta tensión y eso la ayuda a recordar palabras, y parece mucho mejor que por teléfono o al verla a solas; y es paradójico que ahora le ocurra casi lo inverso que antes de entrar en ese proceso de pérdida de memoria y afasia, y es que antes yo nunca podía concluir nada sobre M., que en situaciones sociales sólo repetía los más banales convencionalismos y estereotipos, pero que de pronto,en una conversación telefónica, decía de pronto un comentario inteligente y yo siempre me preguntaba: ¿cuál de las dos es ella?) o el vino de la comida o quién sabe qué me había dejado en un estado extraño, y aproveché en un impulso para llevarles un saco de libros a unos niños preferidos con los que asumí esa misión -me encargo de suministrarles lecturas-, entre los libros estaban los magníficos Cuentos completos de Beatrix Potter (alta literatura, que nadie lo dude), lástima que nadie haya reeditado la versión catalana, debida en parte a Francesc Parcerisas, o que no se decidan a encargar una traducción castellana a un escritor con instinto poético. En esta semana de traducción sin tasa, dedicada al catálogo de un artista psicótico, interno en el pabellón de incurables de un sanatorio mental durante casi toda su vida, y que recuerda lógicamente a artistas de las vanguardias -pues éstos se inspiraron en ese lenguaje visionario y autodidacta, igual que en el arte primitivo y en la experiencia onírica o alucinatoria-, o incluso a algunas obras del grupo Cobra, echo de menos más tiempo de lectura y entierro perpleja mi escritura en un lugar extraño e invisible, preguntándome si de verdad volveré a escribir alguna vez. Me doy cuenta de lo feliz que he sido estos casi dos años sin traducir y no quiero pensar en mi negro futuro: mejor concentrarme en resistir como sea estos tiempos difíciles y esperar que algo bueno acabe ocurriendo a pesar de todos los pesares.

sábado, 30 de enero de 2010

Otra vez el viento

Foto: I.N. Árboles de invierno, 2010
Y la chimenea o tubo de ventilación que golpea otro conducto en el edificio de al lado y da a las noches una atmósfera de película de terror. Llamé a quien podía resolverlo, pero no quiso ayudarme y me recomendó que fuese a la guerra. Antes de denunciar, ¿no es mejor hablar, advertir al menos?, pregunté yo. Él no consideraba esa opción.
Ya lo dije al dorso de este espacio. En un momento de agitación y fallos de conexión y llamadas irritantes, ante las interrogaciones de mi amiga americana, traduje a mi inglés tentativo el párrafo de mi novela que me sé casi de memoria por lo que ha llegado a obsesionarme y que sin embargo me obligaría a un tono que no puedo mantener, y en el mismo instante en que empecé a encontrar palabras para decir precisamente eso y empecé a verlo todo, la playa y el aire salado y el camino umbrío en otra lengua fue como si la oscuridad del mundo desapareciese y sentí una felicidad sospechosa, y me preguntaba por qué me da tanto miedo lo que más poderosamente puede alegrarme.
Pero el miedo venció, aunque esos dos párrafos brillan ahora tras las negociaciones furiosas -yo peleo por cada palabra a cuchillo y mi amiga no se arredra, objeta y cuestiona mis metáforas y al fin encuentra algo que proponerme o simplemente acepta la fuerza de las cosas- también en inglés, y volví a la parálisis y a las tentativas de búsqueda de financiación.
Más tarde, cuando me dirigía Muntaner abajo a varios recados, surgió otro posible approach para esa difícil novela y anoté en una agenda algunas frases, de pie en la acera. Pensando en la infelicidad de la infancia me crucé con dos niñas. Una llevaba dos pastelillos en las manos y le daba bocaditos a la otra, que no tenía nada. Y esa niña que llevaba las manos libres y sólo recibía los donativos de su amiga parecía lanzar destellos con su sonrisa de felicidad, iluminando la calle con sus pasos energéticos e ilusionados. Me pregunté entonces si existiría una infancia feliz (aceptando una cohabitación de esa joie con las oscuridades del Edipo, los forcejeos imposibles, los celos, la novela familiar, la frustración de los aprendizajes, de la socialización, del compartir, de perder, una felicidad sarinagara...) y recordé algunas escenas alegres y llenas de la vitalidad de un G. pequeño, teatral y payaso, jugando sin fin. Al aterrizar en casa, apareció G. un momento y le pregunté: "¿Recuerdas tu infancia como algo feliz?" Desconfiado, me preguntó si lo decía porque ahora le veía sombrío, ¿o por qué, ahora de pronto, esa pregunta? Le dije la verdad, que pensaba en mi novela y me había preguntado si existía una infancia que pudiera recordarse como algo alegre en conjunto, y me volvían escenas de la suya pero quería saber cómo las recordaba él. Me dijo que sí, que para él había sido feliz, que precisamente, observando cómo jugaban unos pequeños en el que fuera su colegio, al pasar, había sentido deseos de volver a aquel entonces, a jugar. G. se fue, yo olvidé darle su Simon's cat (que compré el otro día en esa librería de Marià Cubí que tanto me gusta, Gàbia de paper, junto con un Zweig, cuando ya estaba cerrada) y me dirigí a una cena con ese escritor entusiasta, poeta y novelista, que ha novelado el 13 de la Rue del Percebe y ha convertido la Barceloneta tierna y vil de los sesenta en materia literaria de su Hotel Dorado. Al atravesar la estrella del metro de Catalunya vi una reunión de homeless. Eran una mujer y tres hombres que departían animadamente sentados en el suelo; ella llevaba mitones negros como los míos. En el restaurante, muy cerca de nuestra mesita había una viejita diminuta, digna damita sin techo pero impoluta (on se rétrécit en vieillir, se me ocurrió en francés) que se caía de sueño en su silla y a mí me preocupaba. ¿No tendrán una butaca mejor para ella?, le dije a mi amigo, y él se reía de mí y me decía que yo no acabaría indigente. Mi amigo habló generosamente de mi libertad y mis agallas y de que esta sociedad hace pagar esas cosas. Pero yo no he sido nunca D'Artagnan y mis opciones me parecen a veces producto del azar... o de mi ética del buen persianero. Es cierto que hay un cierto goce en lo libre, a pesar de todas las limitaciones. Y de pronto cambió la suerte de la viejita; antes de que pudiera decírselo al propietario, se había vaciado una mesa de cuatro y le habían hecho un sitio allí, en una butaca con brazos, y ahora podía derrumbarse con mucha más comodidad y holgura. Yo me sentí feliz, pero entonces fue mi amigo quien fue presa de un malaise, por una combinación demasiado cargada de acontecimientos en estos días suyos, una pérdida con sentido y un ritmo trepidante de las cosas. Así que tuvimos que concluir.
Yo volví andando hacia el metro, contenta de poder andar sobre la Tierra, pasé junto a un precioso magnolio que se yergue frente a la muralla (al menos a ti no podrán talarte para hacer un parking, le dije mentalmente), cerca del lugar donde Parcs i Jardins ha decidido ocultar los relieves romanos históricos plantando palmeritas (talan los árboles centenarios y cubren la historia con pretextos), contra la opinión del MUHBA, atravesé la catedral y al bajar, en la estrella subterránea de Catalunya ya no estaban los tres indigentes de antes, sino uno solo, en peores condiciones, echado en el suelo junto a un charco, con un brazo que se le movía convulso, la boca abierta y dos agentes de la Guardia Urbana en actitud de espera. Acabé pasando por la frescura solitaria del jardín del azufaifo.
Anteayer fui a una inauguración en la galería Bassas donde Enric Casasses leía unos poemas en prosa y algunos en verso para apoyar a una pintora, Pilar Estabanell. Yo iba sumida en pensamientos negros, tal vez por una tristeza estúpidamente hormonal, que veía como tristeza del mundo, sin perspectivas ni futuro para mí tampoco. Pregunté por la calle Betlem, pero en Gràcia ya nadie sabe las calles, no hay tiendas antiguas y todo el mundo es extranjero. Al fin llegué mágicamente y había unos grabados que me gustaron y aquello estaba lleno de viejos conocidos con los que bromeamos sobre la ley antitabaco y el apocalipsis y el hoyo de la crisis. El día antes, en Colectania, me había encontrado a mi amigo fotógrafo, que siempre se ríe imaginando lo peor: "Nos juntaremos todos, haremos comedores populares..."
Le dije a Casasses que había ido por una frase suya que aparecía en la invitación sobre pintar -o escribir- con miedo ("ho has fet amb por i sense por", decía), le dije que estaba aterrada y que no sabía cómo lograr escribir con miedo. "S'ha de provar tot", me contestó con una de sus sonrisas. Sus poemas me gustaron mucho. Algunos eran sólo apuntes -aforísticos, dijo mi vecino, y era verdad- irónico-poéticos de la contemporaneidad y del mundo y los personajes literarios y la pintura y la vieja naturaleza. "La voluntat és una eina molt bona, però no té mànec", dijo una vez (cito groseramente, de mala memoria). Le escuché de cerca, a pesar de las carcajadas de alguien detrás de mí, que pugnaba por devorar sus palabras como una cueva. Al acabar me dijo EC: "Ja ha passat la por", y hablamos de que media hora antes él también sufre ese miedo escénico. Y me contaron él y M, de ese lugar lleno de árboles gigantes, al otro lado de la frontera, donde ahora habita la tercera hermana, y yo sigo pensando en visitarla un día. Y como siempre, no le hice a EC la pregunta que desde hace un tiempo tengo pendiente, aplazada una y otra vez.
Gracias a Francis me di cuenta de que tal vez ahora pudiera enfrentarme a algunos poemas de Beckett sin sufrir, y me hice con ese librito precioso de Minuit.
je suis ce cours de sable qui glisse
entre le galet et la dune
la pluie d'été pleut sur ma vie
sur moi sur ma vie qui me fuit me poursuit
et finira le jour de son commencement
O también
que ferais-je sans ce monde sans visage sans questions...
O aún
rentrer
à la nuit
au logis
allumer
éteindre voir
la nuit voir
collé à la vitre
le visage
Y esa mirlitonnade, casi una oración, que citaba Francis y que me acosa, como decía Gil de Biedma que le acosaban los poemas ajenos, nunca los propios:
nuit qui fais tant
implorer l'aube
nuit de grâce
tombe
Yo volvía en el metro acabando Rimbaud le fils de Pierre Michon, y el final está lleno de todo su fulgor, a pesar de esa misoginia ciega que escribe como si las mujeres no escribieran, no leyeran, sólo existieran como objetos amorosos de los poetas, en esa venganza una y mil veces repetida contra sus madres, contra esa horrible madre de Rimbaud (pero me gusta lo que dice de esas Heavenly Powers): "Qu'est-ce qui relance sans fin la littérature? Qu'est-ce qui fait écrire les hommes? Les autres hommes, leur mère, les étoiles, ou les vieilles choses enormes, Dieu, la langue? Les puissances le savent. Les puissances de l'air sont ce peu de vent à travers les feuillages. La nuit tourne. La lune se lève, il n'y a personne contre cette meule. Rimbaud dans le grenier parmi des feuillets s'est tourné contre le mur et dort comme un plomb."
Y el viento se ha llevado la grisaille y ha traído un día radiante de sol, aunque el aullido sigue ahí (con la muerte de Salinger y sus enigmas y la estela que nos dejó y esos dos libros suyos que me cambiaron, y recordando que cuando G acabó de leer a los 10 años El guardián... me dijo: "Dame otro como éste", pero no existía), y sus golpes de hierro siniestros, que dibujan un paisaje imaginario de fábricas del Este, sin esperanza, como en una película helada de Bela Tárr. No sé si lograré reunir coraje, o esa voluntad sin mandos para nuevas probaturas novelísticas, y que no me venza el tramposo desaliento. No sé si saldré del hoyo o me reuniré con los indigentes de la estrella subterránea. Non possiamo saperlo.
Y me voy ya, con mis repentinas prisas.
Mañana domingo se repite en TV2 el programa Página 2 donde recomiendan fugazmente mi libro.

lunes, 18 de enero de 2010

Yo sé

Foto: I.N., Balcón en Marià Cubí- Camp d'en Vidal, 2009
... Yo sé que a veces parezco sombría y melancólica, incluso pesadamente quejumbrosa, pero en el fondo nunca he dejado de ser una hormiga de Figueres y conservo una extraña inocencia que me permite alegrarme por nada, a pesar del mundo, sin saber por qué.
Salgo a la calle, veo la maraña enramada de nuestros almeces invernales contra el cielo de Joaquim Folguera y las farolas de Brassaï o de Magritte con el suelo mojado -sé que los han condenado y ahí están esas horribles zanjas para recordármelo, pero déjenme disfrutar de la belleza que queda-, miro las casas más antiguas, una ventana alta iluminada con un globo que dibuja una atmósfera sugerente o un balcón abierto como la falda de una bailarina, y me siento arrastrada por una energía danzante.
Voy a un gimnasio germánico, a fortalecer mis tejidos musculares para no volver a lesionarme, y todo se ve pulcro bajo la claridad del tragaluz, todo parece bruñido, eficaz y curativo; la gente habla bajito, no hay músicas horribles, las máquinas son silenciosas, aunque el otro día un monitor intentaba explicarme el funcionamiento y ¡no tenía palabras! Yo tuve que írselas prestando, sugiriendo, porque él no sabía, como si no fuese su lengua... ¿Y cómo se puede vivir sin palabras? me preguntaba yo, conmovida.
Y anoche también les preguntaba a T. y a L. cómo vivirá toda esa gente a la que le preguntas y no sabe ninguna dirección, empleados de tiendas y negocios en Gràcia, por ejemplo, que desconocen los nombres de todas las calles por donde pasan a diario y no saben decirte dónde hay un café o un estanco o una ferretería, no saben nada, no miran nada, no recuerdan nada, tal vez van a su trabajo como autómatas y no alzan los ojos para ver los nombres de las calles, no se preguntan, no sienten curiosidad, y un día yo había quedado en un restaurante de la calle Perill (precisamente la calle Perill! Donde Broggi se salvó milagrosamente -o alguien le salvó seráficamente- de un peligro; una calle que salía en uno de mis cuentos, gracias a los comentarios repetidos de los taxistas del franquismo, que asociaban Peligro y Libertad al pedirles que me llevaran a un lugar entre las dos calles, en el fondo como nuestros gobernantes mundiales, que han decidido arrebatarnos toda libertad de movimientos engañándonos con el peligro o creando ese peligro...) y no recordaba exactamente dónde estaba y nadie supo decirme, hasta que encontré alguien lo bastante viejo para saber algo.
Anteayer, una amiga poeta y traductora intentaba decirme que en una primera lectura tal vez demasiado rápida no había conectado con mis cuentos, le había parecido que había un exceso de núcleo, la habían aturullado, y aunque prefería leerlos otra vez para estar segura, en parte porque había leído dos o tres antes de publicarse y entonces le habían gustado, temió molestarme con sus reservas. Como por email no se puede precisar el tono, la llamé para decirle que no se preocupara, incluso si en esa segunda lectura no le gustaran. Aceptar que a tus lectores favoritos o a tus amigos no siempre les guste lo que escribes, que no siempre puedan o quieran seguirte allí donde quieras llevarles puede resultar duro en un primer momento: nos gustaría que siempre nos entendieran, pero ¡es imposible! Los lectores que te siguen van cambiando, sólo algunos se mantienen alegremente ahí. Es verdad que a los amigos siempre hay algo que les gusta, pero pueden preferir tus libros anteriores, tal vez hubieran deseado que tomaras otras direcciones, tal vez les remueva lo que leen, o quizás se fijen en algo que les repele y no vean lo demás...
En algunos momentos me asusta esta situación generalizada sin trabajo y vuelven mis fantasías de indigencia (la otra tarde vi al mismo homeless viejuzo y enfadado que antes pedía en las escaleras de los FFCC de Provença diciendo: "Tinc fred, estic refredat, sóc català com vostès!" apostado en una acera de la Rambla Catalunya y decía otras cosas: "Tinc gana! Doni'm una ajuda, sisplau!" con el mismo tono de indignación que le distingue de otros, además de su aspecto, enjuto y desabrigado, de una digna sobriedad). Me pregunto cómo resistiré. Y otras veces voy andando por la calle (¡leyendo o mirando árboles y balcones) y no puedo evitar esa alegría que me arrastra.
Una vez, una niña italiana seráfica que tenía que digerir cambios espectaculares a su alrededor, a sus 8 años, cuando íbamos andando cerca de mi casa vio la luna llena en el cielo y dijo "La luna! Il mio pianeta!" y cuando le preguntamos qué deseo le había pedido, dijo, como si fuera un monje budista y no una niña de 8 años: "Accontentarmi da tutto!" Tal vez tenga yo que contentarme también de la pérdida y desposesión de todo, tal vez tenga que aprender a desaparecer.
Hoy he ido a buscar esos Cahiers de la guerre de Marguerite Duras (me encanta la foto de la portada de Folio) que me recomendó Bel Mercadé, he leído una página al azar sobre su infancia, tan distinta de la mía aunque igualmente doliente y precisamente gracias a esa diferencia me he puesto a escribir, primero mentalmente, mientras andaba, y luego en un cuadernillo.
Al llegar a casa, me ha llamado la señora octogenaria afrancesada que defiende los árboles de Joaquim Folguera. Me ha dicho que han cortado dos almeces sanos, contraviniendo todas las promesas que nos hicieron (de que nos avisarían antes, de que veríamos el proyecto, de que los árboles sanos serían trasplantados). Como siempre, mienten a los ciudadanos, los desprecian, no recuerdan que nosotros pagamos sus sueldos y que nos deben al menos lo prometido, si es que realmente tienen derecho a hacer todo lo que están haciendo en plena era del cambio climático, cortando todos los árboles centenarios, llenándolo todo de cemento, contaminando aún más, aumentando el ruido... He empezado a avisar a los vecinos a quienes todavía nos importan los árboles para que mañana todos llamemos a quienes nos mintieron.
Y una vez cumplido por hoy mi deber moral o mi impulso de dríade, me vuelvo a mis lecturas, entre la atmósfera melancólica y esperanzada de Sanshiro y esa Duras febril que me interpela, el Michon de Rimbaud et le fils, y el Ce que j'ai doné de Giono, no me falta compañía (eso sí, sólo me compro libros de bolsillo estos días, y de los franceses, que suman 6, 7 o máximo 8 euros). Y aquí está G., que se queda una semana más conmigo y se desespera porque nos cortan la conexión cada dos por tres, y la gata ovillada y los que me escriben, visitan y llaman...
Plus tard...
Olvidaba decir la fascinación mía por la mañana viendo un programa científico de Arte TV que contaba el origen del petróleo en este planeta y viendo las moléculas en el mar y las células dividiéndose, y los nómadas sentados en el desierto frente a esas llamas eternas, sacralizándolas y construyéndoles templos, y envidiaba esa visión de las cosas, esa posibilidad de ir al principio a analizar la base física, biológica y química de la realidad de nuestro pobre y viejo planeta maltratado, en lugar de simplemente sulfurarse y desesperarse como yo...
Vean aquí las primeras fotos de la destrucción de la plaça Joaquim Folguera. Y aquí mi artículo en La Vanguardia sobre los Cuadernos de notas de Henry James.