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lunes, 21 de noviembre de 2011

Han pasado los días

Foto: I.N., Montjuïc, ayer, 2011
Ha llovido mucho en todos los sentidos y yo me encuentro otra vez casi en la antesala del dentista, intentando refugiarme constantemente de todo lo que me pincha del mundo, también en los periódicos y en esos sueños míos que ahora se acercan a la desdicha colectiva, con policía, torturas en una ciudad alemana y explanadas cubiertas de cuerpos durmientes bajo una mortuoria lona negra y yo pensando: No quiero dormir ahí, ¿dónde ir? Intento protegerme leyendo y traduciendo, intento respirar y le pregunto a Rufus, que a veces entierra el morro en mi chal como toda respuesta.
Acabé El viajero más lento de EVM (pensé que tenía una respuesta a la pregunta de por qué Psammético no se conmovió ante la suerte de su familia y sólo se desmoronó cuando reconoció entre los prisioneros a un sirviente viejo y miserable. La respuesta podía ser aquella frase de Thomas Mann de que el infierno es un lugar donde no hay reglas. Es decir, lo que el personaje de Herodoto no pudo soportar fue comprender que reinaba la arbitrariedad y no podía haber salvación sino por puro azar. También pensé, cuando EVM hablaba de la novela abierta, en la última novela de Natsume Soseki, Meyan, Claroscuro, inacabada, y para la que la mayoría de grandes escritores japoneses han escrito un final; y  pensé que efectivamente Sciascia era el mejor rastreador por ese librito emocionante que dedicó a desentrañar sin saber la muerte de Raymond Roussel en el Hotel des Palmes de Sicilia y que yo compré allí; pensé muchas cosas porque ese libro pregunta e interpela y lleva a asociar rápidamente y suscita un loco deseo de escribir siguiendo algunos de los hilos) y empecé enseguida Una vida absolutamente maravillosa. Al mismo tiempo leo a pequeños fragmentos (cuando paso por esa habitación) esa deliciosa nouvelle de crisis de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz. Los libros llegan a casa como en una lluvia, como si los editores se pusieran de acuerdo en sus ráfagas: los dos primeros títulos de la nueva editorial Pendragón (Cardumen de Rexina Vega e Impresiones de un tal Teofrasto de George Eliot; ¡se merece toda la suerte!), Los zapatos rojos de Andersen ilustrado en Impedimenta, un pequeño Giono dibujado por Frederic Amat y un estudio de Anna Frank de Francine Prose en Duomo, La noche de Guy de Maupassant también ilustrado en Nórdica, el exquisito y procaz segundo volumen de Jin Ping Mei en Atalanta... Y unos cuentos infantiles de una recién ex ministra que pintan muy bien y que me recomendó un editor en facebook. Si pudiera, si tuviera más espacio donde escribir y más recursos, pasaría los días en el sofá...
MC me dice que ya no puede leer mi blog porque el texto se ve ilegible; he intentado averiguar, pero el misterio persiste. A empezó a mandarme mensajes aterrados una noche y me contestaba como si yo fuera otra persona, como si le estuviera diciendo lo contrario a lo que pienso. No entendí si quería decirme a mí lo que no había osado decirle a otro y me enviaba su irritación y su angustia porque no sabía qué hacer con ellas. Al final aludió a su cansancio y ahí acabó todo. Le conté uno de mis sueños al hombre que escucha: "atacarán pero bailaremos", me dijo como conclusión. Y era verdad, aunque en el siguiente la oscuridad había crecido desproporcionadamente y ahora pienso en aquellos sueños que Adorno tenía durante la Shoah.
Un amigo artista y viajero está escribiendo un alocado prólogo con dibujos para mi libro de Barcelona, el prólogo se va forjando con su barroquismo particular vital e inesperado entre sus viajes y sus momentos paternos y me va mandando ilustraciones y fragmentos. G recién vuelve de Ámsterdam, donde hacía mucho frío y viento y lluvia, pero circulaban en esas bicis sin frenos en el manillar; yo le dije: "Podrías quedarte allí, en un país rico, a salvo", y él se rió. 
En cuanto a mi novela, la considero acabada (aunque a veces siento la tentación de añadir una frase, una pincelada, al estilo de Courbet -¿era Courbet?-, a quien pescaban en el Louvre con los pinceles en el bolsillo, retocando sus cuadros) y a veces me siento feliz, aunque ahora viene ese extraño proceso de desprenderme de ella que esta vez tanto me cuesta. ¿Tendrán que arrancármela, como Diana Athill a Jean Rhys? Fuimos a ver La maleta mexicana la mañana del domingo electoral y no podía evitar pensar con tristeza en qué otro país mejor habría sido éste de haber ganado la guerra. Yo quería volver a ver Miró, necesitaba sus azules, sus payeses, su ironía telúrica, pero había una larga cola en la entrada, así que volveré a una hora más extraña, si puedo. Pero qué luminosa se veía la ciudad desde allí... Apareció Jacqueline, con un amigo que nunca había estado allí arriba y no tenía esa perspectiva de Barcino. ASD me escribió de pronto desde el museo donde nos conocimos y luego encontré un gracioso mensaje suyo en mi teléfono fijo. Y sin embargo, nagara sarinagara... También vi la película -teatral, autoirónica- de Polanski, muy Yasmina Reza, muy de humor judío, muy graciosa, con personajes muy afinados, excepto la excesivamente caricaturesca mujer que interpretaba Jodie Foster. Yo conservaba los ecos más metafísicos, más densos, de Melancholia, de Lars von Trier, es curioso cómo su fin del mundo pudo consolarme de mis visiones negras, pensé que él conocía muy bien la depresión, que sus metáforas -la especie de hojas cayendo, esas lluvias secas, las cuerdas carnosas de grisura que tiran para atrás y obligan a la protagonista a un esfuerzo brutal para avanzar, el abandono y la orfandad, la solitariedad de esa tristeza interna, densa, que encontrará su reflejo en el planeta responsable del fin... Y es que necesito mucho cine y mucha literatura para seguir adelante, para protegerme también. Anoche alguien me consoló sin saberlo, con su pura vitalidad, de las banderas y el estilo rancio que iba llenando la pantalla. 
Traduzco esos cuentos de inmersión en la tristeza irlandesa de Maeve Brennan (para Alfabia), que brillan oscuramente, como joyas palpitantes, y trato de acabar el libro para diciembre. En la calle me he encontrado a un abogado bajo la lluvia, yo buscaba un paraguas para sustituir el mío, roto. Él buscaba un libro de Wislawa Szymborska, me ha dicho que Messi y Szymborska eran ahora su refugio y de lo demás no quería hablar. Acaba de llamarme un poeta amigo de una amiga que quiere que presente su libro en diciembre, justo antes de la fecha fatídica. No sé adónde podría huir yo en Navidad, como no sea al campo cercano, chez des amis. Mi amiga americana me dice que si zozobro con el país, siempre puedo refugiarme en su casa de NY, y me imagino como aquella chica bosnia que conocí en un avión, que logró el dinero del billete en pleno asedio y se fue llevando sólo 20 dólares en el bolsillo y con su bebé en brazos, pero allí, mientras trabajaba dejando al bebé con no sé quién, se enamoró de alguien que acabaría salvándola. Son momentos muy distintos, pero la idea de que podría refugiarme allí, si lograse llegar, se convirtió en una suave coraza luminosa contra lo peor. Y sigue lloviendo y lloviendo...

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ayer

Foto: I.N., Rufus de Bengala, 2011
Estuve corrigiendo mi libro de la ciudad, que saldrá en 2012, quitándole lo que no le pertenece y había ido a parar allí por error, apropiación o desorden, porque era de mi novela, de un cuento, de ninguna parte. Descubrí que podía eliminar algunas imágenes, como sugería el editor, sin que el texto perdiera nada, al contrario, es como si adquiriese cierto valor más propio. Luego salí, tuve que hacer recados, ver gente, y al volver, en un repentino ataque de cansancio y de frío tras los acontecimientos de la tarde renuncié a ir al cine, me arrebujé en el sofá y Rufus se sumió en un sueño más profundo que nunca: a juzgar por su respiración parecía ahondar más y más en su sueño, con la cara enterrada en ese chal lanoso mío que tanto le inspira, y me puse a escuchar una emisión de France Culture que me había recomendado V. y que hablaba (metafóricamente) de mí, hablaba de mí con la voz de Anne Dufourmantelle y de Laure Adler y de Marguerite Duras y también de Virginia Woolf. Tanto hablaba de mí que me produjo casi un shock y comprendí aún más porqué me dolía. Hablaban del lugar de la madre como un paisaje, un mundo del que venimos, de la preferencia de la madre de Duras por el hermano (que ella ya no sabía si había sido tal como ella la había vivido), que la había llevado a ella a ese exilio desde el cual escribir, hacer algo que para su madre no existía (el arte, la literatura), se había convertido en el apoyo de su escritura. Hablaba de esa condición del escritor de Caronte, de pasante de los muertos y las palabras (morts, mots) al lado de la vida, una tarea no sin riesgo (Virginia con sus piedras), una tarea ardua y agotadora pero también gozosa. Y a mí me caían lágrimas metafóricas, en mi agotamiento y en la descripción de mi trayectoria, de mis incertidumbres, de la estela que he arrastrado siempre de preguntas y alejamiento... Hablaba de la rara sensibilidad que permite esa función, de ir a contrapelo de lo trillado, de acercarse al deseo y a la libertad, de alejarse de la certeza, de la imagen que nos han dado o nos hemos dado de nosotros, de llevar la pregunta a esa otra escucha, de que las ideas nos visitan y tenemos que poder escucharlas... Y qué maravilla de programas de radio y de voces y de espacios de interrogación. 
Ahora sí siento que he acabado la novela (quién sabe si es eso lo que también me disturba, lo que no puedo digerir, lo que retengo y fermenta y duele. Cierto pavor de publicarla y de lo que supone (ayer mi amiga M. me decía que el efecto sería justamente el contrario al que temo) o el miedo a haber agotado con ella la fuente de mi escritura o a acercarme a algo que no quiero nombrar.
Mientras andaba por la calle, descubrí otra posible causa física que podría estar agravando mi malestar y si fuera así, podría mejorar en los próximos días. Anteayer mi malestar estomacal me dio un mal humor terrible, justo antes de caer en la melancolía. Me di cuenta, alarmada, cuando descubrí que había matado una mosca. Llevaba toda la mañana rondada con dos moscardas, trabajando dolorida y sin lograr espantarlas. Y de pronto, en lugar de ahuyentarla me descubrí, maligna y furiosa y antizen, matándola con el periódico. Yo procuro no matar a ningún bicho y era una mosca grande y bien bonita y me sentí fatal. Hoy he tenido un sueño...
La otra noche fui a ver a Moreno Bernardi en ese espectáculo multifacético de Pep Tosar en el Maldà, un montaje sobre el retrato y los poemas de Damià Huguet, personaje insólito, fabricante de vigas de hormigón, poeta, crítico de cine, fotógrafo, pintor y escultor, desconocido... Con un buen guitarrista y una cantante de bonita voz (aunque el volumen era quizás excesivo para ese espacio tan pequeño y delicado), Tosar decía muy bien los poemas (a mí me resultaba difícil seguir a los mallorquines que hablaban en el vídeo, se me escapaban palabras, sobre todo al principio) y Moreno bailaba como un gentleman, una coreografía libre, poética y vital que representara al personaje, a ratos con una herramienta suya, con una elegancia y una delicadeza que parecía borrar cualquier atisbo de esfuerzo, aunque cuando se tendió con la cabeza en el regazo de la cantante, en una repentina Pietà, se le veía sudar a mares, ya descamisado... Y luego nos fuimos a cenar y mágicamente se desvanecieron todos mis problemas digestivos, como ya me había ocurrido en la cena del nuevo proyecto de Xoroi, el librero de la calle Berlinès, que está en vías de transformación en algo muy necesario y esperanzador para esta ciudad desnortada y falta de análisis.
Hace un rato iba yo andando por la calle y ha empezado a llover con fuerza. En Balmes he esperado en vano al autobús, mientras los coches aceleraban y se acercaban a la acera, salpicando cada vez más a los transeúntes. Ésta es la única ciudad europea donde los conductores nunca reducen la velocidad, sino que parecen acelerar a la vista de un peatón cuando llueve y hay charcos en el suelo. Tal vez vuelven a la infancia y juegan a salpicar, como niños en los charcos, pero resulta algo violento. Es este país salvaje que decía Espriu (Oh, que cansat estic de la meva/ covarda, vella, tan salvatge terra, /i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà), que nunca se ha humanizado, al pasar de una larga y brutal dictadura al silencio, la impunidad y la deseducación. Un columnista cineasta madrileño ironizaba el otro día en El País con gran ligereza sobre los juicios en Argentina a los responsables de las atrocidades y me dieron ganas de protestar. Yo admiro esa capacidad de Argentina de aclarar su pasado y hacer justicia. La gente que se burla de eso viniendo de este pobre país salvaje, sin salud mental ninguna, con la carga de todo lo impune y violento enterrado y la banalidad zafia a la que lleva ese silencio, es que no sabe nada. Como los que salpican desde los coches, pensando sólo en su comida o su parking y tan orgullosos de su vehículo rugiente. Al final me ha rescatado un taxista joven, que llevaba la calefacción puesta, y aunque no hacía frío, la perneras empapadas de mis pantalones rojos pedían ese calorcillo.
Al llegar a casa he encontrado a Rufus echado frente al espejo, como si mirándose se consolara de su soledad. O como si intentara recordar quién es o se preguntara por los misterios de la identidad. Claro que ayer escuchó conmigo el programa de France Culture... Rufus me hace mucha más compañía cuando me encuentro mal. Se pega a mí y me acuna con ese ronroneo misterioso...
He estado leyendo una nouvelle deliciosa e inteligente de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz, que habla de otros tiempos de crisis y de la excentricidad y la resistencia de una familia y su locura, que a ratos hace pensar en Fanny y Alexander, y he acabado Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent, que me ha gustado mucho (excepto la página 243), por su manera bolañiana de contar los escritores, esa especie de bartlebys entre los que está EVM, e incluso dos novelas que no me convencieron ganan muchísimo contadas por él, con esa narrativa suya del mundo y sus habitantes escritores desencajados, donde mezcla ironía y hondura de una forma ligera muy particular y sutil. Me he traído dos libros más de EVM del librero de la calle Berlinès, El viaje vertical y Una vida absolutamente maravillosa. Lo malo de EVM y de Bonnargent es que el deseo de leer esto y aquello se multiplica y yo querría vivir en el sofá o viajar en un tren silencioso o tumbarme en una hamaca siempre leyendo. También me atraen de Atopia sus criterios para distinguir los lectores (también él sigue la maravillosa descripción de Edith Wharton en El vicio de la lectura)y para distinguir la literatura de todo aquello que no lo es, pero que también está en las librerías. 

viernes, 4 de noviembre de 2011

Otra vez

Foto: I.N., Cipreses en Girona, 2011
Llueve con la furia del cuento de Somerset Maugham, llueve en el pasado como en el poema de Borges que César CB citaba el otro día y que el Cabrero había cantado por bulerías, llueve como en el poema de Edward Thomas que citó Isabel M (Rain, midnight rain, and nothing but the wild rain), llueve con rabia, como decía G., llueve como en las películas de Manila, llueve como si no fuera Barcelona, yo acabo de decir que no a una invitación al bosque del trío cinéfilo para quedarme encerrada en galeras, aún dudo si escapar mañana, y renuncié a aceptar el préstamo de un apartamento fastuoso durante una semana en Londres porque mis arcas están demasiado vacías y no pude improvisar un billete moderado de un día para otro, y otro amigo artista que se iba para allá ayer me manda esta mañana un alegre dibujo rojo de autobús londinense.
Me ha entrado una melancolía como en la canción de Van Morrison, tan fuerte que he estado a punto de ceder a un impulso equivocado. He visto en la prensa un obituario (inexacto) de un amigo isleño y cineasta que ha muerto (espero al artículo que otro escritor isleño le dedicará el domingo). Pensé en él mientras paseaba junto a esos cipreses de Girona que parecen apoyarse en la piedra de la muralla, me acercaba al Bonestruc Sa Porta, miraba el candelabro de siete brazos y la llama eterna. Fue el martes, y estaba tan bonita la ciudad del río...
Me reconcilié con la novela. Quien la había escuchado sistemáticamente hasta un punto determinado reapareció y se ofreció a leer lo que le faltara, le envié los tres últimos capítulos, me puse a leer un artículo magnífico en el TLS de Ruth Scurr sobre Alice Munro, los sueños y el mal en sus cuentos (Don't Ask) y volví a casa en ese estado semihipnótico tan interesante, abrí el archivo de la novela, entré en el último capítulo, empecé a corregir y de pronto volví a verla como antes la veía, con su luz y sus sentidos. Saber que ella estaba leyendo esos capítulos me permitió volver a leerla de ese modo y llenarme de fruición de seguir. 
No es que sepa aún del todo lo que he escrito; no es tan fácil salir de ese lugar del no-saber en que me sitúo hasta el final, pero sé ya más de lo que sabía; se me ha ocurrido intercalar un capítulo más, no sé qué ocurrirá, pero ya estoy en otro lugar. Al día siguiente recibí la respuesta de esa lectora, que ahondó en la fuerza de irradiación de esas páginas, luego fui a comer a casa de un amigo escritor, en el Eixample, que está en el mundo y me dijo cosas para mí valiosas, y al volver andando por la Rambla de Catalunya, la ciudad parecía más plácida y luminosa.
Yo quisiera irme y no estar en quiebra. Echo de menos París y me refugio a veces conversando con amigos franceses.  EVM decía en su artículo que estaba en la librería Tschann de París y le gustaba oír los continuos "pardon", "pardon" de la gente al pasar. A mí también me reconforta la cortesía de los franceses del mismo modo que me descorazona la fea zafiedad de los españoles. Por cierto, cómo me gustó lo que decía J.A. Masoliver de Una vida absolutamente maravillosa de EVM, porque coincide con mi sensación al leerle: esa capacidad extraña de que al revisitar su mundo nos parezca siempre nuevo, aunque sea el mismo. Masoliver también hablaba de esa celebración suya tan gozosa de la literatura, esa locura de citas y lecturas que nos lleva a tantos otros libros, como el tapiz interminable que soñé una vez que era mi escritura. Se lo dije a un crítico francés vilamatiano decidido (el otro día estaba leyendo Chet Baker piensa en su arte y comentó pt'ain que c'est bon!) y me dijo que estaba completamente de acuerdo.
También me refugio en la música. No sé qué me ha pasado ni por qué estoy en esta desolladura material, ni si es transitoria o anuncia algo terrible. No puedo saber nada. Sólo espero que de verdad sea transitoria y lleguen los cambios necesarios y todo vuelva a su sitio...
Alguien en fb me ha recordado el impulso suicida tenaz de algunos pingüinos que salía en la película de Werner Herzog como un interrogante melancólico.
No pienso hablar hoy de lo que está ocurriendo en el mundo ni en este pobre país de políticos cenutrios y corruptos hasta las cejas, que nos siguen llevando al hoyo más y más. No entiendo cómo nadie puede defenderlos ni creer en ellos, cómo alguien puede creer que el candidato de un partido tan siniestro y turbio como el PP es "la luz al final del túnel", ni cómo alguien puede creer en un partido que se llama socialista pero sigue apoyando que los Bancos cobren las hipotecas a la gente después de arrebatarles la casa (algo que no ocurre en ningún lugar del mundo), o cómo alguien va a votar a quienes se llaman de izquierda pero les han apoyado en sus políticas derechistas. Sólo sueño con lograr un salvoconducto para salir huyendo.
Parece que el prólogo de mi libro de rincones de la ciudad lo hará un amigo, un artista visual, por decir sin decir. Se lo propuse el otro día y me dijo, para mi sorpresa, que le hacía mucha ilusión. Volvía de un viaje, se iba a otro y le esperaban un par más, todo era complicado, pero me dijo que sí, aunque todavía tiene que leerlo. He empezado a corregir también ese libro y a arrancar de él hierbajos, pequeñas cosas que no le pertenecen y que son del territorio de la ficción. El lunes iré a seleccionar imágenes a esa editorial de los gatos, las azoteas y el edificio modernista. Y este fin de semana debo acabar de corregir ese texto.
Y ahora vuelvo a la traducción. Me he retrasado estos días y tengo que compensar el tiempo perdido. Voy a atarme para no salir huyendo al bosque de la Belle Elaine con sus cineastas y mi pack de correspondencias. Vuelvo (y traduzco) a Somerset Maugham:  
Y el doctor Macphail contempló la lluvia. Empezaba a atacarle los nervios. No era como nuestra suave lluvia inglesa que cae amablemente sobre la tierra; era despiadada y en cierto modo terrible; se percibía en la malignidad de los poderes primitivos de la naturaleza. No llovía, manaba. Era como un diluvio del cielo y repiqueteaba en el tejado de hierro y zinc con una firme persistencia capaz de enloquecer. Parecía irradiar una furia propia. Y a veces uno sentía el impulso de gritar si no cesaba de llover, y luego de pronto se sentía impotente, como si los huesos se le hubieran vuelto blandos, y se sentía triste, miserable y sin esperanza.

viernes, 28 de octubre de 2011

Llueve


Hace años, Rafael Sánchez Ferlosio escribió en una columna de El País que una novela que empezase diciendo: "Llovía. Tras los cristales..." había que tirarla a la basura. La lluvia me recuerda a eso, como también a "Isabel viendo llover en Macondo", o al cuento maravilloso de Somerset Maugham, "Rain", y ahora, gracias a I.M., me recordará a un poeta que quiero buscar y que está a punto de publicarse traducido en Linneo.
Anoche estuve en la inauguración de Manel Armengol en Tagomago y me gustaron sus azules. Como yo acababa de recibir, hipnotizada, el catálogo de la exposición de Joan Miró (que tuve la suerte de traducir en una pequeña parte) L'escala de l'evasió, se me ocurrió que Manel participaba de un mismo espíritu, tal vez esa tradición catalana del seny i la rauxa, una mezcla de terrestridad telúrica, espiritualidad a veces mística y un humor y una ironía payeses, con ese silencio metafísico y a la vez ligero de la gente del campo que también encontró Jean Giono en la Provence.
Es maravillosa esa exposición de Miró y también su catálogo. Tiene mucha razón Mercè Ibarz en su artículo de ayer. Es verdad que muestra al Miró más comprometido, republicano, antifranquista, izquierdista, mal que le pese a aquel "artista" anti 15M que me encontré en la inauguración.
Yo esquivo los acontecimientos sociales en Barcelona, sólo voy cuando me siento vinculada realmente a su protagonista o cuando no tengo más remedio por alguna otra razón y esta semana tuve que ir a tres, y esa dispersión melancólica se añade a la desconexión que ha supuesto dejar mi novela en reposo. Ahora temo abandonarla, temo no poder volver a verla como antes la veía, temo rechazarla como las madres pájaro rechazan un polluelo caído del nido. Por eso me ha consolado ver un Apostrophes de Pivot con Julien Green donde el escritor contaba cómo Jouvet le pidió durante años que escribiera una pieza de teatro y él le decía "Es que no sé ni cómo empezar", y Jouvet le insistía y después de la guerra volvió a la carga y le dijo "Écrivez n'importe quoi", cualquier cosa, y Green escribió justamente "n'importe quoi", y se convirtió en Sud, según él compuesta de unas escenas muy oscuras y que sólo cuando la vio representada comprendió de pronto cuál era le sujet de la pièce, y que la gente le decía Mais écoutez, c'est pas mal construit du tout! Pero Jouvet nunca pudo leerla ni verla porque se murió de repente. Y es que esa sensación de escribir sin saber lo que se ha escrito es la mía, y a mí me emociona, si no fuese así no creo que me gustara escribir, pero tiene su contrapartida, ese vértigo de después, y ahora no sé cómo lograr averiguarlo. Antes siempre me servía discutir con otros, lectores de confianza, pero esta vez no me ha servido, esta vez me he sumido en una gran confusión, y ahora de pronto siento que me había engañado el criterio de quien hasta ahora iba escuchando mis anteriores capítulos, que tal vez no decía lo que pensaba con sinceridad o no se daba cuenta del problema, y tampoco acaba de servirme la propuesta de mi amigo escritor östeuropeo, salvo para desalentarme sobre lo escrito, ni la opinión de nadie. Tal vez haya llegado el momento de recurrir a otra clase de lector, o abandonar.
Estas últimas noches he tenido sueños de muerte, sueños sangrientos pero también sueños libres y múltiples que me producen una rara felicidad, aunque sean pesadillescos. El hombre que escucha me ayudó a empezar a descifrar algunos. Fue gracioso cómo el nombre de un poeta que aparecía significaba también muerte, a pesar del humor y la burla que parecía envolverlo todo. Un asesinato que a veces era de dibujos animados. Unas cuchilladas que yo sabía que serían cosidas después. Yo me encontré diciéndole al hombre que escucha que ahora me siento menos vieja que hace unos meses, más cerca de la vida y más lejos de la muerte a pesar de las amenazas.
Ayer estuve en el Ateneo. Creo que voy a intentar dar un curso en l'Escola d'Escriptura en enero, aunque los horarios que quedan libres no son fáciles. Espero que se apunten alumnos suficientes. Por cierto que anteayer, cuando iba corriendo por la calle a una de mis citas tentativas de estos días (intentos de resolver mis dificultades de trabajo), un hombre que estuvo a punto de chocar conmigo me siguió para decirme, de una forma entre tímida, educada y osada, un elogio que me desconcertó. Le di las gracias y seguí corriendo, alegre de que me hubieran visto así y preguntándome si no sería el vestido rojo (la capa de Supermán, dijo luego V.). 
Leo aún a ratos un libro magnífico, Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent. Podría parecer crítica literaria, pero no es exactamente eso, o va efectivamente más allá. Construye una narrativa con esos escritores atópivos o décalés, que no encajaban en el mundo, casi a la manera de Roberto Bolaño en el fascinante La literatura nazi en América; sólo que éstos son reales, aunque a veces el lector llegue a dudarlo, igual que con Bolaño parecían reales. Bonnargent cuenta ese desencaje vilamatiano o bartlebiano en el mundo con un tono fluido y sutil, una narrativa llena de momentos memorables, una visión inteligente e irónicamente comprensiva de sus desarraigados personajes. Los ejemplos podrían aclarar mucho, pero no tengo tiempo, vuelve el espíritu del conejo blanco carrolliano con sus prisas y me arrastra a otro mundo. Tengo que traducir, escribir mi curso, acoger al peregrino que me ha llegado de pronto y después iré al gimnasio alemán y más tarde tendré que salir a la lluvia.

viernes, 18 de marzo de 2011

Fui

Foto: I.N., Sausalito, cerca de los bosques de Muir, 2011
Fui a ver Lola (Abuela) una película filipina de Brillante Mendoza. Ante esa atmósfera de pobreza abigarrada y compleja, bajo una lluvia feroz que me recordaba al Somerset Maugham de "Rain" (Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human"), me gustó ver a esas dos abuelas opuestas luchando solas, agotadas y frágiles, pero llenas de recursos en un mundo donde los hombres sólo existían para ser alimentados o para crear problemas con su fuerza física y su estamina, y el agua omnipresente, los pasos arrastrando las chanclas, la sensación del trópico, la comida que esas abuelas siguen preparando y llevando en bolsas, los patos, o esa escena primera contra la lluvia y el paraguas intentando encender una vela por un asesinado. Me preguntaba qué había dejado España allí, salvo esas palabras mezcladas al tagalo o a las múltiples lenguas. Los nombres. La expresión de una de las abuelas, tan española con esas cejas dibujadas y su orgullo antiguo en medio de la pobreza. Pensé en Donde hay nilad.
No era tan radical y salvaje como otra película de B. Mendoza (sobre la adopción-compra de niños en las chabolas de Manila- que vi en el Baff (ay), ésta parece algo más comercial, sencilla de estructura y en dos ocasiones le pone musiquilla cuando no hacía falta, y pese a todo, sarinagara...
También me gustó escuchar a mis amigos cineastas hablar de sus películas. Luego, la Belle Elaine y yo subimos andando hacia nuestras respectivas colinas. Le conté que antes, cuando iba hacia el cine, me había encontrado a alguien que me dijo algo extraño, pues no parecía hablar de mí. Primero dijo: "No te llamo porque parece que estés tan rodeada de gente..." (¿sería eso algo malo?, me pregunté yo, siempre feliz de que mis amigos sigan apareciendo). Y luego concluyó (por la muerte de M y mi operación) que yo estaba atrapada en el sufrimiento, que atraía la desgracia en ese famoso goce lacaniano. Me dejó estupefacta. Es alguien que apenas me conoce, me ha visto dos veces, y sólo ve en mí oscuridad, pero extrañamente sigue acercándose. Hay gente que no advierte nuestro humor, y yo lo comprendo, el sentido del humor no puede compartirse con todos, ni las afinidades, ni la simpatía, ¿pero por qué seguir acercándose a alguien que te disgusta? ¿Qué puede ser eso sino puro goce?
Yo, que me sigo sintiendo a veces extrañamente feliz en medio incluso de esta época agitada y de la tristeza convulsa del mundo, y aún en el duelo, que me asalta a oleadas inesperadas, y del postoperatorio, con su estela más larga de lo que parecía, al cabo de un rato puedo seguir bailando o celebrando a mis amigos, encontrando caminos para mi novela en un simple paseo hasta el Eixample, siendo visitada por los mirlos, que no pueden resistir más que no empiece la primavera, cubriéndome del ruido de las obras con impermeables de música celestial, me quedé atónita. Le dije que se equivocaba, que yo llegaba tarde, y volví, por suerte, a lo mío.
Uno de los amigos cineastas, anoche, estaba ya radiante con la primavera, aunque yo sentía humedad y frío mientras les esperaba y ellos pedían shawarmas, y hoy he visto que tenía razón. El sol lo ha inundado todo, aunque el aire aún sea fresco. Al abrir los ojos, Rufus estaba tan cerca que casi no le he visto. Venía a apoyar su frente de tigre en la mía, para despertarme, en ese saludo ritual que también me hacía Gilda. Y el sol se había enseñoreado de la casa.
La lluvia del cine me devolvió a nuestra lluvia de estos días, tan insólita aquí. La Belle Elaine contó cómo ella había salido a las Ramblas ya harta de refugiarse en la Fnac, en plena granizada, luchando con el paraguas y oyendo a la gente gritar y luego atrincherada en una tienda donde vomitaban una música terrible cuando sonó su móvil y un amigo le contó que le había picado algún bicho tropical en otro continente y estaba hospitalizado, pero el pobre no debía de estar tan mal porque le preguntó asombrado qué era aquel estrépito de horrible música.Y yo, cuando salí de la terapia geocromática y casi ni veía la calle del agua cayendo a chorros, simbólicamente cerca de la antigua casa de M., de la casa de mi infancia, el paraguas invertido y el viento, tuve que coger un taxi casi a la fuerza para salir del agua y pese a todo llegué a casa chorreando. Pero la lluvia tropical es otra cosa, con calor, con chanclas, como en La Habana. Y ayer hablamos de otras lluvias. Y luego Elaine (parece que nuestro libro de cartas saldrá pronto) y yo pasamos por un lugar donde M tuvo un famoso olvido que yo puse en Crucigrama y por ese cable que se llenaba de pájaros en República Argentina y que sale en mi libro de la ciudad. El otro día, alguien le dijo a J. que podría presentarse como alcalde y J. bromeó que en ese caso me encargaría a mí los pregones. Y estuvo parodiándome por teléfono en esos supuestos pregones donde yo decía algo que parecía de Armando Manzanero: "Estas calles de Barcelona que me vieron llorar..." y me hizo reír. Pronto presentaremos Sinrazones del olvido.

martes, 7 de septiembre de 2010

Con la lluvia

Foto: I.N., Esta tarde, 2010
Me han entrado deseos de escuchar sólo música brasileña o versiones jazzy de canciones clásicas. O sólo jazz, cosa extraña en mí. Rufus parece estar de acuerdo. Dicen que a los gatos les gusta el jazz, pero conocí un gato que sólo escuchaba música contemporánea porque a su dueño le parecía que el resto era insoportable y el gato parecía siempre interesado en aquel juego inarmónico. Al llegar a casa he encontrado a Rufus muy elegante en el sofá, con el pelaje lustroso, y ha querido salir conmigo a ver la lluvia. Pero yo he entrado a buscar algo y Rufus ha hecho uno de esos extraños gestos suyos, que consiste en venir a buscarme con unos maullidos para llevarme de nuevo a la terraza. El cielo tenía esa tonalidad gris rojiza que yo asocio a esta ciudad y que me sorprendía cuando llegué de Figueres. Allí, el viento lo barría todo y traía otros cielos.
Siguen los relámpagos. Muchas cosas pequeñas se están rompiendo en esta casa. Murió mi preciosa y pequeña tetera japonesa, daba lástima tirarla incluso rota, porque los pedazos seguían siendo bonitos, como los pétalos mustios, como las gotas de mercurio del termómetro en el suelo, pero sin su veneno. Tendré que ir a la tienda japonesa a probar suerte, si es que mi pierna quiere llevarme porque el cambio de tiempo la ha hecho regresar. Hay una gotera del piso de arriba que amenaza con hacer caer el techo sobre nosotros. Vino un perito de la compañía de seguros, vino un técnico a mirar, pero no volvió nadie y la mancha crece. Además de los pequeños golpes que, como réplicas del terremoto, siguen rodeándome para recordarme algo. Abro un armario y cae un bote de cristal sobre mi uña. Doblo una esquina y un hombre impulsivo casi me tumba. Espero que todo esto vaya a menos. No me voy a olvidar, les digo a los hados. O a mi inconsciente. Alguien que me escribe a veces me habla del golpe del Lazarillo: yo también pensé en ese golpe, por cómo me hizo aterrizar bruscamente en otra realidad; cambiar. Lazarillo no era el mismo después de ese golpe, me recuerda mi penpal, tras aceptar que le nombre así.
También se suceden los cambios de citas. Hoy dejé la presentación de Piglia por mi acupuntora y resultó que me había equivocado con la hora. Mañana...
Me ha llegado la novela de Jonathan Franzen, pero no puedo leerla aún. Me ha llegado también La calle de los maleficios de Jacques Yonnet. He leído más relatos cómicos de Mark Twain, y un relato muy poderoso de Ernskine Caldwell, especie de anticipo de La jauría humana, del racismo, la miseria, el orgullo, la explotación. Siguiendo en la línea de E. Caldwell, me he admirado de la valentía rebelde de los franceses, en huelga general, ellos sí, y con dos millones y medio de manifestantes, mientras aquí ya empiezan a bajarse los pantalones una vez más, a decir que no irán a la huelga. Este país no tiene remedio. Hace un rato leía de cómo Epicuro adoptó la postura que Pericles llamaba idiotez, es decir, apoliticismo. "Un hombre sin la polis es una solitaria pieza de ajedrez", dijo Aristóteles, y Hannah Arendt retomó esa idea. ¿Pero cómo no comprender también a Epicuro y a su espíritu, a esa "culture de soi" de la antigüedad definida por Foucault? Yo no puedo ser indiferente a la polis, pero también necesito el jardín de Epicuro.
Sigamos con John Coltrane. Estos discos son la herencia de un personaje que aparecía fugazmente en el último cuento de Algunos hombres... y otras mujeres, pero él nunca lo sabrá y la idea de ese secreto me reconforta, aunque supongo que le gustaría el texto: si pudiera aceptar que yo escribo y no sentirlo como una vieja rivalidad misteriosa. Como si la escritura fuera otro hombre, una amenaza. ¿Qué nos queda de algunos personajes del pasado? Unas líneas de un cuento que les homenajea transformándoles, una música, la esquina de una calle, un restaurante. Ese personaje confirmaba la idea de Marguerite Duras y la de Roland Barthes, en el sentido de una rivalidad entre la escritura y los partners. Por fortuna no suele cumplirse, sobre todo ahora en que todo o casi todo empieza para mí a pasar por la escritura y me es difícil encontrar interés en un territorio donde mi escritura no exista.
Rufus está persiguiendo una mosca invisible. Se ha mojado un poco con la lluvia.
Hoy he ido a la residencia donde seguramente vivirá M. Tiene jardín y es una casa modernista. La atmósfera era apacible y luminosa y he pensado que ella, que había vivido en entornos donde la belleza era importante, podría estar bien allí, vivir allí esta extraña vida suya en la que está y no está. He visto, entre los coches que zumbaban como moscas de septiembre, moscas equivocadas (¿por qué toda esa gente sigue usando el coche para desplazarse y tocar el cláxon y aparcar en las aceras? Es una pobre ciudad equivocada), he visto algunos árboles y unos plumeros que se agitaban en la brisa, en una pequeña frescura contra el bochorno de esta tarde.

viernes, 23 de octubre de 2009

Over the rainbow

Foto: I.N., Desde la terraza, 2009
Ayer, justo antes de irme hacia Laie vi un arcoiris entero, que mi humilde cámara no pudo captar sino a trozos, y en algunas fotos es tan patética la acumulación de grúas y la construcción sobre el Putxet que no quiero ponerlas aquí para no entristecerme, pero fue un espectáculo digno de verse, y cuando le enseñé las fotos a Dolors Udina me dijo algo que yo ya había dicho aquí a propósito de la luz de Cadaqués: al menos esto no pueden cortarlo para construir. Sí, nos queda el cielo diurno porque la belleza del cielo nocturno ha desaparecido con la contaminación lumínica de las ciudades, y en Barcelona lleva camino de empeorar, ahora que la horrible empresa proeixample, contratada por el ayuntamiento de Hereuville, empieza a sustituir las bonitas farolas decimonónicas por unas de autopista (vayan si no a la Gran Via de Muntaner hacia Villarroell y verán el horror que están haciendo sin que nadie proteste, salvo cartas en los periódicos; y yo miro el paisaje nocturno de la plaça Joaquim Folguera, con sus farolas y almeces y me conjuro a resistir contra esos mamelucos).
El arco iris fue un buen presagio para la presentación del libro de Antoni Clapés, donde sobre todo lo que dijo Ramón Andrés, lo bien que situó la escucha de Toni Clapés, su posición en el mundo, de chejoviano no-saber, y esa descripción suya entre analítica, poética y filosófica me encantó, sobre todo ahora, mientras me pregunto quién podría presentar mis cuentos... Pensé que era una suerte alguien que leyera con tal atención y supiera decir(le) así... Aunque fuese secuestrándole entre dos viajes bálticos.
Antes de irme, alguien me habló de un viaje a Crimea que me hizo soñar. Iba yo releyendo unos cuentos de Chéjov, maravillada igual que la primera vez que los leí, aquella vida triste y gris de un joven tímido y algo encorvado al que besan por error en la oscuridad de una biblioteca y cómo brilla momentáneamente su vida para luego caer de nuevo en su monotonía desesperada, o Agafia, casada con el guardagujas y amante del perezoso y guapo Savka, y hoy me ha tocado Turguénev, sus Memorias de un cazador (por culpa de Maeve Brennan y William Maxwell). Venía pensando en esa atmósfera de isbas y mújiks y batíuskas que me transporta. Dice Turguénev: "era un cazador empedernido y por tanto, excelente persona" (qué extraña idea, hoy imposible), pero también: "Aquel bosque contaba con doscientos o trescientos robles enormes, y gigantescos fresnos. Sus cimbreantes y vigorosos troncos negreaban majestuosamente en el verdor dorado y transparente de los avellanos y serbales, elevándose más y más hacia el azul del cielo, desplegando en forma de bóveda sus anchas y nudosas ramas. Azores, esmerezones, cernícalos volaban silbando bajo las inmóviles copas de los árboles, abigarrados picapinos golpeaban con fuerza las rugosas cortezas; junto al trino de la oropéndola, el sonoro canto del mirlo se escuchaba en la densa espesura; abajo, en los matorrales resonaban petirrojos, pardillos y currucas, los pinzones correteaban raudos por los senderos, la liebre blanca corría por las veredas, zigzagueando cautelosamente; la ágil ardilla saltaba de un árbol a otro, para sentarse de pronto elevando la cola sobre su cabeza. En la hierba, junto a inmensos hormigueros, a la sombra de las hojas recortadas de los helechos, florecían violetas y muguetes, crecía toda clase de hongos: rúsulas, amanitas, agáricos, setas de roble, falsas oronjas; en los claros, entre amplias matas rojeaban las fresas... ¡Y qué sombra había en el bosque! Cuando mayor era el bochorno, en pleno mediodía, parecía ser de noche: qué silencio, qué perfume, qué frescura."
Y como estaba yo aún añorando el luminoso Viva voz de vida de Marina Tsvietáieva, de quien me envían hoy una cita optimista ("Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"), me repongo con estos otros rusos favoritos (me dice Valeria Bergalli que en 2010 saldrá el tercer tomo de los espléndidos Relatos de Kólyma de Shalámov, que cambiaron mi forma de entender los cuentos, y que Ricardo San Vicente ya está traduciendo el cuarto...).
G. ha pasado un momento y me ha contado su odisea ayer en la moto renqueante bajo una lluvia furiosa (como aquella de Somerset Maugham que ya cité: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."), una lluvia en tres direcciones, que atravesó su chubasquero, mochila, tejanos y convirtió agenda y apuntes en pergaminos ondulantes y enloqueció su teléfono. Luego me ha enseñado un vídeo de surf que borraré de mi memoria, para no sufrir, mientras él se dirigía a alguna playa con su personaje de neopreno.
Y ahora me queda decidir si cumplo mi promesa y voy a la fiesta lejana en Palo Alto o me quedo leyendo y podando textos en el sofá...
Al final sí fui a ese gran jardín nocturno, incluso entré con T. en un cine para dos, que era un coche decorado con cortinillas. Vi a algunos conocidos de siempre y a la vuelta nos perdimos por zonas de la ciudad antigua que no reconocíamos, y fue un paseo que recordaba a mis postales viejas de Barcelona, antes de que se convirtiera en hereuville... Y al llegar a casa, ¡qué bonito estaba el azufaifo! Reinaba con su majestuosa humildad en su jardín, tal vez aprovechando los últimos días antes de desnudarse para resistir el invierno.

martes, 21 de abril de 2009

Hace un día de perros

Foto: I.N., Baskarsija, Sarajevo, 2003
Y ha empezado mal: un visitante del juzgado traía malas noticias pecuniarias (luego resultaron no ser malas, sino todo lo contrario) para alguien que ya no vive aquí desde hace una década y cuando le he dicho que ya había protestado al juzgado por esa misma razón, me ha dicho que Justicia vive en la Edad Media, los ordenadores no existen y lo que pasa en un juzgado lo ignora el juzgado contiguo y que yo tendría que ir haciendo comunicados a todos los juzgados del país para que sirviera de algo.
G. anda por aquí, enfermo del mismo virus que me atacó antes a mí, dormitando.
He ido a comprar mi nueva cabeza portátil, es decir, un ordenador. Reconozco que mi malhumor estaba ya arraigado a esas horas, quién sabe si actuaban también las hormonas o si se debía a pequeñas desesperaciones y esperas cronificadas, la cuestión es que sólo me faltaban las noticias aún peores de Bill Gates y su aparato abusivo policial, que impide elegir nada y obliga al mundo a pasar por el tubo. Oh ya sé que debería pasarme a Linux (pero soy demasiado ignorante e impaciente para resistir ese estrés) o a Mac (why not? soy perezosa y tampoco quiero pagar más), en fin, la cuestión es que la empleada de turno ha desplegado todos sus recursos y paciencia estoica y por esta vez he sucumbido de nuevo a ese horrible diseño e ideología y soportaré la estúpida fealdad del Vista y su nomenclatura analfabeta, que me recuerda a Bologna y ese feo renombrar las cosas (como a la pobre biblioteca de la UPF, ahora llamada tristemente CRAI). Para rematar, seguramente mi escáner-impresora es incompatible, tendré que donarlo graciosamente y comprar otro. Yo quería poner aquí una hermosa foto de Lewis Carroll... Pero nada funciona, ni el flamante office que he tenido que pagar aparte, ni el escáner, que es incompatible, nada de nada. Tendré que volver a la tienda y eso me desespera, me siento envilecida por la perversidad de ex hacker traidor de BG. Hoy, alguien me ha dicho que había decidido vivir sin ordenador porque le estresaba demasiado: cómo le comprendo aunque no pueda hacer lo mismo...
Y por otra parte teóricamente es una cabeza nueva y llena de memoria y de recursos, cómo me gustaría ampliar también la memoria de mi auténtica cabeza humana. Justamente antes me preguntaba por qué algunas palabras se me escapan y desaparecen en esos entresijos de las grutas de mi memoria y nunca sé si se debe a su contenido simbólico o a un puro código fonético conectado a algo más técnico. Por ejemplo, la palabra espejismo se me rebela, y durante un tiempo no me salía la palabra anatema. ¿Por qué? Tal vez temo vivir en un espejismo y haberme convertido en cierto modo en anatema? Quién sabe. También se me escapan algunos nombres insidiosos, como el de un editor ambicioso y corpulento que, según me confesó hace años en un jardín donde se celebraba un cumpleaños, había sido descargador de muelle y olía el dinero allí donde estuviese. Como decía, el ordenador parece flamante y poderoso y cuando acabe de copiar al fin mis archivos en una memoria externa, quién sabe si podré poner fotos como antes y continuar mi libro urbano... ya parece un sueño... Mi informático de siempre me dice que devuelva el ordenador y me compre otro con un sistema operativo mejor, Linux o Xp. Los de la tienda me dicen que todo se puede arreglar, pero pagando un precio exorbitante. No sé qué será de mí...
Ayer di mi conferencia balcánica a pesar de todos los obstáculos técnicos que tuve que superar y que implicaron un retraso considerable. El público parecía interesado y el intercambio fue interesante. El lugar es precioso, una casa modernista y bien conservada, a la que no le han arrancado la puerta de madera para ponerle una de aluminio, como suele hacerse en esta ciudad, gracias al nulo apoyo ni protección que las autoridades municipales han prestado al patrimonio.
He aceptado una traducción para Arcàdia, no es un texto fácil, y mi intención era traducir sólo lo que en este momento me sirviera para mis conferencias, pero no ha podido ser. La lentitud de la respuesta de los editores ha acabado por impedirlo. Veremos.
Todo son anuncios y propuestas de Sant Jordi. Un desayuno de escritores en un hotel. Una visita al librero de la calle Berlinès trasladado a la Rambla. Mi firma a mediodía (de 13 a 14h en la mesa de La Central en Rambla Catalunya - Mallorca). Y al atardecer, si resistiera y si tuviera hipotéticamente un espíritu social que he perdido en los últimos tiempos, invadida por una corriente casi monacal, asistiría a una fiesta de Sant Jordi organizada por un periódico. Me ha escrito un periodista asturiano para una entrevista por email. Me llega la noticia de los autores que firmarán a la misma hora que yo en la misma mesa y me entra un temblor: ¿vendrá alguien a comprarme un libro y firmar? ¿O sólo lloraré interiormente mientras ellos firman sin parar? Son: Maruja Torres, Rubén Abella, Ian Gibson, Clara Usón, Santiago Roncagliolo, Ricardo Menéndez Salmón, Jordi Julià et moi même.
¿Y qué decir de esta lluvia? No puedo evitar recordar las palabras de Salinger: "As a matter of fact, I’ve been known to take a perfectly normal rainy day as a personal insult" (For Esmé with Love and Squalor) o también las de W. Somerset Maugham en aquel cuento magnífico llamado precisamente Rain, Lluvia: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."
Yo he seguido contemplando las fotos maravillosas de Lewis Carroll, que un inspirado amigo librero ha tenido a bien regalarme, en edición preciosa de Phaidon, el mismo que ha escrito una reseña de Sant Jordi de mi libro balcánico aquí. Sin saberlo, ese libro viene a restituir mágicamente la vieja usurpación que A. hizo de mi antiguo libro de fotos de Lewis Carroll, regalándoselo a un amigo suyo fotógrafo, como solía hacer entonces con los objetos ajenos.
Y leyendo, leyendo el magnífico y atinado El espíritu de las obligaciones de Hazlitt (Alba) y a ratos Une rencontre de Kundera, que recomendaba Pierre Assouline, sobre la pasión de la lectura. Y asombrándome aún de ese extraño poder y esos modos del inconsciente, que me llevaron de la escritura de mi conferencia sobre el dolor (D. Collobert) a la realidad del dolor físico más intenso y desesperante, el mismo que arrasó mi cumpleaños. Espero que esa semana horribilis me haya inmunizado para pronunciarla. Antes, el 28-29 estaré en Vigo, para otra conferencia balcánica.

martes, 7 de abril de 2009

Yo quería

Foto: I.N., Mis paseos por la ciudad, 2009
Quería hablar con mi antigua psicoanalista para intentar averiguar lo que me estaba pasando. Alguien me dijo ayer al dorso que para enfrentarse al pasado había que acallar las voces. ¿Acallarlas? dije yo, yo no puedo acallar ninguna, todas hablan y gritan al mismo tiempo, pidiendo atención, entre risas, lágrimas, calma y euforia, nostalgia y apego vital. En mí nada quiere callarse y tal vez sea una condición de mi escritura, sólo escuchándolas podré luego distinguir y escribir.
He estado corrigiendo mis cuentos, y es un trabajo feliz, porque necesito que salgan, y contribuir a ese nacimiento editorial del libro me alivia y aquieta. Viendo llover. He comido con una amiga del pasado -me ha invitado generosamente a un japonés-, estudiábamos juntas a los catorce, quince y dieciséis, y ella sigue siendo como ya era entonces, autoirónica, hedonista, de un realismo feroz, con unos ojos sorprendentemente cristalinos (los he visto de cerca cuando hemos salido a fumar). Hemos recordado a gente desaparecida y gente muerta y gente viva, hemos hablado de nosotras, de mí, que entonces fantaseaba locamente mientras me arriesgaba cada vez más. Hemos descubierto más partners que tuvimos en común. Nos hemos reído. No he tenido tiempo de decirle que ayer estuve en nuestra esquina de la calle, en la acera donde fumábamos al sol después de comer en el colegio. A la tercera de aquel grupo me la encontré en Provença/Balmes hace dos días y quedamos que vendrían a que les firmase un libro en Sant Jordi (de 13 a 14h en la mesa de La Central de Mallorca).
Luego, en el autobús, he acabado esa lectura dolorosa y feliz, extrañamente, de Philip Roth. Yo me sentía afín a ese padre suyo: "No hay que olvidar nada. Ése es el lema de su escudo de armas. Estar vivo, para él, es estar hecho de recuerdos. Para él, quien no esté hecho de recuerdos no está hecho de nada." He revivido con su proceso la muerte de mi padre. Me dolía sobre todo cuanto más me atrapaba porque pensaba: yo no puedo escribir de lo que más me duele, no puedo como él escribir de lo que quiero, completamente libre, de lo que más necesito escribir. Sólo puedo arrancar mordiscos de esa historia y dispersarlos fragmentados por mis cuentos, para convertirlos en materia poética o irónica despojados de su lastre sanguinolento. Quería acabarla en el sofá para poder llorar tranquila, aunque fuese metafóricamente y sin lágrimas, con la gata, pero ha venido un mensajero. "¿Isabel Mudez?", me ha preguntado, acertando sin saberlo. Luego un visitante inesperado, a quien no debería haber dejado entrar, pero finalmente le he empujado a irse. Sigue lloviendo en Macondo.
Justamente hace dos días pensaba que me sentía mucho más libre de escribir y decir lo que quisiera. Leyéndole he visto que me equivocaba. Roth me sigue pareciendo muy viril, incluso escatológico y divirtiéndose con ello, pero lo he leído febrilmente, lo he devorado y procesado y mezclado con mis propios impulsos eléctricos. Me dolía agudamente y no podía dejar de leerlo. Sólo mirar su cara me duele, pensaba. Lo he leído sin acallar ninguna de mis voces, interpelada y sacudida por esos vientos internos. No se equivocaban los que me decían que siguiera leyéndole, ni Abel que me prestó este libro, ni el librero de la calle Berlinès, ni Eph, ni tampoco un comentarista profesor de literatura que vino aquí a decirme que mi escritura estaba conectada con la suya (aunque Roth sea un gran escritor con una obra importante y yo sólo una hormiga que ha escrito tres libros) precisamente por la memoria.
He cruzado la Diagonal con sus palmeras y plátanos delgadísimos, altos, despeluchados, llena de esa belleza a pesar de los coches, esa preciosa avenida nuestra que el ayuntamiento y sus mediocres arquitectos quieren destruir. ¡Qué bien cimbreaban las altas palmeras con el viento y la lluvia! No se oían los coches, se habían convertido en un río silencioso.
¿Y qué me falta para hacerlo, para poder escribir justamente lo más necesario para mí? Tal vez sea sólo cuestión de coraje. O de seguir dando vueltas en torno a ese núcleo evitado. O tal vez no haya más opción que acercarme y perseverar y no salir huyendo cada vez que no encuentro el tono o que me acerco demasiado a ese material radiactivo, a ese túnel de paredes carnosas donde nada puede acallarse.
Entonces ha reaparecido el personaje de mi cuento: se ve que nuestro encuentro telefónico de ayer, en una región luminosa del paisaje del pasado, no fue impune. Sus preguntas parecían vibrantes y traían más ecos y recuerdos. He sabido que acabó por azar la noche cerca de mi casa. Sé que las suyas sólo son interrogaciones de un momento lluvioso de tiempo detenido y memoria, pero añaden nuevas cadenas de pensamientos. Luego ha llamado J., con las últimas noticias de la prensa. Con tanta alegre interrupción, una no puede ni entristecerse de verdad. Y apenas me queda una hora para acabar de corregir...
Quizás hoy sí logre encontrar a mi antiguo oráculo de Delfos.

sábado, 10 de mayo de 2008

Lluvia y cine


Fotos: J. Aguirre. Sigo poniendo imágenes de mi pasado encontradas en mis viejos álbumes, para desconcertar a todos esos que creen que la autoficción y este exponerse para interrogarse responden a un burdo narcisismo y no a la búsqueda gozosa y perpleja que es una celebración de lo vivido.
Anoche tenía yo una de esas sesiones cinematográficas chez la Belle Elaine, donde predomina gente de cine y yo soy sólo una intrusa. En este caso traía las películas Pere Alberó, y el director fue un descubrimiento para mí, Vittorio de Seta, un corto sobre Stromboli, Isole di fuoco (1960) y una película larga Banditi a Orgosolo (1960). El corto ya era precioso, la luz, las miradas hacia arriba, los pescadores, el fuego, el agua, el estremecimiento del volcán, la lava, los niños, imágenes silenciosas de una poética sutil. Y luego la película. Yo estaba muerta de cansancio y arrastraba una falta de sueño preocupante, pero no me dormí, aunque empezamos tarde, tras la conversación y la mesa llena de frutos secos y frescos (deliciosos nísperos) y el buen gazpacho de Elena. Pero aquella belleza agreste y áspera tan mediterránea y cercana que hacía pensar en el Cadaqués y la Ibiza que existieron hasta los sesenta (el implacable JP nos recomendó Voices of the Old Sea de Norman Lewis, hijo de una médium y un químico, asombrosa combinación), pero en más salvajes, y evocaba formalmente el Paisà y otras películas primeras de Rossellini y los personajes tenían también algo pasoliniano, primitivos, agrestes como el paisaje donde las ovejas se confundían con las piedras o se movían como ríos y los hombres se refugiaban en una gruta con movimientos asombrosos y nadie sonreía y los planos de miradas hacia arriba, de escucha atenta, las ramas puestas para proteger las ovejas, la forma de hacer el queso (pecorino) con las manos, las botas en el baile, la belleza de la mujer y del niño pastor, esa sobriedad seca de no tocarse ni sonreírse ni casi mirarse pero que expresa tensión dramática y afecto y una ética asilvestrada pero definida, con una economía chalamoviana. Algunas escenas de conversaciones, como cuando el niño pregunta por la muerte del padre y su hermano mayor le va contestando sin mirarle, son una lección de despojamiento y arte povera. Una maravilla.
Llueve mucho y yo sigo escribiendo y corrigiendo mis cuentos. Ayer se lo dije a alguien: "Se está convirtiendo en un trabajo". Para mí, poder escribir sin tasa y sin tener que traducir apenas, es un don de los dioses griegos que quisiera conservar para siempre. Ya sé que probablemente el dinero se acabará y a menos que se produzca un milagro, tendré que volver al duro banco (traducir me encanta, pero con lo caro que se ha vuelto el mundo y lo mal que se paga la traducción por estos lares, significa machacarme el brazo en jornadas larguísimas y acabar tan cansada que ya no queda energía ni espacio para mi escritura). Pero qué felicidad entre tanto...
Ayer, después de discutir con los demás espectadores de la sesión nocturna sobre si había que entender o no entender los poemas, leí a Gil de Biedma respondiéndonos, diciendo que hay que leer el poema entero, no releer nunca cada frase aunque sea oscuro, porque "gran parte del sentido de un poema está en la unidad melódica y la tonalidad de la voz", y que concentrarse en lo que el poema dice es la vía más segura de no entenderlo, y que primero nos tiene que gustar, nos tiene que llegar su efecto y luego en todo caso, tenemos toda la vida para entender al menos una parte, y cita a Coleridge diciendo que "la poesía suele dar más placer cuando se entiende de un modo imperfecto y general". Dan muchas ganas de leer poesía leyéndole, escuchando de esos poemas que le acosan y persiguen a lo largo de su vida y de los que siempre intenta recordar la pieza que le falta...
No tengo tiempo de más. He perdido la mañana alegremente como Doris Day en Pillow Talk, al teléfono. Me ha llamado un viejo amigo reaparecido bruscamente y de forma accidentada, porque lo mencioné aquí hace un tiempo e Internet es poderoso. Hemos tenido que sintetizar, después de 26 años sin vernos, y aunque su retrato difería de lo que otros me han dicho, tenía la gracia de siempre, y me han dado ganas de meterlo en otro cuento... Hay tanto que escribir... Tengo que compensar años de vida alocada, años de bloqueo, años de dar vueltas buscando equivocadamente, como las mariposas nocturnas en torno a la luz de una lámpara. Moments of Being. Todo sirve para el caldero de los cuentos. Llueve tremendamente, con viento huracanado. Le he escrito un sms a G, alertándole sobre la moto, la lluvia y el viento y él me ha respondido dos horas después, preguntándome: "Està plovent als llocs adequats?" Me ha hecho sonreír (G siempre hace las preguntas exactas, dice J) pero la verdad es que no lo sé. Ojalá sí, y se estén llenando los pantanos. Tampoco sé aún si cumpliremos un vago plan de ir al cine o si me quedaré aquí secuestrada alegremente por mis cuentos. Anoche me llevé uno de los últimos y cuando estaba en el metro me puse a cambiar los nombres y de paso a corregir alguna otra cosa. También tengo que leer una novela en pantalla, y otra en papel, para reseñarla en el Cultura/s. On verra bien...

domingo, 13 de enero de 2008

Enclaustramiento, poda, amigos, sueños

Foto: I.N., self-portrait, 2007

Salí el viernes por la noche y me pilló la lluvia andando, con un vestidillo y mi abrigo de los 14 grados. Llevaba mi paraguas resistente, eso sí, pero llegué al restaurante japonés empapada, y sólo por alguna razón misteriosa me sequé y no me agarré un trancazo. Al salir, había bajado la temperatura y nos fuimos a un bar a fumar, pero yo hice la extraña opción de beber cerveza (no creí que tuvieran un vino decente) y eso, unido a que por el frío no volví andando como es mi costumbre, me impidió digerir bien, y la sensación digestiva se infiltró, junto con otros factores más hondos e interesantes, en mi sueño.
Curiosamente al despertar recordaba el sueño con gran lujo de detalles y además, contenía incluso ciertos indicios del paso del tiempo y otros elementos que no aparecen nunca en mi reino de Morfeo particular. En medio de la escena onírica, por la locura de la situación y para tranquilizarme, yo pensaba: "Esto debe de ser un sueño". Pero yo misma me corregía con algo que allí parecía de una lógica aplastante: "Pero esa llamada era real." No sabría decir si era una pesadilla, creo que tenía algunos elementos de horror, pero al mismo tiempo era hilarante y positivo en muchos sentidos, y estaba tan lleno de motivos que habría querido llevárselo inmediatamente a mi antigua psicoanalista (ella sólo quería sueños frescos!), o tener algun otro psicoanalista amigo a mano. No voy a contarlo aquí, sería un tanto excesivo y tampoco se entendería sin contexto. Una vez alguien se escandalizaba de que la gente contase ingenuamente sus sueños en público, sin darse cuenta de que (para ese alguien, no para mí) eran evidentes. Yo creo que se equivocaba en sus juicios, aunque yo nunca le conté mis sueños, excepto los que he desnaturalizado integrándolos en algún cuento. Por cierto que en mi otro blog acabo de hablar de interpretación de los sueños y France Culture.
Hace unos días vino a verme un amigo al que no había visto hace treinta años. Estaba al lado de mi casa y me mandó un email porque mi auténtico teléfono ya no está en la guía (como el de Philipe Marlowe), por aquellas amenazas de la campaña del azufaifo, y no me encontraba. Me hizo ilusión comprobar que las viejas afinidades no eran equivocadas. Me gustó lo que me contaba de su vida. Sigue conservando su naturaleza hedonista y un sentido común que ya tenía en el instituto, además de su fisicidad. Fiel a todo eso, vive en ses illes y se ha restaurado una casaza, con viñas, vino y ese silencio del campo de Menorca, que incluye oír crujir la piedra seca del muro. Cuando se fue, me mandó un mensaje y concluí que me veía con los ojos de antes.
Ayer estuve corrigiendo La historia del azufaifo. O mejor dicho, podándola y recortándola para que el editor la lea y se haga una idea. Aunque acaso haya que podarla más para que encaje en esa bonita colección posible. Dijo Ivo Andric que era más difícil borrar que escribir. No sé si es cierto, pero yo tengo la impresión de que me paso la vida borrando. Podando. Los artículos de La Vanguardia, mis cuentos, La historia del azufaifo. Siempre con las tijeras simbólicas. La cuestión clave en esta poda era que los posts del blog contaran la historia del azufaifo eliminando las repeticiones típicas de los blogs, eliminando los links, pero restituyendo un poco ese aire de diario del blog, que incluye siempre otros elementos personales. Y al mismo tiempo, reduciendo... Y el efecto, la impresión que me produjo el texto era buena, de verdad me gustó. Creo que tenía razón Vila-Matas y que debo publicarlo.
Hoy he estado escribiendo mi texto para la Fundación Mapfre, complemento de la conferencia que dimos Lydia Oliva y yo. Y buscando citas para introducir a mis escritoras. Lydia me enseñó algunas de sus citas y yo, que estaba con la historia del azufaifo, me inquietaba por las mías. "Pero si a ti las citas se te caen del cuerpo al quitarte la ropa", me dijo V, con su gracia flamenca. No sé por qué, mis amigos creen que yo estoy llena de citas y que mi memoria es borgiana. Pero yo creo que siempre repito las mismas. Y si no fuese porque doblo las páginas donde encuentro algo...
También querría pensar algunas ideas para una mesa redonda sobre Literatura y psicoanálisis en la que me han invitado a participar, junto a Dante Bertini y moderada por Manuel Baldiz. Pero no he tenido tiempo. Aún más grave: pensaba dedicar la mitad de este domingo a acabar mi libro balcánico y no lo he hecho. Pero en esta semana me propongo ocuparme de eso, en los ratos "libres".
Para rematar, mi amiga de NY me ha propuesto que volviéramos a hacer como hicimos con algunos cuentos míos de CRUCIGRAMA. D. no sabe castellano, pero quería leerlos. Yo no tengo tiempo y tardaría mucho en hacer una traducción decente al inglés, si es que lo lograba. Sería mucho más fácil escribirlo de otra manera. Entonces probamos un sistema extraño: ella traducía con su software, yo corregía el absurdo resultado a un inglés rudimentario y ella corregía más y yo corregía sus correcciones, para ajustarlas al sentido que yo quería dar a cada palabra, y en ese proceso, yo descubría por qué había puesto cada palabra en su lugar, qué cosas eran locales y cuáles universales, qué importancia tenía para mí el ritmo y la fonética o la musicalidad del cuento. Etcétera. Ahora mi cuento La lechuza se está convirtiendo en The Owl. Pero como las dos estamos muy ocupadas, vamos muy despacio... Es una experiencia curiosa. Ella dice que no traduce, que sólo es the finisher... Y entre tanto, diría que la gata apenas se ha movido. De su caseta al sol de la terraza a su cama blanca de la sala, siempre cerca, siempre durmiendo...

lunes, 8 de octubre de 2007

Tormenta



Foto: I.N., Self-portrait reading and taping, 2007.


No pude llegar a la filmoteca. De camino tenía que recoger un cartucho para la impresora y al salir, rompió a llover a mares. En un momento, Muntaner era una ríada. La gente, por la falta de costumbre de lluvia en un país tan seco, chillaba. He subido a un autobús hasta la Diagonal, pero al bajar y andar un poco, he decidido dar la vuelta y refugiarme en el metro. No había taxis y mi estado era lamentable. Los zapatos eran barcos naufragados. A pesar de mi discreto y recio microparaguas, de la viejísima gabardina London Fog y el eficaz gorro francés, me faltaban botas de pocero. Tenía las piernas como si las hubiera metido en el mar hasta los muslos, la zona lumbar húmeda, los dobladillos de mi pobre pantalón verde chorreando. Dos horas en aquel cine refrigerado habrían significado pulmonía doble. Así que me he vuelto y me he puesto a escribir, intentando encontrar un camino para un texto en el que sé que hay algo, pero aún no sé cómo darle salida, y dando unos últimos toques felices a un cuento que ya encaja, ya fluye, intentando olvidar a H.H., y la película perdida.


Así que ahora vuelvo a la biografía de Melville, que está en el momento apasionante de creación de Moby Dick, en esa fase en la que todas las influencias y agitaciones y maceraciones coinciden en una reforma completa de esa profética novela americana. No tardaré en escribir mi reseña en La Vanguardia. Pero mientras, mi brazo dolorido descansará del ratón. Cuando me vea instalarme en el sofá, la gata Gilda vendrá a la cabecera, su lugar preferido mientras yo leo.