Foto: I.N., Self-portrait reading and taping, 2007.
No pude llegar a la filmoteca. De camino tenía que recoger un cartucho para la impresora y al salir, rompió a llover a mares. En un momento, Muntaner era una ríada. La gente, por la falta de costumbre de lluvia en un país tan seco, chillaba. He subido a un autobús hasta la Diagonal, pero al bajar y andar un poco, he decidido dar la vuelta y refugiarme en el metro. No había taxis y mi estado era lamentable. Los zapatos eran barcos naufragados. A pesar de mi discreto y recio microparaguas, de la viejísima gabardina London Fog y el eficaz gorro francés, me faltaban botas de pocero. Tenía las piernas como si las hubiera metido en el mar hasta los muslos, la zona lumbar húmeda, los dobladillos de mi pobre pantalón verde chorreando. Dos horas en aquel cine refrigerado habrían significado pulmonía doble. Así que me he vuelto y me he puesto a escribir, intentando encontrar un camino para un texto en el que sé que hay algo, pero aún no sé cómo darle salida, y dando unos últimos toques felices a un cuento que ya encaja, ya fluye, intentando olvidar a H.H., y la película perdida.
Así que ahora vuelvo a la biografía de Melville, que está en el momento apasionante de creación de Moby Dick, en esa fase en la que todas las influencias y agitaciones y maceraciones coinciden en una reforma completa de esa profética novela americana. No tardaré en escribir mi reseña en La Vanguardia. Pero mientras, mi brazo dolorido descansará del ratón. Cuando me vea instalarme en el sofá, la gata Gilda vendrá a la cabecera, su lugar preferido mientras yo leo.
