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jueves, 25 de marzo de 2010

De pronto

Foto: I.N., Árbol de Bruselas, diciembre 2008
Yo estaba feliz traduciendo el prólogo maravilloso de William Maxwell al libro de relatos dublineses de Maeve Brennan, y luego un cuento de ella, paladeando esa precisión que puedo reconocer, esa búsqueda de la palabra justa, esa respiración de las palabras como piedras colocadas en un jardín zen o en una tumba judía, o música compuesta en un impulso interior... He escuchado al sobrino de Maeve Brennan, el escritor Roddy Doyle, leyendo un cuento de ella con un acento magnífico. He sentido algo de nostalgia de mi escritura, un momento. Y de pronto he vuelto a entrar sin pensar en el extraño y recortado archivo de mi novela, del que sólo acepto claramente un párrafo casi musical y lleno de luz, una escena que me recuerda a La infancia de Ivan de Tarkowsky, aunque cuando lo escribí faltaban años para que viera esa película... Y he escrito algo. Brusca, groseramente, pero con energía, he entrado en ese campo desmelenado con esa hoz que corta hierbajos altos, maleza y... algo he avanzado. Tocando el núcleo que es como el tronco de árbol de la foto, grueso y vivo... Mañana lo veré. Ya no me queda más energía, pero algo he hecho, tal vez...
Le había escrito a V: dejar de esperar, concentrarse en el momento y en toda clase de nourriture... (y ella me decía que así era también para ella). Porque sé que todo lo que esperaba y no ha ocurrido me ha llevado a un terreno espinoso de bloqueo, de desesperanza. No puedo inventarme una fe que no tengo. Puedo aparcarlo, dejarlo ahí, encontrarle un lugar, un cajón del costurero chino de mi sueño, y concentrarme en lo que sí tengo. Y sólo pronunciando la frase, sintiéndome feliz mientras traducía a MB, entonces ha surgido un momento de coraje.
He escuchado a la psicoanalista Daniela Aparicio, invitada de hoy en ese programa de radio, Hablamos, donde también aparece el librero de la calle Berlinès y recomienda lecturas. Daniela hablaba de la depresión y ella sí tenía para mí ese ángulo psicoanalítico de la duda, los espacios de silencio, de interrogación, de observar el lenguaje, no lo asertivo-radiofónico-publicitario que a veces aparece erróneamente ahí.
Ayer traducía y surgió una duda de la especialidad de mi padre: por un momento pensé dolorosamente en preguntarle. Casi con humor negro. Llamé a mis primos, que trabajan en ese sector. Les pregunté por su padre, y luego todo se ha precipitado, mi tío está ya muy enfermo, del mismo mal que acabó con mi padre. Otra parte de la infancia (y de la vida!) que desaparece, en un arrancamiento irreal.
Mientras traducía, una joven poeta a la que conozco apenas por las amapolas, por una foto, un nombre -ella sí, llena de valor en su escritura- me ha dicho que había comprado mi libro Algunos hombres... y otras mujeres. De pronto yo, sumida en la traducción de MB, he recordado quién era yo, que antes escribía, que ese libro sigue ahí, aunque yo no pueda esperar con él, aunque tenga que dejarlo seguir solo... Y ese mensaje también me ha acercado a mi novela. Pero antes ha habido otro momento capaz de impulsarme, cuando la acupuntora, que intenta restablecer mis articulaciones después de la extraña regresión de la nevada, me ha preguntado si escribía estos días y yo le he hablado del libro de la ciudad y de la dificultad de escribir esa novela que me acosa...
¿Qué es lo que nos lleva, nos arrastra de pronto allí donde queríamos ir hace tiempo? No lo sé. Tampoco sé si voy a volver, si voy a tener valor o voy a seguir trabajando y evadiéndome de modo gallináceo.
Y mis lecturas... y algunas imágenes que me devuelven a ese origen mío, como la portada de los Cahiers de guerre con esa foto de Marguerite Duras que hoy llevaba en el bolso. Como la frase de Clarice sobre el peligro de escribir, que EC tenía pegada a una pared de su estudio y me enseñó hace once años, cuando yo acababa de separarme, y que hoy, esa joven poeta desconocida tenía en su blog.
Tal vez mañana...

domingo, 21 de marzo de 2010

Ayer y hoy

Foto: I.N., una torre barcelonesa, 2010
Ayer tenía que ir a ver a M., para una celebración tardía de su cumpleaños. Antes fui a una tienda de la Diagonal a comprar mi té de por la tarde, un Sannen bancha que sabe a ramitas tostadas y no me quita el sueño. Allí me encontré a L., de modo que fuimos andando, ella arrastrando su bici, hasta los barrios de M., fijándonos en esas esculturas vivas que se estiran y desperezan en el cielo y exhiben sus formas centenarias, todo eso que el ayuntamiento pretende talar, cortar, eliminar, digámoslo claramente aquí, al menos, y sustituir por palitroques que nunca crecerán, que necesitarían más de medio siglo para hacerlo y ya no llegarán a tiempo.
M. se puso contenta de vernos y miraba fascinada al mayor de sus nietos. Hay algo en la contemplación de la juventud y la belleza que aún puede iluminarla, como si pudiera cargarse de su energía, o porque le recuerda lo que era la vida. A mí me ve transfigurada, siempre resplandeciente. M. estaba ligeramente mejor, porque ha dejado de tomar una medicación para la memoria que le producía una irritación sorda y desesperada. Casi todos los medicamentos tienen efectos secundarios brutales, que obligan a tomar otros medicamentos. Pero nada tiene sentido: la vida de M. no es ni siquiera media vida, tal vez sea una centésima parte de vida. Ya no puede leer, ni comprender una película, ni expresar lo que quiere, ni andar. M. es una de esas personas que sólo vive para alimentar los laboratorios, para servirles de cliente: es el gran logro de la industria farmacéutica, alargar la vida de las personas a cualquier precio, aun convertidas en zombies, pero zombies consumidores de medicamentos.
Más tarde estuve hablando con una vieja amiga y luego viendo otra película de Ozu, y se me olvidó que en la tv ponían un episodio de In Treatment. Lástima. Empecé a leer el libro que tenía que reseñar y hoy, gracias a la anulación de las dos citas, après-midi et soir, he logrado acabarlo y escribir la crítica, podarla y enviarla. Tenía que ver con la sombra del suicidio y también con la vulnerabilidad y la sobre-exposición. Tenía que ver con la necesidad de contar y la voluntad de proteger y silenciar.
Hace unos días, tras leer un par de libros con ciertos fallos persistentes, mientras andaba, estuve pensando en el oficio de corrector. Sé que hay editoriales que presionan a los correctores para que intervengan aunque no haga falta: es una tendencia perversa. Se trata de un oficio que exige delicadeza y discreción y muchos no la tienen. Cuando no encuentran nada que corregir, hacen tonterías, y son capaces de estropear el trabajo de un traductor. Si el traductor dice "hasta que no quedó nada de vosotros", el corrector añade: "proveniente" (más catalán que otra cosa, por otra parte, pero en cualquier caso innecesario) y la frase se vuelve absurda y burocrática, pierde su poesía: "hasta que no quedó nada proveniente de vosotros". Otros correctores quieren dejar su huella y no pueden resistir la tentación de cambiar el estilo del traductor por el suyo. Una vez, donde yo había puesto: "Era una cuestión de orgullo" el corrector puso: "Era una cuestión de puntillo", sin darse cuenta de que "orgullo" era perfectamente correcto y adecuado (en inglés decía pride) y de que no era él (o ella) quien firmaba la traducción. Hay algunos buenos correctores que saben su oficio, señalan los olvidos, los errores, las repeticiones que el autor o el traductor no han visto y que no eran deliberadas, ayudan, pasan el paño para que todo brille, sin intentar imponer su huella. Y el autor o el traductor (que es segundo autor) puede revisarlas y aprobarlas o no. Ése sería el proceso ideal, pero no siempre es así. Y últimamente, en esta ciudad parece no quedar ninguno que sepa que en castellano se dice sacar sólo cuando llevamos algo de dentro afuera, que uno saca los zapatos de su caja, pero se los quita de los pies, que uno se quita la venda de los ojos, no la saca... O que cuando se habla de uno mismo y otra persona se dice "Fui a comer con P"., no "fuimos a comer con P", que sólo se diría si se tratase de tres o más...
También he seguido dándole vueltas a esa novela que no escribo, aun sin intentar nada, salvo desechar la última probatura, releer lo que sí sirve y volver a interrogarme. He leído a Sagarra hablando de Dublinesca y del día de San Patricio, con una foto de EVM apoyado en la puerta de un pub irlandés. También yo tengo ganas de leerla y me haré con ella cuando acabe mis deberes y haya pasado esta dura fase de PCG, que significa política de contención de gastos (expresión que le copio a J.A.), y es que éste es un mes muy árido para mí, aunque ya falta poco.
Parece que la llamada izquierda está ganando en las regionales francesas. En Libération han animado a los lectores a que expliquen por qué no votan y el resultado es magnífico. Ojalá saliera en los periódicos de aquí... En otro diario llaman a Skz "el autista del Elíseo", y del hiperpresidente al hiperperdedor... Cómo envidio la capacidad crítica de los franceses. Aquí la prensa es simplemente la voz de su amo, amo en el gobierno o amo en la oposición.
Anteayer soñé que estaba echada en una playa, al sol, con gente que conocía. Llevaba un bañador negro (¿o era rojo oscuro?) con aire retro y tenía las dos manos puestas en el vientre, donde sentía un dolor que ardía como fuego, intensamente. Casi como un cuchillo. Al fin decidí bañarme a pesar del dolor o precisamente por el dolor, la idea de sumergirme en el agua parecía la mejor alternativa aunque me costaba mucho incorporarme, en la densidad del sueño, y entonces me desperté, sin saber si el dolor había sido real o soñado.
Anoche tenía un mensaje de T., un amigo escritor balcánico que vive en otro extremo del mundo. Hace poco empecé a leer su última novela. T. me contaba que había ido unos días a Serbia a ver a sus padres y al volver, le habían llamado para decirle que su padre había muerto. Qué mundo tan extraño, decía en inglés, estar tan lejos. E inevitablemente pensé en la muerte del mío, once años atrás.
Voy a prepararme otro sannen bancha.

domingo, 24 de enero de 2010

Blog is a drug for me

Foto: I.N. De la serie Casas de mi ciudad, 2009
Sé que debería abandonar. Mi impulso es cada vez más escribir aquí y abandonar lo demás. Es un impulso de derrota, lasciate ogni speranza. No puedo vivir de la literatura, ni de los cursos, pero tampoco sé si podré traducir: ayer supe que grandes traductores premiados y que han traducido con brillo libros importantes tienen ahora dificultades para encontrar trabajo, mientras que otros, más baratos, más sumisos, más inexpertos, siguen traduciendo. La prueba es lo que yo estoy leyendo para reseñar, atravesando las dificultades de un castellano zafio y torpe, que no se entiende ni significa, un castellano deshonroso, de alguien que no sabe lo que es el amor a su lengua, de alguien que no ha leído, de alguien sin recursos ni talento para traducir.
Debería abandonar este espacio que me consuela y casi impide que aborde otras tareas, pero mi impulso es refugiarme aquí, como en un bar nocturno y oscuro donde parece que el paréntesis de la noche se apoderase de lo real, que la ensoñación dominara sobre lo demás, que no hubiera que enfrentarse al ruido de las obras y la mediocridad de esta pobre polis vencida y sumisa, maleducada y desconsiderada, sin rastros de humanismo ni de humanidad. Sólo leer, leer como quien bebe, ver películas como quien sueña, y escribir sólo aquí en lugar de todo lo demás.
Veremos qué ocurre. Leí que la última película de los Coen es una crítica al judaísmo, y sin embargo (sarinagara), su pregunta -"¿Por qué Ashem nos manda estos signos? ¿Qué significan?"- es la mía, aunque pueda sustituir a Dios por el inconsciente o por un destino vago e inextricable, ¿qué significa todo esto? ¿adónde me lleva? ¿cómo salir de Matrix? ¿Cómo encontrar mi vía? Como en la vieja canción, paso junto al retrato de mi padre y pienso "Show Me the Way; Gimme Strenght", como si en cierto modo me lo debiera, puesto que sólo me salvó en parte, puesto que no pudo reunir valor para -según sus plabras últimas- "estar a la altura. Veo la frase jeroglífica egipcia, más bonita y significante dibujada que transcrita al inglés, del himno a Osiris: "The indestructable stars are under the throne of His face". Lo pensaba temblando mientras veía en Arte Tv a unos refugiados en Yemen, a una joven que ha enloquecido por la guerra y se niega a comer y repite unas frases, a un niño contando, con una sonrisa, todo lo que había en su casa -sillas, mesas, camas, fuego...- antes de que la destruyeran. No sólo es Haití, es este mundo que se ha vuelto demasiado doloroso y esas voces flotan en el aire mientras la banalidad liviana y la mediocridad pegajosa se apoderan de todo lo demás...
Yo sé que ahora he entrado al fin en el mundo en el que quise vivir de pequeña, cuando aprendí a leer. Mi primer cuento fue uno de Andersen y tuve la revelación de que existía efectivamente ese otro mundo donde algunos pensaban como yo, donde mi sentido de la justicia y de la hospitalidad podían verse acogidos. Siento que al fin he llegado ahí y vivo entre ellos, aunque siga siendo una hormiga oculta, aunque tal vez nunca logre escribir lo que debo, lo que podría si... Yo me prometí entonces que huiría con los cuentos de lo que me pisoteaba, de la falta de hospitalidad, de la hostilidad aquella en la que yo no podía apenas respirar. Que no sería como ellos. Y el camino ha sido muy largo, al principio lleno de hoyos tremendos, pero también de refugios, no sin autosecuestros que encerraban a su vez otros peligros. Ahora estoy de verdad en ese otro mundo, ese otro lado del espejo, puedo ver de cerca a todos mis monstruos, me admiten secretamente como uno de ellos, pero no tengo ninguna garantía, ni siquiera una sujeción material y el peligro de morir es tan grande como entonces, el peligro de enloquecer, el peligro de la calle, todos los peligros bailan en un coro con el miedo, el placer y la risa, como el de aquellas figuritas de papel que recortaba de niña.
Y al mismo tiempo, los que tenéis la paciencia y generosidad de leerme, no me hagáis mucho caso; ya sabéis que todo es también mentira, que yo dramatizo, que nada es lo que parece, que quizás sólo necesite recogerme un poco...

sábado, 10 de mayo de 2008

Lluvia y cine


Fotos: J. Aguirre. Sigo poniendo imágenes de mi pasado encontradas en mis viejos álbumes, para desconcertar a todos esos que creen que la autoficción y este exponerse para interrogarse responden a un burdo narcisismo y no a la búsqueda gozosa y perpleja que es una celebración de lo vivido.
Anoche tenía yo una de esas sesiones cinematográficas chez la Belle Elaine, donde predomina gente de cine y yo soy sólo una intrusa. En este caso traía las películas Pere Alberó, y el director fue un descubrimiento para mí, Vittorio de Seta, un corto sobre Stromboli, Isole di fuoco (1960) y una película larga Banditi a Orgosolo (1960). El corto ya era precioso, la luz, las miradas hacia arriba, los pescadores, el fuego, el agua, el estremecimiento del volcán, la lava, los niños, imágenes silenciosas de una poética sutil. Y luego la película. Yo estaba muerta de cansancio y arrastraba una falta de sueño preocupante, pero no me dormí, aunque empezamos tarde, tras la conversación y la mesa llena de frutos secos y frescos (deliciosos nísperos) y el buen gazpacho de Elena. Pero aquella belleza agreste y áspera tan mediterránea y cercana que hacía pensar en el Cadaqués y la Ibiza que existieron hasta los sesenta (el implacable JP nos recomendó Voices of the Old Sea de Norman Lewis, hijo de una médium y un químico, asombrosa combinación), pero en más salvajes, y evocaba formalmente el Paisà y otras películas primeras de Rossellini y los personajes tenían también algo pasoliniano, primitivos, agrestes como el paisaje donde las ovejas se confundían con las piedras o se movían como ríos y los hombres se refugiaban en una gruta con movimientos asombrosos y nadie sonreía y los planos de miradas hacia arriba, de escucha atenta, las ramas puestas para proteger las ovejas, la forma de hacer el queso (pecorino) con las manos, las botas en el baile, la belleza de la mujer y del niño pastor, esa sobriedad seca de no tocarse ni sonreírse ni casi mirarse pero que expresa tensión dramática y afecto y una ética asilvestrada pero definida, con una economía chalamoviana. Algunas escenas de conversaciones, como cuando el niño pregunta por la muerte del padre y su hermano mayor le va contestando sin mirarle, son una lección de despojamiento y arte povera. Una maravilla.
Llueve mucho y yo sigo escribiendo y corrigiendo mis cuentos. Ayer se lo dije a alguien: "Se está convirtiendo en un trabajo". Para mí, poder escribir sin tasa y sin tener que traducir apenas, es un don de los dioses griegos que quisiera conservar para siempre. Ya sé que probablemente el dinero se acabará y a menos que se produzca un milagro, tendré que volver al duro banco (traducir me encanta, pero con lo caro que se ha vuelto el mundo y lo mal que se paga la traducción por estos lares, significa machacarme el brazo en jornadas larguísimas y acabar tan cansada que ya no queda energía ni espacio para mi escritura). Pero qué felicidad entre tanto...
Ayer, después de discutir con los demás espectadores de la sesión nocturna sobre si había que entender o no entender los poemas, leí a Gil de Biedma respondiéndonos, diciendo que hay que leer el poema entero, no releer nunca cada frase aunque sea oscuro, porque "gran parte del sentido de un poema está en la unidad melódica y la tonalidad de la voz", y que concentrarse en lo que el poema dice es la vía más segura de no entenderlo, y que primero nos tiene que gustar, nos tiene que llegar su efecto y luego en todo caso, tenemos toda la vida para entender al menos una parte, y cita a Coleridge diciendo que "la poesía suele dar más placer cuando se entiende de un modo imperfecto y general". Dan muchas ganas de leer poesía leyéndole, escuchando de esos poemas que le acosan y persiguen a lo largo de su vida y de los que siempre intenta recordar la pieza que le falta...
No tengo tiempo de más. He perdido la mañana alegremente como Doris Day en Pillow Talk, al teléfono. Me ha llamado un viejo amigo reaparecido bruscamente y de forma accidentada, porque lo mencioné aquí hace un tiempo e Internet es poderoso. Hemos tenido que sintetizar, después de 26 años sin vernos, y aunque su retrato difería de lo que otros me han dicho, tenía la gracia de siempre, y me han dado ganas de meterlo en otro cuento... Hay tanto que escribir... Tengo que compensar años de vida alocada, años de bloqueo, años de dar vueltas buscando equivocadamente, como las mariposas nocturnas en torno a la luz de una lámpara. Moments of Being. Todo sirve para el caldero de los cuentos. Llueve tremendamente, con viento huracanado. Le he escrito un sms a G, alertándole sobre la moto, la lluvia y el viento y él me ha respondido dos horas después, preguntándome: "Està plovent als llocs adequats?" Me ha hecho sonreír (G siempre hace las preguntas exactas, dice J) pero la verdad es que no lo sé. Ojalá sí, y se estén llenando los pantanos. Tampoco sé aún si cumpliremos un vago plan de ir al cine o si me quedaré aquí secuestrada alegremente por mis cuentos. Anoche me llevé uno de los últimos y cuando estaba en el metro me puse a cambiar los nombres y de paso a corregir alguna otra cosa. También tengo que leer una novela en pantalla, y otra en papel, para reseñarla en el Cultura/s. On verra bien...

jueves, 8 de noviembre de 2007

De la lectura

Ilustración: Albert Buendia, Cal·ligrafia, 2007

Yo aprendí a leer muy pronto, y ahí estaba ya la ambivalencia que marcaría mi vida, forzándome a entender que todo sería siempre contradictorio y complejo: la misma malvada tía Rottenmeyer que me encerraba me dio la única llave de salida: me enseñó a leer. En ese proceso, curiosamente no me maltrataba como en la comida o los demás ritos cotidianos, tal vez porque ella, maestra frustrada, notaba mi urgencia de aprender y en ese único terreno conectábamos. Porque a pesar de ella y sus maneras y de cómo yo la odiaba, sentía que en aquellas repetidas planas de letras que me impedían irme a jugar, había algo para mí, algo que yo deseaba, la puerta del conejo blanco carrolliano, la oruga fumando en su narguile, la sonrisa del gato de Cheshire en el aire.
"Cuando aprendas a leer, te regalaré un libro", me dijo. Y cumplió su palabra. Yo tendría cuatro años, quizás menos. (Tengo ese libro, lo encontré hace tiempo, en casa de mi madre y lo reconocí de pronto: la portada de un verde acuoso, era Almendrita y otros cuentos, de Andersen). Su lectura fue una revelación tan grande que me resulta difícil de explicar. Toda mi vida basculó, es decir, apareció un universo entero para mí, un mundo donde yo podía vivir, escapando de mi purgatorio (hasta entonces, sólo tenía el paisaje, la luz y los pájaros, que cantaban supuestamente para mí, y me permitían imaginar que tal vez una parte del universo estaba conmigo). Y de pronto, descubría que alguien escribía historias donde las malvadas madrastras y crueles hermanastras eran implacablemente castigadas (con chinelas ardientes y barriles de clavos que igualaban mi odio sin perturbarme demasiado), donde el tercer hermano mataba al dragón y vivía en palacio con la princesa, donde Almendrita escapaba a aquellos topos ahorradores y autocomplacientes con sus pellizas, su guarida oscura y sus planes de boda, y volaba a lomos de la golondrina azul hasta un jardín de flores raras y seres diminutos como ella. (Enseguida llegarían Grimm, Perrault, Madame d'Aulnoy, Elena Fortún, Matilde Ras y los que les siguieron, todos con sus castigos bíblicos y su fuerte carga simbólica). Alguien pensaba como yo y en el lugar que escribía había justicia. Desde aquel momento yo quise leer y escribir para poder vivir en aquel mundo donde ya no estaba sola ni mal acompañada.
Al llegar a Barcelona, fui a un colegio de monjas, un espacio magnífico que saldría en una novela de Mendoza, pero dejando aparte el decorado, la atmósfera encajaba con la definición de Coetzee de la infancia: "apretar los dientes y resistir". Pues bien, las monjas me escogieron para leer en voz alta en todas las funciones. Tenía que leer textos evangélicos en la iglesia, hacer de narradora en Peter Pan o El flautista de Hamelín, pero también leer discursos en ceremonias religiosas y protocolarias. Por ejemplo, cuando yo empezaba a leer, en el cumpleaños de la gran jefa de aquella orden oscura, y decía: "reverenda madre superiora", todas las niñas tenían que inclinar la cabeza, en un movimiento sincronizado y multiplicado hasta el infinito. Mi rebelión (y caída en desgracia) empezó cuando dije que no quería leer en misa (así podía escapar), ni ser cruzada (me temo que intentaban ficharme, con mi aire virginal, mis buenas notas y el hecho de que estuviera en el coro, y no me perdonaron que las traicionara) y al final me expulsaron por unos simples novillos.
Pero -de nuevo la ambivalencia- yo había descubierto el poder de la voz. En el siguiente colegio (que era peor, del opus, y del que también me expulsaron enseguida, porque cuando se empieza, es contagioso, te echan de todas partes), cuando llovía, yo me sentaba encima de una mesa y las otras niñas me pedían que contara cualquier cosa, una historia, una película, una sarta de mentiras, lo que fuera. Y a mí me gustaba contar para poder pensar. De ahí pasé a un colegio progre, y luego fui a parar al instituto, pero la lectura silenciosa, como vía de escape de mi purgatorio familiar, y la combinación de leer en voz alta y contar historias ya no desaparecerían.
En How To Be Alone, Jonathan Franzen cita a una antropóloga llamada Shirley Brice Heath para definir un tipo de lectores (algunos de ellos escritores) que leen para no estar solos. Yo también quise quedarme en el mundo de los libros porque allí no estaba sola, allí conectaba con pensamientos afines y reafirmaba mi fuerte -desmesurado- sentido de la (in)justicia. (Por cierto, que leí ese libro de Franzen en Nueva York y estuve a punto de llamarle porque su teléfono estaba en la guía y visitaba las mismas librerías, pero me contuve.
Pero además, estaba la magia de las palabras. Ahora que los editores infantiles de este país publican libros sin apenas palabras, procurando adaptarse a unos supuestos lectores idiotizados, han barrido de golpe la magia que yo conocí. Antes leíamos largas páginas de texto hasta llegar a una deseada ilustración, que sólo mostraba una escena y motivaba a imaginar el resto. Y aquellas palabras que yo no entendía, atrapadas en la atmósfera de la historia, adquirían unas connotaciones misteriosas que sólo allí podían tener. Un bosque frondoso o umbrío no era lo mismo que un bosque lleno de hojas o tupido y sin sol. Algo se movilizaba con aquellas palabras que me hacían tropezar y destellaban como pepitas de oro en el suelo de tierra.
Espero haber podido aclarar aquí lo que empezó en comentarios al dorso, al hilo del audiolibro de Funambulista.