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domingo, 7 de octubre de 2012

Mientras

Foto: I.N. Rufus intentando coger el teléfono, 2012
Esperaba unas noticias que no llegaban y me enfrentaba a una lluvia de mensajes y llamadas preguntándome precisamente por esas noticias, vino Julia G. y me trajo prestado un libro mítico y maravilloso que logró atraer mi atención y me llenó de muchas otras emociones. Era Celia en la Revolución, de Elena Fortún, un libro que en un país decente y con memoria y que hubiera roto con el pasado fascistoide, sería un hit y tendría su película, un libro rodorediano (en el sentido de Quanta, quanta guerra) pero a la madrileña, un manuscrito sin corregir que la autora guardó en el exilio y que alguien rescató gracias a la viuda de su hijo, pero que pasó aquí desapercibido y ahora sólo se encuentra en esos pícaros libreros de viejo que piden 300 o mínimo 150 euros por él (el ejemplar pertenece a Enrique Ventura, quien por lo visto contribuyó mucho a su publicación en 1987). Una maravilla. Lástima que los dibujos ya no son aquellos de los años veinte y treinta que tenían las demás Celias en mi infancia, aquella niña ácrata y fantasiosa con su mundo libre siempre en pugna con los adultos y su moral. Imaginen, los que tuvieron la suerte de leer Celia, un libro de una preadolescente en la guerra en una familia dividida (al abuelo republicano lo matan los insurgentes, el padre es militar republicano lleno de ideales, a la tía y al primo les dan el paseíllo las fuerzas descontroladas de entre los republicanos) y todo eso contado con el espíritu inteligente e irónico de Celia, observadora desprejuicida del mundo, que comprende todo lo que está ocurriendo aunque crea no comprenderlo, que, republicana hasta el exilio, se da cuenta perfectamente de los excesos y errores en el lado de los "buenos", las miserias de vendettas y mezquindades humanas que las guerras sacan de las alcantarillas y de los vecinos, y la obsesión por la búsqueda de la comida y su periplo entre el campo, Madrid, Valencia, Barcelona (y qué alegría descubrir la ciudad aún entre los feroces bombardeos, los cafés que algunos conocimos, como el viejo Salón Rosa y tantos otros). Todo un hallazgo que le debo a Julia. Inmediatamente encargué la biografía de la autora para saber qué le había ocurrido a la verdadera Celia al salir del país y llegar a América, y para consolarme mientras, Julia G., que es apasionada y generosa, me había traído Celia en el colegio, con sus dibujos de entonces, de L. de Ben, aunque también hubo otros de Molina Gallent y quizás más. Y yo, que añoro siempre aquel Madrid republicano que por aquí tantos han querido olvidar (en ese mito absurdo que han extendido de que la Guerra Civil fue una guerra de Catalunya contra España y no una guerra de clases en la que Madrid resistió valerosamente hasta el final y en la que tantos catalanes apoyaron a Franco, como la familia de quien ahora nos gobierna y que han convertido en héroe independentista a pesar de su política derechista y antisocial y antieducativa, y perdonen el ex-curso), estaba encantada de revivirlo y también de Valencia, donde tuve amigos mayores que me contaron tantas historias de resistencia (como Ricardo Muñoz Suay). Y también porque de pequeña, el mundo de Celia contrapuso su libertad y su humor a la atmósfera asfixiante de mi tía Rottenmeyer y lo que la rodeaba y le tengo un afecto especial, como a Charito y sus hermanas. 
Luego he leído para reseñar en La Vanguardia un librito de Pierre Bergounioux, del que no hablaré aquí: hace poco una lectora del blog que malinterpretaba mis palabras se ofendió mucho porque le dije que no podía dar detalles de un libro reseñado hasta que no saliera la reseña (y entonces sí publicaría mi artículo en el otro blog), porque me parecería poco ético anticiparme. Ella contestó muy ofendida que era profesora de ética y yo tampoco entendí qué tenía eso que ver... A veces algunos no podemos definitivamente entendernos con palabras y yo, que no gano nada por cada lector que pasa por aquí, prefiero lectores que me comprendan y no esos que pretenden discutir asuntos de mi vida o que me leen como si hablase en una lengua desconocida. Más en estos durísimos tiempos míos en que el dolor físico me sigue acompañando, prisionera en un cuerpo que casi sólo me recuerda la vida física en sus miserias a través de ese dolor.
Y las noticias llegaron y parece que en diez u once días aproximadamente se decidirá mi suerte y hasta ese momento, mientras yo duerma, no se sabrá si se trata de una intervención muy larga y delicada o una más sencilla, ni tengo ninguna garantía, sólo lo sabré al despertar... Pero sólo sueño en recobrar la salud y la libertad del cuerpo prisionero. Nunca comprenderé por qué nos someten a esas pruebas radiactivas y tan agresivas si luego no sirven para ver nada... De nuevo dos o tres escenarios posibles con su estela más larga o más breve de consecuencias en el tiempo. Apenas he logrado escribir. He pasado noches largas e insomnes y he visto estrellas que brillaban extrañamente. Los sueños se me escapan, aunque antes de saber las noticias recordé un fragmento fugaz muy gracioso, que interpreté justo al salir de ver al hombre que escucha. Yo seleccionaba unas imágenes para Françoise Hardy. La única imagen significativa -las otras me preguntaba por qué las había escogido- era aquella en la que a una chica le faltaban dos o tres dedos y me parecía admirable.
Y el sueño interpretado:
Seleccionaba unas imágenes (las del TAC) para Françoise Hardy (hardi = valiente; todo el mundo me dice que soy tan valiente y yo pienso que el valor no excluye el miedo, sólo significa no dejar que te paralice / y François le Champi es aquella novela de G. Sand que tanto le gustaba a Proust de un niño abandonado que acaba amando a la que le acogió como madre adoptiva)
La única imagen significativa -las otras me preguntaba por qué las había escogido- (es decir, la vía realista, la probable, con la que me estoy reconciliando) era aquella en la que a una chica (yo, vista más joven) le faltaban dos o tres dedos (es decir, cortar dos o tres dedos -como medida- de un órgano en la operación) y me parecía admirable.
Creo que el sueño hablaba del valor, de reconciliarme con la opción de cortar un trocito de un órgano que implica un postoperatorio peor, y tal vez de mi hijo, de mi temor a abandonarlo si muriese (en los sueños están todos los miedos), de mi preocupación de cómo le haya afectado lo que me está pasando o de mi propia vieja condición de niña abandonada, una sensación que a veces vuelve en estos tiempos…
La Belle Elaine me trajo un libro de Segismon Serrallonga coeditado por Víctor Obiols para Ellago, con un título prometedor y excéntrico, Sempre voldré voler. Aún no he podido hincarle el diente, me queda un Baudelaire de Sexto Piso por reseñar y estoy sembrada de películas que me trajo mi amigo cineasta, aunque de momento sólo logré ver tres piezas más de la correspondencia entre dos cineastas más, cartas y postales de Pere Alberó y Elena Vilallonga. Voy despacio. Intento ver Les amants réguliers. He pasado noches en blanco, difíciles y anoche logré dormir gracias a una melatonina rápida que me ha dejado ko también durante el día, pero me he levantado para descubrir una inundación en el patio de la lavadora. ¿Imaginan achicar agua con un cuerpo doliente que no puede apenas agacharse y que de hacerlo, apenas logra volver a ponerse en pie, como Humpty Dumpty? Yo estaba desesperada, he logrado acabar con tres cubos y medio, aunque acarrearlos hasta la pila de la cocina me ha hecho un daño tremendo, y luego ha venido J, el hombre organizado, ha cerrado la llave de paso y ha traído unos fontaneros de un servicio de urgencia del que es socio, que han resuelto el problema rápidamente y por un precio pequeñísimo. Yo me había quedado agotada y J. me ha hecho la comida mientras yo seguía al teléfono como Doris Day melatoninizada y sin laca. 
Eso sí, J. ha podido comprobar cómo Rufus intenta coger el teléfono móvil cuando suena. Al menos, lo intenta cuando ve la imagen de J. en la pantalla. Habrá que ver si con sólo nombres y letras también se interesa... Es que Rufus es un gato contemporáneo, que vive en todos los mundos, y cómo me ha acompañado en estas noches de insomnio y días tan doloridos...
Mientras, G. está ya feliz en su independencia italiana, con su primera casa, sus excursiones (Bologna, es cierto, está cerca de todo... hoy pasaron el día en Venezia y vi la misma luz de antes en sus imágenes), y con su primera clase, que fue de cine documental, aunque aún se le escapan muchas palabras, pero todo se andará. Él vendrá a verme cuando llegue el día D., y yo siento interrumpir su alegría erásmica, ojalá que todo salga muy bien...
Ayer Giuseppe me trajo una corbina y J. unas frutas maravillosas, cerezas extremeñas, higos, mangos aromáticos de Málaga, papaya y esas confituras de higos y melocotón y mango que ha aprendido a hacer. No puedo quejarme. JP me escribe desde India, ya a punto de partir y con pocas ganas de arrancarse de aquella belleza que tan bien le encaja.

Seguro que todo sale bien, sobre todo procura ir allá fuerte y decidida, y con pensamientos serenos, que no te dé la lata nadie. Los que creemos en algo rezaremos por ti.
Le diré a Rocío que vayamos hasta el río a encender una lámpara y la soltaremos en el Ganga, y que su luz nos dé esperanza a todos.
   No hay que creer como creen los hindúes en que el Ganga te da la salvación al ser sagrado para sentir el beneficio del agua. Ya me acostumbré, al pasar horas mirándolos antes de decidirme, a compartir el baño en Tulsi Ghat con los lecheros y la gente que va allí a bañarse cada tarde y disfruto de esas aguas que, como todo en India, es una mezcla de impureza y de pureza, de sagrado y profano, de delicia y repulsión, hasta que uno se dirige solo hacia lo que te limpia, o te sana, o te da placer y espera que sea esa parte la que actúe. Uno no piensa en los posibles cadáveres que puedan venir flotando por el río (ya sabes que no queman a los sadhus, a las embarazadas, a los bebés, o a veces los pobres que no pueden pagar la suficiente leña acaban en el agua solo parcialmente quemados), sino en compartir esa visión salvífica, esa tradición que se remonta a miles de años y espera que la corriente lave nuestras faltas, nos purifique no solo el cuerpo y nos ayude a vivir y a ser mejores. 
Ahora estoy leyendo a Srinatha, un poeta telugu del siglo XIV, posiblemente el más importante de una literatura más antigua que muchas de las nuestras (española, francesa, inglesa) y que saluda a Varanasi en el último libro que escribió, uno sobre la ciudad:
Aquel gran río
donde se funden los tres ríos
con un círculo exterior, otro en el medio
y otro en el interior, una explosión de luz que señala al Dios del Universo,
cuando pienso en ellos, Kashi, la ciudad brillante,
toma forma ante mis ojos
con inexhaustible alegría, en medio de la noche
de pie en las arenas de la orilla
del río celeste
a la luz de la luna
cantaré a Shambu, el señor de Kashi,
el que lleva la luna en el pelo,
a Shiva, con su cuello negro,
y todo mi cuerpo
se llenará de vida.
Ya estoy nervioso, despidiéndome, con dolor, de las cosas y la gente, de la ciudad, aunque quedan tres días, y trataré de disfrutar cada momento. Las voces de las mujeres a veces tienen un timbre tan alto que hieren los oídos. Ayer vi un vendedor de pájaros que llevaba papagayos de diversos colores, y luego tres clases de pajarillos, de esos esbeltos y delicados que me encandilan, unos marrones de un tono intenso con la cabeza y el pecho negros y el pico de un delicioso gris, otros pardos con el pico gris y partes negras y los últimos verdes con el vientre a manchas amarillas y negras. El gran buey herido en una pata, que se pasea lento, cojeando por las calles del barrio, ayer fue motivo de una pelea porque se tendió en la calle y no dejaba pasar a nadie de los que iban en moto, era la hora punta, cuando los padres llevan los niños a la escuela y la gente va a trabajar, y al final se enfrascaron dos a puñetazos porque uno quería conseguir lo que los demás no pudieron, que se levantase, y ofendió la sensibilidad del que defendía el derecho del buey a reposar de su herida y ponerse sano. Me encontré en Assi cuando iba a recoger la ropa planchada, a Sanjiv, el niño pujari de Tulsi Ghat (el brahmán que en los ghats recita para la gente los mantras e invocaciones necesarias para muchas de las ceremonias). Estaba enfermo y mimoso, toda su energía y su chispa mitigadas hasta volverse dulce, alguien que normalmente, cuando llega, pone en danza a todo el mundo con sus bromas y sus puyas. Tiene una voz ronca, que se arrastra un poco, y ojos llenos de chispa, sus movimientos son precipitados pero precisos, nada torpes, y al final, a pesar de sus intentos de llamar la atención consigue lo que quiere y todo el mundo lo aprecia. Hubo una tormenta magnifica, peligrosa en los alrededores de Varanasi; murieron diez personas a causa de los rayos. Llovió con increíble fuerza y ganas, la lluvia venía de todos lados y caían grandes relámpagos en el río entre el retumbar de los truenos. Cuando amainó, me fui a pasear por los ghats casi desiertos, apenas una o dos personas, con el cielo de color marengo, y la oscuridad cayendo de repente como siempre en los trópicos.
La sensación que tengo cuando debo regresar, y eso que para que la transición sea suave me quedan días en Jodhpur, que me encanta, y casi una semana en Delhi, que es lo más parecido a Europa... podría definirla con las palabras de Dhu' l Nun "Cada vez que vengo a un país donde no se respeta al Amado siento que el espacio se reduce".
  Las tórtolas de India son también más delicadas y esbeltas que las nuestras, con la cabeza y el pecho teñidos de un rubor rosa y pasos delicados de bailarinas, su arrullo cada día en las escaleras que suben desde mi habitación al tejado me tiene subyugado.
El artista tuerto, el que diseña los saris únicos, me volvió a invitar a un té y me enseñó el diseño del traje de novio que seguramente llevará el chaval de la tetería dentro de dos meses cuando se case, el sastre que lo ejecutará es según ellos el mejor de Varanasi, un joven hombre barbudo que en lo mejor de su vida se vio afectado de polio y quedó con las piernas dañadas. En India, la desgracia y la enfermedad son repentinas, constantes, cotidianas, pero se toman como vienen y ellos despliegan un brío y una alegría que no tiene nada que ver con la autocompasión; están demasiado ocupados en vivir. También me enteré de la muerte del sadhu que hizo famoso Ramiro Calle y que hablaba español, un bengalí de grandes ojos claros que el año pasado me invitó a "su" templo, en realidad el de una familia que le permitía vivir allí, pero no llegué a ir porque tampoco estoy tan interesado en los sadhus, sobre todo si ellos se interesan por nosotros los occidentales, con lo pesados que somos, desconfío... pero creo que era buena persona.
Leo sobre las estimulaciones (dohanas) que las jóvenes púberes dedican a los árboles que tardan en florecer
El priyangu florece cuando le toca una joven.
el Bakula cuando lo riega con su boca
el ashoka al ser golpeado
el tilaka al ser mirado
el kurakava al ser abrazado
el mandava al decirle palabras agradables
el campaka al sonreírle
el nameru al cantarle
el mango al echarle su aliento
el karnikara al bailarle una joven cerca..
Terminé de leer A lover' s guide to Warangla, Kridabhiramamu, en realidad "Los goces del sexo", una obrita de teatro deliciosa, también telugu, sobre una pareja de crápulas que se pasean por la ciudad en busca de amor y sexo. Una especie de Ulysses, pues todo pasa en un día desde el amanecer hasta el anochecer. En la tradición hindú, la obra literaria es considerada inmortal, es uno de los saptasantana, es decir, una de las siete formas de progenie (las otras son un hijo biológico, cavar un estanque, construir un templo, instituir un fondo de ayuda, plantar un bosque de árboles y dar tierras para que los brahmanes funden un pueblo).
Estuvimos viendo una amiga y yo en vídeo la entrevista que Pasolini le hizo a Pound, los ojos de Pasolini, su juventud, sus ganas de vivir, su mentón lleno de ternura y obstinación frente a los ojos abismales de Pound, su sabiduría escéptica, sus movimientos de saurio cercano a la extinción, sabio y desconfiado, herido… Y qué maravilla oírle declamar sus versos en italiano a Pasolini; luego buscamos el original y nos pareció menos....
Pero también es cierto que el Amor es así
     "La llaga del amante herido de amor es como el encuentro del acusador y el acusado"
dice Waris Shah.
Escríbeme pronto.
Sé fuerte y sabia tú también. Te queda mucho por escribir y por vivir.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Vivo


Foto: I.N., El cielo de ayer por la mañana, 2012
En mi extraña burbuja alejada de muchas cosas del mundo. Escribo despacio, un pensamiento diario, le dije a V. y ella contestó enseguida: "Como los poetas chinos!". Leo despacio un libro reflexivo y maravilloso de Teju Cole que voy a reseñar para La Vanguardia, y no hablaré de él aquí, sólo diré que me acompaña. J. me ha envuelto en suplementos literarios franceses y anglosajones, revistas internacionales, cosas que antes no podía leer sin sentirme culpable y ahora leo con fruición. Pero el tiempo se me escapa. A veces tengo que pedirle a los amigos que no me visiten tanto porque, aunque no pueda traducir, sí puedo leer y reseñar y escribir mi extraño libro informe. "¿Por qué extraño?", me pregunta la mujer más guapa del mundo, que me compró sabiamente cuatro atuendos para este nuevo cuerpo difícil con el fresco (aunque luego volvió este calor pegajoso y desesperanzador) y salió en uno de mis sueños más cortos e intensos y se convirtió en personaje precisamente de ese libro, aunque fuese una aparición. Extraño porque escribo de algo que aún está ocurriendo, y si siempre escribo a tientas esta vez la oscuridad es más densa y más llena de interrogantes, o tal vez porque escribo más que nunca sobre mi propia perplejidad, el asombro, la incredulidad. La escritura está hecha de preguntas y ecos.
 Volví a ver al hombre que escucha. Pensé que no me cabría todo en una sesión después de un mes a cámara lenta, pero sí que cupo. Los sueños se desentrañaron solos nada más llegar allí, con todo su misterio (en facebook, alguien hablaba de sus sueños como si no tuvieran misterio, ni poética ni fascinación en su lenguaje, como si su interpretación fuera exacta y aburrida, me sorprendió que no viera más, le recordé que no por casualidad el mundo onírico había fascinado a los surrealistas, a Lewis Carroll, a Michaux, a Jeff Noon, a tantos y tantos escritores, pintores, cineastas... Pero fb es un terreno abrupto donde hay lugar para todo). También restrinjo lo social porque a veces necesito tiempo para atender las miserias de mi cuerpo. Hay gente que hace visitas concisas y comprende que estoy como estoy, otros se olvidan y pretenden venir con películas a pasar la tarde. Tal vez, después de todo, sea su deseo de verme como antes, hacer las cosas que hacíamos antes, aquella libertad de organizar el tiempo sin tener que sufrir en lo pequeño, en lo fisiológico, en lo íntimo, en el encuentro con el cuerpo. ¡Cómo añoro yo también aquella vida! Y espero volver a ella. Y celebrarlo con ellos. JN se ha ido otra vez a California, a recibir sus premios, en un viaje al que yo tenía que acompañarle... de no haber estado enferma. Me gusta imaginarle allí. Aunque yo ahora no siento perderme nada en concreto, sólo siento perderme la libertad de un cuerpo que no me oprimiese.
Fui a ver a un médico que me dio esperanzas, un cirujano distinto de todos los que había visto (todos los demás eran boxeadores, agresivos y llenos de desprecio y de sentencias muy radicales, de fechas arbitrarias y osadas para predecir mi muerte), humanista y cauto, me cambió el panorama haberle visto. Naturalmente no tengo certidumbre de nada, pero al menos cuento con alguna posibilidad más.
Y algo se revolucionó en mi cuerpo para bien, aunque dolorosamente, gracias al efecto poderoso de la reflexología. También decidí cumplir con algunos propósitos físicos que me exigen pequeños esfuerzos diarios, cierta ínfima disciplina, pero que me ayudan a ir recuperando cierto tono dentro de esta falta de tono. Me dicen que mi voz se nota más energética; es gracioso que sea tan universal, que todos lo adviertan. 
La vuelta del calor no ayuda. Un calor bochornoso que inflama y ralentiza las mejoras del cuerpo. Ayer J. volvió de París con un lujoso y mítico regalo para mí. Al ver la bolsa me asusté pensando en lo que le habría costado y temiendo que no me gustara, pero me encantó. Y me hizo ilusión tenerlo, un fragmento de belleza en este inframundo mío. Como los atuendos que supo encontrarme la mujer más guapa del mundo, que me consolaron tanto de esa pérdida física que ella comprende muy bien, de poder al menos envolverme en cierta belleza. Vino a verme V., que siempre lo comprende todo y parecía vibrante de vida. Cuando se fue me dijo que me había visto mucho mejor, aunque no supiera explicar en qué, algo distinto.
Muchos me llaman para preguntarme si necesito algo y traérmelo. Hay gente que me escribe cosas maravillosas, como un asistente de mi curso de este año, el arquitecto humanista, o una abogada que jugaba conmigo en la playa de Roses donde empieza mi novela, y que ha reaparecido y me lee, o mi ex cuñado escritor DC, que dice no saber decir y lo dice perfectamente, o mi amigo seráfico y céltico, que acaba de volver de Galicia y me lee o alguien que estuvo conmigo hace años y que también me lee desde no-lugares donde ruedan, todos con su deseo y su voluntad de que yo vuelva, me libere de esta esclavitud corpórea y pueda andar como antes, y más extensamente, me llega la crónica india y tibetana de mi amigo JP, que hoy he pasado por el filtro del diccionario para dotarla de acentos y eñes (en los teclados de allí no los hay) y que dice así:
  Sigo en Ladhak, ya un poco más calmado aunque todavía en un estado enrarecido quizás , supongo, por la altura.
  Visité un montón de monasterios que están en los alrededores, porque todos ellos pero sobre todo uno que se llama Anchi tienen unos frescos que me entusiasman, además de los templos y monasterios en sí.
  Ya el viaje es divertido, recorrer esos espacios casi lunares, con montañas de arena y rocas que se ven humanizadas por los chorten, las stupas que hay a millares y en todas condiciones de conservación, algunas tan desgastadas por la erosión que ya casi vuelven al polvo, los muros de guijarros, las banderas flameando al viento, y luego encontrarse esos valles deliciosos por donde pasan regatos murmuradores y los álamos se mecen y silban con el viento.
  A veces me quedo a meditar con ellos. Pienso en ti cuando hago una ofrenda. Me gusta despertar por la mañana al alba y ya oír las ruedas de oración girando lanzando al cosmos sus mensajes de compasión y de unidad de todos. Me parece maravilloso que la gente, aunque sea por rutina, continuamente se aparte de sus preocupaciones diarias y
ofrezca esa manera tan simple y bella de plegaria.
  Estoy leyendo a Bernanos, te acuerdas que te dije que lo traería?, y aunque a veces sermonea tiene frases que me estimulan, dice por ejemplo: "On ne prie jamais seul" o "Je sais parfaitement que le désir de la prière est déjà une prière et que Dieu ne saurait demander plus."
 Leí El resplandor de la hoguera de Valle que me encantó, como siempre, y La Veuve ...de Simenon que me entretuvo pero tampoco a pesar de su toque dostoyevskiano me sedujo tantísimo como a los franceses de antan.
  Una de las cosas que me fascinan de los viajes en microbús cuando hago mis excursiones a los monasterios es cuando de repente empiezo a oír un mantra o una plegaria y busco entre la gente quien está recitando, para darme cuenta al cabo de un rato que a lo mejor es el viejecito que tengo al lado y que va mirándolo todo sin que apenas por el movimiento casi imperceptible de los labios parezca estar rezando,  es una técnica que solo tienen los tibetanos; las resonancias son increíbles llenas de armónicos.
   Por las tardes voy a ver los partidos de polo que me encantan, no sé si te comenté que me alegré muchísimo al llegar y enterarme que mi estancia coincidía con el festival de Leh, me gusta ir a ver las miserables barracas y el circo que montan los indios, la pequeña muchedumbre de ladhakis que se arremolina para ver o para montar en unas norias primitivas o en cochecitos de plástico para los niños.
Tengo montones de fotos de todas estas cosas para enviarte pero en Ladhak es difícil y caro, hoy estoy teniendo mucha suerte porque no hay corte eléctrico. Mejor te las envío desde Varanasi.
   Hoy al levantarme la señora de la pensión estaba en el pequeño jardín lleno de flores, sobre todo dalias y girasoles, y algunas coles o berzas, vi como con casi diría ternura llevaba un gusano en una hoja de col fuera del huerto y lo dejaba en la calle. Esas pequeñas cosas me alegran el alma.
  También hubo Chams, las danzas sagradas de los tibetanos, realizadas por los monjes del monasterio de Hemis, el más grande de los de aquí, ya fui dos veces a verlas y quizás vaya una tercera. Meditación en movimiento, sus ritmos me dejan colocado para todo el día con la música persiguiéndome, alentándome.
  Te escribiré con más calma desde Varanasi, aquí siempre estoy inquieto pensando que se borrará todo antes de que me de tiempo de enviarlo y eso que desde la última vez esto ha crecido de un modo horroroso y aunque no quiero acabar con una nota negativa el progreso terminara con ellos. Sigo pensando que los turistas son el mal del siglo, que son el animal más estúpido que se creo, y además les han dado maquinas para que se entretengan. por desgracia soy uno de ellos.
Un beso desde "el techo del mundo".
Ayer fui con J. a la Rambla Catalunya, en un gesto heroico, a comprar algo urgente y pasé un momento por La Central. Un librero amigo (escritor, corredor y cinéfilo) me dijo que alguien acababa de pasar por la librería a comprar todos mis libros. Me hizo sonreír: yo sabía quién era. La niña de la playa de Roses. Hay gente que leyéndome se ha ido acercando a mí autrement, de la forma que yo prefiero, como una amiga de mis amigos, hija y sobrina de escritores y poetas, que vendrá a verme el viernes con una amiga fotógrafa preferida. En La Central aproveché para pescar un libro que me había recomendado mi amigo seráfico, de Miyamoto, que leeré cuando acabe esa lectura reflexiva, lenta, caminante y neoyorquina de Teju Cole. Y también otros libros secretos, de los que ya hablaré.
Hoy aprovecho que unos amigos cancelaron y voy a descansar de visitas, le he dicho a J., y él me ha contestado: "Pues G. va para allá". Pero G. no es una visita, es otra cosa, si yo estoy echada, él también se echa, me enseña una canción, me cuenta cosas, dormita conmigo, todo en una plácida ociosidad, cuida de Rufus, se ocupa de sus cosas, y verle con toda su fuerza y su belleza me alegra y me transmite algo vitamínico y vital. Eso no significa que no me alegre ver a los amigos, al contrario. Lo que no puedo hacer y en algunos casos o en ciertos momentos me desconcierta que me lo pidan, algunos de forma periódica y perezosa porque no leen blogs o no tienen paciencia, es resumir cómo estoy en un email o un what's up. A los que me preguntan no sé si responderles "Bien, gracias, ¿y tú?" o decirles que si de verdad quieren saber, me llamen cuando tengan tiempo y les contaré. "¿Todo bien?", me preguntó alguien en un día terrible y le contesté preguntándole si era un sarcasmo. Y es que a veces, cuando todo duele, todo cuesta y parece que la pesadilla tenga que ser eterna, cuesta mucho tener sentido de lo social, hacer concesiones, ser siempre amable... En la calle me encontré con E. en otro mal momento y me preguntó qué tal: Mal, mal, le contesté a todo, harta, hasta la coronilla... y J., que venía conmigo, me dijo que había sido antipática y lo sentí porque E. me gusta, pero a veces, ¿qué se puede decir siendo sincero, si no queda energía para mentir o disimular? Otro día se presentaron sin avisar mi vecino y la antigua portera. Yo estaba en un momento malísimo y sólo abrí creyendo que era una amiga de confianza, que me traía un remedio necesario. "No puedo atenderos", les dije, "estoy en un mal momento". No sé si lo comprendieron. Ahora no puedo recibir visitas sorpresa y a veces ni siquiera las esperadas pueden prolongarse.
Rufus sigue conmigo. Cuando me despierto en la noche y me voy a la sala, viene enseguida a mi lado a  acunarme con su ronroneo y su belleza gatuna. A veces se lo digo: es una suerte haberle encontrado. Ahora me despierto a las cinco y veo siempre amanecer, lo vemos juntos Rufus y yo. Anoche sorprendí una pequeña lagartija en la terraza y deseé que Rufus no la viera. Esta mañana, a las seis, estaba dentro, junto a mi mesa de trabajo, y he vuelto a temer por ella. Era salamanquesa, transparente y preciosa, con sus manitas delicadas y me ha mirado un momento. "Vete, vete", he pensado yo. Creo que no la ha encontrado. 
Voy a dar un cortísimo paseo, a estirar las piernas y a seguir leyendo a Teju Cole. También es una suerte poder disfrutar de la tregua silenciosa del domingo.

jueves, 26 de enero de 2012

Mi entrevista en el programa de Albert Lladó en La Vanguardia Digital



Aunque preferiría que no se me viera y que escucharan sólo la voz. De hecho les propuse a Albert Lladó y a Letras de Vanguardia que me filmaran de espaldas o con una silueta oscurecida, como los testigos protegidos, pero no les convenció la idea. Es una lástima. Son entrevistas de 5 minutos en las que el autor lee un fragmento breve de un libro inédito. En mi caso se trata de mi novela, Entonces, y es una escena de aprendizaje de la lectura; y eso explica las preguntas que me hicieron. Agradezco la oportunidad a ese programa.

domingo, 22 de enero de 2012

Escribo sin tiempo

Foto: I.N., Fachada barcelonesa, noche de reyes, 2012
Y prácticamente sin cabeza por el trancazo. El viernes y el sábado renuncié a todos mis planes para restablecerme, pero esta mañana tenía que salir al sol y tomar el aperitivo con una amiga porque si no, sentía que me iba a invadir una de esas melancolías de espíritu prisionero y ya empezaba a mirar el tiempo como esos personajes de Jane Austen que decidían una y otra vez aplazar sus salidas para no resfriarse. Por otra parte, me comprometí a unos trabajos de Sísifo que no están desprovistos de encanto, naturalmente, porque si lo que se hace no tiene alguna magia, como decía hoy la madre de EC, no vale la pena. Y es verdad. Nada más salir a la calle, yo con mi libraco de Clifford Geertz en la mano (descubriendo que más que antropólogo es un filósofo y que sus pensamientos tienen a veces más que ver con la poesía y la literatura de lo que tal vez él mismo pretendía), me he encontrado a Anna Casassas, que iba con su madre a comprar pan. Hacía mil años que yo no veía a Anna, que vive en el campo, al otro lado de la frontera, y me ha parecido igual que siempre, aunque me ha anunciado que iba a cortarse el pelo bien corto, ese pelo fuerte de india tan bonito, que ya le volverá a crecer. Y ella me ha preguntado si yo lograba resistir traduciendo y le he dicho que no, aún no he resuelto el jeroglífico de cómo mantenerme y empiezo a aceptar otra clase de encargos surrealistas, que la Belle Elaine está empeñada en filmar. 
Luego he bajado a Ciutat Vella, que estaba gloriosa de luz, una vez atravesada la triste destrucción de las Ramblas, que fueron nuestras y ahora pertenecen a una pesadilla de pueblo cutre con esas casetas tan espantosas y árboles majestuosos cortados y sustituidos por palillos enclenques. Es una vergüenza lo que estos políticos hacen con nuestra ciudad. Ahora se proponen destruir Collserola con "dieciséis portales" y más de dos mil estudios de arquitectura han presentado proyectos para esa destrucción. Parece como si no quedara un solo arquitecto con escrúpulos; se habían acostumbrado al exceso de la construcción y sus beneficios (contra la ciudad y contra la belleza y contra la salud de sus habitantes) y no piensan renunciar ni pensar ni reconocer que es un delirio.
Como en la placita soleada que habíamos elegido no había sitio, nos hemos ido a un café amplio del Born y allí hemos departido hasta que se ha hecho tarde. Mi interlocutora de hoy era y es una traductora resplandeciente y prestigiosa que tiene mirada de escritora, aunque no se haya decidido a escribir ficción, pero irradia talento.  Gracias a ella (y recomendada por V.) descubrí A punto de partir de Li Bai, y ese Tao suyo y los Cuartetos de Bai Yuyi, y entré en esa poesía china antigua maravillosa. Hemos hablado de traducción y de esa paradoja que ocurre demasiadas veces en este país, donde no se considera al traductor, y o bien se publican traducciones infames o bien, cuando el traductor intenta forzar la lengua para transparentar las rarezas y excentricidades e invenciones de un autor, aparecen correctores (o editores) que lo alisan todo y lo vuelven neutro, y desaparece así gran parte de la literatura. Ya dije aquí que el otro día escuché al traductor francés de Juan Gellmann cómo había tenido que inventar palabras y giros para traducir los experimentos del poeta para decir lo indecible y me alegré de que alguien hablase de eso. 
Y ahora tengo que seguir leyendo para mis trabajos sisifianos. Llevo días sin apenas leer los periódicos, leyendo sólo pequeñas cosas aquí y allá. Anoche soñé, pero he olvidado mi sueño casi por completo, sólo recuerdo que alguien que no habla mucho en la vida real me hablaba y hablaba sin cesar en el sueño. Me siento envuelta en un paréntesis, sin poder desconectar aún de mi novela para poder ver qué querría escribir, y cuando no escribo, me siento como en una peregrinación por el desierto. Prisionera por las vacas flacas y el resfriado, en esa espera grande y devoradora que parece capaz de engullirlo todo, apenas me quedan los sueños. En estos días, alguien me hablaba de cosas que no podían ser, dibujando un terreno de juego imposible e intentando llenar también el espacio de lo posible y ese juego es a veces alegre y otras irritante porque de verdad no existe, y aunque mi amigo JC decía que yo era platónica (siempre pensando en que el mundo debería ser mejor), en algunos terrenos no lo soy en absoluto. Dice Geertz que la angustia metafísica por no poder comprender todos esos hechos oscuros de la vida mueve a algunos a dar explicaciones absurdas e irreales en un intento de interpretar y entender el mundo, de dar sentido a lo que no lo tiene. Cuenta la historia de una vieja que, llena de dolor por la muerte de sus hijos y de todos aquellos a quienes quería, recorrió el mundo buscando a dios para preguntarle qué significaba todo aquello. Los demás le decían que era lo mismo para todos, que no tenía explicación. Pero ella siguió buscando y como no lo encontró, murió con aquel dolor suyo. Me ha hecho pensar en la canción irónica de Chicho Sánchez Ferlosio. Y también en todos esos malos escritores que incumplen el mandato de Chéjov e intentan dar respuestas a las cosas, cuando todo el mundo sabe que el mundo es un lugar endiabladamente incomprensible y el escritor sólo puede mostrar su asombro por lo que no entiende (eso dijo Chéjov, con toda la razón). Me gustaría escapar o estar escribiendo. Sin escritura, todo me parece deslucido. Tengo que lograr romper con mi novela, dársela a un editor sin regalársela, o en todo caso, venderla a dos euros por Internet, pero ponerla en circulación para sentirme en otro lugar. Decía Julien Gracq que vivimos siempre en una espera, es sólo que en algunos momentos, esa espera lo llena todo de tal manera que parece como si el mundo hubiera desaparecido.
Con esta voz del trancazo he estado cantando, tal vez para recordar la condición paradójica de las cosas. Me dijo un amigo músico que con los años, la voz se va volviendo más baja; Pensé que no iba a poder cantar el aria de la reina de la noche, aunque estuviera sola y no hubiera fumado la noche antes ni estuviera constipada y esa idea me entristecía; pero aún no me he resignado y esta tarde casi lo he conseguido. Tendré que buscar maravillas más bajas para poder seguir mis placeres solitarios... El otro día puse un baile vertiginoso, un mambo que me descubrió ese mismo amigo compositor  en facebook contra el constipado y también alguna canción de Etta James como despedida-homenaje... ¡Qué forma vertiginosa de mover el culo tenía Maria Antonieta Pons! Me recordó un fragmento de Alejo Carpentier en El camino de Santiago, lo he rescatado de lo alto de mi caótica biblioteca, la edición es de 1968, y yo marqué esa página impresionada hace treinta y pico años: "Al reír muestra el negro los dientes tallados en punta y las mejillas marcadas a cuchillo, de tres incisiones, a usanza de su pueblo, y, agarrando unas sonajas, se entrega al baile moviendo la cintura con tal desencaje de caderas que hasta la vieja de los mondongos y las panzas se aparta de su tenducho para venir a mirarle.."

sábado, 11 de diciembre de 2010

Yo estaba

Foto: I.N. Cadaqués, Mes pieds chez mes amis, 2010
Atrapada como un gato encerrado (otra vez el de Schrödinger?), sin poder salir, sin ir a mi gimnasio alemán ni a mis paseos reparadores, llena de tos y mucosas y con el cuerpo debilitado de la fiebre, pero sobre todo castigada sin escritura y poniendo demasiada energía donde no debiera, como habría dicho sin duda un consejero espiritual, de haberlo tenido, o mi amiga new age con su luna en Virgo, ¿pero qué hacer sin otro fuego que ese fuego, cómo llenar si no el vacío de la escritura, cómo ignorar el avance de lo imposible? Y hay algo alegre y libre en desoír algunos consejos, aunque sean imaginarios, sabiendo perfectamente las consecuencias, en más de un sentido.
Al llegar la noche, G. empezaba a toser en su cuarto y yo en el mío, o por el pasillo, un concierto de toses sin remedio, las horas pasaban sin sueño y me puse a leer la Vie d'Henry Brulard, que me maravilla tanto como a Lampedusa ("Je ne trouvais rien de si doux que de vivre à Paris en philosophe..." "Je vivais fou et solitaire comme un Espagnol, à mille lieues de la vie réelle"), y de pronto anoté dos o tres cosas para mi abandonada novela y sentí una felicidad repentina e inexplicada, no sé si por el puro placer de estar con Stendhal y su tono y su mirada de los cincuenta años (al cerrarlo miré su retrato de la portada y me sorprendió otra vez su falta de belleza, cómo cuesta creerlo, es un poco como lo que decía Al Alvarez de Jean Rhys, que aún a los 75 años hay algo tremendamente joven en su tono, que no se marchita y que la hace siempre moderna... En el caso de Stendhal mi impresión es que quien ha escrito eso por fuerza participa física y vitalmente de esa belleza), o si era la alegría de mi novela resucitada sólo con esas notas, con el puro deseo de escribir. Y es que en esta gripe, en algún intercambio he descubierto algunas cosas que al final no abordé en mis cuentos, y creía haber abordado, cosas que sí me gustaría poder contar, y que suponen tal vez un hilo nuevo, cuando arranque las pepitas y las hilachas de la historia, todo lo que ya no necesito ni deseo contar...
Pero hoy al fin he paseado por la frondosa y húmeda Tamarita, acompañada por alguien que también quería andar, y al pasar junto al azufaifo he oído un pájaro que cantaba en el jardín rodorediano del señor que vive al lado, era una "carbonera", no recuerdo el nombre en castellano, tendré que preguntarle a Nmp. El cedro gigante de la Tamarita se veía precioso mientras caía la luz, y los altos pinos... No había nadie más en el parque... Un compositor que me estaba leyendo, J.N., me iba mandando sus impresiones:
He leído dos veces Yo tenía 18 años. Me ha encantado, es de una pieza, es puro, delicioso y fresco como el cielo de Cadaqués. Ahora voy a por los otros, y ya no voy a poder pararme... (Plus tard...) Me quedé entre La noche que murió Franco y el siguiente. Son muy bonitos, muy fluidos y las historias son divinas. Lo que más me gusta de todo son estas cosas que parecen fáciles (y dios sabe lo que cuesta llegar a ese punto en que las cosas te salen fácil), como Baroja, o la música de Mozart. Además, la facilidad siempre tiene un aire moderno, y luego de hecho nunca se pasa. Ya verás qué bien le sienta el tiempo a tu libro... La lechuza es muy triste y sugerente, Just in Time es mi historia de amor preferida -cómo no- y Veraneo es tal vez el que más me gusta de todos. Con los cinco pretendientes y el viaje astral es una iniciación perfecta. Una cosa que me gusta mucho es la cantidad de cosas que quedan suspendidas, lo bien que circula el aire, como si dejaras todas las ventanas de la percepción abiertas. Es un estado de conciencia muy desprendido, elegante... (y horas después) Me quedé antes de las navidades serbias. Sigo encantado con el libro. Entra como el agua. A pesar de compartir tu admiración por las Cuatro Tesis de Mao y de la imagen preciosa de las flores al viento, creo que la revolución no fue mi época favorita, pero Cristales pintados me ha divertido mucho y también Signos, aunque no sea nada divertido para los protagonistas. Sin embargo, mis preferidos son los más románticos y los más zen, como Ida y vuelta, con ese final tan enigmático, y Souvenir. En Estrenos está la frase o mejor dicho las dos frases que más me han llamado la atención del libro (aunque no suelo quedarme con frases)... [y aquí incluye mágicamente una frase que por una razón misteriosa era importante para mí leer en público, y por eso leí ese cuento en la presentación. A ella aludía en mi conferencia mal publicada en la última sección ("Otras lecturas") de la revista del COPC. La frase -o párrafo- dice así:
"...aunque quizás fuera todo culpa mía. Yo no podía evitar sentir en él un abandono melancólico que me entristecía: es difícil decir por qué podemos soportar unas locuras y no otras, por qué ciertas tristezas nos atraen y nos mueven a proteger a quien sea y otras nos hacen salir corriendo. Y también es cierto que a pesar de mi enajenamiento de la época, sí me daba cuenta de aquel algo tan íntimo en los encuentros físicos que yo no podía verbalizar entonces, una desnudez mucho más grande que la del cuerpo, un contacto asombroso con la soledad de otros..." Y mientras la leía, en la presentación, notaba en mi voz una vibración especial, esas emociones y mensajes que una voz transmite secretamente y que los demás detectan de forma inconsciente... Y él sigue:] La alegría que hay en el libro es igual de convincente y conmovedora que la tristeza, que no es poca, y a veces se mezclan en algo que no sé lo que es pero que parece que apunta al enigma del amor y del deseo... De pronto, pienso en lo notable que es uno de los cuentos que leí ayer, Caballos. Voy a releerlo mañana. Los títulos de los dos cuentos que faltan prometen mucho. Te sigo leyendo... Navidad serbia es el más duro y yo diría que el mejor de todos los cuentos del libro. El contraste entre la luminosidad del iraní y la oscuridad del viaje es muy inquietante y profunda. Podría dar pie a una gran novela. Hombres con los que... (¿por qué se llama así? tampoco parece que te hayas casado con ninguno de los anteriores :-) es un allegretto furioso que va que ni pintado para cerrar. El libro es una celebración y una indagación y muchas más cosas que no te puedo decir porque no sé decirlas, y te aseguro que pasarás a la literatura universal como una especie de moderna Sherezade (pero esto es mejor que no lo pongas en tu blog, o se creerán que has contratado a un publicista! La gente es tan escéptica). Buen trabajo, Belle. Eres afortunada en tu arte y completa en tu alma -como todos, pero solo unos pocos llegan a saberlo- y el mundo gira a tu alrededor entre sonidos y luz y colores...
Mañana he quedado con la Belle Elaine y una amiga común, que aceptó leer nuestra aportación a ese libro epistolar y quería hacernos algunas observaciones. Poco a poco voy volviendo al mundo, aun con mi lastre griposo. Me habría gustado seguir en la calle... Quería haber felicitado al Librero de la calle Berlinès, que hoy cumplía 30 años de librería psicoanalítica, pero no ha podido ser, por razones ajenas. Tampoco he podido seguir las leyes de la hospitalidad con una amiga viajera, para evitarle los bacilos de mi gripe. Me he atrevido a escribir un poco de la novela, aunque sin cortar todo lo que debería, sin entrar con el machete en ese archivo aún humeante. Más tarde, le he pedido a G. que escuche un texto que tengo escrito para una brevísima aportación externa, pero cuesta mucho que me conceda su tiempo. Ha escuchado la mitad y me ha planteado inesperadamente unos cuantos interrogantes y cuestiones críticas. Se ha extrañado mucho de que le hiciera caso, pero yo hago caso sólo cuando tocan puntos donde ya había dudado... Para la otra mitad, he esperado a más tarde y entonces me ha dicho que estaba muy bien, incluso ha elegido una frase que le gustaba..