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domingo, 2 de septiembre de 2012

De la teatralidad, la ficción y el tiempo que se escapa

Foto: I.N., Oxalis triangularis, la plantita preferida de Ana, 2012.
El otro día vi al fin Historia del último crisantemo de Mizoguchi, que estaba incluida en el coffret que me regaló Anne-Hélène y a pesar de las interrupciones, fue una gozada verla. Era un dramón, pero no importaba ni afectaba negativamente a mi ánimo porque la teatralidad era tan grande que casi sólo importaban las imágenes, la música, la gestualidad maravillosa de los japoneses, la expresividad de los protagonistas, el homenaje al teatro NO que se hacía, qué fruición cuando el actor al fin, tras todas las desgracias que sufría, aprendía el oficio y avanzaba por el escenario vestido con kimono y con unos gestos coreográficos tan femeninos y sutiles... El setting era de 1889 o algo por el estilo y valía la pena verla. J me trajo un aparato de DVD que permite al fin ver todas las películas (mi máquina había ido haciéndose más y más quisquillosa y ya sólo me dejaba ver algunas elegidas por ella, no necesariamente las más nuevas, por muy legales y autorizadas que fuesen). Mizoguchi fue una buena sustitución del cine de Satyajit Ray que yo anhelaba ver o de mi querido Ozu, porque sospecho que hay muchas películas suyas que me faltan.
El tiempo cambió, fue asombrosamente reparador contemplar la lluvia, oler la tierra mojada, observar cómo se limpiaba el cielo de contaminación, cómo era barrido el calor ardiente del cemento, cómo llegaban las corrientes más frías. Comprendí entonces que no tenía nada que ponerme para cubrir este pobre cuerpo nuevo con dimensiones tan distintas del de siempre y naturalmente me sentía incapaz de intentar una peregrinación a una tienda, por mi malestar físico y por mi aspecto escandaloso, así que he recurrido a la mujer más guapa del mundo, también conocida como "la reina del shopping" (aunque sea por los restos de un antiguo esplendor, y ahora no pueda como antes, pero es que en este momento tan malo, qué pocos son los que pueden), y ella me ha prometido traerme lo que encuentre para probarlo y quedármelo.
He tenido días muy duros. Vino un osteópata, me arregló mis huesecillos, pero la máquina de uno de mis tratamientos volvió a estropeármelos y volvió el dolor lacerante y esta vez el osteópata no pudo hacer el milagro. Es muy difícil soportarlo cuando se añade a tantas miserias de este cuerpo, a tanta paciencia, a un tiempo tan largo y tan despiadado. Luego encontré un remedio temporal, ojalá me ayude a curarme al menos de ese mal. Hoy se lo contaba a los padres de J., que han venido a verme con su aspecto estupendo de siempre y su vitalidad física e intelectual, les hablaba de mi incredulidad ante esto que me ocurre, cómo me costó aceptar que esto me ocurriese a mí, que siempre he intentado ser ética y portarme bien con los otros, y no a ninguno de los seres mezquinos y sin escrúpulos que veo por ahí. De cómo mi aspecto sigue sorprendiéndome a diario, de cómo esa perplejidad de ver que las cosas puedan salir tan mal. De cómo cuesta entender el sinsentido de la vida y del azar, sin carga ninguna de significado.
He traído aquí un retrato de la delicada Oxalis triangularis, un trébol morado que fue la planta preferida de mi hermana Ana y que, cuando Ana murió, su partner, Chris, me trajo con dos hilillos precarios brotando, y ha crecido alegremente desde que está aquí, como una estela vegetal de mi hermana pequeña o una muestra simbólica de ese nuevo estado de conciencia suya. Yo no sabía su nombre, pero le mandé una imagen a mi experta en plantas y ella enseguida me reveló su identidad.
Alguien encierra a un perro invisible en una terraza que no logro distinguir. Si la identificara, llamaría a la guardia urbana. El animal ladra y aúlla durante horas, pero por lo visto sus vecinos contiguos son insensibles a ese estrépito lastimero y cruel. ¿Para qué tienen animales algunos? ¿Para torturarlos?
Acabé La marge, que es un libro magnífico, a pesar de su honda melancolía, porque qué bien flota André Pieyre de Mandiargues sobre ella, qué bien se eleva a ras de calle para barrer con sus sentidos la vieja Barcelona canalla de 1967 (si digo setenta, alguien de fb se quejará), de su participación y fascinación por esa vida callejera y su alergia por el franquismo y por su espíritu asfixiante, eclesiástico y taurino y policial, para el que encuentra un nombre inventado, y de su capacidad para comprenderlo todo, ahora que sabe que tendrá que enfrentarse a lo implacable. Mientras decidía con qué seguir, J. me trajo dos números del Magazine Littéraire y justo cuando mi remedio me hizo efecto milagrosamente y se detuvo el dolor febril que me había acosado todo el día de ayer, me leí uno entero, sin dejar tampoco de gozar, con la entrevista y los reportajes sobre Coetzee (tengo que hablar con la reina de la traducció, me pregunto si ha leído lo que yo leí), aunque disentía del principio del artículo sobre su Boyhood, donde Gilbert Gatore afirmaba que no era un texto interesante (aunque él mismo confesaba que no sabía por qué le había afectado tanto ni por qué siempre lo citaba!), mamma mia!, si además de narrativamente esplendoroso y de esa forma suya llena de gracia y fluidez, es uno de los pocos textos escritos por un hombre donde se escenifican las raíces edípicas de la misoginia, donde se cuenta lo que puede ser la infancia como contramodelo de la supuesta edulcoración (apretar los dientes y resistir), donde se cuenta efectivamente, y ahí sí, él lo veía, toda la vergüenza y la culpa de haber crecido blanco en el apartheid, esa carga imborrable que se le adhiere al protagonista de Youth y que quisiera arrancarse de su cuerpo huyendo a Inglaterra, pero no puede. Esa ambivalencia del amor y el horror a Sudáfrica que está en Disgrace y en tantos otros libros suyos. Y luego, qué bien contada la posición de Coetzee antiespecifista, a favor de la causa animal, no sólo en Life of Animals sino siempre encarnados por Elizabeth Costello, puesto que considera que ese sentimiento de supuesta superioridad de los humanos respecto al resto de las especies están en el origen de toda violencia. 
Luego me leí la parte de Handke, también intrincada e interesante, me leí la de Tabucchi: cómo coincido con su idea de que una lengua es una manera de ser y cada uno es otro en una lengua distinta; yo comprobé eso por primera vez espectacularmente en Belgrado; a mí me hablaban en inglés y se volvían dulces y casi femeninos los mismos que enronquecían y virilizaban la voz para defenderse en el mundo serbio. Pero también con el personaje de uno de mis cuentos con quien alternábamos las lenguas según estuviéramos conversando, discutiendo o en otra clase de aproximaciones. ¡Y cómo cambiábamos y cambiaba nuestra coreografía!...
Aunque todo eso pertenece a la vida de antes, a la que yo tenía, a aquella en la que yo participaba antes de estar enferma. Me dicen que volveré a ella, que podré volver a moverme, a bailar, a viajar, a bañarme en el mar, a andar por la ciudad, a todas esas cosas que ahora me están vedadas, que se acabará este sufrimiento diario, pero a veces me desaliento ¡y cuesta tanto creerlo! Y sin embargo, sarinagara, yo estoy aquí escribiendo, esta es mi ficción, aunque sea autoficción, aunque haya gente incapaz de entenderlo, desconocidos que me escriben consejos o que creen que querré discutir de mi vida con ellos y se enfadan muchísimo cuando les digo una y otra vez, en vano, que no es así. No saben que hay un género denominado autoficción (por cierto, me ha sorprendido cómo en el último Monde des Livres defienden Philip Forest y otros el último libro de Christine Angot, Une semaine de vacances, aún sobre el incesto, como una experimentación seria y no como la clase de escritura que yo creía que era. Pero al margen de su valor literario, que desconozco, en Francia entienden lo que es la literatura y que su materia puede ser autobiográfica o inventada, eso es lo que menos cuenta, sólo cuenta lo que se construya), que lo importante para mí es aquí precisamente la construcción, la escritura, que yo no escribo para hablar de mi vida con nadie (créanme, no lo necesito, sigo rodeada de amigos, es un regalo que sí se me ha concedido incluso en esta época tremenda), y menos con desconocidos o en público, ni para que me comparen mi supuesto caso con el de nadie, yo escribo para construir algo y no, no me interesa cualquier lector (no gano dinero con los que vienen a leerme, ni siquiera si vendiera libros ganaría dinero con ellos porque tantos editores se olvidan de liquidar cada año y cuando lo hacen, eligen el número que les conviene, ya que no existen controles en este pobre país primitivo y salvaje), solo me interesan aquellos lectores capaces de entenderme, de seguirme, que no confunden lo que escribo con imaginarios sentimientos, que no hablan de mi supuesta "sinceridad" (¿qué sabrán ellos?), sino de las frases, de las películas, de los libros, de la música de las palabras. Buenas noches.

jueves, 26 de abril de 2012

Tal vez


Foto: I.N., Visitante, 2012
Fueron los árboles talados, arrancados, las casas destruidas, el horror constructivo que se ha extendido en estos años como los ganglions de misère et de laideur de que hablaba Camus, sans frontières d'arbres ni d'eaux, comme un cancer malheureux, lo que acabó por enfermarme. Siempre pensé que la belleza curaba y la fealdad podía enfermar. Yo lo he sentido como una derrota personal, pasar todos los días por esa tristeza alrededor de mi casa, cambiar el silencio y los pájaros por un constante fragor de obras, vivir en medio de una cantera sin futuro, donde edificios espantosos han sustituido la pequeña belleza humilde de las casitas de antes, ver prisionero, constreñido y amenazado de muerte al azufaifo.
No puedo saber si recobraré la salud, ni si sobreviviré nuevamente a esta prueba. Por alguna razón se ha borrado el score de vidas restantes de este extraño videojuego. Sí sé que, si lo consigo, escribiré una novela sobre médicos. Hace años que ese material se ha ido posando dolorosamente en mi cabeza, desde cuando mi padre estuvo enfermo y murió, y no ha parado de crecer. 
Mientras, leo e intento reponerme. He leído un libro chino maravilloso que me trajo V. por mi cumpleaños, una preciosidad poética titulada en su versión americana Eighteen Songs of a Nomad Flute. The Story of Lady Wen-Chi (es un manuscrito del siglo XIV propiedad del Metropolitan de NY). No me he cansado de leerlo ni de mirar esos dibujos en los que Wen-Chi mira a lo lejos en el desierto, secuestrada por los Han, mirando hacia su adorada tierra china, o pinchándose un dedo para escribir con sangre un mensaje que las grullas lleven a sus padres, o al contrario, cuando al fin vuelve y se ve obligada misteriosamente a separarse de un marido-secuestrador al que ya ama y de sus dos hijos, y todos lloran cubriéndose la cara con largas mangas de sus trajes, y la belleza de los caballos y las carrozas y los muebles del desierto. Como dijo V., aquí no se publican cosas así.
Y luego he leído una novela magnífica de Gonzalo Suárez, El síndrome de albatros. Me ha hecho preguntarme por qué los grandes críticos no se ocupan de él en los suplementos, por qué ese silencioso ninguneo a un escritor con un mundo personal tan rico y poderoso. La novela es deliciosa, el humor y la ironía insuflan a todo una distancia idónea, pero al mismo tiempo, la acción es trepidante y chandleriana, el narrador me recordaba a veces a un Philip Marlowe contemporáneo y de por aquí. El uso del teatro está lleno de genialidad y frescura. Y qué bien escribe. Hay ideas y frases... Con qué dominio mezcla el peso humano de las cosas, la locura delirante y surrealista de los hechos y el desfile de personajes con sus taras, la sangre, la violencia y el sexo y el juego de posibles quiebros y resoluciones abiertas entre la realidad y el sueño que le emparenta a David Lynch, pero a un David Lynch con densidad vital, con tiempo y cargas de profundidad. También entiendo que le gustara tanto a Enrique Vila-Matas porque hay entre los dos afinidades, incluso comparte con Aire de Dylan la alusión a un Hollywood pasado de vueltas, a un post-hollywood traído por las frases de los guionistas y los actores, una interrogación sobre la propiedad de una frase, tantas cosas, cada uno con su estilo. Si no se habla más y en serio de un autor como Gonzalo Suárez (que ya fue elogiado en tiempos por Max Aub y Vicente Aleixandre, luego por Suñén, Cercas y Millás), si casi sólo se le elogia en privado y en espacios pequeños y no a toda página, si no se le ha traducido ya a todas las lenguas, es sólo porque vivimos en un país cutre y sin criterio, donde pocos tienen la generosidad o la osadía de defender a alguien que no esté de moda o a quien no estén defendiendo ya todos los demás.
Ayer fue una alegría ver Mis postales de Barcelona en La Vanguardia Cultura/s. Si alguien me manda el pdf podré ponerlo aquí. Me encantó ver a mi gato manchado en la portada, y las dos páginas con fotos y fragmentos del libro.
Mientras, Rufus es mi mejor compañía, pero como siempre, hay una nube de amigos que flota en torno a mí y que me recuerda el afecto y la afinidad. No sé si lo dije aquí, pero por primera vez, la noche electoral francesa, Rufus se acercó a ver la televisión, aún sin animales. ¡Es un gato europeo! Tenía conciencia de lo que nos jugamos. Fui a firmar en Sant Jordi, en un gesto para mí casi heroico, pero tuvo sus alegrías, aunque la multitud era grande y algunos amigos nunca lograron abrirse paso. Los pájaros me siguen visitando. Ayer una elegante urraca se posó en la antena de enfrente. Para los chinos, me dijo Anne-Hélène, es un augurio de felicidad.
Y es que anteayer, justo antes de salir a enfrentarme con lo peor de lo real, tuve un momento mágico. Sentí que el dolor se aliviaba al fin por la homeopatía y luego sentí que me invadía una respiración feliz, unas viejas ganas de bailar. Estaba acariciando a Rufus y le pregunté: ¿Rufus, qué significa esta felicidad repentina? Rufus me puso la pata en la frente, en ese ritual suyo que parece transmisión del pensamiento. Y luego, mucho más tarde, lo entendí. Era el paréntesis, la suspensión de la incredulidad, lo que vendría después con las extrañas noticias médicas.
È pericoloso sporgersi?
Hace una semana que todas las mañanas despierto a una pesadilla. ¿Qué puedo decir? Me han dicho que iba a morir. Me han ofrecido sólo cinco años de vida descerebrada, sin poder andar, confundiendo tal vez para siempre sueño y realidad, sin poder escribir, trabajar, leer ni pensar, perdiendo la vista y los riñones, entre otras cosas, y he dicho que no. Me han dicho entonces que no me crea que mi muerte será fácil ni agradable. Y luego, después de todas esas agradables promesas, me han dicho que no encuentran el cuerpo del delito, las células equivocadas. Pero siguen buscando. Mañana por la tarde se acabará tal vez este paréntesis feliz y volverán las sentencias. O tal vez no, tal vez me habré salvado y entonces me emplazarán a nuevas intervenciones. Mientras, intento disfrutar de mi último día de ignorancia. Pero también pienso que se equivocan. Que apenas saben. Que su idea de la vida es muy distinta que la mía. Que hay otras maneras de curarse. Que todavía no se acabó la partida. Y tal vez, incluso si encuentran lo peor, yo logre curarme por otros medios. O tal vez no. Non possiamo saperlo.

domingo, 25 de marzo de 2012

Ayer

Foto: Alicia Núñez, Yo en 1975
Vi Guest, de Jose Luis Guerin y habría querido ponerme a escribir inmediatamente mis impresiones porque temía que los acontecimientos y la vida social barrieran las imágenes o los pensamientos que me suscitó. Pero aún están conmigo. Fue la Belle Elaine que, al enterarse de que tenía la película, se empeñó en que fuese a comer a su casa y allí fui y la vimos las dos maravilladas. Me pareció tan atinada y lógica la respuesta de Guerin a esa experiencia de ser invitado sin fin a un gran número de festivales del mundo, reaccionando a la vida, como decía su amigo Jonas Mekas, convirtiendo esa perplejidad y ese asombro en una película y ofreciendo su mirada y sus interrogaciones al espectador. ¿Cómo decir? La película es un viaje constante, desde la pequeña belleza casi metafísica y a la vez cotidiana, la belleza entrevista y gozosa, los países de nubes desde el avión (como siempre, volví a L'Étranger, ese poema de Baudelaire de quien no cree en nada y a quien nada importa salvo las nubes: J'aime les nuages... les nuages qui passent... là-bas... là-bas... les merveilleux nuages !), las gotas de agua en el cristal, las imágenes del tren, las calles, los cambios de luz, los itinerarios de las palomas, el charco, la música, y también es un recorrido asombroso por la pobreza del mundo, por la locura callejera, por el fanatismo, por las chabolas y la vida que late entre barro y goteras y ropa tendida, y en una sucesión de ciudades del mundo no es el glamour lo que busca Guerin, sino que su mirada curiosa y a la vez contenida, respetuosa, se va a buscar a esa otra mitad de Jacob Riis, y habla con quien quiera hablar y muchos le abren las puertas de sus casas precarias y le cuentan, como esa chica triste en Cuba que ni siquiera sabe de su tristeza y que habla desmañadamente desde la cama o las mujeres viejísimas peruanas que lavan en fregaderos públicos o tantos otros. No es extraño que Heddy Honigmann adore sus películas porque pese a las diferencias grandes de estilo hay una afinidad entre sus dos miradas. Me encantó Guest, me pareció que sugiere muy bien la interesante idea del cine de Guerin, esa frontera desdibujada entre realidad y ficción que anuncia su presentador en la Biennale de Venezia, o la actitud vital que sugiere Mekas, o el brío de una mirada que va cambiando y matizando y dibujando con una curiosidad propia y homenajeando o irradiando tal vez sin proponérselo esa larga tradición del cine del que ha bebido y que comprende con pasión e inteligencia. Guest tiene el encanto de un itinerario personal, sin arrogancia y con cierta autoironía, y a la vez es una sutil lección de cine. Si éste fuera un país normal en lo cultural, la película habría durado más en cartelera. Espero que la Filmoteca dará ocasión de verla a un público más amplio de amantes del cine.
Mientras, dimos la segunda sesión de mi curso Correspondencias entre escritores y esta vez fueron los espíritus de Hannah Arendt y Mary McCarthy los que llenaron el aire con su amistad inteligente y apasionada y sus afinidades y exigencia intelectual y sus distintas actitudes vitales en lo personal. Me gustan los alumnos de ese curso, el ambiente que se crea y aunque tenemos poco tiempo de discutir (tuvimos que reducir dos horas a una y media), ese curso me alegra y siempre pienso que si encontrase un centro que me acogiera me gustaría dedicarme más a dar clases y menos a traducir y añoro esos países donde las universidades acogen y no expulsan y donde la excelencia todavía importa (como muchas universidades americanas o como la UNAM mexicana) y no sufren recortes tan tremendos.
Fui a la asamblea por el nuevo proyecto de Xoroi, en torno al librero de la calle Berlinès y algunas intervenciones me contagiaron su entusiasmo. Yo quiero seguir ahí porque me gusta esa idea de "la casa de las palabras" y de "la casa del psicoanálisis", me gusta la idea de una ciudad donde la escucha psicoanalítica esté presente en lo que ocurre y dialogue con las demás materias y contribuya un poco a compensar esa aridez y esa falta de lo judío, esa falta de análisis y pensamiento que hace este país tan vulgar y triste, tan sumiso, tan volcado sólo a la comida y el parking. 
Mi malaise continúa y ciertos encuentros colaboran a intensificarlo. Hay gente que nunca nos entendió ni nos entenderá, que nunca simpatizó con nosotros, sino todo lo contrario. Gente que nos sienta mal, como algunos alimentos, que no digerimos. Sobre todo, cuando tienen que ver con un tiempo en el que no podíamos defendernos y su actitud, inmutable, nos recuerda a aquello. También la angustia material que he pasado estos meses ha contribuido a que me sintiera mal. Ahora pienso que el panorama va a  clarear, al menos en ese aspecto. Esta semana volveré a ver qué dicen los expertos y si me proponen algún remedio que mi cuerpo y yo podamos aceptar.
Los mirlos empiezan a cantar por las tardes y ayer vino a verme por primera vez en este año uno de ellos, me llamó y le contesté, me miró un momento y luego se fue volando y yo no pude evitar preguntarme si era el mismo que el año pasado me estuvo visitando a diario durante toda la primavera y parte del verano. A pesar del acecho de Rufus.
Pero se ha muerto Tabucchi.
El librero de la calle Berlinès me trajo Aire de Dylan, la nueva novela de EVM, al que citó en su intervención, y aunque no pude resistir empezarla, me esperaré a acabar con un libro gozosa y oscuramente poético y distinto de Julien Gracq que voy a reseñar y luego me adentraré en lo de EVM. El libro llegó después de una mañana en la que yo, mientras traducía secreta y caóticamente antes de mis abluciones, con esa sensación de ociosidad que da trabajar escondido en el propio nido, me preguntaba si no tendríamos todos algo de Oblomov, o si al menos una parte de mí no sería deliberada y totalmente oblomoviana, a pesar de que haya tenido que trabajar tanto (sin que estuviera previsto) y de que muchas veces, al entregar un trabajo urgente me han felicitado diciéndome "Ets una màquina" o que alguna gente se asombra de que haga tantas cosas a un tiempo cuando tal vez, en realidad, no haga nada. O esa es mi impresión. Tal vez los dos lados de mi parte oblomoviana y mi parte eficaz estén entrelazados sin superponerse como la oposición entre significante y significado en los signos según Saussure, como el haz y el envés de una hoja de papel. Y digo esto influida por un texto de Benjamin Buchloh que acabo de traducir y que me ha interesado insospechadamente, más allá de sus extrañas sinapsis y de esas barreras sintácticas que hay que atravesar para traducirle, interpretando su escritura porque su mente va más aprisa que las palabras y éstas se le rebelan y anticipan y repiten extrañamente. Y es que el texto de Buchloh, explicando una pieza fílmica de Coleman, me ha devuelto al Fausto de Sokurov, porque hablan de lo mismo, de esa misma banalidad del mal de nuestro mundo que yo maldigo tanto en este espacio, y lo hacen con un fulgor y un insight esperanzadores pese a todo.
Yo lo pensaba hoy mientras escuchaba a una traductora y sinóloga brillante y me preguntaba por milésima vez qué país de zoquetes es éste que no la tiene en un pedestal y a la vez me maravillaba de la suerte de estos amigos míos que me permiten refugiarme en un mundo alternativo y tal vez oblomoviano, un paréntesis ensoñado como aquellas noches de mi época alocada en que todo parecía posible. Por cierto que he puesto en facebook una foto poderosa, de una teatralidad intensa y negra, que Colita nos hizo a cinco de las hermanas en 1978 y Mariscal ha hecho un dibujo magnífico sobre la foto.

viernes, 17 de febrero de 2012

Jeroglíficos

Foto: I.N. Maraña arbórea frente al Museum of Natural History, Londres, 2012
Hace muchos días que no escribo. Llegué de la maravillosa y esta vez nada pérfida Albión, que se había portado tan suavemente conmigo: me permitió soñar despierta, mientras andaba, con otras vidas posibles, y descansar del desentendimiento y la estrecha rigidez de mi país, del desierto cultural y de la lluvia ácida de desvalorización y depresión que sigue cayendo por estos lares. El retorno fue muy duro y me envolvió de tal forma lo angustioso que no pude escribir. Primero fueron los fantasmas de delirio y locura que me habían rodeado en la niñez y que generaron en mí la fantasía o la pregunta de si yo también estaría loca. Luego, los recortes en las instituciones para las que antes trabajaba y esa sensación desagradable de que alguien mezquino, alguien que necesita pisotear a los otros para reforzarse o respirar, aproveche la situación de penuria general para machacar a otro: yo sabía con quién estaba hablando, no era la primera vez, pero fue igualmente penoso. Al colgar el teléfono me alegré de no ser como ese alguien, pero también maldije mi antiguo desdén por el dinero y la seguridad, mi manía de hacer funambulismo sin red, todo lo que ahora me toca pagar. Tuve que hacer algunas prospecciones que me removieron el higadillo. Todo parecía en vano, excepto una revista hospitalaria. Recibí también algunas respuestas amables pero tristes, aludiendo a presupuestos restringidos hasta la desaparición, a incertidumbre en los pagos. En facebook invoqué a Spinoza ("No sufrir, no lamentarse, inteligir"), y a Dorothy Parker, cuando explica la necesidad de aceptar estoicamente el fracaso contando que Esopo fue al bosque y un lobo le dio una dentellada en una pierna. "Hala", le dijo el animal, "ahora vete a casa y escribe una fábula". También me acordé de la protagonista de Alison Lurie, perseguida por el perrillo imaginario de su autocompasión, empeñado en lamerle las heridas. Vino mucha gente a comentar y proponerme cafés. Tenía razón la Otra Bel: me recordó que hay días malos y les suceden días buenos. Ya lo dijo Van Morrison. Era el "Let's call it a day" anglosajón, pero esta vez yo no podía creerla. Porque la lluvia ácida sigue cayendo. Porque está muy difícil que yo me mantenga a flote. Porque vivir de la traducción se ha vuelto imposible. (Por cierto que hoy he leído la carta brillante y llena de esprit de un traductor ilustre a un editor que corrige las traducciones con espíritu didáctico y les corta toda poesía, todo hermetismo, toda rareza. Como yo también lo he sufrido me ha alegrado leerla. Valorar la traducción supone pagarla mejor y tener criterio para poder distinguir un buen trabajo y respetarlo). Porque los medios parecen querer deprimir al país aún más lanzándonos al hoyo. Porque los políticos sólo aplican medidas que hundan más al pobre, desdichado país.
Y sin embargo, sarinagara, mi percepción cambió al día siguiente, como había vaticinado Isabel M. Aunque continuase la lluvia ácida. Aunque mis problemas digestivos se hubieran agudizado hasta un extremo insoportable. Aunque mis sueños me mostraran la angustia que me invadía de día.
Soñé que estaba prisionera en una torre luminosa de la calle Anglí. Mi carcelero me había quitado la ropa de calle para que no huyera y en cierto momento intentaba escapar en pijama y calcetines. Un policía moreno, muy violento y desagradablemente mal hablado, me vigilaba. Yo hablaba con imágenes simbólicas que sacaba de un libro familiar. Mi lenguaje era el de un psicótico, con su misma poética. Fui a ver al hombre que escucha y él señaló con su puntero invisible: "Anglí suena como Ang Lee". Más tarde, ya en casa, me sorprendí yo sola al descubrir mi vocabulario onírico, mi jeroglífico. Mi sueño utilizaba como escudo la última película que vi de Ang Lee, Deseo y peligro o Lust and caution. Yo estaba prisionera del deseo de otro en un lugar luminoso. Y además, la protagonista era condenada a muerte y esa conciencia de su peligro de muerte era lo que me aprisionaba. El hombre que escucha me había dado una clave sobre qué me había atrapado al llegar. En el sueño, G. intentaba defenderme y hacer que el policía se fuera. Y había otros detalles que no contaré aquí. Pero al desentrañar el jeroglífico, el sueño angustioso se convirtió en lenguaje fascinante.
Por eso a mí me gustaba traducir, por lo que tiene de desentrañar jeroglíficos. Lo dije en Los meandros de la traducción: "Cuando le preguntaron al matemático Marcus de Satoy cómo había podido fascinar al público inglés hablando de números, él dijo dos cosas, una, que todos sabemos: que la pasión ayuda a la transmisión de cualquier saber, y la segunda, que me interesó más, que a todo el mundo le gusta hacer que todo encaje, y por eso tiene éxito el sudoku... Creo que en la traducción, en el hecho de descifrar y resolver cualquier jeroglífico, por muy difícil que sea –y no sé por qué, yo siempre he traducido textos difíciles—, he encontrado una representación tranquilizadora, un gesto simbólico vital, que descubrí de pequeña, cuando aprendía a conocer las letras y a formar las palabras. En el fondo de esa operación, está la idea de que todos los problemas son como jeroglíficos y que, si lográsemos concentrarnos más allá del dolor o de la angustia, sólo habría que encontrar la solución. Es una sensación comparable a encontrar el camino en un laberinto. Todos los problemas tienen al menos una salida, repite una voz interna, mientras traduzco." Sólo que ahora duele ver ese trabajo pisoteado y desdeñado por quienes deberían valorarlo. Y sorprende el distinto valor que se da a los traductores al otro lado de las fronteras. Ahora me he sumergido en la recta final de los Cuentos irlandeses de Maeve Brennan. Ella me ha dado una misteriosa lección de escritura.
Hoy he recibido la novela balcánica de Clara Usón, La hija del Este, que estoy deseando leer. Y también ha venido A.G. con su novela, que ya me gustó en su versión sin pulir y ahora releeré con fruición. Durante la comida, A.G., que es un lector excepcional, libre y desprejuiciado y no se deja llevar por lo que sabe o imagina de mí, sino que puede valorar el libro en sí, me ha estado hablando también de mi novela y me ha reconfortado, porque en esta espera de lectura la he puesto en un limbo, en parte por otras razones internas (una parte de mí preferiría no publicarla, mientras que la otra parte lo necesita con ferocidad; ambas han llegado a una entente que me desconcierta: que se publique, pero no tan pronto. Y mientras, no logro salir del todo de ella y ponerme a escribir otra cosa). Me explicaba A.G. en qué consiste para él el valor de esa novela mía, hablaba de los que escribimos "a tumba abierta", como la frase que me dijo un poeta amigo desde la casa donde habita la reina de las albercas: "Es que tú llegas hasta los huesos, y eso vale y muy pocos se atreven a hacerlo". Ella, la reina de las albercas, me lo había dicho a su manera pictórica y de cante jondo, con su escritura fragmentada y su calor. Y reconectar con mi libro me ha consolado porque estos días es como si mi novela hubiese desaparecido y aunque tengo vagos deseos, no sé si lo que quisiera escribir ahora son unos cuentos con un formato extraño o es una novela que se aleje más de mí, entrando subrepticiamente en otras pieles. 
También me contaba A.G. cómo disfrutó leyendo Una vida absolutamente maravillosa de EVM y cuando le he dicho que la obra de EVM era una fiesta de la literatura, me ha dicho: "¡Exacto!" 
He salido andando para aliviar mis males digestivos (y es que cuesta digerir mucho de lo que me ocurre, lo que no puedo contar aquí) y me he cruzado con una pareja y él la estaba mirando tan de cerca y con tal intensidad (pero no con deseo, sino con un escrutinio salvaje, como si quisiera y pudiera saberlo todo) que casi me ha asustado a mí. He pasado por ese geriátrico en cuya verja hay a veces un viejuzo desesperado que pide a los transeúntes un cigarrillo. Y he descubierto que el geriátrico tiene nombre de una poeta americana maravillosa. 
Ayer, al salir de descifrar jeroglíficos, pasé la tarde en la editorial de mi libro de Barcelona, corrigiendo "viudas y huérfanas" y cosas de maquetación. Fue una sorpresa agradable tras la lluvia ácida de estos días. ¡Qué bonito queda el libro! ¡Cómo han sabido colocar y sanear mis fotos! ¡Qué bien queda el prólogo de Mariscal, con sus maravillosos mapas! Mi amigo seráfico, que trabaja allí, demostró una vez más su paciencia y su savoir faire, su humor y su proximidad. Me gusta mucho ese lugar modernista, con las dos gatas y el perrillo y la azotea de los fumadores... Y hace ilusión cómo ese libro sigue su camino... Y luego, al llegar, descubrí que me había llegado un regalo arbóreo de plata de mi amiga americana. Dijo que era un protector para quien protege a los árboles. Es precioso y me sentí inmediatamente protegida por su amistad.
En cuanto a Rufus, sigue aquí conmigo, con su belleza y sus visiones de lo invisible, por las mañanas se echa a mi lado cuando hago mis ejercicios en el suelo, y ahora está sentado en su regio almohadón junto al ordenador, jugando con mi mano y el ratón, mientras yo me levanto a bailar.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El gimnasio alemán estaba vacío


Foto: I.N., Valveralla, 2011
Todo el mundo debía de estar entregado al frenesí de comidas y compras navideñas. Yo no tenía que comprar ni preparar nada, aunque siento en el aire ese impulso colectivo en el que la gente se junta para beber y evadirse más que nunca (mientras siguen cayendo malas noticias de políticas no sólo injustas sino sobre todo equivocadas, que ahondan más el hundimiento y las heridas del país y lo alejan de la recuperación, y sólo ayudan a banqueros y secuaces), o para despotricar juntos y conspirar. 
Tal vez fuesen las endorfinas o esa borrachera de felicitaciones de gente que normalmente no te desea nada pero que enloquece de espíritu navideño o lucha con Scrooge, pero he salido del gimnasio alemán sintiéndome feliz y con ganas de bailar.
Ayer participé en la presentación de un libro en la Sala de la Caritat de la Biblioteca de Catalunya, que parece un reducto de belleza en medio de la debacle. En las Ramblas han cortado salvajemente plátanos antiguos y los han sustituido por ejemplares enanos que nunca veré crecidos, y esa brutalidad se une a la gran fealdad y el cutrerío de las casetas de feria que han sustituido a los antiguos kioscos de animales. Las luces navideñas tienen esa tara móvil que conecta bien con los vendedores ambulantes y sus horribles gemidos. Todo parece indigno y de mal gusto, chabacano y del peor provincianismo y atravesar esa calle, antes tan bonita y barcelonesa, se convierte en un sufrimiento. Aún queda la Biblioteca y su espacio, el antiguo hospital de 1400, aunque está amenazado: quieren trasladarla. Y es que nuestros políticos no paran de tener ideas terribles, a cuál peor, con tal de sacar dinero para ellos y sus partidos. Supongo que querrán hacer un gran aparcamiento. Tuve que cruzar por la Garduña, donde van a construir -lo cual me parece una salvajada- y el pasillo de uralita olía tan fuertemente a orina que tuve que taparme la nariz. Pobre país primitivo y salvaje, cubierto de hormigón y de buitres dispuestos a lo que sea. El doctor que presentaba el libro conmigo también se explayó críticamente sobre lo que está ocurriendo y habló de la iniciativa que MD nos había mandado a todos, una especie de protesta activa y teatral contra la pista de hielo. Luego quisimos ir a tomar algo y nos costó muchísimo encontrar un lugar.
Era inevitable pensar en la actividad cultural de la Biblioteca estos años, con buena dirección, buen teatro y buenas exposiciones, y en esa extraña costumbre de este país de que todas las instituciones culturales paralicen su gestión y cambien de rumbo con los cambios de gobiernos. En Francia, me recordaba L.O., que siempre sabe lo que ocurre en el resto de Europa, los museos no sustituyen a sus directores porque cambien los políticos, sino sólo cuando terminan sus mandatos. Eso permite avanzar en una dirección coherente y beneficia a la institución. Y no se pone en cuestión su existencia cuando se acaba un mandato, como ocurre ahora con el CCCB: la muerte anunciada del cosmopolitismo cultural.
Toda la semana he tenido comidas y reuniones, algo que para otros es habitual, pero que a mí me  desconcierta, pues necesito mi rutina de silencio y trabajo solitario. De alguna de esas reuniones salí despavorida: me cuesta batallar por lo que me interesa y lucho contra esa inclinación mía al caracoleo, pero contemplar el otro extremo me removió las tripas. Por suerte hubo también encuentros fructíferos e interesantes y también momentos festivos e hilarantes, como una cena china que acabó con ese maravilloso pomelo suave y distinto del nuestro, que se desnuda de su piel blanca y se come como una mandarina gigante. Al salir pensaba ir andando hacia casa para digerir, pero el frío me hizo recular y acepté el ofrecimiento de un amigo de acompañarme. 
Después de tantos sueños apocalípticos, hoy he tenido uno ridículo. He soñado que hacía una prueba con otra gente para entrar en la Nasa, sólo que mi puesto tenía que ver con escribir, no era para ir a la Luna, digamos. El examen era muy fácil, nos puntuábamos unos a otros y me suspendían y cuando iba a preguntar, furiosa, me decían que era por un exceso de peso y yo pensaba: "Pues a mí se me ha olvidado restarles el peso a esos tan gordos". Uno de ellos era un conocido periodista obeso y otros dos no le andaban a la zaga. Otra de las participantes era ex ministra (que a veces, en el sueño, era una vieja amiga mía con un cargo en la tv, la misma que anteayer me mandó un sms diciéndome que me había visto por la calle muy guapa) y salía en los periódicos que la ex ministra me había puesto un 00. Aún perpleja, yo trasladaba de libras a kilos y mi peso era 50 y protestaba ante el funcionario: "Pero no es tanto... Y además mi puesto no es para misiones espaciales, sino para escribir" y el americano me decía: "Para su estatura, sí; en la Nasa somos muy estrictos."
Tengo algunas ideas sobre el significado simbólico del sueño, donde el peso podría trasladarse a otro ámbito menos físico pero no menos material y a las dificultades y a la desigualdad en algunos intercambios. No sé qué significa escribir para la Nasa... La cuestión es que me he reído yo sola esta mañana y luego se lo he contado a G., que se iba en tren con su padre a pasar allí los festejos. Al hombre que escucha sólo podré contárselo el año que viene... Diría que el sueño iba atado a la conversación que tuvimos el mismo jueves. 
Me ha gustado mucho ese libro de Juan Benet del que ya hablé y también he gozado de la lectura de La reina oscuridad de César Cortijo Ballesteros, un poeta lleno de nervio salvaje y luminoso, y ayer empecé Quién es? de Sébastien Doubinsky y tengo conmigo I el món gira de David Cirici y las Tres tormentas de nieve rusas y releer mis correspondencias para el curso, y... 
Rufus no concede importancia a la Navidad. Él sigue ovillado irradiando sus vibraciones de joie féline. Y sin embargo, sarinagara... hay ondas y alteraciones que parecen llegar a todo el mundo. Ayer, mientras me dirigía a la presentación con ese malestar del miedo escénico, hablé por teléfono con la Belle Elaine y ella intentó convencerme de que llamase a un editor esta mañana para proponerle... La Navidad es buen momento, decía ella, y no le faltaba razón y yo sabía por qué lo decía. Pero el editor estaba ocupado y se movía de su despacho y no he podido dar con él... habrá que esperar al año nuevo, o al año chino, o al serbio... 
Un periodista cultural me ha propuesto leer un breve fragmento de mi novela en una serie de vídeos en los que otros escritores leen fragmentos y contestan a preguntas. Será en enero.
También quedé en un café cercano con otro escritor con quien comparto un proyecto y me hizo una segunda propuesta, esta sí, revolucionaria, que acepté. Una famosa escritora me escribía ayer en esa misma dirección. Wait and see. En el mismo café tuve otros encuentros y se me ocurrió una idea. No importa si me equivocaba, para mí es importante luchar contra mi caracoleo, probar esas otras opciones... 
Mi padre murió en diciembre y siempre me siento más huérfana en estas fechas, sobre todo en este momento materialmente difícil, aunque él hubiera abdicado y la imagen de la vendedora de fósforos de Andersen haya sido para mí recurrente en el solsticio de invierno. 
Sin embargo, hay algo que lo contradice todo, incluso esa falta de liquidez, esa imposibilidad de cruzar las fronteras, este estado prisionero, porque yo sé que algo no corresponde, que soy rica en otro lugar...

lunes, 21 de noviembre de 2011

Han pasado los días

Foto: I.N., Montjuïc, ayer, 2011
Ha llovido mucho en todos los sentidos y yo me encuentro otra vez casi en la antesala del dentista, intentando refugiarme constantemente de todo lo que me pincha del mundo, también en los periódicos y en esos sueños míos que ahora se acercan a la desdicha colectiva, con policía, torturas en una ciudad alemana y explanadas cubiertas de cuerpos durmientes bajo una mortuoria lona negra y yo pensando: No quiero dormir ahí, ¿dónde ir? Intento protegerme leyendo y traduciendo, intento respirar y le pregunto a Rufus, que a veces entierra el morro en mi chal como toda respuesta.
Acabé El viajero más lento de EVM (pensé que tenía una respuesta a la pregunta de por qué Psammético no se conmovió ante la suerte de su familia y sólo se desmoronó cuando reconoció entre los prisioneros a un sirviente viejo y miserable. La respuesta podía ser aquella frase de Thomas Mann de que el infierno es un lugar donde no hay reglas. Es decir, lo que el personaje de Herodoto no pudo soportar fue comprender que reinaba la arbitrariedad y no podía haber salvación sino por puro azar. También pensé, cuando EVM hablaba de la novela abierta, en la última novela de Natsume Soseki, Meyan, Claroscuro, inacabada, y para la que la mayoría de grandes escritores japoneses han escrito un final; y  pensé que efectivamente Sciascia era el mejor rastreador por ese librito emocionante que dedicó a desentrañar sin saber la muerte de Raymond Roussel en el Hotel des Palmes de Sicilia y que yo compré allí; pensé muchas cosas porque ese libro pregunta e interpela y lleva a asociar rápidamente y suscita un loco deseo de escribir siguiendo algunos de los hilos) y empecé enseguida Una vida absolutamente maravillosa. Al mismo tiempo leo a pequeños fragmentos (cuando paso por esa habitación) esa deliciosa nouvelle de crisis de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz. Los libros llegan a casa como en una lluvia, como si los editores se pusieran de acuerdo en sus ráfagas: los dos primeros títulos de la nueva editorial Pendragón (Cardumen de Rexina Vega e Impresiones de un tal Teofrasto de George Eliot; ¡se merece toda la suerte!), Los zapatos rojos de Andersen ilustrado en Impedimenta, un pequeño Giono dibujado por Frederic Amat y un estudio de Anna Frank de Francine Prose en Duomo, La noche de Guy de Maupassant también ilustrado en Nórdica, el exquisito y procaz segundo volumen de Jin Ping Mei en Atalanta... Y unos cuentos infantiles de una recién ex ministra que pintan muy bien y que me recomendó un editor en facebook. Si pudiera, si tuviera más espacio donde escribir y más recursos, pasaría los días en el sofá...
MC me dice que ya no puede leer mi blog porque el texto se ve ilegible; he intentado averiguar, pero el misterio persiste. A empezó a mandarme mensajes aterrados una noche y me contestaba como si yo fuera otra persona, como si le estuviera diciendo lo contrario a lo que pienso. No entendí si quería decirme a mí lo que no había osado decirle a otro y me enviaba su irritación y su angustia porque no sabía qué hacer con ellas. Al final aludió a su cansancio y ahí acabó todo. Le conté uno de mis sueños al hombre que escucha: "atacarán pero bailaremos", me dijo como conclusión. Y era verdad, aunque en el siguiente la oscuridad había crecido desproporcionadamente y ahora pienso en aquellos sueños que Adorno tenía durante la Shoah.
Un amigo artista y viajero está escribiendo un alocado prólogo con dibujos para mi libro de Barcelona, el prólogo se va forjando con su barroquismo particular vital e inesperado entre sus viajes y sus momentos paternos y me va mandando ilustraciones y fragmentos. G recién vuelve de Ámsterdam, donde hacía mucho frío y viento y lluvia, pero circulaban en esas bicis sin frenos en el manillar; yo le dije: "Podrías quedarte allí, en un país rico, a salvo", y él se rió. 
En cuanto a mi novela, la considero acabada (aunque a veces siento la tentación de añadir una frase, una pincelada, al estilo de Courbet -¿era Courbet?-, a quien pescaban en el Louvre con los pinceles en el bolsillo, retocando sus cuadros) y a veces me siento feliz, aunque ahora viene ese extraño proceso de desprenderme de ella que esta vez tanto me cuesta. ¿Tendrán que arrancármela, como Diana Athill a Jean Rhys? Fuimos a ver La maleta mexicana la mañana del domingo electoral y no podía evitar pensar con tristeza en qué otro país mejor habría sido éste de haber ganado la guerra. Yo quería volver a ver Miró, necesitaba sus azules, sus payeses, su ironía telúrica, pero había una larga cola en la entrada, así que volveré a una hora más extraña, si puedo. Pero qué luminosa se veía la ciudad desde allí... Apareció Jacqueline, con un amigo que nunca había estado allí arriba y no tenía esa perspectiva de Barcino. ASD me escribió de pronto desde el museo donde nos conocimos y luego encontré un gracioso mensaje suyo en mi teléfono fijo. Y sin embargo, nagara sarinagara... También vi la película -teatral, autoirónica- de Polanski, muy Yasmina Reza, muy de humor judío, muy graciosa, con personajes muy afinados, excepto la excesivamente caricaturesca mujer que interpretaba Jodie Foster. Yo conservaba los ecos más metafísicos, más densos, de Melancholia, de Lars von Trier, es curioso cómo su fin del mundo pudo consolarme de mis visiones negras, pensé que él conocía muy bien la depresión, que sus metáforas -la especie de hojas cayendo, esas lluvias secas, las cuerdas carnosas de grisura que tiran para atrás y obligan a la protagonista a un esfuerzo brutal para avanzar, el abandono y la orfandad, la solitariedad de esa tristeza interna, densa, que encontrará su reflejo en el planeta responsable del fin... Y es que necesito mucho cine y mucha literatura para seguir adelante, para protegerme también. Anoche alguien me consoló sin saberlo, con su pura vitalidad, de las banderas y el estilo rancio que iba llenando la pantalla. 
Traduzco esos cuentos de inmersión en la tristeza irlandesa de Maeve Brennan (para Alfabia), que brillan oscuramente, como joyas palpitantes, y trato de acabar el libro para diciembre. En la calle me he encontrado a un abogado bajo la lluvia, yo buscaba un paraguas para sustituir el mío, roto. Él buscaba un libro de Wislawa Szymborska, me ha dicho que Messi y Szymborska eran ahora su refugio y de lo demás no quería hablar. Acaba de llamarme un poeta amigo de una amiga que quiere que presente su libro en diciembre, justo antes de la fecha fatídica. No sé adónde podría huir yo en Navidad, como no sea al campo cercano, chez des amis. Mi amiga americana me dice que si zozobro con el país, siempre puedo refugiarme en su casa de NY, y me imagino como aquella chica bosnia que conocí en un avión, que logró el dinero del billete en pleno asedio y se fue llevando sólo 20 dólares en el bolsillo y con su bebé en brazos, pero allí, mientras trabajaba dejando al bebé con no sé quién, se enamoró de alguien que acabaría salvándola. Son momentos muy distintos, pero la idea de que podría refugiarme allí, si lograse llegar, se convirtió en una suave coraza luminosa contra lo peor. Y sigue lloviendo y lloviendo...

miércoles, 5 de octubre de 2011

No sé si era el calor

Foto: I.N., Jardín de los Misić, Tršić, 2011
O los acontecimientos de los últimos días, pero ayer me dirigí a la presentación de No se lo cuentes a nadie con un espíritu encogido. No sabía bien por qué. Había soñado, y me hizo sonreír que el nombre de un pasaje en mi sueño aludiera a una amiga perdida, alguien que me ha recordado estos días a la pregunta de Jean Rhys, o a la de Elisabeth Roudinesco, con esa cortesía de los sueños que enmascara los conflictos para que podamos seguir soñando sin sobresaltos. ¿Qué es lo que une todo esto?, preguntó el hombre que escucha y mi respuesta, tras la vacilación primera que me caracteriza, fue "yo sé lo que me duele", todo aquello eran cosas que dolían, unas más que otras, y algunas de ellas han seguido doliendo. Y sin embargo... Encuentro otros hilos para seguir escribiendo la novela. Si los dioses me conceden al menos la suerte de que resista, como sea, en este panorama terrible, de que resista materialmente sin convertirme en homeless ya sin azufaifo, de que pueda seguir escribiendo e incluso de que logre mágicamente huir de aquí de vez en cuando, a airearme donde sí me reconozco y podrían entenderme, todo irá bien.
La presentación de ayer fue bien, en las catacumbas de La Central del Raval, estaba lleno y me gustó conocer al fin al editor, un homme charmant, y escuchar a Esmeralda B. y leer al fin lo que yo había escrito sobre ese libro y la correspondencia y mis libros de cartas favoritos y sentir el alivio de que nada malo sucedería. Tuve la sensación de una celebración del género correspondencia y el género escritoras.
Mientras, he empezado a leer Atopia, de Eric Bonnargent (que pinta muy bien y que recomendaba EVM), en los ratos libres, pues ahora preparo un artículo sobre Maeve Brennan para una revista literaria. Mi curso de lecturas otras ha quedado aplazado (también décalé), de momento, hasta enero, ya que nos costaba ponernos de acuerdo con los horarios y en general, la atmósfera está tan llena de presagios e inquietud, que es difícil no sentirse afectado y seguir adelante sin dejarse llevar por el miedo. El otro día me llamaron para preguntarme si estaba segura de querer cancelar mi suscripción a un periódico y preguntarme las razones. "Sé que usted no es responsable", le dije a quien me llamó, "pero ya que me pregunta..." y seguidamente le expresé mi indignación por su forma sesgada de informar, por el hecho de que mienten y cuando se descubre que han mentido (armas de destrucción masiva en Irak, grave pandemia de gripe A, por ejemplo), no piden siquiera disculpas, a pesar de haber ridiculizado a quienes objetaban al pensamiento único, porque informan mal y sesgadamente (en Catalunya siempre ha reinado la violencia antidemocrática, dijeron hace unos meses, ¿pero en qué se basan? En vez de los buenos periodistas de antes proliferan becarios sumisos, que muchas veces, por desgracia, sólo son la voz de su amo, y ni saben ni quieren saber) y además, porque parece que actualmente intenten deprimir al personal y ahondar la crisis. Comparen con los periódicos franceses o americanos, por poner un ejemplo. Los franceses intentan reflexionar sobre las cosas y eso siempre ayuda, transmite esperanza, lleva a interrogarse. Los americanos, como señalaba un amigo, llaman Business a las páginas de Economía, y muestran por ejemplo cómo se las apañan algunos que intentan abrirse camino con negocios alternativos o distintos. Eso anima (ya sé que los franceses tienen muchas centrales nucleares y que los americanos siguen con la pena de muerte y las políticas equivocadas, pero por suerte también allí la gente empieza a despertarse del sopor y reaccionar). En cambio en nuestros periódicos todo son lluvias de noticias tremendas, de supuestas pandemias, de crisis más honda, de corrupción más honda, de país sin futuro. Nadie parece reflexionar. Un día aparece un titular increíble pero en los días siguientes nadie recoge el hecho para pensar. Sólo se da vueltas sobre los mismos temas, nacionalismo -romántico, no real, porque no hay un solo político que de verdad se preocupe, por ejemplo, por mejorar la educación en Catalunya, o el medio ambiente, o lo social, por lo tanto, ¿quién se cree que les importa este país?- y poco más....
Pero volviendo a mi curso, un cineasta que quiere venir un día de visitante me dijo que en esta época, que haya gente que se reúna en un café para hablar de libros hace pensar en una sociedad secreta. Y eso me recuerda a que estaba leyendo de la sociedad secreta que fundó Maeve Brennan de pequeña para promover el gaélico, y que las monjas condenaron, porque no sabían su contenido e imaginaron la presencia del diablo en ellas. ¡Y es que las chicas no podían revelarlo! De haberlo sabido, las monjas irlandesas lo habrían aplaudido. El nacionalismo de M.B. se vería pronto decepcionado... No sé si fundaremos una sociedad secreta, pero voy a proponer un curso a algunas instituciones donde había enseñado, aunque sea tarde, por si acaso resisto hasta entonces y debo continuar... ayer se me ocurrió uno.
El ruido de las obras es como un rugido terrible. Voy a vengarme con una música atronadora, una misa sacra, por ejemplo... ¿Pero qué construyen? Ya sólo queda cemento... Al pasar junto al azufaifo siento el viejo dolor, aunque sigo pidiéndole que se aferre con sus raíces al jardín rodorediano que aún no han podido destruir. Rufus se refugia en el interior de la casa. Hace demasiado calor. A veces los ojos le relucen en la penumbra del pasillo como dos estrellas. Rufus sabe todos los secretos y todo lo invisible. Él pertenece a esa sociedad secreta de los gatos, que describió bien T.S.Eliot (¿conté aquí que al coger ese libro de la estantería en una pequeña y maravillosa librería de NY, cerca de casa de mi amiga americana -oh cómo añoro esa ciudad y nuestro encuentro-, un gato gris vino a frotarse contra mi pierna? Le enseñé el libro al librero que nos miraba, al gato y a mí, y asintió sin sorprenderse, comentando que el gato siempre apoyaba esa compra).
Por cierto que el otro día sorprendí a un alemán -yo le tomé por alemán, pero quién sabe-, con mochila pequeña y pelo gris con coleta, mirando la zanja espantosa que ha segado las raíces del azufaifo, luego me miró a mí -yo siempre me siento concernida por mi árbol- y nos reconocimos, y mientras me alejaba le veía mirándome aún, ya sonriendo abiertamente. Nos conocimos hace mucho tiempo, quizás en Palmira o en un sueño...
Como decía, incluso esos giros doloridos que toman las cosas pueden convertirse en un hilo para la novela. No sé si lo conseguiré, pero me gustaría acabar con la luz que tuvimos A.S. y yo en esos encuentros. Creo que esa novela es el mejor lugar, el único donde puedo poner lo que no encuentra un lugar en mi vida. Aunque A.S. no quiera aceptar ese cambio de lo real a lo escrito. Aunque yo ya no sepa cómo responder a sus mensajes...
Ah, acabo de entregar mi reseña del libro del viajero. Espero haber podido decir lo esencial: al fin y al cabo, adaptarse a un espacio acotado es un entrenamiento. Una vez, dos suplementos habían dedicado distintos espacios a una autora magnífica y lo reseñaban dos escritoras. Una disponía de una página casi entera y habló del valor testimonial de esa autora, pero no dijo lo esencial. La otra tenía una diminuta columnilla, que gastó en decir: Me quedan tan solo no sé cuántas palabras, ¿cómo decírselo? ¡es alta literatura, corran a comprarla! Yo procuro tener a la segunda in mente cuando escribo...

sábado, 10 de septiembre de 2011

Volví

Foto: I.N. Mi mano en la roca, 2011
Volví a mi playa secreta, pero no hacía sol. El paseo valió la pena. La visión de ese paisaje aún elegante, esos pinos de melena prieta e impecable, la música de los pájaros compitiendo con un rugido que no puedo explicar aquí, los plumeros que se han conjurado para multiplicarse por todas partes mientras yo estaba en Serbia, toda esa escena me recompuso. También la conversación: es distinto hablar por ese camino -lo sabía Stevenson y lo sabía Hazlitt un siglo antes- o en esa playa solitaria y luminosa, y sobre todo, ese momento de posesión de la luz que es entrar en el agua y que me devuelve a la felicidad física de mi infancia, a lo que me salvaba de las hostilidades, a lo que no hubiera podido nunca compartir.
Eso sí, teníamos un personaje que parecía salido de la España de los sesenta, un tipo gordo que decidió sentarse a nuestro lado y aunque nos movimos, no despegaba sus ojos de nuestros cuerpos, y aunque yo me ocultaba entre las rocas para poder mirar a Tigridia sin verle mientras hablábamos, allí estaba él, feo como sólo son los hombres en los países patriarcales, con ese vientre enorme de embarazado, levantándose y andando para poder seguir posándose como un tábano en nuestra piel. Hasta que al fin se marchó.
Por cierto que anteayer vi una película egipcia tal vez no muy brillante pero que contaba esa historia terrible del acoso constante a las mujeres. A mí me costó porque reviví mi adolescencia en este país, que entonces era tan reprimido como aquello y los hombres convertían la calle en un malestar insidioso. Qué asfixia.
Pero había otra razón oculta en las miradas, algo que se detecta de una forma oscura y animal, algo que transcurre por debajo de lo visible. Y es que a pesar de la lluvia de malas noticias pecuniarias y laborales que sigue cayendo, a pesar del dolor de lo que le ocurre a A., se desvaneció mi propio dolor físico gracias a una de esas sorpresas capaz de restituirme, y que lo barrió todo por un momento. Y cuando eso ocurre se desprende o se irradia algo que otros pueden percibir. Yo pensaba que esas cosas no iban a ocurrir más, pero me equivocaba. Fui a tomar café con Tigridia y una amiga que vive en Austin y me arrastraron a una exposición que no me interesaba, diga lo que diga A.M. Además, me dolía la espalda y pensé que no resistiría. Pero fui, y no me dolió. Y mientras miraba aquellas pinturas de una época que no me interesa tanto como la que vino después, se produjo el principio de un cuento, trajo su estela y alcanzó su clímax unos días después, en pleno calor. L'étonnement, lo llamó A. Me preguntó qué buscaba y cuando yo, en un gesto casi gallego, para no repetirme con la escritura, para poder pensar, le devolví la pregunta sin responder, dijo que buscaba l'étonnement. Y en efecto, hubo una serie de pequeños hechos sorprendentes e inexplicables que nos hicieron reír. Fue como un viaje en cohete a otra dimensión, me recordó quién era yo, además de las otras cosas, me devolvió a mi propia tradición llena de azares libres. Y sin embargo, sarinagara...
Acabé una traducción museística y en lugar de escribir me quedé estupefacta ante la pantalla, atada a la amargura de los pequeños fracasos cotidianos -me resulta difícil vivir en esta ciudad-, y sobrecogida por un miedo atenazante, gallina, gallina, sin osar adentrarme en este momento difícil de mi novela. A medianoche, un amigo recobrado, lector desde siempre, lector vehemente y crítico, me escribió unas preguntas, "en nombre de todos los demás", dijo: ¿Por qué nos privas, por qué no sigues, por qué este silencio? Y entonces me acordé. De acuerdo, no soy uno de los nuestros, y sin embargo, me leen los escritores, me leen y elogian algunos a los que admiro, me leen incluso quienes tienen que darme las malas noticias laborales, me felicitan algunos que para mí son importantes, otros me dicen que leerme les inspira, les consuela, les entretiene, les conmueve y hay algunos que incluso esperan mi novela. Y yo sigo con mis pequeñas esperanzas en un país vecino.
¿Por qué entonces ese miedo y esa perenne sensación de derrota? Oh ya sé que el dolor, el dolor de A. (que me ha pedido compañía para una tentativa más, para algo a lo que anuda su esperanza), que en un mensaje ha hablado por primera vez de una pérdida física grande, sigue ahí y se mezcla a mis miedos otros. Hablar de lo que no debo hablar. Decir lo que nunca se ha dicho y que pese a su sencillez tiene un poder enorme, capaz de derrumbar una montaña. Autorizarme a no fracasar. Tantas cosas. Decía Georg Trakl: por el negro ramaje suenan campanas dolorosas (no me gusta la traducción que he visto por ahí. Decía "a través del oscuro follaje", pero se puede decir, como Feliu Formosa en catalán "Por el negro ramaje suenan campanas dolorosas". Oh, la traducción, un oficio que nadie aprecia en este país y que, cuando es difícil, se paga como fregar suelos, sólo que con más retraso. Nadie comprende ni sabe valorar. Pero no importa. De verdad no importa nada, lo único que importa es autorizarse y resistir.
Fui a ver al hombre que escucha. Mientras me acercaba a su lugar ya sentía alegría. No sé explicar lo que se produce allí. Él sólo señala con su puntero invisible algunas palabras. Y algo parece moverse. Ayer, alguien ferozmente contrario a ese lenguaje se vanagloriaba de no haber tenido que ir nunca... Yo le interrumpí: a algunos nos encanta ir. El que hablaba no puede entenderlo, ni siquiera sabe por qué le irritan los sentimientos ajenos, que le recuerdan a los suyos. Pues bien, el hombre que escucha señaló dos palabras más. En su barrio, la sombra de los árboles hacía guiños contra el sol en las fachadas. Al salir fui a buscar mi gel de aceite esencial de almendras y la tienda francesa había desaparecido. Cosas de la crisis, que todo lo barre. O casi todo, porque de momento, yo sigo bailando. Y sueño con irme de aquí, a un país más civilizado.
He ido a buscar un Georg Trakl bilingüe y me he pasado un buen rato para decidirme entre dos buenas traducciones (al final he optado por Jenaro Talens, aunque la de Pre-Textos tenía también un pintazo y yo juraría que se habían leído mutuamente). En la librería se reían de mi titubeo. Es verdad que allí siempre estoy contenta, en ese paisaje de libros como tesoros de Ali Babá, todo me parece posible. A la salida, R. de E., que tiene mucho humor, pero poca paciencia para la poesía, me ha recomendado una novelilla vieja de Ian MacEwan, creo que era On Chesil Beach, de la época en que nos gustaba a los dos, cuando aún no se había maleado por el éxito, pero yo había gastado mi cupo del día, así que la guardo para otro día. R. de E. se ha ofrecido incluso a pasármela. Quizás esa audacia viril de aquel McEwan de entonces me impulsara después de todo (he olvidado decirle a R. de E. que una vez me encontré a McEwan solo y no le dije nada. Acababa de criticar por misógina su novela Atonement y era lo único que se me ocurría decirle). Tengo la sensación de que Trakl me ayudará en mi bloqueo. Aunque también estoy leyendo a Alice Munro y de esos cuentos suyos diría "Ningún defecto", como en el I Ching, excepto los títulos; no sé por qué AM pone esos títulos.
Mi amigo lector de medianoche ha amenazado con llamarme para saber de ese miedo mío de escribir. Y heme aquí esperando su llamada. Sé que esta entrada no va a gustarle como la anterior, pero ¿qué puedo hacer? No siempre escribo con el nervio del otro día. Y ahora, esta ligereza esconde mal que no estoy escribiendo, que sólo estoy acercándome, bordeando ese pozo de la escritura con cierto vértigo. A veces, Rufus me pone sus dos patas blancas en la frente, como si quisiera ayudarme a ordenar mis pensamientos.

martes, 7 de junio de 2011

Héme aquí

Foto: I.N., Rufus, cerca, 2011
Isabel viendo llover en un Macondo oscurecido, rodeada de papeles para mi declaración de Hacienda, maldiciendo una vez más mi caos y los duendes que esconden mis documentos en el momento clave, con Rufus y el agua que cae y cae y cae... Llevo media tarde desconectada de la red, empapelada en el registro de mis gastos y mis vacas flacas. He pasado el día traduciendo a Giono. No he escrito mi novela, aunque he vuelto a leer un capítulo que ya leí ayer y que necesitaba sólo ser pelado, eliminando lo reiterativo para que quedara desnudo. Hace días que tengo la sensación de que todo se estropea a mi alrededor -se funden las bombillas, la nevera protesta, la lavadora se hace de rogar para ponerse en marcha, la cadena del váter ha perdido su capacidad ahorrativa y sigue echando agua hasta vaciarse, ya no tengo impresora compatible, y mi memoria externa pide ser reformateada para mac o se niega a aceptar información (aunque Steve Jobs ya ha anunciado una nube donde podremos guardarlo todo; ¿será una nube como éstas que ahora lloran sobre nosotros? ¿será una nube de hielo de las que temen los pilotos?). Ayer, cuando acabé de ayudar a G. en un trabajo suyo, mientras hablaba por teléfono temí que se hubiera estropeado otra clase de cosas, me fui a dormir con una desazón y me he despertado aún impregnada de esa grisaille, influida también por el universo despiadadamente misógino de una novela que leía.
Rufus ha venido a reconfortarme. Cuando la tormenta ha empezado en serio, él estaba en su váter de la terracita sur y al estallar un trueno, el pobre gato se ha dado un susto de muerte y ha atravesado el pasillo prácticamente volando para ir a refugiarse bajo mi cama. Luego ha vuelto a dormirse en el sofá, agotado.
Hoy ponían una película del director con quien cené en un italiano maravilloso de San Francisco -aunque sólo fue maravilloso aquella noche, en que todos los platos eran los que debían ser y nosotros empezamos hablando de gatos y ultracuerpos-, pero yo no tengo tiempo de ver nada. Hoy también he vuelto a poner una canción de Lightnin' Hopkins y llevaba sin darme cuenta un chalecillo que compré en un museo de Los Ángeles. Así que me he acordado de aquella música de piano que me envolvía por teléfono y he estado a punto de llamar al músico para decírselo. Sarinagara...
Cafè Central se prepara para publicar en forma de plaquette bilingüe mi texto sobre Denise Desautels, que leeré el 27 de junio en Laie y que Robert Ferrer ha traducido al francés y me ha gustado mucho verlo escrito en esa lengua, con todas sus citas de poemas de todas partes... Y ayer, mi editor del libro de la ciudad me dijo que no me preocupara, que el libro saldrá pronto, en cuanto puedan ponerse a ello... Así que debería sentirme feliz, olvidar la angustia de la pobreza, pensar que todo esto es transitorio y que este mundo viejo e injusto, como dice Galeano, está preñado de otro mejor... Rufus duerme ya en el nuevo y lo dibuja con sus vibraciones gatunas...
El viernes me iré a Madrid, aprovecharé para ver la exposición de Atget y luego iré a la Feria a firmar nuestro SINRAZONES DEL OLVIDO, a la caseta 133, de La Central, no muy lejos del ángel caído. Espero que mis amigos tengan piedad y vengan a verme.
***********
Escribo en la grisaille melancólica de esta mañana siguiente. No se acaba. Me he levantado con mis duelos, cuando creía que habían desaparecido. Han vuelto ayudándose por un youtube de una pequeña rebelión antiberlusconiana en la ópera, con Ricardo Muti y en pleno Nabuco, en presencia del gángster que sigue erosionando ese país e inspirando a nuestros políticos. Mi padre, la ópera, el mundo que se fue y el que duele, mi madre perdida y la gata seria... (un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia).
Dice Lêdo Ivo en "No jardim" (En el jardín):
O sol no jardim.
O jardim dentro na flor
aberta como una grande umbrela
na claridade do mundo.
E o sileêncio das constelaçŏes ocultas
no céu de verāo.
Y anoche leí al fin ese poema de Juan Carlos Mestres que habla de un lugar que está dentro de un poema de Lêdo Ivo, Cavalo morto.

viernes, 27 de mayo de 2011

He ido

Foto: I.N. El visitante, 2011
He ido a la presentación de Chantal Maillard y su Bélgica dividida, con el "corassón partío", como dicen en el sur, porque quería estar en la plaça Catalunya, porque sabía que se llenaría otra vez. Iba ligera, con mis zapatillas de la pantera rosa, por si en el último momento cambiaba de opinión o si al salir me daba tiempo. G. me ha dicho: "No et preocupis, jo hi vaig per tu", y en parte me sentía representada, como también en la peligrosa y brutal carga de esta mañana. Pero Chantal Maillard precisamente había escrito: "Cuando las más simples reglas de la lógica quedan ausentes de los discursos de quienes nos gobiernan y son reemplazadas por el más puro cinismo podemos decir que estamos asistiendo a un caos político y en tales circunstancias es necesario que la democracia se ejerza en la calle", así que ir a escucharla no me pareció una traición a los indignados. Había estado a mediodía y al salir del metro y ver la plaza llena de gente otra vez y burbujeante y pacíficamente guerrera se me había ensanchado el espíritu. Me han dicho que incluso las empleadas del Corte Inglés estaban de acuerdo con los indignados.
Ayer había estado leyendo Bélgica, ese libro maravillosamente editado habla de algo que me concierne a mí. Yo había escrito aquí sobre el misterio de esa nostalgia que no es un deseo de volver a otro tiempo, sino de otra cosa que se me escapaba. Precisamente aludía a la Nostalghia de Tarkowski. También, muchas veces, he hablado aquí de la joie paradoxale, malgré le monde (Marion Richez) y héte aquí que Chantal Maillard me responde sin saberlo, con su charquito en la carretilla, cuya visión la llena de un sentimiento gozoso sin razón, y sigue el hilo y fracasa en encontrar el objeto de la felicidad porque no existe, porque en realidad, la nostalgia es sólo de volver a la inocencia, a esa primera vida de la infancia, sin razón ni prejuicios, en la que se descubre el mundo por primera vez. Y yo, que viví una infancia infernal (y que pese a todo he llegado a amar, por su paisaje luminiscente, por ser la materia de mi escritura y también por su ética contraria, que me ha hecho ser lo que soy, construirme para no ser como "ellos", los que me rodeaban entonces), pero que he llegado a comprarme una blusa porque la tela se parecía a una que tuve de pequeña, llena de una emoción extraña... Precisamente yo, que he traspuesto siempre a los objetos sentimientos que no podía comprender, que he descubierto una y otra vez perpleja ese deseo de volver no importa dónde... me he alegrado mucho de haber estado allí. Y es que en ella encuentro algunas afinidades extrañas, que me hacen estremecerme y que no podría explicar. Ha hablado Maillard de ese conservadurismo de Bélgica, que le ha permitido encontrar todos los lugares donde había vivido, intactos. Y Argullol ha dicho enseguida que era una suerte porque aquí se destruye todo, no nos dejan nada, no hay lugares para la memoria, no hay referentes, y yo conozco tanto ese vacío, esa sensación de pérdida y destrucción constante, pero no con selva que devore los monumentos como en Angkor, sino con puro cemento y fealdad mutante. Recuerdo la arquitectura protectora y los árboles de Bruselas, que crecen libres y vetustos, excéntricos como sus habitantes, sin que nada los amenace, y que en invierno dibujan marañas y texturas asombrosas, cimbreantes. He comprado otro ejemplar de su libro para regalar mañana, en un cumpleaños. Es precioso: la fotografía de la portada, la luz que ilumina la mirada de ChM bebé hacia el perro que fue su primer amigo en el mundo en realidad esclarece todos sus libros. El gesto de la patita del gato que la salva una vez en la bañera, del ensombrecimiento y la muerte. Todo está en esa fotografía. Argullol y Maillard han hablado de Tarkowski, yo no quería intervenir por segunda vez por no acaparar, pero si no habría dicho que La infancia de Ivan también habla de esas mismas claves, y sobre todo tiene esa luz de las fotos de ChM, en su recobrada Bélgica. Y también del primer capítulo de mi novela. No puedo escribir esto sin un leve estremecimiento. Esa luz.
Ha sido un día agitado desde el principio, cuando le he mandado un sms a G. diciéndole: ¡Están desalojando! y él me ha respondido que estaba allí, y yo le llamaba, angustiada por él al saber que estaban cargando con una violencia muy parecida a la de la policía franquista (sólo que aquellos eran más vulnerables que estos mossos disfrazados de Darth Vader y sus fuerzas del mal), que pegaban a un chico en silla de ruedas, a jóvenes y viejos, a periodistas, a chicas que les ofrecían flores. Al parecer, la consigna ha sido carta blanca para desahogarse. Les han robado los ordenadores y las 40 mil firmas que habían reunido, con la complicidad de los trabajadores de BCN-neta. La indignación ha crecido y las multitudes también. Y en Madrid, los chicos de la plaza del Sol han gritado "Barcelona, no estás sola", como en aquellos viejos tiempos solidarios. Las redes se han contagiado de la efervescencia y el bullicio, plagadas de fotos, vídeos, informaciones, sustituyendo o completando a los medios. Todo el mundo comparte enlaces interesantes, indignación y combatividad. G me ha contado los trozos que me faltaban para comprender. Tal vez me equivoque, pero para mí algo se está moviendo, y aunque será difícil, caprichoso y caótico, puede ser el principio de algo grande, una especie de abracadabra que movería la roca de la entrada, del gran cambio que el mundo necesita urgentemente para salvarse, porque estamos gobernados por psicópatas.
El mirlo ha venido un montón de veces hoy y Rufus se preparaba para atacar. Por suerte, este gato cazador no se enfada cuando le impido que se acerque a su presa y ahuyento yo misma al simpático pájaro negro. Rufus parece contento con su nueva comida bio. Se la compré en una pequeña tienda revolucionaria, a un argentino de ojos negros y fogosos que sostenía un perrillo bulldog en brazos. "Es imposible que no le guste", me dijo. Yo enarqué una ceja interrogativa. "Porque es comida de verdad", dijo él. Me demostró que los piensos que venden todos los veterinarios por estos lares son malísimos, llenos de las peores grasas y de maíz transgénico, etc. Así les chats qui ont tendance à l'embonpoint, como Rufus, no pueden recobrar la forma. Y tenía razón. El olor es muy distinto y a Rufus le sentará bien. Es una época de cambios para todos.
Rufus está revolucionado y bullicioso, persiguiendo bichos invisibles o siguiéndome a mí. Y buscando sitios frescos. Ayer le descubrí dentro de un armario ropero. Un pañuelo mío había caído al suelo del armario y le servía de almohadón interior.
He vuelto a escribir en Polis