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jueves, 16 de agosto de 2012

Es difícil

Foto: I.N., La cortina de mi habitación de Rupià (añoranza de aquel bosque), 2012
Resistir el calor y el ruido atronador de las obras (unas máquinas que taladran el cerebro y que en ninguna parte del mundo civilizado están permitidas, pero ya se sabe que vivimos en un país salvaje) y el anuncio de más calor tampoco ayuda.
Sin embargo, esta mañana corría una brisa maravillosa en mi casa mientras yo seguía leyendo ese libro del cardiólogo holandés Pim Van Lommel publicado por Atalanta y que no se parece en absoluto a mis lecturas habituales. La cuestión es que me ha interesado y consolado leer esa perspectiva justo después de la muerte de mi hermana. Recoge las experiencias de gente que ha estado clínicamente muerta y luego ha sido reanimada, y que reúnen una serie asombrosa de puntos comunes y plantean la cuestión -argumentada con el apoyo de la física cuántica y de estudios rigurosamente científicos- de que la conciencia exista más allá de la vida física, ya que si no, un humano con el corazón parado y un cerebro sin riego no podrían pensar ni tener emociones como esos pacientes tuvieron. Todos accedían a un no-lugar no-tiempo con una gran sensación de felicidad y beatitud y se encontraban con otros conocidos ya muertos, y no querían volver, además de momentos de extracorporalidad en los que veían su propio cuerpo siendo reanimado y más tarde contaban detalles que no podían haber visto ni oído en el quirófano, pero que coincidían con la realidad. Yo no creo ni dejo de creer, pero me ha gustado vivir unos días con esa sensación.
Es extraño pasar a ese libro justo después de los Trois contes de Flaubert, que son maravillosos, con su melancólica inteligencia, y que releí gracias a JP. Precisamente JP me escribe ahora desde algún lugar de la India, donde no para de llover (son los monzones) y contempla murciélagos gigantes, oye una algarabía de gorriones y se rodea de un paisaje humano y físico bien distinto que éste. Se enteró allí de la muerte de A. y me dice que los muertos no mueren del todo si los amamos un poco. Por cierto que el marido de mi hermana me trajo una plantita que había sido favorita de ella, muy delicada y en un estado muy precario. Le busqué un rincón de la casa y ha empezado a brotar enseguida alegremente. Le mandé una foto a mi favorita experta en plantas, M., y enseguida me dijo que era un trébol morado llamado Oxalis triangularis. M. está en Galicia estos días, donde dice que desde julio sólo han tenido tres días de solazo y lo demás es mal tiempo y lluvias, que es justo lo que a ella más le gusta y refresca. Fue M. quien me dio también el nombre de la espifita, esa planta que vive colgada de los árboles, sin tierra, con la humedad y la herrumbre, y que yo encontré en el jardín de Mercè Rodoreda en Romanyà de la Selva. 
La gente pone en facebook imágenes paradisíacas de mar y viajes maravillosos y yo pienso que para mí, el paraíso sería tener el cuerpo de antes y poder ir adonde quisiera. A veces me impacienta esta lentitud de agosto, que lo hace todo tanto más difícil y me pregunto cuándo llegarán el alivio y los cambios para bien. Intento imaginarme recuperada y pensando en esta fase con una sensación de incredulidad, como quien recuerda una pesadilla. Sé que lo que me está ocurriendo pesa tanto que no me deja escribir de otra cosa, pero al mismo tiempo desearía escribir otra cosa, y todos mis intentos me aburren, me demuestran que no deseo escribir eso y acabo por abandonar.
G. se ha ido hoy al sur. Echaré de menos sus visitas diarias, nuestras conversaciones, la placidez con que acabábamos dormitando los tres, yo en mi pequeña siesta obligada, G. con su falta de sueño por las nocturnidades y Rufus porque los gatos adoran dormir y más aún dormir en compañía. 
No pude ver las Perseidas. Además de la contaminación lumínica de la ciudad, el cielo estaba absurdamente cubierto... si al menos hubiera llovido. ¡Cómo añoro las tormentas de agosto! Recuerdo veranos maravillosos, echados sobre grandes telas indias en el suelo del jardín en las islas o sobre mantas en la montaña, contemplando ese cielo de la lluvia de estrellas. O el verano pasado en Serbia, en aquel bosque que sólo parecía visitar yo, mirándolas desde la hamaca...


miércoles, 5 de octubre de 2011

No sé si era el calor

Foto: I.N., Jardín de los Misić, Tršić, 2011
O los acontecimientos de los últimos días, pero ayer me dirigí a la presentación de No se lo cuentes a nadie con un espíritu encogido. No sabía bien por qué. Había soñado, y me hizo sonreír que el nombre de un pasaje en mi sueño aludiera a una amiga perdida, alguien que me ha recordado estos días a la pregunta de Jean Rhys, o a la de Elisabeth Roudinesco, con esa cortesía de los sueños que enmascara los conflictos para que podamos seguir soñando sin sobresaltos. ¿Qué es lo que une todo esto?, preguntó el hombre que escucha y mi respuesta, tras la vacilación primera que me caracteriza, fue "yo sé lo que me duele", todo aquello eran cosas que dolían, unas más que otras, y algunas de ellas han seguido doliendo. Y sin embargo... Encuentro otros hilos para seguir escribiendo la novela. Si los dioses me conceden al menos la suerte de que resista, como sea, en este panorama terrible, de que resista materialmente sin convertirme en homeless ya sin azufaifo, de que pueda seguir escribiendo e incluso de que logre mágicamente huir de aquí de vez en cuando, a airearme donde sí me reconozco y podrían entenderme, todo irá bien.
La presentación de ayer fue bien, en las catacumbas de La Central del Raval, estaba lleno y me gustó conocer al fin al editor, un homme charmant, y escuchar a Esmeralda B. y leer al fin lo que yo había escrito sobre ese libro y la correspondencia y mis libros de cartas favoritos y sentir el alivio de que nada malo sucedería. Tuve la sensación de una celebración del género correspondencia y el género escritoras.
Mientras, he empezado a leer Atopia, de Eric Bonnargent (que pinta muy bien y que recomendaba EVM), en los ratos libres, pues ahora preparo un artículo sobre Maeve Brennan para una revista literaria. Mi curso de lecturas otras ha quedado aplazado (también décalé), de momento, hasta enero, ya que nos costaba ponernos de acuerdo con los horarios y en general, la atmósfera está tan llena de presagios e inquietud, que es difícil no sentirse afectado y seguir adelante sin dejarse llevar por el miedo. El otro día me llamaron para preguntarme si estaba segura de querer cancelar mi suscripción a un periódico y preguntarme las razones. "Sé que usted no es responsable", le dije a quien me llamó, "pero ya que me pregunta..." y seguidamente le expresé mi indignación por su forma sesgada de informar, por el hecho de que mienten y cuando se descubre que han mentido (armas de destrucción masiva en Irak, grave pandemia de gripe A, por ejemplo), no piden siquiera disculpas, a pesar de haber ridiculizado a quienes objetaban al pensamiento único, porque informan mal y sesgadamente (en Catalunya siempre ha reinado la violencia antidemocrática, dijeron hace unos meses, ¿pero en qué se basan? En vez de los buenos periodistas de antes proliferan becarios sumisos, que muchas veces, por desgracia, sólo son la voz de su amo, y ni saben ni quieren saber) y además, porque parece que actualmente intenten deprimir al personal y ahondar la crisis. Comparen con los periódicos franceses o americanos, por poner un ejemplo. Los franceses intentan reflexionar sobre las cosas y eso siempre ayuda, transmite esperanza, lleva a interrogarse. Los americanos, como señalaba un amigo, llaman Business a las páginas de Economía, y muestran por ejemplo cómo se las apañan algunos que intentan abrirse camino con negocios alternativos o distintos. Eso anima (ya sé que los franceses tienen muchas centrales nucleares y que los americanos siguen con la pena de muerte y las políticas equivocadas, pero por suerte también allí la gente empieza a despertarse del sopor y reaccionar). En cambio en nuestros periódicos todo son lluvias de noticias tremendas, de supuestas pandemias, de crisis más honda, de corrupción más honda, de país sin futuro. Nadie parece reflexionar. Un día aparece un titular increíble pero en los días siguientes nadie recoge el hecho para pensar. Sólo se da vueltas sobre los mismos temas, nacionalismo -romántico, no real, porque no hay un solo político que de verdad se preocupe, por ejemplo, por mejorar la educación en Catalunya, o el medio ambiente, o lo social, por lo tanto, ¿quién se cree que les importa este país?- y poco más....
Pero volviendo a mi curso, un cineasta que quiere venir un día de visitante me dijo que en esta época, que haya gente que se reúna en un café para hablar de libros hace pensar en una sociedad secreta. Y eso me recuerda a que estaba leyendo de la sociedad secreta que fundó Maeve Brennan de pequeña para promover el gaélico, y que las monjas condenaron, porque no sabían su contenido e imaginaron la presencia del diablo en ellas. ¡Y es que las chicas no podían revelarlo! De haberlo sabido, las monjas irlandesas lo habrían aplaudido. El nacionalismo de M.B. se vería pronto decepcionado... No sé si fundaremos una sociedad secreta, pero voy a proponer un curso a algunas instituciones donde había enseñado, aunque sea tarde, por si acaso resisto hasta entonces y debo continuar... ayer se me ocurrió uno.
El ruido de las obras es como un rugido terrible. Voy a vengarme con una música atronadora, una misa sacra, por ejemplo... ¿Pero qué construyen? Ya sólo queda cemento... Al pasar junto al azufaifo siento el viejo dolor, aunque sigo pidiéndole que se aferre con sus raíces al jardín rodorediano que aún no han podido destruir. Rufus se refugia en el interior de la casa. Hace demasiado calor. A veces los ojos le relucen en la penumbra del pasillo como dos estrellas. Rufus sabe todos los secretos y todo lo invisible. Él pertenece a esa sociedad secreta de los gatos, que describió bien T.S.Eliot (¿conté aquí que al coger ese libro de la estantería en una pequeña y maravillosa librería de NY, cerca de casa de mi amiga americana -oh cómo añoro esa ciudad y nuestro encuentro-, un gato gris vino a frotarse contra mi pierna? Le enseñé el libro al librero que nos miraba, al gato y a mí, y asintió sin sorprenderse, comentando que el gato siempre apoyaba esa compra).
Por cierto que el otro día sorprendí a un alemán -yo le tomé por alemán, pero quién sabe-, con mochila pequeña y pelo gris con coleta, mirando la zanja espantosa que ha segado las raíces del azufaifo, luego me miró a mí -yo siempre me siento concernida por mi árbol- y nos reconocimos, y mientras me alejaba le veía mirándome aún, ya sonriendo abiertamente. Nos conocimos hace mucho tiempo, quizás en Palmira o en un sueño...
Como decía, incluso esos giros doloridos que toman las cosas pueden convertirse en un hilo para la novela. No sé si lo conseguiré, pero me gustaría acabar con la luz que tuvimos A.S. y yo en esos encuentros. Creo que esa novela es el mejor lugar, el único donde puedo poner lo que no encuentra un lugar en mi vida. Aunque A.S. no quiera aceptar ese cambio de lo real a lo escrito. Aunque yo ya no sepa cómo responder a sus mensajes...
Ah, acabo de entregar mi reseña del libro del viajero. Espero haber podido decir lo esencial: al fin y al cabo, adaptarse a un espacio acotado es un entrenamiento. Una vez, dos suplementos habían dedicado distintos espacios a una autora magnífica y lo reseñaban dos escritoras. Una disponía de una página casi entera y habló del valor testimonial de esa autora, pero no dijo lo esencial. La otra tenía una diminuta columnilla, que gastó en decir: Me quedan tan solo no sé cuántas palabras, ¿cómo decírselo? ¡es alta literatura, corran a comprarla! Yo procuro tener a la segunda in mente cuando escribo...

jueves, 8 de mayo de 2008

Cortesía e inspiración


Fotos: Caroline Roblet, Más fotos mías y de GM en Goa, diciembre 1981.
Yo ya me iba con el pesado portátil y todos los archivos grabados hacia mi refugio hospitalario, cuando de pronto, mientras escuchaba la música lejana de mi vecino, he empezado a dudar. El corte de agua y gas estaba anunciado para las 8. Yo me he levantado antes para ducharme a tiempo y G. no ha querido arriesgarse y se ha ido, pero a las 11 el agua seguía fluyendo y el gas seguía ahí. En cambio ayer se suponía que sólo cortaban el gas a las puertas del otro lado, pero cuando me metí debajo de la ducha sólo salió agua fría: salí y le pregunté al hombre del patio, oculta tras una cortina que he improvisado para protegerme de sus miradas y me dijo: "Bueno, ahora se lo pongo", y así pude ducharme. No hay interlocutores, la secretaria del casero responde siempre que no sabe y estos hombres responden cualquier cosa, y de momento, nada de lo que han dicho se ha cumplido, así que no podemos saber cuánto durará esta pesadilla de ruido y polvo.
No es culpa de ellos. Ya no existe la cortesía, y no me refiero a las puras formas al estilo de los codos en la mesa, sino a la consideración por los demás, a aquello que Cervantes dijo de Barcelona como "archivo de cortesía". El analfabetismo real (no literal, pero profundo), la burramia, la falta de cultura y de memoria histórica han generado este lugar de gente brutal. Hay que pedirle a los jóvenes en el metro que bajen el volumen de esos aparatos que les harán sordos, pero hasta los viejos empujan para coger sitio y si uno sujeta la puerta para que pase una mujer con un cochecito, entra un tropel de gente sin dar las gracias (lo he dicho ya al reverso).
Y con todo, extrañamente en estas condiciones de ruido y polvo, como el azufaifo , que crece verde y lleno de pájaros en un lugar maldito y rodeado de las basuras que le arrojan los vándalos y constructores enemigos, yo sigo escribiendo mis cuentos, y mientras corrijo uno, empieza a surgir otro, y doy las gracias a las musas o a Freud o al propio azufaifo, ya que asumí el papel de dríade y según el mito, los árboles me protegerán.
En cuanto a ayer, comí en el Bauma con una guapa ex alumna del posgrado de traducción, italiana y culta (estudió ailleurs, y sobre todo, estudió literatura y no sólo traducción), que está traduciendo algunos de mis cuentos de CRUCIGRAMA, y cuando mencioné lo de la vejez y ella dijo que la belleza no era sólo juvenil, yo le dije la frase francesa que siempre cito "Si la jeunesse savait, si la vieillesse pouvait" y ella la tradujo y surgió el esplendoroso subjuntivo italiano, que siempre me puede: sapesse, potesse, che meraviglia (amigos italianos, últimamente tan callados, ¡SOS ortográfico!), más tarde, estaba yo entre libros cuando C me avisó de que había una conferencia de Pere Gimferrer sobre Octavio Paz en la remota Caixafòrum y allí fui, y aunque hacía frío en la primera fila, expuesta al aire acondicionado, y el sonido era malo y reforzaba la nasalidad, fue maravilloso oírle hablar de Paz, de Piedra de sol y de su descubrimiento, y de los interlocutores que tenía como poeta entonces (Aleixandre y Paz; Gil de Biedma, y también Foix, con quien no dialogaba y que no quería ser maestro de nadie, pero a quien escuchar era un privilegio), y de la relación de Paz con Palau i Fabre (contó cómo Paz le ayudaba también materialmente y una vez, en París, le dio dinero para un taxi, y Palau, que vivía en una sobriedad total y casi pobreza voluntaria, dijo, recorrió la ciudad andando para poder comer con aquel dinero al día siguiente) y de cualquier poeta por el que el público quisiera preguntarle. Y daban ganas de leerlos a todos y de preguntarle a Gimferrer por todos los poetas y de pedirle que nos diera unas clases, como dijo C, que nos hiciera leer algo y luego ir a escucharle y preguntarle.
Un día contaré de los tiempos en que yo trabajaba en Seix Barral y veía a Gimferrer a diario, cómo me desconcertaba su doble personaje, sin saber nunca cuál de los dos me hablaba o si eran los dos al tiempo, y cómo me asombraba su erudición y sus gustos literarios, que no lograba encajar con su otro personaje. Y de la correspondencia diaria que mantenía entonces con Octavio Paz: ayer no le pregunté si pensaba publicarla. Ahora no quería acabar este post sin nombrar unas lecturas descubiertas: Dónde, de Esther Zarraluki (según ella lectora ocasional de este blog, lo cual me honra, naturalmente. De hecho, el día que me la presentaron, ella me preguntó por mi diente y yo me quedé atónita: había leído en mi blog que volviendoi de Kosovo, en el avión se me rompió) que me sorprendió por la desnudez intensa y quieta de sus poemas, por la mezcla cotidiana y mítica y los márgenes que rodean un vacío central y sitúan los significados y las palabras alrededor, como en mi propio proceso (tenía que decírselo, incluso antes de acabar y se lo digo aquí). Y también empecé con una conferencia escrita de Jaime Gil de Biedma: Leer poesía, escribir poesía, donde dice que para él ha sido mucho más importante leer que escribir poesía, y empieza la charla diciendo que espera que todos hablen y escucharlos a todos, porque según cree que dice Baudelaire, "cualquiera que llegue, aunque sea desconocido, si habla seriamente de sí mismo, tiene derecho a ser escuchado". Y apenas oteé unas líneas de las Ombres errantes de Pascal Quignard, pero continuaré con todos. Y ahora una escritora amiga me pide que presente su novela que aún no he leído y me manda por email, y voy a pedir que me impriman en algún sitio, pero antes de confirmar ni revelar nada, tengo que explorarla y saber...
Mi artículo microscópico (nuevo formato, nuevos tiempos dickensianos) de ayer en La Vanguardia Cultura/s está aquí.

martes, 6 de mayo de 2008

Este barrio es una cantera


Fotos: Caroline Roblet, 1981. GM y yo en un barco pasoliniano, navegando por el río en Goa, en diciembre del 81. En la isla que se ve a la derecha, todos llevaban la cabeza rapada exceptuando unos altísimos penachos de pelo en el centro, que acabarían inspirado sin duda a los punks londinenses, y los más viejos tenían unos agujeros en la oreja que permitían ver fragmentos del paisaje. Se dedicaban a la pesca del tiburón, pescaban alevines, y GM me convenció para que fuéramos a la madrugada siguiente. Yo estaba dispuesta, pero ellos no quisieron admitir a una mujer en la barca, de modo que no salimos. Eran muy corteses y sonrientes, a la hindú. Por cierto, he sabido que Caroline R. volvió a la India y ahora vive allí la mayor parte del año, aunque no sé en qué parte. Pongo estas fotos para olvidar este lugar horrible de cemento y máquinas, este negocio sucio de la inmobiliaria y la mafia rusa y siciliana o napolitana que denunció Saviano, donde los políticos son sólo vasallos pagados por los señores del cemento.

Y yo vivo en el infierno sonoro. Cuando paran las máquinas de mi casa oigo las de todos los demás edificios en construcción que nos rodean. La gata no sabe dónde ponerse, su terracita tranquila de antes es ahora un lugar ruidoso y polvoriento que vibra con las excavadoras, grúas y etcétera. Anoche, cuando fui a abrirle a G., que venía sin llaves, me encontré una escalera apoyada en mi puerta y llena de un producto tóxico: venganza de los obreros, que me han declarado la guerra por no dejarles utilizar mi casa como paso hacia arriba, lo cual significaba trabajar con la puerta abierta o ir a abrir cada 5 minutos y luego limpiar los regueros de polvo de sus pisadas, etc. Hoy nos han cortado la luz. Abajo había un cartel de la Fecsa donde decía de 8 a 10, pero a las 10.30 seguíamos sin nada. Me he duchado con agua fría, maldiciendo a este alcalde y a los sinvergüenzas de fecsa y al casero despiadado y al capitalismo salvaje y a las constructoras, inmobiliarias y arquitectos sin escrúpulos... He hecho las tostadas con una antigua carmela, y he hervido el agua del té en un cazo. He hablado con J., que se iba a un juicio, para desahogarme. Me ha dicho: No te preocupes, ves a mi casa a trabajar, y si quieres una ducha caliente, hay toallas blancas gigantes en lo alto del armario. Visualizar esas toallas blancas supuestamente gigantes me ha producido un alivio inmediato, aunque no tuviera que utilizarlas. Nos cortarán el gas de 12 a 6 de la tarde, pero no puedo irme a comer fuera, porque los del cutresupermercado vendrán de 2 a 4.
Mientras, mi amigo serbio me dice que tardará 2 días en contestar a mis dos preguntas sobre dos cuentos. Y mi editor sigue con la maqueta de La plaza del azufaifo. Tal vez lo mejor será comprarme esos tapones que me recomienda un blogger al reverso del post anterior, pasar del teléfono e intentar escribir mi texto de la conferencia o un nuevo cuento: temo que el de Luxemburgo está kaput, no tiene futuro, al menos no en lo inmediato. Demasiada carga de información para un cuento. O falta de imaginación mía. O falta de coraje... No lo sé. Tal vez este fragor desesperado se convierta en el motor de una idea luminosa. Quien no se consuela es porque no quiere, dicen...
He salido a hacer un par de recados, toda la calle estaba sin luz, menos el feo cutresupermercado, donde he comprado naranjas y zumos para G y me he encontrado a un vecino del patio de enfrente, que tiene un tejado de chamizo y gatos perezosos que dormitan al sol, y le he contado las penas. Y he visto al azufaifo, que se ha vuelto de un verde tan intenso y tan chino que parece imposible... y sigue lleno de pájaros, refugiados allí del polvo o tal vez mutantes urbanos... De lejos me hacía signos felices, guiñando los ojos de las ramas, como un paisaje otro en medio de este infierno en que nuestro ayuntamiento ha convertido el barrio, con el apoyo de los constructores. (Si hubiera infierno, la zona inmobiliaria y del cemento, arquitectos incluidos, sería inmensa. Y arderían en las llamas Hereu y sus secuaces. Lástima ser atea y tener que soportar que la realidad de que los culpables quedan sin castigo).
De una entrevista a Roberto Saviano leo: Asegura que importantes cantidades de dinero que mueve la camorra se blanquean en España. "A la Costa del Sol la llaman la Costa Nostra. Las islas Baleares y Cataluña también son lugares interesantes a la hora de realizar inversiones. España no es un país duro en el control del tráfico clandestino; por Galicia y por Madrid entra buena parte de la cocaína que se distribuye al resto de Europa".
Dice Cachodepan que todo esto es una forma de lograr nuestra sumisión a todo. Yo diría que es un mobbing generalizado, donde los ciudadanos, o se vuelven sumisos y envilecidos y tragan con todo, o se van, dejando el lugar a los rusos y napolitanos que quieran ocuparlo. V dice que todas estas cosas que me ocurren alimentarán mis cuentos.
Ha habido un momento, mientras tomaba ese desayuno artesanal, hecho sin electricidad, los obreros se han ido a tomar un bocadillo. Eran las 9.15 y tal vez esa sea la hora del almuerzo de toda esta horrible cantera. Y se ha hecho un silencio maravilloso. G dormía, y yo oía a las golondrinas, al mirlo del azufaifo, a los estorninos que pasan en bandadas, oía la brisa, y la gata ha abierto los ojos para mirarme, interrogativa o aliviada, en la sombra de su colchoncillo. Ha sido un momento mágico, espiritual, casi religioso, ¿no había un dios del Silencio?. Entonces me he acordado de que anoche, en un momento de inspiración, o imitando a Mao, le hice una pregunta al I Ching y la respuesta fue asombrosa. "El Acercamiento. Arriba K'un, lo receptivo, la Tierra, abajo Tui, lo sereno, el lago. El acercamiento tiene elevado éxito. Es propicia la perseverancia..." Y aunque hablaba de una duración limitada, las diferentes líneas confirmaban: "Acercamiento conjunto. ¡Ventura! Todo es propicio..." Se non è vero, è ben trovato (perdonen mi ortografía los italianos, o mejor aún, ¡corríjanme!)
Last Minute News:
La antología de Funambulista ya llegó a las librerías. Acaba de avisarme el Librero de la calle Berlinès. Y una sorpresa de última hora, aún bajo el fragor de las obras. Un blogger que ha aparecido al reverso alguna que otra vez, me dedica estas palabras:
Ayer sábado excursión a la librería Xoroi, para comprar Crucigrama, el libro de Isabel Núñez. Lo he devorado esta tarde, en menos de una hora. Lo he disfrutado, mucho. Relatos cortos, audaces, honestos... se agradece, especialmente en este tiempo, corroído por el cinismo. El libro me ha dejado unas ganas irreprimibles de salir, de gritar, de buscar, una sensación descarnada en los párpados y en las manos perplejas. Más tarde, se ha instalado en mí la convicción de que navegamos sin asideros, pero que ahí precisamente reside la gracia, en irse desprendiendo de la carga, no para llegar a puerto (que no lo hay), sino para intentar afrontar cada embate, sin querer comprenderlo.
Para eso escribimos, para ser leídos, para interrogarnos, para buscar interlocutores, para encontrar lectores que reaccionen, que nos devuelvan una imagen otra, que nos permitan seguir pensando, andando, navegando por el Río de Renoir, o el de Goa...

martes, 22 de abril de 2008

Temblor e ilustraciones

Foto: Jose Aguirre. Cadaqués, 1986
Ha sido un día extraño. Yo estaba somnolienta porque ayer vino G y estuvimos hablando hasta tarde, ¡había que repasar! Y echaba de menos su presencia inteligente y su vitalidad raisonnée.
Estamos acabando de seleccionar las imágenes para la maqueta de La plaza del azufaifo, reescribiendo pies de foto, pidiendo alta resolución a los autores de dibujos o fotos, encajándolas en el texto. Por suerte, el 99% de esos autores se alegran de que el libro salga con sus imágenes e intentan facilitar las cosas, aunque eso no disipa mi desconcierto de que uno de ellos me haya contestado mal. Todo eso invadida a ratos por el fragor de esas obras terribles, que arremolinan el polvo por la escalera y en la entrada y han reducido los buzones a un rincón sucio donde las cartas se malean. Y de pronto, un arquitecto que pasaba frente al edificio deja recado de que las columnas de hierro que sostienen la parte delantera de la estructura se encuentran en una situación precaria y hay que hacer algo. He llamado al propietario: "Está de viaje". Luego al 010, donde me han aconsejado llamar al Distrito. En el Distrito me han remitido a Serveis tècnics. En Serveis tècnics me han indicado que llamase a la guardia urbana y que ellos avisarían a los bomberos. Ha venido una pareja de la guardia urbana. Uno de ellos era altísimo y su inteligencia era negativamente proporcional a su altura; en cambio, su agresividad le acompañaba muy bien. Me ha anunciado que yo tendría que pagar la factura de los bomberos. "Qué raro", le he dicho yo, en el distrito me han dicho que si les avisan ustedes, no hay que pagar." Luego ha empezado a meterse con el arquitecto y me ha exigido un informe escrito y sellado por el Colegio. Etcétera. Su tono era tan desagradable y su estupidez tan elevada, que le he dicho: "Siento mucho haberles molestado" y me he vuelto a casa. Pero el agente sensato, el que me pedía disculpas por hablar en castellano (!), ha llamado a los bomberos y ha vuelto a mi puerta, ya libre de su estúpido compañero. El bombero me ha tranquilizado, dice que el edificio no se caerá, que la columna de hierro está podrida, pero él cree que hay otra sujeción, una viga interior, etc.
Yo estaba deseando acabar con las ilustraciones para volver a mi cuento, he ido a recoger un documento de memoria histórica y trauma, he comprobado que en Rosselló Balmes el fragor es casi tan fuerte como en mi casa, he tenido una conversación sobre la entropía doméstica con Cachodepan, he encontrado por azar en la red al profesor de matemáticas que me desbloqueó en la adolescencia, que sigue su trayectoria de físico navegante (dice que las matemáticas son un lenguaje y un juego y que yo era una jugadora vital, pero se equivoca en el número de años que hace que no nos hemos visto, ¿o acaso los matemáticos-físicos usan los números exagerando, como el resto de los mortales?), he tomado un té chino con la Petite a, que me ha prestado su insight para comprender y situar las cosas y me ha enseñado fragmentos de una película muy conceptual rodada con móvil que presenta al Movil Film Fest, y una vez he llegado al final, el forcejeo interior entre mi pereza-miedo-bloqueo y mi deseo de escritura me deja poco rato. Pero picotearé un poco en ese cuento, que me ha planteado ya un primer problema estructural, y sin embargo, qué felicidad esperanzadora hay en él...
Sigo comparando contadores de blogs y compruebo que no hay tanta diferencia, ¿pero qué pasa con estas matemáticas variables? ¿Tal vez son tramposos comola perversión de los sondeos y la ingeniería financiera de los políticos? No sé qué le pasa a mi gata, parece convencida de que me voy de viaje y se equivoca: hasta mediados de mayo no tengo que moverme, salvo para trayectos cortos. Me vigila, se sienta cerca, me pide atención... Tendré que buscar un remedio homeopático para librarla de esa actitud canina y restituirle su orgullosa independencia gatuna. ¡Y un lector voraz y muy cultivado me pide recomendaciones para Sant Jordi! Suerte que otros habituales han fallado este año...

lunes, 31 de marzo de 2008

En la calle

Foto: Albert Buendia, "Aquesta mosca l'he fet pensant en tu, he esperat que es freguès les mans", 2008.

Heme aquí de nuevo refugiada en esta casa ajena, tan bonita y ordenada, huyendo del ruido de mi pobre casa... Al llegar tenía frío y mi anfitrión me ha indicado por teléfono: "ves a mi habitación, abre mi armario y encontrarás unos jerséis de cachemir..." Pero antes de encontrarlos, el orden y la pulcritud del armario me han hecho ruborizarme internamente, pensando en el horrible desorden imposible de mis armarios. Aquí no hay nada superfluo, todo lo que guarda ese armario sirve y está inmaculado...
G ha aparecido enseguida, como una plaga. Yo me las prometía tan felices trabajando sola en este silencio, pero él ha decidido venir a estudiar la civilización micénica y minoica... Y nuestras batallas por el lavabo o por las mutuas interrupciones se han trasladado aquí, a casa de su padre, entre risas. La verdad es que no nos hemos molestado apenas.
Luego, JC me ha invitado a comer en el Ferrum, en tiempo récord, un tronco de merluza con diminutas alcachofas, un buen vino que me ha intoxicado agradablemente y la conversación especial de JC, que al acabar la comida se iba pitando a Mataró, al hospital donde hace la reeducación para su rodilla intervenida. Me cuenta que es un lugar onírico y silencioso, una especie de lenta coreografía del dolor que él quisiera filmar, ¿cómo lo ha llamado? ¿Poesía del gesto? Un lugar de doloroso, esforzado silencio donde los asiduos, de una gran diversidad de edades, heridas y backgrounds, se esfuerzan en gestualidades muy distintas y especializadas, uno mueve la muñeca, otro hace girar un pie, y avanzan poco a poco, día a día, en ese espacio luminoso donde todo podría corregirse.
Antes de comer he tenido que pasar por el estudio gráfico de la diseñadora del libro de Isozaki, a buscar unas fotocopias, he llegado casi corriendo, atravesando una zona de recuerdos sin pensar, y luego he cogido un taxi, algo que no hago nunca, que me ha llevado volando al otro extremo de la ciudad. Por el camino iba leyendo las Conversaciones con Thomas Bernhard y me iba riendo sola. Bernhard, tras insultar y expresar esa rabia suya vehemente contra la estupidez humana y profesionalizada que tanto me consuela, contaba cómo al morir su abuelo le habían metido en un periódico, donde el encargado de las crónicas judiciales estaba enfermo y él le sustituyó, extasiado de que las tonterías que escribía de noche salieran publicadas por la mañana... pero lo que él quería era tener una tienda de ultramarinos. Y era tal su genialidad y me gusta tanto su foto de la portada que la sensación de felicidad y humor me desbordaba... Y ha llegado JC con su libro italiano de memorias de Erri de Luca...
Pero al volver, incluso aquí, en el patio de la casa silenciosa de mi ex, han empezado unas obras y se ha roto el silencio. Yo quería hablar aquí... de la calle. La otra noche, al volver a casa en los FFCC, había unos rusos sentados relativamente cerca. Reconozco que cuando oigo hablar ruso (y otras lenguas eslavas) siento una fascinación incontrolada y me vuelvo como la protagonista de Un pez llamado Wanda o de Belle du seigneur. Los escuchaba. "Jarashó", dijeron, una palabra que conozco. Uno de los tres me miró y yo, puesto que era guapo, le devolví la mirada. No veo por qué debería apartar la vista, pensé. Pero tal vez desconozco ciertos códigos. Llegó mi parada y me fui a la puerta. Y de pronto, el ruso guapo vino hasta allí y me dijo (tal vez era lo único que sabía, en inglés) directamente: "Do you want to fuck with me?" Yo lo miré atónita y le contesté: "Yes, in another life", y abandoné el tren. Era verdad. No me habría importado, en otra vida. Pero no en la mía. No podemos vivir sin prejuicios, me dije. Eran tres y tal vez los otros dos se ocuparan de desvalijar la casa. O tal vez no. ¿Cómo saberlo? Desconozco sus códigos. Sin hablar y por su ropa o sus gestos, no podía saber si se trataba de un estudiante, un desvalijador de una banda peligrosa, un desesperado o un joven de moral intachable. Sólo supe concluir sobre su belleza, la vaharada alcohólica y la atmósfera sexual.
Al día siguiente, hacia mediodía, cogí el mismo tren de Sarrià hacia Catalunya para encontrarme con Yelena. A mi lado se sentó alguien con casquillos de música, yo seguí leyendo el periódico, hasta que me preguntó dónde debía bajarse para ir a Rambla Catalunya. Era un chico moreno, pequeño y delgado de aire hindú. Le pregunté el número, le dije que bajase en la siguiente estación, Provença. "Eres española?", me preguntó. Y al decirle que sí, respondió. "Yo de India" y me tendió la mano con gran vigor. Eso me hizo gracia. (Recordé aquellos tipos que se sentaban frente a mí en los trenes de madera hindúes y me sometían a una especie de formulario prolijo y naïf: "Where do you come from? What is the name of the Prime Minister of your country? Do you eat meat in your country?") ¿De qué parte de la India? le pregunté. Era del Punjab. Le dije que no conocía el norte, que sólo había estado en el sur y... "¿Por qué no me das tu teléfono?", me propuso entonces. "Yo tengo mucho tiempo libre", añadió (no le dije que yo no...). "Podría contarte cosas de India y darte direcciones..." "Mejor que me des tú el tuyo", repuse, y me lo anotó en el periódico antes de bajar. Se llamaba Lakhi. Luego se lo conté a Berta, que es gerente de un restaurante con camareros de todas partes del mundo y se queja de que en la Seguridad Social, con esas visitas tan breves, los médicos no se arriesgan y le dan la baja a todo aquel que lo pide, y concluyó: "¡Mucho tiempo libre! ¡Pues claro, habrá cogido la baja!"
Unas semanas atrás, otro chico eslavo me abordó en los FFCC. Hablaba un castellano sin acento, como sólo ellos logran, pero con léxico limitado. Iba con otro y me preguntó qué significaba una palabra; en el supermercado le habían regalado una crema y quería saber para qué servía. Hablaban una lengua que yo no pude situar, y no pude evitar preguntarle: "¿Pero no sois rusos, verdad?" "¡¡¡¡Rusos, noooo!!!" respondió él. "¡De Georgia!" Me disculpé. Entonces llegó el tren y procuré sentarme a distancia. Su compañero, que tenía bastante mal aspecto, se quedó dormido, pero él no me quitaba ojo. Cuando fui hacia la puerta (¿será una costumbre por allí?) vino a reunirse conmigo y me preguntó, en su castellano inmaculado: "¿Puedo ir contigo?" Le dije que no, y ya entonces me fui pensando en todas esas interpelaciones callejeras sin salida, castigo a mi curiosidad, que contrastan con la pasiva y fea uniformidad del personal de esta ciudad.
Por cierto que antes he citado un libro de Albert Cohen y no puedo evitar decir aquí que alguien me recomendó inexplicablemente Le livre de ma mère de ese autor y me horrorizó la relación misógina con esa madre sacrificada de la que él se avergonzaba y luego idealizaba precisamente por esa absoluta entrega tan obscena y con tanto desprecio de su ser. En cambio, la pieza de Simone de Beauvoir sobre la enfermedad y muerte de su madre, muy contenida y cerebral, me entusiasmó, tanto como aquella otra en la que Paul Auster retrata a su avaro padre (no sé si era en The Red Notebook o The Invention of Solitude), o como aquellos pasajes magistrales de Brideshead Revisited de Evelyn Waugh donde aparece aquel aún más frío y avaro padre del narrador.
Y una pregunta al aire: ¿quién me deja grabadas músicas tristísimas en el contestador? Esta vez parecía una ópera de Puccini, la otra vez era una canción más contemporánea sobre la soledad. Tal vez alguien se confunde y el mensaje no llega a su destino, y si no es así, quien crea que voy a reconocerle y recordarle con ese método se equivoca. O quizás es un alma generosa, que reparte música al azar. One never knows, diría mi amigo O., pero está muerto.

sábado, 15 de marzo de 2008

Al fin



Ilustración: El azufaifo de Paula Flores, 2008
He pasado una semana tensa y embrutecida, no sólo por las traducciones urgentes, sino por factores otros, muy españoles, que se han multiplicado y confabulado para oscurecerlo casi todo: el desencuentro en una institución (¿una señal de que debería abandonar?), la taladradora vibrando en el piso de arriba y los obreros que llamaban a mi puerta cada dos por tres. Traté de explicarles que si tenían que entrar (todas las conducciones de gas del edificio pasan por mi terraza), lo hicieran de una sola vez porque me interrumpían constantemente en mi trabajo. Ellos me miraban perplejos, ¿en qué puede trabajar una mujer y en su casa? Tal vez pensaban que limpiaba los cristales y en tal caso, la interrupción no era tan grave. Asentían pero seguían llamando. Luego me harté, dejé la puerta abierta y ellos entraban y salían, y los ladrones también estaban invitados. Lo dejaron todo blanco de polvo. Le dije al que mandaba, que no podía controlar su mirada y se le iba adonde no debía: "Comprendo que tenéis que hacer vuestro trabajo, pero yo tengo que hacer el mío, estoy traduciendo, necesito concentración y cada vez que llamáis tengo que empezar de nuevo." Prometieron traer una escalera larga y entrar en mi terraza desde el piso de arriba, que está vacío. Pero les gustaba más venir a la mía: por la tarde se olvidaron las llaves del piso de arriba, y a la tercera vez, me harté y no les abrí más. Llamaron y llamaron desaforadamente (se habían acostumbrado a mi forzada hospitalidad de toda la semana) y al fin se pusieron a otra tarea. Tal vez el lunes se acuerden de traer las llaves. Sólo así pude acabar los textos de Arata Isozaki, que respiraban genialidad. También tuve que volver a leerme todos los textos de una publicación que había traducido, con el correspondiente trabajo investigativo, porque una correctora había decidido cambiarlo todo, convirtiendo el texto en una traducción libre e intentando imprimir su sello... Además acabé de traducir un texto de Francesc Torres, con una sintaxis endiablada, pero tan vehemente e irónico que arrastra al lector. Y al fin acabó todo eso, quiero pensar que toda la parte conflictiva de esta semana oscura se irá por el sumidero con el agua de la bañera. Yo me dispongo a disfrutar de estos días y a ensancharlos escribiendo mis conferencias próximas, leyendo para La Vanguardia, ¡paseando por la ciudad solitaria!
Anoche había quedado con mi amigo serbio y otro amigo suyo, J., abogado vasco, que vivió en Rusia y sigue viajando allí con frecuencia, pero que además habla muy bien serbo-croata y es un experto en música serbia, además de culto y buen lector. Nos contó un par de historias rusas bien trazadas que tenían el brillo alocado de algunos cuentos de Isaac Babel (creo que mi amigo serbio ha utilizado una de esas escenas en una de sus novelas). Además, me habló de libros rusos interesantes y decidí proponérselos a los dos editores a quienes pueden interesar, sólo para poder leerlos. Y me alegró saber que J. es lector asiduo de mis blogs.
Hoy, tras nuestro no-aperitivo en un inmenso bar de la calle Enric Granados, mis amigos me han invitado a comer a su bonita casa una quiche de alcachofas, ensalada y postre de frambuesas, y en esa atmósfera de conversación chispeante, he podido acariciar al elegante gato Federico, que está enamorado de su dueño y sigue su voz por la casa aguzando los oídos y entornando los ojos con dulzura, intentando averiguar por su tono si le llama, si habla de él, o si en el peor de los casos, anuncia que se irá y le abandonará, aunque sea por dos o tres días.
Luego he ido a comprar algo bonito e íntimo que necesitaba con urgencia, y de paso, por accidente y porque me he encontrado a alguien, he acabado cayendo en otra clase de doble tentación, diminuta, ínfima: Un sueño y otros aforismos de Georg Christoph Lichtenberg y Lei dunque capirà de Claudio Magris, a quien tenía represaliado por misógino, pero he decidido hacer una excepción sólo porque el librero de la calle Berlinès me pidió que tuviera clemencia y no dejara de leerle.
He descubierto que en la contaminada terraza de mi casa que da a Arimón, el pequeño azufaifo que Ninca me trajo de l'Ametlla ha empezado a brotar. Yo estaba mirando fascinada los brotes del castaño de Indias, que pasan de un capullo brillante y resinoso a unos engendros peludos y cerrados que un día se abren en grupos de hojas de un tono intenso y exuberante, y entonces lo he visto. Tengo que escudriñar a nuestro azufaifo de la calle, seguramente ya habrá empezado a brotar. Y pensando en esto he decidido poner el retrato que Paula, guapa y talentosa dibujante, hizo del azufaifo, porque al ver los dibujos exuberantes de los niños de la Escola Sant Gregori se despertó su deseo y quiso dar su versión, poética y sensual. Me lo mandó G., muy orgulloso y ya le dije que, si mi editor lo acepta, lo incluiremos en las ilustraciones de La plaza del azufaifo.

domingo, 6 de enero de 2008

Escribir, ver


Foto: I.N., Mis pies en Luxemburgo, 2007

Ayer estuve escribiendo mi cuento último, que ahora ya tiene cuerpo, núcleo, no sólo principio y final, como hace unos días. Me empezó a aparecer ese núcleo en un lugar devastado de la Rambla Catalunya, cerca de donde han arrancado los tilos, en plena calle desventrada por una simple ampliación del "intercambiador" (¿qué serán las obras del TGV, si con éstas llevan más de un año? Trabajan un ratito y se van, despreciando a los ciudadanos envilecidos, a los transeúntes e incluso por una vez a los turistas...). Me senté allí, en un banco sesgado y anoté. Luego ya no pararon de llegar cosas, y aunque salí y me fui al cine, de noche seguí soñando con mi cuento.
Reconozco que sigo bajo los efectos de la película de David Cronemberg. Tan violenta que pasé ratos sin mirar a la pantalla, aunque por desgracia oía. En cierto momento la gente se reía de aquel baño de sangre, tomado necesariamente como una parodia. Yo salí de allí pensando: "Por favor, leyes, tribunales, instituciones democráticas, abogados y jueces, instrumentos contra el abuso..." Empezó a llover. En una radio oí hablar de 300 muertos. Era como si no saliera de la película, de la mafia rusa... Por un lado mi fascinación por esa lengua y por todo el mundo eslavo, las pocas palabras que comprendo aún jarashó, decían, y recordaba al amigo de un amigo de san Petersburgo, el que me enseñó esa palabra, ahora muerto. Aprenderé ruso, pensaba una parte de mí... Iré a Moscú... Luego la parte tramposa hollywoodiana. Como si la policía no formase parte de eso. Como si no estuvieran mezclados. Como si no fueran los mismos, pero pagados con nuestros impuestos. Como si Viggo Mortensen, pese a su gran trabajo y su transformación allí y a su belleza (despojada de la blandura del señor de los anillos; aunque en ese texto hay más ambivalencia respecto a lo bueno y lo malo, todo muy iniciático-new age, pero en ese aspecto, más real), no pudiera dejar de ser parte de Hollywood. En el fondo me recordó a todo lo que tanto me molestó de la estereotípica película de Coixet sobre la enfermera balcánica (el extremo más banalizado será esa película de Richard Gere sobre Bosnia, no quiero ni pensarlo... ¿Acaso no tenía razón Lars Von Trier cuando contestó con su trilogía americana que si los norteamericanos no necesitaban ir a ninguna parte del mundo ni conocerlo para filmar películas sobre esos lugares, él podía hacer su trilogía sin ir a USA? Hollywood lo banaliza, esquematiza y pervierte todo, o casi todo; siguiendo las enseñanzas de la factoría Disney). También me pregunté si Cronenberg se añadía a la lista del mainstream con esa simplificación imperdonable, y más en alguien con su talento. O es que necesitaba hacer un western, necesitaba sacar un John Wayne que aliviara del horror. Y con todo no puedo renegar del todo de Cronennberg, porque hay algo en esa película, ecos de El Padrino contemporáneo, con mayor crueldad porque está más conectado a nuestro mundo globalizado y postcomunista, donde ya no queda esperanza, algo legítimo y bien contado, pese a todo. Pero hay un gesto que me enferma, una escena que no vi, en que le cortan los dedos a un cadáver (to chop es un verbo terrible, que no tenemos en castellano) y esa idea no me abandona, me produce tal horror, tal vez tenga que ver con mi bloqueo, tal vez con algo más profundo de las mutilaciones, tal vez...
Así que casi me tranquilizó el miedo poético y antiguo de Dead of the Night, esa película maravillosa que reencontré gracias a Manuel Delgado, a quien tuve que preguntar para encontrarla, ya que yo la había visto de pequeña y mi recuerdo era intenso pero vago. Él me escribió: "Es, en efecto, Dead of Night, aquí Al morir la noche, del enigmático y genial Alberto Cavalcanti, que codirigió con Charles Crichton en 1945. Sin duda una de las mejores y más poéticas películas de miedo de la historia. Hay otra película que se titula como tú dices Dead of Night o también, en efecto, Deathdream, que es de 1973 y que dirigía el familiar Bob Clark, que, por cierto, murió hace unos meses. Pero nada que ver... La otra es un monumento. Una maravilla." En realidad, tiene dos directores más (Basil Dearden, Robert Hamer), ya que cada uno dirige una pieza, una de las historias que cuentan los protagonistas (curiosamente, la historia más bufa -la de los golfistas- es de H.G. Wells, mientras que E.F. Benson escribió la linking narrative y otra de las historias) reunidos accidentalmente en una granja en Inglaterra una noche, adonde llega un arquitecto para reformar la casa y descubre que ya ha estado allí en sueños y sabe lo que ocurrirá. Hay una historia de locura con ventrílocuo, y también una de un espejo que refleja otra habitación (yo temía que ocurriese eso con el espejo que heredé de mi malvada tía), donde ocurrió un crimen. La poética cinematográfica de ea película, la ingenuidad del momento, el diálogo entre los personajes, los escenarios, las casas, la luz... todo eso me consoló un poco de los dedos cortados.
Y es que hay que recordar que alguien escribe las películas, aunque los vídeos y DVDs intenten hacérnoslo olvidar. Hay una escena muy graciosa de Paul Theroux en My Other Life donde él está deprimido tras la separación de su mujer y merodea por un videoclub y ve a dos jóvenes drogotas que han elegido la película basada en una novela suya. Y él les dice que él es el autor, pero ellos no le hacen caso "No te tires el rollo..." y él intenta en vano demostrárselo leyendo la cubierta, donde no menciona al escritor.
En cuanto a mí, otra vez una frase de G. me saca de forma inmediata y espontánea de la pesadilla de otro horror conectado a la historia de Cronenberg, la insistente complacencia culpable de mi familia con la violencia del pasado. Una amiga italiana me manda estos versos de Philip Larkin sobre las bondades de la familia, citados por Mavis Gallant y que recuerdan un poco a aquel Daddy de su amiga Sylvia Plath.
They fuck you up, your mum and dad.
They may not mean to, but they do.
They fill you with the faults they had
And add some extra, just for you.
Veremos si mi nuevo cuento supera la barrera crítica de mi más despiadado consejero literario, si antes consigo localizarlo en plenas navidades serbias.

martes, 10 de julio de 2007

Soirée snob chez la princesse

Miró, 1944 (col. L.-G. Clayeux)


Siempre me gustó ese cuadro, el título y la atmósfera de esa fiesta llena de música en el aire, de estrellas, de ojos visionarios, de encantamiento verde acuático y esnobismo mironiano. Una amiga, a quien su madre llamaba "la princesa" de pequeña, concediéndole un principado en los dominios de su reino metafórico (aquí todos somos republicanos), me invita precisamente a una soirée y como ella no conoce o no recuerda el cuadro, me he puesto a buscar en vano, primero en mis libros, luego en Internet, hasta que he encontrado a un amigo poeta que tal vez, hace muchísimos años, me enseñó el cuadro in the first place. Y al llamarle, ha resultado que lo tenía, lo ha escaneado para mandármelo y aquí está. En su mensaje me propone colarnos en esa fiesta mironiana y recuerda que hizo un poema (en prosa?), ya hace muchíiiisimos años. Lo pongo aquí:
SOIRÉE SNOB CHEZ LA PRINCESSE
Joan Miró
Tothom té molt d'ull per a les coses indefinibles, tothom viu entre estels i al·lusions, entre colors vius i definits i el clar verd snob. N'hi ha que tenen el cap més amunt del cap, n'hi ha que s'obren de cames i braços i mostren, ingènuament grassos, l'ull que tenen a les entranyes, i es fan l'ingenu per no semblar ingenus. D'altres són tot ulls i cul. En Mort-de-gana es fa el milhomes. Els quatre-ulls es fan el polifem. Els caps quadrats es pensen que el tenen rodó i amb tres ulls asimètrics. La dona de vestit
llarg i llis, negre sense mànigues, camina sempre amb les espatlles mig aixecades i les mans horitzontals fent angle recte amb els braços; el cel s'ondula de músiques; ¿és ella la princesa? ¿o la gata del racó? El cel és verd clar. Els ulls es besen o es peguen. Les paraules, cristal·litzades, són estrelles 1914.
Enric Casasses
Y es que sueño justamente con colarme en el cuadro, como hacían en los cuentos, subiéndose a una silla y metiendo el pie, y la pintura se volvía gelatinosa para acoger a los personajes que la atravesaban, para escapar del ruido insidioso y enloquecedor de las grúas (yo sigo con mi obsesión: es muy significativo que el ayuntamiento no imponga límites de decibelios a las obras, que la construcción esté por encima de todos los derechos, que el derecho al silencio no sea diurno en Barcelona, que este embrutecimiento miserable sea legítimo, como cortar los árboles. ¿Para cuándo el cambio de ordenanzas?), o con un paréntesis nocturno que se prologara indefinidamente, o unas vacaciones, o mi beca, que me permitiría huir a escribir y dejar todas estas traducciones urgentes que me amarran aquí, al duro banco del forzado, sin dejarme siquiera el refugio del sofá y la lectura más ociosa...
Volviendo al cuadro, esa atmósfera me recuerda a la Fondation Maeght de Saint Paul-de-Vence, ese jardín mediterráneo con aire de escena de happening y peces pintados en el fondo del estanque (¿eran de Braque?), la misma atmósfera festiva de imaginar a Braque, a Picasso, Miró, Giacometti, Léger, Maeght, Sert en un ambiente festivo, mediterráneo y prolífico, de mutua inspiración, como en Antibes o Vallauris. Pero quizá es sólo mi obsesión por huir, la pata quebrada de la traducción, esta luz del verano...

Una referencia al ginjoler...

miércoles, 6 de junio de 2007

El ruido de las obras

Foto: I.N. "L'escaletta è ajustata", Cadaqués, 2007
Un auténtico estrépito alrededor de mi casa me impide olvidar todo lo que están destruyendo. La pobre gata se refugia del ruido y del polvo en su caseta perruna, olvidando sol, moscas y lagartijas de verano.
El azufaifo sale en un blog especializado en salvar árboles de la ciudad, o más bien en denunciar los que van cayendo sin que nadie proteste. Pueden verse fotos de las obras y del bonito azufaifo amenazado. En ese blog señalan la indiferencia de Imma Mayol (presidenta de Parcs i Jardins) y sus "verds" (que deberían llamarse grocs).
Una amiga me anuncia que el colegio que había junto a la casa del azufaifo, un edificio antiguo con un par de bonitas palmeras, l'Escola Sant Gregori (de donde ya cayó un sauce inmenso años ha), se traslada, lo cual supone la amenaza inminente de otro horror. ¿Dónde nos refugiaremos? Esta ciudad va cayendo rápidamente y pronto será irreconocible. Y era bien bonita...
Recuerdo una expedición a Pineda, a ver la Fundació Tharrats. Nos perdimos y entramos en el espantoso barrio que rodea al pueblo de antes, un lugar tan feo que sobrecoge, pero de esos que ahora lo invaden todo. Cuando al fin logramos salir, a pesar de la falta de indicaciones, Àngel V. dijo, en su tono tan convincente: "Sort que hem sortit... M'estava agafant una depressió... I després em costa molts dies recuperar-me". Él atribuía su sensibilidad a su edad, pero yo me siento igual. En ese momento ya pensé en el mundo como un lugar horrible y sin sombra de árboles donde refugiarse. Por cierto que en aquel museo, una recepcionista nos dio un folleto para que pudiéramos asistir a "24 hores de cultura!", algo que a ella le parecía maravilloso pero que recordaba más bien a una gincana o una fiesta escolar con carreras de sacos, horrible música a todo volumen y megáfonos. Pese a la magnífica selección de carteles, portadas de libros y cuadros de la primera época de Tharrats que habíamos visto allí, el folleto aquel y su entusiasta defensora encajaban bien con la fealdad constructiva que ahora rodea a Pineda.
Alguien me dijo que no se puede volver a ningún sitio, porque el mundo se va estropeando muchísimo, y al menos, hay lugares que ves por primera vez, y sin la sensación espinosa de lo perdido, de todo lo destruido, no decepcionan.
No tengo tiempo ni de pestañear. Sueño con la beca que me permitiese acabar mi libro balcánico y volver a ser persona, escribir, leer. Y con un rapto siciliano. (La foto es sólo un resto de mi fin de semana.)

miércoles, 30 de mayo de 2007

Azufaifo, Ziziphus Jujuba, Ginjoler, activismo arborícola























Las fotos no son bonitas y se resisten a colocarse bien. Abajo, izquierda: el azufaifo sobresalía compitiendo con la fealdad de esa casa de ladrillo visto, una muestra de lo que se construye cuando derriban lo antiguo. Arriba, derecha: el pobre azufaifo amenazado con el cartel flamante de una de las compañías.
He llamado al Telèfon Cívic, que debería llamarse Telèfon Incívic: me han dicho que si el árbol está en un terreno privado, el propietario puede hacer lo que quiera con él. Parece que en vez de mejorar, empeoramos.
Casualmente me entero de que el azufaifo está en peligro de extinción en este país, no sólo en la calle Arimón. Pero resulta que al personal del telèfon incívic no le importa. Mañana llamaré a Parcs i Jardins, supongo que me dirán que ellos no pueden hacer nada.
También llamo a la sección "No funciona" de El País, y hablo con Francesc Arroyo. Otro mundo. Escribo deprisa una carta al director de La Vanguardia. Ha aparecido Isabel Lacruz, Ninca, hija de Mario Lacruz y editora de Funambulista junto con su hermano Max. Yo pensaba en ella estos días al ver los estropicios inminentes en el jardín del azufaifo. Sé que ella contempla y sufre el deterioro de este paisaje desde su piso de la calle Berlinès. Sé que protagonizó una campaña para conseguir árboles en Berlinès que tuvo éxito en teoría pero que nunca vio resultados. Ninca me ha dicho que entre los escombros veía libros antiguos. He bajado con ella a inspeccionar y en efecto: hemos visto una antigua enciclopedia Espasa desperdigada (con acepciones en esperanto), un libro de Phaidon de pintura francesa, una edición de Guerra y paz, cerca del árbol amenazado. Es duro ver cómo han destrozado los techos con sus molduras y rosetones, las escaleras, las persianas arrancadas, y cómo invaden el jardín con los pedazos. La destrucción es veloz, esos chicos están en plena forma y ponen todas sus energías en destrozarlo todo, protegidos por la desidia de este ayuntamiento (dicen los vecinos que Hereu nació en esta calle, pero eso no parece cambiar las cosas).
Ninca prepara una campaña de carteles. Berta Muñoz del Taxidermista, vecina también de este barrio, se ha ofrecido para encadenarse al árbol, aunque tenía que ser esta noche, porque mañana se iba a París. Otros vecinos ilustres y también con escasez de tiempo ofrecen sus posibilidades. Por desgracia, no tenemos aquí a ninguna marquesa mediática y el tiempo vuela.
El azufaifo es originario de China, como ya anticipó V, aunque he leído que seguramente llegó a Andalucía a través de la zona arábigo-sahariana. Y está en peligro de extinción. Pero a nuestro ayuntamiento de izquierdas, ¿por qué iba a importarle? Como dice la Guàrdia Urbana: "las obras hay que hacerlas". "El ruido no tiene límite de decibelios". Y ahora el Telèfon Cívic: "si es propiedad privada, todo está permitido".
Que la calle se quede sin ese árbol que salía del jardín, las flores que caían sobre la acera y las ramas que daban sombra, ¿a quién le importa? Si un ejemplar de una especie en extinción es destruido, ¿a quién le importa? Si la ciudad pierde cada vez más su belleza, su identidad histórica, su armonía arquitectónica, ¿a quién le importa?
Lo importante es suprimir una terraza de bar de una bocacalle de Mandri, porque da a una plaza donde no molesta a nadie, y no cumple la normativa porque la acera no es lo bastante ancha. La degradación de nuestro paisaje urbano, la desaparición del silencio y la quietud, la negación de las calles sin comercios, de las casas de siempre, la destrucción de la ciudad que conocíamos, por la que se podía andar, todo eso no es importante...
Para consolarme, trabajo. He logrado reducir un artículo sobre Kosovo a la mitad, para que pueda salir antes del verano. Tamaña heroicidad podadora me ha hecho sentir bien, y recordar aquella conversación de Woody Allen y Scorsese. Decía Scorsese que las películas le salían siempre demasiado largas. En cambio Woody Allen, que cuando cogía la tijera, ¡alguien tenía que pararle para que no desapareciera la película! Un poco como el vértigo de Giacometti y aquellas esculturas diminutas, de las que ya hablé aquí, en mi post sobre los valientes. También recuerdo la obsesión de Giacometti que contaba su pobre hermano. A veces estaban comiendo y de pronto, Alberto le empezaba a mirar fijamente y el otro pobre ya sabía que tenía que engullir a toda prisa y los dos correr al estudio, a posar para un retrato.