Foto: I.N., Mis pies en Luxemburgo, 2007
Ayer estuve escribiendo mi cuento último, que ahora ya tiene cuerpo, núcleo, no sólo principio y final, como hace unos días. Me empezó a aparecer ese núcleo en un lugar devastado de la Rambla Catalunya, cerca de donde han arrancado los tilos, en plena calle desventrada por una simple ampliación del "intercambiador" (¿qué serán las obras del TGV, si con éstas llevan más de un año? Trabajan un ratito y se van, despreciando a los ciudadanos envilecidos, a los transeúntes e incluso por una vez a los turistas...). Me senté allí, en un banco sesgado y anoté. Luego ya no pararon de llegar cosas, y aunque salí y me fui al cine, de noche seguí soñando con mi cuento.
Reconozco que sigo bajo los efectos de la película de David Cronemberg. Tan violenta que pasé ratos sin mirar a la pantalla, aunque por desgracia oía. En cierto momento la gente se reía de aquel baño de sangre, tomado necesariamente como una parodia. Yo salí de allí pensando: "Por favor, leyes, tribunales, instituciones democráticas, abogados y jueces, instrumentos contra el abuso..." Empezó a llover. En una radio oí hablar de 300 muertos. Era como si no saliera de la película, de la mafia rusa... Por un lado mi fascinación por esa lengua y por todo el mundo eslavo, las pocas palabras que comprendo aún jarashó, decían, y recordaba al amigo de un amigo de san Petersburgo, el que me enseñó esa palabra, ahora muerto. Aprenderé ruso, pensaba una parte de mí... Iré a Moscú... Luego la parte tramposa hollywoodiana. Como si la policía no formase parte de eso. Como si no estuvieran mezclados. Como si no fueran los mismos, pero pagados con nuestros impuestos. Como si Viggo Mortensen, pese a su gran trabajo y su transformación allí y a su belleza (despojada de la blandura del señor de los anillos; aunque en ese texto hay más ambivalencia respecto a lo bueno y lo malo, todo muy iniciático-new age, pero en ese aspecto, más real), no pudiera dejar de ser parte de Hollywood. En el fondo me recordó a todo lo que tanto me molestó de la estereotípica película de Coixet sobre la enfermera balcánica (el extremo más banalizado será esa película de Richard Gere sobre Bosnia, no quiero ni pensarlo... ¿Acaso no tenía razón Lars Von Trier cuando contestó con su trilogía americana que si los norteamericanos no necesitaban ir a ninguna parte del mundo ni conocerlo para filmar películas sobre esos lugares, él podía hacer su trilogía sin ir a USA? Hollywood lo banaliza, esquematiza y pervierte todo, o casi todo; siguiendo las enseñanzas de la factoría Disney). También me pregunté si Cronenberg se añadía a la lista del mainstream con esa simplificación imperdonable, y más en alguien con su talento. O es que necesitaba hacer un western, necesitaba sacar un John Wayne que aliviara del horror. Y con todo no puedo renegar del todo de Cronennberg, porque hay algo en esa película, ecos de El Padrino contemporáneo, con mayor crueldad porque está más conectado a nuestro mundo globalizado y postcomunista, donde ya no queda esperanza, algo legítimo y bien contado, pese a todo. Pero hay un gesto que me enferma, una escena que no vi, en que le cortan los dedos a un cadáver (to chop es un verbo terrible, que no tenemos en castellano) y esa idea no me abandona, me produce tal horror, tal vez tenga que ver con mi bloqueo, tal vez con algo más profundo de las mutilaciones, tal vez...
Así que casi me tranquilizó el miedo poético y antiguo de Dead of the Night, esa película maravillosa que reencontré gracias a Manuel Delgado, a quien tuve que preguntar para encontrarla, ya que yo la había visto de pequeña y mi recuerdo era intenso pero vago. Él me escribió: "Es, en efecto, Dead of Night, aquí Al morir la noche, del enigmático y genial Alberto Cavalcanti, que codirigió con Charles Crichton en 1945. Sin duda una de las mejores y más poéticas películas de miedo de la historia. Hay otra película que se titula como tú dices Dead of Night o también, en efecto, Deathdream, que es de 1973 y que dirigía el familiar Bob Clark, que, por cierto, murió hace unos meses. Pero nada que ver... La otra es un monumento. Una maravilla." En realidad, tiene dos directores más (Basil Dearden, Robert Hamer), ya que cada uno dirige una pieza, una de las historias que cuentan los protagonistas (curiosamente, la historia más bufa -la de los golfistas- es de H.G. Wells, mientras que E.F. Benson escribió la linking narrative y otra de las historias) reunidos accidentalmente en una granja en Inglaterra una noche, adonde llega un arquitecto para reformar la casa y descubre que ya ha estado allí en sueños y sabe lo que ocurrirá. Hay una historia de locura con ventrílocuo, y también una de un espejo que refleja otra habitación (yo temía que ocurriese eso con el espejo que heredé de mi malvada tía), donde ocurrió un crimen. La poética cinematográfica de ea película, la ingenuidad del momento, el diálogo entre los personajes, los escenarios, las casas, la luz... todo eso me consoló un poco de los dedos cortados.
Y es que hay que recordar que alguien escribe las películas, aunque los vídeos y DVDs intenten hacérnoslo olvidar. Hay una escena muy graciosa de Paul Theroux en My Other Life donde él está deprimido tras la separación de su mujer y merodea por un videoclub y ve a dos jóvenes drogotas que han elegido la película basada en una novela suya. Y él les dice que él es el autor, pero ellos no le hacen caso "No te tires el rollo..." y él intenta en vano demostrárselo leyendo la cubierta, donde no menciona al escritor.
En cuanto a mí, otra vez una frase de G. me saca de forma inmediata y espontánea de la pesadilla de otro horror conectado a la historia de Cronenberg, la insistente complacencia culpable de mi familia con la violencia del pasado. Una amiga italiana me manda estos versos de Philip Larkin sobre las bondades de la familia, citados por Mavis Gallant y que recuerdan un poco a aquel Daddy de su amiga Sylvia Plath.
They fuck you up, your mum and dad.
They may not mean to, but they do.
They fill you with the faults they had
And add some extra, just for you.
Veremos si mi nuevo cuento supera la barrera crítica de mi más despiadado consejero literario, si antes consigo localizarlo en plenas navidades serbias.

