Ayer seguí a Elena Vilallonga a un pase semiprivado de Manderlay, en un restaurante de los barrios altos que semihabito por accidentes del azar. Teóricamente se podía fumar, pero alguien se quejó, se abrieron las ventanas y eso nos llevó a ver la película con un frío espantoso. Y a pesar de la lentitud de esta segunda parte de su trilogía americana, y a pesar del frío y del precio excesivo que nos cobraban por comer (comer los otros, ya que poco había para una pobre veggie), me sedujo la película. La parábola y la parodia del sueño americano, la vergüenza del racismo y de la pena de muerte, Irak y la pretensión paradójica de imponer la democracia... Y también, la violencia interna, la obsesión religiosa, la figura paterna corrupta, la figura materna del sacrificio, con su ambivalencia enfermiza... Esa esfera femenina en la que él se sitúa, con sus narradoras debatiéndose entre el deseo de ser libres y el legado (y las fantasías) de dominación, con la ingenuidad y la rigidez del calvinismo oponiéndose al deseo y a las turbulencias internas. Continuaba aquí su burla brillante de que no necesitamos decorados (un recurso que estrenó con fuerza en Dogville, donde adquiría una belleza árida y un aire teatral, brechtiano) y que podemos imaginar las puertas y tabiques que no están, como en los juegos representativos de la infancia.
Al final, en la tentativa de debate, comprobamos una vez más que el director danés molesta demasiado a casi todos. Le acusaron de todo lo que a mi juicio no es. ¡Superficial! Confundieron su juego irritante (de cerrarnos las puertas para que busquemos en vano una salida) con una especie de autoritarismo. Hubo alguien incluso que se ofendió por su crítica del calvinismo americano, alguien que sin duda no conocía la literatura americana y norteuropea sobre los terribles pioneros que fundaron el país, ni había visto las películas hermosas e implacables sobre esa época. ¡Alguien que tampoco conoce a Pekka Himanen ni La ética del hacker!
Yo creo y lo dije allí que el el director danés es arendtiano y freudiano, que en él está la banalidad del mal y el análisis de la agitación sangrienta del siglo XX de Hannah Arendt, y que sus personajes muestran cómo les mueven sus fantasías y deseos infantiles, revelan sus procesos edípicos y yocásticos mal resueltos, muestran su violencia interna, sus ambivalencias y sus temblores, y a veces, como en Dancer in the Dark, sus psicosis.
