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domingo, 15 de enero de 2012

Vuelvo a escribir aquí



Foto: I.N., Balcones de París, 2009
Está saliendo el sol entre las nubes y Rufus ha decidido quedarse en la terraza. Anoche fui a una fiesta de cumpleaños de un escritor réussi y los asistentes se apretujaban en el amplio bar como en el metro. Luego resultó que había un tropel de desconocidos con una pinza verde en la ropa que pertenecían a una fiesta camionera. Venían conmigo V. e I. y nos tomamos unos vinillos en el bar de aquella fiesta literaria, pero agradablemente alternativa, sin ese arrogante desdén burguesote de los festejos editoriales. Afuera, la gente se apretujaba también para fumar y alguien comentó que con tanta restricción todo era muy difícil, ya que tampoco podía llevarse el vaso afuera y había que renunciar siempre a algo. Comentando la situación económica y política tan odiosa y asfixiante, dos mujeres hablaban de revolución o fuga del país como únicas  opciones posibles. 
La semana había sido difícil. Se cumplió un año de la muerte de M. en el mismo momento en que llegaron noticias duras del malaise de A., junto a la lluvia de pequeñas catástrofes materiales y la falta de dinero. Yo volví a casa de un encuentro con los personajes del teatro de mi infancia llena de dolores, nuevos y viejos, enferma por lo que veía y oía. "Lo que está claro", dijo el hombre que escucha, es que ese contacto te enferma". Todo parecía alarmante y desesperanzado. Volvieron incluso los pensamientos hipocondríacos que me contagiaron los médicos en marzo de 2011, pero pensé: "Y si tengo que morir, ¿qué pasa? Yo quiero seguir aquí, leyendo, escribiendo, paseando, escuchando música y realizando mi deseo, quiero seguir también por G., pero si tuviera que irme, tampoco pasaría nada", y ese pensamiento me tranquilizó. Aunque no lo parezca, hay cosas peores que la muerte. Pero ha sido una semana llena de intensidades de toda clase, negras y luminosas. No quise, no he querido volver al mundo de A.S., porque me inquieta más que otra cosa su negacionismo y a la vez me desconcierta esa nueva fase mía en la que prefiero retirarme a pesar de todo... En este momento necesitaba otra cosa. Me consolaron las llamadas y apariciones de los amigos, el prólogo ilustrado que Mariscal ha hecho para mi libro de Barcelona, con esos mapas llenos de ironía y de historia, un poeta brioso que me escribe e imagina, mi amigo seráfico y su generosidad, los sueños de las cartas del Tarot en los cafés... Y el posible interés de uno o dos editores franceses por La plaza del azufaifo, mi revisión de las páginas que vamos a enviarles, delicadamente traducidas por Mélanie Gros-Balthazar, y el prólogo generoso de EVM que brilla también en lengua francesa, me llenaron de ganas de bailar.
Presenté a una institución un proyecto radical que, si se deciden a financiar, será toda una experiencia para las dos partes, y en la mía incluyo a la Belle Elaine, que filmará todo el proceso.
Se anuló mi curso de Correspondencias en L'Escola d'Escriptura del Ateneu porque no se habían apuntado suficientes alumnos, pero apareció una nueva candidata que me ofreció hacerlo en su casa, donde hay jardín y árboles antiguos. Vamos a ver si encontramos un horario compatible para todos, porque les aseguro que el curso vale la pena, no por mí, sino por esas correspondencias maravillosas y lo que de ellas se desprende, en forma de latidos, de thriller y de fulgor vital y de pensamiento. Así que espero que se apunten.
He salido a buscar pomelos y mandarinas y en ese corto itinerario me he encontrado a J., que iba radiante, como si la crisis, las calificaciones perversas, la amenaza nuclear y la debacle de este país con sus políticos corruptos no fuesen con él, luego a un empresario de hostelería a quien conocí cuando empezaba como coctelero y que fue multiplicando sus establecimientos por la ciudad,  a un amigo ruso al que he visto una vez en treinta años y al fin a una mujer octogenaria, madre de una amiga de la adolescencia y que entonces se parecía a Anouk Aimée, que había desaparecido por completo de mi vista y que reapareció cuando la convertí en personaje de mis cuentos, respondiendo a esas extrañas llamadas de la escritura, y para rematar me preguntó qué podía leer de lo que yo había escrito. No sé qué pasaba esta mañana en ese tramo.
He cometido el error de comprar un periódico, pero al leer en la portada las declaraciones de una mujer empleada en una de esas agencias de descalificación que generan el negocio de unos pocos y el hundimiento de países enteros, que condenan a tanta gente a la pobreza y el trabajo esclavo, diciendo "No lo hacemos por capricho", me ha entrado una furia poco saludable y he decidido que no lo leeré. Mi suscripción se acaba este mes o el que viene, y no voy a renovarla. La tergiversación, la mentira, la alarma injustificada, la falta de reflexión y de salidas que se desprende de esos periódicos, cada vez más la voz de su amo, me enferma literalmente. Creo que prefiero buscar algo más alternativo y leer los únicos artículos serios que incluyen esos periódicos en facebook o en las redes, citados por otros.
El otro día leía a Mary McCarthy diciendo en un prólogo de sus Memorias de una joven católica que nadie la creía, que los lectores estaban convencidos de que los personajes de su infancia eran inventados. En general suele ocurrir lo contrario, los lectores creen que lo que escribimos ocurrió tal como lo explicamos, y los que estaban en el lugar de los hechos -cuando los hubo- llegan a corregir sus recuerdos, persuadidos por el mero poder de la letra impresa. Es un reflejo universal preguntarse cuánto habrá de biográfico en la escritura de un autor, y por eso me hizo gracia que a ella, que escribía sus memorias (tal como recordaba y con esa limitación de la orfandad tan temprana en que nadie o apenas nadie podía matizar o corregir sus recuerdos de niña), nadie la creyera y los lectores pensaran que todo era literatura. Pero es que es verdad que los lectores nos desconciertan e interpelan, algunos porque, como alguien decía en Babelia, querrían que escribiésemos siempre lo mismo, otros porque no saben que existe la subjetividad y que cada lector lee un libro distinto y otros porque de verdad pescan lo que para nosotros es importante o lo era cuando lo escribimos.
Durante esta semana extraña, yo no podía llorar a M., ni tampoco hablar con ella como hago con mi padre ausente, ni tampoco decir moia maika como en mi cuento traducido al serbio, pero mientras desayunaba, ponía Arte tv y lloraba con los perseguidos birmanos o la miseria de unos hindúes o los testimonios de la primavera de Praga y su horrible final, o escuchaba un programa de France Culture sobre Juan Gellmann y volvía a llorar oyendo cómo el lenguaje no le servía para decir su dolor y tuvo que cambiar el género a las palabras, convertir nombres en adverbios, oía a su traductor francés explicándole y lloraba, lloraba apenas un momento porque ya no sé llorar como antes, es sólo el instante de un sollozo semi silencioso, dos lágrimas que no llegan a ninguna parte y se evaporan antes de caer. También pensaba en aquella sensación mía de pequeña en que yo sentía demasiado las cosas, lo oscuro y lo luminoso, y que tenía que hacer algo con aquello que me ocupaba demasiado, que me hacía latir de una forma desbocada, y que tal vez fuese mi piel que decían demasiado transparente, o simplemente pensaba que era una suerte y que tenía que devolverlo convertido en otra cosa, y eso intentaba explicarle a un poeta que no puede conocerme.
Esta mañana escuchaba a Thomas Ostermeier en Arte Tv, en Moscú, hablando del abismo entre las clases sociales en el poscomunismo, y luego del patriarcalismo terrible en Palestina y de Juliano Mer Khamis y de por qué lo mataron; era muy interesante. Yo dejaría siempre esa televisión culta puesta de fondo, en cambio las nuestras no las veo nunca, y alguna vez me pierdo algo, creo que anteanoche pusieron en la 2 un documental de Michael Winterbottom titulado La doctrina del shock que según mi amiga M. todos deberíamos ver y que también recomendaba Hanif K. en su muro de facebook.
Leí Quién es? de Sebastien Doubinsky, y me gustó su poética irónica y leve, y ese Billy el Niño ensoñado, que habla de su infancia y del mundo, de su deseo y de las mujeres, y que retrata los gestos de sus perseguidores y su tristeza dentro de la crueldad y la soledad de todos, la desesperanza del mundo trenzada a la propia felicidad del deseo, y que se deja arrastrar por el azar de las cosas fantaseando con el destino, dibujándolo y dibujándose hasta sus últimas palabras, que son las del título, antes de morir acribillado.
He soñado toda la noche con las redes, pero me he levantado con cierta esperanza cálida que necesitaría todos los días y sintiéndome más ligera, quién sabe por qué, menos alcanzada por la amenaza.

domingo, 1 de enero de 2012

Un manto de música

Foto: I.N., Rufus y el año, 2012
Ayer puse Arte Tv, que ponía un especial conciertos de año nuevo, desde Osaka a Leipzig, con Zubin Mehta y tantos otros, y me envolví en esa música como si fuera un manto. Había decidido no moverme de casa y quedarme con Rufus en un pequeño ritual solitario después de tres noches saliendo por ahí, y estuve leyendo en el sofá, acabé el libro (agudo y lleno de gracia y citas) de Simon Leys, leí a Hannah Arendt discutiendo sobre el mal, la política, Kant, Maquiavelo, Eichmann, la pregunta de la muerte... Y también leí (gracias a un experto cinéfilo facebookiano) Esculpir el tiempo de Tarkovsky, buscando rodearme aún más de ese misterio o esa luz misteriosa que une en mi mente la escena clave de mi novela con La infancia de Ivan, aunque probablemente nadie podría comprenderlo... Y me deslumbró otra vez con sus comentarios, recordé las escenas del agua y la orilla y la emoción brusca y fría del bosquecillo de abedules.  
Pero en medio de mis lecturas de sofá, interrumpidas tan sólo por  algunas llamadas y breves conversaciones con "el hombre que ya no llamaba demasiado",  apareció la Belle Elaine y acabé yendo a tomar una copa a su casa de la colina, con unos niños alocados que se armaban hasta los dientes para salir al jardín, por si les atacaban los gatos, decían, y un invitado había traído quesos de París y hablamos de biografías y malas y buenas novelas y de cómo escribir sobre lo autobiográfico, en parte porque el hombre que venía de París estaba fascinado con la biografía de Steve Jobs (a pesar de) y quería sólo escribir y leer biografías (como J., que lo alterna con Casanova, en una asociación viril que encaja con su serie favorita; ahora bien, cómo cambian los cánones: curiosamente, ahora, esa imagen de Casanova de la portada no puede parecer menos viril ni mostrar menos sex appeal). Al salir de allí me sorprendió que incluso su calle estuviera abarrotada de gente ataviada con brillos y coches con bocinas. Pero llegué a mi casa en un paseo agradable, a pesar del bullicio, y me esperaba Rufus, que alterna un humor patinador y noctámbulo con momentos en que casi me exige abrazos y cepillados. 
Mientras la música me envolvía, pensé de pronto que así debía de protegerse mi padre del mundo, él con su habitación preparada para escuchar, su equipo revox, sus amplificadores y todo aquel encantamiento suyo de los conciertos y los viajes musicales. Por la mañana he visto a Ariana Savall con su arpa en un monasterio románico, sobre unas cumbres rocosas, pura imagen que me ha recordado la idea de mi amigo músico hollywoodiense... Ayer dijeron en otro reportaje matinal, justo antes de los conciertos, que la comprensión de la música no era exclusiva de los humanos (se veía una cacatúa blanca siguiendo el ritmo) y Rufus lo confirma: él tiene sus músicas favoritas. Es un gato ecléctico, tal vez por su pasado, puede disfrutar de muy distintos tipos de música, pero hay melodías que le dejan indiferente y sin embargo, otras le atraen y solazan sin ninguna duda.
En el andén del metro, me encontré a un amigo librero y escritor, que siempre me sorprende enfrascada en la lectura. Llegaban las felicitaciones de año nuevo encadenadas (también G, que celebraba el fin del 11 en Girona) y yo oía los aplausos como lluvia. No logré ponerme a preparar mi curso de enero. Ni siquiera sé si se habrán apuntado alumnos suficientes. Escribo deprisa para irme al sofá a leer y tomar notas. Estoy llena de secretos que no puedo contar aquí y eso hace que escriba menos. También hay proyectos que, si salieran, lo cambiarían todo. Sigo corrigiendo interminablemente mi novela y mientras no acabe, seguiré atada a ella y sin poder ver con qué quiero seguir. Y es que he grabado unos capítulos para que los escuche un amigo músico desde la pérfida Albión ¡y los ha escuchado también V! (su escucha es poderosa y me ha ayudado a seguir puliendo... mientras la lee un editor). Mi libro de la ciudad saldrá en Sant Jordi. Un amigo de siempre, que admiro, me ha hecho un prólogo ilustrado con dos o tres mapas que me encanta. Sólo falta redondear, maquetar, ver la portada... He sabido que "mi Giono" (así lo ha llamado él) ha encontrado uno de esos lectores de excepción, de los que leen también lo que está detrás y yo me alegro por el libro...
No quise escuchar a un agorero desconocido que empezó a anunciarme el horror que vendría mientras esperaba en una tienda de mi barrio. Le dije que prefería las noticias sin volumen, señalando mi periódico, pero no sé si me entendió. Hay gente que se divierte fastidiando. Yo sé lo que tenemos encima: unos políticos que, igual que los anteriores (sólo que con formas y estilo más franquista), sólo sirven a los Bancos y los lobbies más poderosos y llevan al país a la ruina con mentiras de sacrificios necesarios, cuando todos los expertos saben que así no podríamos nunca salir de la crisis y que simplemente se trata de un robo. Así que ojalá se cumpla la profecía maya y se nos contagie esa fuerza tenaz e inteligente del Occupy Wall Street, porque tendremos que lograr pararles los pies y cambiar este mundo si no queremos que nos conviertan a todos en esclavos. 
Mientras, yo seguiré consolándome con libros y música (no todo es música sacra, también a veces necesito volver a bailar) y armándome de valor para leer los periódicos de siempre... Por cierto, me gustó  el artículo de Joan de Sagarra sobre EVM con la ciudad de fondo. Son esas páginas que ayudan a soportar los diarios, como un artículo de Miguel Morey sobre Benjamin y la traducción, o también el del propio EVM con unas divertidas muecas. También pienso cada vez más en alternar los periódicos de siempre con otros más alternativos de las redes... Más que nada por mi salud. Por cierto que un comentario de EVM se quedó flotando en el aire hace unos días, al oscurecer, como una duda, mientras yo me preguntaba cómo se hará para cambiar de pista, si parece tan fácil. Tal vez bailando. En fb, una escritora que justamente recomendaba EVM y cuyo libro sobre WB había yo encargado precisamente al librero de la calle Berlinès mientras discutíamos de movimientos físicos, me dijo que cuando algo le dolía, ella lo solucionaba con más movimiento. 
Voy a repetir aquí una foto de Rufus felicitando el año, con una expresión circunspecta, porque él  tampoco es un ingenuo y sabe bien cuál es la situación general, aunque también sabe cómo ovillarse y sumirse en una saludable meditación profunda con vibraciones gatunas de felicidad y olvido.

domingo, 18 de diciembre de 2011

En medio del frenesí navideño


Foto: I.N., Autorretrato matinal de ayer sin más, 2011
El viernes, la Belle Elaine quiso arrastrarme a participar en una segunda presentación de No se lo cuentes a nadie. Yo iba al banquillo, por si alguien se lesionaba, pero acabé improvisando unas palabrejas festivas sobre la correspondencia, después del bonito texto que había hilado la Belle Elaine, y después de las intervenciones de la editora e impulsora del libro, Esmeralda Berbel y de su corresponsal, Lydia Zimmermann, en la bonita librería Les Punxes. Todo con mucho vino que llevamos entre todas. Para acabar, leímos fragmentos diversos de esas cartas y apareció un buen lector de facebook al que sólo conocía virtualmente. Habían venido todos los hombres de la Belle Elaine, y su amiga crítica y productora, el grupo del cine, por así decirlo, y fuimos con ellos en busca de un lugar donde tomar unos pinchos, pero era imposible. Todo estaba atiborrado de cenas navideñas y grupos que querían celebrar frenéticamente las fiestas olvidando la crisis. Al fin, tras una larga peregrinación, acabamos en un bar terrible de cuyo nombre no quiero acordarme, donde nos sirvieron dos botellas de vino pasado y ajerezado y unos pinchos malejos en la ventosa terraza (dentro, la televisión y la iluminación nos habrían provocado una depresión profunda) y acabamos completamente helados. Eso sí, nos reímos muchísimo, incluso con el nombre del bar, e intercambiamos opiniones contundentes de libros y películas.
Ayer no quería salir, pero tuve que pasar un momento por La Central, también llenísima de gente, y allí me encontré a C., que iba cargada de libros, y a J.P., que no compró ninguno pero estuvo hojeando unos cuantos, y volvimos a hablar y hablar y yo acabé llevándome tres que no pensaba quedarme, las tres tormentas de nieve rusas (Pushkin, Tolstói y Chéjov) reunidas, ese ensayo precoz de Beckett sobre Proust (yo no lo había comprado precisamente por su precocidad, pero J.P. me convenció) y ese libro de Simon Leys de La felicidad de los peces. Iba yo leyendo esa maravilla que es Otoño en Madrid hacia 1950 de Juan Benet, donde cuenta las tertulias en casa de los Baroja y sus extravagantes normas y la posición, para Benet insólita, de Baroja respecto de la novela y sus maestros, y también unas clases de matemáticas en casa de profesores excéntricos y refugiados republicanos, algunos recién salidos de la cárcel y desprovistos de sus cátedras, con los apagones, las palmatorias y el frío de la posguerra, y las cenas que su madre organizaba en los rellanos de la escalera para protegerse de los apagones y la verdad es que es una gozada la ironía y el humor negro y la precisión de Benet al contar la atmósfera cutre y terrible de la posguerra, una maravilla.
Antes había conocido a un escritor francés (de ascendencia rusa y americana) muy interesante y amable (del que hablaré aquí cuando le lea), que enseguida se interesó por mis libros porque entiende el castellano y leyéndome en las redes había tenido una intuición. Buscándole, descubrí que había publicado quince novelas en buenas editoriales, en francés y en inglés, y dos de ellas me tentaron. Una la encontré en abebooks por 3 euros (más 5 de transporte) y resultó ser una de las que Eric Bonnargent incluyó en su magnífico Atopia, así que no me había equivocado en mi elección. Esos encuentros son la razón principal para seguir en esa red social, pese al rechazo que me inspira esa visibilidad excesiva que hace sufrir tanto a las parejas adolescentes en lo amoroso y que consiste en ver las relaciones de los otros. Hace poco los inventores de esa red ya anunciaban una opción que consiste en avisar a uno cuando su ex partner "rehace su vida", es decir, cuando aparece fotografiado con otr@; ¡una opción perversa! Alguien me comentaba ayer que esa visibilidad suscita una respuesta inesperada a algunos, que cuando tienen un conflicto o se alejan de uno, no sólo no se apartan discretamente de su entorno, sino que procuran visitar más los muros de sus amigos y familiares en una rivalidad malsana, como venganza o para condenar a ese ex amigo al aislamiento, la expulsión y la pérdida de sus amistades, no las virtuales, sino las reales. Por eso hay que alejarse... Y sin embargo, sarinagara...
Me he pasado la mañana corrigiendo alguna repetición de mi libro de la ciudad, aunque luego he sabido que ya estaba maquetado, y ya veremos qué puede hacerse. Más tarde he intentado hacer algo con mis notas para la presentación del libro Poemes cínics de Santiago Subirats, que tendrá lugar el jueves 22 a las 19h en la Sala de la Caritat de la Biblioteca de Catalunya. Algo me impide todavía tejer mi texto, algo se rebela y el tiempo apremia, pero no pierdo la esperanza. Tal vez en alguno de mis insomnios...
Me ha aliviado que la Defensora del lector de El País hablase de los trolls, continuando con la opinión de una articulista hace unos días. Hay que poner filtros a quienes no saben respetar las mínimas normas de cortesía en periódicos y blogs y sólo vienen a insultar, incapaces de disentir ni de reflexionar como personas, protegidos en un cobarde anonimato.
Anoche Rufus dio un salto descomunal para subir a la mesa por un ángulo fatal, lleno de papeles y libros, de forma que volvió a caer al suelo y arrastró consigo el teléfono, mis gafas, varios lápices y la montaña de libros y papeles. Lo recuperé todo excepto las gafas, que han aparecido esta tarde al fin bajo el radiador. A veces viene a acompañarme y se instala en el almohadón regio que le he colocado a mi lado en la mesa. Otras prefiere el suelo junto a la estufa o su manta de lana de cabra o el lecho circular que heredó de la gata Gilda. Esta madrugada me he despertado a las cinco sin ningún sueño y dudaba si ponerme a buscar citas para mi novela, que extrañamente en mí, sigue desnuda de ellas. Pero me he contenido y me he quedado muy quieta (oía a Rufus deambulando por el pasillo) y aunque han pasado las seis y veinte, he acabado durmiéndome hasta tarde. La semana pasada fue muy agitada para mí: la presentación de La femme visible con Casasses y Vicent Santamaria, una genialidad tras otra, todo lleno de humor daliniano y poder rapsódico, la multitudinaria cena de profesores de l'Escola d'Escriptura y para acabar la presentación de Les Punxes. Y esta semana empieza con una cena china el lunes, una comida conciliábulo editorial el martes (donde en cierta manera se celebra un encuentro autor-editores que yo he contribuido a propiciar y es una alegría), además de una reunión también editorial por la tarde (para mi libro de la ciudad), una sesión exótica en la mañana del miércoles, una cena histórica esa noche y el jueves la presentación de los poemas cínicos, y todo justo antes de navidad. ¿Cómo voy a sobrevivir sin mi pacífica, silenciosa y solitaria rutina? Suerte que no celebro la navidad, sino todo lo contrario... En la cena de l'Escola d'Escriptura estuve hablando de insomnio y de placeres solitarios con tres o cuatro escritoras y nos reímos muchísimo, pero al día siguiente yo estaba en muy mala forma para la presentación. No sé cómo me recompuse mágicamente y espero que esta semana los dioses griegos me concedan ese don. Hoy he tenido dos largas conversaciones telefónicas. Y me ha escrito una amiga de facebook, apasionada pintora y reina de las albercas, que me alegra muchas veces con sus lecturas. 
Yo siempre me iba de viaje en Navidad, pero esta vez, por desgracia, mis restricciones presupuestarias me impiden casi ningún movimiento. Y con toda esa actividad social, sólo pienso en reservarme algunas noches para leer en el sofá con Rufus.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Ayer

Foto: I.N., Rufus de Bengala, 2011
Estuve corrigiendo mi libro de la ciudad, que saldrá en 2012, quitándole lo que no le pertenece y había ido a parar allí por error, apropiación o desorden, porque era de mi novela, de un cuento, de ninguna parte. Descubrí que podía eliminar algunas imágenes, como sugería el editor, sin que el texto perdiera nada, al contrario, es como si adquiriese cierto valor más propio. Luego salí, tuve que hacer recados, ver gente, y al volver, en un repentino ataque de cansancio y de frío tras los acontecimientos de la tarde renuncié a ir al cine, me arrebujé en el sofá y Rufus se sumió en un sueño más profundo que nunca: a juzgar por su respiración parecía ahondar más y más en su sueño, con la cara enterrada en ese chal lanoso mío que tanto le inspira, y me puse a escuchar una emisión de France Culture que me había recomendado V. y que hablaba (metafóricamente) de mí, hablaba de mí con la voz de Anne Dufourmantelle y de Laure Adler y de Marguerite Duras y también de Virginia Woolf. Tanto hablaba de mí que me produjo casi un shock y comprendí aún más porqué me dolía. Hablaban del lugar de la madre como un paisaje, un mundo del que venimos, de la preferencia de la madre de Duras por el hermano (que ella ya no sabía si había sido tal como ella la había vivido), que la había llevado a ella a ese exilio desde el cual escribir, hacer algo que para su madre no existía (el arte, la literatura), se había convertido en el apoyo de su escritura. Hablaba de esa condición del escritor de Caronte, de pasante de los muertos y las palabras (morts, mots) al lado de la vida, una tarea no sin riesgo (Virginia con sus piedras), una tarea ardua y agotadora pero también gozosa. Y a mí me caían lágrimas metafóricas, en mi agotamiento y en la descripción de mi trayectoria, de mis incertidumbres, de la estela que he arrastrado siempre de preguntas y alejamiento... Hablaba de la rara sensibilidad que permite esa función, de ir a contrapelo de lo trillado, de acercarse al deseo y a la libertad, de alejarse de la certeza, de la imagen que nos han dado o nos hemos dado de nosotros, de llevar la pregunta a esa otra escucha, de que las ideas nos visitan y tenemos que poder escucharlas... Y qué maravilla de programas de radio y de voces y de espacios de interrogación. 
Ahora sí siento que he acabado la novela (quién sabe si es eso lo que también me disturba, lo que no puedo digerir, lo que retengo y fermenta y duele. Cierto pavor de publicarla y de lo que supone (ayer mi amiga M. me decía que el efecto sería justamente el contrario al que temo) o el miedo a haber agotado con ella la fuente de mi escritura o a acercarme a algo que no quiero nombrar.
Mientras andaba por la calle, descubrí otra posible causa física que podría estar agravando mi malestar y si fuera así, podría mejorar en los próximos días. Anteayer mi malestar estomacal me dio un mal humor terrible, justo antes de caer en la melancolía. Me di cuenta, alarmada, cuando descubrí que había matado una mosca. Llevaba toda la mañana rondada con dos moscardas, trabajando dolorida y sin lograr espantarlas. Y de pronto, en lugar de ahuyentarla me descubrí, maligna y furiosa y antizen, matándola con el periódico. Yo procuro no matar a ningún bicho y era una mosca grande y bien bonita y me sentí fatal. Hoy he tenido un sueño...
La otra noche fui a ver a Moreno Bernardi en ese espectáculo multifacético de Pep Tosar en el Maldà, un montaje sobre el retrato y los poemas de Damià Huguet, personaje insólito, fabricante de vigas de hormigón, poeta, crítico de cine, fotógrafo, pintor y escultor, desconocido... Con un buen guitarrista y una cantante de bonita voz (aunque el volumen era quizás excesivo para ese espacio tan pequeño y delicado), Tosar decía muy bien los poemas (a mí me resultaba difícil seguir a los mallorquines que hablaban en el vídeo, se me escapaban palabras, sobre todo al principio) y Moreno bailaba como un gentleman, una coreografía libre, poética y vital que representara al personaje, a ratos con una herramienta suya, con una elegancia y una delicadeza que parecía borrar cualquier atisbo de esfuerzo, aunque cuando se tendió con la cabeza en el regazo de la cantante, en una repentina Pietà, se le veía sudar a mares, ya descamisado... Y luego nos fuimos a cenar y mágicamente se desvanecieron todos mis problemas digestivos, como ya me había ocurrido en la cena del nuevo proyecto de Xoroi, el librero de la calle Berlinès, que está en vías de transformación en algo muy necesario y esperanzador para esta ciudad desnortada y falta de análisis.
Hace un rato iba yo andando por la calle y ha empezado a llover con fuerza. En Balmes he esperado en vano al autobús, mientras los coches aceleraban y se acercaban a la acera, salpicando cada vez más a los transeúntes. Ésta es la única ciudad europea donde los conductores nunca reducen la velocidad, sino que parecen acelerar a la vista de un peatón cuando llueve y hay charcos en el suelo. Tal vez vuelven a la infancia y juegan a salpicar, como niños en los charcos, pero resulta algo violento. Es este país salvaje que decía Espriu (Oh, que cansat estic de la meva/ covarda, vella, tan salvatge terra, /i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà), que nunca se ha humanizado, al pasar de una larga y brutal dictadura al silencio, la impunidad y la deseducación. Un columnista cineasta madrileño ironizaba el otro día en El País con gran ligereza sobre los juicios en Argentina a los responsables de las atrocidades y me dieron ganas de protestar. Yo admiro esa capacidad de Argentina de aclarar su pasado y hacer justicia. La gente que se burla de eso viniendo de este pobre país salvaje, sin salud mental ninguna, con la carga de todo lo impune y violento enterrado y la banalidad zafia a la que lleva ese silencio, es que no sabe nada. Como los que salpican desde los coches, pensando sólo en su comida o su parking y tan orgullosos de su vehículo rugiente. Al final me ha rescatado un taxista joven, que llevaba la calefacción puesta, y aunque no hacía frío, la perneras empapadas de mis pantalones rojos pedían ese calorcillo.
Al llegar a casa he encontrado a Rufus echado frente al espejo, como si mirándose se consolara de su soledad. O como si intentara recordar quién es o se preguntara por los misterios de la identidad. Claro que ayer escuchó conmigo el programa de France Culture... Rufus me hace mucha más compañía cuando me encuentro mal. Se pega a mí y me acuna con ese ronroneo misterioso...
He estado leyendo una nouvelle deliciosa e inteligente de Thomas Mann, Desorden y dolor precoz, que habla de otros tiempos de crisis y de la excentricidad y la resistencia de una familia y su locura, que a ratos hace pensar en Fanny y Alexander, y he acabado Atopia, petit observatoire de littérature décalée de Eric Bonnargent, que me ha gustado mucho (excepto la página 243), por su manera bolañiana de contar los escritores, esa especie de bartlebys entre los que está EVM, e incluso dos novelas que no me convencieron ganan muchísimo contadas por él, con esa narrativa suya del mundo y sus habitantes escritores desencajados, donde mezcla ironía y hondura de una forma ligera muy particular y sutil. Me he traído dos libros más de EVM del librero de la calle Berlinès, El viaje vertical y Una vida absolutamente maravillosa. Lo malo de EVM y de Bonnargent es que el deseo de leer esto y aquello se multiplica y yo querría vivir en el sofá o viajar en un tren silencioso o tumbarme en una hamaca siempre leyendo. También me atraen de Atopia sus criterios para distinguir los lectores (también él sigue la maravillosa descripción de Edith Wharton en El vicio de la lectura)y para distinguir la literatura de todo aquello que no lo es, pero que también está en las librerías. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Yo no quería volver

Foto: Nebojša Trifunović, el periodista que me preguntó si había logrado llegar al monasterio por el camino del bosque y me enseñó a saludar de otra manera en serbio. Yo, en el centro Vuk Karadžić, foto publicada en el Lozničke novosti, 2011
La última noche no podía siquiera dormir. Me desperté cerca de las 3, salí y me impresionó más que nunca lo que veía. Habían apagado las luces del jardín y la claridad de las estrellas (la celístia, esa palabra latina que sólo existe en catalán) era poderosa, la luna era una uña creciente, una luna mora y el campo, las montañas altas del bosque vertical, la lechuza que ululaba a rachas, el rumor del agua, los grillos nocturnos. Subí las escaleras hasta la parte alta del jardín, donde los campos de flores blancas, y pensé que tal vez la belleza se intensificaba con las horas nocturnas, y era un espectáculo tan impresionante que me conmovió extrañamente. Dormí apenas dos horas y media seguidas y soñé que iba (otra vez sin bolso, lo olvidaba) a una casa grande, recorrida por muchos, y allí me encontraba a un artista que fue mi partner en otro tiempo y la emoción era como entonces o como si nos encontrásemos en una descomunal encrucijada histórica, como amigos que se encuentran en una gran guerra, y el encuentro tenía una especie de magia dramática, pero entonces yo le anunciaba mi muerte inminente y los dos llorábamos. Esa noche asistimos a la performance de unos estudiantes con una profesora de dramaturgia de la Universidad de Belgrado, un proyecto llamado Andrić, los sonidos y... Era muy contemporáneo, lleno de talento y receptividad y los alumnos sabían decir los textos y exploraban los sonidos como artistas. Al salir les hablé de la magia de ese bosque, me dijeron que lo que había visto allí sola era seguramente un ciervo, y al mencionar a la lechuza que ululaba, la directora me habló de un árbol colonizado por los búhos, que le había impresionado al verlo. Dijo que en Serbia se consideraba un signo de muerte, pero que se los respetaba por ser cazadores de ratones, y hablamos de Atenea y la lechuza y la sabiduría.
No puedo olvidarme de ese bosque, de la sensación tan emocionante de estar sola con los árboles y los animales ocultos, del privilegio de poder entrar -ya que a veces es vertical e impenetrable-, de poder llegar cada vez un poco más lejos hacia el monasterio de Tronoša, ese camino que el lingüista, el Pompeu Fabra serbio, había hecho todos los días para ir al colegio. Ni tampoco de la sensación del pasado que habita en el presente, de las heridas invisibles de la guerra, de las atrocidades cometidas al otro lado del río, de lo que queda de aquello.
Un día antes se celebró una conferencia de prensa en el ayuntamiento de Loznica para presentarme como invitada -primera escritora internacional en residencia en la Casa de escritores del Centro Vuk Karadžić de Tršić- y decidí explicar cuál era mi conexión con Serbia y hablé de la guerra y de mi libro. Podía parecer arriesgado pero fue interesante y los periodistas me hicieron preguntas incisivas. Creo que a todos nos gustó poder hablar del tema desde un punto de vista otro, sin esquematismos ni prejuicios, pero sin escamotear responsabilidades. Luego salió en algunas tvs y periódicos y las Embajadas china y rusa propusieron al Ministerio de Cultura serbio que invitasen a sus escritores. Ojalá mi libro balcánico pueda traducirse y publicarse allí y en otros países. No puedo poner los links importantes porque tendría que buscarlos en cirílico...
Volví agotada y me di cuenta de que Rufus, con su abrazo poderoso y persistente, es el trozo de Naturaleza que tengo aquí, la sustitución de ese bosque filosófico, de ese bosque metafísico, esotérico, misterioso y tal vez loco, como sugería un psicoanalista en facebook. A mí me daba miedo venir aquí y sentir otro dolor. Alguien en facebook me llamó valiente por irme a los Balcanes y yo pensaba, ¿valiente? aterrada de venir aquí y enfrentarme a lo que tenía que enfrentarme.
Acabé los cuentos de Hemon, me puse a leer las Penas precoces de Danilo Kiš, que me hicieron pensar en Isaak Babel, no por el estilo sino por cierta atmósfera de fondo, salvando las distancias, de los judíos, los progromos, la violencia mezclada al humor y la melancolía ("Oí un alboroto bajo la ventana y pensé que venían a matar a mi padre", empieza uno de los cuentos. "Y entonces un violín sembró la duda y me libró del miedo"). Y en ese chico absorto, embriagado por el olor del heno, abrumado del espectáculo y el poder sensual de la naturaleza, con su hipersensibilidad de escritor, decidido a huir y lanzarse al mundo por vergüenza cuando le descubren besando a una niña en la paja o por miedo y culpa cuando pierde a una hermosa vaca embarazada, y todo en medio de la amenaza y lo brutal. Pensaba en Una tumba para Boris Davídovich, en su condición implacable, en esa crítica despiadada y en el peso tremendo que tiene para desbaratar cualquier creencia en el pasado estalinista, un peso tan inmenso como su riqueza de matices, su ambivalencia para explicar la complejidad, su calidad literaria. ¿Y cómo no iba a ser despiadado alguien que a los 7 años presenció la matanza de judíos y serbios en Novi Sad?
Me consuelan las conversaciones con G. y algunos pensamientos. G. sueña con proyectos posteriores, aunque le cuesta ponerse las pilas para su septiembre. Y a la vez me ofrece su comprensión. Pero al anochecer me puse literalmente mala, con un lumbago que no me ha abandonado. Luego me he cortado de una forma algo salvaje y la sangre no quería cesar de salir. Hace mucho calor. Es una suerte estar viva, aunque todo sea difícil, a veces detecto que podría darse la vuelta como un calcetín, sólo se trata de resolver el jeroglífico y de agradecer esas cosas supuestamente nimias y en realidad vitales, que muestran su importancia al enfrentarse a lo otro... Cuando iba a copiarlas, borré sin querer todas mis fotos de Sunčana Reka y de Banja Koviljaca. Algunos fotógrafos en facebook me han dado consejos de programas que descargar para recuperarlas, pero yo no logro nada; me han aparecido otras mucho más viejas, pero no las que me interesaban.Cómo añoro la noche fresquísima del bosque... Aún me pregunto por qué no quisieron llevarnos al Drina cuando hacía sol.
Me pregunto si podré volver a dormir por las noches. Lo que está ocurriendo me ha convertido en insomne y si no me duele una cosa me duele otra, porque el dolor no puede concentrarse en sí mismo y se traspone, para hacerse tal vez más soportable, estúpidamente desviado a pequeños males insidiosos, sin importancia, síntomas de lo que sí importa.
Al llegar me he encontrado los ejemplares de las Crónicas de Nueva York de Maeve Brennan, traducidas y prologadas por mí y publicadas por Alfabia. Por ese libro estuve persiguiendo editores, hasta que logré despertar el entusiasmo de los alfabios. Antes incluí a Maeve B. en mis escritoras de Sinrazones del olvido. ¿Quién dijo que aquí siempre corría el aire? A media noche no había ni una gota. Este calor tiene algo infernal, esa sensación sudorosa, sucia y ardiente que sólo se cura bajo la ducha y en el aire helado del helio. Y pese a todo, hoy, andando por Major de Gràcia, en pleno bullicio acalorado e irritante, yo me sentía otra vez feliz de seguir viviendo, de poder andar y escribir, a pesar de mi lumbago y del bloqueo, y de que ese bloqueo se debe precisamente al núcleo doloroso de algún personaje de mi novela, o de tener que estar cerca de la oscuridad aquella, comprobar esa extraña costumbre, tan opuesta a mi naturaleza y que tanto me enferma, de no decir, no reconocer, enterrarlo todo y poner encima un parche tras otro, sin abrir, limpiar, airear y separar con pinzas como mandaría Freud.