domingo, 13 de diciembre de 2009

Elena Vilallonga, a propósito de Algunos hombres... y otras mujeres

Foto: Joan Comas. Yo leyendo "Estrenos" en La Central con mis ilustres presentadores, 11 diciembre 2009
Me cuesta sentarme en el podio de los fieles escribientes de este mundo, pero mi amiga Isabel, que es creyente, aunque no lo parezca, me pidió a última ahora una pincelada sobre sus cuentos – que leí, muy calentitos, por cierto- recién salidos del horno, y que me acompañan de noche, ahora que empieza el frío. En su momento le hice algunos comentarios de lectora. Ahora voy a recordar algunos de ellos. En lo que a mí respecta, escribo poemas y hago películas, y de oficio, traduzco lo que me echen. Si imagino a Isabel de niña, la veo sentada en su mesita de taxidermista, desollando un ave rapaz y metiendo su propia estopa dentro de la carcasa vacía del animal. Como resultado, al cabo de los años, aparece una narradora con piel propia dispuesta a descuartizar cualquier animalillo que se le cruce por el camino. Y lo hace con una pluma elaborada y accesible a la vez, brindándonos una mirada de lince, única e intransferible. Como he dicho, Isabel es creyente, pues para escribir hay que creer, condición sine qua non para llevar adelante este oficio. Ella cree profundamente en que detrás de toda esta maleza hay siempre un tesoro por descubrir, y su instinto y el machete la acompañan.
En su primer libro, Crucigrama, combina el material autobiográfico con la ficción. Como ella misma lo define, lo suyo es la autoficción, término francés muy logrado. Y sí, esa narradora y ese yo que se solapan mientras cuentan parecen estar jugando al escondite: uno busca y la otra encuentra, e intercambiando papeles van creando un paisaje basado en las experiencias vividas que se transforman en itinerarios listos para recorrer. El de Crucigrama es un paisaje grisáceo, grisáceo por la tristeza que se esconde detrás de aquellas escenas urbanas agridulces, y por la tremenda introspección que a veces no deja a uno ver más de lo que ilumina su luz de minero (como si fuera poco). Esa lucecita que nunca la abandona es la misma ironía, la que siempre la saca del pozo y logra dar una vuelta de tuerca a sus historias. Creo que todos los cuentos nos dejan impregnados de una sensación tragicómica parecida, tanto los de Crucigrama como los de esta nueva publicación. En Algunos hombres… y otras mujeres, cuentos coloridos y siempre irónicos, aparece esa narradora esta vez subida al andamio, totalmente desnuda, mirando desde lo alto. Su capacidad descriptiva brilla en cada párrafo, con eso digo que describe al tiempo que hace transcurrir la acción. Y eso seguramente lo logra porque le resulta fácil. Creo que su juego continúa, y sigue siendo un juego sin tapujos ni balbuceos, a ratos perverso y desvergonzado, como la vida misma. La voz de la narradora, veo aquí sólo una, se dedica a construir a medida que encuentra el apoyo suficiente para poder abordar el tramo siguiente. El casco lo lleva siempre puesto, pues seguro que le ha caído algún que otro pedrusco por el camino. Y apuntalando y apuntalando edifica, con mucha contención y aplomo. En ocasiones la imagino a cámara rápida, echando humo por la cabeza, pues no hay tiempo para cigarrillos. Tampoco para concesiones, y artificios narrativos, los menos; tal vez cierra alguna de las historias remitiéndose a los inicios, o volviendo al presente más reciente para ganar perspectiva, creando una simetría que ayuda al lector (y a los mismos personajes) a recordar quiénes eran al principio de la historia. Pues en pocos párrafos los protagonistas ya se han convertido en otros. Las páginas avanzan vertiginosamente por carreteras sinuosas, y lo hacen solas, sin ayuda, como los vagones de un ferrocarril sobre sus vías, como en el cuento de Ida y vuelta, todo narrado en presente histórico. De hecho, la narradora, en muchos de sus relatos se monta a menudo en trenes, autobuses, coches, va y viene del pasado más remoto al presente más acuciante y se abandona a manos de los caprichos del destino. Pero queda claro que se conoce de memoria todas las estaciones y aledaños, ya que algo tan delicado y difícil de manejar como el pasado y el presente, alternadamente, para ella es casi un deleite.
La ironía, en Souvenir, toma dimensiones elefantiásicas. Yo veo a la narradora como a Caperucita Roja, paseando por el bosque, seduciendo al lobo, y con un cesto lleno de manzanas trágicas. Su enorme distancia al narrar, siempre desde la experiencia, es digna del cazador: cuanto más lejano y tentador el objetivo, más interesante el reto de hacer diana. Y lo consigue. Pero lo consigue porque el oficio de vivir tampoco lo regalan. La autora se aplica y vive para contar, y ésa es otra de sus bazas. Puede llegar a contarlo, casi como de milagro. Ella habla de viajes astrales, y yo, diría, también ancestrales, más propios del buscador de perlas negras. Souvenir es un cuento casi negro. Acertadas también esas figurillas articuladas de la portada (ahora en un museo de París!). Son perfectas para sus personajes “adultos”. “Ahora abro las piernas, ahora te beso, ahora vomito”, todo ello manejado con la destreza del titiritero. Imagino que para saber hacerlo, uno debe de haber ensayado con sus propios hilos, o nervios, y saber de buena fuente cuántos pasos pueden darse y hasta dónde. Creo que a la narradora, al basarse en su experiencia, no le queda otro remedio que meter todos los ingredientes en la trituradora para después con la masa moldear miembro por miembro cada personaje hasta darle vida. La maleabilidad que consigue con cada uno de ellos es envidiable. Siempre se sale de los entuertos con su pluma tal y cómo se sale de ellos en la vida: en presente continuo, y en movimiento perpetuo. Toda posibilidad de que algo suceda o no suceda, todas las relaciones contingentes de aquel pasado ya no son posibilidad sino probabilidad, de hecho se han vuelto reales, se han materializado. Conseguir eso es un arte. Vaya manera de escurrir la bayeta... hasta la última gota. En Caballos, la narradora se lanza al galope unida al caballo en un solo tejido, lo mismo que la autora practica con su escritura: se acopla a una respiración y sigue el rastro con su olfato hasta el final del trayecto. Cuando va a cerrar el cuento y parece que todo se detiene, el pelo de la amazona sigue agitándose al viento, por la inercia de toda esa fuerza anterior acumulada. Es como ver la cola de la lagartija meneándose después de cercenarla. Resulta que al final de Caballos, un caballo rescatado de un picadero abandonado y agreste es más que un caballo, es el responsable de que todo lo que le rodea vibre y sea importante, hasta la última palabra del cuento. En dos de los cuentos, el yo solapado de Crucigrama aparece de nuevo, como en La noche que murió Franco y El día que mataron a Puig Antich. Ambos me han hecho reparar en sus títulos: al leer Murió y mataron, se me antoja que podían haber aparecido en el orden inverso, respectivamente: mataron y murió, pero no fue así. También tengo la sensación de que la autora ha aprovechado «restos de tinta» para combinar su ficción con material de archivo, o una serie de instantáneas correlativas que congelan momentos históricos en blanco y negro de esa dilatada transición tan sabrosona para las mujeres poscomunistas en primera línea de guerra - yo, las veo así, como mis hermanas mayores- En todos los cuentos abundan unas imágenes del todo evocadoras. Sobre todo por cuándo aparecen, siempre por sorpresa y nunca redundantes. Lechuzas muertas, ratas ahogadas, cielos azules angustiosos, ese mar de metal melancólico que aprieta las sienes, y la única imagen realmente relajante, por eso de la reflexoterapia, la de las piedrecitas de la orilla. Es una escritura táctil, todo puede evocarse cerrando los ojos, casi tocarse, y por ello desprende erotismo. Es también onírica, pues los recuerdos y los sueños se funden en una sola nube de colores y se retroalimentan alcanzando a veces una densidad que culmina en una tormenta de situaciones. Hay una cantidad de registros aquí dentro digna de mención. Las escenas de sexo medio apresuradas en los sofás o lavabos urbanos son de una ortopedia intencionada, ácidas, secas. La ternura del cuento Yo tenía 18 años me ha conmovido. Por no hablar del lirismo de La lechuza. El ritmo que palpita en todos ellos es poco común. Esta autora es aguda y profunda a la vez, a veces me recuerda a Flannery O’Connor, por su interés por el mal, por las brujas, y por sus llamadas a gritos a la belleza para no caer en la desesperanza total. Y lo que más la caracteriza es su deseo, que crece con las páginas. Presiento que la autora se acerca peligrosamente a todo aquello que le produce alergia, o se ve atraída por todo ello de una manera casi incontenible, como el conejo que se queda paralizado ante los faros del coche en una carretera nocturna. Y así, en un duelo a pulso, la autora ha encontrado el antídoto, la vacuna, que le permite retirarse detrás de la cortina y poner a sus personajes en primer plano representando lo que a ella le venga en gana. Qué suerte y cuánto coraje. ¡Donnons lui la force et le courage de contempler son coeur et son corps sans dégoût! ¡Felicidades Isabel! Elena Vilallonga

7 comentarios:

Jose Hernández dijo...

Gracias por colgar la intervención de Elena Vilallonga, llegué tarde y me la perdí...El reflejo de mi cara en el espejo, escuchándote leer, dice mucho del placer que sentí al captar los matices y esa ironía melancólica que creí percibir y que hasta que no lea el libro (lo haré muy pronto) no sabré hasta que punto la traía yo ya conmigo esa tarde.

Belnu dijo...

Gracias, José! Sí, yo te miraba al leer, no sabes lo importantes que son esas miradas de gente que sonríe y entiende o transmite algo, yo miraba a unos pocos en los que, con mi miopía, podía detectar esa conexión. Y entiendo eso que dices de los sentimientos que no sabemos si son nuestros y proyectados o de los otros, yo diría que ah¡quí estaba por las dos partes!

Anónimo dijo...

Genial! Me hace mucha ilusión que lo valores para ser colgado y ahorcado. Me gustan las palabras de Clapés, muy justas: final de una utopía...es exactamente eso pero sin llegar a la distopia, me viene ahora en mente Angela Carter ¿tienes sus cuentos? lo has leído?
Me ha gustado tu escrito en el blog, del cual te has apropiado en pocas líneas.... qué difícil es hablar de la obra de uno, es como dilucidar un misterio
Qué pequeños los playmobils en la foto... qué bien recuerdo tot plegat.... repite pronto, por favor
seguimos
elena

el objeto a dijo...

me encanta esa imagen que usa Elena al final del conejo cegado por los faros de un coche en carretera nocturna, su lectura estaba llena de imágenes cinematográficas y precisión poética, y esa cita del final tan valiente y justa

también estoy de acuerdo en esa falta de concesiones en estos relatos y en tu valentía

Anónimo dijo...

Pasa una cosa no extraña, pero que da que pensar, los playsmobils se parecen a los hombres de las obras, los que asfaltan, los del casco, chaleco, etc., estaba previsto, supongo.

Belnu dijo...

Ah, me alegra que te guste, sí, esas imágenes que ella hiló y sus metáforas: a mí me encanta esa Caperucita con un cesto de manzanas trágicas, esa mezcla suya de poeta y cienasta está en el texto... Ella dice que en mi libro hay un bestiario y yo nunca me habría fijado!
Gracias por lo que dices, nuevamente!

Belnu dijo...

Anónimo: Yo no hice la portada, ni intervine, ni supe cómo sería hasta que me la mandaron, aunque reconozco que me ´sorprendió y me gustó! Yo la vi como una máscara protectora, llena de unaironía festiva que encajaba con los cuentos... Pero no pensé en esa visión tan dura