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viernes, 23 de octubre de 2009

Over the rainbow

Foto: I.N., Desde la terraza, 2009
Ayer, justo antes de irme hacia Laie vi un arcoiris entero, que mi humilde cámara no pudo captar sino a trozos, y en algunas fotos es tan patética la acumulación de grúas y la construcción sobre el Putxet que no quiero ponerlas aquí para no entristecerme, pero fue un espectáculo digno de verse, y cuando le enseñé las fotos a Dolors Udina me dijo algo que yo ya había dicho aquí a propósito de la luz de Cadaqués: al menos esto no pueden cortarlo para construir. Sí, nos queda el cielo diurno porque la belleza del cielo nocturno ha desaparecido con la contaminación lumínica de las ciudades, y en Barcelona lleva camino de empeorar, ahora que la horrible empresa proeixample, contratada por el ayuntamiento de Hereuville, empieza a sustituir las bonitas farolas decimonónicas por unas de autopista (vayan si no a la Gran Via de Muntaner hacia Villarroell y verán el horror que están haciendo sin que nadie proteste, salvo cartas en los periódicos; y yo miro el paisaje nocturno de la plaça Joaquim Folguera, con sus farolas y almeces y me conjuro a resistir contra esos mamelucos).
El arco iris fue un buen presagio para la presentación del libro de Antoni Clapés, donde sobre todo lo que dijo Ramón Andrés, lo bien que situó la escucha de Toni Clapés, su posición en el mundo, de chejoviano no-saber, y esa descripción suya entre analítica, poética y filosófica me encantó, sobre todo ahora, mientras me pregunto quién podría presentar mis cuentos... Pensé que era una suerte alguien que leyera con tal atención y supiera decir(le) así... Aunque fuese secuestrándole entre dos viajes bálticos.
Antes de irme, alguien me habló de un viaje a Crimea que me hizo soñar. Iba yo releyendo unos cuentos de Chéjov, maravillada igual que la primera vez que los leí, aquella vida triste y gris de un joven tímido y algo encorvado al que besan por error en la oscuridad de una biblioteca y cómo brilla momentáneamente su vida para luego caer de nuevo en su monotonía desesperada, o Agafia, casada con el guardagujas y amante del perezoso y guapo Savka, y hoy me ha tocado Turguénev, sus Memorias de un cazador (por culpa de Maeve Brennan y William Maxwell). Venía pensando en esa atmósfera de isbas y mújiks y batíuskas que me transporta. Dice Turguénev: "era un cazador empedernido y por tanto, excelente persona" (qué extraña idea, hoy imposible), pero también: "Aquel bosque contaba con doscientos o trescientos robles enormes, y gigantescos fresnos. Sus cimbreantes y vigorosos troncos negreaban majestuosamente en el verdor dorado y transparente de los avellanos y serbales, elevándose más y más hacia el azul del cielo, desplegando en forma de bóveda sus anchas y nudosas ramas. Azores, esmerezones, cernícalos volaban silbando bajo las inmóviles copas de los árboles, abigarrados picapinos golpeaban con fuerza las rugosas cortezas; junto al trino de la oropéndola, el sonoro canto del mirlo se escuchaba en la densa espesura; abajo, en los matorrales resonaban petirrojos, pardillos y currucas, los pinzones correteaban raudos por los senderos, la liebre blanca corría por las veredas, zigzagueando cautelosamente; la ágil ardilla saltaba de un árbol a otro, para sentarse de pronto elevando la cola sobre su cabeza. En la hierba, junto a inmensos hormigueros, a la sombra de las hojas recortadas de los helechos, florecían violetas y muguetes, crecía toda clase de hongos: rúsulas, amanitas, agáricos, setas de roble, falsas oronjas; en los claros, entre amplias matas rojeaban las fresas... ¡Y qué sombra había en el bosque! Cuando mayor era el bochorno, en pleno mediodía, parecía ser de noche: qué silencio, qué perfume, qué frescura."
Y como estaba yo aún añorando el luminoso Viva voz de vida de Marina Tsvietáieva, de quien me envían hoy una cita optimista ("Yo no creo en milagros. Mas qué dicha es darse cuenta: ¡el milagro - existe!"), me repongo con estos otros rusos favoritos (me dice Valeria Bergalli que en 2010 saldrá el tercer tomo de los espléndidos Relatos de Kólyma de Shalámov, que cambiaron mi forma de entender los cuentos, y que Ricardo San Vicente ya está traduciendo el cuarto...).
G. ha pasado un momento y me ha contado su odisea ayer en la moto renqueante bajo una lluvia furiosa (como aquella de Somerset Maugham que ya cité: "Outside, the pitiless rain fell, fell steadily, with a fierce malignity that was all too human."), una lluvia en tres direcciones, que atravesó su chubasquero, mochila, tejanos y convirtió agenda y apuntes en pergaminos ondulantes y enloqueció su teléfono. Luego me ha enseñado un vídeo de surf que borraré de mi memoria, para no sufrir, mientras él se dirigía a alguna playa con su personaje de neopreno.
Y ahora me queda decidir si cumplo mi promesa y voy a la fiesta lejana en Palo Alto o me quedo leyendo y podando textos en el sofá...
Al final sí fui a ese gran jardín nocturno, incluso entré con T. en un cine para dos, que era un coche decorado con cortinillas. Vi a algunos conocidos de siempre y a la vuelta nos perdimos por zonas de la ciudad antigua que no reconocíamos, y fue un paseo que recordaba a mis postales viejas de Barcelona, antes de que se convirtiera en hereuville... Y al llegar a casa, ¡qué bonito estaba el azufaifo! Reinaba con su majestuosa humildad en su jardín, tal vez aprovechando los últimos días antes de desnudarse para resistir el invierno.