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domingo, 9 de octubre de 2011

Vibraciones

Foto: I.N., Una gaviota al atardecer, 2011
Escribir significa también que algunos no nos entiendan, que otros nos detesten incluso sin conocernos, y que los locos y resentidos nos confundan con sus proyecciones y vengan a insultarnos (en ese terreno yo he tenido ya mi largo entrenamiento y ahora esos anónimos furiosos me dan risa, aunque recuerdo que en Inglaterra esa figura del troll está tipificada como delictiva y se les multa de inmediato; vivimos en un país algo zafio donde muchos abusos son acogidos con simpatía).
No me malentiendan también ustedes, lectores silenciosos. Yo soy extrañamente feliz, sigo siéndolo a pesar de la melancolía y de los duelos, que llevo atados como aquellas ristras de latas que los niños primitivos ataban a los pobres gatos, o una vieja costumbre a los coches de los novios. Lo soy aunque se haya muerto M. en febrero y haya dejado detrás un rastro de desolación de su vida equivocada, aunque yo misma me haya visto en peligro y me cueste aún desafiarlo, aunque mi situación económica haya empeorado, aunque A. haya sido condenada por un diagnóstico mucho más implacable, aunque todo lo que está ocurriendo en este mismo año me haya sacudido en todos los sentidos, aunque el dolor de lo que ocurre a veces se transforme en algo físico. A mí, el simple hecho físico de andar por la calle me produce una extraña y alegre fruición. Me siento agradecida de estar viva. Pienso en lo que escribiré. Siguen mis encuentros inesperados, capaces de llenarlo repentinamente todo de luz, como se ilumina el cielo de noche con algunos relámpagos. Pese a mis dificultades materiales, me considero privilegiada, porque sigo eligiendo (al menos para desechar lo que no quiero hacer), porque encuentro un placer ritual, automático, de alivio (lo expliqué en Los meandros de la traducción, pueden leerlo aquí) en descifrar esos jeroglíficos de la traducción, porque la escritura me ha poseído de tal manera que ya vivo casi sólo para escribir, o vivo dentro de la escritura. Sé que soy privilegiada porque mi casa me gusta, aunque no me guste el edificio ni en lo que se ha convertido el barrio, y mientras resista y no pueda aspirar a algo más histórico y a un barrio con más árboles y menos contaminación y menos ruido, aquí me quedaré refugiada. Sé que soy privilegiada porque algunos amigos amigos han perdido su casa, y otros, que están mejor, me han ofrecido ayuda en algún momento y sé que si las cosas fueran a peor, no me abandonarían, aunque yo, con mi mentalidad yakuza, tendría que cortarme un dedo meñique para soportar esa deuda. Soy feliz porque he querido ser libre y lo he sido bastante, he podido elegir con quién quería estar y no tengo que aguantar a nadie que me pise a diario, aunque sí, como a todos, me está cayendo un chaparrón, me siguen bajando más y más las tarifas y los ingresos y cada vez me ofrecen más trabajos directamente esclavos. Pero yo elegí la libertad frente a la seguridad y eso es lo que tengo. Que nadie se engañe. Si me quejo es porque me parece tremendamente vergonzoso e injusto que en este país se pague tan mal la traducción y en general todo lo cultural, que algunos se gasten tanto dinero en marketing y no quieran pagar a quien traduce o escribe, que no haya control de las ventas de los libros como en el resto de Europa, y que domine tanto la falta de criterio y la libertad de pensamiento.
También me quejo de los arboricidios y la destrucción del paisaje, de que con el pretexto de la crisis todos recorten por abajo y no por arriba, que arriesguen a la gente a morir en las listas de espera y asfixien a médicos y enfermeras mientras mantienen intactos los sueldos de los gerentes de los hospitales, y no tocan los impuestos de las grandes fortunas, ni las dietas y prebendas de los políticos ni muchos otros gastos que sí nos salvarían de la crisis. Que se haya dejado la educación pública y la Universidad sin recursos, que se haya vendido todo a unos mercados salvajes. Que día a día se desaten cada vez más y se destapen las maneras fascistoides, que manden a la policía como a perros entrenados contra la gente legítimamente indignada. Y me alegra que en todas partes empiece a movilizarse la gente y creo que esa indignación y esas ocupaciones del espacio público son la única garantía que tenemos de que no acabarán con nosotros, la esperanza que nos queda está ahí, en eso que alguien ha llamado "tam tam internacional", ahora para el próximo 15 de octubre y luego en las siguientes convocatorias.
Ayer fui a ver la extraña película de Isaki Lacuesta, Los pasos dobles y la verdad es que me gustó mucho verla. Al principio pensé que sería demasiado violento, una especie de western africano algo loco, que no me gustaría. Pero enseguida me arrastró, sobre todo, la voz que lo contaba en ese francés con acento africano que tanto me subyuga, la poética de los baobabs y el humor surrealista y las imágenes y la atmósfera general (tal vez demasiado exclusivamente masculina para mi gusto) de storytelling que resucita el espíritu de Isak Dinesen, la historia del pintor francés, las peregrinaciones y más que todo esa adivinanza, ese acertijo que le da el contrapunto final. Genial. Y no entiendo que la estén eliminando de la programación de las salas, ahora que IL acaba de recibr premios y reconocimiento.
Last minute news. Rufus estaba haciendo ruidos extraños en la terracita Sur y hemos descubierto que tenía acorralada a una pobre paloma en baja forma. He conseguido coger a la paloma con un paño y llevarla a la terracita norte, donde estará a salvo de gatos cazadores. Rufus aún se relame pensando en el festín perdido. Yo me sentía casi como J.E. salvando serpientes de campo de sus gatos silvestres. Rufus ha vuelto a la terraza, como dice G., a rematar un asunto pendiente. No puede creer que la paloma ya no esté ahí para él. Y es que todo gato lleva un tigre dentro... (Al día siguiente: La paloma se ha recobrado de su malestar y su fatiga, refugiada en la otra terraza, con su arroz y su agua, y esta mañana al verme ha salido volando ya con fuerzas...)

domingo, 6 de febrero de 2011

Los bosques de John Muir

Foto: I.N, Los bosques de John Muir, 2011
Le debo a Frikosal el descubrimiento de ese gran bosque de las sequoias más altas del mundo. En realidad, fue Inés fue la primera que intentó persuadirme de que fuese a ver los redwoods, esos impresionantes bosques rojos (Tú no puedes irte sin verlos, me dijo), pero yo no la entendí y me confundí con otros, que quedaban demasiado lejos. Friks les puso nombre y link y entonces comprendí que los bosques de John Muir estaban mágicamente a mi alcance (Muir, como el fantasma y la señora Muir, o como el apellido familiar de una novela que presenté hace poco). La visita y el paseo de tres o cuatro horas por esos caminos señalados me pareció una de esas experiencias importantes de la vida. Cuando llegué, al ver las sequoias milenarias y las plantas prehistóricas que han visto pasar la historia de la Tierra, tocaba los troncos y me salían lágrimas. Hay que decir que mi perenne insomnio de los últimos tiempos, entre el jet lag y el duelo y antes los turnos de hospital, además del peso de una tristeza con la que he reconectado insospechadamente estos días me han transportado a un estado de cierta vulnerabilidad, por decirlo así.
El lugar es de una belleza sobrecogedora. Los árboles son altísimos y muy rectos apuntando al cielo. Sólo sequoias y una conífera también altísima, una especie de abeto de esta zona. La quietud, el rumor del agua, el viento sobre las hojas, los juegos de luz y sombra que lanzan destellos como sonrisas arbóreas, la idea de la pareja de apasionados que adquirieron esas tierras y que con el conservacionista John Muir lograron arrebatárselo a los madereros y que Roosevelt lo declarase monumento nacional, todo eso junto con el respeto que muestran los visitantes, que recorren los distintos senderos sin dejar nunca ningún rastro de su paso me produjeron un efecto restaurador y salí de allí renovada y otra. Mi admiración por un país capaz de conservar su naturaleza mientras el mío la destruye con saña, entre los políticos del cemento y los vándalos que tiran basuras por todas partes...
Intenté captar algo de esa belleza en cientos de fotos, pero mi pobre cámara no podía dar idea de la altura impresionante de esos árboles, que conviven con gigantescos y hermosos troncos caídos o agujereados y con plantas prehistóricas que cohabitaron la Tierra con los dinosaurios. En otro tiempo, esos bosques cubrían la costa oeste de este país y son una reminiscencia de la belleza de un mundo perdido. Con todo, aquí hay árboles gigantes en todas las carreteras y también en las ciudades. Pero adentrarse en el bosque Muir es una experiencia casi religiosa, sagrada, mística, qué sé yo, de celebración de la naturaleza y la belleza. Y la visión de todo eso fue lo que me conmocionó.
A la vuelta, en uno de esos salientes de la carretera perfectos para admirar el panorama apareció, como un alegre asalto, un enigmático grupo lleno de preguntas, capitaneado por un hombre alto, rubio, sereno pero casi impertinente en su ansia de interrogar. Había algo realmente extraño en ellos, pero no sé si nunca hubiera llegado sin ayuda a la única conclusión posible, es decir, que se trataba de un grupo de extraterrestres. Cuando lo oí comprendí que no podía ser de otra manera.
Hoy, de vuelta en la ciudad de las colinas, he visitado un precioso jardín botánico con árboles también gigantes y maravillosos, que recorren rápidamente las ardillas, y he tomado un té en el Japanese Tea Garden, un bonito jardín de bonsais, servido por una mujer con kimono. Luego he comido en un restaurante hindú en un lugar insospechado y después he atravesado sin saberlo un barrio oscuro, porque aquí las calles son larguísimas y si colina arriba huelen a dinero antiguo, como dice la guía, a medida que vas bajando, se baja también socialmente. De modo que, de pronto, me he encontrado sola como en mi sueño, entre una población bastante marginal, de prostitutas tullidas, de gente tirada en las aceras, algunos encapuchados con aire de latin kings, gigantes negros echados o sentados en las aceras, una pareja de viejas lesbianas con mirada de furia psicótica, fumadores de maría, homeless, grupos de aspecto salvaje congregándose a las puertas de una especie de madrasa musulmana, una mujer obesa con zapatos de tacón blanco echada en el suelo canturreando, etcétera. He intentado cambiar de calle y la travesía era aún peor. Al fin he acabado de atravesar esa franja de barrio con nombre carnívoro y aliviada, he iniciado el duro ascenso de la pendiente hasta arriba de la colina, adonde llego sin aliento.
Sigo en una extraña forma, pero la belleza siempre cura o salva en cierta manera. Me acompañan o acosan algunos sueños terribles, pero yo prefiero tener incluso esos sueños que olvidarlos del todo. De noche leo una novela de Carson McCullers, Clock Without Hands, pero enseguida me quedo dormida. Es de un hombre enfermo al que acaban de diagnosticar una muerte próxima: yo no lo sabía cuando lo empecé, pero así son las cosas. También hay un chico que duda de su sexo, y su abuelo juez racista sureño y el insight fulminante de la autora. Para fumar tengo que bajar a la calle y los trayectos en los ascensores están llenos de cruces e incidencias. Ayer un hombre me preguntó qué leía. Anteayer yo esperaba al ascensor junto con un hombre joven en mangas de camisa y una mujer rígida y desdeñosa. El ascensor no venía y desesperado, el hombre pidió por las escaleras. "Son sólo escaleras de incendios", le dijo una camarera, pero tras un titubeo, le permitió bajar. Yo me uní y la mujer digna me miró por primera vez y dijo: "I'm coming too". Para ella debía de ser un momento límite. El hombre que iba en mangas de camisa, la mujer rígida y highnosed y yo acabamos bajando por un lugar sórdido y laberíntico que recordaba a las salas de máquinas de los barcos. Él iba delante, luego yo y en tercer lugar la mujer estirada. El hombre de las mangas de camisa se volvía a hacerme comentarios y nos reíamos, pero no me volví a mirar a la gran dama, en castigo a su desdén. Era todo muy extraño porque cada rellano cambiaba el lugar del tramo de escaleras siguientes. Pero al fin llegamos, el hombre en mangas de camisa salió del hotel corriendo y yo salí al sol de la colina y no volví a ver a la mujer estirada.
El otro día, en el desayuno, un anciano barbudo religioso peleaba con el aparato de tostadas, que se le encallaron y no caían. Decidió escoger otras rebanadas sin tostar y fue tocándolas todas con la mano. Yo decidí pedir ayuda a un encargado y optar por otra clase de pan y así descubrí uno de semillas más integral y realmente bueno, no hollado por la mano ni el pie del hombre. En la recepción hay una bandeja de manzanas rojas realmente deliciosas, que desaparecen los domingos, como el periódico.
Mis noches son frágiles y las altera el vuelo de una mariposa. Faltan pocos días para el retorno.

sábado, 30 de enero de 2010

Otra vez el viento

Foto: I.N. Árboles de invierno, 2010
Y la chimenea o tubo de ventilación que golpea otro conducto en el edificio de al lado y da a las noches una atmósfera de película de terror. Llamé a quien podía resolverlo, pero no quiso ayudarme y me recomendó que fuese a la guerra. Antes de denunciar, ¿no es mejor hablar, advertir al menos?, pregunté yo. Él no consideraba esa opción.
Ya lo dije al dorso de este espacio. En un momento de agitación y fallos de conexión y llamadas irritantes, ante las interrogaciones de mi amiga americana, traduje a mi inglés tentativo el párrafo de mi novela que me sé casi de memoria por lo que ha llegado a obsesionarme y que sin embargo me obligaría a un tono que no puedo mantener, y en el mismo instante en que empecé a encontrar palabras para decir precisamente eso y empecé a verlo todo, la playa y el aire salado y el camino umbrío en otra lengua fue como si la oscuridad del mundo desapareciese y sentí una felicidad sospechosa, y me preguntaba por qué me da tanto miedo lo que más poderosamente puede alegrarme.
Pero el miedo venció, aunque esos dos párrafos brillan ahora tras las negociaciones furiosas -yo peleo por cada palabra a cuchillo y mi amiga no se arredra, objeta y cuestiona mis metáforas y al fin encuentra algo que proponerme o simplemente acepta la fuerza de las cosas- también en inglés, y volví a la parálisis y a las tentativas de búsqueda de financiación.
Más tarde, cuando me dirigía Muntaner abajo a varios recados, surgió otro posible approach para esa difícil novela y anoté en una agenda algunas frases, de pie en la acera. Pensando en la infelicidad de la infancia me crucé con dos niñas. Una llevaba dos pastelillos en las manos y le daba bocaditos a la otra, que no tenía nada. Y esa niña que llevaba las manos libres y sólo recibía los donativos de su amiga parecía lanzar destellos con su sonrisa de felicidad, iluminando la calle con sus pasos energéticos e ilusionados. Me pregunté entonces si existiría una infancia feliz (aceptando una cohabitación de esa joie con las oscuridades del Edipo, los forcejeos imposibles, los celos, la novela familiar, la frustración de los aprendizajes, de la socialización, del compartir, de perder, una felicidad sarinagara...) y recordé algunas escenas alegres y llenas de la vitalidad de un G. pequeño, teatral y payaso, jugando sin fin. Al aterrizar en casa, apareció G. un momento y le pregunté: "¿Recuerdas tu infancia como algo feliz?" Desconfiado, me preguntó si lo decía porque ahora le veía sombrío, ¿o por qué, ahora de pronto, esa pregunta? Le dije la verdad, que pensaba en mi novela y me había preguntado si existía una infancia que pudiera recordarse como algo alegre en conjunto, y me volvían escenas de la suya pero quería saber cómo las recordaba él. Me dijo que sí, que para él había sido feliz, que precisamente, observando cómo jugaban unos pequeños en el que fuera su colegio, al pasar, había sentido deseos de volver a aquel entonces, a jugar. G. se fue, yo olvidé darle su Simon's cat (que compré el otro día en esa librería de Marià Cubí que tanto me gusta, Gàbia de paper, junto con un Zweig, cuando ya estaba cerrada) y me dirigí a una cena con ese escritor entusiasta, poeta y novelista, que ha novelado el 13 de la Rue del Percebe y ha convertido la Barceloneta tierna y vil de los sesenta en materia literaria de su Hotel Dorado. Al atravesar la estrella del metro de Catalunya vi una reunión de homeless. Eran una mujer y tres hombres que departían animadamente sentados en el suelo; ella llevaba mitones negros como los míos. En el restaurante, muy cerca de nuestra mesita había una viejita diminuta, digna damita sin techo pero impoluta (on se rétrécit en vieillir, se me ocurrió en francés) que se caía de sueño en su silla y a mí me preocupaba. ¿No tendrán una butaca mejor para ella?, le dije a mi amigo, y él se reía de mí y me decía que yo no acabaría indigente. Mi amigo habló generosamente de mi libertad y mis agallas y de que esta sociedad hace pagar esas cosas. Pero yo no he sido nunca D'Artagnan y mis opciones me parecen a veces producto del azar... o de mi ética del buen persianero. Es cierto que hay un cierto goce en lo libre, a pesar de todas las limitaciones. Y de pronto cambió la suerte de la viejita; antes de que pudiera decírselo al propietario, se había vaciado una mesa de cuatro y le habían hecho un sitio allí, en una butaca con brazos, y ahora podía derrumbarse con mucha más comodidad y holgura. Yo me sentí feliz, pero entonces fue mi amigo quien fue presa de un malaise, por una combinación demasiado cargada de acontecimientos en estos días suyos, una pérdida con sentido y un ritmo trepidante de las cosas. Así que tuvimos que concluir.
Yo volví andando hacia el metro, contenta de poder andar sobre la Tierra, pasé junto a un precioso magnolio que se yergue frente a la muralla (al menos a ti no podrán talarte para hacer un parking, le dije mentalmente), cerca del lugar donde Parcs i Jardins ha decidido ocultar los relieves romanos históricos plantando palmeritas (talan los árboles centenarios y cubren la historia con pretextos), contra la opinión del MUHBA, atravesé la catedral y al bajar, en la estrella subterránea de Catalunya ya no estaban los tres indigentes de antes, sino uno solo, en peores condiciones, echado en el suelo junto a un charco, con un brazo que se le movía convulso, la boca abierta y dos agentes de la Guardia Urbana en actitud de espera. Acabé pasando por la frescura solitaria del jardín del azufaifo.
Anteayer fui a una inauguración en la galería Bassas donde Enric Casasses leía unos poemas en prosa y algunos en verso para apoyar a una pintora, Pilar Estabanell. Yo iba sumida en pensamientos negros, tal vez por una tristeza estúpidamente hormonal, que veía como tristeza del mundo, sin perspectivas ni futuro para mí tampoco. Pregunté por la calle Betlem, pero en Gràcia ya nadie sabe las calles, no hay tiendas antiguas y todo el mundo es extranjero. Al fin llegué mágicamente y había unos grabados que me gustaron y aquello estaba lleno de viejos conocidos con los que bromeamos sobre la ley antitabaco y el apocalipsis y el hoyo de la crisis. El día antes, en Colectania, me había encontrado a mi amigo fotógrafo, que siempre se ríe imaginando lo peor: "Nos juntaremos todos, haremos comedores populares..."
Le dije a Casasses que había ido por una frase suya que aparecía en la invitación sobre pintar -o escribir- con miedo ("ho has fet amb por i sense por", decía), le dije que estaba aterrada y que no sabía cómo lograr escribir con miedo. "S'ha de provar tot", me contestó con una de sus sonrisas. Sus poemas me gustaron mucho. Algunos eran sólo apuntes -aforísticos, dijo mi vecino, y era verdad- irónico-poéticos de la contemporaneidad y del mundo y los personajes literarios y la pintura y la vieja naturaleza. "La voluntat és una eina molt bona, però no té mànec", dijo una vez (cito groseramente, de mala memoria). Le escuché de cerca, a pesar de las carcajadas de alguien detrás de mí, que pugnaba por devorar sus palabras como una cueva. Al acabar me dijo EC: "Ja ha passat la por", y hablamos de que media hora antes él también sufre ese miedo escénico. Y me contaron él y M, de ese lugar lleno de árboles gigantes, al otro lado de la frontera, donde ahora habita la tercera hermana, y yo sigo pensando en visitarla un día. Y como siempre, no le hice a EC la pregunta que desde hace un tiempo tengo pendiente, aplazada una y otra vez.
Gracias a Francis me di cuenta de que tal vez ahora pudiera enfrentarme a algunos poemas de Beckett sin sufrir, y me hice con ese librito precioso de Minuit.
je suis ce cours de sable qui glisse
entre le galet et la dune
la pluie d'été pleut sur ma vie
sur moi sur ma vie qui me fuit me poursuit
et finira le jour de son commencement
O también
que ferais-je sans ce monde sans visage sans questions...
O aún
rentrer
à la nuit
au logis
allumer
éteindre voir
la nuit voir
collé à la vitre
le visage
Y esa mirlitonnade, casi una oración, que citaba Francis y que me acosa, como decía Gil de Biedma que le acosaban los poemas ajenos, nunca los propios:
nuit qui fais tant
implorer l'aube
nuit de grâce
tombe
Yo volvía en el metro acabando Rimbaud le fils de Pierre Michon, y el final está lleno de todo su fulgor, a pesar de esa misoginia ciega que escribe como si las mujeres no escribieran, no leyeran, sólo existieran como objetos amorosos de los poetas, en esa venganza una y mil veces repetida contra sus madres, contra esa horrible madre de Rimbaud (pero me gusta lo que dice de esas Heavenly Powers): "Qu'est-ce qui relance sans fin la littérature? Qu'est-ce qui fait écrire les hommes? Les autres hommes, leur mère, les étoiles, ou les vieilles choses enormes, Dieu, la langue? Les puissances le savent. Les puissances de l'air sont ce peu de vent à travers les feuillages. La nuit tourne. La lune se lève, il n'y a personne contre cette meule. Rimbaud dans le grenier parmi des feuillets s'est tourné contre le mur et dort comme un plomb."
Y el viento se ha llevado la grisaille y ha traído un día radiante de sol, aunque el aullido sigue ahí (con la muerte de Salinger y sus enigmas y la estela que nos dejó y esos dos libros suyos que me cambiaron, y recordando que cuando G acabó de leer a los 10 años El guardián... me dijo: "Dame otro como éste", pero no existía), y sus golpes de hierro siniestros, que dibujan un paisaje imaginario de fábricas del Este, sin esperanza, como en una película helada de Bela Tárr. No sé si lograré reunir coraje, o esa voluntad sin mandos para nuevas probaturas novelísticas, y que no me venza el tramposo desaliento. No sé si saldré del hoyo o me reuniré con los indigentes de la estrella subterránea. Non possiamo saperlo.
Y me voy ya, con mis repentinas prisas.
Mañana domingo se repite en TV2 el programa Página 2 donde recomiendan fugazmente mi libro.

domingo, 20 de diciembre de 2009

A veces

Foto: I.N., Árboles de invierno en Bruselas, 2008
Tengo la sensación de enfrentarme al absurdo inútilmente sin encontrar la salida del laberinto. Se estropeó la caldera de mi casa. Llamé para que me la arreglaran, vino un técnico pero no sólo no la arregló, sino que empeoró, pero él siguió insistiendo en que la caldera funcionaba perfectamente. En otro mundo, pensé yo, porque en éste, la casa se hiela. Me he despertado constipada. Según ellos, todo funciona como debe. Ahora, para que los radiadores se calienten, hay que ponerla al máximo (eso sí, la compañía del gas saldrá ganando), pero en cuanto la bajo un poco de ese máximo, todo vuelve a helarse. No hay término medio y ellos niegan lo que les digo, no escuchan, insisten en que todo está bien y repiten que las temperaturas han bajado, como si yo no me hubiera dado cuenta.
Esta mañana he leído a Célan y he encontrado cierto alivio en su frío otro, en ese Wo Eis ist, ist Küble für zwei (Donde hay hielo, hay frescor para dos)... Ayer estuve leyendo otra cosa para mi ensayo, avanzando lentamente, pensando en lo que yo quería decir.
Sé que esta melancolía que se apoderado de mí esta mañana viene de mi libro, del duelo que implica una vez entregado, del arrancamiento que supone, y de todo eso que hago para escaparme, para eludir lo que ahora me espera, del miedo que me da ese foso de los leones, y también de la añoranza de mi mundo, que desaparece, de quienes me guiaron, y de los árboles, de todos esos árboles de los que habla V. y que aquí siguen arrancando. Sé también que un duelo en diciembre es más difícil para mí, diciembre va asociado a la muerte de mi padre y a todo lo que no pudo ser, a la cobardía y el silencio que se enseñorearon de todas las cosas, a la realidad de mi origen, que es opuesta a esa forzosa felicidad navideña.
Estuve andando y andando obstinadamente en el frío, en busca de mis pensamientos, buscando en las pequeñas luces nocturnas el hálito de algo vivo, las llamas de la fosforera de Andersen, como seguiré haciendo hoy, si encuentro la manera de resistir. Al llegar, la casa helada me recibe como el hielo de Célan, ¿pero qué puedo hacer? Nada funciona y no hay nadie a quien reclamar, todos parecen obedecer a otras razones. Si pese al frío lograse escribir, si reuniera ese valor, si encontrase una vía... Todo parece más posible mientras ando; ayer, la ciudad estaba vacía por el fútbol; seguramente los técnicos de la calefacción también estaban en sus casas, viendo el partido, que es lo único que importa en este país sin memoria. Un titular tendencioso parecía negar perversamente las matanzas franquistas sólo porque no habían encontrado la tumba de Lorca y de los que enterraron con él. "Nunca hubo enterramientos", decía absurdamente, como si el hecho de que no estuvieran allí significara que no hubieran ocurrido. Ese mismo absurdo de los técnicos de la caldera, de los políticos municipales que cortan todas las arboledas porque "no se pueden tocar los parkings" o para construir más. Ayer pasé por otra plaza (con nombre de músico) asolada con sus árboles para construir un inmenso aparcamiento. En ese paseo cometí varios errores. Es como si ahora sólo pudiera agravar la desolladura, llevarme al extremo. Leí de esos indigentes que huyen del refugio pese al frío. La ciudad parece llena de gente que pide.
Yo seguía andando y perserverando en mi vacío, contra el frío, con las botas de siete leguas, buscando la belleza que aún queda, con esa obstinación de la que habla Objeto a, o esa resistencia de la que habla El Pasaeltiempo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Me he refugiado

Foto: I.N., Mirador en Ciutat Vella, 2009
de las malas noticias y del dolor de mi brazo en los comentarios de los amigos, he pensado en esa frase de T.S. Eliot que siempre me vuelve, como un mantra, The only wisdom we can adquire / is the wisdom of humility: humility is endless, he pensado en la necesaria aceptación de un fracaso en mi escritura y en el extraño desafío de ese brazo que se rebela nuevamente cuando se acerca la hora de traducir para poder mantenerme de nuevo, y coincide con un disgusto por la pérdida de confianza en alguien a quien había querido considerar hospitalario, ¿pero qué sabemos del miedo de los otros? ¿Cómo esperar que no se dejen llevar por la marea general, por ese espíritu mezquino que está también en todas las guerras? Y al mismo tiempo, esa decepción también me recuerda que el camino seguirá siendo duro y difícil y vuelven mis fantasías de vivir debajo de un puente.
He pasado la mañana bajo un estruendo infernal, he ido al edificio de al lado (que no guarda la distancia necesaria con el nuestro) y los obreros, gente muy amable que soporta ese horror sin casco ni protección alguna, me han dicho que el fragor duraría seguramente sólo hasta el viernes (aunque el piso parecía una cueva con meses de obra por delante), yo he escrito tapándome los oídos.
He vuelto a María Zambrano Las palabras del retorno (ayer lo vi y no resistí, creo que alguien me lo recomendó hace poco), leo La realidad y el deseo, he colgado en la pared la foto del gato entre libros (y además de la poética de Català Roca veo al amigo que me la ha regalado y su alegre acogida de ayer y sus elogios a mi aspecto), he leído a una amiga -generalmente pragmática y no dada al wishful thinking- que andando por la calle vio muy claro que yo obtendría el reconocimiento que ella cree que merezco, he acariciado a Gilda, he recibido a G. y su espíritu joven y veraniego, he leído de otro amigo una frase sobre los falsos y verdaderos profetas, me he puesto mi vestido inglés falsamente chino y ahora está ya el horno encendido para el pescado de los amigos que vendrán a cenar.
Mi audiolibro Crucigrama ha llegado a La Central y pronto estará también en Xoroi. Es una forma de lenta resistencia contra el olvido.
Tengo la suerte de que mis amigos creen en mí más de lo que yo creo; están convencidos de que no se cumplirán los malos augurios de Jacques le fataliste y de que sí hay esperanza para mí y para mi escritura. Me mandan la frase de Juliana de Norwich: "And all shall be well, and all manners of things shall be well." Mañana veré a quien me ayuda con el dolor del brazo y pasado veré a quien durante años me ayudó a limpiar el espejo, a quitar las telarañas para ver detrás, para discernir lo invisible, para mover las rocas del inconsciente. No hay garantías de nada y es verdad que, para mí, éste es un año misterioso, de avances y retrocesos, de dolor y de fortuna, tantas contradicciones en una combinación inesperada. "No dejes de escribir, necesito tu escritura", me ha dicho alguien en otro idioma. Otro me escribe al dorso para decirme que se ha comprado mis dos últimos libros y que está deseando leerlos y que se los firme el lunes. He estado escribiendo, o mejor, reescribiendo un trozo de mi libro de paseos. La luz es magnífica y al salir voy mirando balcones y fachadas, soñando con veranos del pasado. V. me ha escrito desde Madrid, dice que el calor es "de Córdoba en agosto".

lunes, 4 de mayo de 2009

Hay algo melancólico en los lunes

Foto: I.N., Balcones y galerías de Vigo, 2009
Tengo un amigo funcionario que excluye los lunes, día lunar-lunático por definición, de sus citas porque, dice, siempre está de mal humor ese día (por cierto que mañana es su cumpleaños y si no le felicito no deja de recordármelo durante todo el año, aiuto!); tengo otro, del mundo del teatro que, por una cuestión de horarios, los lunes no come (una idea que encantó a otro amigo poeta), precisamente ha llamado hace un momento y podría haberle preguntado si sigue sin comer los lunes, ahora que su vida ha cambiado tanto.
Yo he empezado mi lunes con buen pie, firmando contratos y mandándolos. El más importante es el contrato con el editor de mis cuentos, que pronto se convertirán en libro, ese contrato merece toda una celebración; el segundo era de traducción, para el texto de Zygmunt Baumann que me ayuda a entender la crisis; el tercero era un contrato ya firmado hace tiempo con una cláusula que he consultado con el abogado y él ha definido esas prácticas maliciosas como el perro del hortelano. Yo siempre quise que la asociación de traductores imitara a los ingleses y publicase cada año en su revista el análisis de una editorial, interrogando a sus colaboradores. En aquel país, las condiciones de los traductores han mejorado mucho gracias a esa simple costumbre. Si se publicara cómo trabajan en realidad las editoriales y cómo tratan a sus colaboradores, si pagan o no derechos, cuáles son tarifas, si envían las liquidaciones, cuál es su forma de contar las páginas, los plazos, etc., muchas de esas declaraciones públicas de excelencia y cuidado quedarían en entredicho y más de uno se vería obligado a mejorar. Pero en este país, pocos están dispuestos a batallar...
El funcionario de correos se ha sorprendido al verme rellenar un impreso con pluma (no es muy práctico y para esos usos suelo llevar un rotulador, pero hoy no aparecía). Mi pluma tiene su historia y se le ve. Le he dicho que tenía que apuntar las ideas para que no se me escaparan y enseguida me ha preguntado si mi oficio era escribir. Creo que desde que les han cambiado a ese local más amplio, los mismos funcionarios antes irritantes y antipáticos ahora están serenos y plácidos. Cuando me iba me ha deseado mucha inspiración.
Al llegar, he rescatado mis rosas viejas, regalo de cumpleaños, que alguien iba a tirar. Me encantan las rosas marchitas, dice DB que soy más benevolente con ellas que con los humanos, la cuestión es que ese marchitarse suyo no me parece triste como el de los espejos, tal vez porque no va acompañado de ese peso creciente de la memoria o porque hoy he tenido una de esas mareas melancólicas sin saber por qué, y el Réquiem de Berlioz, que estoy escuchando, es una celebración de la tristeza y trae consigo su propia marea de recuerdos. Sigo pensando que hay que ser hospitalario con la tristeza y darle un lugar, y para eso sirve a veces la música... Aunque algunos la teman atrozmente y se escandalicen cuando hablo de ella. Ya sé que debería estar celebrando la publicación de mis cuentos, y lo haré, lo haré, cuando reciba la otra copia del contrato, cuando me haya quitado de encima estas telarañas melancólicas y estos pensamientos negros... Al acabar el Réquiem ha empezado a cantar un mirlo, especie de guiño celeste que me recuerda a mi infancia, como los saludos de los sauces.

viernes, 10 de abril de 2009

Per un pertugio tondo

Foto: I.N., La maraña de los almeces de la plaça, que el ayuntamiento pretende talar y acabar también con esta belleza invernal, marzo 2009
Siempre me gustó ese hueco rotundo de la salida del infierno de Dante:
"lo duca e io per quel cammino ascoso
intrammo a ritornar nel chiaro mondo;
e sanza cura aver d'alcun riposo
salimmo su, el primo e io secondo,
tanto ch'i' vidi delle cose belle
che porta 'l ciel, per un pertugio tondo;
e quindi uscimmo a riveder le stelle."
Leí de verdad la Comedia tarde, en 1981, en la edición bilingüe de Ángel Crespo, y confieso que leí y releí muchas veces el Inferno, me aprendí incluso de memoria algunos fragmentos, sin proponérmelo, a base de citarlos, leí el Purgatorio una sola vez y nunca acabé el Cielo. En uno de aquellos programas de libros franceses que tanto me gustaban, oí decir a Philipe Sollers que el Infierno se había vendido siempre diez o veinte veces más que los otros dos, tal vez porque los humanos sabemos mucho del infierno y no creemos demasiado en el cielo. O porque la felicidad no resulta muy literaria. Hace poco una mujer inteligente que no suele leer ficción me pedía que le recomendase una novela alegre y no oscura y la verdad es que no supe qué decirle porque a mí me gustan los libros donde la melancolía y la tristeza tienen su sitio, aunque convivan con la vitalidad y lo esperanzado, y no puedo imaginar una atmósfera literaria ni vital sin parte oscura, que no pareciese sospechosamente banal como un libro de autoayuda. A veces hasta el humor, si no muestra el lado amargo (como hace el Quijote, que está lleno de todas las cosas y entre ellas la violencia, la tristeza, la injusticia, el triunfo de la mediocridad, los sueños, el delirio y la locura como forma de vivir en el mundo) me resulta deshumanizado y deprimente.
Yo fui, durante un tiempo, uno de esos seres tristes sin causa, cuando el sol brillaba, que ahí aparecen condenados a vivir en el lodo, en la charca negra:
Fitti nel limo, dicono: "Tristi fummo
n'ell aere dolce che dal sol s'allegra,
portando dentro accidioso fummo:
or ci attristiam nella belleta negra..."
No contaré cómo pasé yo de la belleta negra al aere dolce, fue un proceso lento y misterioso, callado como la salida del infierno, y me llevé conmigo fragmentos de la selva selvaggia e aspra e forte che nel pensier rinova la paura! Porque no existe una sin la otra, como no podríamos percibir el silencio si no existiera el ruido.
He visto mientras desayunaba un documental triste en Arte TV de Uzbekistán y el mar de Aral, una extensión de paisaje lunar y naturaleza agonizante por los pesticidas y la contaminación, que ha llevado a la enfermedad y el hambre en toda la región vecina... Luego, con esa escandalosa combinación de la tv, que pasa de la desolación al placer de vivir sin transición (y peor aún cuando hay publicidad), un chef marroquí que ha montado en algún lugar de Marruecos un restaurante de fusión iba a un mercado magnífico y enseñaba unas alcachofas silvestres muy pequeñas y despeluchadas como cardos que sólo crecen allí y duran una sola semana, según él, deliciosas. Había un montón de vegetales distintos, y enseñaba a elegir una sandía y hablaba del ruido de agua que hay que oír tras apretarla, si está madura...
Me he despertado a una mañana algo desolada, por mis malaises físicos y la incertidumbre y el cansancio que me producen y mis dudas laborales (me han propuesto una traducción que no sé si podré hacer, ¿resistiré?) y financieras. J nos ha preparado unos manjares pese a su propio malestar, yo he pospuesto mi excursión a las palmeritas y el mar donde vive JC. Me pregunto si el exótico medicamento homeopático servirá para que me sienta capaz de celebrar mi cumpleaños en tres días. Esta tarde quiero revisar mis cuentos por última vez antes de imprimirlos, y luego, si me queda tiempo, entraré en mi otro libro: ésas son fuentes ciertas de aere dolce. He leído en la web las indicaciones muy antiguas, estilo Samuel Hahnemann, de sufrientes a quienes conviene mi extraño medicamento, que resulta ser un ombú (mis ombúes americanos de Cadaqués, que tanto he fotografiado!) y me ha hecho gracia: ¡hablaba de enfermos a quienes duele todo, que aprietan los dientes y piensan en la muerte! No sé si me habrá contagiado pero empiezo a sentirme destemplada y con el peso de la ley de la gravedad arrastrándome hacia abajo...
A pesar del tiempo, los árboles están llenos de brotes, incluso los pobres condenados de la plaça Joaquim Folguera celebran la primavera con su aire secreto y conspirativo del Cerro de los faunos, dictando sus encantamientos de cuentos de hadas y protegiendo a los niños que juegan en ese claro. Ojalá algo impida la ejecución arboricida anunciada e inminente. Que algo detenga el brazo armado de este consistorio antiverde. Me han mandado una noticia de esa guerrilla gardening que pone flores en las alcantarillas de esta ciudad para denunciar la falta de espacios verdes. Pobre Diagonal también amenazada... Por cierto, he puesto más abajo el manifiesto para que sigan firmando...

domingo, 16 de noviembre de 2008

Sabatina destemplada de ayer

Foto: Manel Armengol, Torroella, 1993 (sèrie Vent)
Ayer por la mañana fui a Caixafòrum. El Espai Freud organizaba un pase de la interesante película Una cierta verdad, documental de Abel García-Roure, rodada en el hospital del Parc Taulí de Sabadell, con la implicación del psiquiatra y psicoanalista Josep Moya y su equipo. Es una película sobre la psicosis, y hablan algunos enfermos, sobre todo uno, que aun en medio de su delirio, de esa escisión del lenguaje y de esos otros mundos que les acosan, en su caso con vocabulario paracientífico y técnico, planteaba preguntas inquietantes o que en cualquier caso no son fáciles de contestar.
Era inevitable pensar en Foucault (y en lo que Morey dijo en su conferencia del Espai Freud) y en la represión de la locura, en la identidad del "loco" como alguien que no encaja, que no puede someterse o avenirse a razones, en los problemas sociales que llevan a encerrarlo, en su condena sin fecha, en su insumisión... O interrogarse de cómo puede ser que en algunos lugares de África esos enfermos vivan aún entre los demás, sin medicar, acogidos de alguna manera, como en la antigüedad. O de los psicóticos que, como algún matemático, han logrado canalizar y reconducir ese delirio hacia un lugar posible. O de los tabúes y la estigmatización social de la enfermedad mental.
También sorprende y alivia que en ese centro los psiquiatras y psicoanalistas hablen de ellos como sujetos y los traten como a tales, les escuchen (en la medida de lo posible, hasta el punto que la sanidad pública del país lo permite) en lugar de esa actitud dopadora-represiva-policial de la psiquiatría neurocientífica actual, donde los médicos parecen a veces simples vendedores de los laboratorios, que tapan la boca a los pacientes.
Una de sus preguntas cuestiona las limitaciones de la medicación, pero cuando lo planteé al iniciarse el debate, me contestaron como si yo hubiera objetado a la necesidad de que esos enfermos se mediquen (y no era el caso). De hecho, yo sólo me pregunto hasta qué punto tiene recursos el profesional de la salud mental para encontrar una medicación a la medida del paciente, es decir, que le evite los "apagones", el sufrimiento o las peores crisis que generan violencia, etc., pero que no provoque tantos efectos secundarios, esos efectos que le impiden recordar las cosas, hablar bien, moverse, que le estigmatizan como enfermo mental -ya que son visibles-, etc. Recordaba una entrevista con un premio Nobel de Medicina, en La Contra, que denunciaba que los laboratorios farmacéuticos no están interesados en medicamentos que curen del todo, o que no tengan efectos secundarios, porque resultan menos rentables, me preguntaba si en el caso de la salud mental hay remedio contra eso, si hay maneras o si los enfermos están prisioneros y sometidos también en ese sentido.
Pero sobre todo, al preguntar, yo no sólo intentaba romper el hielo para que otros hablasen, sino que estaba también luchando contra la tristeza que me había producido la película. Esa soledad tan aguda de los enfermos mentales, esas voces que los habitan y con las que no pueden dialogar (había una mujer que lloraba y se decía perseguida por otra que la habitaba; un chico de 17 o 18 con los cascos y la capucha puestos para protegerse del mundo, que se negaba a hablar ni a tomarse la medicación, y me hacía pensar si nadie había podido reanudar esa conexión, si habrían tardado tanto en pedir ayuda, si ese chico no podría reaccionar con más tiempo de escucha, si la mentalidad de este país, tan reacia a pedir ayuda para lo mental, lo hacía más difícil...) esas imágenes me hicieron conectar con un miedo antiguo de mi adolescencia y me trajeron el recuerdo de la gente que a mi alrededor sucumbió a la locura y la muerte. También pensé en la división dudosa de gente que vive en el mundo sin muchos problemas pero tiene esa misma estructura mental.
Hubo un paciente, que vive independiente, con trabajo y familia, que contó cómo en un momento determinado, el sentido de las palabras se le escapaba y para intentar fijarlo hizo una especie de diccionario, con entradas aparentemente convencionales y una división entre dos mundos, donde luego se sumaban otros sentidos o que luego tenía que matizar o relacionar con flechas y dibujos. Para los que desconocemos el funcionamiento de esos procesos era dolorosamente interesante y hasta cierto punto cercano a otros problemas de lenguaje o a sensaciones fugaces de cosas que hemos leído. Más duro era oír cómo otro paciente, mucho más medicado (con más efectos secundarios) y triste, hablaba de sus "apagones", momentos cuya duración ignoraba y en los que dejaba de tener conciencia de sí mismo.
A mí me consuela mucho la idea de que en este país haya algún centro en la sanidad pública con una orientación así, humanista y psicoanalítica dentro de los límites materiales. Una cierta escucha para esa cierta verdad. Y el documental es riguroso, discreto y realista y tiene su poética propia. (La película se estrenará dentro de poco en los cines).
Me fui andando por la Gran Via, mirando los árboles y pensando: al menos quedarán éstos (y alarmándome porque tal vez estoy ya dando por perdida la Diagonal, como Joaquim Folguera) y en casa de L. me fui pacificando (como el tráfico) contemplando libros de fotos antiguas de la ciudad, para mi libro. Luego estuve en la mani, tal como cuento en Polis, hubo un momento alegre dentro de la tristeza social y la desesperanza del mundo y nos reímos V., L. y yo allí vociferando consignas liberadoras o escuchando la lengua sonora, energética y misteriosa del palestino recién llegado de Gaza (el traductor sintetizaba muchísimo) y después me refugié en la lectura y las conversaciones de sofá y teléfono (ese intercambio de vacíos, que decía Manuel Delgado), volví a Isabelle Eberhardt... Luego, viendo una película de Joris Ivens sobre la guerra civil española, con la voz de Hemingway, me sorprendió que en la banda sonora, mientras se veían imágenes (y se hablaba de) de Castilla y de Madrid, se oían sólo sardanas y canciones reivindicativas catalanas, desde el Som i serem hasta Els segadors, junto al Himno de Riego. No sé quién les vendió que eso era "música popular española", pero tenía gracia. He visto que en el Macba le han incluido en un ciclo de cine.
Esta mañana, antes de irme al Mercat de Sant Antoni en busca de esas imágenes que no encuentro, leía a Alejandra Pizarnik: "... cuando leo y escribo con ganas, mi vida no me parece pobre. Todo lo contrario. Lo que me hace sentir pobre e idiota es compartir el ritmo de la llamada "gente normal", como ahora, por ejemplo, en que los otros nadan, navegan, toman el sol, hablan de cosas intrascendentes, comen y beben con gusto... Otra cosa que me dolió fue encontrarme con Marguerite Duras, feliz con sus cuatro baños diarios en el mar... (...) Y yo siempre tan lejana, tan al borde del abismo, sintiendo un dolor agudo cuando me baño en el mar, sufriendo bajo los rayos del sol, quieriendo morir de tristeza cuando juego con los niños de X., sintiendo con todas mis fuerzas que no puedo vivir, que estoy tensa y deshecha, un despojo humano...". Yo me situaba entre los dos puntos, podría disfrutar de la felicidad de esos baños de Duras, pero me siento muy mal cada vez que voy a un acontecimiento donde se reúne el mundillo editorial de BCN, y la resaca me dura siempre unos días, como el encuentro con Jacques le Fataliste.
Ayer picoteaba en la interesante correspondencia entre Sales y Rodoreda, él ironizando sobre si congelarían a Franco para que fuese eterno (faltaban días para su muerte) y diciendo de Gimferrer "com tots els joves és poeta, i com tots els poetes, és gandul". Cuesta imaginar a ese joven poeta perezoso que no acababa la traducción.

lunes, 2 de junio de 2008

Del pasado, la infancia, la memoria y la escritura


Foto: I.N., Menorca, foto involuntaria bajo la lluvia, 2008

Hoy he ido a comer un lenguado a la plancha con la psicoanalista que conversará conmigo en julio en esos Diálogos en el Jardín, del Espai Freud y del siempre interesante librero de la calle Berlinès, al que debo una visita urgente. Ella me comunicaba las ideas que le han aparecido como primeras hebras de su texto, con una lógica simbólica muy persuasiva, y yo no he podido evitar recomendarle dos espléndidos artículos de Vila-Matas en El País, el de ayer domingo, donde conectaba la película Spider de Cronenberg con Robert Walser (para mí tan afín, con esa letra suya que desaparecía de tan pequeña al final, ya cercano a su ensimismamiento psicótico, como el de Hölderlin, o el de Maeve Brennan) y de pronto comprendí el porqué de mi fascinación por Cronemberg, que en mi precipitación irreflexiva había clasificado como una de mis frívolas contradicciones, pero Vila-Matas aclaraba que "la presencia abrumadora del pasado en el presente" es una de las obsesiones de Cronenberg, y hablaba del peso de esa infancia a la que siempre hay que volver, o que llevamos siempre encima (dont il n'avait jamais guéri), citando a Patrick McGrath y atando hábilmente la tristeza y el espíritu Jacob Von Gunten con Spider y aquella Monica Vitti a quien dolía el pelo en Deserto rosso. El otro artículo, titulado "Café Perec", me acompañó el sábado de mi viaje a Menorca y aunque quise guardarlo también en papel, se quedó en el porche de la casa y se mojó y transformó, adquirió la densidad que le correspondía y lo dejé allí como una escultura del tiempo.
Hablaba de la escritura y ponía una cita muy graciosa de Kurt Vonnegut diciendo que había cinco o seis tramas básicas (que enumeraba con genio) y que había que coger cualquiera de ellas y ponerla en la novela sin más para dedicarse a lo realmente interesante: el estilo. Y Vila-Matas aprovechaba para hablar de esa escritura sin centro, que lo bordea, y leyéndole, yo pensaba en ese bloqueo mío que me ha hecho escribir en el blog, en los emails, en los artículos de encargo, dando un rodeo a ese centro que era la ficción, hasta que inevitablemente también ese centro se ha hinchado (de cuentos), como ese periódico del sábado creciendo en el porche menorquín donde VM hablaba de Perec y Roussel y Kafka y sacaba otra cita muy atinada de Wittgenstein sobre las diferencias entre el sentido del humor de cada uno, que a mí tanto me desconciertan, porque unos se ríen con mis cuentos y me dicen que son vitalistas y robinsonianos mientras que otros -hasta ahora, tres- me dicen que les han disgustado al removerles las entrañas y les han parecido demasiado tristes. Aunque seguramente son esos lectores a quienes asusta la melancolía y no conciben que para algunos de nosotros, no puede existir ninguna fruición o ninguna felicidad que no tenga un envés melancólico y la contemplación de la tristeza ya ha dejado de asustarnos, si no, ¿cómo escribirán ellos? ¿cómo vivirán? ¿qué buscarán en la lectura?
En El País de ayer también hablaban del libro de Eric G. Wilson Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, donde se defiende que haya melancolía en la felicidad y no se renuncie a ese aspecto inherente a lo humano, el que tanto temen esos lectores, desterrado de la cultura oficial, de la obligación de la navidad feliz que mata a tanta gente en esas fechas, o en vacaciones. Es como aquella frase que V. usó para su montaje teatral y que decía "La felicidad no hace feliz a nadie".
Yo pensaba, mientras escuchaba a la guapa psicoanalista argentina y me terminaba el lenguado, o la piña del postre (mi madre tiene la curiosa teoría de que, si uno come piña de postre, quemará todas las calorías ingeridas en la comida; hay que tener fe para creerlo, pero a mí me gusta la piña, y me recuerda a un corpulento y risueño gay ruso que conocí en San Petersburgo que tomaba pastillas de piña para estar en forma y me enseñó algunas palabras en su lengua, como jarashó, y que murió inesperadamente por otras razones), que en mi texto yo partiría como siempre de mi mismidad y de mi enmarañada infancia, también llena de las arañas de Ralph Fiennes -aunque yo las haya reconvertido un poco para poder vivir con ellas y les haya encontrado una habitación interior donde pasean a su aire y extienden sus telas y atrapan sus moscas en las molduras del techo-, y que empezaría con la pregunta que me hizo esa misma psicoanalista, cuando la conocí en el Any Freud y me invitó a colaborar en el proyecto de la memoria histórica y el trauma: "¿Tú por qué estás en esto?" No era una pregunta nueva para mí, me la había hecho tantas veces cuando volvía de escuchar historias de guerra y muerte por esas ciudades llenas de escrituras otras que yo intentaba descifrar... Cada uno tiene un motivo personal para meterse en estos asuntos de la memoria.
He ido a devolver un libro de Natalia Ginzburg que había comprado repetido (!), tal vez porque ya he empezado a entrar en el agujero negro que precede a la creación por un encargo, la crisis antes de encontrar el hilo de mi conferencia, la sensación de que non ce la farò. O de que cualquier cosa que he escrito antes era más interesante, y ahora... Oh, el vértigo. He intentado encontrar Ossi di sepia de Montale, pero sólo estaba traducido (o las Completas), y sólo por ella, por la Ginzburg, me he comprado Lavorare stanca, de Pavese, y me gusta esa forma tan narrativa de sus poemas, pero no sé si soportaré su rabia misógina, que también stanca, de tanta tenacidad, y me hace preguntarme cómo pudieron ser tan amigos e intento verlo como ella lo veía en su Ritratto di un amico. No quería tentarme con libros que no me ayudaran a pensar esa conferencia (por cierto, coincide con la inauguración de La Central del Museu d'Història) del Ateneu, o con mi Diálogo en el Jardín con Teresa Morandi en julio.
Y es que tengo junto a la cama un interesante atasco de libros que esperan a ser leídos, algunos incluso prestados, y si los miro... Hoy he tenido que buscar en esa montaña Els contes d'un carrer estret de Amedeu Cuito para supervisar la traducción de un alumno italiano y he recordado las maravillas -muchas empezadas o picoteadas o atacadas a mordiscos y casi acabadas, algunas recibidas y otras compradas- que me esperan en esa otra vida ociosa que siempre imagino: Pierre Rey y su Temporada con Lacan, The View from Castle Rock de Alice Munro, los Diarios de Mihail Sebastian, las Collected Stories de Carson McCullers, Su DongPo, Billy Budd de Melville, más Prosas apátridas de J.R. Ribeyro, Lacan et la littérature, El viento ligero en Parma de VM, la biografía de Mercè Rodoreda de la Ibarz, las Dernières séances de Marilyn, El lecho de Procusto de Camil Petrescu, Ferragus de Balzac, Lei duncque capirà de Magris, Verde agua de Marisa Madieri, This is Serbia Calling de Matthew Collin e incluso una ojeada a L'inceste de Christine Angot (aunque ya he visto que no me gustará), y acabar la novela de Nuria Amat, y leer Grub Street de George Gissing y las Escenas de vida bohemia de Henry Murger... no he querido seguir por otros montículos...
De los dos gemelos de la Belle Elaine, uno quiere ser paleta y trabajar en un andamio, construyendo. Y el otro dice, con voz somnolienta: "Mamá, yo no quiero trabajar, yo no quiero hacer nada, ¡sólo soñar!" Y vuelve a cerrar los ojos para tener otro sueño... El gemelo constructor levanta sus construcciones y el soñador, que todos los días encuentra pretextos para desviarles camino del colegio y detenerse a mirar cosas maravillosas, destruye esos castillos en el aire de su hermano, pero a los dos les entra la risa...
La gata Gilda también se ríe de mi idea de la vida ociosa. Ella sí sabe lo que eso significa. En este momento duerme con las patas delanteras formando una elegante equis delante de la cabeza, en su redonda cama de dacha blanca. Anteayer G le cortó las uñas y ahora puede volver a ser sigilosa y a imaginar que no la veo cuando se aventura a lugares prohibidos de la casa. Para un felino, hacer ruido al desplazarse es una humillación. Gilda sólo ha despertado de su ensueño para vigilar a G. y lo ha mirado meneando la cabeza, y es que G. que nos preocupa estos días, a ella y a mí, junto con una cuestión material espinosa. Pero, a diferencia de mí, la gata tiene toda la paciencia del mundo y nada la altera realmente. Ayer, un ciempiés de tamaño considerable osó atravesar el suelo de la sala frente a Gilda, que lo observó inmóvil, con cierta arrogante expectación. En ese momento llamaron a la puerta y no pude ver el fin de la historia. Me pareció que Gilda se relamía cuando volví a la sala.
Yo pensaba que no traducir significaría tirarme al sofá a leer, pero me equivocaba. Por otra parte, el portal de mi casa ya se ha convertido en una cueva. El suelo de tierra ha aparecido bajo el mármol roto. Los vecinos están al borde del motín y hablan de abogados. El ruido y el polvo siguen. Para atravesar ese espacio hay que hacer equilibrios de funambulista.

lunes, 19 de mayo de 2008

Noticias de antepasados, libros, melancolía


Foto: Autorretrato entre libros y tulipanes, 2008

Mi hermana italiana se ha ido en expedición a El Alosno, Huelva, con su hija adolescente, a rebuscar en legajos y archivos para trazar el árbol genealógico familiar por la línea paterna. Ha descubierto que tenemos ascendencia judía (doblemente, por parte de los dos padres de mi padre, Núñez y Limón), como tantos otros en este país, conversos para escapar al fuego de la Inquisición, ha encontrado unos Bowie en la familia (un inglés llamado Bowie viajó al sur, se enamoró y se casó con una tal Josepha antepasada nuestra, de El Alosno), aunque allí los pronuncian Bovie. También ha concluido que estamos emparentados con los Machado, y ha entrevistado a Manolita Machado, que a sus 97 años, lee los periódicos todas las mañanas y tiene la cabeza clara. Noticia que no ha sorprendido y sí alegrado a my cousin V, quien me ha escrito: "Yo, cuando era adolescente estaba algo obsesionada con sus poemas de castilla, me parecía que hablaban de mi, de mi familia, de mis orígenes..." Y también ha desempolvado hechos vergonzosos: aparecen niños hijos de esclavas, reconocidos por los señores de la familia, bautizados y exorcizados!!! Me ha mandado fotos de los legajos y sus cubiertas de piel de carnero. Qué lástima no haber recibido una educación judía, haber dejado que los valores culturales, la obsesión por la cultura, la música y el estudio se perdieran en favor de lo más patriarcal, religioso, ágrafo y limitado. Sólo la conexión machadiana me consuela. Excepciones brillantes dentro de un linaje sin interés, y por vía materna la excepción sería Nicolás Salmerón.
Faltan pocos días antes de mi huida a las islas, y ya están casi llenos, rebosantes, sin tiempo para pensar en lo que me falta. Como siempre, Gilda ya sabe que me voy y no se aparta de mí. ¿Quién dijo que los gatos son fríos y distantes? Dans ma cervelle se promene / Ainsi qu'en son appartement / Un beau chat, fort, doux et charmant. / Quand il miaule, on l'entend à peine...
Intento sobrevivir al ruido de las obras matinales (el silencio de ahora, al caer la tarde, es asombroso y los mirlos lo están aprovechando para hacer sus llamadas amorosas, sonoras e intensas como una celebración vital, y a la vez casi clandestinas, enemigas de los designios del ayuntamiento procemento, que ha decidido castigar y destruir para siempre este barrio) y a las oleadas de turbulencias físicas.
Por desgracia, no he logrado cambiar mi clase de la UPF del posgrado de traducción literaria. Quería cambiar la orientación demasiado técnica y hacerla más literaria. De todas formas, algo se me ocurrirá para que todo se llene de literatura. Estoy acabando de corregir galeradas de mi libro La plaza del azufaifo y me gusta, me hace mucha ilusión que se publique. Y en cuanto al libro balcánico, ¡qué felicidad, a pesar del trabajo que me espera! Glosario, cronología, corrección minuciosa... Ese libro es un pedazo de mi vida en estos últimos cinco años. Tengo ganas de que sea oficial para vocearlo y hacer partícipes a mis amigos balcánicos. Un amigo agente literario especializado en el Este y Centro de Europa y que ha seguido y me ha ayudado mucho en mi proceso, me decía hoy que cree mucho en el futuro internacional de ese libro mío. Antes de eso me ha escrito, con ese humor suyo: "Leo en tu blog que tu libro balcánico ya tiene casa. ¡Felicidades! ¿O mi cuarto de sangre eslava debe imponerse y debo tocar madera, escupir hacia atrás y juramentar en arameo hasta que la nueva se haga realidad?" Creo que ese libro despierta interés y que hace falta sacarlo.
Yo esperaba que algo extraordinario sucediera hoy, pero no ha sido así. Mi sentido del tiempo no coincide con el de los demás. No desear, no esperar, escapar... Olvidar tal vez, concentrarme en la escritura... pero no puedo aplazar más las lecturas para La Vanguardia, así que me retiro al sofá. Ayer pasé la tarde ordenando papelajos para Hacienda, actividad que detesto y que implica maldecir mi desorden, este año agudizado. Me senté en el suelo de la sala y desplegué papeles y carpetas a mi alrededor. La gata, encantada, aprovechaba cualquier abstracción mía para frotarse contra los papeles como si fueran amantes. Alguien vino a verme y me encontró ridículamente desconsolada y me hizo reír hasta que se me pasó. Luego me quedé con la satisfacción del deber cumplido. Por un momento, creí que había vuelto la oleada melancólica (¿tal vez estúpidamente hormonal?) y me he acordado de una canción de Van Morrison (Melancholia), donde decía que le atacaba en cualquier momento, cuando estaba arrastrando el heno o al levantarse o al anochecer, que la llevaba en las venas. A mí me ha asaltado el tiempo. Pero una llamada de mi anfitrión de las islas me ha vuelto a Tierra. Él intentaba convencerme de que me llevase el ordenador. Hablábamos de tés, pan negro y mis manías del desayuno. Yo me imaginaba en ese paisaje y pensaba que me consolaría de mi decepción de hoy.
Por cierto, el jueves 21 a las 19.30, Elena Vilallonga y yo presentaremos la novela de la escritora y editora Paulina Fariza (también sabe cantar; lo demostró en nuestra fiesta del azufaifo), Un cuento chino sobre la felicidad. (Por alguna razón, en la web de Laie han omitido nuestros nombres... ¿Tendrá algún significado?).

jueves, 28 de febrero de 2008

Tristi fummo

Foto: el fotógrafo fue Jose Aguirre y ésta era yo en 1987

Yo creo que fue en la época de esa foto cuando descubrí leyendo la Commedia ese lugar del infierno, la laguna Estigia, un pantano gris de agua negra y barro, donde el narrador "vidi gente fangosa in quel pantano", ¡condenados por tristes! Fue una revolución interna: ¡el baudelairiano spleen, la melancolía, vistos como un pecado! Y yo podía ser uno de aquellos que cantaban en el limo, como demuestra la foto.
"Tristi fummo
nell' aere dolce che dal sol s'allegra,
portando dentro accidioso fummo:
or ci attristiam nella belleta negra".
Y deseé no convertirme en uno de aquellos que languidecían fangosos en la charca negra por haber estado tristes aun bajo el brillo del sol. Aunque al final había algo esperanzador en la escena porque la palabra de aquellos tristes fundía el limo. O al menos, eso entendía Ángel Crespo, pues en la versión original parecía decir lo contrario. Y unos años después logré darme cuenta de que incluso cuando volvía a la charca negra lo pasaba medio bien. O que había llegado a aficionarme tanto a vivir que incluso en los malos momentos o en la memoria encontraba ingredientes que cocinar, de los que podía reírme, que intentar comprender lo que iba ocurriendo dentro y fuera de mí compensaba el antiguo sufrimiento, gracias al deseo y la alquimia de la escritura. Y que aún en las épocas más viejas y oscuras, yo nunca había cerrado los ojos, nunca había dejado de observar, maravillada, de descubrir, extasiada, de preguntarme, aun dolorida.
Todo esto se me aparece sólo porque hace un día plomizo y opaco, o como estela de ayer. Yo no resistiría vivir en un país frío, un país gris, como casi todos donde las cosas funcionan. Mientras, mi brazo sigue rebelde contra la presión de la traducción. Pero yo dije que hoy hablaría de la novela de JPA y quiero intentarlo, aunque sin tiempo ninguno. Dice Alberto Manguel que los buenos libros son aquellos que hacen sentir al lector que han sido escritos para él. Yo sentí exactamente eso en las primeras páginas de Los príncipes valientes. O mejor dicho, sentí que hablaba de mí, puesto que esa vibración gozosa y melangée en la que el narrador y su amigo, mientras viven, sienten que están leyendo, y mientras leen, sienten que la vida está ahí, que la vida es eso, esa conexión mágica en la que han desaparecido las fronteras entre vida y literatura o que uno las cruza vertiginosamente todos los días de su infancia también es una sensación mía. Y aunque para mí, sus personajes televisivos son casi desconocidos, porque yo llegué antes al mundo y abandoné antes la televisión (y no recuerdo apenas a ese Colombo que él analiza con tanto brillo), todo se integra bien en el nervio de su novela, llena de médula y de autenticidad. Hay páginas, su relación con las mujeres, o mejor dicho, la mirada que él pone en ellas, en esa madre proletaria y niña republicana que le lee el Quijote y añade sus propias palabras, o esas niñas que fingen no hacerle caso en el ascensor o por la calle y la fascinación que le despiertan, y tantos días de peladuras de habas que caen en la basura como faldas de terciopelo verde, mezclándose con las palabras y su escucha, esa autenticidad burlona y tierna y siempre inteligente con que mira el Besòs, o al padre proletario que vuelve del trabajo... Hay algo suave y a la vez fulgurante, como un crepitar de llamas en una enorme pira donde cada ingrediente es examinado con cuidado burlón antes de arrojarse al fuego, con una palpitación maravillosa, o una fruición vital de esa mirada que puedo reconocer, la forma de resucitar la memoria para explicársela y reentenderla y redibujarla. Y esos príncipes valientes me han hecho pensar en los príncipes y princesas proletarios de los que hablaba una vez Manuel Delgado, de cómo se iluminan los personajes en la ciudad descarnada, de cómo el narrador y su otro yo, su compinche, celebran la vida y los mitos -literarios, televisivos o de cómic- que se entretejen poderosamente para ayudarle a comprender o a contarlo. Y de cómo, más allá del escenario brutal de los años sesenta en los suburbios de Barcelona, los vestigios de la miseria de posguerra, los mutilados, las fábricas, el movimiento obrero, la inmigración llegada de una vida rural pobre pero tal vez más reflexiva o menos despiadada, encajados a la fuerza en esos feos barrios del extrarradio, sólo importan la mente y los sueños del niño fabulador y su mirada, y ese narrador encontrará no sólo en su infancia recobrada y en la amistad y en el fin de esa amistad y en los mitos con los que ha podido explicarse su mundo, la pasión y el motor de su escritura. Quien me la recomendó me habló de una novela favorita mía, Le premier homme de Camus, y es cierto que algo de eso hay (revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri, à ce secret de lumière et de pauvreté chaleureuse qui l'avait aidé à vivre et à tout vaincre), en la mirada a la madre o la atmósfera proletaria, menos brutal y menos trágica vitalmente aquí que en Camus, pero con una luminosidad y una pasión de juego similares; y es inevitable pensar en Proust, en un cierto Julien Sorel o incluso en Marsé, pero todos ellos se unirían a las lecturas, a los personajes míticos que circulan a toda velocidad en el desfile onírico literario de estas páginas.