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domingo, 10 de mayo de 2009

El pasado de las palabras

Foto: I.N., Mi mano en el tronco del azufaifo, hace unos minutos, en la brigada antisalvajes, 2009
A veces una interpelación que no tiene sentido para mí y que entra en cierto modo en lo delirante desencadena mis pensamientos durante días y acabo agradeciéndola. Así, en mi libro balcánico, la pregunta de un corresponsal de TV3 que ni comprendía ni aprobaba mi proyecto me acompañó en mis viajes y me sirvió para explicarme más que el apoyo de otros, o por lo menos igual.
Y ese comentario de ayer al dorso de este blog, defendiendo la abolición del pasado y la concentración en la vida presente y futura, ha vuelto a mi mente esta mañana, unida a un comentario en Polis de alguien que, en un contexto educativo, detesta la palabra excelencia y la acusa del desierto y la zafiedad analfabeta de nuestro país. Yo he defendido la palabra, naturalmente (estaba releyendo esta mañana a Gimferrer hablando de Rimbaud, la excelencia poética y el contexto de excelencia educativa de la Francia del XIX que permitió su existencia). Al comentarista, la palabra "le recuerda" seguramente a algo rancio y reaccionario, y yo puedo comprenderlo, pero el excellere latino no tiene la culpa y ofrece generosamente su sentido primigenio y también sus connotaciones añadidas, adheridas a ella como las algas a las anclas de las que yo escribí hace poco. Lo dije aquí al dorso días atrás: "a veces hay que pasarles el plumero a las palabras y recuperarlas para sus verdaderos usos... o bien aprovechar su polisemia y sus connotaciones", ¿cómo si no podríamos hablar de belleza, de poesía o de arte? Hay que comprender que todas las palabras tienen un pasado, para bien y para mal, y nosotros las miramos y entendemos precisamente con los ojos de ese pasado, mal que le pese al electricista argentino que escribió aquí su grito metafórico de "muerte al pasado"
Lo que no entienden ni podrían imaginar esos editores de cuentos infantiles basura de los que hablábamos ayer, esos malos cuentos sin palabras o sólo con palabras fáciles, supuestamente didácticos, que intentan imitar su insípido modelo plano de realidad -hecha de patrones y símbolos romos, sin posible émerveillement, sin asombro, sin contradicciones, en una jaula asfixiante de fealdad- es que el aprendizaje de las palabras en plena literatura las cargaba de un pasado maravilloso. Lo escribí en mi conferencia Los meandros de la traducción (pág.21), para mí, "la palabra frondoso no dibujaba simplemente el follaje, no era el leafy de los ingleses, sino que iba asociada al bosque misterioso y simbólico del cuento, con la joven cien años dormida, con unos espinos feroces que impedían el paso a los personajes convencionales y que sólo se apartaban ante el caballo de su libertador." ¡Ése es también el pasado de las palabras! Son las palabras que, al aprenderlas, quedan asociadas siempre al contexto maravilloso del cuento que leíamos, y eso sólo es posible precisamente porque en un primer momento no las comprendimos. Ya dijo T.S. Eliot que no había que entender del todo la poesía, y es que en ese no-entendimiento, en esa aprehensión otra de las palabras, casi por ósmosis, captamos tal vez su otra realidad, sus otros sentidos, esos sentidos otros que buscaba y encontraba el vidente Rimbaud en las palabras, como cuenta Gimferrer y desentraña el psicoanalista Bernard Bremond, pero de todo eso intentaré hablar en el espacio acotado de mi reseña, que debería escribir esta tarde.
Tengo que pedir disculpas y clemencia porque no he parado de citarme. No se debe a nada más que a la repetición y retorno de mis obsesiones, de ese pasado que vuelve reinterpretado con la luz distinta de cada día nuevo. Pero también se debe a que sigo un hilo de pensamiento, no cerrado sino permeable, que va dejando filtrar lo que leo, lo que oigo, lo que alguien dice, lo que me pasa, lo que se descubre sólo mirando...
Las palabras están cargadas de pasado, y los que trabajamos con ellas -escritores, traductores, psicoanalistas- no podemos ignorarlo, y esa carga cambia para cada uno y es en el territorio del sueño y en la escritura (no sólo la matáfora) cuando de forma más críptica, libre y evidente a la vez utilizamos esas cargas.
No sé qué hará el comentarista primero, tal vez ametrallar las palabras o suprimir las que tengan un pasado, buscar una palabra virgen para poder utilizarla a su antojo, sin que se le cuelen fantasmas del pasado, propios y ajenos. O bien cerrará los ojos y simulará que esa carga no existe, y entonces serán los demás quienes detecten los sentidos que él mismo intentaba ignorar y se sentirá interpelado y propulsado de nuevo a ese pasado que, según él, no existe.
El pasado aletea, se agita, ilumina y oscurece todas las cosas que nos ocurren. Yo siempre temo convertirme en uno de esos viejuzos en los que la memoria ha devorado todo hasta tal punto que cualquier paseo, cualquier palabra, cualquier nota de música u olor les hace llorar o hablar abstraídamente de lo que ya nadie puede comprender. Y con todo, yo siempre creí en la comunicación entre edades muy distintas, en los encuentros libres y menos convencionales que esas diferencias propician y en mi cabeza resuenan palabras oídas o leídas a lúcidos nonagenarios, que veían lo que yo no podía ver entonces y ahora empiezo a adivinar.
Como aquella escena de la terraza de Cadaqués, donde mi padre, a mi edad de ahora, aún bajo el peso de la muerte de su segunda mujer, una valkiria bávara, se sentaba a mirar el mar con su vaso de whisky, y G., muy pequeño y dicharachero, le hablaba y hablaba con su vocecilla energética y modulada de entonces -G. habló muy pronto y hablaba muy bien y ésa era su arma para neutralizar a los brutos de la clase, que empujaban y golpeaban tal vez porque no podían hablar, y él les dejaba estupefactos con sus alegres parrafadas- y mi padre se reía y le decía pocas cosas, pero había una identificación importante. A veces iban juntos a cortarse el pelo y lo que más fascinaba a G. era que mi padre hiciera exactamente el mismo recorrido, con los mismos gestos, en un ritual idéntico que le tranquilizaba (sobre todo contrapuesto a mi tendencia a no hacer nada nunca igual, ni siquiera un recorrido), y a mi padre le gustaba que, al ir a verle a su casa,. G. quisiera repetir uno tras otro idénticos juegos que todos los demás días.
Yo creo que vivo en el presente, si tal cosa existe, pero no podría dejar de observar cómo el pasado acecha en la lectura que hacemos de las cosas. Ayer dije que había venido al mundo a comprender y el comentarista primero quiso corregirme, dijo, y utilizó el plural, que habíamos venido al mundo a sentir y ser felices. Analizar, intentar comprender lo que queda detrás de las cosas es una actividad que fue cobrando importancia para mí a partir de los 30, cuando dejé de ser simplemente arrastrada por distintas mareas externas e internas y miré de verdad lo que me rodeaba y empecé a redibujar o a reinterpretar el pasado, aunque fuese el más inmediato. "Pero usted tiene los placeres de la inteligencia", le decía (cito de memoria y traducido) un personaje a Marcel que, sumido en su tortura de los celos, no podía comprenderlo aún. Ese entendimiento procura alivio, satisfacción y un nuevo motor vital e investigativo que acompaña como los libros. Sin eso no sabría escribir. Sin escritura la vida sería muy distinta para mí, y no quiero imaginarla sin lectura.
Y ahora vuelvo a mes vagabondages, a ver si logro algo, que ayer se me escapó todo, el tiempo, las palabras...
Por cierto, aquí una entrevista a una radio de Euskadi sobre mi libro balcánico.

lunes, 2 de junio de 2008

Del pasado, la infancia, la memoria y la escritura


Foto: I.N., Menorca, foto involuntaria bajo la lluvia, 2008

Hoy he ido a comer un lenguado a la plancha con la psicoanalista que conversará conmigo en julio en esos Diálogos en el Jardín, del Espai Freud y del siempre interesante librero de la calle Berlinès, al que debo una visita urgente. Ella me comunicaba las ideas que le han aparecido como primeras hebras de su texto, con una lógica simbólica muy persuasiva, y yo no he podido evitar recomendarle dos espléndidos artículos de Vila-Matas en El País, el de ayer domingo, donde conectaba la película Spider de Cronenberg con Robert Walser (para mí tan afín, con esa letra suya que desaparecía de tan pequeña al final, ya cercano a su ensimismamiento psicótico, como el de Hölderlin, o el de Maeve Brennan) y de pronto comprendí el porqué de mi fascinación por Cronemberg, que en mi precipitación irreflexiva había clasificado como una de mis frívolas contradicciones, pero Vila-Matas aclaraba que "la presencia abrumadora del pasado en el presente" es una de las obsesiones de Cronenberg, y hablaba del peso de esa infancia a la que siempre hay que volver, o que llevamos siempre encima (dont il n'avait jamais guéri), citando a Patrick McGrath y atando hábilmente la tristeza y el espíritu Jacob Von Gunten con Spider y aquella Monica Vitti a quien dolía el pelo en Deserto rosso. El otro artículo, titulado "Café Perec", me acompañó el sábado de mi viaje a Menorca y aunque quise guardarlo también en papel, se quedó en el porche de la casa y se mojó y transformó, adquirió la densidad que le correspondía y lo dejé allí como una escultura del tiempo.
Hablaba de la escritura y ponía una cita muy graciosa de Kurt Vonnegut diciendo que había cinco o seis tramas básicas (que enumeraba con genio) y que había que coger cualquiera de ellas y ponerla en la novela sin más para dedicarse a lo realmente interesante: el estilo. Y Vila-Matas aprovechaba para hablar de esa escritura sin centro, que lo bordea, y leyéndole, yo pensaba en ese bloqueo mío que me ha hecho escribir en el blog, en los emails, en los artículos de encargo, dando un rodeo a ese centro que era la ficción, hasta que inevitablemente también ese centro se ha hinchado (de cuentos), como ese periódico del sábado creciendo en el porche menorquín donde VM hablaba de Perec y Roussel y Kafka y sacaba otra cita muy atinada de Wittgenstein sobre las diferencias entre el sentido del humor de cada uno, que a mí tanto me desconciertan, porque unos se ríen con mis cuentos y me dicen que son vitalistas y robinsonianos mientras que otros -hasta ahora, tres- me dicen que les han disgustado al removerles las entrañas y les han parecido demasiado tristes. Aunque seguramente son esos lectores a quienes asusta la melancolía y no conciben que para algunos de nosotros, no puede existir ninguna fruición o ninguna felicidad que no tenga un envés melancólico y la contemplación de la tristeza ya ha dejado de asustarnos, si no, ¿cómo escribirán ellos? ¿cómo vivirán? ¿qué buscarán en la lectura?
En El País de ayer también hablaban del libro de Eric G. Wilson Contra la felicidad. En defensa de la melancolía, donde se defiende que haya melancolía en la felicidad y no se renuncie a ese aspecto inherente a lo humano, el que tanto temen esos lectores, desterrado de la cultura oficial, de la obligación de la navidad feliz que mata a tanta gente en esas fechas, o en vacaciones. Es como aquella frase que V. usó para su montaje teatral y que decía "La felicidad no hace feliz a nadie".
Yo pensaba, mientras escuchaba a la guapa psicoanalista argentina y me terminaba el lenguado, o la piña del postre (mi madre tiene la curiosa teoría de que, si uno come piña de postre, quemará todas las calorías ingeridas en la comida; hay que tener fe para creerlo, pero a mí me gusta la piña, y me recuerda a un corpulento y risueño gay ruso que conocí en San Petersburgo que tomaba pastillas de piña para estar en forma y me enseñó algunas palabras en su lengua, como jarashó, y que murió inesperadamente por otras razones), que en mi texto yo partiría como siempre de mi mismidad y de mi enmarañada infancia, también llena de las arañas de Ralph Fiennes -aunque yo las haya reconvertido un poco para poder vivir con ellas y les haya encontrado una habitación interior donde pasean a su aire y extienden sus telas y atrapan sus moscas en las molduras del techo-, y que empezaría con la pregunta que me hizo esa misma psicoanalista, cuando la conocí en el Any Freud y me invitó a colaborar en el proyecto de la memoria histórica y el trauma: "¿Tú por qué estás en esto?" No era una pregunta nueva para mí, me la había hecho tantas veces cuando volvía de escuchar historias de guerra y muerte por esas ciudades llenas de escrituras otras que yo intentaba descifrar... Cada uno tiene un motivo personal para meterse en estos asuntos de la memoria.
He ido a devolver un libro de Natalia Ginzburg que había comprado repetido (!), tal vez porque ya he empezado a entrar en el agujero negro que precede a la creación por un encargo, la crisis antes de encontrar el hilo de mi conferencia, la sensación de que non ce la farò. O de que cualquier cosa que he escrito antes era más interesante, y ahora... Oh, el vértigo. He intentado encontrar Ossi di sepia de Montale, pero sólo estaba traducido (o las Completas), y sólo por ella, por la Ginzburg, me he comprado Lavorare stanca, de Pavese, y me gusta esa forma tan narrativa de sus poemas, pero no sé si soportaré su rabia misógina, que también stanca, de tanta tenacidad, y me hace preguntarme cómo pudieron ser tan amigos e intento verlo como ella lo veía en su Ritratto di un amico. No quería tentarme con libros que no me ayudaran a pensar esa conferencia (por cierto, coincide con la inauguración de La Central del Museu d'Història) del Ateneu, o con mi Diálogo en el Jardín con Teresa Morandi en julio.
Y es que tengo junto a la cama un interesante atasco de libros que esperan a ser leídos, algunos incluso prestados, y si los miro... Hoy he tenido que buscar en esa montaña Els contes d'un carrer estret de Amedeu Cuito para supervisar la traducción de un alumno italiano y he recordado las maravillas -muchas empezadas o picoteadas o atacadas a mordiscos y casi acabadas, algunas recibidas y otras compradas- que me esperan en esa otra vida ociosa que siempre imagino: Pierre Rey y su Temporada con Lacan, The View from Castle Rock de Alice Munro, los Diarios de Mihail Sebastian, las Collected Stories de Carson McCullers, Su DongPo, Billy Budd de Melville, más Prosas apátridas de J.R. Ribeyro, Lacan et la littérature, El viento ligero en Parma de VM, la biografía de Mercè Rodoreda de la Ibarz, las Dernières séances de Marilyn, El lecho de Procusto de Camil Petrescu, Ferragus de Balzac, Lei duncque capirà de Magris, Verde agua de Marisa Madieri, This is Serbia Calling de Matthew Collin e incluso una ojeada a L'inceste de Christine Angot (aunque ya he visto que no me gustará), y acabar la novela de Nuria Amat, y leer Grub Street de George Gissing y las Escenas de vida bohemia de Henry Murger... no he querido seguir por otros montículos...
De los dos gemelos de la Belle Elaine, uno quiere ser paleta y trabajar en un andamio, construyendo. Y el otro dice, con voz somnolienta: "Mamá, yo no quiero trabajar, yo no quiero hacer nada, ¡sólo soñar!" Y vuelve a cerrar los ojos para tener otro sueño... El gemelo constructor levanta sus construcciones y el soñador, que todos los días encuentra pretextos para desviarles camino del colegio y detenerse a mirar cosas maravillosas, destruye esos castillos en el aire de su hermano, pero a los dos les entra la risa...
La gata Gilda también se ríe de mi idea de la vida ociosa. Ella sí sabe lo que eso significa. En este momento duerme con las patas delanteras formando una elegante equis delante de la cabeza, en su redonda cama de dacha blanca. Anteayer G le cortó las uñas y ahora puede volver a ser sigilosa y a imaginar que no la veo cuando se aventura a lugares prohibidos de la casa. Para un felino, hacer ruido al desplazarse es una humillación. Gilda sólo ha despertado de su ensueño para vigilar a G. y lo ha mirado meneando la cabeza, y es que G. que nos preocupa estos días, a ella y a mí, junto con una cuestión material espinosa. Pero, a diferencia de mí, la gata tiene toda la paciencia del mundo y nada la altera realmente. Ayer, un ciempiés de tamaño considerable osó atravesar el suelo de la sala frente a Gilda, que lo observó inmóvil, con cierta arrogante expectación. En ese momento llamaron a la puerta y no pude ver el fin de la historia. Me pareció que Gilda se relamía cuando volví a la sala.
Yo pensaba que no traducir significaría tirarme al sofá a leer, pero me equivocaba. Por otra parte, el portal de mi casa ya se ha convertido en una cueva. El suelo de tierra ha aparecido bajo el mármol roto. Los vecinos están al borde del motín y hablan de abogados. El ruido y el polvo siguen. Para atravesar ese espacio hay que hacer equilibrios de funambulista.

lunes, 3 de marzo de 2008

Refugiada

Foto: Autorretrato de G en casa de J, 2007
... En un lugar que me devuelve al pasado, los electricistas extranjeros que han cortado la luz de la escalera de mi casa durante diez horas de hoy no podrían imaginar hasta dónde me han llevado. Había otras posibilidades donde trabajar (con portátil o pinganillo), pero todas parecían más complicadas. En casa de N había obreros desde muy temprano, V estaba de viaje, en casa de B la perra no me habría dejado trabajar, y la casa de E me habría obligado a cruzar la ciudad. Así, la hospitalidad de J parecía la mejor solución. Su casa, en cierto modo una versión ordenada y pulcra de la mía (que fue nuestra antes de volverse mi cueva de Alí Babá), donde todo es sistemático y casi nada accidental. Yo sabía que estar aquí era entrar en su mundo. Hace un tiempo ni se me hubiera ocurrido aceptar su ofrecimiento; esta vez se lo propuse yo misma. Su equipo de sonido suena bien, la música que escojo de entre la suya me parece triste, pero tal vez sea la luz. Muchas cosas me resultan familiares. También en este patio canta un mirlo. Las fotos de G con su padre por todas partes, pequeño, adolescente... Las fotos de J con los personajes de su otra vida me rodean también. Y sus colecciones de pequeños objetos. Una tortuga de madera oriental. Una foto de mi padre cantando ópera. La casa es sobria, preciosa, tranquila y alegre, aunque yo la veo a través de esa nube del pasado, mi pasado, lo que yo esperaba y no supe hacer, mis deseos, mis sueños y mis errores, el tiempo dedicado. ¡Veo la vida! O la mitad de ella. Me duele el brazo. Traduzco textos críticos y políticos, para el Macba, ya no es Nancy Spero, sino Francesc Torres. Aquí todo está limpio y en su sitio, incluso las colecciones de bolas de cristal, de fósiles, de piedras, de objetos variados. El suelo de madera, impecable a la luz de este día opaco y gris y la memoria, como las temperaturas que bajan, como una lluvia sobre una gabardina de un tejido completamente aislante. Hay algo contagioso en mi proyección, pero da la sensación de que desaparecerá en cuanto me vaya. Pero también, al contemplar lo que J acumula, sistematizándolo, me parece que esos fragmentos componen su personaje y su humor, y la idea me hace reír. "Si quieres te alquilo esta casa para trabajar", me dice J al volver. Bromea de que no me haya ido aún, dice que quiero quedarme. Entonces me doy cuenta. Estar aquí es como estar en Luxemburgo, en el apartamento de N. Estar aquí es vivir por unas horas la vida de otros, la vida de J. y G. en esta casa. Como asomarme a esas ventanas iluminadas que muestran a la calle un paisaje sólo atisbado. Casi me parece otro barrio, aunque sólo dos calles más allá está mi casa, sumida en la penumbra y con el portal lleno de electricistas. Creo que, al lado de ésta, mi casa es más que nunca la cueva de Alí Babá, aunque me guste. Al mirar por la ventana de ese lavabo y ver un patio desconocido me ha vuelto la curiosidad vertiginosa de la época en que buscaba piso, y en cada uno de los que visitaba me imaginaba viviendo. Imágenes intensas de otras vidas posibles, como en otras ciudades. Por un momento he pensado que había vida más allá de mi casa, que dentro de dos años tal vez sí encuentre otro lugar donde prolongarme y rodearme de mis libros (no sólo un sotanillo hermético y húmedo en Nou Barris, como cabría esperar por los precios). Se me ha pasado la melancolía. Tengo ganas de fumar, de pasear, de escribir, de pasear por una playa lejana... Por cierto, tengo una lejana cita en Brighton para septiembre de 2008.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Algunos lectores se quejan

Foto: Albert Buendia, Bernat pescaire, Delta del Llobregat
...de que no escribo, y es verdad. Héme aquí en galeras, traduciendo a toda velocidad para compensar los estragos de haberme dedicado a mis libros y a presentar el de Slavenka la semana pasada. Tengo tres traducciones pendientes y todos reclaman y preguntan ¿cuándo estará? Y el viernes mi muñeca se rebeló con amago de síndrome metacarpiano: una parte de mí sólo quiere escribir, y abandonar la traducción. Sigo con Nancy Spero para el Macba, y ahora un texto sobre la transformación de la abandonada Detroit, con un escenario de ocupación y de ciudad recuperada por la naturaleza (que devora las fábricas de coches y bloques en ruinas como la selva engullía los templos de Angkor), más otros textos varios, y con visitantes a comer.
Y de pronto, en ese panorama de aceleración traductora y de resistencias mías, me llega la noticia de una muerte familiar, precoz, que ha despertado un montón de fantasmas dormidos, ahora desempolvándose y agitándose a mi alrededor, y entre ellos dibujan con intensidad el momento decisivo de mi adolescencia, en el que me salvé insólitamente, y lo que ha significado mi familia, de la que también me salvé contra todo pronóstico, y esa marea arrastra mis pensamientos, con la conductividad especial del tiempo nublado, a pesar de las piezas guerreras y liberadoras de Nancy Spero y de esas escenas de casi land art y de la historia, y del arroz con alcachofas y de la bella Yelena y sus tulipanes, y de mis lecturas de estos días.
Acabé el libro de Manuel Baldiz, que me permitió reordenar mis ideas del psicoanálisis con su claridad sutil: me produce alivio que alguien escriba un libro tan claro y útil sobre ese tema y restituya un poco la vertiente humanista en este mundo limitado y a veces zafio. Y también la novela de Javier Pérez Andújar, de la que hablaré... mañana, en cuanto tenga un momento, y que ha sido una sorpresa feliz, aunque anunciada. Y ayer me olvidé el libro cuando asistía a una agradable y bulliciosa reunión de cuatro bloggers (donde tramamos algo para mayo) y para el camino tuve que comprarme de emergencia una miniatura genial de Fernando Pessoa, que leí en el metro, de una cena insospechadamente... Y hay más cosas, links y peregrinaciones varias. Esto es sólo para que veáis que aún sigo viva, lectores invisibles, aunque no indemne, sino todo lo contrario -eso sí, traduciendo y tratando de congelar los gérmenes de cuentos que se asoman y desvanecen sin tiempo, intentando preservar mi extraña felicidad libresca de los últimos tiempos de esta ola negra del pasado. Y en ese contexto de Thanatos dolorido, hace falta una conexión especial para que yo me sienta entendida, así que vuelvo a la sabia V, que se pregunta en voz alta por lo que está detrás de mis comentarios, de mi queja, le digo que he decidido que escribiré y lloraré todo el fin de semana y se ríe y me río, y ella prepara su maleta, a punto de partir, y en ese momento llega alguien que se extasía en mi caótica cocina llena de tés, devora el pan negrísimo que hice hoy y casi olvida el objetivo de su visita.
Como antídoto, Jeanne Moureau cantando esa maravillosa canción en Jules et Jim (Le Tourbillon de la vie), que Cacho ha tenido el detalle de linkear en su blog. Él dice que es melancólica, pero también tiene cierta alegría burlona y me gusta cómo ella la canta riéndose y mirando al guitarrista. Y luego, el homenaje que Vanessa Paradis le hizo cantándola con ella me llega como un mensaje dedicado, éste sí, para mis pensamientos negros, restaurador.
En cuanto a la foto, ya le dije a su autor que me encanta ese retrato, parece un personaje excéntrico y libre, amigo de Li Bai, me encantaría hablar con él. En catalán se llama bernat pescaire, y en castellano, garza real: ¡qué distinta manera de ver al mismo pájaro!

domingo, 10 de febrero de 2008

El viernes

Foto: Edward Weston, Juniper Tree, Sierra Nevada, 1937
Había quedado con una amiga del pasado. Vimos una película mediocre, de escenario vagamente kenloachiano (lo que uno puede hacer por desesperación ante la miseria globalizada), pero sin la dureza inteligente y crítica de Loach, con resoluciones torpemente reductivas o incluso sentimentaloides(!), aunque haya algo valiente en su autoburla que el director no parece entender o no sabe manejar en su tonto-guión, y el valor está en las imágenes y la gestualidad de Marianne Faithful (me desconcierta que se haya situado en ese lugar tan exageradamente antiglamuroso, ¿por qué necesitará esa distorsión? ¿Por qué elegirá esos papeles? No sé si es un autocastigo, un fantasma, una autocrítica a las consecuencias físicas de sus excesos, qué sé yo. Para mí había algo simbólico, porque en uno de mis antiguos encuentros con la muerte, lo primero que oí al despertar fue su voz ronca cantando una canción). Las imágenes muestran lo que el guión desmiente: la tristeza y lo sórdido. Parece como si el hijo sólo se ofendiera por razones misóginas o sociales y nadie pensara en el peso de esa sordidez que Marianne Faithful sí expresa en sus gestos. O luego, si ese hoyo ayuda a ese personaje a romper hipocresías sociales, o hace que sus antiguas amigas puedan nombrar lo hasta entonces innombrable, se explica su supuesto triunfo como si no existiera también la repulsión obvia en su gesto, o el sacrificio que supone, o el patetismo de la realidad y lo fantasmático de esos hombres que hacen cola ante la pared horadada. La soledad es completa aunque desigual a ambos lados, y ridículo es (me dicen que lo ha comentado indignada Laura Freixas) el comentario del folleto, pretendiendo que la protagonista logra reconstruirse con eso. ¿A quién se le ocurre abordar un tema tan sórdido con un punto de vista tan light?
Luego, en un bar, mi vieja amiga (que conserva su aire de elegante Tigridia) y yo hablamos también del pasado. Me gustó oír su reconstrucción de los hechos, aunque eso incluyera la noticia de algunos finales bruscos, dramáticos, y otros melancólicos, de media vida, pero no tan sorprendentes, pues seguían la lógica histórica (¿o tal vez esa lógica sólo existe como après-coup?). Intercambiamos versiones y pensamientos de ahora sobre lo de antes. Ella me contó una historia suya que me interesó pensar. Pero todo aquello removió cosas y a las cinco de la mañana me desperté de un sueño: Estábamos (supuestamente, porque era una variación de la real) en la casa de la montaña de mi hermana (adonde no he vuelto desde hace una década), y también estaba J, pero por el otro lado de la casa, había acantilados que daban al mar. Todo era oscuro y bonito, con luz sólo de luna o estrellas. J le decía a mi amiga del pasado una frase hiriente y ella venía a refugiarse a donde yo estaba, un lugar demasiado estrecho que daba al mar, y entonces yo recordaba que me había dejado todas las puertas abiertas y que la casa era prestada e iba a cerrarlas, pero andaba con el peso del sueño, y no podía abrir apenas los ojos (dormida) ni lograba apenas ver los contornos, las paredes, los quicios. Lo extraño es que sí veía el paisaje, que era expresionista en cierto sentido, es decir, aquel paisaje estaba tan cargado del pasado y de tantas historias que vibraba con una intensidad y una belleza imposibles de explicar. Era como si todo lo ocurrido estuviera escrito en los árboles, el cielo, las rocas, la casa, el agua. Como si sólo mirando se pudiera saber, leer, comprender. Y nosotros éramos como antes, con la exuberancia física de G. y sus amigos, pero en el sueño yo sabía lo que ahora sé.
Me desperté con una sensación de perplejidad algo melancólica y sólo la llamada de V. me restableció un poco, junto con el sol, porque sus palabras inteligentes y su energía (como diría mi amigo serbio, que estará a punto de venir) siempre me ayudan a reordenar mis signos.
Horas después, aún por la mañana, desafiando todo lo que tengo que hacer, me puse a escribir otra vez una escena de la infancia que llevaba tiempo apareciéndoseme en la ducha. Me pareció que tenía ya el tono, pero la multiplicidad de hilos posibles me asusta. Ni siquiera he acabado de juntar los fragmentos e intentos de esa novela pendiente, que no me atrevo a abordar, pero que me acosa de vez en cuando.
Luego traduje a Nancy Spero, su iconografía femenina rescatada de todos los tiempos, su diosa del cielo egipcia, que se arquea flexible formando un puente y mostrarnos sus estrellas, sus víctimas y sus demostraciones de una guerra muy antigua, que está en todas las guerras.
Y al anochecer bajé hasta casa de la Belle Elaine, que estaba radiante aún convaleciente y nos ofrecía una película balcánica, un documental de su amigo Goran Radovanovic, Chicken Elections (en serbio Pileci Izbori), especie de ironía de la vida rural, el patriarcalismo, la contemporaneidad, bastante curioso. A mí, claro, me gustó ver esos personajes que ya me son familiares (como la vieja campesina que fuma con sus gallinas en el sofá), incluso en su autoburla: "Así somos los serbios", dice el cura a la vieja campesina cuando ella acaba de contarle que sus nietos vienen a robarle la casa. Y el policía, que es sobrino de la viejuza, le enseña a manejar un móvil, con su zafio desdén, y pretende que ella se quede una pistola, y ella lo mira todo bajo su pañuelo y su humo con un quieto descreímiento. Y en la consulta, a la que ella acude porque no puede dormir, con su gallina correteando, la médica le dice que no se preocupe y le canta una canción tradicional serbia "para tranquilizarla", y el policía alto y desgarbado espera fuera, tal vez anhelando al momento de fastidiar a los conductores que encuentra, registrándoles y pidiéndoles papeles y examinando sus coches hasta extremos delirantes. Y la muerte se aborda sólo una brutal elipsis, cuando el cartero le lleva la papeleta de voto y la anciana no contesta y el teléfono suena, y el cartero deja la papeleta en la verja y se va, indiferente.
Chez Elaine estaba el ex-pat Jonathan, que vive en Belgrado y sólo ahora se ha decidido a aprender un poco de serbio, pero lo que muchos atribuíamos a su cultura del viejo imperio, respondía, según él, a que siempre había pensado que moriría al cumplir cierta edad, por un sueño que tuvo, y en ese caso tenía otras cosas que hacer, me dijo, no le daba tiempo de estudiar serbio (al fin y al cabo es una lengua difícil). La última noche del año en que cumplía la edad fatídica pensaba que lo mataría una de esas balas perdidas de los que aún disparan al aire en Zemun. La Belle Elaine, que pasó con él las fiestas en la capital serbia, le dijo en una ocasión: "te mato" y Jonathan, pese al carácter pacífico de ella, pensó que tal vez fuese un signo de que había llegado su hora. Pero no. La Nochevieja ortodoxa pasó y él sigue vivo, así que ahora tendrá que estudiar serbio o buscar otra razón para aplazarlo.
Al salir, estuve hablando un poco con el creyente descreído que es JP (ocioso anticuario y crítico implacable) y su charmante amigo JB, preclaro activista contra el cambio climático en los últimos tiempos. Dijo JP que él no considera la fotografía un arte, pero había visto un documental sobre Edward Weston que le había conmovido, aunque reconoció conmigo que la fotografía del XIX y principios del XX tenía algo más literario o más iluminado, más artesanal también con las sales de plata tal vez (y yo creo que el pequeño formato, porque esos formatos gigantes lo convierten todo en ruidoso y publicitario). Pese a todo, yo no puedo generalizar como él, decir que no me gusta ninguna película narrativa o de ficción, por ejemplo, ni tampoco correspondo a su creencia estereotípica de que a las mujeres les gustan las películas de "chicas que cuentan sus historias". Lo único que no suele gustarme genéricamente es el cine español de ficción, pero sí he visto buenos documentales de por aquí, y hay algún director con imágenes poderosas y sugestivas, lo malo, para mí, es la dicción de los actores locales y sus tonos, que me recuerdan a funciones de fin de curso. Vi que en el Maldà reponen esa película japonesa que yo quería ver, gracias a V., pero con qué horario casi imposible, mamma mia...
Por cierto que ayer dio al fin señales de vida un poeta amigo, siempre agitado en giras europeas y comarcales, y como yo le había hablado de un concierto de campanas en Luxemburgo, me contó de su amigo Llorenç Barber, que ha hecho múltiples conciertos de campanas "als cinc continents", y que hizo uno en Barcelona (junto con ellos), ahora hace más de diez años, en Ciutat Vella, y otro en Girona que paralizó a toda la ciudad, "com fa a tot arreu, incloses ciutats enormes", y que viene de ese pueblo de nombre poético asombroso, donde ha organizado festivales. Y también me contó un encuentro con una poeta mallorquina algo punkie que llevaba mi libro Crucigrama en un restaurante de nouvelle cuisine, y masculló unos comentarios misteriosos al respecto "Quina salivera (sic)! Quin món més estrafolari, el del llibre. Al·lucino bacallans, amb aquestes històries!" Y al día siguiente, en un barucho, él le preguntó si lo había acabado, y ella dijo: "Allò s'ha d'anar paint a despau" (que significa despacio). "Ja li pots dir a la teva amiga (o sea, yo) que el seu llibre..." (y añade él) "aquí va dir una expressió mallorquina que no recordo, però que equivalia a: un bon menjar amb verí a dins." ¡Manjar envenenado! Ya lo dijo Marcel, mirando a su opticien, cada uno pone la lupa en un punto determinado, y lee un libro distinto, que el que escribe sólo puede atisbar.
Y la última noticia es que, oculto en el ciprés de enfrente, ya canta (para mí) el primer mirlo de esta primavera futura, intuida o perversamente anticipada. Empieza a mediodía y sigue por la tarde (cuando los malvados constructores que financian a nuestros políticos y el helicóptero del negocio turístico nos conceden una tregua).

lunes, 6 de agosto de 2007

En el silencio

Joan Miró, Ballarina, 1925
Silencio de mi barrio desierto, cargado el aire de mis inquietudes, preguntándome por qué una vez más sucumbí a la tentación y compré billetes para cruzar la pesadilla de los aeropuertos de agosto, sin saber si mi fuga acabará siendo en vano y adelantaré el retorno. Ayer crucé los umbrales y entré en el escenario doliente del pasado más remoto, creí que impunemente, pero me equivocaba, y al volver, antes de cruzar la espinosa esquina de la que fue casa de mi padre, pasé junto a la casa de un amigo enfermo y me pregunté cómo estaría. Luego tuve dos llamadas telefónicas, una llena de risas y escritura, desde Torredembarra y otra difícil, desde el pasado que parecía inocuo, con una vaga amenaza final, lo que mi amiga M. diría pasiva-agresiva.
Mi amigo contestó a mi email: dijo que se está muriendo, que ya no podía andar sin ayuda, que había perdido la visión de un ojo por una inyección radiactiva, que prefería no tener visitas, que una simple conversación le agotaba, que un día me llamaría, un día que no necesitase ayuda para andar, un día que tuviera ánimo. Dijo que había vendido su lujoso piso (restos de su antiguo esplendor) a condición de que le dejaran estar allí cinco años, aunque según él, será sólo cuestión de meses. Me gustaría creer que nada de esto es verdad, que él me mintiera por una razón cualquiera, que exagerase, o que los médicos errasen, como cuando en el final de mi padre, mi hijo siempre me decía: "No et preocupis, es curarà, els metges s'equivoquen." O que el personaje del cuento alemán volviese a engañar a la Muerte con su cerveza mágica.
Otra amiga me ha escrito con citas de Rilke y pensamientos inteligentes. El retorno de Cachodepan me devuelve también la sensación de hospitalidad.
Contra mis inquietudes, me he protegido con una lluvia de poetas chinos, gracias naturalmente a V, que me trajo dos antes de irse a su periplo europeo del verano: Wang Wei me lo reservo para el campo ibicenco. No sé si podré irme sin Li Bai, que es mi favorito. Y en cuanto a Li Qingzhao, más moderna (siglo XI), a pesar de que la traducción no me parece comparable (no por las reservas chinas de V., sino por un castellano que no reluce como el de Anne Hélène Suárez, sin duda la mejor. Dice V.: Hay que decirle a Anne Hélène que traduzca a Du Fu, el tercer poeta de la dinastía Tang que nos falta), es maravillosa por su universo femenino en aquella China, por su condición de intelectual mujer, viajera y con las vicisitudes de todos añadidas a la tristeza de su pérdida. Me gusta mucho esa mirada suya sobre los objetos, su vestido de seda, sus flores de ciruelo marchitándose en el pelo, sus velas, todo entrelazado a sus pensamientos e interrogaciones, pero en este momento es demasiado triste.
Hace un calor bochornoso. Un músico ha compuesto ya un tema para nuestro ginjoler, me dice que lo ha hecho deprisa y que a su vuelta de vacaciones lo retomará, y que quería enseñármelo antes. En esa música, con un título que recuerda a los poetas chinos (Crecer en silencio), están en efecto el crecimiento silencioso (como aquel personaje del cuento que apoyaba la oreja en el suelo para oír crecer la hierba) y el flujo líquido de la savia y las grandes dimensiones.
La bailarina de Miró cumple también su función terapéutica.