A veces una interpelación que no tiene sentido para mí y que entra en cierto modo en lo delirante desencadena mis pensamientos durante días y acabo agradeciéndola. Así, en mi libro balcánico, la pregunta de un corresponsal de TV3 que ni comprendía ni aprobaba mi proyecto me acompañó en mis viajes y me sirvió para explicarme más que el apoyo de otros, o por lo menos igual.
Y ese comentario de ayer al dorso de este blog, defendiendo la abolición del pasado y la concentración en la vida presente y futura, ha vuelto a mi mente esta mañana, unida a un comentario en Polis de alguien que, en un contexto educativo, detesta la palabra excelencia y la acusa del desierto y la zafiedad analfabeta de nuestro país. Yo he defendido la palabra, naturalmente (estaba releyendo esta mañana a Gimferrer hablando de Rimbaud, la excelencia poética y el contexto de excelencia educativa de la Francia del XIX que permitió su existencia). Al comentarista, la palabra "le recuerda" seguramente a algo rancio y reaccionario, y yo puedo comprenderlo, pero el excellere latino no tiene la culpa y ofrece generosamente su sentido primigenio y también sus connotaciones añadidas, adheridas a ella como las algas a las anclas de las que yo escribí hace poco. Lo dije aquí al dorso días atrás: "a veces hay que pasarles el plumero a las palabras y recuperarlas para sus verdaderos usos... o bien aprovechar su polisemia y sus connotaciones", ¿cómo si no podríamos hablar de belleza, de poesía o de arte? Hay que comprender que todas las palabras tienen un pasado, para bien y para mal, y nosotros las miramos y entendemos precisamente con los ojos de ese pasado, mal que le pese al electricista argentino que escribió aquí su grito metafórico de "muerte al pasado"
Lo que no entienden ni podrían imaginar esos editores de cuentos infantiles basura de los que hablábamos ayer, esos malos cuentos sin palabras o sólo con palabras fáciles, supuestamente didácticos, que intentan imitar su insípido modelo plano de realidad -hecha de patrones y símbolos romos, sin posible émerveillement, sin asombro, sin contradicciones, en una jaula asfixiante de fealdad- es que el aprendizaje de las palabras en plena literatura las cargaba de un pasado maravilloso. Lo escribí en mi conferencia Los meandros de la traducción (pág.21), para mí, "la palabra frondoso no dibujaba simplemente el follaje, no era el leafy de los ingleses, sino que iba asociada al bosque misterioso y simbólico del cuento, con la joven cien años dormida, con unos espinos feroces que impedían el paso a los personajes convencionales y que sólo se apartaban ante el caballo de su libertador." ¡Ése es también el pasado de las palabras! Son las palabras que, al aprenderlas, quedan asociadas siempre al contexto maravilloso del cuento que leíamos, y eso sólo es posible precisamente porque en un primer momento no las comprendimos. Ya dijo T.S. Eliot que no había que entender del todo la poesía, y es que en ese no-entendimiento, en esa aprehensión otra de las palabras, casi por ósmosis, captamos tal vez su otra realidad, sus otros sentidos, esos sentidos otros que buscaba y encontraba el vidente Rimbaud en las palabras, como cuenta Gimferrer y desentraña el psicoanalista Bernard Bremond, pero de todo eso intentaré hablar en el espacio acotado de mi reseña, que debería escribir esta tarde.
Tengo que pedir disculpas y clemencia porque no he parado de citarme. No se debe a nada más que a la repetición y retorno de mis obsesiones, de ese pasado que vuelve reinterpretado con la luz distinta de cada día nuevo. Pero también se debe a que sigo un hilo de pensamiento, no cerrado sino permeable, que va dejando filtrar lo que leo, lo que oigo, lo que alguien dice, lo que me pasa, lo que se descubre sólo mirando...
Las palabras están cargadas de pasado, y los que trabajamos con ellas -escritores, traductores, psicoanalistas- no podemos ignorarlo, y esa carga cambia para cada uno y es en el territorio del sueño y en la escritura (no sólo la matáfora) cuando de forma más críptica, libre y evidente a la vez utilizamos esas cargas.
No sé qué hará el comentarista primero, tal vez ametrallar las palabras o suprimir las que tengan un pasado, buscar una palabra virgen para poder utilizarla a su antojo, sin que se le cuelen fantasmas del pasado, propios y ajenos. O bien cerrará los ojos y simulará que esa carga no existe, y entonces serán los demás quienes detecten los sentidos que él mismo intentaba ignorar y se sentirá interpelado y propulsado de nuevo a ese pasado que, según él, no existe.
El pasado aletea, se agita, ilumina y oscurece todas las cosas que nos ocurren. Yo siempre temo convertirme en uno de esos viejuzos en los que la memoria ha devorado todo hasta tal punto que cualquier paseo, cualquier palabra, cualquier nota de música u olor les hace llorar o hablar abstraídamente de lo que ya nadie puede comprender. Y con todo, yo siempre creí en la comunicación entre edades muy distintas, en los encuentros libres y menos convencionales que esas diferencias propician y en mi cabeza resuenan palabras oídas o leídas a lúcidos nonagenarios, que veían lo que yo no podía ver entonces y ahora empiezo a adivinar.
Como aquella escena de la terraza de Cadaqués, donde mi padre, a mi edad de ahora, aún bajo el peso de la muerte de su segunda mujer, una valkiria bávara, se sentaba a mirar el mar con su vaso de whisky, y G., muy pequeño y dicharachero, le hablaba y hablaba con su vocecilla energética y modulada de entonces -G. habló muy pronto y hablaba muy bien y ésa era su arma para neutralizar a los brutos de la clase, que empujaban y golpeaban tal vez porque no podían hablar, y él les dejaba estupefactos con sus alegres parrafadas- y mi padre se reía y le decía pocas cosas, pero había una identificación importante. A veces iban juntos a cortarse el pelo y lo que más fascinaba a G. era que mi padre hiciera exactamente el mismo recorrido, con los mismos gestos, en un ritual idéntico que le tranquilizaba (sobre todo contrapuesto a mi tendencia a no hacer nada nunca igual, ni siquiera un recorrido), y a mi padre le gustaba que, al ir a verle a su casa,. G. quisiera repetir uno tras otro idénticos juegos que todos los demás días.
Yo creo que vivo en el presente, si tal cosa existe, pero no podría dejar de observar cómo el pasado acecha en la lectura que hacemos de las cosas. Ayer dije que había venido al mundo a comprender y el comentarista primero quiso corregirme, dijo, y utilizó el plural, que habíamos venido al mundo a sentir y ser felices. Analizar, intentar comprender lo que queda detrás de las cosas es una actividad que fue cobrando importancia para mí a partir de los 30, cuando dejé de ser simplemente arrastrada por distintas mareas externas e internas y miré de verdad lo que me rodeaba y empecé a redibujar o a reinterpretar el pasado, aunque fuese el más inmediato. "Pero usted tiene los placeres de la inteligencia", le decía (cito de memoria y traducido) un personaje a Marcel que, sumido en su tortura de los celos, no podía comprenderlo aún. Ese entendimiento procura alivio, satisfacción y un nuevo motor vital e investigativo que acompaña como los libros. Sin eso no sabría escribir. Sin escritura la vida sería muy distinta para mí, y no quiero imaginarla sin lectura.
Y ahora vuelvo a mes vagabondages, a ver si logro algo, que ayer se me escapó todo, el tiempo, las palabras...
Por cierto, aquí una entrevista a una radio de Euskadi sobre mi libro balcánico.
