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miércoles, 28 de julio de 2010

En La Vanguardia, Xavier Antich habla de mi libro balcánico

Foto: I.N. Randonnées en Provence, 2010
Naturalmente, el artículo vale la pena por muchas otras cosas, sobre todo esa reflexión que hace sobre los la literatura y los filósofos, y acaba con la cuestión de Kosovo y la miopía culpable de la posición del gobierno español. Y en ese final habla generosamente de mi libro Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Por gentileza de dos bloggers (Francis Black y Albert), pongo el link aquí y lo reproduzco
La literatura y el mundo José María Valverde decía que había que leer a Heidegger para saber lo que nunca se tiene que hacer con un poeta Xavier Antich 28/07/2010 Cultura
Ando estos días, cosas del verano, volviendo a leer algunos libros de Martha C. Nussbaum, pensadora a la que hay que prestar atención desde hace unos años, la voz más lúcida de la filosofía anglosajona. Su posición respecto a la literatura es realmente rara entre filósofos. Habitualmente, como es sabido, o los filósofos no leen nada más que filosofía, o bien, a menudo, cuando se acercan a la literatura, es para encontrar casos o ejemplos de lo que ya saben, cuando no es para hacerles decir a los poetas o escritores aquello que ellos querrían que dijesen y no lo que, en realidad, dicen. Caso emblemático de esta ceguera lectora es Heidegger, a quien José María Valverde decía que había que leer para saber lo que nunca se tiene que hacer con un poeta.
Nussbaum, por el contrario, sostiene, en El conocimiento del amor (Antonio Machado Libros), que "determinadas verdades sobre la vida humana sólo pueden exponerse de forma apropiada y precisa en el lenguaje y las formas del artista narrativo" y, por ello, está convencida de que determinadas obras literarias han contribuido, como pocas, al análisis de algunas cuestiones importantes sobre los seres humanos y la vida. Es más, sostiene que determinados textos literarios son indispensables para una investigación filosófica de la esfera de la ética: "Son fuentes de comprensión sin las cuales la investigación no puede ser completa". Cierto que otros antes que ella, como Lévinas, ya sostuvieron que "toda filosofía no es más que una meditación sobre Shakespeare". Algo parecido sucede con el maravilloso Dietari d'un viatge per les regions d'Iraq (Publicacions Abadia de Montserrat) del benedictino Bonaventura Ubach, de quien hablaba el otro día en estas páginas Ignacio Orovio. El padre Ubach viajó a Oriente Medio, en los años veinte, persiguiendo algunos lugares del Éxodo y el Génesis, entre otros motivos, para comprender mejor ciertos pasajes del Pentateuco. Pero es curioso: aparte de que, en ocasiones, el mundo le ilustra sobre el texto, es, sobre todo, el texto el que le permite comprender, a pesar de su complejidad, parte de aquel mundo.
He pensado en todo ello estos días, a raíz del reconocimiento de la independencia de Kosovo por el Tribunal Superior de Justicia de La Haya. Y he recordado el más que recomendable texto de Isabel Núñez Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (Alba). Se trata de un texto brillante, que combina lecturas balcánicas y entrevistas, y que ilumina, también, tanto los textos como el mundo del que hablan. Isabel Núñez convoca las voces de Ismaíl Kadaré y se entrevista con poetas, narradores y editores. Y permite recordar cómo la Serbia de Milosevic estuvo a punto de exterminar a un pueblo. Sería una buena lectura para el tozudo Moratinos, que el lunes volvió a insistir en Bruselas, frente a la legalidad internacional, en que España no iba a reconocer a Kosovo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Presentación balcánica en la librería Antígona de Zaragoza

Ilustración: Mary Stillmann, Antígona, c. 1920
El próximo jueves, 12 de Noviembre, a las 8 de la tarde, presentaremos SI UN ÁRBOL CAE, Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes, escrito por Isabel Núñez y publicado por Editorial Alba. Para hablarnos del libro contaremos con la presencia de Félix Romeo y la autora. Os esperamos.
LIBRERÍA ANTÍGONA Pedro Cerbuna, 25 50009 ZARAGOZA 976 35 30 75 "He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte". Isabel Núñez recoge esta cita (del escritor Emir Suljagic) en su espléndido libro 'Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes' (Alba), un viaje literario y físico a ese mundo de la ex Yugoslavia arrasado por una de las tragedias más desconcertantes de la última historia europea. Y también una muestra de la desidia de la política continental, siempre presta a retroceder en cuanto se trata de hacer algo en serio. En fin, aquello fue muy triste para los que lo sufrieron y muy vergonzoso para todos los demás. Dice Slavoj Zizek: "El principal obstáculo para la paz en la antigua Yugoslavia no eran las arcaicas pasiones étnicas, sino la mirada inocente de Europa, fascinada por el espectáculo de esas pasiones". No, Europa no ayudó. Estados Unidos, sí. Tarde y mal, pero ayudó. Lo que pasa es que luego se puso a cobrarlo y exigió su precio. Después del ataque del 11 de septiembre el gobierno norteamericano pidió a Bosnia y a otros países de la zona que votaran contra la creación del Tribunal Penal Internacional. En fin, fue una guerra (más bien, guerras) particularmente pérfida y fraticida. Cuenta Marko Vesovic: "Una vez le dije a un periodista, andando por un parque, que si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles. Y eso era exactamente la vida en Sarajevo durante el asedio, eso era el individuo en Sarajevo"... Alejandro Gándara, elmundo.es. Isabel Núñez es escritora, traductora de Patricia Highsmith, Richard Ford, Dorothy Parker, Andy Warhol y otros autores; crítica literaria (La Vanguardia Cultura/s, Letras Libres, Metrópolis) y profesora del posgrado de Traducción en la UPF. Ha impartido conferencias en la Fundación MAPFRE, el Ateneo Barcelonès, el Institut d'Humanitats del CCCB, Elisava y la UIC. Autora de Crucigrama (Barcelona, h2o, 2006), La plaza del azufaifo (Melusina, 2008, prólogo de Enrique Vila-Matas) y Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (Alba Editorial, 2009) y publicará en breve Algunos hombres... y otras mujeres (Menoscuarto).
Noticias de última hora: empezó la distribución de mi libro ALGUNOS HOMBRES... Y OTRAS MUJERES (Menoscuarto). Ya lo tiene el librero de la calle Berlinès y se encuentra en algunas librerías de Internet...

viernes, 16 de octubre de 2009

Silencios sombríos

Foto: I.N. Par la fênetre, Florac, 2009
Ayer tuve que recorrer la ciudad por distintos motivos y en cierto momento, agotada y cargada, cogí un taxi. En la radio interna de la compañía de taxis un conductor estaba diciendo que no podía recoger al cliente en el Paral·lel porque había habido un suicidio muy aparatoso y la zona estaba acordonada y llena de gente. Hace unos años supe que muy cerca de mi casa un adolescente se había tirado por la ventana y había muerto. También me llegó la noticia directa del nieto de un poeta que había intentado en vano quitarse la vida arrojándose al patio del centro de estudios donde iba también G., con la consternación general de los que le conocían. Otra vez, cuando me dirigía al Espai Brossa, tuve que dar un rodeo andando porque una mujer de unos cuarenta años se había arrojado por una ventana, o bien alguien la había empujado, y había cordón policial y mucha gente hablando y especulando. Años atrás vi, casi a cámara lenta desde la ventanilla del coche, a una mujer mayor saltando al vacío desde un edificio recién comprado (por una emprendedora propietaria de muchos restaurantes en la ciudad), y a la que iban a desahuciar, y escribí una carta a un periódico. Esa visión me sobrecogió porque pude verla de cerca, la falda gris de franela, el jersey, su pelo también gris, la tristeza de su gesto, el ruido seco y sordo de su cuerpo al caer, y tuve una visión de los múltiples dramas que podían desarrollarse ocultos desde los patios o la calle, y la integré en mi cuento Vinçon. Otra vez vi la espalda oscura de un hombre, un cuerpo en camisa a cuadros que se arrojaba al metro, e inmediatamente se organizó un infierno de griterío, multitud precipitándose y camilla que se lo llevó... Y tantas otras veces, más cerca o más lejos... De pequeña, en Vilassar, al cruzar la vía para ir a la playa, mi abuelo me gritó muy enfadado porque había mirado hacia el lugar donde otro hombre se había arrojado al paso del tren, y yo me sentí extrañamente acusada de mi mirada hacia lo que sólo era una sombra entre la gente, sin saber de qué era culpable, como siempre fue la culpa en mi infancia. Para mi sorpresa, nunca ninguno de esos suicidas apareció en los periódicos. Me imagino que en este país, si se produjera un caso como el de France Télécom donde los trabajadores se están suicidando en cadena, desesperados por la atmósfera cruel de despidos y traslados forzosos y esclavitud contemporánea que están sufriendo, nunca lo sabríamos. Tal vez sea verdad que aquí nadie se suicide, igual que nadie dimite, por el peso de la religión o por otras razones que desconozco. Quién sabe. En Francia se habla del tremendo índice de suicidios en las cárceles. En Suiza hablan ahora del suicidio de adolescentes (uno cada 72 horas). Aquí, se ocultan los números, yo nunca lo he leído (aunque los profesionales saben que esos números existen y crecen). Si ocurre, se silencia, se entierra, como se entierra la historia, la represión en la posguerra, la tortura, y los culpables de las atrocidades de todos aquellos años viven impunemente y mueren sin juicio ni vergüenza.
Siento esta meditación rápida y oscura de esta mañana radiante. No piensen que estoy melancólica; no lo estoy. Ha cambiado el tiempo. G. volvió de coger olas con su plancha gigante y el traje de neopreno en una playa cercana, agotado y moreno. El traje colgado en la terraza me resulta familiar, tiene la actitud corporal de un amigo al que vi ayer en una librería, pensando en su novela. Los niños siguen llorando a gritos en el colegio de al lado. En la pequeña terraza, la gata se baña en sol y el pelaje y los ojos le brillan con una sensación de pureza y juventud fulgurante.
Anteayer di mi primera sesión del posgrado en la UPF y me sorprendió agradablemente que algunos alumnos hubieran leído y conocieran algunos títulos, autores, personajes literarios, pasajes bíblicos. No todo está perdido, pensé. Aunque incluso cuando no saben su curiosidad energética suele parecerme esperanzadora. El 12 de noviembre hablaremos de mi libro balcánico en una charla en la librería Antígona, en Zaragoza, con Félix Romeo (Por cierto que allí mismo presentan el 23 de octubre No hay adverbio que te venga bien, de Jesús Marchamalo y Mario Merlino, publicado por Editorial Eclipsados, con Antón Castro). De mis cuentos ya les diré, pero será pronto. Ayer tuve un reencuentro feliz con dos amigos del pasado y la afinidad sigue ahí, efervescente, con el paso del tiempo a nuestro favor pese a todo. Sigo leyendo y maravillándome de lo que leo (hay un cuento sobrecogedor que aún ahora late intacto en mi mente, como si no hubiera pasado una noche -con su sueño- después de leerlo) para mi conferencia del miércoles en el posgrado. Me falta tiempo y añoro escribir.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Después

Foto: I.N., Montañas y bosques minados alrededor de Sarajevo, 2003
El calor sigue. La conversación sobre Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes salió bien. El público era interesante y el lugar, la biblioteca Francesca Bonnemaison, magnífico. Me presentó un periodista receptivo, que hizo preguntas inteligentes, Albert Lladó. Vinieron algunos amigos especiales (ver sus caras entre el público siempre me produce la sensación de que todo saldrá bien).
Todo eso parecía imposible tras un lunes maldito. La mañana empezó con una llamada de una mujer de mi infancia, que intentó convencerme de su actitud sacrificada y paciente (V. me lo explicaría luego muy bien, psicoanalíticamente) ante los abusos. Comprendí cuál era mi reserva hacia ella. Unas horas más tarde me quedé atrapada con M en un no-lugar del Hospital Clínic, entrada Villarroell. El fragor de las obras impedía que nos oyeran. No había salida, el ascensor que se había abierto para depositarnos en aquel pequeño infierno no quiso volver a abrirse para rescatarnos. Había una puerta de sala de máquinas, con prohibición de entrar, un pequeño hueco de escalera con puerta cerrada y acerrojada, sólo la barandilla que podía llevarme, trepando, a la escalera abierta, pero ¿cómo dejar allí a M, a sus 80 años y con su confusión mental? Por suerte había cobertura y llamé a J, que estaba allí cerca, y por suerte y por intuición, no comunicaba. Él nos encontró y pidió ayuda, pero el enfermero dijo que avisaría a seguridad y no volvió. Al fin decidimos usar nuestros propios medios. J. logró que otro enfermero (algo remolón) se decidiera a usar su fuerza para levantar a M. en volandas. Yo la empujaba desde abajo y ella mostró gran flexibilidad, como observó el enfermero: había que levantar la pierna como una bailarina clásica para pasar la barandilla; lo sé porque tuve que hacerlo yo misma al cabo de poco. De no haber sido por J., nos habríamos quedado allí per secula seculorum.
Ya en la sección de Còrsega, tuvimos que rogar que la dejaran hacerse su análisis a aquella hora y no a otra, contando la aventura. Después, una mujer mayor nos arrolló para entrar en el ascensor y me increpó por no haber pasado al fondo. Le dije que no iba a empujar a M. con sus 80 y me dijo que ella tenía 85. Yo me reí: ¿Y por eso hay que empujarla? El Clínic es un lugar de mis pesadillas y la escena parecía fuertemente onírica y simbólica, la pérdida de M., de esa M. que es una versión reducida (y mucho más amable) de lo que fue.
Al volver me esperaba una curiosa lluvia de desplantes, incidentes desagradables, un golpe, sobre todo el espíritu negativo que tan difícil me hizo la infancia y que ahora estoy obligada a revisitar, aunque sólo sea por email, por la situación de M.
Fui a un establecimiento donde también me sentí maltratada (tal vez les parece que no gasto suficiente), así que me quejé y me pidieron una nueva oportunidad. Estuve forcejeando contra aquel perrillo interno de la autocompasión, que lamía las heridas del personaje de Alison Lurie y que en mi caso conecta con mi infancia. Todo esto coincidía con una de las fechas fatídicas de Jacques le fataliste, y ayer me desperté aún en plena desolación: me vi monstruosa en el espejo, como cuando era pequeña y me detestaba. Pero todo fue pasando, según me había augurado A, no por poderes esotéricos sino por su buen sentido...
En medio de esa marea hostil, alguien agradecido y generoso me mandó una bonita taza para mis tés de la tarde, con filtro y tapa, para que no se enfríe junto al ordenador, decorada con azufaifas. Estuve trabajando, leyendo, hablé un momento con G., que lee las memorias de Stefan Zweig para un trabajo de su facultad. Ahora seguiré atada a mis trabajos de este octubre de Sísifo, que me impiden casi andar por ahí. Y esta mañana me he despertado de un sueño donde consideraba una opción que en la realidad no considero (y eso era troublant!), y G. era pequeño y su ánimo jocoso y lúdico de entonces. Por cierto que veo a G. estos días más conectado con su carrera, casi no me atrevo a decirlo, pero hace ilusión...
Vayan a Polis. Lo que se cuenta ahí es importante y nos afecta a todos. Es un vídeo largo, pero hay que tomarse ese tiempo, a alguna hora.

domingo, 14 de junio de 2009

Reseña en El Placer de la Lectura

Foto: I.N., Vojvodina, Serbia, 2007
domingo 14 de junio de 2009 Si un árbol cae - Isabel Núñez “La antigua Yugoslavia”. Con esta denominación el resto del mundo nos referimos a una entidad muy compleja que ha dejado en la Europa moderna ecos de muerte solo comparables en la Historia Moderna con la Segunda Guerra Mundial. “La antigua Yugoslavia” encierra como denominación nacional una nostalgia de lo que fue, de la supuesta tranquilidad que se vivía bajo aquella denominación que impuso Tito por la fuerza.A muchos la terrible guerra de los Balcanes y sus consecuencias no les sorprendió. Muchos de los expertos que opinaban en su momento presagiaban que las cosas terminarían en un terrible desmembramiento de la zona pero, aun así los que nos volvió a sorprender fue la capacidad humana de ir más allá de las diferencias políticas para instalarse en los más bajos fondos de la maldad y el desprecio por la vida.
El libro que el lector tendrá en sus manos, compilado y bien dosificado por Isabel Núñez viene a dar una cara poco explorada de este conflicto: la conversación con muchos de los protagonistas intelectuales del conflicto, los escritores que mucho tuvieron que ver con la movilización de las emociones durante los días en que el infierno ardía mientras el resto del mundo miraba a otra parte.
“Si un árbol cae” (Alba, 2009) es un libro a veces muy tierno y otras muy duro que suscita la reflexión y que apunta directo a la conciencia. La autora conversa con escritores y editores sobre aquellos días del conflicto, cómo lo vivieron, qué pensaron. Con la distancia que ahora dan los años e inmersos en una paz tensa, los intelectuales balcánicos abren su corazón y las conciencias a una testigo de excepción que firma un gran trabajo como compiladora y editora de estas conversaciones.
Los escritores generan emociones, exaltan hechos o los desprecian. Con su oficio son capaces de captar a unos y a otros para su causa. Aunque no es el momento lanzamos una pregunta ¿para qué sirven las artes y en especial la literatura? Este libro, de voces de escritores, da una buena respuesta a la pregunta.
"Escuchar” estas conversaciones no deja indiferente. La autora ha escogido muy bien las frases de otros grandes escritores e intelectuales para introducirnos en las entrevistas. Especial mención merece la conversación con Igor Marojevic y la frase de Thomas Mann que la abre: “El infierno es un lugar donde no hay reglas”. Nos sorprende la cantidad de novelas que se escribieron sobre la guerra en tiempos de guerra, según lo que leemos en esta entrevista y la directa pregunta de Isabel Núñez al escritor nacido en Vrbas: “¿cuál era su situación en el momento del bombardeo de serbia por la OTAN, a qué se dedicaba y cuál fue su implicación?”. Así de rotundas son las preguntas en este libro que no teme indagar y con unos entrevistados que no temen responder con el corazón y la conciencia en la mano.
Recomendamos el paseo que nos ofrece la autora por Pristina, Kosovo en busca de las respuestas de dos escritores. Caminamos por bazares, miramos su arquitectura, nos seguimos preguntando por aquella terrible guerra y seguimos con Isabel Núñez haciendo preguntas y sopesando respuestas. Al final. Al caer la última página tendremos la sensación de haber llegado de un largo y aleccionador viaje.
“Si un árbol cae” (el título se lo debe a una frase del escritor Marko Vesovic: "Una vez le dije a un periodista, andando por un parque, que si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles. Y eso era exactamente la vida en Sarajevo durante el asedio, eso era el individuo en Sarajevo"), es un libro necesario, un libro para releer y aprender la lección única que la Historia nos ofrece a todos: no repetirla.
Pedro Crenes
RESEÑA OFICIAL DE LA EDITORIAL. Isabel Núñez nos presenta la reconstrucción de unos hechos históricos a través de la propia voz de sus víctimas o protagonistas. Durante cinco años ha investigado y realizado entrevistas a los escritores que vivieron personalmente las guerras balcánicas, siendo que éstos habían desempeñado un papel esencial en el conflicto: según dice en el libro Marko Verković, poeta, crítico literario y profesor de la Universidad de Sarajevo, «probablemente ésta sea la única guerra de la historia planeada y dirigida por escritores».
Título: Si un árbol cae Autora : Isabel Núñez Editorial: Alba Editorial Páginas: 368 Precio : 18€

jueves, 28 de mayo de 2009

Feria del libro en Madrid

Foto: I.N. hospitalidad madrileña, 2009
Me voy en tren a Madrid el viernes a mediodía... Dejo a G. al cuidado de Gilda y su entorno...
El domingo 31 de mayo estaré de 12 a 14h en la caseta de ALBA Editorial (nº 324) de la feria del libro de Madrid, en el Retiro, para firmar mi libro balcánico, Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes.
Si estáis por ahí o tenéis amigos en Madrid, por piedad, afinidad y sobre todo interés por el libro, ¡¡¡mandádmelos!!!

lunes, 18 de mayo de 2009

En el diario de Mallorca, José Carlos Llop

Foto: I.N., Balcón en París, 2009
La primera vez que oí hablar de Aleksandar Hemon fue en París. No es mal sitio para saber de un escritor, París, pero en aquella ocasión oí sólo un nombre entre otros, un nombre que no retuve. Fue en un encuentro casual en el carrefour de l´Odéon, en pleno Saint Germain y cerca de los jardines de Luxemburgo. Un encuentro entre dos amigas que hacía años que no se veían. Una era la mujer de un buen amigo mío, la otra una escritora barcelonesa especialista en literatura balcánica, que es, me da la impresión, una especialidad dolorosa. La escritora barcelonesa se llamaba –se llama– Isabel Núñez y se alojaba cerca de nuestro hotel. Quedamos en un café del quartier, que el pasado año descubrí que estaba en el lugar donde se encuentra Le Condé, el café de la juventud perdida, la última novela de Modiano. Estas cosas fueron París y estas cosas siguen siendo París y por eso es la mejor ciudad del mundo para los escritores. Entre ese café y otro adonde fuimos luego a cenar, Isabel Núñez nos habló de aquel escritor de Sarajevo con el que había quedado en París, de que él vivía en Chicago, de cómo no había podido conseguir su teléfono, pero que hacía dos días que ya debía de estar en la ciudad, aunque –dijo preocupada– no contestaba a sus e-mails. Yo pensé en esos correos sin destinatario como en las llamadas telefónicas a un número que nadie contesta. Eso que tantas veces ocurre en las novelas de Modiano, pensé entonces, sin saber aún que estábamos en el mismo escenario donde él situaba la novela que en esos días ya debía de estar escribiendo. Sin saber que en aquel momento nosotros mismos éramos personajes de Modiano oyendo hablar de un escritor de Sarajevo exiliado en Chicago, cuyo nombre escuché varias veces y sin embargo no retuve. Se trataba, ya digo, de Aleksandar Hemon.
La entrevista de Isabel Núñez con Hemon formaba parte del proyecto de un libro sobre los escritores balcánicos y la gestación de la reciente guerra de Yugoslavia. Una guerra que cambió la visión de Europa a la gente de mi generación, que no creíamos ver jamás –después de los campos de exterminio nazis y el gulag comunista– nuevos campos de concentración en el Continente. Aquel escritor del que yo no retuve el nombre había tenido la suerte de estar en Chicago cuando estalló esa guerra. Allí se quedó y allí cambió –como Conrad o Nabokov– de lengua. La conversación derivó después hacia posibles editoriales españolas interesadas en un proyecto como el de Isabel y luego, hacia otras cosas de la vida, más amables. Era París y era otoño de 2006.
A principios de junio de 2008 estuve en Lyon, invitado a los Encuentros Internacionales de Novela que organizan Le Monde y Villa Gillet. Recuerdo que uno de esos días murió el modisto Yves Saint-Laurent, que era una especie de personaje secundario de Marcel Proust. La ciudad estaba maravillosa, entre el sol y la lluvia, y en una de las sesiones disfruté escuchando a un escritor con la cabeza rapada y gafas, aunque sin rastro alguno de dureza en el rostro. Nunca lo había visto, ni sabía –creía yo– nada de él. Aquel escritor hablaba de su última novela sobre un emigrante judío en Norteamérica al que el jefe de policía de Chicago había dado muerte, acusándolo de anarquista, sólo por su aspecto –´siciliano o armenio´, dijo el policía– y porque había golpeado la puerta de su casa. La novela partía de una investigación sobre un caso real y recuerdo que no pude dejar de escuchar todo lo que contaba aquel escritor de unos cuarenta años, que era, claro, Aleksandar Hemon y que fue, sin duda, uno de los mejores participantes de aquellos Encuentros. La novela se titulaba The Lazarus Project. A la hora de la cena, Hemon tenía a su pequeña hija en brazos –me saludó amablemente y cruzamos unas palabras– mientras su mujer preparaba lo que debía comer la niña. Esa escena –después de su exposición sobre Lazare Averbuch– me lo hizo todavía más simpático. La vida, en fin, que siempre gana.
De regreso en Palma encargué su libro de relatos –magníficos, como esperaba: desde Lyon yo ya era incondicional– titulado La cuestión de Bruno. En él hay un cuento –´Una moneda´– que retrata la vida en el Sarajevo cercado por los francotiradores y ese cuento es una precisa y espeluznante anatomía de la naturaleza humana, tanto desde el punto de vista del cazador como del objetivo a abatir. Y una pieza muy bella titulada ´El Acordeonista´, que sucede durante el atentado que inauguró la Gran Guerra. Y no sigo porque he de volver a París. Al despedirme de Isabel Núñez prometió que me enviaría su libro, una vez estuviera editado. Lo acabó publicando otro mallorquín, Luis Magrinyá, en Alba. Se titula Si un árbol cae, y con las palabras de todos esos escritores ex-yugoslavos traza un mapa desolador. Sigo pensando que es un libro que sólo podía escribirlo alguien de mi generación. Alguien que hubiera conocido la Barcelona de los 70 y lo que vino después. Alguien que creyó que el mundo –y su propio país– podía ser una cosa distinta a la que es. Alguien como Isabel Núñez que en sus páginas, habla, entre otras cosas, de aquel encuentro en París y –aquí nunca hay azar– resalta cuentos como ´Una moneda´ o ´El acordeonista´. Creo que Si un árbol cae –junto con el cuento de Hemon, ´Una moneda´– deberían ser de lectura obligatoria en Bachiller. Como lo son las vacunas.
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Y en otro orden de cosas, la noticia triste de la muerte de Mario Benedetti. Lean lo que ha escrito Alejandro Gándara en su blog El escorpión.

lunes, 11 de mayo de 2009

Entrevista en El Faro de Vigo

Foto: I.N., Puerto de Vigo, 2009
Faro de Vigo
¿La guerra nos convierte en monstruos o saca el monstruo que nos habita?
Por la prensa no conseguía entender qué estaba sucediendo o qué había detrás de lo aparente. ¿Qué explicaba las causas de aquella brutal guerra genocida que en los años 90 se vivía en los Balcanes? Isabel Núñez acudió a la literatura quizás porque ese era el medio en que se desenvolvía mejor. La lectura de autores balcánicos que escribieron sobre ello fue la antesala de su propio libro, "Si un árbol cae" (editorial Alba), en el que entrevista a 25 de ellos. Una lupa sobre la condición humana. F. FRANCO - VIGO
Hay una tremenda constatación en el libro: cómo los intelectuales pueden convertirse en asesinos.
“Contemplaba desde lejos aquella brutal desmembración de Yugoslavia -cuenta ella- y no podía hallar respuesta a las preguntas que me provocaba sobre los límites de la condición humana”.
–¿Halló usted respuesta a sus preguntas?
–A unas cuantas. Pero, aparte del interés por entender qué ocurría me movía otro: también era nuestra guerra civil. Creí que podría entender mejor lo ocurrido aquí mirando hacia alli.
–Dígame una similitud, medio siglo más tarde una de otra...
–Por ejemplo la complicidad colectiva. La guerra la organizan unos cuantos, hay una maquinaria propagandística, muchos toman partido pero ¿y toda la gente que mira hacia otro lado para no perder lo que tiene? Esos primeros pasos que se toleran y que meten a uno poco a poco en una progresión funesta en la que llega a cerrar los ojos incluso ante el exterminio.
–Habrá usted comprobado esa línea frágil entre bondad y maldad de la condición humana...
–La guerra ¿nos convierte en monstruos o saca el monstruo escondido que nos habita? ¿Todos podemos llegar a eso? Creo como Hannah Arendt que hay una banalidad del mal, es decir, que cuando el Estado desaparece y no hay una moral mucha gente sigue la moral del momento que puede ser que cuantos más mates, mejor eres. Bueno, quizás tiene uno que tener algo roto dentro para poder asociarse y disfrutar con el mal.
–Heridas mal cerradas...
–Cierto. Ellos tenían las de la II Guerra Mundial. Todo el mujndo tenía una historia familiar que contar, luego mitificada en los colegios. Que si a mi abuelo lo mataron los nazis, que si a mi madre los ustachas... Los que entre ellos ganaron la II Guerra Mundial son los que perdieron esta guerra en los Balcanes. Puede usted asociar ese tema con lo ocurrido en España.
–¿Es ahora usted más escéptica sobre el ser humano tras oir tantas historias desoladoras?
–Es muy duro pero creo que hay que aceptar que el ser humano es las dos cosas, capaz de las mayores sacrificios y, al tiempo, de los actos más abyectos. Walter Benjamin dijo que toda civilización es un documento de barbarie. En todas esas guerras hay siempre alguien que intenta corregir lo que ocurre y actúa en contra a riesgo de su vida. Esos son la esperanza.
–Y la de los Balcanes, la única guerra de la historia planeada y dirigida por intelectuales, dice usted...
–No lo digo yo. Eso me lo dijo el poeta Marko Vesóvic cuando fui a Sarajevo tras la guerra y le entrevisté en una ciudad llena de tumbas. Y era cierto. Piense en Milosevic, Karadzic, Toholj, Tudjman y tantos otros.
–Cae el Muro de Berlín, muere Tito en Yugoslavia y el discurso alternativo fue el nacionalismo...
–Sí, en el sentido de que Tito lo había prohibido, estaba mitificado y permitía una perpetuación en el poder. Pero aquel nacionalismo sería como el espejo más negativo de los nuestros: más excluyente, chauvinista, capaz de llegar al genocidio. Y lo peor es que para algunos era un pretexto, una mina para obtener poder como hizo Milosevic.
–De los enfrentamientos nacionalistas de los Balcanes ¿habría cosas que aprender?
–Uno fundamental: todas las negociaciones que haya que hacer con grupos, etnias o lo que sea, debieran respetar una base que son los derechos humanos. Están por encima de cualquier otra consideración de raza o cultura...
–Las identidades nacionales siempre se sienten víctimas de expolio...
–Lo peor es el victimismo. Ya ve usted cómo utiliza el gobierno de Israel la herencia de un sufrimiento terrible. Pasa aquí con quienes creen que Madrid es la culpable de todo.
–Ya se sabe que cada pueblo tiene su odisea liberadora, su mito de origen...
–En Yugoslavia experimentamos cómo los mitos están muy bien para la poesía pero su peligro es que se conviertan en otra cosa. En Cataluña, por ejemplo, tenemos el mito de que la guerra civil era Cataluña contra España. Es falso. Era una guerra de clases en la que muchos catalanes apoyaron a Franco.
También citan y elogian mi libro en El Decano de Guadalajara, con motivo de una crítica teatral

domingo, 10 de mayo de 2009

Reseña en Lacallemayor.net

Foto: I.N., Bosques minados en Sarajevo, 2003
La otra trinchera Si un árbol cae (Isabel Núñez) Acerca del papel de los intelectuales en tiempos de guerra se han derramado toneladas de tinta. La lógica dentro de la irracionalidad que implica un conflicto bélico explica que deberían ser los primeros en dar las señales de alarma, poner sobre aviso y denunciar toda conducta guiada por la violencia. Sobrevuelan todavía los versos del ‘Poema de Beirut' de Mahmud Darwish, "necesaria es la poesía en tiempos de paz, pero más necesaria aún es en tiempos de guerra". Las dos guerras de los Balcanes permitieron poner a estudio la influencia de los intelectuales en la construcción y devenir de un conflicto, con una literatura nacional partida en pedazos y otros autores de talla internacional defendiendo posturas desde trincheras separadas. Tras un lustro de investigación, lecturas y viajes de ida y vuelta, Isabel Núñez aborda la cuestión en ‘Si un árbol cae' (Alba, 2009), una colección de entrevistas a una larga veintena de autores balcánicos de primer nivel. El balance que se extrae en esa investigación planteada desde un ángulo inédito es profundamente desolador. "Puede que ésta haya sido la única guerra de la historia planeada y dirigida por escritores", sostiene el autor de origen montenegrino Marko Vesovic en referencia, entre otras anotaciones, a la relación que mantenían con la literatura representantes de la política, con Slobodan Milosevic a la cabeza, al igual que su mujer, Mira Markovic, y su mano derecha, Radovan Karadzic, poeta de saldo encumbrado a falta de una crítica especializada de rigor y libre de ataduras. Isabel Núñez ya había dado pistas de su predilección y conocimiento de los Balcanes al traducir al español una obra imprescindible y dolorosamente veraz como ‘No matarían ni una mosca', de Slavenka Drakulic. La croata, señalada por los medios de su país como una de las cinco ‘brujas de Río' por no apoyar las tesis gubernamentales, proporciona alguno de los mejores entrecomillados de ‘Si un árbol cae'. Ejemplifica el valor del escritor que no se rinde y que asume que lo peor de una guerra puede venir después, cuando los focos de la opinión pública internacional ya han dejado de alumbrar a la zona y aflora el victimismo y la negación de la memoria. Drakulic defiende la opinión de que la guerra de los Balcanes fue fruto de la tergiversación y manipulación de la historia y los mitos. Otra escritora croata le replica al decir que exagera al describir los efectos de la contienda en Zagreb. De esta forma, los entrevistados entran en relación, cruzan opiniones, se matizan, apoyan teorías y debilitan otras desde la distancia. En otra decisión bien aprovechada, el libro respira de la avalancha de datos y reflexiones gracias al testimonio del ‘yo' viajero de la autora. Postales descriptivas de trazo rápido y literario, casi instantáneas de segundos, con los que dibuja su paso por las principales ciudades de la ex Yugoslavia, Belgrado, Zagreb, Ljujblana, Pristina y Sarajevo. Núñez se revela como una entrevistadora idónea, que sabe escuchar, se guarda las preguntas más incisivas para el final y deja que el protagonismo caiga al otro lado de la mesa. Así destapa el perfil de los protagonistas del libro, un conglomerado de voces plurales, cada una dotada de su propia individualidad. Unos vivieron el conflicto desde las mismísimas entrañas. La ensayista croata Grozdana Cvitan empuñó un arma, Marko Vesovic escribía en un intento de aliviar el sufrimiento de la población del Sarajevo asediado y el albano-kosovar Shkelzen Maliqi tuvo que desplazar en Pristina sus inquietudes literarias del ámbito institucional al ‘underground'. Otros reflexionan desde el exilio. El testimonio de Aleksandar Hemon, sarajeviano afincado en Chicago, pulsa otra de las claves cuando describe el estado de desesperanza, cansancio y derrotismo que percibe tras lo sucedido en Bosnia. Todos con algo que decir (sobrecogedora la conversación entre dos niños extraída de una obra del bosnio Ozman Kezbo: "¿Tú con quien vas? ¿En la guerra o en el fútbol?") y que en conjunto aportan su propia visión del conflicto, sin que exista unanimidad en las conclusiones. Mayoritaria es la opinión que concede una importancia fundamental al discurso nacionalista de Milosevic, apoyado por una élite intelectual y fundado sobre la recuperación de mitos del pasado y la construcción de un enemigo, el ‘otro'. Otras voces hacen referencia a cuestiones territoriales, a la complicidad silenciosa de la población civil y a teorías de raíz antropológica como el enfrentamiento entre la modernidad cosmopolita urbana y la tradición patriarcal del medio rural. La historia es otro factor aludido con reiteración, la falta de conexión que hubo por parte de un presente empeñado en olvidar lo que pasó en la Segunda Mundial. Caso aparte merece la aportación de Miroslav Toholj, ex ministro de Información de la República Serbia de Bosnia, escritor y editor, único testimonio de los denominados ‘meanies', aquellos creadores implicados en el discurso del odio. Todo un indicativo sociológico que sólo un individuo de este sector respondiera a las peticiones de Isabel Núñez, enfrentada a una entrevista de las que duelen, cara a cara frente a un editor capaz de declarar que la última obra de Karadzic le parecía "un nuevo ‘Ulises' de James Joyce". El poder en manos de otro político que ocupó puestos de relevancia durante las guerras de los Balcanes, un hombre oscuro y adherido a la maquinaria bélica más sangrienta que se dedicaba y apreciaba a la literatura, un dato que devuelve al inicio, la reafirmación a la sentencia de Vesovic que envuelve al conjunto de la obra. Hay ausencias que se hacen notar, como la del albanés Ismaíl Kadaré, intelectual implicado al máximo en la cuestión kosovar, con obras como ‘Tres cantos fúnebres de Kosovo' y ‘Diario de Kosovo', armadas de una prosa volcánica e incontenible y que puede que deje algo exiguo el capítulo dedicado a esta zona, que se niega a abandonar la actualidad. No lo suficiente, en todo caso, como para desequilibrar el tonelaje de reflexiones de peso esgrimidas por el resto de entrevistados, hábilmente hiladas por Núñez. A medio camino entre el ensayo sociológico y el reportaje periodístico enraizado con la literatura, la autora toca otros aspectos como el papel jugado por el feminismo de la región a lo largo del siglo XX, el irracional vuelco que se dio del comunismo de Tito a un nacionalismo recalcitrante -un paso que se revela de distancia insignificante-, el daño que la guerra ha producido a la generación que hoy tiene entre 28 y 40 años, aquellos jóvenes de los 90, y la implicación de Europa y Estados Unidos en el conflicto, con juicios tan demoledores como el del poeta esloveno Ales Beljebak: "Si esta guerra no hubiera implicado a musulmanes, Europa hubiera evitado el genocidio". Tiene un valor añadido ‘Si un árbol cae', un último regalo. Alumbra a una fiable representación de la literatura balcánica, poco traducida y menos leída y que no dejó de producir, al contrario, en sus tiempos más sombríos. Rescata y pone al lector tras la pista de autores cuyas carreras merecen un pormenorizado escrutinio. Valgan los ejemplos de los ya citados Hemon, Drakulic y de Dubravka Ugresic. Aunque, en todos los casos, la lectura seguirá sin despejar los verdaderos motivos que llevaron al desastre a los Balcanes, esa zona de la que Winston Churchill expuso en su momento que producía más historia de la que podía consumir. Rafael González Tejel
Y aquí la entrevista que me hizo Roge Blasco, de "Levando anclas", Radio Euskadi, sobre Si un árbol cae

El pasado de las palabras

Foto: I.N., Mi mano en el tronco del azufaifo, hace unos minutos, en la brigada antisalvajes, 2009
A veces una interpelación que no tiene sentido para mí y que entra en cierto modo en lo delirante desencadena mis pensamientos durante días y acabo agradeciéndola. Así, en mi libro balcánico, la pregunta de un corresponsal de TV3 que ni comprendía ni aprobaba mi proyecto me acompañó en mis viajes y me sirvió para explicarme más que el apoyo de otros, o por lo menos igual.
Y ese comentario de ayer al dorso de este blog, defendiendo la abolición del pasado y la concentración en la vida presente y futura, ha vuelto a mi mente esta mañana, unida a un comentario en Polis de alguien que, en un contexto educativo, detesta la palabra excelencia y la acusa del desierto y la zafiedad analfabeta de nuestro país. Yo he defendido la palabra, naturalmente (estaba releyendo esta mañana a Gimferrer hablando de Rimbaud, la excelencia poética y el contexto de excelencia educativa de la Francia del XIX que permitió su existencia). Al comentarista, la palabra "le recuerda" seguramente a algo rancio y reaccionario, y yo puedo comprenderlo, pero el excellere latino no tiene la culpa y ofrece generosamente su sentido primigenio y también sus connotaciones añadidas, adheridas a ella como las algas a las anclas de las que yo escribí hace poco. Lo dije aquí al dorso días atrás: "a veces hay que pasarles el plumero a las palabras y recuperarlas para sus verdaderos usos... o bien aprovechar su polisemia y sus connotaciones", ¿cómo si no podríamos hablar de belleza, de poesía o de arte? Hay que comprender que todas las palabras tienen un pasado, para bien y para mal, y nosotros las miramos y entendemos precisamente con los ojos de ese pasado, mal que le pese al electricista argentino que escribió aquí su grito metafórico de "muerte al pasado"
Lo que no entienden ni podrían imaginar esos editores de cuentos infantiles basura de los que hablábamos ayer, esos malos cuentos sin palabras o sólo con palabras fáciles, supuestamente didácticos, que intentan imitar su insípido modelo plano de realidad -hecha de patrones y símbolos romos, sin posible émerveillement, sin asombro, sin contradicciones, en una jaula asfixiante de fealdad- es que el aprendizaje de las palabras en plena literatura las cargaba de un pasado maravilloso. Lo escribí en mi conferencia Los meandros de la traducción (pág.21), para mí, "la palabra frondoso no dibujaba simplemente el follaje, no era el leafy de los ingleses, sino que iba asociada al bosque misterioso y simbólico del cuento, con la joven cien años dormida, con unos espinos feroces que impedían el paso a los personajes convencionales y que sólo se apartaban ante el caballo de su libertador." ¡Ése es también el pasado de las palabras! Son las palabras que, al aprenderlas, quedan asociadas siempre al contexto maravilloso del cuento que leíamos, y eso sólo es posible precisamente porque en un primer momento no las comprendimos. Ya dijo T.S. Eliot que no había que entender del todo la poesía, y es que en ese no-entendimiento, en esa aprehensión otra de las palabras, casi por ósmosis, captamos tal vez su otra realidad, sus otros sentidos, esos sentidos otros que buscaba y encontraba el vidente Rimbaud en las palabras, como cuenta Gimferrer y desentraña el psicoanalista Bernard Bremond, pero de todo eso intentaré hablar en el espacio acotado de mi reseña, que debería escribir esta tarde.
Tengo que pedir disculpas y clemencia porque no he parado de citarme. No se debe a nada más que a la repetición y retorno de mis obsesiones, de ese pasado que vuelve reinterpretado con la luz distinta de cada día nuevo. Pero también se debe a que sigo un hilo de pensamiento, no cerrado sino permeable, que va dejando filtrar lo que leo, lo que oigo, lo que alguien dice, lo que me pasa, lo que se descubre sólo mirando...
Las palabras están cargadas de pasado, y los que trabajamos con ellas -escritores, traductores, psicoanalistas- no podemos ignorarlo, y esa carga cambia para cada uno y es en el territorio del sueño y en la escritura (no sólo la matáfora) cuando de forma más críptica, libre y evidente a la vez utilizamos esas cargas.
No sé qué hará el comentarista primero, tal vez ametrallar las palabras o suprimir las que tengan un pasado, buscar una palabra virgen para poder utilizarla a su antojo, sin que se le cuelen fantasmas del pasado, propios y ajenos. O bien cerrará los ojos y simulará que esa carga no existe, y entonces serán los demás quienes detecten los sentidos que él mismo intentaba ignorar y se sentirá interpelado y propulsado de nuevo a ese pasado que, según él, no existe.
El pasado aletea, se agita, ilumina y oscurece todas las cosas que nos ocurren. Yo siempre temo convertirme en uno de esos viejuzos en los que la memoria ha devorado todo hasta tal punto que cualquier paseo, cualquier palabra, cualquier nota de música u olor les hace llorar o hablar abstraídamente de lo que ya nadie puede comprender. Y con todo, yo siempre creí en la comunicación entre edades muy distintas, en los encuentros libres y menos convencionales que esas diferencias propician y en mi cabeza resuenan palabras oídas o leídas a lúcidos nonagenarios, que veían lo que yo no podía ver entonces y ahora empiezo a adivinar.
Como aquella escena de la terraza de Cadaqués, donde mi padre, a mi edad de ahora, aún bajo el peso de la muerte de su segunda mujer, una valkiria bávara, se sentaba a mirar el mar con su vaso de whisky, y G., muy pequeño y dicharachero, le hablaba y hablaba con su vocecilla energética y modulada de entonces -G. habló muy pronto y hablaba muy bien y ésa era su arma para neutralizar a los brutos de la clase, que empujaban y golpeaban tal vez porque no podían hablar, y él les dejaba estupefactos con sus alegres parrafadas- y mi padre se reía y le decía pocas cosas, pero había una identificación importante. A veces iban juntos a cortarse el pelo y lo que más fascinaba a G. era que mi padre hiciera exactamente el mismo recorrido, con los mismos gestos, en un ritual idéntico que le tranquilizaba (sobre todo contrapuesto a mi tendencia a no hacer nada nunca igual, ni siquiera un recorrido), y a mi padre le gustaba que, al ir a verle a su casa,. G. quisiera repetir uno tras otro idénticos juegos que todos los demás días.
Yo creo que vivo en el presente, si tal cosa existe, pero no podría dejar de observar cómo el pasado acecha en la lectura que hacemos de las cosas. Ayer dije que había venido al mundo a comprender y el comentarista primero quiso corregirme, dijo, y utilizó el plural, que habíamos venido al mundo a sentir y ser felices. Analizar, intentar comprender lo que queda detrás de las cosas es una actividad que fue cobrando importancia para mí a partir de los 30, cuando dejé de ser simplemente arrastrada por distintas mareas externas e internas y miré de verdad lo que me rodeaba y empecé a redibujar o a reinterpretar el pasado, aunque fuese el más inmediato. "Pero usted tiene los placeres de la inteligencia", le decía (cito de memoria y traducido) un personaje a Marcel que, sumido en su tortura de los celos, no podía comprenderlo aún. Ese entendimiento procura alivio, satisfacción y un nuevo motor vital e investigativo que acompaña como los libros. Sin eso no sabría escribir. Sin escritura la vida sería muy distinta para mí, y no quiero imaginarla sin lectura.
Y ahora vuelvo a mes vagabondages, a ver si logro algo, que ayer se me escapó todo, el tiempo, las palabras...
Por cierto, aquí una entrevista a una radio de Euskadi sobre mi libro balcánico.

miércoles, 22 de abril de 2009

En La Vanguardia Culturas, pág. 24

Foto: I.N. Belgrado, 2003 Cuatro análisis de la actualidad destacan por su garra periodística: el de Juliana sobre la España de ZP, el de Poch sobre la emergente China, el de Carlin sobre la Sudáfrica de Mandela y el de Isabel Núñez sobre el puzzle balcánico. Isabel Núñez Si un árbol cae ALBA, 368 PÁGS., 18 EUROS La masacre de Sebrenica o el largo y cruento cerco sobre Sarajevo son estallidos que desentonan con una Europa que aspira a la normalidad y la concordia. Isabel Núñez se acercó a veinticinco escritores afectados por el conflicto balcánico, y en largas y profundas entrevistas, entresacó testimonios que ayudan a interpretar unas heridas que distan de estar cerradas.

Me ha hecho ilusión ver mi libro recomendado junto a los de Rafael Poch y John Carlin, y sabiendo lo que es una auténtica marabunta editorial de Sant Jordi. Un periodista asturiano, Lino Veiguela, me ha entrevistado por email para la publicación Les noticies. Yo sigo recibiendo notas de lectores desconocidos y conocidos que me felicitan por mi libro balcánico. Espero que alguno venga a la firma de Sant Jordi, jueves 23 de abril, de 13h a 14h en la mesa de La Central, Rambla Catalunya-Mallorca. Mientras, sigue la revolución informática con su estela de imposibilidades y problemas, y esa sensación delirante que producen los ordenadores, como cabezas de la hidra (¿cortadas por Hércules? ¿o es sant Jordi?) que hablan, nos interpelan y mueren. Es como si los contornos, que nos permiten compartimentalizar las cosas en la mente consciente y que el sueño difumina o borra directamente para que el inconsciente nos diga con su lenguaje jeroglífico y simbólico, nos bailaran en la vigilia. El ordenador desordenado. Programas incompatibles. Máquinas que dejan de funcionar. Excesos eléctricos. G se recupera rápidamente. Hace mucho calor, un calor repentino y extraño, que ha llegado bruscamente, como si también significase algo, y los restos de mis síntomas se resisten a desaparecer. Ahora tengo que peregrinar, en busca de un medicamento homeopático difícil de encontrar. Todo sea por mis ojos...

domingo, 19 de abril de 2009

Conferencia balcánica

Foto: I.N., Biblioteca de Sarajevo, incendiada durante el asedio y reconstruida posteriormente, 2003
Mañana Lunes 20 de abril, a las 19.15 en Amics de la UNESCO, Mallorca 207, principal, yo conferenciaré sobre mi Viaje literario a la guerra de los Balcanes. Quien quiera venir será bienvenido. (Creo que cobran una entrada de 2 o 3 euros, pero no estoy segura).
Sólo unas notas apresuradas para decir que he gozado (gracias a L., que me animó a ir cuando estaba desfalleciendo por la falta de sueño) de un concierto maravilloso en el Palau de la Música, la Pasión según San Juan de Bach, con la Orquestra Nacional Clàssica d'Andorra y la Coral Càrmina. Qué maravilla. Me he olvidado la linterna, pero pese a todo iba siguiendo porque la Pasión siempre me gustó también como narración (al fin y al cabo, ése era uno de los textos evangélicos que yo tenía que leer en voz alta para el colegio en la iglesia abarrocada y espléndida, con un órgano que sonaba a música celestial). Ese juego del evangelista y el coro; el evangelista dice: "Cuando le vieron, los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron" y el coro contesta: "Kreuzige, kreuzige!" (Crucificadle, crucificadle). La orquesta sonaba magníficamente, el coro era espléndido. Yo me identificaba con el evangelista, que era como mi personaje narrador de las funciones del colegio. Qué bien contaba-cantaba (con qué pasión) el momento en que se rasgan las cortinas del templo, la tierra tiembla, las rocas se agrietan, los sepulcros se abren y resucitan los espíritus. Me gustaba muchísimo el barítono (Pedro negando tres veces, Ich bin's nicht!) y el contralto (esas voces misteriosas, seráficas de castrati), no tanto el tenor, que sustituía al que tocaba y a veces parecía no llegar, y era poderoso y matizado el bajo (Pilatos) y muy expresivo el otro barítono (Jesús) y allí estaba también Gerard Claret, fundador según creo de esa orquesta.
Música reparadora, celestial, maravillosa, que como dice L. te despierta los sentidos, te permite olvidar todo, o como dice Tigridia, te reconcilia con el mundo. Y es tan bonito ese lugar (hasta los nombres: Carrer del Bou de Sant Pere), por eso nuestros políticos municipales han decidido destruirlo construyendo un hotel, tirando dos edificios antiguos para que otro arquitecto arrogante y sin escrúpulos deje su huella pisando la historia de la ciudad.
No he podido contar aquí que el otro día fui a la presentación del sugerente Álbum del trasiego de Ramon Dachs, en la maravillosa biblioteca (especializada en anarquismo y francamasonería) Arús, de Passeig de Sant Joan. Qué entorno tan idóneo, con esas paredes llenas de libros acristalados y esas maderas artesonadas y una historia rebelde e independiente... Dachs habló de ese trasiego suyo y del libro que está escribiendo, sobre su viaje a la Antártida en el barco científico Hespérides. Y mostró algunas imágenes, que me hicieron soñar con los mitos de Caspar David Friedrich, Edwin Church ,Edgar Allan Poe y Moby Dick, pero también con Herzog, de hielos, ballenas y pingüinos y esa sensación luminosa de desierto helado y de históricas expediciones y de historia (amenazada) de la Tierra.
Sé que escribo deprisa, pero me gustaría tomar unas notas para la conferencia de mañana, que no será un texto leído, sino una charla con algunas imágenes mías. Espero que vengáis a escucharme, lectores silenciosos.

martes, 24 de marzo de 2009

En su blog de El Mundo, Alejandro Gándara

Foto: I.N., Belgrado, septiembre, 2007 Si un árbol cae El Escorpión - Alejandro Gándara Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes por Isabel Núñez. 24 de marzo de 2009.-
"He sobrevivido del mismo modo que ellos murieron. Entre mi supervivencia y su muerte no hay ninguna diferencia, porque permanezco vivo en un mundo que está marcado para siempre, indeleblemente, por su muerte". Isabel Núñez recoge esta cita (del escritor Emir Suljagic) en su espléndido libro Si un árbol cae. Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes (Alba), un viaje literario y físico a ese mundo de la ex Yugoslavia arrasado por una de las tragedias más desconcertantes de la última historia europea. Y también una muestra de la desidia de la política continental, siempre presta a retroceder en cuanto se trata de hacer algo en serio. En fin, aquello fue muy triste para los que lo sufrieron y muy vergonzoso para todos los demás. Dice Slavoj Zizek: "El principal obstáculo para la paz en la antigua Yugoslavia no eran las arcaicas pasiones étnicas, sino la mirada inocente de Europa, fascinada por el espectáculo de esas pasiones". No, Europa no ayudó. Estados Unidos, sí. Tarde y mal, pero ayudó. Lo que pasa es que luego se puso a cobrarlo y exigió su precio. Después del ataque del 11 de septiembre el gobierno norteamericano pidió a Bosnia y a otros países de la zona que votaran contra la creación del Tribunal Penal Internacional. En fin, fue una guerra (más bien, guerras) particularmente pérfida y fraticida. Cuenta Marko Vesovic: "Una vez le dije a un periodista, andando por un parque, que si un árbol cae, nadie lo ve, no cambia la vida de los árboles. Y eso era exactamente la vida en Sarajevo durante el asedio, eso era el individuo en Sarajevo". La posguerra no está yendo mucho mejor. Según la escritora croata Tatjana Gromaca, tras el conflicto, la gente sabe que no puede mostrar su xenofobia, sus prejuicios, su chauvinismo, pero sólo se reprime. Es una moda; se lleva la democracia, la libertad de opinión, el derecho de las minorías, pero es pura fachada, hipocresía. No quieren oír y castigan las maneras de pensar más críticas. No se puede conseguir trabajo. Las mafias y sus clanes están entrelazados con la política. Esa gente se ocupa de amedrentar a los que piensan por su cuenta. "Ahora todos quieren olvidar lo que hicieron; es un gran engaño, así no se resuelven las cosas. Si no se aclara, volverá a salir." PDT. Y de este mundo es del que retorna el contingente militar español. Por cierto, no consigo encontrar ningún poema de Carme Chacón. ¿Será cierto que escribe para sí misma, como creo haberle oído declarar?

domingo, 15 de marzo de 2009

Après la plage

Foto: I.N., Fachada en una calle de París, 2009
Anoche, el cambio de medicamento homeopático produjo un viraje espectacular y mi tos desapareció y cuando al fin me retiré a mis aposentos dormí profundamente. Esta mañana me he ido con Tigridia a andar por una playa ventosa y solitaria, el agua del mar brillaba tanto que sólo esa visión ya me ha transformado. Es verdad que un momento antes había comprobado cómo una turba de gente estúpida y analfabeta hacía caso omiso de las peticiones de silencio de un lugar protegido y dejaba gritar a los niños o hablaba en voz demasiado alta y apenas se veían los caballos salvajes y los ibis de otras veces. ¡Pero la playa! No había nadie y nosotras íbamos cerca de la orilla, aunque sin descalzarnos (yo por mis bacilos). Mi cámara se había quedado sin batería cuando intentaba retratar a uno de esos patos verdosos y aterciopelados...
Al volver, tras un rato de llamadas y sofá, he puesto una música que no escuchaba hacía tiempo (gracias, J) y me he sentido otra vez invadida de esas oleadas de rara felicidad, como si la música se tragara de pronto la rabia de escuchar al hombrecito de turno que viene a darme lecciones balcánicas o a demostrar su saber sobre soldaditos por haber escrito mi libro balcánico (¿cómo osé adentrarme en territorio viril, territorio vedado?), como si de pronto mi propia irritación me diera risa (y tras intercambiar mensajes absurdos L. y yo en una batalla contraria, a saber: cada una cree que le debe más favores a la otra, yo amenazándole con mandarle una foto de su platillo en la balanza, mucho más ligero de deudas que el mío), yo mezclaba fragmentos de recuerdos y pensamientos y le daba vueltas a la frase de un amigo que añoro al teléfono y me sentía sobre todo agradecida de su llamada y sus frases al cabo del tiempo, como Oscar Wilde con aquel hombre que se quitó el sombrero ante él mientras la multitud le abucheaba a su salida de la cárcel (antes de refugiarse en casa de Ada L.), y yo sonreía pensando en cosas que sólo ahora puedo entender aunque ocurrieron hace mucho, mucho tiempo, y aun mi melancolía de no poder explicárselas a alguien desaparecido es una melancolía con algo hilarante: tal vez al final sólo escribamos cosas de forma abstraída como si habláramos con nosotros mismos, como a veces Colette en Le pur et l'impur...
Y ahora voy a tener que leerme por encargo la novela de uno de esos autores que busca temas en los periódicos para escribir la canción del verano y ganarse bien la vida, y en esos instantes de hastío (¡con la cantidad de libros maravillosos que me esperan!) siempre me acuerdo de Los demasiados libros de G. Zaid y pienso en cuánta razón tenía y en que la crisis, aunque debería servir para que los editores publicaran menos libros mediocres, en realidad hace que algunos busquen sólo esos libros con los que imaginan que se harán ricos o que no necesitarán los imposibles préstamos bancarios (aunque hay grados muy distintos, en función de la dignidad, la imaginación y el espíritu de cada cual). Como también debería servir la crisis para enmendar errores, cuidar el medio ambiente, invertir en educación y no en cemento, corregir lo que nos ha llevado al hoyo, pero nuestros políticos sólo abundan en ese camino equivocado de la desdicha.
Voy a seguir escuchando esa música que por alguna razón misteriosa parece encenderme una luz interior o un producirme un cosquilleo o hacerme respirar de otra manera. No sé qué es, tal vez la poderosa memoria que cada vez pesa más en esta fase de mi vida, ¡envejezco!, pero hay un efecto inesperado y alegre en algunas músicas, aunque sean músicas imperdonables que mis amigos contemporáneos nunca entenderían...
Pero para enderezar simbólicamente alguna cosa, mañana lunes, vengan a escucharnos a Caja Madrid a las 19h, Plaça Catalunya 9, hablaremos de Dorothy Parker y Berenice Abbot...

miércoles, 11 de marzo de 2009

He caído

Foto: I.N., Árbol enmarañado sobre una fachada (ellos no talan, ni destruyen el patrimonio), París, febrero 2009
He caído en una gripe inesperada, y oigo vitoreos futbolísticos que llegan por las ventanas. Me he dormido en la bañera, peligrosamente, pensando en leer y añorando el libro de conversaciones entre Jacques Rivière y Valery Larbaud que encontré en París, pero no quería arriesgarme a desgraciarlo, tan bonito. Me han llegado más libros para reseñar, una nouvelle rusa publicada por Acantilado y traducido por Selma Ancira, me dicen que el único libro contemporáneo que no le ha importado traducir, porque le encantó (a ella, acostumbrada a Tólstoi y Tsvietáieva). Curiosamente, cuando me lo han propuesto acababa de hablar un momento con su editor, pero sin saberlo. Luego he hablado por email con otro editor entusiasta, a quien le propongo algo para traducir que tal vez le guste, algo tan pequeño que, como las esculturas de Giacometti, podría desaparecer avec un coup de canif... O convertirse en otro librito maravilloso en castellano.
Antes de todo eso he bajado al Bronx intentando romper la sensación de caída en un estado de sopor febril, que se apoderaba de mi cuerpo y se extendía como redes venosas invisibles. En los ferrocarriles, un joven de pelo largo sentado a mi lado, en manga corta, me miraba de reojo, intentando averiguar qué leía, yo con mi abrigo de los 14 grados y un chal bicolor y reversible que me protege de todo.
Mañana mi madre cumple 80 años y se ha empeñado en celebrarlo aunque nadie podía, así que no podré ir a l'Horiginal a la presentación de Doblátov.
Una amiga poeta me ha propuesto que inaugure una sección de libros recomendados en el blog, porque así podría encontrarlos ella más fácilmente. Soy tan dispersa y desordenada... Hemos tenido una larga conversación interrogativa y ella me ha contado que pensaba escribir un libro de poemas abordando un tema universal pero tabú en la poesía.. y en la prosa. Otra amiga cineasta y traductora me cuenta su lectura de mi libro balcánico, le está entusiasmando y me alegra mucho, porque su criterio es para mí importante; un cineasta que acaba de empezarlo me dice que lo considera "un libro-documental"; esa idea me gusta, porque algo de eso tiene, y ahí está mi película balcánica por montar... Me escriben lectores viajeros, uno que atravesó los Balcanes con mi libro, otro me envía fotografías de por allí, de un árbol destruido por la guerra, y me escribe un viajero traductor que también me lee y al que veré cuando me recupere.
Ayer, una amiga se preguntaba perpleja, por qué si al público le interesa y fascina tanto un tema suyo, las instituciones a las que lo presenta lo rechazan sistemáticamente. Yo le conté mi idea de que muchos, en cuanto les dan una responsabilidad, asumen una posición rígida de poder que no les permite ver ni mirar ni leer libremente, pierden el entusiasmo, la inocencia y la capacidad de descubrir. A eso se añade que en este país pacato e inseguro pocos se atreven a apostar por algo que no esté ya requeterrevalidado fuera o con un hipotéticamente probable éxito asegurado. No conocen el placer generoso del descubrimiento. No saben que ni siquiera ese éxito supuestamente asegurado lo está realmente y que lo mejor es siempre apostar por lo que a uno le gusta y cree de verdad. Pocos, muy pocos se atreven a dejarse llevar y mirar libremente para apostar por algo. Y sin embargo existen. Sólo hay que encontrarlos...
Hoy era un día grisáceo, con alguna oleada momentánea de aprensiones, de negativas, de silencios sospechosos, cargados de interrogantes. Según los esotéricos, una luna llena maligna, ya que pasaba sobre una oposición que domina este tiempo, el forcejeo entre la innovación y la rigidez conservadora, el mismo forcejeo que se vive con la crisis (excepto en este país, donde sólo tímidos artículos proponen cambiar, mientras que el gobierno decide desandar toda innovación y legalizar todos los algarrobicos, apostar una vez más por el cemento que nos hundió, aplicar todas las políticas del PP, en una especie de ceguera que convierte a Obama en algo esperanzador, por comparación, aun sabiendo que tiene poca capacidad de maniobra). La configuración escenifica bien mis propios forcejeos, y por segunda vez la luna llena ha coincidido con otro trancazo, y ya van tres en este curso. Lo que más me espanta es la tos, ese odioso espasmo que sacude todo, hasta las ideas y sobre todo el sueño: si pudiera ahorrármela... Fue G. el que empezó a toser anoche en la sala y yo, al oírle, me puse tapones en los oídos para dormir y me desperté de pronto a las 6, desconcertada, sumida en una especie de interregno extraño, silencio exterior y una escucha aumentada de mis latidos y rumores internos...
En la bañera he vuelto a contemplar otro posible abordaje para esa novela que siempre está ahí, en el fondo, acechándome, pero mi recelo la ancla en el fondo y sólo salen burbujas a la superficie. Son burbujas persistentes, que me recuerdan mi "deber" de atenderla... de vez en cuando, en realidad, casi a diario, a través de gestos cotidianos que no voy a contar aquí, sino allí. ¿Cómo evitar la rabia, el resentimiento, las lágrimas, la autocompasión, el perro que lamía las heridas al personaje de Alison Lurie? Otro gol, entre gritos de júbilo. Cuánta emoción ajena con un simple torneo; esa palabra me gusta, imagino aquellas películas de Ivanhoe que ponían en el cine de verano cuando yo era pequeña, con su media de cada color, o mejor aún, aquella de Robert Bresson, Lancelot du lac.
Hay días que me siento energética para buscar y proponer, para abordar. Y otros me agoto. También me preocupa que alguien valioso y con una trayectoria interesante necesita trabajo y sé que allí donde vaya será una suerte para quien esté, pero no sé cómo ayudar a encontrar ese lugar. Debería tener una larga cola de propuestas, sin duda la tendrá, el día que se enteren...
La gripe no ayuda y es tarde ya... No puedo seguir aquí, ni buscar links, ni acabar dignamente este post. Oleadas térmicas me recorren. Adiós, adiós...

lunes, 9 de marzo de 2009

En el Magazine de La Vanguardia del domingo

Foto: I.N., París, 2009
Isabel Núñez Si un árbol cae.Conversaciones en torno a la guerra de los Balcanes. Paradojas de los Balcanes 08/03/2009 Texto de Antonio Lozano Dentro de la irracionalidad de todo conflicto bélico hay una lógica que dicta que los intelectuales deberían ser los primeros en clamar contra la barbarie. ¿Por qué en las guerras balcánicas, que desangraron Europa en los años noventa, los presuntamente más juiciosos fueron los primeros ideólogos y movilizadores del horror? Cinco años de trabajos sobre el terreno y 25 entrevistas con los implicados, a un tiempo verdugos y víctimas, necesitó la periodista Isabel Núñez para coser una respuesta llena de paradojas y dilemas morales. Un esclarecimiento del pasado que se erige en aviso cara al futuro.
Aunque me llamen periodista y no lo soy -y es un matiz importante porque mi aproximación en ese libro no es períodística, sino a través de la escritura, el viaje, la crítica literaria; algo que no entienden algunos que me han reseñado-, por lo menos, esta microrreseña acierta al señalar el carácter único o la originalidad de mi libro. Fue una guerra organizada y perpetrada por intelectuales, algo que ningún corresponsal advirtió por estos lares, y yo intenté dar voz a los intelectuales, no por las razones de siempre, sino porque ellos fueron y son responsables.
Martín habla de nuestra conversación sobre mi libro en su blog (bajando en el post), dedicado al mundo editorial y al futuro del libro...