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viernes, 16 de octubre de 2009

Silencios sombríos

Foto: I.N. Par la fênetre, Florac, 2009
Ayer tuve que recorrer la ciudad por distintos motivos y en cierto momento, agotada y cargada, cogí un taxi. En la radio interna de la compañía de taxis un conductor estaba diciendo que no podía recoger al cliente en el Paral·lel porque había habido un suicidio muy aparatoso y la zona estaba acordonada y llena de gente. Hace unos años supe que muy cerca de mi casa un adolescente se había tirado por la ventana y había muerto. También me llegó la noticia directa del nieto de un poeta que había intentado en vano quitarse la vida arrojándose al patio del centro de estudios donde iba también G., con la consternación general de los que le conocían. Otra vez, cuando me dirigía al Espai Brossa, tuve que dar un rodeo andando porque una mujer de unos cuarenta años se había arrojado por una ventana, o bien alguien la había empujado, y había cordón policial y mucha gente hablando y especulando. Años atrás vi, casi a cámara lenta desde la ventanilla del coche, a una mujer mayor saltando al vacío desde un edificio recién comprado (por una emprendedora propietaria de muchos restaurantes en la ciudad), y a la que iban a desahuciar, y escribí una carta a un periódico. Esa visión me sobrecogió porque pude verla de cerca, la falda gris de franela, el jersey, su pelo también gris, la tristeza de su gesto, el ruido seco y sordo de su cuerpo al caer, y tuve una visión de los múltiples dramas que podían desarrollarse ocultos desde los patios o la calle, y la integré en mi cuento Vinçon. Otra vez vi la espalda oscura de un hombre, un cuerpo en camisa a cuadros que se arrojaba al metro, e inmediatamente se organizó un infierno de griterío, multitud precipitándose y camilla que se lo llevó... Y tantas otras veces, más cerca o más lejos... De pequeña, en Vilassar, al cruzar la vía para ir a la playa, mi abuelo me gritó muy enfadado porque había mirado hacia el lugar donde otro hombre se había arrojado al paso del tren, y yo me sentí extrañamente acusada de mi mirada hacia lo que sólo era una sombra entre la gente, sin saber de qué era culpable, como siempre fue la culpa en mi infancia. Para mi sorpresa, nunca ninguno de esos suicidas apareció en los periódicos. Me imagino que en este país, si se produjera un caso como el de France Télécom donde los trabajadores se están suicidando en cadena, desesperados por la atmósfera cruel de despidos y traslados forzosos y esclavitud contemporánea que están sufriendo, nunca lo sabríamos. Tal vez sea verdad que aquí nadie se suicide, igual que nadie dimite, por el peso de la religión o por otras razones que desconozco. Quién sabe. En Francia se habla del tremendo índice de suicidios en las cárceles. En Suiza hablan ahora del suicidio de adolescentes (uno cada 72 horas). Aquí, se ocultan los números, yo nunca lo he leído (aunque los profesionales saben que esos números existen y crecen). Si ocurre, se silencia, se entierra, como se entierra la historia, la represión en la posguerra, la tortura, y los culpables de las atrocidades de todos aquellos años viven impunemente y mueren sin juicio ni vergüenza.
Siento esta meditación rápida y oscura de esta mañana radiante. No piensen que estoy melancólica; no lo estoy. Ha cambiado el tiempo. G. volvió de coger olas con su plancha gigante y el traje de neopreno en una playa cercana, agotado y moreno. El traje colgado en la terraza me resulta familiar, tiene la actitud corporal de un amigo al que vi ayer en una librería, pensando en su novela. Los niños siguen llorando a gritos en el colegio de al lado. En la pequeña terraza, la gata se baña en sol y el pelaje y los ojos le brillan con una sensación de pureza y juventud fulgurante.
Anteayer di mi primera sesión del posgrado en la UPF y me sorprendió agradablemente que algunos alumnos hubieran leído y conocieran algunos títulos, autores, personajes literarios, pasajes bíblicos. No todo está perdido, pensé. Aunque incluso cuando no saben su curiosidad energética suele parecerme esperanzadora. El 12 de noviembre hablaremos de mi libro balcánico en una charla en la librería Antígona, en Zaragoza, con Félix Romeo (Por cierto que allí mismo presentan el 23 de octubre No hay adverbio que te venga bien, de Jesús Marchamalo y Mario Merlino, publicado por Editorial Eclipsados, con Antón Castro). De mis cuentos ya les diré, pero será pronto. Ayer tuve un reencuentro feliz con dos amigos del pasado y la afinidad sigue ahí, efervescente, con el paso del tiempo a nuestro favor pese a todo. Sigo leyendo y maravillándome de lo que leo (hay un cuento sobrecogedor que aún ahora late intacto en mi mente, como si no hubiera pasado una noche -con su sueño- después de leerlo) para mi conferencia del miércoles en el posgrado. Me falta tiempo y añoro escribir.