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viernes, 16 de octubre de 2009

Silencios sombríos

Foto: I.N. Par la fênetre, Florac, 2009
Ayer tuve que recorrer la ciudad por distintos motivos y en cierto momento, agotada y cargada, cogí un taxi. En la radio interna de la compañía de taxis un conductor estaba diciendo que no podía recoger al cliente en el Paral·lel porque había habido un suicidio muy aparatoso y la zona estaba acordonada y llena de gente. Hace unos años supe que muy cerca de mi casa un adolescente se había tirado por la ventana y había muerto. También me llegó la noticia directa del nieto de un poeta que había intentado en vano quitarse la vida arrojándose al patio del centro de estudios donde iba también G., con la consternación general de los que le conocían. Otra vez, cuando me dirigía al Espai Brossa, tuve que dar un rodeo andando porque una mujer de unos cuarenta años se había arrojado por una ventana, o bien alguien la había empujado, y había cordón policial y mucha gente hablando y especulando. Años atrás vi, casi a cámara lenta desde la ventanilla del coche, a una mujer mayor saltando al vacío desde un edificio recién comprado (por una emprendedora propietaria de muchos restaurantes en la ciudad), y a la que iban a desahuciar, y escribí una carta a un periódico. Esa visión me sobrecogió porque pude verla de cerca, la falda gris de franela, el jersey, su pelo también gris, la tristeza de su gesto, el ruido seco y sordo de su cuerpo al caer, y tuve una visión de los múltiples dramas que podían desarrollarse ocultos desde los patios o la calle, y la integré en mi cuento Vinçon. Otra vez vi la espalda oscura de un hombre, un cuerpo en camisa a cuadros que se arrojaba al metro, e inmediatamente se organizó un infierno de griterío, multitud precipitándose y camilla que se lo llevó... Y tantas otras veces, más cerca o más lejos... De pequeña, en Vilassar, al cruzar la vía para ir a la playa, mi abuelo me gritó muy enfadado porque había mirado hacia el lugar donde otro hombre se había arrojado al paso del tren, y yo me sentí extrañamente acusada de mi mirada hacia lo que sólo era una sombra entre la gente, sin saber de qué era culpable, como siempre fue la culpa en mi infancia. Para mi sorpresa, nunca ninguno de esos suicidas apareció en los periódicos. Me imagino que en este país, si se produjera un caso como el de France Télécom donde los trabajadores se están suicidando en cadena, desesperados por la atmósfera cruel de despidos y traslados forzosos y esclavitud contemporánea que están sufriendo, nunca lo sabríamos. Tal vez sea verdad que aquí nadie se suicide, igual que nadie dimite, por el peso de la religión o por otras razones que desconozco. Quién sabe. En Francia se habla del tremendo índice de suicidios en las cárceles. En Suiza hablan ahora del suicidio de adolescentes (uno cada 72 horas). Aquí, se ocultan los números, yo nunca lo he leído (aunque los profesionales saben que esos números existen y crecen). Si ocurre, se silencia, se entierra, como se entierra la historia, la represión en la posguerra, la tortura, y los culpables de las atrocidades de todos aquellos años viven impunemente y mueren sin juicio ni vergüenza.
Siento esta meditación rápida y oscura de esta mañana radiante. No piensen que estoy melancólica; no lo estoy. Ha cambiado el tiempo. G. volvió de coger olas con su plancha gigante y el traje de neopreno en una playa cercana, agotado y moreno. El traje colgado en la terraza me resulta familiar, tiene la actitud corporal de un amigo al que vi ayer en una librería, pensando en su novela. Los niños siguen llorando a gritos en el colegio de al lado. En la pequeña terraza, la gata se baña en sol y el pelaje y los ojos le brillan con una sensación de pureza y juventud fulgurante.
Anteayer di mi primera sesión del posgrado en la UPF y me sorprendió agradablemente que algunos alumnos hubieran leído y conocieran algunos títulos, autores, personajes literarios, pasajes bíblicos. No todo está perdido, pensé. Aunque incluso cuando no saben su curiosidad energética suele parecerme esperanzadora. El 12 de noviembre hablaremos de mi libro balcánico en una charla en la librería Antígona, en Zaragoza, con Félix Romeo (Por cierto que allí mismo presentan el 23 de octubre No hay adverbio que te venga bien, de Jesús Marchamalo y Mario Merlino, publicado por Editorial Eclipsados, con Antón Castro). De mis cuentos ya les diré, pero será pronto. Ayer tuve un reencuentro feliz con dos amigos del pasado y la afinidad sigue ahí, efervescente, con el paso del tiempo a nuestro favor pese a todo. Sigo leyendo y maravillándome de lo que leo (hay un cuento sobrecogedor que aún ahora late intacto en mi mente, como si no hubiera pasado una noche -con su sueño- después de leerlo) para mi conferencia del miércoles en el posgrado. Me falta tiempo y añoro escribir.

lunes, 27 de abril de 2009

He vuelto al ruido del mundo

Foto: I.N., Escola Industrial, 2009
El otorrino se ha acercado con una jeringa gigantesca, de dimensiones casi oníricas, me ha pedido que sujetara una bacinilla metálica junto a mi cara y nada más liberarme el oído izquierdo he oído el estruendo fragoroso de una máquina. "¿Y ese ruido?", le he preguntado. Él se ha echado a reír: "Ese ruido ya estaba antes, cuando usted no podía oírlo..." Al liberarme el oído derecho, todo me parecía estridente, como si hubieran subido en exceso el volumen del mundo. "Con la quietud que tenía...", he musitado. "No diga eso. Piense que algunos sordos lo son porque no quieren oír", me ha dicho, con una sabiduría inesperada.
La calle me ha parecido un lugar terrible. En el camino de ida yo andaba maravillada con la luz, aún con el efecto de los mensajes apocalípticos sobre la crisis, la fiebre porcina y nuestro precario futuro, o el realismo inteligente del texto de Zygmun Baumann que traduzco y que muestra no sólo la profundidad de la crisis, sino la realidad de que no se está haciendo nada de nada para corregirla de verdad, sino que sigue el latrocinio de banqueros y grandes fortunas con la complicidad de los gobiernos (por ejemplo, es ya sabido que las ayudas a los Bancos han servido sólo para repartir bonos millonarios a los altos cargos, pagados con nuestros impuestos), y pensaba: "Con esta luz, no puede ocurrir nada realmente malo". Pero el camino de vuelta, ay, como los bebés que llegan al mundo llorando y sacudidos, arrancados de ese universo cerrado y oscuro donde no tienen que estrenar siquiera el aparato digestivo, ha sido irritante. Al llegar a casa he descubierto que todo suena, incluso este teclado me parece ahora estrepitoso; he logrado que G. bajase el volumen de los teléfonos, y para celebrarlo he puesto música, eso sí, música que me envolviera como un chal de seda filtrando los horrores auditivos de esta pobre ciudad abandonada por políticos desaprensivos y corruptos. Música de toda clase, empezando por Ben Harper y acabando con las Sonatas de Beethoven (que ahora me suenan distintas porque pienso en su enclaustramiento auditivo, en cómo debía imaginar la música, casi soñarla), en una celebración privada de mi doloroso retorno al ruido del mundo.
Ayer anduve por la ciudad peligrosamente, recorriendo la calle como si fuera un paisaje fotografiado. En un paseo con un amigo bajo los pinos arrogantes y generosos de Ca N'Altimira (él no me oía, porque yo hablaba bajito y es que mi voz me resonaba con fuerza en mi interior, y apenas le oía a él con mis oídos tapados) señalé la escena y le dije: "Parece un paisaje pintado". Y era verdad, dos perros y un anciano inmóviles nos contemplaban y en mi mundo silencioso nada era real. Por la tarde me fui a la cárcel Modelo, al Hospital Clínico, a l'Escola Industrial; necesitaba hacer unas fotos para mi libro. La Modelo me impresionó, como en otros tiempos, sentí de nuevo que todas las casas de los alrededores están contaminadas de su tristeza, las feas construidas desde los setenta en la más pura mediocridad, y las bonitas, humildes edificios de l'Eixample que viven a la espera, como si estuvieran ocupadas por familiares de presos, por la sombra de ese mundo vuelto al revés (otro calcetín, como mi sonido hacia dentro) y las fotografías mostraban esa construcción decimonónica y foucaultiana donde luego han acumulado alambradas y paneles metálicos con una humildad cutre, tercermundista. "Debería ser un museo del franquismo", pensé yo, recordando mis visitas a un hombre en 1974-75. Dos veces estuvieron a punto de arrollarme, un coche y una moto. El motorista, joven y con un habla precaria, gritó algo como "¡Oye! ¡Que yo estoy aquí!" mientras él y su colega me miraban asombrados. Yo les miré fijamente, estupefacta. Al conductor del coche le pedí disculpas con un gesto. Se lo conté a G. y se enfadó conmigo y me descubrí pensando: "Qué importa, yo he vivido mi vida", como si hubiera cumplido 80 años. Andaba feliz y desconectada del mundo, tanto que empezaba a preocuparme mi desapego vital, aunque tengo alguna pista y se la llevaré a La Esfinge si me decido a llamarla. Me dicen que los sordos viven en esa distancia. Pero qué quietud y qué paz la de estos días pasados. Era casi como si no estuviera del todo en el mundo, como si... (Allá, allá lejos; / Donde habite el olvido... Luis Cernuda) De pronto se puso a llover con fuerza y cogí un taxi al vuelo. El conductor no me oía. Era como si nada tuviese volumen, ni siquiera yo misma.
Luego estuve leyendo El solterón, de Adalbert Stifter, que tiene ese estilo Mann-Zweig, esa época y ese espíritu de La montaña mágica o de Veinticuatro horas de la vida de una mujer, incluso un leve matiz walseriano en el tratamiento del paisaje y el estado de ánimo, aunque tal vez sea más ingenuo. También leí el ártículo sobre la voz de un psicoanalista que sigue leyéndome y me asombró la cantidad de afinidades, coincidencias temáticas y sincronías y de la multiplicidad de voces poéticas y analíticas de su texto (!). Y hoy llegó a la lista del librero de la calle Berlinès la noticia triste de la muerte de otro psicoanalista que también me leyó y animó a seguir.
No puedo evitar preguntarme si este retorno mío significa algo más, si es una prefiguración de otro retorno necesario que sigo postergando misteriosamente, si mi alejamiento de estos días se refería también a ese otro territorio vital extrañamente abandonado en estos últimos tiempos y que temo recuperar, aun sabiendo que sin él estoy entre paréntesis, viviendo a medias, refugiándome, protegiéndome artificialmente... Chissà.
Mientras escribía de la cárcel me acordaba de aquella visita a la cárcel de Quatre Camins en que Carles Hac Mor logró hacerme cantar una canción, canté un poema del Romancero anónimo al que siempre vuelvo y temí que a aquellos presos no les gustara la metáfora, pero les gustó. En realidad, eran un público excepcional, escuchaban cada palabra con todo su peso y una atención intensa y vibrante, era difícil sostener la mirada oscura de algunos (yo no sabía qué miraban en realidad), y recogían cada mensaje. El poema habla de las prisiones interiores, pero Chicho Sánchez Ferlosio le puso música y yo entonces sólo recordaba vagamente (ahora ya tengo el disco), pero logré un efecto gracias a la intensidad que allí flotaba. El otro día se la canté a mi hermana italiana, que está por aquí para dar uno de sus talleres del autorretrato y vino un momento a dejar sus cámaras, y al oírme se echó a llorar, como cuando era pequeña, mientras alguien revoloteaba por aquí, poniendo orden en mi caos (Daniel Baremboin sigue ahí).

viernes, 24 de abril de 2009

Hacia el silencio

Foto: I.N., Torre Castañer, 2009
Por la mañana me dirigí a una clínica donde me habían dicho que me atenderían a las 10 am. Sólo al llegar descubrí que se trataba de un lugar cargado de recuerdos turbulentos para mí. Respiré con aprensión y subí a la sexta planta en un ascensor encharcado de tristeza. Llegué a la zona precisa, pero nadie me atendía y al fin me dijeron que si me esperaba allí, tal vez a las 12.30 o las 13h habría alguna posibilidad. ¡Pero eran las 10! ¿Por qué tenía que esperar allí tanto tiempo y sin apenas gente delante? Y esperar allí, con aquel dolor ajeno y resignado y aquel olor desagradable que me asaltaba por el torbellino de recuerdos, con dos escenas de una teatralidad dura...
Salí a la calle, fotografié algunas cúpulas y balcones, la destrucción de la belleza. Llamé a mi madre para pedirle el teléfono de la mutua, pero en su confusión, sólo acertó a darme el mío. Llamé a información de telefónica, me pusieron música, me hicieron esperar, escuchando ofertas engañosas, y al fin me dieron el número. Llamé, volvieron a ponerme música y al poco me contestó alguien, situado en el espacio sideral, o en una autopista de la información. Le expliqué, con gran esfuerzo didáctico porque me daba la sensación de que no me entendía, que era una urgencia de otorrinolaringología, añadí que tenía el oído tapado y le pregunté dónde podían atenderme. Me pidió mis datos, deletreados. Me preguntó en qué localidad estaba. Me hizo esperar con más música. Después me dio la dirección y el teléfono de tres centros. Llamé a los tres, subiendo el volumen del teléfono. Ninguno tenía servicio de otorrinolaringología. ¿Qué habría entendido la propietaria de aquella voz, desde su lugar virtual? ¿Estaría también ensordecida? Como las nuevas empleadas de la farmacia de abajo, que apenas entienden lo que les pido. Ya nadie sabe nada y hay días que resulta agotador hacerse entender, tras esas batallas con las compañías, la música grabada, la repetición de los datos propios y las respuestas robotizadas. A veces me parece que el paquistaní del colmado de abajo comprende mejor.
Volví a casa. Arrastro el mar en uno de los oídos, como cuando de pequeñas nos acercábamos las caracolas grandes a la oreja para escuchar las olas. Hice algunas fotos y al llegar las copié en el nuevo ordenador, lentísimo pese a su potencia, por las maravillas del Vista. Pero cuando ya estaban grabadas y borradas de la cámara, comprobé que habían desaparecido. Hablé con un informático, preguntándole si podrían ponerme el xp, me dijo que tal vez, pero que me costaría un dineral, seis horas de trabajo, el programa, y sin garantías de lograrlo... le dije que lo pensaría.
Me puse a traducir a Zygmun Baumann en el ordenador viejo, y sentí que me tranquilizaba ese trabajo mecánico de girar los vocablos como dice el Tirant: como ya dije en Los meandros de la traducción, resolver jeroglíficos consuela, es como imaginar que todos los problemas podrían tener una solución, una respuesta. Además, Baumann explica cómo nos han engañado con la crisis, cómo no se trata de un fracaso sino de un éxito de los Bancos, apoyados por los gobiernos. Y su análisis, pese a todo, también consuela, porque analizar el horror, intentar entender los mecanismos incluso de lo más injusto produce alivio.
Y por la tarde acudí a ese otro otorrino, consulta clásica y médico de la vieja escuela. Me llevé Isabelle de André Gide, que quiero releer, arrastrada por aquella frase que cité en mis cuentos y que no pondré aquí, pero en su lugar diré otra: "Nous suivions Gérard sans parler, oppressés par la beauté du lieu, de la saison, de l'heure, et parce que nous sentions aussi tout ce que cette excessive opulence pouvait cacher d'abandon et de deuil.". El otorrino me dijo que tengo un tapón de cera pétreo en cada oído y que me conviene pasar unos días echándome agua oxigenada. "No oirá nada", dijo, "¿Tiene cenas? Anúlelas. Le parecerá que por dentro todo hierve, pero no se preocupe. Se hará una pasta y no podrá oír nada, pero así, con suerte, el lunes por la tarde podré quitárselo." Me acordé de mi padre, que odiaba los cohetes y la pirotecnia, y en la noche de San Juan, anunciaba: "Si queréis decirme algo, que sea ahora, porque voy a ponerme los tapones", y después de un picnic nocturno (¡con noctilucas!) en la Savoia, de Cadaqués, se tapaba los oídos hasta el día siguiente. He avisado a unos cuantos de que a partir de ahora no oiré, y uno de ellos me ha lanzado un mensaje declarativo entre risas. Si quieren decirme algo, que sea por escrito.
He renunciado a asistir a la sesión lacaniana de mañana sobre la traducción de L'Étourdi, he apartado la vida social y me preparo para un fin de semana silencioso, como una extraña experiencia algo vertiginosa, con estas mareas que empiezan a resonar en mis oídos, leyendo y escribiendo y saliendo poco porque en la calle me siento aturdida, hablo demasiado bajo y nadie me oye (me ha pasado en la panadería y en el librero de la calle Berlinès), y además, me mareo al moverme, al agacharme, y al echar la cabeza hacia atrás para ponerme las gotas en los ojos, algo menos tristes y menos insidiosos, pero aún feúchos.
Yo querría irme a Vigo a conferenciar curada de todos estos pequeños malestares. Imagino la ciudad que conocí hace años, con su rambla catalana y sus múltiples rótulos art déco, las cesterías, cosas que ya no existirán. He leído que está toda abierta por obras. ¿Hasta dónde llega la locura del cemento? ¿Recorre toda la península? Me dicen que Portugal conserva la belleza, esa Portugal que nuestros programas metereológicos ignoran como si no existiera y como si a nadie de aquí le importase el tiempo que hará allí: siempre me lo decía una escandalizada Angela Reynolds y el otro día lo repitió Gibson: tienen que ser los extranjeros los que se den cuenta de la tremenda descortesía que tenemos hacia nuestros vecinos ibéricos.
Es extraño cómo el silencio o la distancia del sonido, que llega poco, disminuido y parece venir de otras direcciones, altera la percepción de las cosas. He recordado cuando tuve que estar toda una tarde sin usar los ojos y me senté en la sala y los cerré, llena de sensaciones extrañas e intensas y danzantes. Me parece como si pudiera comprender otros alejamientos y casi temo que mi inconsciente quiera aferrarse a este estado, alejarme, no oír, protegerme de todo lo que duele, de todo lo que sacude con su fealdad y su estruendo insensible. Pienso en John Cage y en algunas danzas de Cunningham en las que parecía volar. Pienso en un texto de la voz que me ha mandado un psicoanalista que a veces viene por aquí a leer. Pienso en la campana de cristal de Plath. En releer a T.S. Eliot, gracias a alguien que me manda un fragmento al dorso, la revelación aún es posible (ahora que yo, nacida en abril y siempre partidaria de ese mes energético en que todo renace, por primera vez en la vida pensaba en darle la razón a su April is the cruellest month!). Pienso en las películas nórdicas y en las orientales. Y escucho las oleadas marinas como cuando dormía en la habitación de arriba, en Cadaqués, con la puerta de la terraza abierta sobre Portdugué. Le silence est un prélude d'ouverture à la création, à la révélation"... dice mi diccionario de símbolos, "le silence, disent les règles monastiques, est une grande cérémonie."

viernes, 6 de febrero de 2009

Del silencio y la memoria

Foto: Joan Comas, presentación de Si un árbol cae, La Central, 2009 (Sin duda esta imagen no es profesional como las de Eph, pero tiene la ventaja de su condición borrosa, lo cual me favorece y le da una cualidad casi pictórica... y qué bonito el espejo de libros que me recuerda a mi casa...)
El otro día, al llegar a la radio me pidieron que esperase en una salita. Yo había sacado los maravillosos cuentos de Clarice Lispector y me disponía a gozar del tiempo de espera, pero enseguida me di cuenta de que era imposible. La radio sonaba muy alta y hablaban de deportes. Le pregunté al vigilante si no podía bajarla. No tenía mandos. Le dije, desesperada, que me iba fuera. El vigilante era un joven alto y corpulento, muy educado, de algún país latinoamericano. "Pero fuera hace mucho frío", me dijo, y me ofreció una silla, que sacó de detrás de su mostrador, y me senté allí. Los que pasaban me miraban extrañados. Yo leía. Cuando vino a buscarme el productor del programa me preguntó por qué no había esperado en la salita. Le dije que encerrarme a mí en una sala con una radio atronadora, y encima hablando de deportes, podía ser una forma de tortura. Él se rió, sin duda concluyó que estaba como las maracas de Machín. Aunque al acabar el programa estuvo preguntándome mucho sobre los Balcanes y el libro.
Hoy en el metro he buscado en vano un lugar donde no hubiera nadie con casquillos y música demasiado alta o hablando por el móvil a un volumen excesivo, exhibiendo su banalidad de una forma casi obscena. A nadie parece molestarle. Apenas nadie lee ni lo intenta, todos se sientan a mirarse o a hablar por sus móviles sin recato. Y yo me siento cada día más depaysée.
Mañana voy a La Jonquera a continuar las Jornades Identitat i exili. Hoy he pasado un rato por el Aula Magna de la UB. Me han dicho que los actos de la mañana han sido brillantes. He oído contar del desdén y la hostilidad con la que parte de la población francesa recibió a los pobres exiliados de este país. He oído del franquismo aún presente en la vida política y cultural, con citas ardientemente franquistas de Carlos Sentís, por ejemplo. He oído algún que otro testimonio. Mañana leeré un texto que he acabado recién ahora. De todas formas, esperaba que no se pudiera entrar, que hubiera una multitud. A veces pienso yo también que vivimos en un país sin remedio, que el descabezamiento y la destrucción y aquella Nada del franquismo nos dejaron sin vida. Ya lo decía aquella pieza de Joan Rabascall mostrando la programación de tv y radio del franquismo. Páramo cultural hasta el ridículo.
Ayer estuve en un estupendo concierto homenaje a Mestres Quadreny en La Pedrera. Fui escapándome, lo decidí a última hora, invitada por Aurora Gasull y me encantó. Mestres Quadreny nació en 1929, como mi padre, y cuando fuimos a felicitarle nos contó que compone con el ordenador desde 1968 o 69, cuando tenían uno inmenso en una sala de la Universidad, con refrigeración para que no se calentara. Me gustó su actitud discreta y quitándose importancia. Un músico que trabajó con Brossa y Miró, polifacético, poético y matemático, inquieto y vanguardista. Cuando le preguntaron por las piezas que íbamos a escuchar, citó a Schopenhauer para decir que el músico es como un médium, que cuando acaba el trance no recuerda ni sabe por qué. También dijo que era muy distinto cuando se trataba de un encargo, que siempre implicaba ese momento negro, ese ponerse nervioso y pensar que no podría, antes de la idea. Y cuando era libre, pues él estaba en la bañera y le venía una idea y corría a levantarse para anotarla... La primera pieza (Fogall de son) me desconcertó un poco... "tan dislocada", dijo luego el flautista, Quim Ollé. ¡Pero la segunda! Era un homenaje a Schumann y él dijo que era muy frágil y que si se tocaba bien era sugerente, pero si no se deshacía... Y la tocaron maravillosamente, todo era sutilidad y juego y dentro de su envoltorio punteado estaba encerrado Schumann misteriosa, poética, sintéticamente... Luego unas Constel·lacions que formaron su bóveda celeste y al final, qué maravilla las Sonades de la calor i el foc... Al salir, un japonés le dijo a Aurora con vehemencia que no le había gustado nada. Hay que tener el oído abierto para captar esos vuelos de mariposa, esos viajes de la música de este siglo. Contó uno de los conferenciantes que en la Barcelona de la República había conciertos de Alban Berg y se llenaban... ahora aun pesa el franquismo y su guadaña. Sólo hace dos años que se pudo estrenar una ópera de Mestres Quadreny compuesta hace tanto tiempo... Los músicos componían su propio paisaje fantasioso y ensoñado. La gestualidad loca del violín, Evelio Tieles, lejano en su universo otro! O la seria fiereza de la viola, la alta Dolores Nycz, o la palidez ojerosa y melancólica del trompa, o el color subido del clarinete, o el flautista que recordaba a un pájaro al tocar... Los músicos vivís en otro mundo, le dije a Aurora, que durante años fue uno de ellos...

domingo, 11 de noviembre de 2007

Del tiempo perdido y la repetición

Ilustración: Leonardo da Vinci, La dama del armiño.
En mi adolescencia, yo cuidaba a veces a unos niños inteligentes y talentosos, de aspecto anglosajón, a los que el padre había abandonado al hacerse hippie como un personaje de Nick Hornby, y la madre, ama de casa asombrosamente convencional en una familia excéntrica, se hizo ATS a toda velocidad para mantenerles. Sé que el mayor, entonces apasionado de las orcas y las ballenas, que un día sacó una sierra y se puso a cortar la esquina de una mesita del salón para proteger las piernas o cinturas de los que pasaban, con los años se sumergiría en los opiáceos, y aún no sé si salió bien parado. Del mediano no he vuelto a saber, pero recuerdo que una tarde trajo un álbum de la escuela y lo estuvimos mirando. En una gran página doble había hecho un dibujo de guerra espectacular, maravilloso, con una composición que recordaba a Hyeronimus Bosch o a Brueghel, lleno de color y de multitud de pequeños significantes y de figuras dramáticas que recibían o daban su merecido con intensidad teatral. Y no menos sorprendente era la inscripción en rojo de la maestra, que había escrito: Molt malament. Has perdut el temps. Cada vez que pierdo el tiempo en este blog me acuerdo de él y espero perderlo del mismo modo en que lo perdía aquel niño pelirrojo.
En nuestras televisiones, incluso las de pago, ahorran tiempo y dinero con la programación, de modo que siguen poniendo las mismas películas que siempre pusieron (y hay auténticas joyas del cine que nunca han puesto ni seguramente buscado). Hay películas tan vistas que nos aprendemos trozos de memoria. Yo tenía un ex cuñado amigo con quien a veces repetía un diálogo, doblado al castellano, de una famosa película con guapa pelirroja, guantes negros y aquella bofetada que consolaba a muchos hombres de la traición de sus madres. "Dos fichas. Dos pesos... Qué pequeño es el mundo, ¿eh Johnny?" De alguna forma, esas repeticiones nos obligan a volver a aquella fascinación reiterativa que marcaba la infancia. Yo recuerdo que mi hijo llegó a ver tropecientas mil veces sus películas (Super Ratón, Dumbo, Mary Poppins, La pantera rosa, como los cuentos y cómics mil veces leídos, Tintín, Lucky Luke, Spirou), y las observaba con gran atención y seriedad, como si quisiera ciertamente aprendérselas de memoria, inmutable, mientras que su padre soltaba lágrimas por Dumbo (como en la escena de El Padrino en que los mismos capos mafiosos que matan sin titubear lloran en la ópera a moco tendido). Pues bien. Esta mañana no ponían nada en la única cadena que veo mientras desayuno, la francogermana Arte TV, por la cual sigo pagando estúpidamente Canal Satélite aunque los demás canales me parecen infumables, pero en Arte ponían algo ininteresante, y en vano he recorrido los canales de cine, hasta que he dado con una de esas películas que habrán emitido también un millón de veces en todas las cadenas: La hija de Ryan. Y me he entretenido un rato viéndola, y en la repetición, he logrado ver otras cosas que nunca había visto. Por ejemplo, los silencios. Curiosamente, Lean no llenó todo de música banalizadora como en otros de sus éxitos. O la puso a menor volumen. Todo lo no dicho que es la clave de muchos de los dramas de esa historia, sustituido por gestos, expresión, respiración, paisaje, viento. Me he acordado de un joven partner al que mi amigo inglés llamaba The Silent Painter, que hablaba de todo menos de lo que pasaba entre nosotros. La primera mañana pensé que algo no le había gustado, pero al preguntarle, me dijo con su sonrisa etrusca: "Creí que se notaba en los gestos... Yo nunca digo nada..." Y añadió que sin palabras era más emocionante. Eso he pensado al ver a la magnífica Sarah Miles (la misma de El sirviente de Losey) y a Christopher Jones en la primera escena silenciosa del bosque. Y sí, al principio es más emocionante, pero luego, no decir significa muchas veces no poder decir, y a veces significa que ese silencio pesa en el otro, y por tanto es algo dramático; bueno para el cine y quizás no tanto para vivir.
Sobre el silencio, yo recordaba a medias una cita en un libro que leí, traducido y prestado, hace muchos años y decidí comprarlo en la red, y me ha llegado hoy y he encontrado la cita. Dice así: "You are right, said the Spaniard, drying his tears, 'joy is a convulsion, but grief is a habit, and to describe what we never communicate, is as absurd as to talk of colours to the blind'." (Tiene razón, dijo el español, secándose las lágrimas. La alegría es una convulsión, pero el pesar es una costumbre, y describir lo que nunca comunicamos es tan absurdo como hablar de colores a un ciego). Es de Melmoth the Wanderer, o Melmoth el errabundo, de Charles Maturin, esa novela gótica maravillosa de un inglés en la España de la Inquisición, con el diablo como personaje. Ahí, el inglés se sobrecogía ante la impudicia con la que el español intentaba contar su emoción ante un hecho, y le rogaba que abandonase el intento y continuase la narración.
Y dicho esto no voy a perder más tiempo y me voy a poner a lo mío, aprovechando ese otro silencio, siempre deseable, de los fines de semana en mi barrio. (Por cierto, la ilustración se debe a que ayer, Erika Bornay me dijo, mientras conversábamos en el bar de un hotel, "¡Tienes las manos como la dama del armiño de Leonardo!" Esta mañana lo he comprobado: en realidad, a pesar de toda su sapiencia iconográfica, Erika se equivocaba. Yo tengo las manos mucho más huesudas y con una forma distinta de esa dama. En cualquier caso, me dijo Erika que esa mano fue retocada y no por Leonardo, pero me gusta contemplar ese retrato...

lunes, 6 de agosto de 2007

En el silencio

Joan Miró, Ballarina, 1925
Silencio de mi barrio desierto, cargado el aire de mis inquietudes, preguntándome por qué una vez más sucumbí a la tentación y compré billetes para cruzar la pesadilla de los aeropuertos de agosto, sin saber si mi fuga acabará siendo en vano y adelantaré el retorno. Ayer crucé los umbrales y entré en el escenario doliente del pasado más remoto, creí que impunemente, pero me equivocaba, y al volver, antes de cruzar la espinosa esquina de la que fue casa de mi padre, pasé junto a la casa de un amigo enfermo y me pregunté cómo estaría. Luego tuve dos llamadas telefónicas, una llena de risas y escritura, desde Torredembarra y otra difícil, desde el pasado que parecía inocuo, con una vaga amenaza final, lo que mi amiga M. diría pasiva-agresiva.
Mi amigo contestó a mi email: dijo que se está muriendo, que ya no podía andar sin ayuda, que había perdido la visión de un ojo por una inyección radiactiva, que prefería no tener visitas, que una simple conversación le agotaba, que un día me llamaría, un día que no necesitase ayuda para andar, un día que tuviera ánimo. Dijo que había vendido su lujoso piso (restos de su antiguo esplendor) a condición de que le dejaran estar allí cinco años, aunque según él, será sólo cuestión de meses. Me gustaría creer que nada de esto es verdad, que él me mintiera por una razón cualquiera, que exagerase, o que los médicos errasen, como cuando en el final de mi padre, mi hijo siempre me decía: "No et preocupis, es curarà, els metges s'equivoquen." O que el personaje del cuento alemán volviese a engañar a la Muerte con su cerveza mágica.
Otra amiga me ha escrito con citas de Rilke y pensamientos inteligentes. El retorno de Cachodepan me devuelve también la sensación de hospitalidad.
Contra mis inquietudes, me he protegido con una lluvia de poetas chinos, gracias naturalmente a V, que me trajo dos antes de irse a su periplo europeo del verano: Wang Wei me lo reservo para el campo ibicenco. No sé si podré irme sin Li Bai, que es mi favorito. Y en cuanto a Li Qingzhao, más moderna (siglo XI), a pesar de que la traducción no me parece comparable (no por las reservas chinas de V., sino por un castellano que no reluce como el de Anne Hélène Suárez, sin duda la mejor. Dice V.: Hay que decirle a Anne Hélène que traduzca a Du Fu, el tercer poeta de la dinastía Tang que nos falta), es maravillosa por su universo femenino en aquella China, por su condición de intelectual mujer, viajera y con las vicisitudes de todos añadidas a la tristeza de su pérdida. Me gusta mucho esa mirada suya sobre los objetos, su vestido de seda, sus flores de ciruelo marchitándose en el pelo, sus velas, todo entrelazado a sus pensamientos e interrogaciones, pero en este momento es demasiado triste.
Hace un calor bochornoso. Un músico ha compuesto ya un tema para nuestro ginjoler, me dice que lo ha hecho deprisa y que a su vuelta de vacaciones lo retomará, y que quería enseñármelo antes. En esa música, con un título que recuerda a los poetas chinos (Crecer en silencio), están en efecto el crecimiento silencioso (como aquel personaje del cuento que apoyaba la oreja en el suelo para oír crecer la hierba) y el flujo líquido de la savia y las grandes dimensiones.
La bailarina de Miró cumple también su función terapéutica.

martes, 3 de julio de 2007

Del silencio y los azufaifos de Roses




Fotos: yo en Roses, al lado de la Riera del Ginjoler. Las imágenes en blanco y negro permiten adivinar la quietud de aquel paisaje generoso, que nada tiene que ver con el horror urbanístico de ahora.

Anoche volví a casa después de hablar del ruido con una amiga decidida a volver a esta parte alta de la ciudad que siempre ha detestado, sólo para evitar el circo turístico de ruidosas fiestas populares en que se ha convertido su barrio. Yo le hablé de las obras que nos torturan toda la semana, incluyendo el sábado por la mañana, y del helicóptero que nos acosa inexplicablemente, como un moscardón, a veces rompiendo incluso esa calma del domingo silencioso, que espero durante toda la estruendosa semana. Yo le decía que de pequeña, nunca habría imaginado que me convertiría en una adoradora del silencio, que ese fenómeno sería un día tan valioso. Ya sólo pongo música para tapar otros ruidos, y el fin de semana me limito a disfrutar de la quietud, sin música, rezando para que los vecinos tampoco la pongan.

Entonces me llegó un sms hermético-poético de un amigo pelirrojo de Figueres (hace muchos años, alguien nos presentó en el viejo Zeleste y descubrimos que, de pequeños, habíamos jugado juntos en el Parque de los Jóvenes y el de los Viejos, o en la playa de Roses, incluso en mi casa de la plaza de la Palmera, y él me confesó que en su primera visita a esa casa nos había robado un muñeco, un marinero francés -"antes de Genet", se rió- con pompón rojo, y que ese robo había sido su primer acto realmente transgresor), decía algo como: "Azufaifa roses la bahía riera del ginjoler mil novecientos sesenta y dos otro verano como siempre septiembre", y al comprobar que estaba despierta me llamó y desentrañó el mensaje. Por lo visto, al lado de la que fue nuestra casa, frente a la bahía, cuando en Roses no había más que cuatro casas, la almadraba y el mar, estaba la Riera del Ginjoler. ¡1962! Para él era otra cosa, para mí es el año en que vinimos a vivir a Barcelona y las dimensiones de mi paisaje cambiaron por completo (¡el año de la gran nevada!). Septiembre era la mejor época del verano, el colegio no empezaba hasta octubre, la luz era distinta y todo tenía ya una nota nostálgica de fin de fiesta. Mi amigo, que aún es pelirrojo, quería además invitarme al barco de un amigo suyo que se llama El ginjoler. Así que las azufaifas me envolvieron siempre y siguen ahí, cambiando de forma. Me pregunto si este otoño podré apoderarme de una de ellas en la calle Arimón y plantar el hueso en una maceta.
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lunes, 12 de marzo de 2007

La negación, el silencio

Foto: David Goldblatt, Johanesburgo, 1975.
En las guerras, los genocidios, ¿en qué consiste la complicidad colectiva? ¿Por qué hay tanta gente que quiere olvidar, y pasar página? Naturalmente, no todos son culpables de matar, no todos son criminales de guerra, la mayoría sólo miraron hacia otro lado, denunciaron, permitieron, tal vez para quedarse con el puesto de trabajo o la casa de alguien, alguien que fue expulsado, exiliado, desposeído, muerto... Es lo mismo en las familias. Cuando alguien es maltratado y se produce un silencio cómplice, cuando nadie quiere hablar de ello, es porque todos los que callan tuvieron una complacencia contemplando ese maltrato, sintieron placer con el dolor ajeno, tal vez sólo el alivio "alegre" de no ser ellos las víctimas, y en cualquier caso, ninguna empatía, ningún gesto afable. Alguien podría ser así y después cambiar, decir: "yo no te ayudé y lo siento". Pero prefiere no hacerlo porque en el fondo sigue sin sentir ninguna simpatía.
Y en cuanto a las secuelas del maltrato, recuerdo una escena de la obra de Ariel Dorfman que luego llevó al cine Polanski, La muerte y la doncella, en que una superviviente de los campos de concentración chilenos (en la película, Sigourney Weaver) descubre a su torturador, por la voz (ya que la torturaban con los ojos vendados), ya en la democracia. Y se da cuenta de que no necesita vengarse, sino sólo obligarle a decir: "Yo fui, yo lo hice". Ese reconocimiento, ese poner en palabras, escuchar que otro afirma y reconoce, aunque no haya perdón, es suficiente, aunque sea sólo la confirmación de que aquel sufrimiento no fue producto de su locura. Es una escena importante para mí. Es la razón por la que emprendí mi proyecto balcánico.
Y otra idea: por qué en parte, si sobrevive a su propia pulsión de destrucción (y de ¡venganza, Smith!), y lo supera, aun con cicatrices que duelen cíclicamente, el maltratado mira a su alrededor, se da cuenta de que ha creado una vida que le gusta, lejos de aquella gente, y se sorprende prefiriendo con todo haber sido la víctima en lugar de ser uno de esos seres que contemplaron su castigo con una sonrisa, de esos seres que lo siguen negando y silenciando, afirmando su culpa. Como el buen persianero, que me dijo una vez: "Que no me oiga mi jefe. Yo podría cambiarle la persiana por otra nueva y cobrarle 150 euros, pero si quiere le arreglo la suya, por 30 euros. Antes que enriquecerme, yo prefiero vivir tranquilo." Y es que tener una ética, intentar ser justo con los otros, no tener que despreciarse uno mismo o que ahogar esa conciencia de la propia bajeza al precio que sea, es también una pequeña pero no desdeñable fuente de felicidad. Pero hace falta un coraje y una sinceridad que no todos tienen.