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viernes, 28 de noviembre de 2008

Ya sé que no escribo


Foto: Guillermo Aguirre, Gilda dormint, 2008

Hace casi una semana que tengo el blog abandonado y una sensación de cierto encallamiento de las cosas, con los editores silenciosos (y mi urgencia se asocia a mi falta de tenacidad: con el tiempo yo pierdo interés por las cosas, pienso sólo en el siguiente libro, necesito que salgan esos cuentos para seguir escribiendo libremente. Sé que en esos cuentos, aunque me asuste publicarlos, he escrito mejor que antes, he avanzado a los otros libros). Hay agitación navideña por todas partes (horterada luminosa derrochada por el ayuntamiento, que se añade a esos árboles de hierro tan caros de los que habla Cacho en su blog, más exhortaciones al consumo por parte de Montilla, exhortaciones a subir el agua, nos cobrarán las bolsas de plástico; parece que la crisis (y todo) tenemos que pagarla nosotros, además de los impuestos, que no se usan para la educación ni lo social sino para los sueldos de los ministros, la construcción de infraestructuras que destrozan el paisaje, para la tala generalizada, para la escuela privada. Y a nadie se le ocurre una medida para contener los precios o que la austeridad la compartieran los altos ejecutivos de los Bancos, que siguen repartiendo dividendos, o los políticos, que no se bajan el sueldo). La traducción que avanza perezosamente me roba demasiado tiempo de escritura, y de las conferencias que tengo que preparar, y sigue esa nueva tradición de lo que yo llamo "desplantes" con la que los hados se burlan de mí de vez en cuando desde hace al menos un año y que V interpreta como reacción a la mejora de mi situación, lo cual me recuerda a la frase de un artista cuando le dieron el premio nacional de artes visuales: "Con lo bien que estaba yo en mi cómodo fracaso... Ahora todos me odiarán..." (y dicho esto se metió en la cama, deprimido). Es el mal de este país, según Larra, aunque también sea universal. Cualquier pequeño logro, pequeñísimo avance o cualquier cambio que agite las fantasías de otros nos convierte en objeto de sus celos y por tanto, de sus furiosos desplantes. A mí no me han dado ningún premio nacional, pero ya cuando publiqué casi clandestinamente tuve el dudoso placer de observar ese fenómeno en alguna gente que creía próxima. "Míralo por el lado bueno", me dijo alguien que practica el positive thinking. "Así te libras de falsos amigos".
Otra prueba para mi espíritu son escenas de negación de la realidad que resucitan viejos demonios de mi niñez. Un documental y una entrevista, dos personajes femeninos que niegan la memoria histórica en cada expresión y acaban defendiendo cualquier cosa con tal de proteger esa máscara pétrea que se han construido, la que debía evitar que se desmoronaran pero que las ha hecho difíciles para los otros, los hechos que señalan desmienten esa negación, pero ellas, obstinadas, siguen negando, aun nonagenarias. Es casi un patrón, una pauta, una exageración del reflejo sano de olvidar para seguir viviendo y está estudiado, pero a mí me produce escalofríos, me enerva, y si lo resisto, al día siguiente se traduce en una resaca melancólica. La negación caracterizó el entorno de mi infancia. Por eso para mí se hizo tan importante el valor de decir, el poner en palabras, por eso necesito lo declarativo, el reconocimiento verbal de las cosas para no enloquecer.
Sigo con mis gestiones a favor de mi amigo blogger persa-canadiense. Hay pequeñas cosas cotidianas que me recuerdan a él. Todo parece encallado también en ese terreno. Ojalá no esté en una celda de aislamiento, como sugería otro blogger iraní en Francia, entre otros horrores. Grupo de Facebook aquí.
Al pasar por la plaça Joaquim Folguera siento un temblor por esos almeces generosos (alguno centenario) que se disponen a arrancar. Se me encoge el espíritu, prisionero del cemento sin aire ni sombra. O cuando atravieso la Diagonal. O cuando leo las cartas de ciudadanos desdichados o engañados que se lamentan por Lesseps. Y en Polis, siguiendo con mi defensa de los árboles, el manifiesto y sus primeros firmantes.
Confesaré aquí algunas de mis consolaciones, las que pueden decirse. Ayer vi esa película maravillosa que siempre me vuelve, Jules et Jim. Me gusta tanto cómo está contada, las ideas que reúne con toda naturalidad, las imágenes y la canción (Le tourbillon de la vie) y la cara de Jeanne Moreau cuando la canta. Y ellos tres. Qué gozada. Y esta mañana, mientras desayunaba, he visto parte de otra película menos redonda y poética, pero me he quedado hipnotizada contemplando a un Peter O'Toole sumido en un cómodo caos doméstico encallado en la infancia, en un antecedente del Big Lebowski, y comprender la tentación incestuosa que ofrecía a su hermana, Susannah York. Peter O'Toole siempre fue para mí razón suficiente para ver una película, así como la encarnación de la belleza masculina, aunque fuese gay. De hecho, mirándole bien, he descubierto que al menos dos de mis partners tenían algún rasgo común (!!!) con él, aunque la combinación o el resultado fuese otro...
G se mueve con sus propias revoluciones y empieza a contemplar la posibilidad de un cambio de rumbo profesional, que surgió accidentalmente, mientras yo le estaba contando algo sin saber muy bien por qué (creo que sí lo sabía; de hecho se había planteado, algunas veces había bordeado esa idea...). Ah, y pienso escribir en Polis sobre los estudiantes, Bolonia, la ignorancia no del todo inocente de los periodistas y el buen artículo de Jordi Llovet en El País de ayer.

miércoles, 3 de octubre de 2007

2 minute stilte a.u.b., Dos minutos de silencio, por favor


Foto: Isaias Fanlo, Retrato con azufaifo, 2007

Otra película de Heddy Honigmann en la Filmoteca (esta vez me he abrigado). El cine estaba casi desierto, éramos ocho. Un documental sobre el ritual conmemorativo que se hace en Holanda cada 4 de mayo para recordar a las víctimas de la II Guerra Mundial. HH habla, con la contención elegante que caracteriza sus películas y su escucha extraordinaria, con algunos hombres y mujeres que asisten, la hija de unos colaboracionistas, algunos supervivientes, una psicoanalista que habla de la violencia que llevamos dentro y que hay que sacar, músicos, un hombre que no puede contar lo que más le duele y llora mientras su mujer le observa en silencio absoluto, una mujer en un geriátrico que cuenta a todos los que honra cada 4 de mayo, a los niños muertos y perdidos, a su tío, etc., y siempre esa atmósfera empática y de respeto de Heddy Honigmann (ella también descendiente de supervivientes de la Shoah, cuenta que creció escuchando historias de personas desaparecidas y aprendió cómo con cada persona se perdía un universo de cuentos, ideas, anécdotas), que se atreve a escuchar los silencios de esa gente y sus interrogaciones sin imponerse, el reverso de tantos entrevistadores, con una delicadeza casi psicoanalítica. La elegancia de Honigmann le permite contar con imágenes y silencios y no sólo con palabras o mostrar cómo las palabras ayudan a unos pero no pueden servir a otros. Todo está en los gestos de los que hablan, esa mujer judía que va poniendo las flores en un jarro mientras habla entrecortada y brusca de sentimientos difíciles, o esa chica desconcertada por el peso de la historia y su dificultad para abordar algo que no vivió, su mirada durante el paseo ritual, con su padre, o la canción que ha compuesto la hija de los colaboracionistas, su manera de rememorar sola en casa, o el poema de la psicoanalista y su interpretación del Réquiem de Verdi y las flores y el ritual íntimo y filmado de cerca, sin grandeur, sino con una proximidad casi táctil y las imágenes, las flores, el movimiento de los árboles, la gente andando y sus miradas pensativas en ese momento de reflexión de unos y dolor puro de otros, contando lo que no se dice en palabras, esa mezcla de pesar, conciencia, pensamiento sobre la condición humana, ambivalencias, la carga de la culpa que pesa sobre tantos, y la carga de las víctimas... Todo me hacía pensar una y otra vez en lo que aquí no se hace, no se ha hecho nunca: recordar lo que ocurrió, expresar eso en un ritual íntimo, reconocer a los que lucharon y sufrieron, reconocer lo que hizo cada uno.

El nuestro es un país que no piensa ni participa en esas cosas. Un país donde mucha gente que se considera progresista o posmoderna defiende que hay que olvidar y pasar página. De tal forma que los traumas del silencio pasan de una generación a otra. La culpa colectiva o el dolor colectivo, las dos cosas. Y esa falta de verbalización y recuerdo, esa falta de reconocimiento es la base de una ignorancia mucho más amplia, que lo engulle todo: no saber, no pensar, no reconocer. Porque sin historia no hay identidad posible, ni conciencia, ni reconciliación, ni curación, ni siquiera puede haber una verdadera cultura. En ese sentido, España no es Europa.

Cada vez estoy más convencida, y ayer la película holandesa de HH me lo confirmó, de que la ignorancia y la zafiedad semianalfabeta que reina en este país no se debe sólo a la falta de inversión en la educación, sino que a un nivel más profundo, está conectada con la negación del drama principal que se jugó en este país, no sólo durante la guerra, sino también durante la terrible posguerra. Creo que al renunciar a pensar y hablar de ello, se renuncia también en lo profundo a todo pensamiento, a toda reflexión, a toda dificultad o esfuerzo intelectual, y uno se dirige a la evasión más superficial, a la pura banalidad. Creo que ese es el mal de este país, donde me siento siempre tan ajena.

lunes, 12 de marzo de 2007

La negación, el silencio

Foto: David Goldblatt, Johanesburgo, 1975.
En las guerras, los genocidios, ¿en qué consiste la complicidad colectiva? ¿Por qué hay tanta gente que quiere olvidar, y pasar página? Naturalmente, no todos son culpables de matar, no todos son criminales de guerra, la mayoría sólo miraron hacia otro lado, denunciaron, permitieron, tal vez para quedarse con el puesto de trabajo o la casa de alguien, alguien que fue expulsado, exiliado, desposeído, muerto... Es lo mismo en las familias. Cuando alguien es maltratado y se produce un silencio cómplice, cuando nadie quiere hablar de ello, es porque todos los que callan tuvieron una complacencia contemplando ese maltrato, sintieron placer con el dolor ajeno, tal vez sólo el alivio "alegre" de no ser ellos las víctimas, y en cualquier caso, ninguna empatía, ningún gesto afable. Alguien podría ser así y después cambiar, decir: "yo no te ayudé y lo siento". Pero prefiere no hacerlo porque en el fondo sigue sin sentir ninguna simpatía.
Y en cuanto a las secuelas del maltrato, recuerdo una escena de la obra de Ariel Dorfman que luego llevó al cine Polanski, La muerte y la doncella, en que una superviviente de los campos de concentración chilenos (en la película, Sigourney Weaver) descubre a su torturador, por la voz (ya que la torturaban con los ojos vendados), ya en la democracia. Y se da cuenta de que no necesita vengarse, sino sólo obligarle a decir: "Yo fui, yo lo hice". Ese reconocimiento, ese poner en palabras, escuchar que otro afirma y reconoce, aunque no haya perdón, es suficiente, aunque sea sólo la confirmación de que aquel sufrimiento no fue producto de su locura. Es una escena importante para mí. Es la razón por la que emprendí mi proyecto balcánico.
Y otra idea: por qué en parte, si sobrevive a su propia pulsión de destrucción (y de ¡venganza, Smith!), y lo supera, aun con cicatrices que duelen cíclicamente, el maltratado mira a su alrededor, se da cuenta de que ha creado una vida que le gusta, lejos de aquella gente, y se sorprende prefiriendo con todo haber sido la víctima en lugar de ser uno de esos seres que contemplaron su castigo con una sonrisa, de esos seres que lo siguen negando y silenciando, afirmando su culpa. Como el buen persianero, que me dijo una vez: "Que no me oiga mi jefe. Yo podría cambiarle la persiana por otra nueva y cobrarle 150 euros, pero si quiere le arreglo la suya, por 30 euros. Antes que enriquecerme, yo prefiero vivir tranquilo." Y es que tener una ética, intentar ser justo con los otros, no tener que despreciarse uno mismo o que ahogar esa conciencia de la propia bajeza al precio que sea, es también una pequeña pero no desdeñable fuente de felicidad. Pero hace falta un coraje y una sinceridad que no todos tienen.