Se me pasó la semana sin darme cuenta.
Vi Le plaisir, de Max Ophuls, como continuación hechizada de mis lecturas de Mouche y de La vida errante. Leí Tortilla Flat, de Steinbeck, por recomendación facebookiana de X.A. (y para celebrar que Navona los ha publicado) y esperaré a que me lleguen Cannery Road y Sweet Thursday para seguir su consejo ordenadamente; es una trilogía "hispana" muy distinta al Steinbeck que yo conocía, leí que se le ha criticado de estereotípico en su retrato de esos hispanos, pero lo que a mí me interesaba era algo más universal de esa nouvelle, la actitud vital de esos amigos desesperados, pobres y desencajados del mundo, a los que una borrachera lleva a la guerra y otra a la cárcel, y de cómo la herencia de unas casas pesa sobre uno de ellos con una fuerza capaz de desencadenar su destrucción. Hay un humor y una melancolía sobre la condición humana y el mundo, sobre la sensibilidad, la pobreza y la inadaptación que también están en Las uvas de la ira, en De ratones y hombres, en El invierno de nuestro descontento, Al Este del Edén. Pero hay aquí algo muy distinto de sus grandes novelas americanas.
Anoche vi, por la Otra Bel, una versión de El amante de Lady Chatterley que me hizo pensar en la terrestridad y en algunas extrañas parejas y en el trasfondo de libertad en lo amoroso que transmitía la novela de D.H.Lawrence, y que yo leí de pequeña, furtivamente, pero que asocié siempre a la fantasía de una amiga mía.
Tras la primera resaca del golpe, he pasado días traduciendo Giono y Brennan, trasladada al sofá por mis condiciones post-accidente; es una forma de luchar contra mis impulsos de andariega. Algunos amigos han venido y vienen a traerme cosas que necesito. Alguien vino a comer un día en que yo apenas me tenía en pie, y sentada, hice una coca de verduras, desoyendo sus comentarios sobre el calor y la atmósfera. Sigo echando de menos la belleza de Gilda, mi gata sabia y afectuosa, y su compañía protectora y llena de humor felino, pero me ha dejado muchas cosas como regalo, y su generosidad y su relación con la naturaleza me ayudan ahora a recuperarme. Esta tarde pensaba riéndome en las frases irónicas de un amigo balcánico: "¡Hay que aceptar estoicamente el fracaso! A mí antes me irritaba; ¡ahora cada vez lo acojo con más ganas!"
Estuve buscando poetas y poemas hispanos para que le leyeran a M. en voz alta. Por lo visto M. agradece esas lecturas: aunque ella ya no pueda formular sus frases, ese misterio no del todo inteligible de lo poético le produce cierto placer. No fui a verla: pensé que mi aspecto la asustaría, a ella, que sólo se preocupa por lo visible.
He visto, gracias a Stalker, una entrevista (con imágenes de una película suya que no olvido, Ladoni (Palmas) la belleza en la miseria, el delirio, la locura, los vestigios del dolor interiorizado y mudo y de la guerra -¿de Crimea?- en personajes de la calle, de los refugios, manicomios, prisiones, de los agujeros de la ciudad) del moldavo Artur Aristakisian, incluso su forma de hablar guarda algo de ese dolor oscuro como un enigma. Ese monólogo del hombre de Chisinau que hablaba siempre en bajo con su hijo no nacido, al que su mujer renunció al dejarle. Luego he visto la película, con la música de Verdi y las historias de cada personaje y las alegorías que Aristakisian inventó. Esas frases. "La única vía de salvación es enloquecer", dice el hombre de Chisinau. "O yacer y hacerse una cama en el suelo". Y esos personajes que guardan la ropa de los muertos, algunos muertos en un psiquiátrico, "de soledad e inyecciones". Vale la pena verlo. Con su poética feroz e introspectiva y esas imágenes de "los que no tienen lugar en la Tierra" dice más del mundo y de la historia y sus márgenes que ninguna otra película.
He vuelto a la novela: humilde, ciega, lenta, tentativamente, pero en ella estoy y procuraré quedarme. Me he puesto a releer el Quijote, que me consuela de casi todo y me hace reír. En parte he vuelto porque la forma en que se levanta siempre de tantos golpes y el humor con que lo cuenta me atraían más aún en este momento. Y en parte porque de vez en cuando es bueno para mi castellano (¡al redropelo!) volver ahí y gozar con esos diálogos (el de Babieca y Rocinante! Con aquel: "Metafísico estáis./ es que no como") y esas descripciones, dejando aparte el ingenio y la maravilla de todo. Me asombra que ese Cervantes de la segunda parte me resulte tan cercano.
Voy mejorando mi estado físico: al principio, por mi impaciencia, me costaba reconocer los avances, pero hoy ha habido momentos más claros, aunque no es una progresión lineal, sin llegar a ser leninista (un paso adelante, dos atrás).
En la calle, los más viejos me comprenden. Ellos saben que una caída puede producir estos efectos. Ayer me crucé en un semáforo con un señor octogenario que llevaba bastón. Señaló al mío y me dijo, irónicamente: "Podríamos hacer una carrera... o un concurso". Me hizo reír. También me sorprendió la mirada apasionada de un joven moreno; me pregunté si se trataría de alguien con espíritu de rescate, un espíritu algo quijotesco que consistiría en buscar el dolor y la tristeza femenina para aliviarlos o que no concebiría el interés amoroso sin sentir que rescata a su dama. Quién sabe.
Me gusta tanto esta sensación de ciudad solitaria y desierta (en estos barrios) y este aire de verano, a pesar de todo... Ojalá no volviera la gente, ojalá el verano no se acabara nunca.
