Foto: I.N., Mirador en Ciutat Vella, 2009
de las malas noticias y del dolor de mi brazo en los comentarios de los amigos, he pensado en esa frase de T.S. Eliot que siempre me vuelve, como un mantra, The only wisdom we can adquire / is the wisdom of humility: humility is endless, he pensado en la necesaria aceptación de un fracaso en mi escritura y en el extraño desafío de ese brazo que se rebela nuevamente cuando se acerca la hora de traducir para poder mantenerme de nuevo, y coincide con un disgusto por la pérdida de confianza en alguien a quien había querido considerar hospitalario, ¿pero qué sabemos del miedo de los otros? ¿Cómo esperar que no se dejen llevar por la marea general, por ese espíritu mezquino que está también en todas las guerras? Y al mismo tiempo, esa decepción también me recuerda que el camino seguirá siendo duro y difícil y vuelven mis fantasías de vivir debajo de un puente.
He pasado la mañana bajo un estruendo infernal, he ido al edificio de al lado (que no guarda la distancia necesaria con el nuestro) y los obreros, gente muy amable que soporta ese horror sin casco ni protección alguna, me han dicho que el fragor duraría seguramente sólo hasta el viernes (aunque el piso parecía una cueva con meses de obra por delante), yo he escrito tapándome los oídos.
He vuelto a María Zambrano Las palabras del retorno (ayer lo vi y no resistí, creo que alguien me lo recomendó hace poco), leo La realidad y el deseo, he colgado en la pared la foto del gato entre libros (y además de la poética de Català Roca veo al amigo que me la ha regalado y su alegre acogida de ayer y sus elogios a mi aspecto), he leído a una amiga -generalmente pragmática y no dada al wishful thinking- que andando por la calle vio muy claro que yo obtendría el reconocimiento que ella cree que merezco, he acariciado a Gilda, he recibido a G. y su espíritu joven y veraniego, he leído de otro amigo una frase sobre los falsos y verdaderos profetas, me he puesto mi vestido inglés falsamente chino y ahora está ya el horno encendido para el pescado de los amigos que vendrán a cenar.
Mi audiolibro Crucigrama ha llegado a La Central y pronto estará también en Xoroi. Es una forma de lenta resistencia contra el olvido.
Tengo la suerte de que mis amigos creen en mí más de lo que yo creo; están convencidos de que no se cumplirán los malos augurios de Jacques le fataliste y de que sí hay esperanza para mí y para mi escritura. Me mandan la frase de Juliana de Norwich: "And all shall be well, and all manners of things shall be well." Mañana veré a quien me ayuda con el dolor del brazo y pasado veré a quien durante años me ayudó a limpiar el espejo, a quitar las telarañas para ver detrás, para discernir lo invisible, para mover las rocas del inconsciente. No hay garantías de nada y es verdad que, para mí, éste es un año misterioso, de avances y retrocesos, de dolor y de fortuna, tantas contradicciones en una combinación inesperada. "No dejes de escribir, necesito tu escritura", me ha dicho alguien en otro idioma. Otro me escribe al dorso para decirme que se ha comprado mis dos últimos libros y que está deseando leerlos y que se los firme el lunes. He estado escribiendo, o mejor, reescribiendo un trozo de mi libro de paseos. La luz es magnífica y al salir voy mirando balcones y fachadas, soñando con veranos del pasado. V. me ha escrito desde Madrid, dice que el calor es "de Córdoba en agosto".