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viernes, 10 de abril de 2009

Per un pertugio tondo

Foto: I.N., La maraña de los almeces de la plaça, que el ayuntamiento pretende talar y acabar también con esta belleza invernal, marzo 2009
Siempre me gustó ese hueco rotundo de la salida del infierno de Dante:
"lo duca e io per quel cammino ascoso
intrammo a ritornar nel chiaro mondo;
e sanza cura aver d'alcun riposo
salimmo su, el primo e io secondo,
tanto ch'i' vidi delle cose belle
che porta 'l ciel, per un pertugio tondo;
e quindi uscimmo a riveder le stelle."
Leí de verdad la Comedia tarde, en 1981, en la edición bilingüe de Ángel Crespo, y confieso que leí y releí muchas veces el Inferno, me aprendí incluso de memoria algunos fragmentos, sin proponérmelo, a base de citarlos, leí el Purgatorio una sola vez y nunca acabé el Cielo. En uno de aquellos programas de libros franceses que tanto me gustaban, oí decir a Philipe Sollers que el Infierno se había vendido siempre diez o veinte veces más que los otros dos, tal vez porque los humanos sabemos mucho del infierno y no creemos demasiado en el cielo. O porque la felicidad no resulta muy literaria. Hace poco una mujer inteligente que no suele leer ficción me pedía que le recomendase una novela alegre y no oscura y la verdad es que no supe qué decirle porque a mí me gustan los libros donde la melancolía y la tristeza tienen su sitio, aunque convivan con la vitalidad y lo esperanzado, y no puedo imaginar una atmósfera literaria ni vital sin parte oscura, que no pareciese sospechosamente banal como un libro de autoayuda. A veces hasta el humor, si no muestra el lado amargo (como hace el Quijote, que está lleno de todas las cosas y entre ellas la violencia, la tristeza, la injusticia, el triunfo de la mediocridad, los sueños, el delirio y la locura como forma de vivir en el mundo) me resulta deshumanizado y deprimente.
Yo fui, durante un tiempo, uno de esos seres tristes sin causa, cuando el sol brillaba, que ahí aparecen condenados a vivir en el lodo, en la charca negra:
Fitti nel limo, dicono: "Tristi fummo
n'ell aere dolce che dal sol s'allegra,
portando dentro accidioso fummo:
or ci attristiam nella belleta negra..."
No contaré cómo pasé yo de la belleta negra al aere dolce, fue un proceso lento y misterioso, callado como la salida del infierno, y me llevé conmigo fragmentos de la selva selvaggia e aspra e forte che nel pensier rinova la paura! Porque no existe una sin la otra, como no podríamos percibir el silencio si no existiera el ruido.
He visto mientras desayunaba un documental triste en Arte TV de Uzbekistán y el mar de Aral, una extensión de paisaje lunar y naturaleza agonizante por los pesticidas y la contaminación, que ha llevado a la enfermedad y el hambre en toda la región vecina... Luego, con esa escandalosa combinación de la tv, que pasa de la desolación al placer de vivir sin transición (y peor aún cuando hay publicidad), un chef marroquí que ha montado en algún lugar de Marruecos un restaurante de fusión iba a un mercado magnífico y enseñaba unas alcachofas silvestres muy pequeñas y despeluchadas como cardos que sólo crecen allí y duran una sola semana, según él, deliciosas. Había un montón de vegetales distintos, y enseñaba a elegir una sandía y hablaba del ruido de agua que hay que oír tras apretarla, si está madura...
Me he despertado a una mañana algo desolada, por mis malaises físicos y la incertidumbre y el cansancio que me producen y mis dudas laborales (me han propuesto una traducción que no sé si podré hacer, ¿resistiré?) y financieras. J nos ha preparado unos manjares pese a su propio malestar, yo he pospuesto mi excursión a las palmeritas y el mar donde vive JC. Me pregunto si el exótico medicamento homeopático servirá para que me sienta capaz de celebrar mi cumpleaños en tres días. Esta tarde quiero revisar mis cuentos por última vez antes de imprimirlos, y luego, si me queda tiempo, entraré en mi otro libro: ésas son fuentes ciertas de aere dolce. He leído en la web las indicaciones muy antiguas, estilo Samuel Hahnemann, de sufrientes a quienes conviene mi extraño medicamento, que resulta ser un ombú (mis ombúes americanos de Cadaqués, que tanto he fotografiado!) y me ha hecho gracia: ¡hablaba de enfermos a quienes duele todo, que aprietan los dientes y piensan en la muerte! No sé si me habrá contagiado pero empiezo a sentirme destemplada y con el peso de la ley de la gravedad arrastrándome hacia abajo...
A pesar del tiempo, los árboles están llenos de brotes, incluso los pobres condenados de la plaça Joaquim Folguera celebran la primavera con su aire secreto y conspirativo del Cerro de los faunos, dictando sus encantamientos de cuentos de hadas y protegiendo a los niños que juegan en ese claro. Ojalá algo impida la ejecución arboricida anunciada e inminente. Que algo detenga el brazo armado de este consistorio antiverde. Me han mandado una noticia de esa guerrilla gardening que pone flores en las alcantarillas de esta ciudad para denunciar la falta de espacios verdes. Pobre Diagonal también amenazada... Por cierto, he puesto más abajo el manifiesto para que sigan firmando...

jueves, 28 de febrero de 2008

Tristi fummo

Foto: el fotógrafo fue Jose Aguirre y ésta era yo en 1987

Yo creo que fue en la época de esa foto cuando descubrí leyendo la Commedia ese lugar del infierno, la laguna Estigia, un pantano gris de agua negra y barro, donde el narrador "vidi gente fangosa in quel pantano", ¡condenados por tristes! Fue una revolución interna: ¡el baudelairiano spleen, la melancolía, vistos como un pecado! Y yo podía ser uno de aquellos que cantaban en el limo, como demuestra la foto.
"Tristi fummo
nell' aere dolce che dal sol s'allegra,
portando dentro accidioso fummo:
or ci attristiam nella belleta negra".
Y deseé no convertirme en uno de aquellos que languidecían fangosos en la charca negra por haber estado tristes aun bajo el brillo del sol. Aunque al final había algo esperanzador en la escena porque la palabra de aquellos tristes fundía el limo. O al menos, eso entendía Ángel Crespo, pues en la versión original parecía decir lo contrario. Y unos años después logré darme cuenta de que incluso cuando volvía a la charca negra lo pasaba medio bien. O que había llegado a aficionarme tanto a vivir que incluso en los malos momentos o en la memoria encontraba ingredientes que cocinar, de los que podía reírme, que intentar comprender lo que iba ocurriendo dentro y fuera de mí compensaba el antiguo sufrimiento, gracias al deseo y la alquimia de la escritura. Y que aún en las épocas más viejas y oscuras, yo nunca había cerrado los ojos, nunca había dejado de observar, maravillada, de descubrir, extasiada, de preguntarme, aun dolorida.
Todo esto se me aparece sólo porque hace un día plomizo y opaco, o como estela de ayer. Yo no resistiría vivir en un país frío, un país gris, como casi todos donde las cosas funcionan. Mientras, mi brazo sigue rebelde contra la presión de la traducción. Pero yo dije que hoy hablaría de la novela de JPA y quiero intentarlo, aunque sin tiempo ninguno. Dice Alberto Manguel que los buenos libros son aquellos que hacen sentir al lector que han sido escritos para él. Yo sentí exactamente eso en las primeras páginas de Los príncipes valientes. O mejor dicho, sentí que hablaba de mí, puesto que esa vibración gozosa y melangée en la que el narrador y su amigo, mientras viven, sienten que están leyendo, y mientras leen, sienten que la vida está ahí, que la vida es eso, esa conexión mágica en la que han desaparecido las fronteras entre vida y literatura o que uno las cruza vertiginosamente todos los días de su infancia también es una sensación mía. Y aunque para mí, sus personajes televisivos son casi desconocidos, porque yo llegué antes al mundo y abandoné antes la televisión (y no recuerdo apenas a ese Colombo que él analiza con tanto brillo), todo se integra bien en el nervio de su novela, llena de médula y de autenticidad. Hay páginas, su relación con las mujeres, o mejor dicho, la mirada que él pone en ellas, en esa madre proletaria y niña republicana que le lee el Quijote y añade sus propias palabras, o esas niñas que fingen no hacerle caso en el ascensor o por la calle y la fascinación que le despiertan, y tantos días de peladuras de habas que caen en la basura como faldas de terciopelo verde, mezclándose con las palabras y su escucha, esa autenticidad burlona y tierna y siempre inteligente con que mira el Besòs, o al padre proletario que vuelve del trabajo... Hay algo suave y a la vez fulgurante, como un crepitar de llamas en una enorme pira donde cada ingrediente es examinado con cuidado burlón antes de arrojarse al fuego, con una palpitación maravillosa, o una fruición vital de esa mirada que puedo reconocer, la forma de resucitar la memoria para explicársela y reentenderla y redibujarla. Y esos príncipes valientes me han hecho pensar en los príncipes y princesas proletarios de los que hablaba una vez Manuel Delgado, de cómo se iluminan los personajes en la ciudad descarnada, de cómo el narrador y su otro yo, su compinche, celebran la vida y los mitos -literarios, televisivos o de cómic- que se entretejen poderosamente para ayudarle a comprender o a contarlo. Y de cómo, más allá del escenario brutal de los años sesenta en los suburbios de Barcelona, los vestigios de la miseria de posguerra, los mutilados, las fábricas, el movimiento obrero, la inmigración llegada de una vida rural pobre pero tal vez más reflexiva o menos despiadada, encajados a la fuerza en esos feos barrios del extrarradio, sólo importan la mente y los sueños del niño fabulador y su mirada, y ese narrador encontrará no sólo en su infancia recobrada y en la amistad y en el fin de esa amistad y en los mitos con los que ha podido explicarse su mundo, la pasión y el motor de su escritura. Quien me la recomendó me habló de una novela favorita mía, Le premier homme de Camus, y es cierto que algo de eso hay (revenir à l'enfance dont il n'avait jamais guéri, à ce secret de lumière et de pauvreté chaleureuse qui l'avait aidé à vivre et à tout vaincre), en la mirada a la madre o la atmósfera proletaria, menos brutal y menos trágica vitalmente aquí que en Camus, pero con una luminosidad y una pasión de juego similares; y es inevitable pensar en Proust, en un cierto Julien Sorel o incluso en Marsé, pero todos ellos se unirían a las lecturas, a los personajes míticos que circulan a toda velocidad en el desfile onírico literario de estas páginas.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Una foto borrosa

I.N. Autorretrato matinal, 7 de septiembre 07, recién despierta

Hay un amigo que siempre me pide que sonría en las fotos del blog. Sólo pude hacerlo esta mañana delante de un espejo (porque si no, se me olvida sonreír, recupero espontáneamente mi self del Tristi fummo) y como no había mucha luz con la persiana medio echada, salió borrosa y no muy favorecida así nature, pero tal vez le hará gracia verla y quizá así ya no volverá a pedirlo.
He ido a recoger el permiso para la Festa del Ginjoler. Al bajar en la estación de los FFCC de Sarrià recordaba cómo era esa estación al aire libre cuando yo era adolescente y la decepción que me llevé un mediodía, al volver de la Autónoma y encontrarme aquel horror de cárcel embaldosada. Vuelve la canción. "Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo... Vas por la calle llorando... lágrimas de oro..." Yo iba releyendo Villa Triste, de Patrick Modiano, que habla de plátanos y mimosas y palmeras y pinos y edificios destruidos y jardines ingleses. Empieza así: "Ils ont détruit l'hôtel de Verdun. C'était un curieux bâtiment, en face de la gare, bordé d'une véranda dont le bois pourrisait..." Me recuerda a nuestra casa del azufaifo.
Mañana, si todo va bien, veré los plátanos de Cadaqués, y esos árboles de indianos que no sé cómo se llaman. Y el domingo volveré (¡con unos interesantes argentinos de Ibiza!) para que no me pille la marabunta. Siempre que veo mimosas me acuerdo de aquel personaje de La regle du jeu de Renoir, que estaba obsesionado por sus mimosas...
Yo siempre digo que no tengo imaginación. Es decir, escribo autoficción, nada me parece más interesante que dar vueltas con lo real, mío y ajeno, imaginar la vida de un monje medieval en China me gusta si leo sobre él, pero en mi escritura no podría sostenerse, flaquearía. Si tengo imaginación, le doy otros usos. A algunos, la imaginación les sirve sobre todo para investigar asuntos de celos, torturarse y torturar a sus partners con posibles rivales, visualizar cómo son sustituidos. En la escritura, mi imaginación suele jugar en torno al "y si..." O "si en vez de...", como aquel libro de Paul Theroux, donde fantaseaba sobre su vida, alterándola sólo un poco para contar otra verdad más interna, menos objetiva. Yo maluso la imaginación en situaciones absurdas, por ejemplo, cuando hago la maleta: ¿y si... hace frío, y si hace calor, y si me invitan a una cena en palacio, o a una excursión campo a través, y si me paso el día en las rocas, y si me sobra tiempo y puedo leerme el libraco que voy a reseñar para La Vanguardia, y si me aburro y me apetece acabar con las piezas neoyorquinas de Maeve Brennan o con las leyendas de los árboles, y si me encuentro en un dilema y quiero echarme el Tarot o consultar el I Ching, y si en la panadería ya no queda pan de cuatro cereales y debería llevar el mío, recién hecho en casa, y si le llevo a mi anfitrión dos libros en vez de uno, y si quiero hacer fotos, o filmar...? Siempre pensé que los dioses no me habían concedido el don de la síntesis. ¿Pero entonces, por qué escribo cuentos y no novelas, como quieren los editores? ¿Tal vez sólo para no arriesgarme a tener éxito? El inconsciente siempre es loco, dijo mi antigua psicoanalista, y yo añado: siempre imprevisible y tortuoso en sus meandros...

domingo, 26 de agosto de 2007

Sostiene Dante

Foto: I.N., Gatos en los tejados, Cadaqués, 2007
Que hay algo literario en mis pies llenos de dolorosas púas de erizo, algunas envenenadas. Como la sirena de Andersen, le digo (y no la de Walt Disney), que sentía como si le clavaran mil cuchillos cada vez que ponía el pie en el suelo. Sostiene Dante que cuando me llamó a las rocas de Sa Conca y me preguntó si estaba en el Marítim, yo le dije una frase premonitoria: "No, estoy como la pequeña sirena, en las rocas". Aunque yo no recuerdo ese fragmento del diálogo, sí recuerdo que apenas le oía, entre el ruido del mar, el aire (convertido en fragoroso viento en el móvil) y la conversación de mis amigos italianos. Claro que él ve mis historias con el halo de su percepción escorpiniana (hay alguien más que lo ve como él) y cuando hablo de un vestido de seda descosido, él sólo ve a Barbarella o Valentina y cree que todos los bloggers hombres van a aporrear mi puerta digital. Lo cual tiene su gracia, aunque no sea verdad.
Por cierto que tras la llamada de Dante, los amigos italianos, o partners de las rocas erizadas, me hablaron de la Commedia y yo les conté que una vez oí decir a Phillippe Sollers en Arte tv que el Infierno siempre se ha vendido muchísimo más que el Purgatorio y el Cielo y les acabé recitando unos fragmentos y contándoles cómo me influyó el "Tristi fummo" para cambiar de actitud en la vida (¡la condena del spleen y la melancolía!). Y ahora Dante me llamará otra vez memoriosa, aunque en realidad soy tan desmemoriada que en la fiesta argentina no pude cantar la canción prometida porque no estaba segura de recordar la letra. La cuestión es que yo no me di cuenta, mientras andaba descalza peligrosamente sobre las rocas, de que había pisado garotes, y más tarde, en la fiesta, estuve bailando hasta las tres de la mañana, de modo que las púas debieron sumergirse aún más adentro y por la mañana me desperté con los pies destrozados.

Cadaqués es así, abrupto y traicionero y al mismo tiempo dulce, al menos para mí. Yo me sentía casi protegida del universo, con perros silenciosos y algo hippies acercándose a saludarme por los caminos aún agrestes, el gatazo negro de la casa conectado conmigo desde el principio (con su fama de huraño y miedoso), y un pájaro desconocido dejando caer una pluma tornasolada y perfecta sobre mi cuaderno en la playa, y mis árboles preferidos ofreciéndose en plena expansión (salvo la alta palmera que se cimbreaba con el viento en la cuesta de la pastelería y que un atajo de primitivos decidió cortar "preventivamente"), y la luz mágica del lugar, intacta (contra eso no pueden ayuntamientos e inmobiliarias, de momento...). Y entonces me ericé los pies, y pensé inevitablemente en la cita de Freud y Schopenhauer sobre los erizos, y también pensé que, para mí, Cadaqués siempre es espinoso y siempre duele. No sólo por la degradación constructora y el ruido y la transformación de aquella antigua familiaridad con que convivía la comunidad artista gauchedivinista y solitaria con los excéntricos personajes de Pla, ahora sustituida por tropeles iletrados y tiendas de mal gusto. Porque esta vez yo andaba a horas extrañas o esquivaba a las multitudes ineducadas, andando por los márgenes, contemplando sólo la belleza que aún queda (los pinos retorcidos, los turquesas, añiles y plateados del mar, las casas de pueblo y las casas de indiano) y desenfocando la fealdad y refugiándome en casas amigas. No, el dolor de Cadaqués es insidioso y personal y tiene más que ver con mi memoria y el fantasma de mi padre, que me acecha en todos los rincones de ese paisaje, y cuando logro olvidarle, entonces surge alguien que le nombra.

Le compré al librero Tharrats un librito de A. Cuito que leí en la playa del Llané: empezaba explicando su maniática relación con la simetría de los objetos y ese trozo me gustó, pero luego contaba la historia de una vecina viuda y la relación neurótica con su criada y me repelió la falta de empatía con sus personajes, me saturó su desprecio misógino, y veía su leve sonrisa desdeñosa, espiando disimuladamente a la vecina desde la atmósfera libresca y propicia a la pereza y la ensoñación de su bonita sala de Cadaqués. Pero luego leí otra historia mucho más sugerente en la que escuchaba y espiaba a otra vecina con más osadía y su humor inteligente me convenció. Lo cierto es que siempre he visto a A.C. como una versión cadaquesenca de Charlus (al fin y al cabo, heredó de su padre una importante biblioteca proustiana). Era amigo de mi padre y a veces coincidíamos en aquellos picnics pantagruélicos, pero si luego nos encontrábamos en el mismo puesto del mercado de Galvany dos días después, ni él ni su mujer me saludaban.

Mi padre, que tenía la manía de alquilarlo todo y no comprar nada, en su tendencia irresistible al gaspillage, ocupó tres casas históricas en Cadaqués: la de Federico Correa, la de Chermayeff y la de Peter Harden. Allí, cuando se me acababan los libros, yo leía los de la casa. Gracias a la pequeña biblioteca de Federico yo descubrí los Essais de Montaigne y The Ballad of the Sad Cafe de Carson McCullers, entre muchos otros, y gracias a la extraña biblioteca de los Harden... no sabría decir, aparte de sus colecciones de magníficas revistas de ciencia de los sesenta, porque lo que más me desconcertaba de aquella biblioteca era la afición a leer todos los libros en lenguas cambiadas, Lorca en francés y Proust en inglés y Gunter Grass en castellano, por ejemplo. Pero si eran políglotas, ¿por qué no los leían en su lengua original? Tal vez tenían prisa y compraban los libros en los aeropuertos. O tal vez estaban siempre de viaje y compraban los libros despreocupadamente. Pero la casa de Harden era maravillosa, aunque le fueron quitando la vista por completo. Y en cuanto a la de Chermayeff, allí sólo estaban los libros que lleváramos nosotros, y aquella loca arquitectura digna de Escher con que había unido las dos casas del pueblo, con escaleras imposibles y balcones inaccesibles y una terracita como un observatorio o un zigurat. Luego pusieron un anuncio en The New York Times y la compró una señora, propietaria de una tienda de moda infantil que mi padre llamaba Patricia Highsmith, por su parecido físico.
Esperemos que funcione el medicamento homeopático para las púas de erizo, que para mí tiene el valor añadido de haber curado casi mágicamente a G. cuando era pequeño y se accidentó por un error mío comprensible, pero que nunca me perdoné. Un accidente que también ocurrió en Cadaqués. Recuerdo que le llevaba en brazos llorando al hospital del pueblo (yo llena de ansiedad y de pena de haberle hecho daño sin querer), pero a la vuelta, me contó que en ese trayecto doloroso, había visto un niño con un helado y quería uno como aquel. Y es que el dolor no le impedía seguir viendo y deseando las cosas inmediatas que constituyen la felicidad de los días. Otra lección de G: Cuando nos fuimos él y yo a París, y tenía 3 años, le llamó su padre desde Barcelona y le pregunté: "El trobes a faltar?" "Ara no!", me contestó sorprendido, en su sabiduría pragmática. "Ja el trobaré a faltar quan torni!"