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viernes, 14 de septiembre de 2007

Alrededor del azufaifo, lectura andante y más



Ilustración: La maravillosa respuesta del Caballo que habla, a mi pregunta sobre la Festa del Ginjoler... Me encanta ese retrato del azufaifo músico... Tiene un color de fondo casi de soirée snob chez la princesse... Este caballo que habla se supera cada vez...
Parece que poco a poco, las cosas se van asentando. Sólo tendremos 50 sillas que nos consigue l'Associació de Comerciants de Sant Gervasi. El Ajuntament de Districte no ha podido cedernos ninguna. Si alguien tiene y quiere traerse sillitas plegables, serán bienvenidas.
Según las predicciones, el tiempo cambiará y será un día soleado. Insh'allah...
He tenido que hacer unos recados y he leído mientras andaba (ya sé que no debe hacerse, pero me sé de memoria esos recorridos, he atravesado tantas veces sant gervasi y la diagonal y rambla catalunya que no puede ocurrirme nada), gracias a Nmp, En el nombre del hijo, un libro descatalogado y olvidado inexplicablemente. He hecho trampa y he empezado desordenadamente por el relato que Félix de Azúa hace de su padre y de su infancia, un relato tan apasionado y venal incluso en las pequeñas trampas que me parece detectar, un relato tan de hijo, tan rabioso y melancólico, irónico y desesperado, tan vitalista: me ha entusiasmado (excepto claro, algunos de sus comentarios sobre las mujeres, como es habitual) y sorprendido por las afinidades. Así que él también se pasó la infancia castigado en su cuarto.
Y después he pasado al de Eugenio Trías, que me ha parecido muy triste, aunque no sabría decir por qué, y creo que la tristeza no estaba en su bondadoso relato de un padre falangista al que sí parece idealizar (al menos no ha querido indagar sobre los aspectos oscuros de los que le han acusado historiadores serios), sino en algo ajeno a él, algo que yo proyectaba sobre esas miradas inteligentes, pero pese a todo, vulnerables, de hombres a sus padres. Pero era gracioso imaginar a un Eugenio Trías jovenzuelo luchando con su hermana a mordiscos y tirones de pelo.
Un jour après...
Anoche leí el de Víctor Gómez Pin, aún más brutal si cabe que el de Azúa. "El mamarracho de mi padre", dice, habla de la función del padre y la caricatura de esa función, que es la que vivimos casi todos los hijos. Esos padres distantes sin casa, sin contrato, viviendo en hoteles, ese padre mentiroso sabio del vino, que transmite su conocimiento sin querer, casi por ósmosis, y de paso la abuela analfabeta y leibniziana (de ella el desdén de Gómez Pin por los títulos universitarios y la pomposidad vana que los envuelve y la antigua sabia opción de hacer un doctorado de estado sin necesidad de bachillerato), la madre, independiente y esclava al mismo tiempo, lo doloroso de su claudicación cíclica... Su relato es tan contundente y me produce aún más que el de Azúa una afinidad y simpatía que me asombran y la impresión de comprender mucho mejor al personaje. Me han dado ganas de releer dos libros de Gómez Pin sobre Proust, que recuerdo entrelazados y confundidos en mi herbácea memoria con el Proust et les signes de Deleuze. Me sorprende que nadie siga hablando de ese libro de escritores y padres, que no se haya reeditado, cuando se publican cosas tan ñoñas. ¿Y quién es la inteligente y sutil autora María Charles? ¿Por qué en la web de la editorial no tiene biografía? Eso sí, se lo comenté al librero de la calle Berlinès, y él sí, como buen lacaniano y buen lector, lo conocía y recordaba.
Más tarde, una amiga italo-barcelonesa me reveló más sobre la probable identidad de María Charles.

A punto de partir


Foto: I.N. Azufaifos de la casa Xirau, Cadaqués, 2007.


El título de Li Bai siempre reaparece antes de mis viajes, y su espíritu libre, que tanta falta me hace ahora. Me gustaría poder desentenderme de la organización de ese recital del árbol y concentrarme en preparar mi periplo balcánico (me cuesta hacer una maleta con temperaturas que oscilan entre los 28 grados y los 5. No sé si hay que llevar sandalias o botas, anorak o bañador, o una hábil mezcla de todo; tengo que pensar en los textos, en el trabajo de escritura que me llevo, en los libros, el billete, la documentación, el dinero...).

Estaré ocho días fuera y no creo que aparezca por aquí, como no sea para contestar algún mensaje, ya que en los Balcanes las conexiones suelen ser muy lentas y en Cortanovci, un pueblecito boscoso junto al Danubio, tal vez ni existan. Daremos lecturas en Novi Sad, en Belgrado y en otra ciudad que no recuerdo. No voy a un lugar idílico, ni siquiera profundamente apacible, sino a un paisaje marcado por la guerra, donde las heridas de la violencia no han cicatrizado, por falta de aire (de discusión, de análisis, de revisión valerosa) y por la asfixia de la negación y el silencio.

Espero que el eco mediático que ha despertado nuestro azufaifo sea suficiente para protegerlo de la furia de tantos necios en estos días. No comprenden que muchas especies arbóreas y vegetales no resistirán el cambio climático, los nuevos retoños nunca crecerán como crecieron los antiguos y son esos árboles los que pueden darnos oxígeno y lluvias y limpiar el aire de contaminación. Si aún viven cuando eso ocurra, tal vez esos botarates se darán cuenta de su error y añorarán la sombra de los árboles y la bondad climática que significaban. Preferían el cemento o la plaza de aparcamiento en la esquina. Incluso el ayuntamiento, tras hacer una permuta con el constructor propietario, quiere construir un edificio frente al árbol (le llaman equipament). Espero que los que me han ayudado en esta campaña no dejen que las cosas empeoren en los ocho días de mi ausencia balcánica.

Anoche fui a ver al azufaifo. La calle estaba quieta y las ramas cargadas de hojas y azufaifas pequeñas se movían cruzando el cielo de la calle como una cabellera acariciadora. Se veía el tronco oscuro y abrupto, algunas ramas mal cortadas y una inmensidad de copa. Yo creo que los antiguos no se equivocaban en su adoración de los árboles, seres que arraigan en la tierra y tocan el cielo con los brazos. Creo que lo equivocado es talarlos y despreciarlos. Tal vez yo haya perdido el norte, y tal vez sea un error admirarse de la fuerza física quieta, del crecimiento silencioso, de la savia invisible, de la altura y la belleza de esos seres que en este país sólo hemos sabido destruir. Yo no puedo evitar sentir una felicidad orgullosa junto a ese árbol que a mi manera pequeña y desordenada he contribuido a salvar.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

FESTA DEL GINJOLER

Cartel de Júlia Solans. Ilustración de Aurora Altisent


Contra viento y marea (del distrito), y gracias al esfuerzo y al apoyo de muchos: Ninca Lacruz, Borja de Querol, Xavier Argimon, el librero de la calle Berlinès, Toni Clapès, Restaurant La Taula, Aurora Altisent, Júlia Solans, todos los botiguers del carrer Arimón (Iglú, matalasseria, foto, dietética, estanco y todos los demás), el luthier Pau Orriols, Javier Montalvo, José Manuel Sánchez de Lorenzo-Cáceres, Lluís Maria Todó, muchos bloggers afines y más, todos los poetas y escritores y músicos del cartel, los escritores y periodistas que nos han dedicado su tiempo y espacio, vamos a celebrar la FESTA DEL GINJOLER. Para que nos den la plaza de tierra, sin edificaciones de cemento, sólo con bancos y sombra para preservar nuestro azufaifo bicentenario.

Todos aquellos que sientan afinidad por esta campaña y/o por los poetas, escritores y músicos participantes serán bienvenidos. Domingo 16 de septiembre, a las 19h, en la Plaça Joaquim Folguera, FFCC El Putxet.

En La Vanguardia


Foto: I.N., los ombúes de Cadaqués, 2007


El jinjolero y su dríade

Finalmente, la presión vecinal ha conseguido salvar de la tala o trasplante y segura muerte al jinjolero de la calle Arimon, convertido ya en emblema de una ciudad medioambientalmente más sostenible. Si en Murcia le llaman jinjolero, ¿por qué no llamarle siempre así, que también es correcto, en vez del más farfullante azufaifo?

El jinjolero es un árbol aquí algo raro, que por esta época del año madura unos pequeños frutos más bien ásperos que no tienen aprecio comercial alguno. Y además pincha, porque sus ramas son espinosas.

Por eso dicen en Mallorca que en todo jinjolero anda emboscado un moix, o gato: porque araña. Pero, aunque no pueda abrazarse, el jinjolero es un árbol mágico. Sus frutos tienen algunas virtudes antiespasmódicas. O incluso también narcóticas. Se ha dicho que es el fruto –¿prohibido?– que comen los lotófagos en el célebre pasaje de la Odisea. Y en Italia, de alguien que está flipado, o un poco tonto de amores, le dicen que “está en caldo de jínjoles”...

En mi infancia hay un jinjolero como hay un níspero y un granado, y un albaricoquero, y un ciruelo, y un peral, y un cerezo, y una higuera. Y siempre sospeché que fue alguien con secreta intención quien plantó los árboles que decoran lo que tradicionalmente llamamos el bosc perdut, en el lecho del torrente, al oriente de la casa. Además de algún manzano y de algún membrillero había por allí muchos frutales como primitivos, con sus bayas salvajes: lledons, atzeroles, serves... Cohabitando la espesa penumbra, sugerían, efectivamente, un paraíso en el que creer posible alimentarse uno sin el sudor de su frente.

Años atrás planté un jinjolero a instancias de mis paisanos los luthiers Pau y Xevi Orriols, que aprecian tanto estos árboles que no sólo tienen controlados los pocos que hay en el término, sino que estimulan que los amigos vayamos plantando algunos. Y que crezcan para que en el futuro puedan dar la madera para la fabricación de sus tenoras, tibles y demás derivados del oboe popular.

El jinjolero es la madera reina para la construcción de instrumentos de viento. Las gralles viejas todas son de azufaifo. También lo eran las mejores castañuelas. Su madera tiene unas propiedades sónicas muy especiales. Es densa y sin poros, pero blanda para ser trabajada. A diferencia de las maderas africanas como el ébano, o como lo puedan ser las de los frutales del país, la madera del jinjolero le da al instrumento un timbre particular.

Por eso adquiere una significación especial que, en la fiesta por la salvación del jinjolero de la calle Arimon que se ha anunciado para este próximo domingo a las siete, suenen las gralles y versos tan hermosos como éste de Blai Bonet: “Quina tremolor antiga / dir ‘ginjoler’, i sentir / la lluminosa distància / entre el color d'una branca / i el seu nom que en mi sona!”.

El jinjolero de Sant Gervasi se ha salvado gracias en especial a Isabel Núñez, que ha sido la dríade de este árbol. En la mitología griega la dríade era la ninfa protectora de los árboles. Escribe Feuerbach en un pasaje de La esencia de la religión que “los griegos creían que cuando un árbol era abatido, su alma, la dríade, se lamentaba e invocaba la venganza del destino contra el sacrílego”.

Evitado el arboricidio, esperemos ahora que sea pronto una realidad la ‘placeta del ginjoler’. La estima por el entorno inmediato es la base de toda mejora ciudadana.


ORIOL PI DE CABANYES


lunes, 10 de septiembre de 2007

Vuelvo

Foto: I.N., Azufaifos de la casa Xirau, Cadaqués, 2007

Vuelvo de Cadaqués, donde he fotografiado sobre todo árboles y entre ellos las ramas de los azufaifos que sobresalen de la casa Xirau, y donde siempre oscilo entre la celebración física de la luz y el paisaje y el agolpamiento, entre dolorido y feliz, de la memoria, la ambivalencia espinosa del recuerdo de mi padre, la presencia de todos los que allí me hablan de él, la ofensiva diferencia de la belleza tranquila y salvaje que antes reinaba allí y el horror de los coches y motos, la fealdad que construyen, las hordas de gente que vocifera su estulticia hasta en las rocas, incapaz de construir una frase. Así que paso de la felicidad física y compartida a un impromptu de huir de allí, y siempre me vuelvo antes, abandonando alguna invitación. No tiene remedio. Pasar por Figueres me produce otra clase de nostalgia, tal vez más apacible. Luego me tocó experimentar otra aventura de tren. ¿Por qué será que en ese tren siempre me ocurre algo?

Y una vez aquí, buscando desesperadamente a la grafista que se ofreció a hacer el cartel de la Festa del ginjoler, tengo la suerte de leer el espléndido artículo de Félix de Azúa sobre Carlos Trías. Cito un (largo) fragmento:

"Casi todos los que le han recordado estos días han subrayado su estupenda presencia. Daba gozo verle. Alto, desgarbado, cargado de espaldas como para hacerse perdonar los casi dos metros de estatura, con un mechón de pelo siempre en guerra entre los ojos y el humo del cigarro, la voz de bajo ruso, la cerveza peligrosamente inclinada, el tartamudeo a la inglesa, los cabezazos y el índice alzado cuando repetía con entusiasmo deportivo '¡e-xac-to, e-xac-to!' cada vez que su interlocutor decía algo tan sólo razonable: era el hombre feo más guapo que he conocido.
Algunos privilegiados muestran tanto espíritu en el cuerpo como en el alma, de modo que es perfunctorio alabarles el intelecto. Los libros de Juan Benet son muy buenos, pero no son nada comparados con haberle visto en vivo con un mazo de folios en la mano y perorando sobre la teodicea de Leibniz, sobre la que no tenía ni puñetera idea. Carlos Trías era uno de estos individuos magníficos, y por eso su ausencia física es más dura de sobrellevar que la de otros que también han escrito libros, pero que eran más cansados de mirar
."

Pese a la distancia ideológica que siento generalmente ante los artículos de Azúa, otras veces no sólo me parece afín (esta vez hablando de la pérdida -y de la amistad, y del paso implacable del tiempo- con la metáfora del mugido de las vacas de la calle Muntaner o de la ciudad con mar, precisando muy bien que sólo perdemos quienes conocíamos, aunque para los nuevos visitantes, una Barcelona sin mar pudiera tener su encanto), sino que me admira lo bien que puede llegar a escribir y en esos casos se agradece esa vehemencia y precisión suyas.

En Cadaqués me entretuve leyendo a Tharrats, la reedición de Cent anys de pintura a Cadaqués, una especie de crónica del paso de artistas por ese pueblo, entonces aún telúrico y mágico y que hoy esconde sus restos de belleza en medio del ruido y la vulgaridad general, y divirtiéndome con su retrato de Eugeni d'Ors (que "sempre parlava en cursiva"), con su narración sobre aquella Lidia generosa que se creyó La ben plantada y enloqueció, y otras miles de anécdotas...
Por cierto, que allí me encontré con un amigo ex galerista que vive entre Barcelona y Almería y me contó que cuando plantó un azufaifo en su casa almeriense los campesinos se reían de él, diciéndole que eso se planta fuera y no dentro porque es invasivo, porque crecen alrededor cientos de rebrotes y se forman bosquecillos de azufaifos. Ellos lo evitan cortándolos, les ha crecido un bonito árbol, aún pequeño, y se comen las azufaifas. También me habló de los arbustos de ziziphus, que forman grandes extensiones de matorrales de azufaifo donde anidan muchos animales distintos, refugiados de la dureza semidesértica de aquel paisaje y ocultos de la presencia humana.
En Cadaqués y en Figueres, he concluido cada vez me gustan más los plátanos y cada vez disiento más del blogger que los considera monótonos. Cada uno es distinto que el otro y me maravilla mirarlos, con sus troncos inmensos y humanos, sus muchos brazos arremangados, su piel pecosa, su sombra.
Qué difícil es organizar un recital... Tenemos que conseguir un sistema de sonido, toma eléctrica, una tarima, sillas, y luego, hacer un conjuro para que no llueva. La lista de participantes ha adquirido consistencia: Dante Bertini, Joaquim Carbó, Enric Casassas, Toni Clapès, Paulina Fariza, Ramon Farrés, Feliu Gasull, Francesc Gelonch, Carles Hac Mor, Rodolfo Häsler, Ninca Lacruz, Cinta Massip, Dolors Miquel, Cinta Montagut, Mireia Mur, Isabel Núñez, Francesc Parcerisas, Jordi Paulí, Josep Pedrals, Lídia Pujol, Víctor Sunyol, Lluís Maria Todó, Dolors Udina, Jordi Valls, Alfonso Vilallonga, Elena Vilallonga, Ester Xargay, Esther Zarraluki. Y el retrato del árbol, obra de Aurora Altissent, ya está acabado y es precioso. Y ha aparecido Júlia Solans, la grafista y vecina de ojos grises que se ofreció a montar el cartel. Y hemos visitado a Feliu Gasull, músico que también participará. Y Ninca ha ido dándole a la tarde una continuidad imprevisible y fructífera.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Una foto borrosa

I.N. Autorretrato matinal, 7 de septiembre 07, recién despierta

Hay un amigo que siempre me pide que sonría en las fotos del blog. Sólo pude hacerlo esta mañana delante de un espejo (porque si no, se me olvida sonreír, recupero espontáneamente mi self del Tristi fummo) y como no había mucha luz con la persiana medio echada, salió borrosa y no muy favorecida así nature, pero tal vez le hará gracia verla y quizá así ya no volverá a pedirlo.
He ido a recoger el permiso para la Festa del Ginjoler. Al bajar en la estación de los FFCC de Sarrià recordaba cómo era esa estación al aire libre cuando yo era adolescente y la decepción que me llevé un mediodía, al volver de la Autónoma y encontrarme aquel horror de cárcel embaldosada. Vuelve la canción. "Tú no tienes la culpa, mi amor, que el mundo sea tan feo... Vas por la calle llorando... lágrimas de oro..." Yo iba releyendo Villa Triste, de Patrick Modiano, que habla de plátanos y mimosas y palmeras y pinos y edificios destruidos y jardines ingleses. Empieza así: "Ils ont détruit l'hôtel de Verdun. C'était un curieux bâtiment, en face de la gare, bordé d'une véranda dont le bois pourrisait..." Me recuerda a nuestra casa del azufaifo.
Mañana, si todo va bien, veré los plátanos de Cadaqués, y esos árboles de indianos que no sé cómo se llaman. Y el domingo volveré (¡con unos interesantes argentinos de Ibiza!) para que no me pille la marabunta. Siempre que veo mimosas me acuerdo de aquel personaje de La regle du jeu de Renoir, que estaba obsesionado por sus mimosas...
Yo siempre digo que no tengo imaginación. Es decir, escribo autoficción, nada me parece más interesante que dar vueltas con lo real, mío y ajeno, imaginar la vida de un monje medieval en China me gusta si leo sobre él, pero en mi escritura no podría sostenerse, flaquearía. Si tengo imaginación, le doy otros usos. A algunos, la imaginación les sirve sobre todo para investigar asuntos de celos, torturarse y torturar a sus partners con posibles rivales, visualizar cómo son sustituidos. En la escritura, mi imaginación suele jugar en torno al "y si..." O "si en vez de...", como aquel libro de Paul Theroux, donde fantaseaba sobre su vida, alterándola sólo un poco para contar otra verdad más interna, menos objetiva. Yo maluso la imaginación en situaciones absurdas, por ejemplo, cuando hago la maleta: ¿y si... hace frío, y si hace calor, y si me invitan a una cena en palacio, o a una excursión campo a través, y si me paso el día en las rocas, y si me sobra tiempo y puedo leerme el libraco que voy a reseñar para La Vanguardia, y si me aburro y me apetece acabar con las piezas neoyorquinas de Maeve Brennan o con las leyendas de los árboles, y si me encuentro en un dilema y quiero echarme el Tarot o consultar el I Ching, y si en la panadería ya no queda pan de cuatro cereales y debería llevar el mío, recién hecho en casa, y si le llevo a mi anfitrión dos libros en vez de uno, y si quiero hacer fotos, o filmar...? Siempre pensé que los dioses no me habían concedido el don de la síntesis. ¿Pero entonces, por qué escribo cuentos y no novelas, como quieren los editores? ¿Tal vez sólo para no arriesgarme a tener éxito? El inconsciente siempre es loco, dijo mi antigua psicoanalista, y yo añado: siempre imprevisible y tortuoso en sus meandros...