Que hay algo literario en mis pies llenos de dolorosas púas de erizo, algunas envenenadas. Como la sirena de Andersen, le digo (y no la de Walt Disney), que sentía como si le clavaran mil cuchillos cada vez que ponía el pie en el suelo. Sostiene Dante que cuando me llamó a las rocas de Sa Conca y me preguntó si estaba en el Marítim, yo le dije una frase premonitoria: "No, estoy como la pequeña sirena, en las rocas". Aunque yo no recuerdo ese fragmento del diálogo, sí recuerdo que apenas le oía, entre el ruido del mar, el aire (convertido en fragoroso viento en el móvil) y la conversación de mis amigos italianos. Claro que él ve mis historias con el halo de su percepción escorpiniana (hay alguien más que lo ve como él) y cuando hablo de un vestido de seda descosido, él sólo ve a Barbarella o Valentina y cree que todos los bloggers hombres van a aporrear mi puerta digital. Lo cual tiene su gracia, aunque no sea verdad.
Por cierto que tras la llamada de Dante, los amigos italianos, o partners de las rocas erizadas, me hablaron de la Commedia y yo les conté que una vez oí decir a Phillippe Sollers en Arte tv que el Infierno siempre se ha vendido muchísimo más que el Purgatorio y el Cielo y les acabé recitando unos fragmentos y contándoles cómo me influyó el "Tristi fummo" para cambiar de actitud en la vida (¡la condena del spleen y la melancolía!). Y ahora Dante me llamará otra vez memoriosa, aunque en realidad soy tan desmemoriada que en la fiesta argentina no pude cantar la canción prometida porque no estaba segura de recordar la letra. La cuestión es que yo no me di cuenta, mientras andaba descalza peligrosamente sobre las rocas, de que había pisado garotes, y más tarde, en la fiesta, estuve bailando hasta las tres de la mañana, de modo que las púas debieron sumergirse aún más adentro y por la mañana me desperté con los pies destrozados.
Cadaqués es así, abrupto y traicionero y al mismo tiempo dulce, al menos para mí. Yo me sentía casi protegida del universo, con perros silenciosos y algo hippies acercándose a saludarme por los caminos aún agrestes, el gatazo negro de la casa conectado conmigo desde el principio (con su fama de huraño y miedoso), y un pájaro desconocido dejando caer una pluma tornasolada y perfecta sobre mi cuaderno en la playa, y mis árboles preferidos ofreciéndose en plena expansión (salvo la alta palmera que se cimbreaba con el viento en la cuesta de la pastelería y que un atajo de primitivos decidió cortar "preventivamente"), y la luz mágica del lugar, intacta (contra eso no pueden ayuntamientos e inmobiliarias, de momento...). Y entonces me ericé los pies, y pensé inevitablemente en la cita de Freud y Schopenhauer sobre los erizos, y también pensé que, para mí, Cadaqués siempre es espinoso y siempre duele. No sólo por la degradación constructora y el ruido y la transformación de aquella antigua familiaridad con que convivía la comunidad artista gauchedivinista y solitaria con los excéntricos personajes de Pla, ahora sustituida por tropeles iletrados y tiendas de mal gusto. Porque esta vez yo andaba a horas extrañas o esquivaba a las multitudes ineducadas, andando por los márgenes, contemplando sólo la belleza que aún queda (los pinos retorcidos, los turquesas, añiles y plateados del mar, las casas de pueblo y las casas de indiano) y desenfocando la fealdad y refugiándome en casas amigas. No, el dolor de Cadaqués es insidioso y personal y tiene más que ver con mi memoria y el fantasma de mi padre, que me acecha en todos los rincones de ese paisaje, y cuando logro olvidarle, entonces surge alguien que le nombra.
Le compré al librero Tharrats un librito de A. Cuito que leí en la playa del Llané: empezaba explicando su maniática relación con la simetría de los objetos y ese trozo me gustó, pero luego contaba la historia de una vecina viuda y la relación neurótica con su criada y me repelió la falta de empatía con sus personajes, me saturó su desprecio misógino, y veía su leve sonrisa desdeñosa, espiando disimuladamente a la vecina desde la atmósfera libresca y propicia a la pereza y la ensoñación de su bonita sala de Cadaqués. Pero luego leí otra historia mucho más sugerente en la que escuchaba y espiaba a otra vecina con más osadía y su humor inteligente me convenció. Lo cierto es que siempre he visto a A.C. como una versión cadaquesenca de Charlus (al fin y al cabo, heredó de su padre una importante biblioteca proustiana). Era amigo de mi padre y a veces coincidíamos en aquellos picnics pantagruélicos, pero si luego nos encontrábamos en el mismo puesto del mercado de Galvany dos días después, ni él ni su mujer me saludaban.
Mi padre, que tenía la manía de alquilarlo todo y no comprar nada, en su tendencia irresistible al gaspillage, ocupó tres casas históricas en Cadaqués: la de Federico Correa, la de Chermayeff y la de Peter Harden. Allí, cuando se me acababan los libros, yo leía los de la casa. Gracias a la pequeña biblioteca de Federico yo descubrí los Essais de Montaigne y The Ballad of the Sad Cafe de Carson McCullers, entre muchos otros, y gracias a la extraña biblioteca de los Harden... no sabría decir, aparte de sus colecciones de magníficas revistas de ciencia de los sesenta, porque lo que más me desconcertaba de aquella biblioteca era la afición a leer todos los libros en lenguas cambiadas, Lorca en francés y Proust en inglés y Gunter Grass en castellano, por ejemplo. Pero si eran políglotas, ¿por qué no los leían en su lengua original? Tal vez tenían prisa y compraban los libros en los aeropuertos. O tal vez estaban siempre de viaje y compraban los libros despreocupadamente. Pero la casa de Harden era maravillosa, aunque le fueron quitando la vista por completo. Y en cuanto a la de Chermayeff, allí sólo estaban los libros que lleváramos nosotros, y aquella loca arquitectura digna de Escher con que había unido las dos casas del pueblo, con escaleras imposibles y balcones inaccesibles y una terracita como un observatorio o un zigurat. Luego pusieron un anuncio en The New York Times y la compró una señora, propietaria de una tienda de moda infantil que mi padre llamaba Patricia Highsmith, por su parecido físico.
Esperemos que funcione el medicamento homeopático para las púas de erizo, que para mí tiene el valor añadido de haber curado casi mágicamente a G. cuando era pequeño y se accidentó por un error mío comprensible, pero que nunca me perdoné. Un accidente que también ocurrió en Cadaqués. Recuerdo que le llevaba en brazos llorando al hospital del pueblo (yo llena de ansiedad y de pena de haberle hecho daño sin querer), pero a la vuelta, me contó que en ese trayecto doloroso, había visto un niño con un helado y quería uno como aquel. Y es que el dolor no le impedía seguir viendo y deseando las cosas inmediatas que constituyen la felicidad de los días. Otra lección de G: Cuando nos fuimos él y yo a París, y tenía 3 años, le llamó su padre desde Barcelona y le pregunté: "El trobes a faltar?" "Ara no!", me contestó sorprendido, en su sabiduría pragmática. "Ja el trobaré a faltar quan torni!"

