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domingo, 9 de octubre de 2011

Vibraciones

Foto: I.N., Una gaviota al atardecer, 2011
Escribir significa también que algunos no nos entiendan, que otros nos detesten incluso sin conocernos, y que los locos y resentidos nos confundan con sus proyecciones y vengan a insultarnos (en ese terreno yo he tenido ya mi largo entrenamiento y ahora esos anónimos furiosos me dan risa, aunque recuerdo que en Inglaterra esa figura del troll está tipificada como delictiva y se les multa de inmediato; vivimos en un país algo zafio donde muchos abusos son acogidos con simpatía).
No me malentiendan también ustedes, lectores silenciosos. Yo soy extrañamente feliz, sigo siéndolo a pesar de la melancolía y de los duelos, que llevo atados como aquellas ristras de latas que los niños primitivos ataban a los pobres gatos, o una vieja costumbre a los coches de los novios. Lo soy aunque se haya muerto M. en febrero y haya dejado detrás un rastro de desolación de su vida equivocada, aunque yo misma me haya visto en peligro y me cueste aún desafiarlo, aunque mi situación económica haya empeorado, aunque A. haya sido condenada por un diagnóstico mucho más implacable, aunque todo lo que está ocurriendo en este mismo año me haya sacudido en todos los sentidos, aunque el dolor de lo que ocurre a veces se transforme en algo físico. A mí, el simple hecho físico de andar por la calle me produce una extraña y alegre fruición. Me siento agradecida de estar viva. Pienso en lo que escribiré. Siguen mis encuentros inesperados, capaces de llenarlo repentinamente todo de luz, como se ilumina el cielo de noche con algunos relámpagos. Pese a mis dificultades materiales, me considero privilegiada, porque sigo eligiendo (al menos para desechar lo que no quiero hacer), porque encuentro un placer ritual, automático, de alivio (lo expliqué en Los meandros de la traducción, pueden leerlo aquí) en descifrar esos jeroglíficos de la traducción, porque la escritura me ha poseído de tal manera que ya vivo casi sólo para escribir, o vivo dentro de la escritura. Sé que soy privilegiada porque mi casa me gusta, aunque no me guste el edificio ni en lo que se ha convertido el barrio, y mientras resista y no pueda aspirar a algo más histórico y a un barrio con más árboles y menos contaminación y menos ruido, aquí me quedaré refugiada. Sé que soy privilegiada porque algunos amigos amigos han perdido su casa, y otros, que están mejor, me han ofrecido ayuda en algún momento y sé que si las cosas fueran a peor, no me abandonarían, aunque yo, con mi mentalidad yakuza, tendría que cortarme un dedo meñique para soportar esa deuda. Soy feliz porque he querido ser libre y lo he sido bastante, he podido elegir con quién quería estar y no tengo que aguantar a nadie que me pise a diario, aunque sí, como a todos, me está cayendo un chaparrón, me siguen bajando más y más las tarifas y los ingresos y cada vez me ofrecen más trabajos directamente esclavos. Pero yo elegí la libertad frente a la seguridad y eso es lo que tengo. Que nadie se engañe. Si me quejo es porque me parece tremendamente vergonzoso e injusto que en este país se pague tan mal la traducción y en general todo lo cultural, que algunos se gasten tanto dinero en marketing y no quieran pagar a quien traduce o escribe, que no haya control de las ventas de los libros como en el resto de Europa, y que domine tanto la falta de criterio y la libertad de pensamiento.
También me quejo de los arboricidios y la destrucción del paisaje, de que con el pretexto de la crisis todos recorten por abajo y no por arriba, que arriesguen a la gente a morir en las listas de espera y asfixien a médicos y enfermeras mientras mantienen intactos los sueldos de los gerentes de los hospitales, y no tocan los impuestos de las grandes fortunas, ni las dietas y prebendas de los políticos ni muchos otros gastos que sí nos salvarían de la crisis. Que se haya dejado la educación pública y la Universidad sin recursos, que se haya vendido todo a unos mercados salvajes. Que día a día se desaten cada vez más y se destapen las maneras fascistoides, que manden a la policía como a perros entrenados contra la gente legítimamente indignada. Y me alegra que en todas partes empiece a movilizarse la gente y creo que esa indignación y esas ocupaciones del espacio público son la única garantía que tenemos de que no acabarán con nosotros, la esperanza que nos queda está ahí, en eso que alguien ha llamado "tam tam internacional", ahora para el próximo 15 de octubre y luego en las siguientes convocatorias.
Ayer fui a ver la extraña película de Isaki Lacuesta, Los pasos dobles y la verdad es que me gustó mucho verla. Al principio pensé que sería demasiado violento, una especie de western africano algo loco, que no me gustaría. Pero enseguida me arrastró, sobre todo, la voz que lo contaba en ese francés con acento africano que tanto me subyuga, la poética de los baobabs y el humor surrealista y las imágenes y la atmósfera general (tal vez demasiado exclusivamente masculina para mi gusto) de storytelling que resucita el espíritu de Isak Dinesen, la historia del pintor francés, las peregrinaciones y más que todo esa adivinanza, ese acertijo que le da el contrapunto final. Genial. Y no entiendo que la estén eliminando de la programación de las salas, ahora que IL acaba de recibr premios y reconocimiento.
Last minute news. Rufus estaba haciendo ruidos extraños en la terracita Sur y hemos descubierto que tenía acorralada a una pobre paloma en baja forma. He conseguido coger a la paloma con un paño y llevarla a la terracita norte, donde estará a salvo de gatos cazadores. Rufus aún se relame pensando en el festín perdido. Yo me sentía casi como J.E. salvando serpientes de campo de sus gatos silvestres. Rufus ha vuelto a la terraza, como dice G., a rematar un asunto pendiente. No puede creer que la paloma ya no esté ahí para él. Y es que todo gato lleva un tigre dentro... (Al día siguiente: La paloma se ha recobrado de su malestar y su fatiga, refugiada en la otra terraza, con su arroz y su agua, y esta mañana al verme ha salido volando ya con fuerzas...)