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miércoles, 25 de mayo de 2011

No podía dormir

Foto: I.N. Rufus por la ventana, 2011
Había vuelto esa extraña electricidad que parece puramente fisiológica y desencadenada por algún agente ajeno, químico, exterior a mi cuerpo. Y con todo, si sólo fuéramos un conjunto de impulsos eléctricos... Me puse los gongs tibetanos y la lluvia, pero me venían una tras otra, como otra clase de lluvia electrizada, pensamientos que no había podido elaborar en una discusión nocturna, reconstruía al fin la situación como si antes no hubiera podido, tal vez por el puro agotamiento. También recordaba los no-dichos de la presentación de Sinrazones del olvido en La Central. Estaba lleno de gente, pese al goteo de mensajes de los que no podían venir. A algunos pude saludarles, a otros les vi o creí verles de lejos, sonriéndome y algunos nos felicitaron generosos. Àngel V. me dijo: Has millorat molt, eh? Cada dia parles millor en públic, més calmada, amb una facilitat... Es mucho más fácil y menos expuesto dar la cara conjuntamente por un ensayo sobre otras autoras y escrito a cuatro manos que presentar mis cuentos, pensaba yo; ¡la responsabilidad compartida! La verdad es que me gustó volver a escenificar fragmentos de esas autoras nuestras, verlas flotando un poco en el aire de la librería y escuchar a Lydia Oliva argumentar brillantemente sobre su parte. Olvidé hablar, por ejemplo, de aquella biografía de biografías de Janet Malcom, o rematar mi alusión a dos biografías magistrales. Mientras hablaba, veía una mujer desconocida, en las filas de en medio, que asentía sonriendo, sobre todo cuando conté las razones de las sinrazones, mi teoría del "sí, pero...", que también le gustó mucho a G. También me habría gustado seguir con las interesantes reflexiones sobre la biografía que planteó Anna Caballé en su intervención generosa y contextualizadora. Al salir de la presentación, fui a cenar con unos amigos, pero no tenía hambre (nunca tengo hambre después de presentar un libro), me sentía perpleja y pasada de vueltas y creo que no dije apenas nada. Sentía como si me hubieran aspirado las ideas, ni siquiera recordaba, sólo escuchaba. Llegué a casa en un agotamiento total y tuve una sensación de irrealidad algo espinosa. Y al echarme en la cama, aquel torrente de pensamientos.
Al fin me levanté. Eran las cuatro. Apagué todas esas luces excesivas de los aparatos electrónicos de la sala. Se oían unas motos ruidosísimas, ¿o eran coches? Recordé vagamente cuando iba al circuito de Montjuïc, a los quince años, aquel olor a gasolina. Me eché en sofá de la sala, junto a Rufus, y su ronroneo me durmió profundamente durante dos horas. A las seis volví a mis aposentos, pero no podía dormir, así que volví otra vez con Rufus y caí dormida una hora más. Hace cinco o seis días, estaba encallada en un capítulo difícil de la novela, apagué el ordenador, fui a ver a Rufus, me puso las dos patitas blancas en la frente y como en una conexión interestelar, empezaron a llegarme las frases de arranque. Miré su cara rayada de tigre y le dije: Rufus, ¿qué sabes tú? Y es que los gatos son puro misterio, como dice Darío Jaramillo. Escribí todo aquello, pero sigo en ese capítulo extraño, otra vez he vuelto a encallarme; tal vez necesito un paseo solitario, o la ayuda de Rufus de Bengala. Hace calor de verano y se oyen las voces bulliciosas de los niños en la guardería y los estorninos cruzando el cielo. Ayer, cuando vino el mirlo antes de irme a la presentación y se acercó andando por el suelo de la terraza, Rufus estaba agazapado y oculto tras la esquina, dispuesto a saltar como un luchador de sumo. Rufus es tenaz y nunca pierde la esperanza, pero yo me opuse. No se enfadó, no es rencoroso, sólo espera su momento con una infinita paciencia. En cambio, el ruido del aspirador le saca de sus casillas. Ayer vinieron a limpiar, y al oír ese fragor espantoso, mi gato quiso huir y como mi vecino le ha cortado el paso a su terraza, ya se iba a jugar la vida por fuera de la barandilla, sin darse cuenta de que su peso no le permite esos riesgos.
He tenido un sueño oscuro y violento y me he levantado envuelta en una decepcionada melancolía, que tal vez sólo tenga que ver con el cansancio. J me vio despierta en skype y me contó que él apenas necesitaba dormir. Es una suerte; en cambio yo necesito muchas horas de sueño, de ahí mi conflicto con ese insomnio electrizado, que siempre me hace preguntarme si habré tomado más té verde de la cuenta en el desayuno, y que me impide seguir tomando tés durante el día, como antes, cuando sí dormía como un oso (así dicen los alemanes y me gusta más que la idea triste del tronco).
Ayer estuve al fin más sumergida en Giono. Necesito acabar esa traducción, pero voy tan despacio que es mi ruina. Es maravilloso, pero me obliga a aguzar el ingenio y la búsqueda de frases ingeniosas, entre lo popular, la tradición y su parodia, para estar a su altura. Además de sus jeroglíficos, que no están en diccionarios ni en ninguna parte. Graham T. ha traducido muy bien uno de mis cuentos al inglés para una antología digital internacional, hecha con un criterio generacional. No es uno de mis preferidos de Algunos hombres... y otras mujeres, pero sabía que lo elegirían por el título y me gustó verlo brillar en inglés tan rápidamente.
Creo que podría haber un segundo motivo interno para mi electricidad insomne de esta noche. A veces, en esas presentaciones, la vibración que siento al dejar palabras en el aire silencioso y atento me hace intuir otra vida, la que querría, pero también la que una parte de mí no cree merecer, no autoriza del todo y sigue obstaculizando leve, subrepticiamente, poniendo el freno de mano. De esa tensión surge la electricidad, la perplejidad y el agotamiento. Por eso me sentía tan sobrepasada al llegar. Y sin embargo, sarinagara...

domingo, 6 de febrero de 2011

Los bosques de John Muir

Foto: I.N, Los bosques de John Muir, 2011
Le debo a Frikosal el descubrimiento de ese gran bosque de las sequoias más altas del mundo. En realidad, fue Inés fue la primera que intentó persuadirme de que fuese a ver los redwoods, esos impresionantes bosques rojos (Tú no puedes irte sin verlos, me dijo), pero yo no la entendí y me confundí con otros, que quedaban demasiado lejos. Friks les puso nombre y link y entonces comprendí que los bosques de John Muir estaban mágicamente a mi alcance (Muir, como el fantasma y la señora Muir, o como el apellido familiar de una novela que presenté hace poco). La visita y el paseo de tres o cuatro horas por esos caminos señalados me pareció una de esas experiencias importantes de la vida. Cuando llegué, al ver las sequoias milenarias y las plantas prehistóricas que han visto pasar la historia de la Tierra, tocaba los troncos y me salían lágrimas. Hay que decir que mi perenne insomnio de los últimos tiempos, entre el jet lag y el duelo y antes los turnos de hospital, además del peso de una tristeza con la que he reconectado insospechadamente estos días me han transportado a un estado de cierta vulnerabilidad, por decirlo así.
El lugar es de una belleza sobrecogedora. Los árboles son altísimos y muy rectos apuntando al cielo. Sólo sequoias y una conífera también altísima, una especie de abeto de esta zona. La quietud, el rumor del agua, el viento sobre las hojas, los juegos de luz y sombra que lanzan destellos como sonrisas arbóreas, la idea de la pareja de apasionados que adquirieron esas tierras y que con el conservacionista John Muir lograron arrebatárselo a los madereros y que Roosevelt lo declarase monumento nacional, todo eso junto con el respeto que muestran los visitantes, que recorren los distintos senderos sin dejar nunca ningún rastro de su paso me produjeron un efecto restaurador y salí de allí renovada y otra. Mi admiración por un país capaz de conservar su naturaleza mientras el mío la destruye con saña, entre los políticos del cemento y los vándalos que tiran basuras por todas partes...
Intenté captar algo de esa belleza en cientos de fotos, pero mi pobre cámara no podía dar idea de la altura impresionante de esos árboles, que conviven con gigantescos y hermosos troncos caídos o agujereados y con plantas prehistóricas que cohabitaron la Tierra con los dinosaurios. En otro tiempo, esos bosques cubrían la costa oeste de este país y son una reminiscencia de la belleza de un mundo perdido. Con todo, aquí hay árboles gigantes en todas las carreteras y también en las ciudades. Pero adentrarse en el bosque Muir es una experiencia casi religiosa, sagrada, mística, qué sé yo, de celebración de la naturaleza y la belleza. Y la visión de todo eso fue lo que me conmocionó.
A la vuelta, en uno de esos salientes de la carretera perfectos para admirar el panorama apareció, como un alegre asalto, un enigmático grupo lleno de preguntas, capitaneado por un hombre alto, rubio, sereno pero casi impertinente en su ansia de interrogar. Había algo realmente extraño en ellos, pero no sé si nunca hubiera llegado sin ayuda a la única conclusión posible, es decir, que se trataba de un grupo de extraterrestres. Cuando lo oí comprendí que no podía ser de otra manera.
Hoy, de vuelta en la ciudad de las colinas, he visitado un precioso jardín botánico con árboles también gigantes y maravillosos, que recorren rápidamente las ardillas, y he tomado un té en el Japanese Tea Garden, un bonito jardín de bonsais, servido por una mujer con kimono. Luego he comido en un restaurante hindú en un lugar insospechado y después he atravesado sin saberlo un barrio oscuro, porque aquí las calles son larguísimas y si colina arriba huelen a dinero antiguo, como dice la guía, a medida que vas bajando, se baja también socialmente. De modo que, de pronto, me he encontrado sola como en mi sueño, entre una población bastante marginal, de prostitutas tullidas, de gente tirada en las aceras, algunos encapuchados con aire de latin kings, gigantes negros echados o sentados en las aceras, una pareja de viejas lesbianas con mirada de furia psicótica, fumadores de maría, homeless, grupos de aspecto salvaje congregándose a las puertas de una especie de madrasa musulmana, una mujer obesa con zapatos de tacón blanco echada en el suelo canturreando, etcétera. He intentado cambiar de calle y la travesía era aún peor. Al fin he acabado de atravesar esa franja de barrio con nombre carnívoro y aliviada, he iniciado el duro ascenso de la pendiente hasta arriba de la colina, adonde llego sin aliento.
Sigo en una extraña forma, pero la belleza siempre cura o salva en cierta manera. Me acompañan o acosan algunos sueños terribles, pero yo prefiero tener incluso esos sueños que olvidarlos del todo. De noche leo una novela de Carson McCullers, Clock Without Hands, pero enseguida me quedo dormida. Es de un hombre enfermo al que acaban de diagnosticar una muerte próxima: yo no lo sabía cuando lo empecé, pero así son las cosas. También hay un chico que duda de su sexo, y su abuelo juez racista sureño y el insight fulminante de la autora. Para fumar tengo que bajar a la calle y los trayectos en los ascensores están llenos de cruces e incidencias. Ayer un hombre me preguntó qué leía. Anteayer yo esperaba al ascensor junto con un hombre joven en mangas de camisa y una mujer rígida y desdeñosa. El ascensor no venía y desesperado, el hombre pidió por las escaleras. "Son sólo escaleras de incendios", le dijo una camarera, pero tras un titubeo, le permitió bajar. Yo me uní y la mujer digna me miró por primera vez y dijo: "I'm coming too". Para ella debía de ser un momento límite. El hombre que iba en mangas de camisa, la mujer rígida y highnosed y yo acabamos bajando por un lugar sórdido y laberíntico que recordaba a las salas de máquinas de los barcos. Él iba delante, luego yo y en tercer lugar la mujer estirada. El hombre de las mangas de camisa se volvía a hacerme comentarios y nos reíamos, pero no me volví a mirar a la gran dama, en castigo a su desdén. Era todo muy extraño porque cada rellano cambiaba el lugar del tramo de escaleras siguientes. Pero al fin llegamos, el hombre en mangas de camisa salió del hotel corriendo y yo salí al sol de la colina y no volví a ver a la mujer estirada.
El otro día, en el desayuno, un anciano barbudo religioso peleaba con el aparato de tostadas, que se le encallaron y no caían. Decidió escoger otras rebanadas sin tostar y fue tocándolas todas con la mano. Yo decidí pedir ayuda a un encargado y optar por otra clase de pan y así descubrí uno de semillas más integral y realmente bueno, no hollado por la mano ni el pie del hombre. En la recepción hay una bandeja de manzanas rojas realmente deliciosas, que desaparecen los domingos, como el periódico.
Mis noches son frágiles y las altera el vuelo de una mariposa. Faltan pocos días para el retorno.

jueves, 3 de febrero de 2011

Volé

Foto: I.N., En la playa, 2011
En un avión incómodo y estrecho. Cerca iba una extraña pareja con aire östeuropeo. La niña, de unos tres o cuatro años, lloró y lloró con fuerza durante unas diez horas, tal vez más. Pedía ir con su padre, pero tardaban horas en hacerle caso. Con él se calmaba, hasta que al cabo del rato volvía a llorar. La madre parecía paralizada, con el peso de una tristeza densa, casi catatónica. El avión no avanzaba. ¿Describía círculos entre las nubes heladas? Hubo un momento en que entramos en un extraño loop, cerca de la península del Labrador. Las horas no corrían en la pantalla del respaldo, o sólo iban hacia delante en algunas ciudades, como Tokio, donde sí pasaba el tiempo. Yo me preguntaba si seguiría para siempre atrapada en aquel lugar incómodo, bajo el llanto estridente de aquella niña, sin poder estirar las piernas, mirando con envidia a los que sí podían. Sólo me salvaba El mal de Montano, y sólo su poder lograba neutralizar el llanto y los ecos agudos que tiene para mí un quejido así, que me devuelve a mi infancia. Y de pronto, al fin, los relojes volvieron a moverse. Dormí tal vez media hora, gozosa y profundamente, con sueños que luego olvidé.
Excepto uno, que tuve antes de partir, aún en BCN. Soñé que EVM estaba dando una especie de clase o una charla y yo entraba tarde en el aula, pero en la pizarra había unas fórmulas físicas, y EVM decía: "Sí, esa es la fórmula para escribir", alguien del aula la explicaba, era muy complicada y parecía sólo física especulativa pero con valores matemáticos, completamente ajena a la escritura. EVM añadía: También hay alguna otra fórmula, pero sólo cuando inviertes la fórmula es cuando sale bien, ¿no? Me miraba a mí y parecía una pregunta y yo pensaba en la fórmula con esfuerzo, pero concluía: Yo lo hago todo a ciegas y no me doy cuenta de nada, ninguna fórmula... En cualquier caso, era una escena graciosa y EVM parecía pasarlo bien. Luego supe que hacía unos meses, en Sarzana (Italia) había soñado con una pizarra y fórmulas físicas. En su caso, las fórmulas en una puerta de pizarra parecían conocer el secreto del universo. O al menos, eso decía en su artículo "El fondo eterno". También por EVM supe que Bolaño soñaba con pizarras y fórmulas matemáticas, que a su vez llevaban a resoluciones de problemas y se estropeaban justo en el último segundo... ¿Habría leído yo el artículo de EVM en su día? ¿Significaría alguna otra cosa esas trasposiciones de sueños de otros escritores? ¿O sólo sería una adivinación de esas memorias trasladadas que sale en El mal de Montano? Últimamente, debo decirlo, he tenido sueños que parecían robados a otros. Soñé que me proponían trabajar en un rodaje que implicaba instalarme casi a vivir a un local feo de la calle Tuset, y parecía un trabajo pesado y no muy bien pagado, y yo les daba largas y un amigo me insistía en que les llamara y contestara. Cuando se lo conté, ese amigo me dijo que a él le habían ofrecido trabajar en una película con una productora alojada en un lugar feo de Tuset y que pensaba decir que no, porque era complicado y con bajo presupuesto. Sólo fue el primero. Después, me han ocurrido otras cosas inquietantes, pero yo las atribuyo al cansancio del cambio de husos horarios, que desdibuja los contornos de las cosas y produce, dicen, sensaciones de déjà vu... por ejemplo.
Al fin el avión me dejó en una ciudad de conductores, que yo siempre había detestado sin conocer. Sarinagara... Al día siguiente anduve por las inmediaciones, encontré una librería llena de libros que parecían guiñarme los ojos, llamarme: mis escritoras, sobre las que conferencia, los autores que he traducido y reseñado, todos tenían un lugar destacado y atraían mis ojos. Compré un libro de Colm Tóibín porque mi amiga americana me dijo desde NY que uno de los cuentos le recordaba a mí y nada más salir a la calle lo encontré y comprendí por qué lo decía, pero eso no evitó la melancolía. Comí en una terracita, buen pescado con un nombre que parecía ambiguo pero que me recordó a otros familiares, buen vino, un día radiante. Luego recorrimos barrios frondosos que sólo conocía de novelas y películas, llenos de árboles gigantes. Y los pájaros cantaban en los sicomoros, como en la canción que sabía G. Incluso en esa ciudad de coches y autopistas entre los barrios, los árboles crecen libres e inmensos, hacia el interior y el exterior, sin los límites ni el espíritu arboricida de mi pobre país. Y la amabilidad de la gente, aunque sólo fuese parte de una técnica de márketing, de una cultura de empresa, lo hace todo mucho más relajado y fácil...
Más tarde vi una exposición de una antigua ciudad de la India, Lukhow, en el museo de arte moderno de esa ciudad extraña e inmensa, y entre piezas delicadas, acuarelas, pinturas, vestuario, objetos, había algunas fotos de Felice Beato y de Samuel Bourne en 1890. También estuve admirando la colección del museo, con Picassos, Klees, Kandinskys, Cy Twomblys, Motherwells, Rothkos y tantos otros maravillosos. Al caer la noche empezó ese insomnio largo e irreductible del cambio horario y mientras observaba cómo cesaban los mensajes de amigos a mis horas diurnas, me preguntaba si ese insomnio no sería un querer estar allí, en el horario de ellos, para no perderme del todo aquel mundo, aunque no lo echase en absoluto de menos... Al día siguiente se nubló y llovía a ratos y fui a ver un museo maravilloso en las colinas donde precisamente había una exposición preciosa de Felice Beato, viajando por Oriente a finales de 1800, India, China, Japón, Birmania... ruinas y templos maravillosos y jardines y retratos especiales, porque su mirada discreta y empática movía a los retratados a confiar, a mostrarse del todo, un poco como le ocurría a David Goldblatt mucho tiempo después. No pude admirar el espectacular fondo de ese museo, no hubo tiempo. El entorno es magnífico, montañas verdes, nubes, tanto como para compensar la obra de un arquitecto que no suele convencerme, pero allí se veía bien, adquiría sentido...
Tres días después volé a otra ciudad más afín, apta para caminantes y llena de luz. En el corto vuelo doméstico me salvó un librito precioso de Giani Stuparich, "Un año de escuela en Trieste" (Un anno di scuola). Con una concisión sutil y una poética económica y perfectamente ritmada, que parece surgir espontáneamente por su fluidez, Stuparich cuenta cómo se revoluciona el instituto y cómo se transforma cada uno de los chicos con la aparición de una adolescente, Marty, y las reacciones de los padres, la hermana mayor libre en Viena... Y qué bien cuenta la mirada de las mujeres, la asfixia de una chica libre y fogosa en un mundo conservador, su entusiasmo por el saber, la forma en que se acerca a Antero, los silencios esos de los dos en que ella siente comprendida su tristeza y la melancolía, el suicidio, tantas cosas contadas con precisión y sutileza en tan pocas páginas, y la nostalgia de lo soñado, lo que no pudo ser, mezclada a un gran entusiasmo vital, como en la Ginzburg. Una lección de escritura.
En cuanto a la ciudad y sus colinas, me sorprendió primero el barrio en que me hospedo, con su aire jamesiano de The Bostonians, de una sociedad conservadora pero culta y dada al mecenazgo, una sociedad de mujeres sufragistas y búsqueda de la belleza en las casas; muy distinto de lo que se encuentra bajando la colina... o en otras colinas. Y el mar asomando en distintos lados, por la forma de la bahía, y la antigua prisión. O el barriochino con sus sorpresas. La mítica librería editorial que publicó a la beat generation: también estaba llena de mis autores, los que traduzco, los que reseño, sobre los que escribo... Al final he concluido que tengo ya demasiadas relaciones con ese mundo de los libros como para que eso no me ocurra. Desde las estanterías, los libos me llaman, me saludan, recuerdan su relación conmigo. Al menos, en las librerías anglosajonas. Anoche cené allí cerca con un grupo que incluía al director de algunas películas que fueron significativas en mi historia. Ese director es un hombre mayor que conserva todo su charme: empezamos hablando de gatos y conectamos enseguida, y de ahí pasamos al cine y la escritura, y habría podido hablar con él durante horas. La comida -italiana- era deliciosa. Él me señaló el que había sido apartamento de Jack Kerouac. Hoy he estado (browsing, browsing) en esa librería, que conserva su espíritu demasiado viril de la época, aunque Alice Munro y Jean Rhys hayan ocupado lugar en las estanterías, apenas hay poetas mujeres (he comprado un Coetze, un Carson McCullers y extrañamente unos cuentos de Hemingway, una postal de Derrida y otras dos) y he visitado el también legendario café de al lado, por azar y necesidad. Luego he ido de excursión a un barrio de casas preciosas y coloridas, de ambiente fuertemente hip y poblado de freaks, que alberga una también mítica e inmensa tienda de discos donde se encuentra casi todo. Y muchas tiendas vintage, con piezas asombrososas, históricas, que retrotraen a otros tiempos...
Y por las noches, en ese insomnio irreductible del cambio de husos horarios, me vuelven mis últimas inquietudes, las que tendré que abordar en cuanto vuelva, probablemente sin tiempo de recobrarme. Y en esa penumbra, oyendo el tintineo de los tranvías, parecen crecer los fantasmas como en el poema de Ausies March: Lo jorn ha por de perdre sa claror:/quan ve la nit que expandeix ses tenebres,/ pocs animals no cloen les palpebres,/ e los malalts creixen de llur dolor...
Una tarde escuché la entrevista que le hicieron a Bel M. en el programa de radio Hablamos, sobre literatura y psicoanálisis. Fue una gozada escucharla. Ese saber suyo literario -teórico y vital- y psicoanalítico es una combinación afortunada. No se lo pierdan. Leo en los periódicos lo que ocurre en Egipto y poco más. Por las tardes tengo que volver y traducir a destajo, para entregar su dosis a cada uno. No me queda tiempo de escribir. No me queda tiempo de mi novela, y en realidad, tampoco me queda tiempo para escribir este post. No hace falta que muestren que ya saben dónde estoy, lectores invisibles. Yo sólo nombro lo que quiero nombrar. Y tampoco se fíen de las apariencias...
BTW, ¡feliz año chino de la liebre!

domingo, 24 de junio de 2007

Al reverso (de una mañana perdida o ganada)

William Waterhouse, Lady of Shallot, 1916 Al reverso de este blog, en el post anterior, empezó una discusión sobre Ofelias que se ha convertido en colección, por un comentario al parecer inocente que luego produjo una lluvia, no sólo en mi memoria, sino también en la de otros. Así que por un lado, mi tentación prerrafaelita (alguien me convenció hace muchos años de que yo pertenecía a aquella atmósfera algo lánguida y de una intensidad sensual enfermiza, decadente y onírica, que revisitaba lo clásico en versión anglosajona, por similitudes físicas o por espíritu, y aunque ahora ya esté lejos, me queda la afinidad nostálgica). Y en homenaje a los que escriben al reverso, he puesto a esta favorita de Lost Child, Lady of Shallot, para reparar una mañana perdida (o ganada) en brazos de Morfeo, ya que por accidente seguí la tradición y pasé las horas de los fuegos en casa de amigos, viendo películas y cenando en una terracita semi-italiana, volví ya muy entrada la madrugada y tuve que pedir a un vecino que peroraba con fiereza de Ceaucescu (por supuesto, era un latinoamericano, los vecinos lugareños no suelen saber quién era tal personaje ni que existía Europa del Este, sumidos en su ignorante autocomplacencia catalana o española), en la terraza, ante perplejos amigos mudos, que bajara el volumen. Aún más confundidos por mi aparición fantasmagórica, entre las sombras de mi terraza y los arbustos, o civilizados, me hicieron caso. Y he dejado arte tv de fondo, para dejarme reconstituir par la langue française. Espero que esta tarde logre escribir... Mirad aquí !!!! Nuestro azufaifo sale hoy en El País, escrito por Francesc Arroyo, y citan unas frases que escribí en el blog Polis... Y también sale en el AVUI escrito por Marta Carbó...

viernes, 22 de junio de 2007

Soñar, tal vez dormir



Una extraña oleada de insomnio de origen aparentemente físico (hormonal, y por lo tanto, poderoso y capaz de burlar y sortear los efectos de todas las hierbas) me tiene secuestrada desde hace ya más de una semana. Sueño que duermo, pero no lo logro realmente. Me despierto varias veces en la noche y aunque no tardo tanto en volver a las regiones de Morfeo, ya nunca es suficiente. De día, me mareo terriblemente al cambiar de posición, y aunque por las mañanas mis baterías parecen mágicamente cargadas, el cansancio me invade después de comer y ya no me abandona.

Mi amigo escritor serbio me recomienda que duerma con mi gata. Podría ser que sus vibraciones, esas ondas expansivas de ensoñación y sopor gatuno fueran contagiosas. Chissà.

O tal vez podría hacer caso a Paul Éluard:

et, comme aux temps anciens, tu
pourrais dormir dans la mer.

Podría dejar que me durmieran los poetas, echarme al sofá con un montón de libros que hablasen de dormir, taparme con ellos, dejarme envolver por sus palabras de bosques y mares donde se duerme, recuerdo fragmentos. T.S.Eliot escribía:

Whispers and small laughter between leaves and hurrying feet

Under sleep, where all the waters meet.

Más de una vez he pensado que yo usaba los libros así, como el tío Gilito se revolcaba en su dinero, quitándose el albornoz y zambulléndose como en una piscina, tal vez lo mío sea similar...