Foto: I.N. Rufus por la ventana, 2011
Había vuelto esa extraña electricidad que parece puramente fisiológica y desencadenada por algún agente ajeno, químico, exterior a mi cuerpo. Y con todo, si sólo fuéramos un conjunto de impulsos eléctricos... Me puse los gongs tibetanos y la lluvia, pero me venían una tras otra, como otra clase de lluvia electrizada, pensamientos que no había podido elaborar en una discusión nocturna, reconstruía al fin la situación como si antes no hubiera podido, tal vez por el puro agotamiento. También recordaba los no-dichos de la presentación de Sinrazones del olvido en La Central. Estaba lleno de gente, pese al goteo de mensajes de los que no podían venir. A algunos pude saludarles, a otros les vi o creí verles de lejos, sonriéndome y algunos nos felicitaron generosos. Àngel V. me dijo: Has millorat molt, eh? Cada dia parles millor en públic, més calmada, amb una facilitat... Es mucho más fácil y menos expuesto dar la cara conjuntamente por un ensayo sobre otras autoras y escrito a cuatro manos que presentar mis cuentos, pensaba yo; ¡la responsabilidad compartida! La verdad es que me gustó volver a escenificar fragmentos de esas autoras nuestras, verlas flotando un poco en el aire de la librería y escuchar a Lydia Oliva argumentar brillantemente sobre su parte. Olvidé hablar, por ejemplo, de aquella biografía de biografías de Janet Malcom, o rematar mi alusión a dos biografías magistrales. Mientras hablaba, veía una mujer desconocida, en las filas de en medio, que asentía sonriendo, sobre todo cuando conté las razones de las sinrazones, mi teoría del "sí, pero...", que también le gustó mucho a G. También me habría gustado seguir con las interesantes reflexiones sobre la biografía que planteó Anna Caballé en su intervención generosa y contextualizadora. Al salir de la presentación, fui a cenar con unos amigos, pero no tenía hambre (nunca tengo hambre después de presentar un libro), me sentía perpleja y pasada de vueltas y creo que no dije apenas nada. Sentía como si me hubieran aspirado las ideas, ni siquiera recordaba, sólo escuchaba. Llegué a casa en un agotamiento total y tuve una sensación de irrealidad algo espinosa. Y al echarme en la cama, aquel torrente de pensamientos.
Al fin me levanté. Eran las cuatro. Apagué todas esas luces excesivas de los aparatos electrónicos de la sala. Se oían unas motos ruidosísimas, ¿o eran coches? Recordé vagamente cuando iba al circuito de Montjuïc, a los quince años, aquel olor a gasolina. Me eché en sofá de la sala, junto a Rufus, y su ronroneo me durmió profundamente durante dos horas. A las seis volví a mis aposentos, pero no podía dormir, así que volví otra vez con Rufus y caí dormida una hora más. Hace cinco o seis días, estaba encallada en un capítulo difícil de la novela, apagué el ordenador, fui a ver a Rufus, me puso las dos patitas blancas en la frente y como en una conexión interestelar, empezaron a llegarme las frases de arranque. Miré su cara rayada de tigre y le dije: Rufus, ¿qué sabes tú? Y es que los gatos son puro misterio, como dice Darío Jaramillo. Escribí todo aquello, pero sigo en ese capítulo extraño, otra vez he vuelto a encallarme; tal vez necesito un paseo solitario, o la ayuda de Rufus de Bengala. Hace calor de verano y se oyen las voces bulliciosas de los niños en la guardería y los estorninos cruzando el cielo. Ayer, cuando vino el mirlo antes de irme a la presentación y se acercó andando por el suelo de la terraza, Rufus estaba agazapado y oculto tras la esquina, dispuesto a saltar como un luchador de sumo. Rufus es tenaz y nunca pierde la esperanza, pero yo me opuse. No se enfadó, no es rencoroso, sólo espera su momento con una infinita paciencia. En cambio, el ruido del aspirador le saca de sus casillas. Ayer vinieron a limpiar, y al oír ese fragor espantoso, mi gato quiso huir y como mi vecino le ha cortado el paso a su terraza, ya se iba a jugar la vida por fuera de la barandilla, sin darse cuenta de que su peso no le permite esos riesgos.
He tenido un sueño oscuro y violento y me he levantado envuelta en una decepcionada melancolía, que tal vez sólo tenga que ver con el cansancio. J me vio despierta en skype y me contó que él apenas necesitaba dormir. Es una suerte; en cambio yo necesito muchas horas de sueño, de ahí mi conflicto con ese insomnio electrizado, que siempre me hace preguntarme si habré tomado más té verde de la cuenta en el desayuno, y que me impide seguir tomando tés durante el día, como antes, cuando sí dormía como un oso (así dicen los alemanes y me gusta más que la idea triste del tronco).
Ayer estuve al fin más sumergida en Giono. Necesito acabar esa traducción, pero voy tan despacio que es mi ruina. Es maravilloso, pero me obliga a aguzar el ingenio y la búsqueda de frases ingeniosas, entre lo popular, la tradición y su parodia, para estar a su altura. Además de sus jeroglíficos, que no están en diccionarios ni en ninguna parte. Graham T. ha traducido muy bien uno de mis cuentos al inglés para una antología digital internacional, hecha con un criterio generacional. No es uno de mis preferidos de Algunos hombres... y otras mujeres, pero sabía que lo elegirían por el título y me gustó verlo brillar en inglés tan rápidamente.
Creo que podría haber un segundo motivo interno para mi electricidad insomne de esta noche. A veces, en esas presentaciones, la vibración que siento al dejar palabras en el aire silencioso y atento me hace intuir otra vida, la que querría, pero también la que una parte de mí no cree merecer, no autoriza del todo y sigue obstaculizando leve, subrepticiamente, poniendo el freno de mano. De esa tensión surge la electricidad, la perplejidad y el agotamiento. Por eso me sentía tan sobrepasada al llegar. Y sin embargo, sarinagara...
