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domingo, 16 de septiembre de 2012

Correspondencias

Foto: I.N., Rhipsalis crispata, Lluïsa's Gift, 2012.
Transcribo aquí unos fragmentos de mi último intercambio con JP, que sigue en India.

¿Ya ha refrescado? Espero que vayas sintiéndote mejor a medida que el calor se vaya apaciguando y no sea tan fiero.
Ya llegué a Varanasi, el río está bastante alto pero ya empieza a retirarse, se ve la isla de arena en la gran curva del Ganga, las orillas de los ghats están llenas de lodo y de jacintos de agua. No es el momento más bello de Kashi aunque al atardecer siempre parece un reino mágico, un mundo de sueño que se desvanecerá en la noche.
  Como siempre mis sentimientos son encontrados, trato de limar aristas albergándome en la misma pensión de siempre, cuyo propietario de la casta de los lecheros, granjeros o cuidadores de vacas, en su caso lecheros, y por eso se llama Kishan (granjero), es un hombre encantador, poco interesado y tranquilo, una joya en esta ciudad ávida y egoísta hasta la médula. Aunque como siempre en India, el país donde todas las contradicciones se manifiestan, sea al mismo tiempo la ciudad donde el dolor llevado al paroxismo se licua en música, donde la luz parece ser algo sobrenatural en ciertos momentos y la noche albergar universos desconocidos.
   No me parecen simpáticos ni amables, en el tren conocí a un señor muy divertido, un profesor de BHU (la universidad de Varanasi) que era ingeniero en electrónica ( si es que se dice así) irónico, lleno de charme, acostumbrado a recibir homenajes por Europa (me habló sobre todo de París) y por América, viajaba con su hijo que se dedicaba a la animación y con el que cuando su padre se acostó estuve un rato hablando de cine...
Pero quien volvió el viaje algo valioso fue su padre con su chispa, su ingenio, su vanidad, la manera de regatear un poco más de chau con un empleado del tren, llamar a su hijo "el rey del Nepal" o distribuir la conversación haciéndonos participar a todos quisiéramos o no.
Pero este señor era una de las brillantes  excepciones que Varanasi prodiga, esa plétora de genios de la música, del sanscrito, de la medicina, del urdu o del persa, brahmanes con prodigiosa memoria, increíble rapidez mental y que parecen vivir en el reino de la inteligencia, santos y sadhus que esconden sus tesoros entre la sordidez de las paredes que se derrumban, la bosta de las vacas, las quejas plañideras de las mujeres.... aquí, como diría mi padre, todo el mundo se cree un personaje... los varanasis son terribles, obsequiosos y canallas, producto de una civilización demasiado antigua, llena de flaquezas, de miserias y de un descomunal orgullo.
   Pero como me pasa siempre, cuando te escriba tras unos cuantos días de estancia me habrán seducido de nuevo, no ellos, sino los genios de la ciudad, y te hablaré maravillas y no querré irme de aquí y me parecerá que lo que es un sueño no es esta ciudad donde todos están intoxicados por la religión sino Barcelona donde todos estamos intoxicados de tedio banal, y la vida se nos escapa sin saber en qué, en nada que podamos decir que es bello o importante, en pequeños sueños mezquinos.
   Hoy me acerqué a los ghats al amanecer, pero no estaba preparado aún para comulgar con el río y me alejé enseguida dejando las barcas llenas de turistas y a los peregrinos con sus pujas, alabando al sol que se alza por la otra orilla. Necesito tiempo y como en Ladhak me sentí tan feliz y la gente es tan bella, tan simpática y el paisaje tan desnudo y conmovedor, tal vez para que la transición sea suave, vaya a visitar Sarnath, y vuelva a ver el Buddha que dio origen iconográfico a casi todos los otros tipos de buddhas, además el Dalai Lama estará allí el 27, 28 y 29 y quizás no sea como en Delhi (estaba en La Fundación Ramakrishna justo el día en que me vine y la habían engalanado llenando los espacios de césped de pabellones blancos) donde había que pagar 1500 rupias al inscribirse y todo estaba lleno de autoridades y de esa excitación de los preparativos que me molesta tanto en ciertos actos religiosos...
  Hoy pasaré por Harmony, la librería más literaria de aquí  y a ver si encuentro cosas que no tenga, este año en Delhi apenas compré libros porque cerraron o cambiaron de emplazamiento las librerías que me gustaban, encontré de segunda mano Petersbourg de Bely, que estoy leyendo bastante interesado, por lo de ahora no me parece que alcance los elogios desmesurados que le dedica Nabokov (con el que apenas comparto nada) pero sin duda es una obra estimable, rara, preciosa, lo difícil es juzgarla por una traducción, debe de ser algo así como pretender juzgar Paradiso de Lezama por alguna de sus traducciones por muy buena que sea. También estoy leyendo en francés Au fil de la vie de Rilke, sus primeras historias en una de ellas Toutes en une una historia de un escultor de Madonnas, triste, viene esta frase sobre la piedad, no la certifico pero me llamó la atención:
"Qu'est ce que la pitié. Le plaisir qu’on prend a des églises sombres et a des arbres de Noël illuminés, la gratitude que l'on éprouve pour un quotidien tranquille qui ne vient troubler aucune tempête, l’amour qui a perdu son chemin et qui cherche, qui tâtonne dans l'infini sans rivages. Et une nostalgie qui joint les mains au lieu de déployer les ailes."
Cuídate bien.
Un beso
Pues refrescó y fue maravilloso mientras duró, luego volvió un bochorno espantoso y hoy las temperaturas son aún más altas que los otros días, aunque han prometido que las mínimas nocturnas empezarán a bajar muy poco a poco y mejorará la sensación. Y siguen las tremendas obras con su estruendo.
Y con el calor, mi condición se agrava, de modo que me estoy planteando otra dolorida intervención en el hospital, aunque con la incertidumbre de si servirá o no; a veces alivia unos días, a veces no sirve de nada. Este atardecer vendrá el osteópata que también me hace reflexoterapia y que me ayudó mucho hace una semana o más, veremos si consigue un pequeño milagro y evitamos lo del hospital
Pese a todo, como te dije, estoy más esperanzada gracias a la entrevista con el nuevo cirujano, y sólo pienso en seguir fortaleciéndome para poder hacerme la prueba y ver si es operable y liberarme...
He leído una novela para La Vanguardia que quizás te gustaría, tiene algo de novela-andante que conecta con una tradición manhattanita…
Me encantan tus crónicas, son una maravilla. Si siguieras así, podrías convertirlas en un librito, una maravillosa plaquette de paseante indio. No me extraña lo que dices al pensar en aquí desde allí, lo sentí yo en mi único viaje precoz y atolondrado allí, en 1981-82...
También leí ayer una novelita epistolar de Teru Miyamoto, la japonesa Kinshu, Tapiz de otoño (aunque sospecho que traducida del inglés!) en Alfabia, y me gustó, pese a los pasajes misóginos (tú te reirás), pese a su sencillez extrema, fue una lectura gozosa y fluida, aunque solo fuera esa imbricación del ánimo y el paisaje, tan japonesa y tan zen, que me recordaba a mi adorado Soseki... de quien acabo de recibir La puerta (Impedimenta), y que pronto leeré…
Sigue escribiéndome, por favor, siempre que puedas. Hoy leía a un personaje de Henry James de una novela favorita, Portrait of a Lady, Ralph, cuando se está muriendo e Isabel viaja para estar con él desafiando la prohibición de su horrible marido, él dice algo como: Love remains. I don't know why we should suffer so much. Perhaps I shall find out. There are many things in life...
Yo también me pregunto muchas mañanas, o a veces, a medianoche, por qué tengo que sufrir tanto y si éste será mi final (entonces, por qué tan largo?) o si será sólo una prueba (y por qué tan duro?), por eso los fragmentos de India me producen una consolación que tú puedes seguramente imaginar. A veces le pregunto a Rufus, que siempre acude a mí en los peores momentos y se sienta conmigo a acunarme con su ronroneo. A veces le ha tocado a J. escuchar mis momentos de desesperación más desolada. Pero también él es el primero en saber de mi alegría al mejorar ¡aunque sólo sea un poco! En esos casos mando mensajes a todos los que me han oído desesperar... Como ahora, que he empezado a sentir alivio tras una mañana de hinchazón terrible.
También leía unos cuentecitos de Kipling, They, y en el cuento que da nombre al libro, no sé si lo recuerdas, el narrador descubre un jardín maravilloso, con unos niños y una mujer que le desconcierta, hasta que ella le revela que es ciega. Es un momento emocionante, sin que ocurra nada más. 
'Now you understand", she whispered, across the packed shadows.
'Yes, I understand - now. Thank you.'
'I only hear them... I have neither borne nor lost!'
'Be very glad then', said I, for my soul was torn open within me.
'Forgive me!'
She was still, and I went back to my sorrow and my joy...
Y también T. C. diciendo que "el mundo está azotado por una epidemia de pena, cuyo embate mayor soportan, de momento, sólo unos pocos desafortunados"
Hay un tipo que habla a gritos desde el móvil en una azotea. Le he pedido por señas que baje el volumen y me ha hecho un gesto obsceno. Cuando paran las máquinas, siempre hay alguien desconsiderado que vocifera para que todos oigan su conversación banal. El calor multiplica esa sensación opresiva de estruendo. Sin embargo, he visto amanecer varios días seguidos y la luz me recordaba la felicidad de pequeña, en domingo, en bici por el paseo marítimo, cuando iba a comprar croissants para el desayuno para mi padre, y me sentía envuelta, diluida gozosamente en esa luz, otra vez como de pequeña al entrar en el mar de Roses, en esa primera escena de mi novela que para mí la resume toda. Veremos qué ocurre con ella. Según una doctora sinergética, su salida a la calle es una condición para mi curación.
Un abrazo 
Bel
*************
Es domingo y sólo los ruidos del vecindario (la torpeza de las escalas de una flauta, el perro prisionero, una televisión) quiebran a veces la quietud maravillosa. He pasado días difíciles, en los que el malestar corpóreo me deja poco espacio para lo demás, excepto para las visitas, que me han distraído e intentado animarme, aunque a veces me agobie la falta de soledad: yo necesito horas solitarias, me alegra intercambiar con los amigos, necesito ese feed back para seguir el hilo de mis pensamientos, pero aún necesito más ese espacio íntimo para el silencio, la música, la lectura, para reconectar conmigo y poder escribir. El hombre que escucha me preguntó acerca de la implicación metafórica de mi malestar y al salir de allí estuve pensando en qué era lo que yo retenía y sí que obtuve una vaga respuesta de algo que es el motor de la escritura de mi libro de ahora, pero que me causa cierto dolor añadido y tal vez, quién sabe, pueda estar influyendo en mi proceso de curación. O tal vez no.  Pero es un camino por el que seguir. Me he puesto una fecha límite para fortalecerme y someterme a la prueba que decidirá si una intervención, más o menos simple o compleja, es posible para liberarme de todo esto. La fecha es aproximadamente el 10 de noviembre. Ojalá los dioses griegos, el azar, el universo, whatever, se pongan de mi parte y me ayuden. Yo no creo que pueda resistir más.
Creo que tengo menos paciencia con los desconocidos que me parecen punzantes, con la gente que no entiende lo que escribo, o que pretende exigirme imposibles. Seguramente el dolor me vuelve menos tolerante. ¿Pero cómo reaccionarían ellos? No creo que los que tanto se ofenden hagan un esfuerzo por ponerse en el lugar del otro. Es duro que no haya reposo, que todos los días me duerma y me despierte con este cuerpo dolorido y tan limitado que me aprisiona, que no pueda como antes andar y respirar sin dolor. No es obligatorio comprenderlo ni mucho menos entender lo que yo intento escribir. O imaginar lo que es este extraño malaise y esta burbuja en la que vivo. Algunos intentan persuadirme de que lo suyo es igual o peor. "Todos tenemos problemas", me dijo alguien. "Al menos tú están bien acompañada y te quieren". Yo le respondí que ahora mismo le cambiaba estar sola en el mundo y triste, pero con su cuerpo o con cualquier cuerpo medianamente sano y libre, con mi cuerpo de 2010.  Y es que no recordamos esa felicidad física y simple de poder andar, correr y bailar libremente todos los días, de cambiar de postura en la cama sin que duela, de dormir profundamente, de levantarse con un cuerpo renovado, de andar largamente por el bosque o la playa, de entregarse a lo físico.
Y sin embargo, a veces, leyendo o adormeciéndome logro olvidarlo todo y sentir la misma joie paradoxale que antes. O escribiendo ese libro extraño. O recibiendo la visita de G., que hoy cumple 24 años y que muy pronto se irá a su Erasmus en Bologna. Hemos celebrado nuestro pequeño ritual y le he regalado libros italianos (los libros secretos que dijo la Otra Bel): Natalia Ginzburg, La strada che va in città; Italo Svevo, La conscienza di Zeno; Mario Rigoni Stern, Il sergente nelle neve. ¿Por qué todos son de la misma editorial?, me ha preguntado. Por casualidad, le he dicho yo, o porque Einaudi era un editor excelente, y le he contado de los tiempos en que los Ginzburg, Pavese y él mantenían allí sus reuniones comunistas y resistentes durante el fascismo, etc. Hemos hablado de leer en otras lenguas y descubrir palabras ininteligibles, desentrañarlas en el contexto, él se sabía algún fragmento de la Commedia, gracias a un profesor apasionado que tuvo, y yo le he recordado el momento de la salida del infierno, que tanto me gustaba. Voy a echarle mucho de menos -su vitalidad, sus visitas, su belleza, su espíritu, su forma de mirar el mundo-, aunque sea poco tiempo. Espero que le vaya muy bien y que me escriba. Y también que cuando él vuelva yo esté ya en una fase más saludable y cómoda que ahora, fuera de esta pesadilla. 
Me escribe estos días desde el desierto californiano y el Joshua Tree Park mi amigo músico, que anoche ganó un Emmy (!). En el ascensor del hotel se encontró a Richard Gere, sin paparazzi...
Hoy he soñado pero sólo me ha quedado un fragmento insulso en la memoria, o una clave numérica a descifrar. Volvía a la casa de la calle Herzegovina (creo que porque ayer, L.O. me dijo que había leído mis tres primeras Postales y sus impresiones me alegraron), estaba con P., la reina del reiki, pero en vez de ser el tercero primera, era el segundo primera.
Por la mañana ha venido Rodolphe a traerme un encargo del mercado, una verdura que venía con una oruga verde fosforescente, de una tonalidad asombrosa y que se me ha posado en la babucha marroquí. También estaba Lluïsa, que traía la Rhipsalis crispata, una planta semicrasa flamante en la que la flor crece directamente de la hoja, y ella se ha encargado de llevarse a la oruga. Anteayer vino Anne-Hélène, con dos jerseys muy bonitos,  una fotógrafa favorita, con un regalo práctico invernal y Julia G., una ilustre hija y sobrina de escritores y poetas; su padre le dedicó un poema maravilloso que siempre vuelve y que un cantautor popularizó musicándolo muy bien (supuse que todo el mundo llevaba años hablándole de ello, así que me callé). Me trajo un libro cómico inglés de los cuarenta, de humor duro e hilarante. Ayer vino V., que trajo una delicada macetita de brezo (me han dicho que el brezo no soporta el agua calcárea y que vive mal aquí, veremos si logro que medre) y posó un momento su insight rápido y evercomprehending en la sala. También vino la Belle Elaine, que estaba exuberante, con aire hindú y que me contó un montón de historias y me hizo reír, y la reina del reiki, que me traía otro vegetal necesario, y las dos se enzarzaron a hablar de dietas y de berzas en lugares insólitos. Y J., por supuesto, que viene con sus deliciosas mermeladas de higos (yo nunca había probado una mermelada tan buena, naturelich sin azúcar) y otras sorpresas, como esos suplementos literarios internacionales que antes no podía leer sin culpa y ahora disfruto con fruición. En el del (horrible y conservador diario, pero preciosamente maquetado y con gran nivel en lo cultural) Financial Times, había un artículo maravilloso sobre Orwell con una cita de una rana que tengo que mandarla a Ratachina (la ilustración era espléndida), y otro artículo apasionante semibiográfico sobre Foster Wallace, y otro muy gracioso (ilustrado con grabados antiguos preciosos) sobre los buscadores de semillas ingleses del XIX, que lograron convertir una flora pobre y limitada en una riquísima y de gran diversidad de especies. El especial moda recordaba ese aspecto loco y artístico de la moda como búsqueda de la belleza que nuestros suplementos locales ni siquiera conocen o comprenden, y luego me leí sobre una curiosa novela épica contemporánea (Uma viagem a India) de Gonçalo Tavares en Le Monde Livres (creo que no está traducida al castellano) y algo que me interesó también del Libération. Luego leí un artículo estupendo de EVM, tras releer la crítica elogiosísima que le dedicaron en The New Yorker. Recibí La chaise-longue victoriana de Margarita Laski, prologada por mí para editorial Automática (la recomiendo, aunque mejor lean mi prólogo al final, a modo de epílogo). La ventaja de estas duras vacaciones forzosas son mis lecturas sin tasa y la sensación de la generosidad de mis amigos, la impresión de su afecto, de su intenso deseo de que mejore (a veces me siento mal por no poder decirles que estoy mejor, que me encuentro bien, por tener que seguir dándoles  noticias penosas) y de alegrarme y facilitarme la vida con sus regalos y sus favores con la tenacidad de The Hunting of the Snark. Hoy Anne había leído mis primeros cuentos, los de Crucigrama; me ha contado sus impresiones y su lectura me ha llenado de esa vieja felicidad que es el feedback de mi escritura, cuando encuentro un lector inteligente y perceptivo, uno de esos lectores que busca cualquier escritor.

jueves, 23 de agosto de 2012

Desde este lugar extraño

Foto: I.N. Nubes desde mi hamaca esta tarde, 2012
En que vivo, un mundo aparte distinto del de antes, del de los demás, un mundo óseo sin derecho a lo sensual ni a apenas a lo plácido (aunque a veces, cuando duermo una media hora de siesta con brisa natural o con aire artificial, me he sentido tan bien con la luz filtrada por una cortina naranja que casi podía imaginarme en mi cuerpo de antes y sin moverme experimentar aquella antigua felicidad entonces no sabida), un mundo sin certidumbres, lleno de dudas e interrogaciones sobre la vida y la curación, desde ese lugar extraño puedo aún contemplar las nubes, leer y ver películas maravillosas.
Un amigo cineasta me adivinó el pensamiento y me trajo, en una de esas cenas heroicas de hace unos días, dos películas que quería volver a ver. Fue casi telepático y podría probarlo. Una era The Swimmer, basada en uno de esos cuentos de John Cheever con paisaje suburbano y carga de profundidad. Al leer el cuento recordé que había visto aquella película y quise volver a verla, pero no la encontré. Es maravillosa. La única objeción -la vi con mi amigo músico y él se quejó de inmediato- es una banda sonora absurda, que en la época ni siquiera advertí. Pero las imágenes se quedan grabadas en la memoria. Burt Lancaster, con su pura gestualidad de ese cuerpo atlético a punto de ser vencido, su mirada irradiando una luz que por su pura intensidad ya permite detectar una herida, una disociación, una necesidad compulsiva de ensoñación y negación, sostiene la película con su paisaje radiante y toda su melancolía creciente y amarga hasta el final. 
La segunda película que adivinó quien me la trajo era The River, o Le Fleuve de Renoir, que yo había visto en el invierno de 1981, justo antes de irme a la India y que tanto me conmocionó entonces y que tanto recordé una vez allí. Siempre había querido volverla a ver y la había buscado en vano. Y ese mismo día, por la mañana, al ver que tenía La Règle du jeu de Renoir, había pensado: Pero la que yo quiero ver es El río...
La he visto hoy en una solitariedad feliz. Qué bien lo he pasado viéndola, ese color increíble, la música, esa atmósfera de la vida que fluye como un río, ese espíritu panteísta, el afecto, la tristeza y el absurdo de las heridas físicas y psíquicas de la guerra, y los templos y dioses hindúes y los rituales de belleza y la naturaleza exuberante y una deliciosa sagèsse de un Renoir distinto y más inspirado y apasionado que nunca. En cierto momento, el hombre con una sola pierna, por la guerra, y la mujer mezclada por su condición mixta india y occidental, sin casta, hablan de aprender a aceptar su carga y lo ocurrido y ¿cómo podía yo no asociarlo a mi condición, a lo que a mí me ocurre? El hinduismo respira esa aceptación con el desapego de los que creen que todo está en la mente y a pesar de sus conflictos, el país también tiene ese espíritu flotando en el aire, de una gran y antigua humanidad.
Al mismo tiempo me llegan los mensajes de JP desde India bajo las lluvias del monzón, sin acentos ni eñes, con descripciones de atmósfera que me refresca: 
En la Jama Masjid, la mezquita mas grande de Delhi, a lo lejos las cupulas de los templetes que coronan espaciadamente las murallas de Lal Qila, la fortaleza roja de los moghules, decenas de halcones sobrevolando el cielo… Como todavía están celebrando Eid, el fin del Ramadan, las familias musulmanas vienen a la mezquita a pasar el rato, vestidos con sus nuevas galas, las niñas en horrendos vestidos de colores chillones de gasas y de raso y con todo tipo de volantes encajes y excesos vestimentarios. Los hombres todos con sus kurtas blancas con bordados y sus gorritos de encaje. El ambiente no es nada rigido, una vez pasados los cancerberos de la puerta que tratan de cobrarte lo que sea y de incordiarte un poco, (para mas inri el encargado de hacerlo es un sordomudo)…
La cantidad de halcones  debe de ser proporcional a la cantidad de palomas que cubren parte de las tres grandes cupulas, en forma de capullos de loto a punto de eclosionar. La mezquita es muy elegante, aunque a mi me enamoran poco las mezquitas indias, que encuentro todas parecidas y anyoro las mezquitas afghanas o iranies, que no conozco, con esos azulejos azules que compiten con el color del cielo, pero reconozco que el juego de lineas y colores entre la piedra roja y los marmoles blancos, las escasas pero bellas escrituras cuficas en negro en forma de sellos, sus cupulas y templetes indomoghules, los minaretes rayados de blanco con templetes en su cima y abriendose en forma de columnas egipcias, la fuente para las abluciones en el centro, y sobre todo sus alrededores llenos de restaurantes de comida deliciosa, todo eso la convierte en mi lugar favorito de Delhi. Pero el gentio es tal que aguanto pocas horas y tengo que buscar lugares mas neutros, menos cargados. Ire a comer y a tomarme un cafe luego a la Delhi Coffe House, un sitio con un pequenyo jardin que me gusta porque esta lleno de viejos senyores sikhs, y donde puedo leer a gusto The Hindu, el único periodico indio que trae algo de informacion y no cotilleos sobre el mundo de Bollywood o los jugadores de cricket.
Esta mañana ha venido Aurora, me ha traído una fruta latinoamericana con propiedades mágicas y las verduras que necesitaba. Se ha asustado al verme y se ha ofrecido para traerme lo que sea dos o tres veces por semana. Su visita me ha dejado una estela alegre y generosa, con tanta delicada comprensión. Luego ha llamado Magda, quería traer algo como fuera y he intentado buscar en La Central algún libro de R.K. Narayan, en vano, luego alguno de Satyajit Ray, pero tampoco. Y al fin he seguido el consejo de la librera y le he encargado a Magda una novela de Jhumpa Lahiri (de quien ya leí The Interpreter of Maladies), The Namesake, aunque yo quería una India más antigua y he decidido buscar películas de Satyajit Ray para consolarme. Yo sabía que necesitaba algo de la India (al fin y al cabo sigo tomando la medicación que me han prescrito desde Calcuta y Bengala, aunque no sea exactamente eso, sino una forma de intentar asumir este extraño mundo en el que vivo) y aún no había visto The River desde 1981.
Magda ha coincidido con Cris, que me traía un cartucho de tinta para la impresora (así podré ver lo que he escrito de otra manera o eso espero) y una mezcla deliciosa de aceituna y almendra... Algunos me felicitan por mi forma de llevar lo que me ocurre y eso me desconcierta. No veo nada admirable en mi actitud. ¿Cómo podría hacer si no? Me dice Anne que cuando me cure, podríamos celebrarlo con todos mis amigos en un gran jardín. La idea me ha encantado... Insh'allah.
Y sigo escribiendo. Ya no tan deprisa como antes. Desconcertada ante ese magma que crece sin estructura, con ideas que vienen con cuentagotas, o releyendo y corrigiendo, y entonces surgen otras, y algo perpleja de lo que surge. No sé qué pasará con ese texto, sigo sin saber si serán cuentos o una novela, o qué será exactamente. "Yo lo llamo libro", me dijo una vez autoburlón Aleksandar Hemon cuando le pregunté por lo que entonces estaba escribiendo (luego fue una novela). Yo no sé si me atrevo a llamarlo libro. Todavía son sólo veinte páginas aproximadamente. 
Hoy he soñado y he olvidado mis sueños. The River me ha alegrado el día. Sabía que volvería a encontrar algo allí también esta vez y claramente la película me hablaba a mí. Cuando el niño de la familia protagonista se moría en su aventura intentando encantar a una cobra, el padre (con su propia herida de guerra) decía, dolorido: Deberíamos celebrar que un niño muera niño. Al menos él ha escapado. Nosotros les encerramos en nuestras escuelas, les enseñamos estúpidos tabúes, les atrapamos en nuestras  guerras, masacramos a los inocentes. El mundo es para los niños. El mundo real. Ellos trepan a los árboles y se revuelcan en la hierba, cerca de las hormigas y libres como los pájaros. Son como los animales. No se avergüenzan. Ellos saben lo que es importante. Ha nacido un ratón o una hoja cae en un estanque. Si el mundo estuviera hecho de niños...: We should celebrate that a child died a child. That one escaped. We lock them in our schools, we teach them our stupid taboos, we catch them in our wars, we massacre the innocents. The world is for children. The real world. They climb trees and roll on the grass, close to the ants as free as the birds. They’re like animals. They’re not ashamed. They know what is important. A mouse is born or a leaf drops in a pond. If the world could be made of children…