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martes, 27 de septiembre de 2011

Traduzco

Foto: I.N., Vuelta de la playa, 2011
Traduzco más despacio de lo que quisiera, los cuentos irlandeses de Maeve Brennan (han sido una sorpresa, porque yo sólo conocía The Rose Garden y éstos son bien distintos) pero sigo ahí, aunque ahora me dispongo a leer de nuevo para reseñar un autor ruso y otro viajero cercano, así que hoy he aprovechado para lanzarme al sofá con ese ruso preferido, y de paso aliviar así mis males, que se habían recrudecido la noche anterior. Por cierto que hoy he recibido mis ejemplares de Un rey sin diversión de Jean Giono. Espero que lean esa maravilla, lectores silenciosos, que les guste mi traducción (no sólo por lo ardua y jeroglífica que ha sido, sino por la pasión y el esfuerzo de bruñido) y que les interese mi prólogo (en la portada no lo pone, pero está ahí pese a todo).
Una vez repuesta (ma non troppo) de mis males indecibles, me he dirigido a mi cita con M., una joven francesa delicada e inteligente dispuesta a abordar la traducción de uno de mis libros, La plaza del azufaifo, y con mi habitual despiste la había citado en el café de la librería La Central sin recordar que había allí un homenaje al excéntrico, particular, malicioso y traductor brillante que fue Martínez Lage. Cuando ha aparecido EVM, que prologó (ese prólogo radiante me sirvió durante un tiempo para consolarme en momentos bajos) ese libro mío porque había sido suya la idea de que yo ya tenía escrita "la novela del azufaifo", me ha parecido un buen presagio. Además, aquello era como una celebración de la traducción, y estaban dos amigas reinas de ese oficio, Selma Ancira y Dolors Udina, a las que me he alegrado de ver. Por cierto, EVM me ha hablado del libro de Maeve Brennan, que había recibido. Es un objeto precioso como libro y todo el mundo lo celebra.
Hoy he tenido una curiosa discusión -limitada, porque discutir por facebook y en otra lengua, para mí algo oxidada, supone restringir mucho las posibilidades de la conversación- sobre el grado de libertad crítica y la impostura. La discusión era al parecer arriesgada porque mi interlocutor me ha retirado la amistad en cierto momento, aunque ha vuelto a concedérmela más tarde, a petición mía. En realidad, para ser completamente libre, diría yo, habría que vivir de otra cosa o haber heredado generosamente o tener en todo caso una independencia material del mundo editorial. De todas formas, una cosa sería el juicio crítico y otra la ferocidad. Yo no creo que necesitara ser públicamente feroz, me basta con poder objetar y decir lo que pienso... Pero cada cual tiene su estilo y reconozco que me divierte leer esos textos ferozmente ingeniosos, tan excesivos como brillantes... aunque a veces disienta del contenido y otras me choquen las formas. Lo que sí es cierto es que en Francia la crítica es bastante más libre que aquí y cuando un autor célebre publica un libro nuevo muchos críticos afilan sus cuchillos, mientras que aquí, un autor célebre casi sólo recibe elogios y son exclusivamente los no-célebres quienes reciben estocadas. Lo cual resulta muy aburrido y más limitado que una discusión en facebook con lengua oxidada.
Y ahora me vuelvo al sofá a leer a uno de mis rusos favoritos y a esperar el libro del viajero con sus imágenes maravillosas. Rufus me espera, algo más hambriento hoy. Y la verdad es que aún no he podido desencallarme en mi novela, aunque anoche, mientras andaba hacia la nueva librería italiana que han abierto en la calle Sant Lluís 11, de Gràcia, Le núvole (se me olvidó contactarles con la revista filosófica Las nubes, y la cita de Adorno sobre el tema: "Hombre con los pies en el suelo u hombre con la cabeza en las nubes, ésa es la alternativa") al encuentro de la Belle Elaine y para ver un documental italiano sobre el mediterráneo como lugar de conflicto, se me ocurrió una posible vía y mañana la exploraré, lo prometo.

sábado, 9 de mayo de 2009

El hombre de la caldera, las discusiones y los cuentos de niños

Foto: Gerda Weber. Yo con veintifú, haciendo de La hermana pequeña de Chandler, con el pelo teñido diabólicamente de rojo oscuro -lo que me costó quitármelo-, en un montaje de la Serie Negra de Bruguera, no sé qué año (esta escena aparece en uno de mis cuentos, que saldrán este otoño en Menoscuarto).
Ayer vino un gigante a revisar la caldera. En la última revisión, un técnico me había cambiado los sensores y desde entonces había que subir la calefacción al máximo para que los radiadores se pusieran medio tibios. Llamé para protestar, pero me pasaron al mismo técnico recalcitrante, que me aseguró que la situación de antes -la casa en invierno siempre caliente con los radiadores al mínimo- era lo anormal y que ahora que había entrado en la normalidad, no gastaría más. Naturalmente, era mentira y encima coincidió con un invierno largo y muy frío.
El técnico de ayer, que ocupaba media cocina con su corpulencia y estaba empeñado en tutearme, aunque yo le hablaba de usted, parecía necesitar que le escuchara y atendiera todo el tiempo y repitió unas cincuenta veces la misma información: me dijo que el otro técnico me había ajustado la caldera para una casa mucho más pequeña y que era lógico que no funcionara y que gastara más. No se le ocurrió que yo pudiera estar falta de tiempo o que trabajase en una casa. A mí se me ocurrían maneras mejores de aprovechar mi primer día sin traducir a ZB, e intenté varias veces darle a entender que no teníamos que hablar tanto. "Estaré trabajando allí", le dije. "Si necesita algo, me llama". Pero él seguía llamándome y repitiendo lo mismo. Al fin, resolvió el asunto y se fue, recomendándome que preguntase por él para la revisión de octubre. "Me llamo Álvaro", me dijo. "Pregunta por mí."
Por la noche fui con T. a ver una extraña película en el Baff, Plastic City. La enormidad de todo, la ciudad gigante de rascacielos de Sao Paulo, la exuberancia de la naturaleza y del mar, la sensualidad también distorsionada de los cuerpos, la vida animal, la violencia desatada, una mezcla de atmósfera samurai con las mafias brasileñas, y todo en una extrañeza que no excluía la poesía de algunas imágenes o la forma de contar o la belleza asombrosa del protagonista japonés. Y a la vez yo me acordaba de L. allí encajada en un cine tan lleno de gente que tenía que hacer un esfuerzo para abstraerme y no sentirme asfixiada. Volvimos andando hasta casa, en un largo paseo en el que la ciudad parecía contagiada de la película o por lo menos de su extrañeza.
Esta mañana me he dejado atrapar en una discusión absurda que me ha llenado de tristeza. Otra vez el pasado aleteaba en el presente y estaba yo inmersa en aquella máxima de Spinoza: "No sufrir, no lamentarse, inteligir", cuando un comentarista del dorso ha llegado a reivindicar el futuro y la desmemoria. ¿Por qué será que algunos quieren convencerme y corregirme en lugar de contar lo que quieran en su espacio y dejarme en paz con mis obsesiones?
Pensaba dedicarme a leer y había quedado vagamente en volver al Baff a ver un documental nepalí, pero la discusión o mejor dicho, la impresión de que no se podía hablar de las cosas o de que todavía ahora esa negación de la realidad, ese antiguo no escucharse ni entenderse o esa impresión de que alguien nos convierte indefectiblemente en enemigo hagamos lo que hagamos y nos confunde consigo me dejaba un poso amargo, así que he cambiado de opinión. He hablado un momento con my wise cousin V: sus explicaciones me producen alivio y su sagèsse me alegra el espíritu. Me pregunto cómo vivía yo antes de conocerla. Ella entiende rápidamente las cosas y sabe explicarlas de tal modo que todo se reordena. Va a ser una eminencia y si el mundo fuera mundo tendría ya el reconocimiento que merece. Un día habrá cola para recibir su escucha porque tiene un talento, un insight y una luminosidad psicoanalítica especiales.
Pero necesitaba andar y he decidido ir a buscar unos cuentos para unos niños amigos y me he quedado sobrecogida. Todo es extraordinariamente feo y lo que es peor, sustituyen la imaginación y la literatura por un didactismo estúpido y reductivo, que considera a los niños tontos. V. me ha recordado a aquel autor que recomendaba el blogger Iluminaciones, Shell Silverstein, pero estaba casi todo agotado, aunque he encargado uno de título casi lacaniano (The Missing Piece). Tampoco había Beatrix Potter. Los clásicos están ilustrados con ese estilo feísta y desagradable que aquí les parece moderno. En algunas librerías tienen algunos cuentos ingleses y franceses, pero demasiado pocos y casi todos los he comprado ya (Maurice Sendak, por ejemplo, o aquel Kipling maravilloso, Just So Stories). Ni había Roald Dahl, ni Quentin Blake, ni nada con un poco de sutileza. Todo era feísimo y completamente estúpido y no me parece casual. Creen que los niños no pueden leer ni pensar, ni escuchar un cuento. Para los pequeños, todo son imágenes perversamente realistas (he tenido que comprar al pequeño uno de esos de Helen Oxenbury, sin palabras, donde los padres tienden a ser gordos e informes y parecen nacidos aquí; pero era lo menos feo que he encontrado, y me he propuesto volver a encargar todos los cuentos y no improvisar). Para ese nivel, al menos eran interesantes los de Catherine Dolto , pero tampoco los tenían. Incluso los pocos bonitos o sutiles o con buenas historias e ilustradores inteligentes que había antes han desaparecido. Preparan a los niños para la des-educación, la estupidez, la fealdad, la destrucción de la historia, del saber, del patrimonio, de los árboles. Preparan a los niños para un mundo corrupto y feo de gente pasiva que piense sólo en objetos materiales con sus marcas y no sueñe ni sea crítica ni piense por su cuenta.
Al volver, G. (obligado y estresado porque llega tarde a sus ritos sociales: Oh dear, oh dear, it is soooo late!) me ha traído un sutil regalo de cumpleaños que la guapa madre de los niños amigos no había podido darme, y en la esquina de casa me he encontrado a C. Hace semanas que no comemos y nos hemos enzarzado a hablar de escritura, de vida disipada, de cuentos feos y tontamente didácticos, de políticos espantosos y gente que les sigue votando porque creen que son los suyos, por razones falsamente ideológicas, decía C., y a mí me recordaba a aquello que decía Proust del señor que sigue comprando los pastelillos de crema en no sé qué pastelería sin darse cuenta de que hace años que dejaron de ser buenos.
Y ahora me vuelvo a mi lectura. Mañana he quedado con el poeta canario para ver unas colinas arbóreas.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Lévinas


Foto: Boris Vasilevic Utkin, Padre e hijo, Leningrado, años 60 (enviada por mi amiga Laura Z.)

Empantanada en los lodos de mis tareas pendientes de escritura y exposición, por esos sospechosos bloqueos y rodeos que me acobardan y me impiden abordar directamente las cosas, obligándome a dar vueltas en torno a ellas en lugar de coger el toro por los cuernos, como dicen, y aunque no podía ir con los deberes hechos, fui al seminario de Lévinas. La lectura me resulta difícil, pero cada vez que concluía: no tengo cabeza para la abstracción, ni tiempo para intentarlo, me llegaba una frase suya, o bien consolando a aquellos lectores abrumados porque ésta es la parte difícil y luego vendrá otra cosa (un poco como aquella promesa de Hegel en la Fenomenología del espíritu de que aquellos que lleguen al final, comprenderán..., ahí Hegel cautivó a mi amigo Joan, que con su mente capacitada para la abstracción y la especulación, lo leyó como si fuera una novela policiaca!), o bien topaba con una de esas frases poéticas y luminosas, que recuerdan en medio de su mística, que su ética se construyó a partir del campo de concentración (como pude comprender gracias a Xavier Antich y su libro iluminador de Lévinas), y que la dualidad judía fecundidad y memoria engendra los adoquines de su camino empedrado, como esos suelos portugueses que en Berlín restauran y mantienen y aquí cubrieron de alquitrán y asfalto.

Así que fui, y Joan, que me había escrito hacía días (De fet, vaig pensar que si venies tu la cosa tindria nivell i vaig empollar com un brètol i m’ho vaig passar bé llegint Levinas, encara que respiri un tufillo reaccionari d’allò més, revestit del seu Otro que es déu i no EL OTRO, recordes? I recordant-ho he tingut una fiblada de por...) con sus deberes hechos en pocas horas (se levantó temprano y leyó en pocas horas, porque él tiene esa mente más apta para la vida especulativa que terrena, y cuando Lévinas se sitúa frente a Husserl o Heidegger o Cratilo, sabe de lo que le están hablando y no se detiene perplejo como yo), no estaba, había caído con gripe. Desde el vestíbulo le mandé un mensaje que decía "Traïdor" y él me contestó con otro que empezaba con "Si sabessis..." y aludía a sí mismo como ese "Otro" levinasiano. Naturalmente, yo estaba en clara desventaja respecto a los demás participantes, que al menos habían leído con método, y mis subrayados quedaron olvidados en la versión francesa porque había que guiarse por el paginado de la (más fea y cara) edición castellana. Yo seguía fijándome en los problemas de traducción (¿por qué l'Autre y Autrui se convertían siempre en "el Otro"? Si Lévinas decía "L'absolument Autre c'est Autrui, la traducción era "Lo absolutamente Otro es el Otro"), viendo las resonancias lacanianas y psicoanálíticas por todas partes, en el goce, el otro, la falta, el deseo insaciable, ese moi et le Même, en esa interioridad por la que el ser se resiste a la totalización, al concepto, a ser engullido por el Otro, ese psiquismo, ese alma como "dimensión de lo psíquico", ese "ser en relación a" (esa unidad de percepción kantiana). Pero Emília, que se niega a dar clases magistrales y nos ofrece "leer con vosotros", supo ir aclarando y añadiendo y desmenuzando el texto, apoyándose a veces en las percepciones o lecturas de otros y otras en su propia sagèsse para aclarar mis jeroglíficos (tode ti; memoria passionis...).
Me gusta esa pasión contradictoria y compleja de Lévinas al situarse frente a Heidegger: "Para mí, Heidegger es el filósofo más grande del siglo, quizá uno de los más grandes del milenio; pero esto me aflige enormemente, porque jamás puedo olvidar lo que él era en 1933, incluso aunque no lo fuera más que durante un breve período. Lo que admiro en su obra es Sein und Zeit. Es una cumbre de la fenomenología. Los análisis son geniales. En cuánto al último Heidegger, le conozco mucho peor. Lo que me asusta un poco es también el despliegue de un discurso en que lo humano se convierte en una articulación de una inteligibilidad anónima o neutra a la que se subordina la revelación de dios. En el Gevierte los dioses están en plural." Él también lo deconstruye como hizo Derrida.

Y la poética de Lévinas. Dijo Carlota que decía Rogelio que él leía la filosofía como si fuera poesía. Y en efecto, hay veces en que la fuerza poética de su escritura (prestada "La verdadera vida está ausente" o propia "El deseo metafísico no aspira al retorno, puesto que es deseo de un país donde no nacimos") palpitante de ética judía sagrada ("resurrección en el hijo en el que se engloba la ruptura de la muerte" o "según el tiempo del sobreviviente") desborda la percepción racional. O su ingenio. "Cronos cree tragarse un dios y sólo traga una piedra". Allí, todos, ilustrados de la vieja izquierda, nos debatíamos y forcejeábamos con los conceptos religiosos que Lévinas eticiza (Emília dixit); me pareció que tal vez la que menos se atragantaba era Carlota, que cansada de la izquierda, reconectaba en cierto modo con la antigua religión aprendida, ya sin prejuicios.

No es mi caso, pues estoy llena de prejuicios (o sólo son lógicos resultados de mi historia, de mis experiencias, ¿pero en el fondo, no se crea siempre el pensamiento a partir de la propia experiencia? ¿Cómo si no podría alguien conocer o comprender, si incluso al leer, ponemos la lupa del óptico de Combray allí donde hemos estado ya?). Yo sigo por (mi) Derrida y su a-dieu, y porque Lévinas no es católico sino judío y eso está más cerca de mis obsesiones, más cerca del psicoanálisis, más cerca de la ética que me construí yo también en mi campo de concentración simbólico de la infancia, más cerca de la obsesión de la memoria, del decir, para restaurar, para analizar, para comprender, y más lejos de ese olvido y negación tan católicos, o tan españoles.

Luego recibí un mensaje de V que echaba unas florecillas en mi camino, usando las palabras sin que yo le hubiera dicho, presabiendo como siempre, devolviendo o traduciendo como sólo los psicoanalistas saben hacer. Y decía: "Me alegro que Lévinas resonara y espero que vuelvas, yo creo que tienes un talento para escuchar y leer a los otros y luego hacer esa especie de tejido de palabras que es tu escritura y tu manera de estar en mundos diferentes, como el del psicoanálisis. Seguro que además Lévinas te permitirá darle otro discurso y otra lectura menos casposilla al psicoanálisis de esta ejpaña sin memoria ni gloria..."

Subí en autobús con Carlota, y hablamos del azufaifo y surgió de pronto, ya al separarnos, como una revelación, que la última fase podría generar un conflicto levinasiano que nos arrastrara a todos, por vía de una propuesta salomónica, sacrificando injustamente al Otro por la Totalidad.

Con las palabras de V y sus deseos para mis deberes pendientes (que disfrutes de tu trabajo de "poda" cual jardinero zen, bebiendo tu té, tu sake, y haciendo tu caligrafía), me siento algo restaurada de la inquietud que me ha despertado esta mañana.