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sábado, 22 de diciembre de 2007

Pizarra nevada, cuervos y humo de chimenea


Willy Ronis, París, 1945
El humo constante de las chimeneas me recuerda a Nueva York, sólo que allí la ciudad no para, ni duerme, siempre hay lugares abiertos y vigilantes y excéntricos en la calle a cualquier hora. Pensarlo me produce nostalgia, me prometí que no volvería hasta que no se fuese Bush, aunque Linda me dice que eso es injusto para ellos y que lo mismo nos pasaba a nosotros cuando Franco, y tiene razón, pero el forcejeo de la frontera sigue siendo más exagerado allí que en ninguna parte.
Tras comprar El País en una plaza navideña que huele horriblemente a salchichas hervidas, he cometido la heroicidad de ir al MUDAM, el Musée d'Art Moderne Grand-Duc Jean. Nadie sabía decirme dónde estaba y los conductores de autobús no parecían conocerlo, aunque todos concluían que cogiera el 18. Yo quería saber si podía ir andando. Mi cicerone del primer día me dijo: Sobre todo, si llueve, no vayas a pie. Tendrías que cruzar aquel puente y con lluvia, nieve o viento, te sentirías... no acabó la frase. Hoy ya no nevaba y había salido el sol, pero el frío me mordía la cara, las rodillas y los dedos que salían de los mitones. He esperado casi media hora al 18, he subido, pero el conductor era un hombretón profundamente antipático, que tal vez desaprobaba la idea del museo (realmente, ese museo habrá costado una fortuna y no va nadie; claro que aquí, con ese PIB, se lo pueden permitir). Le he preguntado Quel arrêt? Me ha respondido, perezoso, que había tantas... Hemos salido del centre ville, hemos dejado atrás todo lo conocido y al cabo de un rato, temerosa de llegar hasta el aeropuerto, me he acercado y le he vuelto a preguntar: Ici, me ha dicho bruscamente, abriendo las puertas como para deshacerse de mí. O yo era vidente o me estaba tomando el pelo. Le he repreguntado si estaba seguro, ha asentido. He bajado a la nada, un desierto de edificios inmensos y descomunales, empresas vacías en sábado, autopista y ni un alma. Me habría echado a llorar. El frío arreciaba. He buscado signos de vida, señales, nada. He echado a andar en dirección contraria hasta que al fina han aparecido dos siluetas humanas, dos jóvenes abrigados, también con mitones y mapas. Hablaban sólo alemán. Tenían un mapa con nombres que no coincidían con los míos. Tras un estudio detenido, muy germánico, han concluido que debía cruzar la autovía y buscar otra más allá.
Tenían razón. Al fin he encontrado, en la siguiente autovía, un edificio habitado, sin placa, con controles de seguridad y rayos X, donde me han dicho que enfrente, cruzando la carretera, estaba la Philarmonique, y detrás, là où il y a les drapeaux, estaba el museo. Andar, andar hasta llegar al peral.
Lo he encontrado. Había tres exposiciones, para mí, nada memorables, una colectiva portuguesa, otra de un artista de Houston, otra de un francés, que no mencionaré. Nada del fondo, por desgracia. Me lo he recorrido. Era un edificio impresionante, pero pequeño. Me he quedado en el restaurante semidesierto a comer unas verduritas y el vino de Burdeos, 5 eurillos la copa, me ha consolado. El camarero era pecoso y tatuado y me guiñaba el ojo enigmáticamente.
J. me ha llamado dos veces, con dos preguntas sobre regalos para G. Sé que V. también andaba comprando regalos, que serán inspiradísimos. Creo que en Barcelona todo el mundo está abrumado comprando regalos. Yo me preguntaba por el aburrimiento de los vigilantes del museo, todos muy fornidos. Con esas obras. Espero que de vez en cuando, expongan lo que dicen tener en el fondo del museo. Si no, acabarán haciéndose el sepukku en los alrededores del edificio, un bosque de árboles enmarañados y olor a humedad fría.
La vuelta ha sido muy fácil, un autobús rápido (con un conductor amable y burlón, más civilizado) en esa autopista solitaria, me ha devuelto al Boulevard Royal. He llegado a tiempo a Alinea, a mirar la pequeña sección filosófica (arriba, como en la casa parisina de Derrida, que tenía una buhardilla con escalera de caracol y mansardas donde guardaba lo más elevado, Heidegger, Hegel... Pero Lévinas matizaría, le encantaba y dolía Heidegger porque sabía... y él era superviviente de un campo de concentración, no podía perdonarle) de comprarme el III volumen de los Essais de Montaigne, que aquí son sensiblemente más baratos que en Barcelona. Tuve que preguntarle a mi vecino, porque yo sólo he leído el II y él me dijo que uno de los tres era mucho más aburrido; espero que tenga razón, porque el I parecía más interesante. Espero que le seigneur de Montaigne me ilumine también con alguno de sus pensamientos. Por cierto, dice Isaac Babel (o Babely, como dicen los serbios y tal vez por tanto los rusos) al empezar estos Récits traducidos al francés: "Vivre à Tiflis au printemps, avoir vingt ans et ne pas être aimé, c'est un grand malheur." Ese principio me recuerda curiosamente a Roberto Arlt, cuyo Juguete rabioso me salvó un diciembre de la desolación en Belgrado, con el tono de aquel joven ladrón soñador que siempre echo de menos.
Se está poniendo el sol. Hoy es la noche más corta del año. He leído un estupendo artículo de Manuel Delgado en El País sobre la Navidad, donde estaban mis consideraciones de ayer en el blog de Cachodepan, pero más elaboradas, aunque acababa salvando la fiesta, tal como me imaginaba, porque seguro que él lo pasa bien. Dice Amélie Nothomb, que nunca me gustó demasiado, pero me parece inteligente y esta vez me atrapó por el título: Les catilinaires: "On ne sait rien de soi. On croit s'habituer à être soi, c'est le contraire..." Y finalmente, para que me excusen, dice Montaigne: "Personne n'est exempt de dire des fadaises. Le malheur est de les dire curieusement (avec soin, aclara la nota)."
Intento en vano fotografiar a los pájaros que se me acercan o me llaman, pero mi cámara no tiene teleobjetivo y ellos se me escapan, burlones, tras su visita. Los cuervos se ríen de mí y vuelan a lo loco, descansan en los tejados de pizarra nevados y humeantes y de pronto me sobrevuelan alegremente.
Le he dicho a N. que agradezco su hospitalidad sobre todo porque estar aquí, en su casa, me permite imaginar otra vida, que es lo que a mí más me gusta. A veces tengo que limitarme a imaginar esas otras vidas mirando por las ventanas desde las calles de ciudades otras.
Ah, en cuanto a la foto, es un recuerdo de la exposición que vi hace un año o dos en Madrid, del gran Willy Ronis y su París popular y revolucionario.
Y ahora vuelvo a mi libro balcánico y pienso tirarme al sofá de N. a leer, ya que cuento con su permiso.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Tarde


Anselm Kiefer: Ohne Titel (Heroische Sinnbilder; Sin título, símbolos heroicos, ca. 1969)

A veces leo a Li Bai como el mayordomo de Willkie Collins, Betteredge, leía Robinson Crusoe, tal vez no tanto para resolver una cuestión concreta como para cambiar de ánimo vital, d'état d'âme. La otra noche tuve una mezcla de agotamiento y acceso melancólico y abrí el libro A punto de partir al azar. Decía: "¡Crisantemos! ¿A qué tanta tristeza?" Ese simple verso fue suficiente.

Ayer me llegó un libro de la Librería Leibniz de Cacadelos, León (vía iberlibro, claro está, ¿pero cómo resistir a un librero tan bien nombrado?) Me acordé sin querer de la abuela analfabeta y leibniciana de Víctor Gómez Pin. Cuando se marchó el mensajero (a mi gata le encanta que vengan mensajeros, es una ocasión para correr a frotarse con el felpudo de mis vecinos y olisquear a sus dos gatas, objeto de toda su ambivalencia felina), fui a buscar otro ejemplar que le había encargado a otro librero interesante, el de la calle Berlinès, y hablamos un momento del "damp, drizzly November" que se ha prolongado inexplicablemente, con insidiosos incidentes de fontanería que verbalizados, parecen adquirir un significado psicoanalítico claro, aunque sólo sea por los títulos y temas que le rodean.
Los dos libros eran para apoyar a G. en una idea que ha tenido respecto a su futuro, o más bien para lograr, como canta Chicho Sánchez Ferlosio en ese disco maravilloso (al fin editado en cd y recuperado, gracias a J.), "que la pregunta pregunte su propia interrogación". De ese disco es la canción que yo tuve la osadía de cantar a los presos de 4 Camins en aquella intensa visita poética con Ester Xargay, Carles Hac Mor, Dolors Udina, Josep Pedrals y Antoni Clapès. Y mañana contaré otra historia de ese disco.
He ido al seminario de Lévinas pensando que era la última vez, que mi cabeza no daba para tanta altura filosófica, pero una vez allí todo vuelve a brillar y esa lectura de grupo va allanando caminos y abriendo otros. Hoy estaba Joan, que se escandalizaba de esa ruptura con los mitos de Lévinas... pero luego hemos visto cómo esa negación de los mitos se refería a las religiones monoteístas, contrapuestas a la ética que propone Lévinas, a ese audaz experimento suyo de metafísica ética. Dice: "Cuando sostengo una relación ética, me niego a reconocer el papel que desempeñaría en un drama, del cual yo sería el autor, o del cual otro conocería antes que yo el desenlace, a participar en un drama de salvación o condenación, que se desarrolla a pesar mío y acerca de mí."
Yo reconozco que la fuerza poética de algunos pasajes o su propio enigma me detienen o me distraen, y las resonancias psicoanalíticas y las resonancias con mis otras indagaciones. "Sólo lo absolutamente extraño nos puede instruir" (otra cita para mi libro balcánico). "El Discurso es, así, experiencia de algo absolutamente extraño, 'conocimiento' o 'experiencia' pura, traumatismo del asombro (!). O también, hablando del Otro: "La trascendencia del rostro es, a la vez, su ausencia de este mundo en el que entra, el destierro de un ser, su condición de extranjero, de despojado o de proletario. El extrañamiento que es libertad, es también extrañamiento, miseria."... "Reconocer a otro es reconocer un hambre. Reconocer a Otro es dar." O esa tríada de desposeídos que representan la miseria del Otro: el extranjero, la viuda, el huérfano.
Al llegar a casa me esperaba una mala y a la vez buena noticia, incidente de G. que ha rozado lo que tanto me asusta, pero sin consecuencias. En mi angustia y mi alivio de pensar en el peligro corrido, y la calma porque todo está bien, he leído un mensaje de mi ilustre vecino recomendándome un libro que seguro que buscaré. Decía: "¿Coneixes un llibre de Roland Barthes que es diu La préparation du roman? De fet és la transcripció i edició d’uns seminaris que va donar els cursos 1978-70 i 79-80, és a dir, immediatament abans de morir. I parla, naturalment, del “desig d’escriure”, del “phantasme” de la novel·la, etc. etc. Em sembla que t’agradaria o t’interessaria molt." Y con la idea de ese Barthes que aún no he leído me consuelo y reconecto con ese rato de placentera y desentrañadora lectura lévinasiana. Ah, y V. me habla del interesante libro de un amigo (de nombre bovariano) de un amigo, Lacan y Kierkegaard.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Lévinas


Foto: Boris Vasilevic Utkin, Padre e hijo, Leningrado, años 60 (enviada por mi amiga Laura Z.)

Empantanada en los lodos de mis tareas pendientes de escritura y exposición, por esos sospechosos bloqueos y rodeos que me acobardan y me impiden abordar directamente las cosas, obligándome a dar vueltas en torno a ellas en lugar de coger el toro por los cuernos, como dicen, y aunque no podía ir con los deberes hechos, fui al seminario de Lévinas. La lectura me resulta difícil, pero cada vez que concluía: no tengo cabeza para la abstracción, ni tiempo para intentarlo, me llegaba una frase suya, o bien consolando a aquellos lectores abrumados porque ésta es la parte difícil y luego vendrá otra cosa (un poco como aquella promesa de Hegel en la Fenomenología del espíritu de que aquellos que lleguen al final, comprenderán..., ahí Hegel cautivó a mi amigo Joan, que con su mente capacitada para la abstracción y la especulación, lo leyó como si fuera una novela policiaca!), o bien topaba con una de esas frases poéticas y luminosas, que recuerdan en medio de su mística, que su ética se construyó a partir del campo de concentración (como pude comprender gracias a Xavier Antich y su libro iluminador de Lévinas), y que la dualidad judía fecundidad y memoria engendra los adoquines de su camino empedrado, como esos suelos portugueses que en Berlín restauran y mantienen y aquí cubrieron de alquitrán y asfalto.

Así que fui, y Joan, que me había escrito hacía días (De fet, vaig pensar que si venies tu la cosa tindria nivell i vaig empollar com un brètol i m’ho vaig passar bé llegint Levinas, encara que respiri un tufillo reaccionari d’allò més, revestit del seu Otro que es déu i no EL OTRO, recordes? I recordant-ho he tingut una fiblada de por...) con sus deberes hechos en pocas horas (se levantó temprano y leyó en pocas horas, porque él tiene esa mente más apta para la vida especulativa que terrena, y cuando Lévinas se sitúa frente a Husserl o Heidegger o Cratilo, sabe de lo que le están hablando y no se detiene perplejo como yo), no estaba, había caído con gripe. Desde el vestíbulo le mandé un mensaje que decía "Traïdor" y él me contestó con otro que empezaba con "Si sabessis..." y aludía a sí mismo como ese "Otro" levinasiano. Naturalmente, yo estaba en clara desventaja respecto a los demás participantes, que al menos habían leído con método, y mis subrayados quedaron olvidados en la versión francesa porque había que guiarse por el paginado de la (más fea y cara) edición castellana. Yo seguía fijándome en los problemas de traducción (¿por qué l'Autre y Autrui se convertían siempre en "el Otro"? Si Lévinas decía "L'absolument Autre c'est Autrui, la traducción era "Lo absolutamente Otro es el Otro"), viendo las resonancias lacanianas y psicoanálíticas por todas partes, en el goce, el otro, la falta, el deseo insaciable, ese moi et le Même, en esa interioridad por la que el ser se resiste a la totalización, al concepto, a ser engullido por el Otro, ese psiquismo, ese alma como "dimensión de lo psíquico", ese "ser en relación a" (esa unidad de percepción kantiana). Pero Emília, que se niega a dar clases magistrales y nos ofrece "leer con vosotros", supo ir aclarando y añadiendo y desmenuzando el texto, apoyándose a veces en las percepciones o lecturas de otros y otras en su propia sagèsse para aclarar mis jeroglíficos (tode ti; memoria passionis...).
Me gusta esa pasión contradictoria y compleja de Lévinas al situarse frente a Heidegger: "Para mí, Heidegger es el filósofo más grande del siglo, quizá uno de los más grandes del milenio; pero esto me aflige enormemente, porque jamás puedo olvidar lo que él era en 1933, incluso aunque no lo fuera más que durante un breve período. Lo que admiro en su obra es Sein und Zeit. Es una cumbre de la fenomenología. Los análisis son geniales. En cuánto al último Heidegger, le conozco mucho peor. Lo que me asusta un poco es también el despliegue de un discurso en que lo humano se convierte en una articulación de una inteligibilidad anónima o neutra a la que se subordina la revelación de dios. En el Gevierte los dioses están en plural." Él también lo deconstruye como hizo Derrida.

Y la poética de Lévinas. Dijo Carlota que decía Rogelio que él leía la filosofía como si fuera poesía. Y en efecto, hay veces en que la fuerza poética de su escritura (prestada "La verdadera vida está ausente" o propia "El deseo metafísico no aspira al retorno, puesto que es deseo de un país donde no nacimos") palpitante de ética judía sagrada ("resurrección en el hijo en el que se engloba la ruptura de la muerte" o "según el tiempo del sobreviviente") desborda la percepción racional. O su ingenio. "Cronos cree tragarse un dios y sólo traga una piedra". Allí, todos, ilustrados de la vieja izquierda, nos debatíamos y forcejeábamos con los conceptos religiosos que Lévinas eticiza (Emília dixit); me pareció que tal vez la que menos se atragantaba era Carlota, que cansada de la izquierda, reconectaba en cierto modo con la antigua religión aprendida, ya sin prejuicios.

No es mi caso, pues estoy llena de prejuicios (o sólo son lógicos resultados de mi historia, de mis experiencias, ¿pero en el fondo, no se crea siempre el pensamiento a partir de la propia experiencia? ¿Cómo si no podría alguien conocer o comprender, si incluso al leer, ponemos la lupa del óptico de Combray allí donde hemos estado ya?). Yo sigo por (mi) Derrida y su a-dieu, y porque Lévinas no es católico sino judío y eso está más cerca de mis obsesiones, más cerca del psicoanálisis, más cerca de la ética que me construí yo también en mi campo de concentración simbólico de la infancia, más cerca de la obsesión de la memoria, del decir, para restaurar, para analizar, para comprender, y más lejos de ese olvido y negación tan católicos, o tan españoles.

Luego recibí un mensaje de V que echaba unas florecillas en mi camino, usando las palabras sin que yo le hubiera dicho, presabiendo como siempre, devolviendo o traduciendo como sólo los psicoanalistas saben hacer. Y decía: "Me alegro que Lévinas resonara y espero que vuelvas, yo creo que tienes un talento para escuchar y leer a los otros y luego hacer esa especie de tejido de palabras que es tu escritura y tu manera de estar en mundos diferentes, como el del psicoanálisis. Seguro que además Lévinas te permitirá darle otro discurso y otra lectura menos casposilla al psicoanálisis de esta ejpaña sin memoria ni gloria..."

Subí en autobús con Carlota, y hablamos del azufaifo y surgió de pronto, ya al separarnos, como una revelación, que la última fase podría generar un conflicto levinasiano que nos arrastrara a todos, por vía de una propuesta salomónica, sacrificando injustamente al Otro por la Totalidad.

Con las palabras de V y sus deseos para mis deberes pendientes (que disfrutes de tu trabajo de "poda" cual jardinero zen, bebiendo tu té, tu sake, y haciendo tu caligrafía), me siento algo restaurada de la inquietud que me ha despertado esta mañana.

sábado, 27 de octubre de 2007

Los agujeros del camino

Foto: IN., yo, con mi mal aspecto de anoche y las botas de siete leguas, o de urbano motorista, según se mire.

Desde mis tres últimas casas (y hablo de muchos años, porque hasta ahora me he movido poco), el camino a la casa de mi madre, la casa de mi infancia, no había variado, aunque pronto ese trayecto se desvanecerá también. Hacia la mitad de ese camino, estaba la que fue casa de mi padre, y cuando paso, las veces que decido no esquivar esa esquina espinosa, siento esa mezcla de recuerdos doloridos y nostalgia y pensamientos alegres y tristes, amargos y burlones que cada vez más llena la memoria de los que envejecen, como calidoscopios imposibles de reproducir y en los que a veces sobresalen esos cuentos apretujados que debería escribir y que aplazo, hasta que uno de ellos sale con tal fuerza que me obliga a abordarlo y a forcejear hasta darle una forma posible (todo eso, con gran lentitud).


También en ese camino, un poco más abajo de la casa de mi padre, estaba la casa de Oriol, el amigo que acaba de morir. En realidad, estaba ya muerto mientras yo le llamaba y le enviaba emails en vano. Hablamos por última vez en agosto, se murió el 11 de septiembre, pero yo sólo lo he sabido ayer, en el mismo momento en que estaba pensando en llamarle porque sabía que su silencio podía significar exactamente eso, y entonces entró un mensaje con firma japonesa y su nombre, y lo supe, y supe dónde están sus cenizas, aunque mi interlocutora japonesa me dice que para los budistas, las cenizas son sólo cenizas y el espíritu está en otra parte.


Y apretujé como pude esa tristeza sin querer pensarla, me puse un vestido abrigado y las botas de siete leguas mientras hablaba con la siempre inspirada V, que decía estar como si le hubieran pasado por encima ocho camiones, y salí con mi mal aspecto por el sueño retrasado y las noticias, olvidé el paraguas, cogí los ya peligrosos ferrocarriles y en el andén llamé a nuestra amiga común para poder hablar aunque fuera un poco de Oriol, mientras me dirigía a una fiesta de cumpleaños, con el espíritu encogido y casi aprensivo, opuesto a todo lo festivo.


En la fiesta, en ese trozo de palacio Maldà, contemplados por los antepasados Vilallonga desde las paredes, había un montón de amigos de mis amigos, y entre ellos la profesora de filosofía y estudiosa de poetas Julia Manzano, orgullosa y feliz de que todo el mundo escuchara a su hija cantaora, Alba Guerrero, que se arrancó por bulerías rompiendo el aire y abandonando el micrófono, apoyada por un fino guitarrista lleno de sentido. Y mientras escuchaba su voz lorquiana y energética y veía las ondulaciones flamencas de sus manos y sonreía con las letras tan bien dichas, a veces poniendo el drama en lo más cotidiano y convirtiéndolo todo en poético e irónico, donde hasta la pregunta al platero cuánto vale inscribir sus letras está llena de un misterio sencillo (hablaré de ellos aquí en cuanto me pasen unas fotos), notaba mi agujero dolorido, ese nuevo agujero del camino a la casa de mi infancia.


No sé mucho más. Creo que sometí a un pobre interlocutor dibujante, a escuchar la historia completa de nuestro azufaifo y le conté a otro un poco los entresijos del blog, hablé con mi amigo Joan y escuché algunas historias, y vi a la amiga del cumpleaños con los ojos brillando de negro y transfigurada por la fiesta y multiplicada por su hija, tan parecida a ella y en esa edad que las chicas parecen flores recién aparecidas, con sus mariposas y abejorros y todas las texturas que enseñan Nomesploraria y Frikosal y Treehugger. Y Julia Manzano me invitó a su seminario de Lévinas y acepté, y mi amigo Joan se quejó de que él llevaba años intentando invitarme a esos seminarios y en un sólo intento (pero andaluz, y la conexión de mis ancestros aún funciona), ella lo había conseguido. Veremos si resisto, por la falta de tiempo, la lectura, etc. Pero es que él me había invitado al de Agamben, que a mí, pobre ignorante, me daba pereza, y en cambio Lévinas me recuerda a lo que Derrida decía de él (y también a su a-dieu, donde habla precisamente de esa perplejidad o ese escándalo ante la muerte del Otro: ¿Pero realmente es posible que esté muerto? y de la ética, en un tono que me resulta tan afín), y a lo que me alejaba de entender a Heiddegger, y me gusta esa idea de que el infinito es (el encuentro con) el otro, siempre he querido leerlo.


Así que cuando la elegante y científica Carlota, con su abrigo nuevo, que en su cintura de avispa recordaba a los talleres de costura parisinos de los años cincuenta y a Balenciaga, me dijo: "Bel, nos acompañan a casa en coche", yo pensé en la lluvia, que me había sorprendido sin paraguas al salir del metro y atravesar el circo de las Rambles, y me arranqué de allí con ellos. Y sólo cuando entré en casa empezó a llover con rabia, como diría G., y mientras le abría la puerta a la gata (que en esos casos siempre refunfuña un poco), me sentí acompañada, como si el cielo se hubiera enterado también tarde de la muerte de Oriol y le estuviera llorando conmigo, y no sólo a él, sino también todos esos pedazos de mi vida que se van, convertidos sólo en agujeros y esquinas dolorosas de mis trayectos.


Conocí a Oriol en otra fiesta de cumpleaños de una amiga astróloga y metafísica, hace mucho tiempo. Oriol, que había sido hippie en los sesenta y empresario de moda en Japón tiñendo pieles sintéticas y había aprendido astrología a fuerza de consultar, y escribía en una especie de divertido esperanto, me preguntó si no me importaría darle mi fecha y hora de nacimiento porque creía que teníamos algunos puntos en común (y era verdad) y yo le dije: Ah, yo soy completamente impúdica y no me importa nada decírtelo, y los que nos escuchaban se reían. Y al cabo de unos días me llamó y me dijo: "Oye, tienes un horóscopo increíble, es como una pagoda, todo está conectado, se parece al horóscopo de Marilyn Monroe, ¿pero cuántos amantes has tenido? ¿Y qué me dices de esos peligros que te han rozado? Y esa suerte de salvarte de todo... ¡Pero también te lo has pasado pipa!" Naturalmente eso era sólo su exótica visión de las cosas.
Luego nos hicimos amigos y él me enseñó su astrología matemática y me dio un programa y me contó historias de maestros hindúes que calculaban todo hasta tu muerte con papel y lápiz y me mandaba extractos de una lista muy loca de astrólogos americanos que supuestamente predijeron todo, el 11S, la cruzada antiterrorista y muchas cosas más, y de uno que quería patentar una máquina en la que le metías tus datos y calculaba la fecha de tu muerte, e historias similares, y a veces acertaba en todo y otras veces se equivocaba por completo, como una vez que me vaticinó un día muy especial de suerte y "compra lotería" y me lo pasé entero con mi madre en ambulancias y hospitales tras pelearme con un amigo ruso, pero eso sí, me permitió escribir un cuento. Sus predicciones eran muy curiosas (lo que él llamaba su "quickie" era lo mejor, intuiciones rápidas y certeras), comparaba por ejemplo con asuntos financieros o empresariales, que dominaba. "Vas a estar como el dólar en los ochenta..." O "tu situación es como la de Japón en los Juegos de Sapporo: no puedes ir a por el oro, pero sí quedarte con el bronce y ofrecer una organización impecable"... Yo le mandaba amigos que buscaban predicciones, más que nada para que se pagase el teléfono. Porque Oriol llevaba años arruinado, vendiendo su patrimonio y le iban embargando su lujosa casa. Mientras hablábamos por teléfono un día me dijo: "Perdona un momento, ahora te llamo", y al rellamarme, me dijo, sólo de paso, en su tono tranquilo y matter of fact: "Perdona que te haya cortado, es que venían esos que quieren quedarse con la tele y el ordenador... pero les pagado algo y se ha arreglado de momento... Bueno, sigamos con Saturno..."
No tengo ninguna foto de Oriol, pero serviría una de Gombrowitz (que no encuentro), al que se parecía muchísimo. Cuando se lo enseñé, quiso saber más de él, leerle incluso, seguramente el asombroso parecido no le parecía producto del azar. Pero es difícil explicar aquí la curiosa mezcla de espíritu de los sesenta -él contaba que había estado al borde de la muerte una vez y le habían curado unos lamas tibetanos y de paso le habían despertado el saber matemático- y su obsesión con los negocios, en los últimos años con China, y su incapacidad de renunciar a lo grande o de trabajar en algo normal, y su extraña mezcla de reserva, ingenuidad y grandeur con un humor templado, o frío, muy del país. Y recuerdo algunas descripciones suyas exactas de las cosas, como cuando le dijo a alguien cercano que tenía una roughness terrible, que cuando le interesaba algo era capaz de pasar por encima de todo y de todos como una apisonadora para conseguirlo, y ella se reconoció y lloró.

Y ya no puedo seguir más. De momento.