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sábado, 22 de diciembre de 2007

Pizarra nevada, cuervos y humo de chimenea


Willy Ronis, París, 1945
El humo constante de las chimeneas me recuerda a Nueva York, sólo que allí la ciudad no para, ni duerme, siempre hay lugares abiertos y vigilantes y excéntricos en la calle a cualquier hora. Pensarlo me produce nostalgia, me prometí que no volvería hasta que no se fuese Bush, aunque Linda me dice que eso es injusto para ellos y que lo mismo nos pasaba a nosotros cuando Franco, y tiene razón, pero el forcejeo de la frontera sigue siendo más exagerado allí que en ninguna parte.
Tras comprar El País en una plaza navideña que huele horriblemente a salchichas hervidas, he cometido la heroicidad de ir al MUDAM, el Musée d'Art Moderne Grand-Duc Jean. Nadie sabía decirme dónde estaba y los conductores de autobús no parecían conocerlo, aunque todos concluían que cogiera el 18. Yo quería saber si podía ir andando. Mi cicerone del primer día me dijo: Sobre todo, si llueve, no vayas a pie. Tendrías que cruzar aquel puente y con lluvia, nieve o viento, te sentirías... no acabó la frase. Hoy ya no nevaba y había salido el sol, pero el frío me mordía la cara, las rodillas y los dedos que salían de los mitones. He esperado casi media hora al 18, he subido, pero el conductor era un hombretón profundamente antipático, que tal vez desaprobaba la idea del museo (realmente, ese museo habrá costado una fortuna y no va nadie; claro que aquí, con ese PIB, se lo pueden permitir). Le he preguntado Quel arrêt? Me ha respondido, perezoso, que había tantas... Hemos salido del centre ville, hemos dejado atrás todo lo conocido y al cabo de un rato, temerosa de llegar hasta el aeropuerto, me he acercado y le he vuelto a preguntar: Ici, me ha dicho bruscamente, abriendo las puertas como para deshacerse de mí. O yo era vidente o me estaba tomando el pelo. Le he repreguntado si estaba seguro, ha asentido. He bajado a la nada, un desierto de edificios inmensos y descomunales, empresas vacías en sábado, autopista y ni un alma. Me habría echado a llorar. El frío arreciaba. He buscado signos de vida, señales, nada. He echado a andar en dirección contraria hasta que al fina han aparecido dos siluetas humanas, dos jóvenes abrigados, también con mitones y mapas. Hablaban sólo alemán. Tenían un mapa con nombres que no coincidían con los míos. Tras un estudio detenido, muy germánico, han concluido que debía cruzar la autovía y buscar otra más allá.
Tenían razón. Al fin he encontrado, en la siguiente autovía, un edificio habitado, sin placa, con controles de seguridad y rayos X, donde me han dicho que enfrente, cruzando la carretera, estaba la Philarmonique, y detrás, là où il y a les drapeaux, estaba el museo. Andar, andar hasta llegar al peral.
Lo he encontrado. Había tres exposiciones, para mí, nada memorables, una colectiva portuguesa, otra de un artista de Houston, otra de un francés, que no mencionaré. Nada del fondo, por desgracia. Me lo he recorrido. Era un edificio impresionante, pero pequeño. Me he quedado en el restaurante semidesierto a comer unas verduritas y el vino de Burdeos, 5 eurillos la copa, me ha consolado. El camarero era pecoso y tatuado y me guiñaba el ojo enigmáticamente.
J. me ha llamado dos veces, con dos preguntas sobre regalos para G. Sé que V. también andaba comprando regalos, que serán inspiradísimos. Creo que en Barcelona todo el mundo está abrumado comprando regalos. Yo me preguntaba por el aburrimiento de los vigilantes del museo, todos muy fornidos. Con esas obras. Espero que de vez en cuando, expongan lo que dicen tener en el fondo del museo. Si no, acabarán haciéndose el sepukku en los alrededores del edificio, un bosque de árboles enmarañados y olor a humedad fría.
La vuelta ha sido muy fácil, un autobús rápido (con un conductor amable y burlón, más civilizado) en esa autopista solitaria, me ha devuelto al Boulevard Royal. He llegado a tiempo a Alinea, a mirar la pequeña sección filosófica (arriba, como en la casa parisina de Derrida, que tenía una buhardilla con escalera de caracol y mansardas donde guardaba lo más elevado, Heidegger, Hegel... Pero Lévinas matizaría, le encantaba y dolía Heidegger porque sabía... y él era superviviente de un campo de concentración, no podía perdonarle) de comprarme el III volumen de los Essais de Montaigne, que aquí son sensiblemente más baratos que en Barcelona. Tuve que preguntarle a mi vecino, porque yo sólo he leído el II y él me dijo que uno de los tres era mucho más aburrido; espero que tenga razón, porque el I parecía más interesante. Espero que le seigneur de Montaigne me ilumine también con alguno de sus pensamientos. Por cierto, dice Isaac Babel (o Babely, como dicen los serbios y tal vez por tanto los rusos) al empezar estos Récits traducidos al francés: "Vivre à Tiflis au printemps, avoir vingt ans et ne pas être aimé, c'est un grand malheur." Ese principio me recuerda curiosamente a Roberto Arlt, cuyo Juguete rabioso me salvó un diciembre de la desolación en Belgrado, con el tono de aquel joven ladrón soñador que siempre echo de menos.
Se está poniendo el sol. Hoy es la noche más corta del año. He leído un estupendo artículo de Manuel Delgado en El País sobre la Navidad, donde estaban mis consideraciones de ayer en el blog de Cachodepan, pero más elaboradas, aunque acababa salvando la fiesta, tal como me imaginaba, porque seguro que él lo pasa bien. Dice Amélie Nothomb, que nunca me gustó demasiado, pero me parece inteligente y esta vez me atrapó por el título: Les catilinaires: "On ne sait rien de soi. On croit s'habituer à être soi, c'est le contraire..." Y finalmente, para que me excusen, dice Montaigne: "Personne n'est exempt de dire des fadaises. Le malheur est de les dire curieusement (avec soin, aclara la nota)."
Intento en vano fotografiar a los pájaros que se me acercan o me llaman, pero mi cámara no tiene teleobjetivo y ellos se me escapan, burlones, tras su visita. Los cuervos se ríen de mí y vuelan a lo loco, descansan en los tejados de pizarra nevados y humeantes y de pronto me sobrevuelan alegremente.
Le he dicho a N. que agradezco su hospitalidad sobre todo porque estar aquí, en su casa, me permite imaginar otra vida, que es lo que a mí más me gusta. A veces tengo que limitarme a imaginar esas otras vidas mirando por las ventanas desde las calles de ciudades otras.
Ah, en cuanto a la foto, es un recuerdo de la exposición que vi hace un año o dos en Madrid, del gran Willy Ronis y su París popular y revolucionario.
Y ahora vuelvo a mi libro balcánico y pienso tirarme al sofá de N. a leer, ya que cuento con su permiso.