Foto: I.N., No es tan bonita como el cielo de la foto de ayer, pero me gusta esta esquina con farola de mis paseos solitarios, 2010. Esas son las farolas que el ayuntamiento pretende eliminar para llenarlo todo de inmensas y cegadoras farolas de autopista con pretextos de homologación inventada (alguien sigue haciendo un gran negocio con las farolas, pregunten a ProEixample)
Vuelvo a ser una hormiga obrera de la traducción (sigo tomando prestadas esas estupendas hormigas de Frikosal). Después de unos días perpleja, buscando en vano, sin querer encontrar realmente y a la vez preocupándome de que no me propusieran nada, la semana empezó con una lluvia de traducciones y proyectos reaparecidos. Ahora necesito la agenda.
Y héte aquí que, después de tanto quejarme de que ya no tendría más tiempo para escribir, me ha invadido una extraña alegría, esa joie paradoxale de la que hablaban en Philosophie, con trabajos urgentes que me dejan en principio sin poder escribir. Pero tal vez así me sea paradójicamente más fácil escribir. One never knows, repetía O., mi amigo desaparecido a quien ya no puedo consultar sobre el futuro ni leer sus mensajes en esperanto, ni saber de la comunidad esotérica internacional o de sus proyectos chinos o su vínculo japonés... y le echo de menos.
Mi nueva condición me impide quedarme mucho aquí. Me envuelvo en música, según el ánimo: ayer era Philip Glass y Nocturnos de Chopin, hoy Madeleine Peyroux, Ben Harper, Coney Island Baby de Lou Reed. Ayer al oscurecer fui a algunos recados y varios perros me saludaron por la calle. Ya he dicho aquí alguna vez que si acaso soy una cat person, simpre he preferido a los gatos, pero reconozco que la mirada de algunos perros me conmueve y a veces me hace reír.
G. sigue en la indolencia gatuna de sus últimos días sin clase. Yo ironizo sobre su ociosidad y espero que empiece a arrancar. Ayer y hoy se ha ido la luz y esos apagones (a los que respondo llamando furiosamente a la compañía, y creo que soy la única de mi edificio que lo hace) me resultan más siniestros porque se deben a las obras que están destruyendo la plaça Joaquim Folguera, talando nuestros preciosos almeces, que un perfumista plantó frente a su antigua fábrica en esa plaza, ahora hace más de ochenta años.
Anoche, antes de dormir, anoté algo que debía hacer en las primeras páginas de mi novela. Vuelvo a leer a Natsume Soseki y he empezado -aunque no puedo- ¿Era él? de Zweig y Foi et Savoir de Derrida (seguido de Le Siècle et le Pardon). No puedo explicar qué me hace tan feliz. Sigo bailando por la casa cada vez que me levanto a abrir a algún mensajero o a buscar más agua. Me llegan mensajes de algunos que vieron mi libro en Página 2. Sé que el mundo es un lugar oscuro y sufriente, sé que todo es difícil y que no tenemos certidumbre de nada, pero yo me siento agradecida a los dioses griegos...
(me vuelve Rimbaud)
Je ne parlerai pas, je ne penserai rien.
Mais l'amour infini me montera dans l'âme;
Et j'irai loin, bien loin, comme un bohêmien,
Par la Nature -heureux comme avec une femme.
