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jueves, 5 de abril de 2007

Manto de palabras


Arthur Rackham: La Cenicienta
Carlota O. me avisa de que en La Contra de hoy, un neurólogo inusual comparte mi idea de cubrirse con un manto de palabras.
Aunque yo recelo de los neurólogos y psiquiatras, que suelen reducir el alma humana a un conjunto de impulsos eléctricos e intentan adormecer sus malaises históricos con pura química, Cyrulnik, tal vez por su historia familiar (toda su familia murió en los campos de concentración y él, prófugo, vivió en casas de acogida), que le humanizó e iluminó en el sentido que señalaba Pater (Who never ate his bread in sorrow, who never spent the midnight hours, weeping and waiting for the morrow, he knows you not, Heavenly Powers; una idea que nos sirve a los ateos y humanistas, creyentes en el arte, o como decía Cixous “Tout ce qui est plus grand que moi, en bien ou en mal, peut être nommé dieu”), y dice algunas cosas que comparto.
Cyrulnik habla de la resiliencia (suena a resina, a algo cerúleo, ¿será ese otro significante aquí?), la capacidad de transformarse a pesar de lo sufrido. Dice que utiliza la palabra alma "en el mismo sentido que Freud. Somos materia y representaciones no materiales, somos carne y alma…"
"Cada uno de nosotros se construye una película de sí mismo con imágenes y palabras... con los recuerdos y con la imagen que el otro tiene de ti…" "...Podemos intervenir y modificar la idea que tenemos de nosotros mismos. Hay herramientas para no ser un esclavo del pasado..." "La indiferencia es la muerte psíquica y el sufrimiento es la vida. Mientras sufrimos podemos seguir soñando con algo mejor…"
Sólo se puede vivir revestido de un manto de palabras.”
La visión de Cyrulnik, la película de Elisabeth Roudinesco Lacan, réinventer la psychanalyse, la comida plácida en una casa luminosa, de amigos casi familiares, la lectura en el metro, y sobre todo, una breve pero intensa conversación con mi hijo son los elementos restauradores que entretejen mi manto de palabras de hoy, contra la (sí, ya sé, necesaria, pero melancólica nevertheless) lluvia.
Y con todo, el discurso de Cyrulnik, al lado del discurso de Lacan en la película -mucho más literario, lleno de matices y de preguntas abiertas-, me parece reductivo y básico, un poco como comparar el discurso americano, didáctico y aniñado, con el francés, siempre más elaborado y complejo.

sábado, 24 de marzo de 2007

Cuento de madrugada

Foto: un gato de Andy Warhol
Anoche me despertó un sonido insólito. Parecían las uñas de un animal pequeño, como cuando a la gata le crecen las suyas y se la oye andar como a los perros, pero aquí en versión reducida, el tic-tic más continuo de un bicho más pequeño. Como una araña con zapatos de claqué. Parece una tontería, pero en la hondura de la noche y arrancada sin transición de un profundo sueño donde predominaba el azul, me asustó muchísimo. Le pregunté a D. si lo había oído.
Estaba segura que me diría que no, nunca nadie detecta lo mismo a esas horas insomnes, como en el poema de Alexander Kushner en que un hombre oye llorar a alguien en medio de la noche y la mujer que está a su lado en la cama le dice que no es nada, que se duerma. Como cuando, muchos años atrás, en Cadaqués, nos despertó un leve temblor de tierra y yo volví al sueño inmediatamente, pero J. se quedó despierto y militante, escuchando la radio, casi escandalizado de que yo pudiera volver a dormirme tras algo así.
Por eso me sorprendió la respuesta de D.
"Sí", dijo, y parecía casi inquieto. "¿Qué era?"
Me pregunté si lo decía por seguirme la corriente, para que no le sacara de su sueño plácido y agotado de siempre, de esa fisicidad que a veces envidio porque apenas tiene umbral del sueño. Despierto parece lleno de energía, pero si se queda quieto, D. puede dormirse sin acabar una frase. Extrañamente, al cabo de un momento, la voz de D. volvió a interrumpir mi escucha atenta y palpitante: una búsqueda quieta, cazadora, en la oscuridad, del bicho invisible que había agujereado mi somnolencia.
"¿No tienes un gato? (lo dijo poniendo el acento a la francesa, dijo gató, o gateaux, es decir, pastel... Iba a hacer una broma sobre darle un pastel al ratón, pero el agotamiento ayuda a economizar palabras). "Il faut qu'il travaille", murmuró entonces D., como dándose cuenta de que el sueño le devuelve a su lengua. "Tu sais que j'aime pas les chats", me dijo al oído, quizá para que no le oyese ningún animal, mais il faut bien qu'il travaille..."
"C'est une chatte", dije yo, acordándome de Colette y un poco ofendida por la sugerencia de explotación de la pobre Gilda, inducida por un descastado al que no le gustan los gatos. En realidad, pensé, su falta de empatía gatuna es una de las cosas que me cuestan de D., como si fuera una prueba de algo peor. ("Are you a cat person or a dog person?", me preguntó una vez una niña australiana para decidir si yo le gustaba...) Pensé en la fábula de Esopo, Venus y el gato, en que Venus recobra su viejo self y salta de la cama a por el ratón.
D. se ofreció a abrir la puerta de la terraza y Gilda salió encantada de su caseta perruna y entró, sin uñas, sigilosamente ("à pas de chat", como diría Cixous). Yo la cogí y le enseñé la zona del ruido. Pero Gilda sigue sus propias reglas. Parecía más interesada por la presencia de D. que por ninguna otra cosa. O tal vez, molesta por sus comentarios.
En vez de aprovechar para subirse a la cama, o entregarse apasionadamente a una de sus cacerías nocturnas, la chatte prefirió dormir cerca de la puerta de la habitación, plácida y vigilante al mismo tiempo, en la butaca que hay a la entrada, en una concesión generosa a mis temores.
Cuando D. se iba, y Gilda tomaba el sol matinal en su terracita, he pensado vagamente y con cierta pequeña aprensión que aparecería el ratón oculto. O la tarántula.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Adiós a Baudrillard

A veces no puedo evitar la sensación de que los nuestros, los que nos explicaban el mundo y nos ayudaban a pensarlo, a entenderlo, los que no habían enloquecido situándose como vasallos del nuevo y estúpido discurso bushiano de la amenaza terrorista y etcétera, los que aún podían ayudarnos a descifrar y deslumbrarnos con ideas (me acuerdo de baudrillard hablando de Estados y Unidos como la cultura del desierto -anuncios de whisky-, comparando la risa enlatada de la tv con la sustitución del coro griego y diciendo que al volver a París aterrizaba en el siglo XIX) y sensaciones que podíamos reconocer, se van, se están yendo rápidamente de la habitación... A mí me queda Cixous.