
Como tenía que seguir el rito arrastrada por mi hijo, que me invitó a que le comprase un libro y esta vez no podía hacerlo secretamente el día antes, le he comprado un Kazuo Ishiguro que tal vez le gustará, y un Henry James que yo misma le había regalado años ha y que cambiaré mañana. Yo he caído por el bien editado segundo volumen de las Completas de Walter Benjamin. Siguiendo con el rito de visitar las librerías favoritas, he ido a ver al librero de la calle Berlinés para llevarme un par de Lacanes porque su pensamiento a veces me inspira. En La Central me he encontrado a la amiga italiana que me introdujo a la Ginzburg regalándome La strada che va in città y le he contado lo mucho que me acompañó Le Piccole Virtú en Kosovo y lo bien que estaba pasándolo ya al empezar Caro Michele, y ella ha comprado Lessico Famigliare en castellano para regalárselo a algún famoso Jordi.
Hace mucho tiempo, yo tenía 18 años y me estaba curando de una gripe cuando supe que en la facultad, en mi ausencia, me habían elegido para representar a Sant Jordi en la primera fiesta de la primavera después de muerto Franco. Como estaba enferma, nunca supe por qué me habían elegido. Tal vez fue porque en los grabados, el santo a caballo tenía rizos rubios. O por mi activo rojerío activista de entonces, siempre luchando contra dragones metafóricos de pasividad y sumisión generalizadas. El resto de la clase formaba un dragón inmenso. Me llamaron para decirme que tenía que improvisar un casco y un escudo para el día siguiente y que no podía negarme. Me acompañó mi ex cuñado y aún recuerdo la expresión atónita del droguero mientras yo me probaba una especie de palangana (o bacinilla!) pequeña para pintarla con spray plateado. No sé cómo lo hicimos al final, pero el disfraz y mi impersonation tuvieron curiosamente un gran éxito, y aunque yo nunca tuve las fotos, todo el mundo conservó copias y muchísimos años después, algún ex profesor o alumno, al verme, aún me llamaban "sant jordi".
