Hace días que tengo olvidado el blog y es que creo que me he olvidado también de mí misma y de todo lo demás, sumida en un extraño torbellino que lo devora todo y que me impide encontrar un espacio para cada cosa. Exceptuando algunas páginas de A punto de partir, de Li Bai, que cada vez me gusta más leer y releer, y de la infancia desolada de Natalia Ginzburg, que me devuelve a la mía, no sé si logro nada más. Mañana cumpliré años y la fiesta me pilla tan a trasmano que no he podido organizar una fiesta como habría querido. Pese a todo he tenido un regalo espiritual -ah, les émotions- (inesperado e indescriptible aquí, pero no por eso menos feliz) que me ha compensado de mi estado de confusión mental (y hoy llegará mi regalo material, igual de inesperado y con la estela de felicidad de la gratitud (Oscar Wilde definió ese sentimiento mejor que nadie, inspirado en el gesto de Robbie Ross quien, al ver a Wilde saliendo del juicio por escándalo, mientras la multitud le abuchea, se quita el sombrero ante él, osado y generoso. Por menos que eso muchos han ganado el cielo, escribió Wilde, que se dice feliz de necesitar toda una vida para agradecérselo). En ese maremágnum de caos y gratitud, el martes me voy a Kosovo, si mi inconsciente no me traiciona una vez más y no pierdo aviones, billetes ni cámaras, y si logro rescatar a mi pobre self de este torbellino. Para reavivar el fuego llega un disco viejo de Jacques Brel, que compré en un momento de debilidad y fantasmas del pasado, mientras decidía que, frente a mis amigos contemporáneos de gran cultura musical, para mí siguen contando las fantasías de la infancia y la pura sensualidad a la hora de escuchar música.
Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oscar Wilde. Mostrar todas las entradas
jueves, 12 de abril de 2007
Torbellino
Etiquetas:
Brel,
Ginzburg,
gratitud,
Kosovo,
Li Bai,
Oscar Wilde,
Robbie Ross
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
